13 mayo 2026

Lector

Es curioso que cuando, a mi parecer, menos leen las nuevas generaciones y los menos jóvenes consideran la no-lectura un signo de modernidad y avance, resulta que el libro tiene quizás más prestigio del que tenía antes y muchos presumen de biblioteca. Entre el audiolibro y esos tebeos que han dado en llamar novela gráfica, el libro, el de verdad, se encuentra en peligro de extinción o, al menos, de quedar en apenas algo tan escaso y simbólico que no signifique nada al compararlo con lo que era hasta hace pocos años.

Tengo en estos momentos muchos años, más de los que sería prudente, y todavía recuerdo que cuando niño, ya a los nueve o diez años, me acostumbré a tener siempre un libro en lectura y así he seguido hasta el momento presente: no concibo no estar leyendo un libro al que dedico el tiempo que puedo durante el día, fundamentalmente porque me divierte y también porque lo necesito como necesito otras actividades vitales.
 
No lo definiría como dependencia, pero existe algo que hace imprescindible para mí estar leyendo un libro, saber que en cualquier momento del día en que lo precise puedo echar mano de la lectura y evadirme del mundo real, porque lo cierto es que se crea un nexo entre el libro en lectura y yo, quizás porque me introduzco en el ambiente que sugiere el libro y en el que me muevo como si fuese mi entorno habitual. No es una huida, es un recreo.

En otra entrada de este blog ya me burlaba de las cifras que se dan en la prensa sobre el porcentaje de lectores en este y otros países. Según afirmaba hace tiempo el periódico El País, en Finlandia la media de lectura era de 49 libros al año, algo misterioso, porque en la mayoría de los países esas cifras solo las consiguen los que disponen de tiempo y además lo consagran a esa actividad. Claro que el mismo diario afirmaba que una señora presumía de que su niña pequeña llamada Daliyah de 4 años, residentes en Gainesville (Georgia, EE.UU.), que aprendió a leer con 2 años, se ha leído ya más de 1.000 libros. Si no me fallan los cálculos, eso supone 1,37 libros al día, incluidos domingos, festivos, cumpleaños y los días en que esté enfermita. Doy por sentado que entre los libros de la jovencita no está la Crítica de la razón pura, pero espero que no serán en exclusiva esos libros infantiles de tapas de cartón grueso con dibujos y menos de una docena de palabras en total.

Pero eso no tiene importancia. Aquí, un escritor bastante popular y bastante mediocre, afirmaba hace años poseer una biblioteca de 32.000 libros, lo que resulta difícil de entender considerando que es imposible que haya leído o espere leer todos y que, evidentemente hablamos de una biblioteca privada. Por no hablar del espacio que los libros ocupan, yo que tengo varias estanterías atiborradas de libros, no creo que llegue a los mil y esa es la razón de que me haya pasado hace ya unos quince años a la lectura de libros digitales que, no hace falta decirlo, no ocupan espacio físico y cuando usted viaja puede llevar una biblioteca encima sin que precise más espacio del que necesita su eReader.

Doy por sentado que tener una población erudita y aficionada a la lectura, enorgullece a cualquier país, de ahí que quizás inflén ligeramente la cifra de libros leídos, pero ninguno desinfla la cifra y en España se promueve el fútbol y algún otro deporte, pero de lectura nada. ¡Si aquí hemos llegado a presumir de ignorar la ortografía!