26 agosto 2015

Autoestima. Vale, pero sin pasarse

Tuve una amiga mejicana durante bastantes años, trabajaba como ayudante de un gobernador de aquel país y achacaba su éxito a su elevada autoestima y ésta a su vez a la lectura de diversos libros de autoayuda de los que, pasando de la palabra a la obra, me regaló varios ejemplares que no llegué a abrir salvo uno de ellos, tras leer unas páginas los guardé en un rincón con mucho cuidado junto a los otros, por si me preguntaba por ellos, me parecían escritos por algún aprovechado, destinados a gente bastante simple con unos billetes en el bolsillo para desperdiciarlos en la compra del libro o más probablemente a ciudadanos de los EE.UU. profundos, que viene a ser lo mismo.

Lo cierto es que la mejicana se tenía tanto amor propio que decidió pasar por quirófano para rebanar parte de su masa corporal, que estaba adquiriendo un volumen alarmante. Lamentablemente, el cirujano no fue tan hábil como se esperaba de él –seguramente también se tenía en gran estima–  y la dejó tan averiada que cuando la perdí de vista ya llevaba meses de rehabilitación, con poco éxito por cierto.

No estaba entonces tan de moda como ahora todo ese negocio de la autoestima pero sí los libros de autoayuda. Por mi parte obligaría a pegarles un aviso del daño que pueden producir, porque aparte de inducir a hacer tonterías inimaginables, pretende subir la estima de personas que se valoran en poco, y en muchísimas ocasiones esas personas muestran un gran acierto al valorarse así. Puede incluso que esos libros ni se lean ya, la gente anda tan subida que el más tonto se piensa un ilustrado ya al nacer y conozco a alguno que seguro que cada mañana examina ávidamente la prensa a ver si por fin le han concedido un premio Príncipe de Asturias de literatura o de lo que sea.

Creo que el efecto real de los libros es escaso, aunque tenía cierto familiar –familia política, oiga– que afirmaba que le habían cambiado totalmente (desde mi punto de vista, a peor), y es que lo que de verdad hace efecto es acudir a uno de esos programas –reality show les llaman– en los que los participantes se vienen arriba, derraman quizás unas lágrimas, y salen convencidos de que son tan insignes y valiosos –y valiosas– como Michael Faraday o Cristiano Ronaldo, y cómo no va a ser así, los periódicos publican cada día encuestas preguntando sobre temas que el ciudadano normal ignora. Hace dos días El Mundo preguntaba ¿Debe suprimirse el Tribunal Constitucional? y hoy ¿Cree usted que la crisis bursátil china va a poner freno a la recuperación de España? Eso propicia que cualquier patán crea poseer suficientes conocimientos como para pronunciarse sobre el tema que se le pregunte, no importa cuán extraño, complicado o ajeno sea.

Sea por la causa que sea, lo cierto es que vivimos rodeados de gente que afronta la vida –y el acceso a un puesto de trabajo– como si se tratara de un superdotado al que posiblemente nadie comprende, y es natural que nadie les comprenda porque, de entrada, no saben ni siquiera expresarse oralmente; por escrito, mejor no hacer la prueba. He observado que actualmente cuanto menor sea el vocabulario del individuo mejor se autoconsidera y quizás por eso vamos en el metro rodeados de personas convencidas de su elevada valía, tan elevada como que no pueden esperar a llegar al destino y tienen que comunicarse por el móvil para hacer partícipe a algún ser querido de la buena nueva.

