28 mayo 2026

Sodoma y Gomorra

Muchos países disfrutan de algún  sambenito aplicado a sus naturales y España no es ni de lejos una excepción. En muchos sitios se asegura que el gran pecado de los españoles es la envidia, lo que evidencia que somos tan inútiles a la hora de diagnosticar como a la hora de hacer guerra psicológica. En mi modesto entender, el gran pecado de los españoles es la mala memoria, de ahí las omisiones y actitudes erróneas hacia los que más daño nos han hecho.

Aunque afortunadamente somos algunos los que no olvidamos que Inglaterra es nuestro enemigo de toda la vida, hay un vacío en la memoria que hace posible muchas de las cosas negativas que nos suceden.

Desde niño, me repitieron una y otra vez lo de Sodoma y Gomorra; en que el bueno de Job llegó a ofrecer a sus hijas a los asaltantes, para que hicieran lo que quisieran con ellas, en vez de entregar a sus visitantes varones, que eran sagrados. Dios decidió castigar a estas ciudades por sus pecados y le mandó abandonar la ciudad con su familia sin mirar atrás. Creo que todos sabemos lo que sucedió entonces y que la palabra sodomita definía algo reprobable.

Estoy leyendo un libro muy conocido y reconocido sobre la conquista de Méjico y son curiosas las recomendaciones que los conquistadores hacían apenas entraban en un nuevo territorio o población: lo principal era dejar de comer carne humana, de sus semejantes; después, rendir pleitesía al emperador Carlos, abandonar los ídolos y hacerse cristianos (sin imponer el cambio inmediato) y dejar de practicar la sodomía, algo muy extendido entonces por allí. 

En 1952, se reunieron un grupo de médicos y expertos de la OMS y decidieron que la homosexualidad era una desviación de la conducta normal y que era una patología psíquica. Posteriormente, en 1990, se reunieron los socios en asamblea general y decidieron que la homosexualidad no era una dolencia psiquiátrica. ¿Cabe elegir?

Desde entonces han ido subiendo posiciones incluso apoderándose en exclusiva de la palabra gay que hasta entonces significaba alegre y obligando a cambiar, entre otras, la letra de una canción de West Side Story, donde la protagonista aseguraba sentirse pretty y gay, es decir, bonita y alegre. También hay una película de Fred Astaire y Ginger Rogers titulada The Gay Divorcee (La alegre divorciada), que no tiene nada que ver con los homosexuales, de la que lamentablemente casi nadie se acuerda.

Desde entonces y no tan pausadamente como cabría esperar, la homosexualidad ha ido subiendo de categoría hasta el punto de considerarse una virtud y los heterosexuales presumen de su amistad con los que lo son. Incluso llega a ser una virtud que llega a transformarse en ventaja social. Recuerdo haber visto alguna película en las que sus protagonistas –en una de ellas arquitectos− fingen ser homosexuales para conseguir el triunfo social.

No es una novedad: todos sabemos de cantidad de presentadores de TV, actores, profesionales, etc. que han triunfado gracias a contar entre sus virtudes el ser, al menos aparentemente, homosexual y hoy en día confesarse de esa sexualidad e incluso bisexual, es un mérito sobresaliente.

Es inútil resistirse a esta marea. Quienes hasta hace poco se burlaban y esquivaban el trato con los que parecieran LGTB son hoy admiradores de todos ellos y hasta procuran arrimarse para ver si se les contagia esa capacidad de éxito. Se ha modificado el diccionario de la RAE y en la palabra homofobia, que antes era Aversión hacia la homosexualidad o las personas homosexuales, han añadido un adjetivo de manera que desde 2014 es Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.

En mi pandilla de hace años había un homosexual al que nadie prestaba atención por serlo y en mi oficina tenía algún compañero que lo era y tampoco recibía atención especial. Hoy serían homenajeados y tratados preferentemente por lo que son.

13 mayo 2026

Lector

Es curioso que cuando, a mi parecer, menos leen las nuevas generaciones y los menos jóvenes consideran la no-lectura un signo de modernidad y avance, resulta que el libro tiene quizás más prestigio del que tenía antes y muchos presumen de biblioteca. Entre el audiolibro y esos tebeos que han dado en llamar novela gráfica, el libro, el de verdad, se encuentra en peligro de extinción o, al menos, de quedar en apenas algo tan escaso y simbólico que no signifique nada al compararlo con lo que era hasta hace pocos años.

Tengo en estos momentos muchos años, más de los que sería prudente, y todavía recuerdo que cuando niño, ya a los nueve o diez años, me acostumbré a tener siempre un libro en lectura y así he seguido hasta el momento presente: no concibo no estar leyendo un libro al que dedico el tiempo que puedo durante el día, fundamentalmente porque me divierte y también porque lo necesito como necesito otras actividades vitales. Sé que en los libros está el conocimiento.
 
No lo definiría como dependencia, pero existe algo que hace imprescindible para mí estar leyendo un libro, saber que en cualquier momento del día en que lo precise puedo echar mano de la lectura y evadirme del mundo real, porque lo cierto es que se crea un nexo entre el libro en lectura y yo, quizás porque me introduzco en el ambiente que sugiere el libro y en el que me muevo como si fuese mi entorno habitual. No es una huida, es un recreo.

En otra entrada de este blog ya me burlaba de las cifras que se dan en la prensa sobre el porcentaje de lectores en este y otros países. Según afirmaba hace tiempo el periódico El País, en Finlandia la media de lectura era de 49 libros al año, algo misterioso, porque en la mayoría de los países esas cifras solo las consiguen los que disponen de tiempo y además lo consagran a esa actividad. Claro que el mismo diario afirmaba que una señora presumía de que su niña pequeña llamada Daliyah de 4 años, residentes en Gainesville (Georgia, EE.UU.), que aprendió a leer con 2 años, se ha leído ya más de 1.000 libros. Si no me fallan los cálculos, eso supone 1,37 libros al día, incluidos domingos, festivos, cumpleaños y los días en que esté enfermita. Doy por sentado que entre los libros de la jovencita no está la Crítica de la razón pura, pero espero que no serán en exclusiva esos libros infantiles de tapas de cartón grueso con dibujos y menos de una docena de palabras en total.

Pero eso no tiene importancia. Aquí, un escritor bastante popular y bastante mediocre, afirmaba hace años poseer una biblioteca de 32.000 libros, lo que resulta difícil de entender considerando que es imposible que haya leído o espere leer todos y que, evidentemente hablamos de una biblioteca privada. Por no hablar del espacio que los libros ocupan, yo, que tengo varias estanterías atiborradas de libros, no creo que llegue a los mil y esa es la razón de que me haya pasado hace ya unos quince años a la lectura de libros digitales que, no hace falta decirlo, no ocupan espacio físico y cuando usted viaja puede llevar una biblioteca encima sin que precise más espacio del que necesita su eReader.

Doy por sentado que tener una población erudita y aficionada a la lectura, enorgullece a cualquier país, de ahí que quizás inflen ligeramente la cifra de libros leídos, pero ninguno desinfla la cifra y en España se promueve el fútbol en su faceta de espectáculo y algún otro deporte, pero de lectura nada. ¡Si aquí hemos llegado a presumir de ignorar la ortografía!