Es inevitable, tengo que hablar algo acerca del mundial de fútbol o va a resultar que no soy ni siquiera humano. Acabo de ver en televisión la llegada de la selección española al aeropuerto de Madrid-Barajas y todavía no he podido recuperarme del impacto.
Esta mañana he podido oír al encargado de recoger los cubos de basura de mi comunidad de vecinos decirle a no-sé-quién “somos campeones”. Me pregunto qué ha hecho esa persona para considerar que ha ganado algo a alguien. Lamentablemente es normal, todo el mundo se considera ganador de la copa y de manera inevitable me pregunto si recibe parte de la prima que se da a jugadores, si se ha visto obligado a entrenar durante horas y qué tal ha sido la estancia en Nueva York. Una viñeta de hoy de El País, el diario que suelo leer, muestra a un hincha con una bufanda-bandera que grita “¡mías son las victorias de mi equipo, pero no las derrotas!, ¡yo no puedo hacerlo todo!”.
Lo cierto es que esa es una actitud general, la de considerar que se ha sido parte en el triunfo de la selección española sobre todas las demás, al contrario de mí mismo que me considero ajeno a todo esto del fútbol y de espectáculos deportivos en general. Cualquier deporte es saludable y recomendable; practicarlo, no observar cómo otros lo practican.
He podido ver al bendito Trump esforzándose por salir en la foto y a todos los demás –salvo el presidente de la FIFA, claro– apartándose de él como si fuera un apestado, que lo es. Y hablando de Trump, resulta casi inevitable enterrarlo bajo reproches, insultos y descalificaciones, todos merecidos, pero reconozco que el personaje ha llegado a tal grado de envilecimiento que me cansa continuar aplicándole lo que se merece.
Según parece, se espera que, con la experiencia de los campeonatos ya pasados, mejore el prestigio de España en el extranjero –no en Argentina, por motivos obvios−, aumenten las exportaciones y –dios no lo quiera− el turismo. Esto viene a demostrar una vez más sobre qué motivaciones se construye el prestigio o desprestigio de un país.
Mientras, las personas como yo, a las que resultan indiferentes todas estas cosas, estamos tratando de pasar desapercibidos hasta que todo este movimiento sea agua pasada, conscientes de que a la mínima nos exponemos a un linchamiento sin más remedio. Porque son numerosas las personas que declaran ser indiferentes al fútbol −mentira− pero que sostienen que otra cosa es cuando juega España. Ahí no hay más remedio que sentir entusiasmo y sumarse a las manifestaciones.
No sé si es verdad o hipérbole, pero en la retransmisión por televisión de la llegada de los jugadores de la selección a Madrid, dijeron que había más de millón y medio de personas. Teniendo en cuenta que la población de la capital no es ni de lejos la de Shanghai, significa que una buena parte de los habitantes han salido a la calle para ver, peor que por televisión, a los que son sus héroes, aunque muchos de estos no sepan ni hablar.





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