He intentado entrar en contacto con mi banco ING y ocultan su teléfono e email. Lo mismo me ha ocurrido con Amazon, TCM y otras con las que he querido contactar infructuosamente. Si acaso dejan una indicación para que sepamos cuál es su presencia en las redes sociales, lo que, en el mejor de los casos, implica que yo debo pertenecer a esas redes para poder comunicarme con ellas. Suponiendo que no me importe inscribirme en esas redes, que sí que me importa.
Mi decisión ha sido algo así como “bueno, que les parta un rayo” y he pensado que para el caso que me iban a hacer no merecía la pena más esfuerzo.
Y es que sin duda, el maltrato de las empresas hacia sus clientes ha aumentado hasta ese extremo. De camino nos introducen en la obligación de poseer móvil y/o Internet. Quizás por eso, un coche que ha comprado mi esposa hace un par de semanas –Toyota, como el anterior− no viene acompañado de un manual de uso y sí de un código QR desde el que podemos descargar ese manual; por Internet, claro.
Resulta que esa información está en pdf y que si usted quiere descargarla ocupa más de mil páginas. Por descontado que deseamos poseer esa información, pero resulta que para ello debemos disponer de un ordenador y/o una impresora y, la verdad, sabemos que cada día los vehículos son más complicados, pero de ninguna manera estamos dispuestos a hacer casi un master para conocer sus entresijos, que ciertamente son muchos. La consecuencia es que debemos soportar contantemente pitidos de múltiples avisos que ni sabemos de qué son ni nos interesan. ¡Cómo echo de menos los automóviles de hace treinta años!
Frente a ello, debo reconocer que hay empresas que de momento mantienen abierto un canal de comunicación, como es el caso –debo decirlo− de Mercadona. He llamado al teléfono que figura en casi todos sus productos para hacer una consulta, me han pedido unas horas para ver la respuesta que corresponde, y me han llamado a pesar de ser un asunto de importancia mínima.
Supongo que a casi todos les da lo mismo que empresas nos permitan comunicarnos o no, porque caminamos hacia un mundo de autistas con nulo interés por lo que nos rodea, pero me parece una actitud suicida porque quienes en realidad mandan en el mundo y disponen de lo que se puede disponer no son los gobiernos, sino las grandes empresas. Es por lo tanto una actitud errónea que, además, nos cuesta dinero.
Recientemente, he podido comprobar que la mayoría de las cervezas que teníamos la costumbre de consumir, han incorporado a su composición maíz y/o arroz, algo que no tiene nada que ver con la cerveza, pero que abarata la fabricación del producto. Deberíamos poder decir al fabricante que no es eso lo que queremos y, por supuesto, que las autoridades europeas se ocuparan de esta auténtica estafa. Claro que si no hay comunicación…
