Lo primero que me llama la atención, tras desembarcar, son los gordos y gordas: da la sensación de que aquí comen mucha comida ultraprocesada y que no se sorprenden en el cambio anatómico que sufren. He visto los mayores y más abundantes gordos de mi vida y mi opinión es que ellos no se dan cuenta, porque si se dieran dejarían de comer o se suicidarían. No es un problema de obesidad, es un problema de salud muy preocupante.
Tuvimos suerte en el transporte a la ciudad, tomamos un taxi que nos ofreció una tarifa prefijada, el conductor fue bastante simpático y al llegar al hotel vimos en televisión que habían detenido a unos cuantos taxistas por colocar en sus vehículos un dispositivo que, a voluntad, multiplicaba por dos o por tres el precio del trayecto. Hablando de hotel, diré que el escogido, de cuatro estrellas, era bastante deficiente y desde el primer momento me hizo sentir incómodo, porque la verdad, no se puede comparar con sus equivalentes de España y el resto de Europa. La habitación era más bien pequeña y las instalaciones poco atractivas. Por supuesto, sin bidé (como en USA), lo que me pareció un fallo injustificable y, por supuesto, poco higiénico.
Hicimos vida de turista y por lo tanto llevamos una vida agitada, como la de todos los turistas. Río es una ciudad construida entre peñones que se llaman “morros”, más una unión de pequeñas ciudades que una gran ciudad. De ahí que, junto con su enorme y caótico tráfico, cueste horas desplazarse de una a otra parte. Lo que yo y casi todos los que la visitan conocen, es lo que llaman zona sur, que abarca las playas principales y la parte más vistosa de la que, injustamente, es conocida por cidade maravilhosa, que contiene esas playas de nombres tan conocidos: Copacabana, Ipanema, Leblon, Leme y otras más. Yo he visitado antes la ciudad y no conocía lo que llaman “el centro”, que es donde están los edificios monumentales y la ciudad antigua.
Soy, por varias razones, incuestionablemente pro-Brasil, pero me cuesta entender cómo es que un país tan rico tiene una ciudad-escaparate con unas aceras desastrosas y unas calzadas llenas de baches. No hay lugar donde pueda encontrarse seguro, porque de cualquier agujero puede surgir una motocicleta o una pequeña moto eléctrica –que abundan– o un patinete dispuesto a atropellarlo. A los conductores los llaman motoristas y a los motoristas los llaman motoqueiros. Estos suelen circular tocando todo el tiempo su bocina, con lo que deben pensar que aumentan sus posibilidades de supervivencia.
Anteriormente, en otro viaje, había visitado el Cristo Redentor, impresionante en sí y que ofrece unas vistas aún más impresionantes; en esta ocasión la visita estrella fue el que se conoce como Bondinho, que es el teleférico que va al Pão de Açúcar, partiendo de la Praia Vermelha, con parada intermedia en el Morro de Urca. Merece la pena.
También conocí el metro –Metrô– de Río, limpio, rápido, eficiente, de una longitud sorprendente cada convoy y por lo tanto cada estación, pero por desgracia no llega a todas partes ni mucho menos y solo cuenta con tres líneas y 57 kilómetros de extensión, lo que es manifiestamente poco para una ciudad tan extensa en superficie y con casi 7 millones de habitantes (más de 16 millones el estado).
Por último, decir que los taxis –amarillos como en N.Y.– son en general de fiar salvo de noche, que hay que tomar precauciones, y que el servicio de Uber funciona bien, aunque algunos vehículos presenten condiciones de conservación poco exigentes. Al contratar un servicio usted puede elegir entre varias categorías y precios (todos asequibles, salvo que coincida con un evento extra), con lo que puede asegurarse un vehículo excelente.











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