Como me contestó alguien cercano –24 años– al que le reproché que no leía nunca, no lo hacía porque no hay libros que le llamen la atención, claro que pocos días después me ha dicho que no hay nada que le llame la atención en el Museo del Prado; ahí es nada (por descontado que no ha leído El Quijote ni ha mirado un cuadro de Velázquez). Porque eso sí, todas esas personas rebosantes de autoestima deben estar convencidas de mantener contacto directo con el Espíritu Santo o en su defecto con Mariló Montero o con el ex-ministro de Cultura, señor Wert, y lo cierto es que algo de verdad tiene que haber en ese convencimiento, porque de alguna parte tiene que venirles tanta sabiduría como creen poseer. Muchos de ellos gustan de mandar comentarios a los periódicos exponiendo lo que deben imaginar que son brillantes ideas sobre economía, la política nacional o internacional, sobre la inmigración, el independentismo... da igual el tema, aquí cualquiera entiende de todo. Una pena que todos esos pronunciamientos frecuentemente contengan  innumerables faltas de ortografía, lo que da una idea sobre la erudición del brillante pensador.

Hoy mismo, leo en la prensa que tener un blog facilita el acceso a un puesto de trabajo y además, mejora la autoestima. Estoy perdido.

18 agosto 2015

Juventud como estado permanente (1)

Ya lo he dicho por aquí en alguna ocasión, pero sigo lamentando no haber nacido en los años 80 del siglo pasado, en vez del desastroso momento histórico en que vine al mundo. Eran años de guerra en Europa y de posguerra en España, pobreza generalizada por lo tanto –y no sólo económica– y poco lugar para la alegría y la diversión. Cierto que nací en una familia aceptablemente acomodada, pero es que entonces ese entorno sufría más privaciones que la clase media actual.

Hay algo que me parece que los jóvenes ignoran y los mayores parecemos no recordar: nunca en nuestra historia los españoles hemos disfrutado del nivel de bienestar y riqueza que hemos tenido durante casi treinta o cuarenta años hasta que hace unos ocho nos alcanzó de lleno lo que unos llaman crisis y otros llamamos reordenación de la estructura capitalista, de la economía de mercado si prefieren ese eufemismo. A su inicio, dirigentes europeos afirmaron que había que refundar el capitalismo; con esas exactas palabras lo anunció Sarkozy ¡y vaya si lo refundaron! En toda Europa y especialmente en España han aumentado los ricos y han aumentado los pobres. La clase media, simplemente se ha reducido.

Recordemos que el imperio español no supuso riqueza alguna para los españoles, al contrario de otros imperios europeos que, aunque poco, algo mejoraron las condiciones de vida de parte de sus súbditos y sirvieron para crear una burguesía que más tarde iniciaría la revolución social e industrial en esos países.

Cuando yo era niño, todo lo que se producía estaba pensado para los mayores, aunque se nos etiquetase de reyes de la casa, el verdadero rey era el padre, ése a quien correspondía comer huevos, según el dicho. La música, el cine, las boîtes, la diversión en general, estaba orientada a mayores; todavía me acuerdo de la rabia que me daba no poder entrar a ver Siete novias para siete hermanos, que era para mayores de 16 años, claro que eso era por otras razones. Hoy, todo está pensado para los jóvenes y hasta es difícil encontrar una película que merezca ser vista, porque la práctica totalidad está orientada a mentes inmaduras, por no emplear un calificativo más grueso; esta semana, por ejemplo, de 6 películas estrenadas, 5 están clasificadas como apropiadas para jóvenes y una para adultos-jóvenes; ninguna dedicada a los adultos a secas. Se han hecho más películas de animación en lo que va de siglo que en todo el siglo pasado desde que se inventó el cine de animación y respecto al cine de efectos especiales cubren el resto hasta –es una estimación mía– un porcentaje cercano al 90%. ¿Quién podría imaginarse una Casablanca hecha hoy sin esos benditos efectos? El caso es que los jóvenes se sienten el centro del universo y los mayores se infantilizan.

Vi hace un par de días una foto actual de uno de los protagonistas masculinos de la serie Friends e imaginé que debe encontrarse absolutamente desconcertado al descubrir que las canas o los kilos de más no son maldiciones reservadas a los demás. En general, es frecuente encontrar en la prensa declaraciones de actores, españoles o extranjeros, masculinos y femeninos, quejándose de que salvo unas pocas excepciones es imposible encontrar quien los contrate una vez que se acercan a la cincuentena. No comprenden un sistema con el que ellos mismos han colaborado, donde al atributo más valorado –casi el únicoes la juventud y la belleza que le acompaña; cuando superan esa etapa es lógico que estén acabados.

