No me parece mal la visita ni sus muy numerosas palabras, siempre es de agradecer la intervención de personas bienintencionadas y con ideas aceptables, aunque como en este caso difieran bastante de las mías en muchas ocasiones.
Ha hablado incluso en el parlamento, reprochando a todos su conducta violenta y atrabiliaria. Aplausos durante varios minutos de los representantes del pueblo y a continuación vuelta a la conducta de siempre. No hay que olvidar que cuando el actual presidente asumió su cargo ya empezó la oposición a llamarle okupa y ahí siguen, insultándolo a diario y a diario exigiéndole que convoque elecciones generales, ignorando que una legislatura dura cuatro años y que solo el presidente puede interrumpirla cuando lo crea oportuno ante una situación que lo justifique.
No es excesivamente original, pero sí es característico de nuestra derecha considerar que el poder debe ser ejercido por ellos y que si por alguna desgraciada circunstancia es ocupado por los otros, debe ser atacado como merece su enorme atrevimiento hasta que se consiga descabalgarlo de su puesto para volver a lo que debe ser. No existe discurso alguno, aunque sea del papa, que les haga renunciar a ese propósito, consideran que el insulto es perfectamente válido en su actividad diaria. Por eso, la presidenta de la comunidad autónoma de Madrid, del PP, se permitió llamar al presidente del gobierno hijo de puta precisamente desde el espacio de oyentes del Congreso de Diputados y después hizo numerosos chascarrillos a cuenta de su ocurrencia, con el apoyo y la complicidad de su partido.
En su visita a Madrid, Barcelona e islas Canarias, el papa ha repetido lo que son los grandes temas de su ministerio como es el de la inmigración, en el que disiento totalmente de su postura, y por supuesto de la propia religión católica de la que él es representante supremo. Es curioso que un alto porcentaje de españoles haya abandonado sus creencias religiosas, pero hayan acudido millones a verle y homenajearle. Así somos, qué se le va a hacer.
Ha insistido muchas veces en la necesidad de eliminar fronteras, lo que resulta sorprendente en un país que ha aceptado millones de inmigrantes y que acepta a diario las embarcaciones que llegan desde África llenas de indocumentados, pues suelen deshacerse de sus pasaportes o documentos de identidad precisamente para dificultar su repatriación, algo que no suele suceder, pues parece que el gobierno ha decidido que África e Hispanoamérica caben en España y por eso hemos pasado en unos treinta años de 38 millones de habitantes a alcanzar casi los 50, a pesar de que tenemos un índice de natalidad de los más bajos del mundo, que ni siquiera da para la reposición demográfica mínima.
Lo malo es que si uno manifiesta estar en contra de la inmigración masiva e ilegal, nadie atiende a los dos adjetivos que acompañan a la palabra inmigración y rápidamente es tachado de ultraderecha, persona sin sentimientos, racista, xenófobo, etc. etc. Nadie tiene en cuenta que nuestras infraestructuras y nuestra mentalidad no está preparada para esa afluencia a la que hay que sumar los casi cien millones de turistas que por desgracia nos visitan cada año. Está muy bien ser generoso, pero lo nuestro debe ser calificado más bien de tontos.
Una cosa es que nos vengan bien unos millones de visitantes y que hagan falta algunos miles de inmigrantes porque, por desgracia, nos sirven para realizar las tareas que los de aquí no aceptan, pero llegar al extremo de que anulen y reemplacen a los de aquí, es inaceptable.



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