17 marzo 2026

Ruidos y ruidosos

Según las estadísticas que se publican en numerosas ocasiones, España es el segundo país más ruidoso del mundo, solo por detrás de Japón. Según un amigo mío que ha visitado el país oriental unas cuántas veces, es imposible que España esté por debajo de Japón, donde al menos en apariencia, todo el mundo respeta a todo el mundo y ese respeto incluye el no emitir más ruido del imprescindible, es decir, ninguno. Eso asegura y yo me lo creo, porque sé que aborrece el ruido y ama Japón.

Amo a España, pero eso no quita que denuncie sus grandes defectos (y de camino disuado a posibles turistas): este es el país del ruido. Recuerdo que hace ya casi cincuenta años estaba en París en la casa de un familiar y a eso de las diez de la noche aparece la policía en la puerta: resulta que alguien en casa había tirado de la cisterna y eso había molestado a un vecino. Sinceramente, eso me parece pasarse, porque no es aceptable que en esa ciudad los vecinos no puedan visitar el retrete porque acude la policía si se hace después de las nueve de la noche

Menciono esto porque se trata de un incidente imposible en España, donde la policía urbana está solo para desfiles y si usted les llama por un caso similar es posible que se burlen o incluso le detengan por gastar bromas. 

Lo curioso es que da la sensación de que a buena parte de la población estos ruidos no le molestan e incluso parecen gustarle, creo que la mayoría no entiende a los que, como yo, intentamos hacer el mínimo ruido posible y no sufrir más de lo aceptable.

Hace algún tiempo, leí en la prensa que en Granada unos vecinos llamaron a la policía porque en una vivienda tenían montado un escándalo insoportable. Los agentes actuaron en la terraza del inmueble y desalojaron a las 85 personas que participaban en una fiesta. En dicha terraza se había instalado un sistema de altavoces de gran potencia que generó las molestias por ruidos a los vecinos, que formalizaron sus denuncias. Hasta aquí el asunto puede parecer casi normal, si no fuera porque esa vivienda acumulaba quince denuncias por el mismo tipo de escándalo, ¿Hay quien dé más? 

Afortunadamente eso no ocurre donde vivo, tan solo mis vecinos de arriba, a los que pedí inútilmente que colocaran fieltros en las patas de las sillas en 2005, tiene por hábito pasar la aspiradora durante más de una hora en su casa los lunes a las 8 o 9 de la tarde. Eso por no mencionar que tienen broncas a diario en las que interviene un hijo de poco más de 20 años y que supera a sus familiares en el arte de gritar. Que ya es gritar.

Estamos en un país en el que cualquier festividad popular patrocinada debe producir necesariamente una cantidad enorme de ruido que dé la sensación de que la gente realmente se divierte. Muchos españoles rehuyen la cercanía de las mesas grandes en los restaurantes porque saben que eso significa que no podrán comer en paz. Aquí cualquier festividad popular debe emitir necesariamente una cantidad enorme de ruido para que se sepa que la gente verdaderamente se divierte. 

Me viene a la memoria el caso de un escritor universal llamado Javier Marías, fallecido ya por desgracia, que llegó a tener un conflicto con la municipalidad de Soria, donde tenía una vivienda para trabajo, reposo y recogimiento, porque para celebrar las fiestas locales le habían colocado un altavoz junto a su casa: ya se sabe, a mayor ruido mayor contento. 

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