Porque eso es algo que cada vez que lo contemplo me produce asombro: existe entre la mayoría de los jóvenes la convicción de que esa característica etaria está muy por encima de cualquier otra y que además si son jóvenes es gracias a su extraordinaria valía e inteligencia y que les durará siempre, al contrario de los mayores, que lo son por su torpeza e ineptitud. No se me borra de la memoria el joven al que entrevistaban en la televisión –hace tiempo de esto– sobre qué pediría al gobierno y soltaba sin despeinarse que creía que debería subvencionarse la gasolina a los jóvenes, porque tienen una gran gasto por ese concepto, en especial los fines de semana. Tampoco olvido a esos que en comentarios en la prensa digital solicitaban que al cumplir los 60 retiraran el carnet a esos conductores por viejos. Angelitos...

Una confesión: no es cierto que lamente haber nacido cuando lo hice, me espantaría tener ahora 20 ó 30 años, aunque no me disgustaría volver a los 50, (pero no a mis 50, no quiero repetir episodios).

09 agosto 2015

El respeto que fue

Esta entrada podría considerarse puro plagio, porque se trata de la copia de un recuadro visto en un artículo de un diario de alcance nacional, y que resumía lo expresado por diversos profesores universitarios de Ética, Filosofía y Psicología. Todos ellos lamentaban la desaparición de la asignatura Educación para la Ciudadanía e insistían en que por su parte incluso la hubieran ampliado dedicando más espacio a la cultura cívica y la convivencia. 

Me he permitido eliminar algo así como una quinta parte de los ejemplos, para no hacerlo demasiado extenso y porque se trataba de casos no significativos.

«Hay comportamientos de los otros que nos molestan o agreden. ¿Se ha parado a pensar si también usted es irrespetuoso? Recogemos una pequeña muestra de conductas que delatan a los maleducados del siglo XXI.

Hablar por el móvil en voz alta en un lugar público
Este comportamiento era impensable hace tan sólo unas décadas porque, sencillamente, no existían los móviles. No obstante, levantar la voz en espacios públicos siempre ha sido considerado de mal gusto cuando no una falta de educación. Con los móviles el problema se ha disparado.

Comer en el cine
Quizá durante algunas décadas del siglo pasado, cuando las sesiones de cine eran dobles y las posibilidades de ocio escasas, comer en el cine no estaba tan mal visto o incluso despertaba la envidia del vecino. Pero hoy los aficionados al cine aspiran a disfrutar de la película sin olores ni ruidos ajenos a la misma. Y una cosa son las típicas palomitas y otra muy distinta el surtido de comida para llevar que se empieza a ver (y oler) en muchas salas.

Hablar en el cine
Hace un tiempo, hablar en el cine en voz alta era lo típico que hacía un grupo de adolescentes para divertirse. Ahora en cambio cada vez son más los padres e hijos que hablan en voz alta durante una proyección.

Reclinar el asiento del avión, acaparar el reposabrazos o poner los pies en el asiento delantero
Es un ejemplo claro de la necesidad de reflexionar sobre dónde acaban los derechos propios y empiezan los del vecino. ¿Qué hay de malo en ponerse cómodo para descansar? Nada, o mucho si implica que el vecino no sólo no vaya tan cómodo sino que ni siquiera pueda moverse. La política de las compañías aéreas de rentabilizar al máximo los aviones con más asientos y menos espacio entre ellos tampoco ayuda.

Interrumpir una conversación o una comida para leer los mensajes del móvil
Algunos están tan pendientes de los cambios que aparecen en la pantalla de sus móviles que no se paran a pensar que priorizarlos implica menospreciar a la persona que tienen delante, y que por no posponer la lectura de un mensaje, están postergando a la persona con la que han elegido comer o charlar.

