Nada de eso; el tema se me ocurrió anoche, cuando conversaba por teléfono −fijo− y me di cuenta de que yo era de esos que podría prescindir del móvil sin sufrir ni lo mínimo por la carencia.
La cosa ha sido tan poco normal desde que era niño. Nunca tuve una imagen masculina cercana, pues mi padre falleció cuando yo era niño, lo que significaba que yo iba a tener que construirme a mí mismo usando el método de ensayo y error, algo parecido a montar un armario de Ikea sin instrucciones.
Quizás la primera decisión importante que tomé marcó algo el resto de mi vida: como mi padre me había arrastrado a todos los partidos de su equipo en la liga, determiné aborrecer el fútbol o, lo que viene a ser lo mismo, darle la espalda a ese espectáculo y a todo lo que se hablara o escribiera sobre ello, lo que no quita para que respete y ame el recuerdo de mi padre. Ya imaginan que por mi parte, Marca y As podrían desaparecer sin siquiera un suspiro de mi parte y les aseguro que la sección de ‘deportes’ de los diarios me resulta incluso desagradable, porque entiendo que el deporte debe ser una práctica, no un espectáculo, por supuesto que sobra tanto vedette. Lo toleraría mejor si los equipos se nutrieran de jugadores de su propia región, pero ahora un buen equipo es el que tiene dinero para contratar a jugadores de la otra punta del mundo; no puedo evitar las burlas cuando veo una foto con dos jugadores del Rayo Vallecano negros como el carbón.
Mirándolo desde esta edad, me parece −aunque no fuera así− que aquella decisión no me parecía suficientemente aislacionista, así que adopté un ideario político contrario al de toda mi familia cercana y por si eso era poco yo, que era un aficionado a la música, me entusiasmé con el tipo de música que menos aficionados tiene y más rechazo despierta (no incluyo el heavy metal o el reguetón porque eso no es música). Y todo fue casual, lo crean o no.
Era costumbre que en cualquier reunión, desde que yo era adolescente, me mezclaba con las mujeres −entonces las mujeres no se interesaban por esa actividad− no tanto porque pretendiera ligar −que no se me daba bien−, como para asegurarme que no me encontraría inmerso en el tema que sorbe el seso de casi todos los varones españoles: el bendito fútbol. Afortunadamente, esa inmersión en la compañía de mujeres no me afeminó y desgraciadamente no sirvió para mejorar mis relaciones femeninas en cantidad o calidad.
Leyendo esto, no sería de extrañar que hubiera quien me tachara de snob, pero nada más lejos de la realidad. No soy el único y lo que me choca de veras es que no sean multitud los que, como yo, rechacen integrarse en esa muchedumbre ávida de que le digan qué deben decir, qué deben hacer, qué deben ver o escuchar. Estoy convencido de que son miles, millones, los que desean ser guiados para no tener que pensar por sí mismos y no hay más que fijarse en esos espectadores de concursos de televisión, deseosos de entonar el coro que otros inician y de hacer la ola cuando otros la empiezan. No todos somos iguales y eso es algo de agradecer. De veras.
Sé que otros buscan con ansiedad la profusión de titulares de prensa que proclaman el mejor destino de viaje, el mejor restaurante, la mejor playa, etc., es decir, lo que en cada una de esas cosas le gusta más al que escribe o a un grupo de juzgadores con los que el redactor simpatiza. Debo ser un chalado misántropo, porque prefiero el restaurante que más me gusta a mí, el mejor destino de viaje que prefiero yo, la playa que más me agrada. Quiero tener información, no un listado de lo que gusta a muchos otros.
¿Es esta entrada una especie de autoloa? Ni mucho menos; es el deseo de producir un impulso en otros para que abandonen el gregarismo. Aun sabiendo que el éxito será escaso.










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