Mantener llamadas telefónicas en medio de una reunión de grupo sin apartarse ni disculparse
Levantar la voz en público, revelar conversaciones privadas, interrumpir a quien habla o crear conversaciones paralelas denota mala educación y son faltas de respeto clásicas, tanto si se hace de viva voz como si es a través del móvil. Incomoda al resto de los reunidos porque obliga a escuchar conversaciones ajenas, a posponer la propia o a gritar para seguir escuchándose.

Llegar tarde a una cita o hacer que otros lleguen tarde
La puntualidad quizá suene a virtud antigua, pero llegar tarde es una falta de respeto para quien espera, una desconsideración hacia el uso de su tiempo y sus obligaciones, más si cabe en una sociedad tan atareada y estresada como la actual.

Dirigirse a las personas mayores o a los clientes con diminutivos o apelativos como guapa, rey, familia, cariño...
Ya no se trata tanto de optar por tutear a todo el mundo o de preservar el usted. Hoy, en algunos ámbitos (y comercios), uno se conformaría con que no le infantilicen, con que le hablen en un tono neutro y se respete una mínima distancia en el trato, que se sepa distinguir entre amigos y desconocidos».


En el artículo se incluía una encuesta sobre si se estimaba que en las últimas décadas habían aumentado las faltas de respeto. Curiosamente, el 94% respondía que sí.

No sé a otros, pero a mí me hace cierta gracia que el autor hable de que antes,
comer en el cine no estaba tan mal visto. Falso; nadie comía antes en el cine salvo en locales de ínfima categoría o en algunos pueblos en los que comer pipas formaba parte del ceremonial.

También se dice La puntualidad quizá suene a virtud antigua con lo que el autor demuestra ser alguien no muy experimentado en la relación con personas respetuosas con los demás. A nadie medianamente educado puede parecerle una virtud antigua; lamentablemente es una falta de respeto muy común, antes y ahora, entre españoles y no digamos los mal llamados latinoamericanos, pero entre europeos no latinos la puntualidad es una característica normal y su no observancia les resulta simplemente incomprensible e insoportable. He tenido la suerte de que alguien cercano me tachara de enfermo por mi empeño en ser puntual, el caso es que no recuerdo haber llegado nunca tarde a una cita, al menos en las últimas décadas.

La relación del artículo no es ni de lejos una relación exhaustiva de las faltas de educación más comunes, pues parece ceñirse en buena parte a las cometidas en el cine o con el móvil. Se me ocurren muchas más faltas que ahora una mayoría comete, pero que para no aburrir podrían resumirse en una: desprecio hacia los demás y autoestima por encima de lo aconsejable, todo ello bañado en ruido e ignorancia.

Ya publiqué alguna entrada lamentando la implantación del tuteo (en España, que no en la Europa culta), para mí raíz de todos estos males, pero no es cuestión de insistir en lo que no tiene remedio. Ayer llamé a un concesionario de automóviles para una gestión y la zafia secretaria de turno me dijo algo así como "te paso con el responsable de comercial y él te resolverá lo que quieres". Seguro que desde que nació ha convivido siempre con el tuteo y tratar de usted a desconocidos le suena tan remoto e inapropiado como aquello de vuesa merced.

31 julio 2015

No hay bastantes maletas

Una noticia ha estado en las portadas de los diarios españoles durante bastantes días, por uno u otro aspecto relacionado con el caso. Estoy hablando del niño que pasó la frontera de Melilla en una maleta y que, como todos sabemos, posteriormente ha dado pie a una historia en la que primero se han localizado a sus presuntos padres, después se ha analizado el ADN de todos ellos para comprobar el parentesco y finalmente se ha podido ver en las televisiones un final feliz, en el que la madre, –en un lujoso vehículo, por cierto– pasa a recoger al niño tras lo cual parece que vuelven a su domicilio anterior en Canarias, donde seguramente serán ayudados generosamente, pues sería absurdo gastar todo el dinero que se ha invertido en el espectáculo para que padre y madre vuelvan al paro y a residir en una vivienda que al parecer no reunía las condiciones o les iban a desahuciar, ¿coste total de la operación?

Todo muy tierno y ya digo que con un final feliz, si no fuera porque este negrito no es más que uno de los millones que se encuentran en África en situación parecida, aunque sin la ayuda de tanta ONG y tanto buenista porque esos otros no han salido en la tele, no han levantado la compasión de los espectadores que veían el telediario mientras cenaban o reposaban de esa cena, ¿tienen idea del efecto llamada que puede haber supuesto ese alarde de generosidad, desde el Magreb a Costa de Marfil de donde procedía la familia?, ¿a cuántos han empujado hacia el Mediterráneo?

Lo malo es que no son sólo quienes huyen de África para –sin formación alguna– acomodarse en Europa, porque algún amigo que ya está aquí les ha dicho que esto es jauja y que aquí se vive de miedo sin hacer nada. Estuve viendo hace algún tiempo una página web –quizás de Camerún, sólo recuerdo que estaba en francés– donde se aleccionaba a los futuros aspirantes al bienestar europeo sobre cómo abordar el asunto. Desde que convenía llevar un móvil con el que llamar enseguida a los salvamentos marítimos de los países cercanos, rajar con cuchillos la lancha propia –si era neumática, claro– o romper el motor, una vez que tenían al lado al buque de salvamento –así se trataba de una emergenciay el tono de llanto acompañado de cara de pena que debían adoptar al desembarcar porque, se afirmaba, los europeos somos unos “pringaos”.

Olvidemos esas minucias. Supongamos que decidimos ayudar a esta pobre gente, ¿por dónde empezamos?, ¿cuánto dinero estamos dispuestos a dar para acabar con esa situación? Porque no son sólo africanos, tenemos a los asiáticos –filipinos, malayos, paquistaníes, etc.– y a los más cercanos sirios y palestinos. Para hacerse una idea, según UNRWA, sólo para reconstruir lo destruido por los israelíes en Gaza, hacen falta 5.400 millones de euros; para abrir boca. Por cierto que parte de esa destrucción eran infraestructuras financiadas por la UE (aparte, España costeó un aeropuerto ahora desaparecido), habría que acabar antes con la política genocida de los israelíes. Para arreglar el problema de los desplazados sirios, la cantidad de dinero es aún superior, ¿cuál será la aportación económica personal de quien está leyendo esto?

Toda Europa está conmovida por esa gente que en embarcaciones precarias atraviesan el Mediterráneo, pero resulta que Italia lleva recogidas más personas en julio de este año que en todo 2014. Francia ha cerrado su frontera a los negritos que desde Italia tratan de pasar hacia el norte, Hungría está construyendo una verja de 175 km. para protegerse de la llegada de inmigrantes desde el sur y lo mismo va a hacer Turquía, el Reino Unido no quiere ni hablar de que se les cuele gente desde Calais que ni siquiera son de la Commonwealth –y aunque lo fueran–, los países nórdicos siguen siendo exquisitos y sólo aceptan dar asilo tras estudiar caso por caso y Alemania ya tiene suficiente mano de obra barata. Me ha hecho sonreír con sarcasmo la noticia dada por prensa y televisión estos días sobre un barco noruego que ha recogido más de 600 inmigrantes que navegaban por el Mediterráneo... y los ha depositado cuidadosamente en Italia, porque los noruegos también saben hacerse los suecos.

Confieso que al ver a las victimas de guerras o de catástrofes naturales, sirios y nepalíes entre otros, mi primer impulso es pedir que se les acoja –sólo puedo firmar peticiones pidiendo eso– porque no hay corazón que resista contemplar tanto dolor y abandono, pero hay que ser serio y no dejarse llevar por la compasión fácil e inmediata, lo prudente es en todo caso colaborar económicamente con alguna organización internacional para aliviar, ya sé que poco, las penalidades de esta gente, pero finalmente hay que ser consciente de que no podemos arreglar el mundo, somos más de siete mil millones en el planeta y siempre habrá una parte azotada por las adversidades, así que si usted quiere partir en dos su capa y cederles una mitad, es cosa suya. Pero ojo, debe ser su capa y no la mía.

Me temo que no hay medios, ni espacio, ni salida para esta avalancha que cada día será mayor, tienen que saber que la solución pasa por arreglar su propio país y no por largarse a otro en el norte. Normalmente los europeos tenemos entre uno y dos hijos, porque antes de traer uno al mundo evaluamos nuestros medios económicos y capacidad de atención y cuidado. En África es normal el número de diez hijos o más, de manera que en 50 años muchos países han cuadruplicado o quintuplicado su población –Etiopía ha pasado de 25 millones en 1960 a más de 90 en la actualidady el ritmo aumentará, porque ahora disponen de vacunas y medicinas. Debemos ayudarles allí, aun sabiendo que es casi inútil porque por mucha ayuda que les llegue se diluye en esa superpoblación de crecimiento desbordado, sin estructura social alguna. Mientras, el Vaticano sigue vetando el uso del preservativo, aunque no creo que ya sea un asunto determinante, salvo para frenar el VIH.

He oído en televisión a sesudos tertulianos afirmar que la riqueza (de Europa) siempre atraerá a la pobreza (de África), algo que no tiene discusión. Queda por debatir si estos sesudos aceptarían que el pobre que vive en Orcasitas (Madrid), Trinitat Nova (Barcelona) o las 3.000 viviendas (Sevilla) forzara la puerta de su confortable vivienda y se instalara en ella sin más apuro; apuesto a que llamarían al 091, y harían muy bien. Otra pregunta que me hago es qué salida pueden encontrar en Europa estos fugitivos que no sea ejercer de mantero o gorrilla, teniendo en cuenta que no abundan entre ellos los que poseen estudios y para remate no conocen el idioma español porque proceden de ex colonias francesas y británicas, antiguas metrópolis que serían en última instancia las que deberían hacerse cargo de ellos.

¿Recuerdan el cuento del campesino ruso que mientras huye de los lobos decide arrojar a uno de sus hijos a esos lobos porque sabe que es imposible que se salven todos? Resultará doloroso e inhumano, pero no podemos aceptar que toda África se venga a Europa porque desapareceremos, literalmente engullidos por ellos. No es ya ser generosos o compasivos, se trata de supervivencia. Por algo hay ya quienes consideran estas migraciones masivas una especie de bomba de relojería y por descontado que previamente asistiremos a la aparición o fortalecimiento de poderosos partidos de ultraderecha como ya hay en varios países europeos: Francia, Hungría, Dinamarca, Países Bajos, República Checa, etc. 

La mayoría de las personas no acaban de entender cuál es el núcleo del problema de los migrantes que proceden de Asia y sobre todo de África. La caridad y la compasión pueden ejercitarse cuando hablamos de unas cuántas personas, pero el planteamiento es muy diferente cuando se trata de un traslado poblacional masivo de un continente a otro. Si no se pone fin a esta llegada de personas por los medios que sean, Europa será invadida perdiéndose ese supuesto bienestar que precisamente es lo que vienen buscando. No huyen de una plaga, huyen del país que no han sabido estructurar, huyen de una guerra en la que lucha su hermano, su padre o su hijo, huyen de una superpoblación de la que son responsables ellos mismos y que trasladan allí donde se asientan. 

No estoy obsesionado con el problema, entre otras razones porque no soy yo ni mi generacion la que va a tener que soportarlo en toda su crudeza, pero hay que ser necio para no dedicarle una reflexión más allá de eso de “es conmovedora la cara de sufrimiento de los que llegan exhaustos a las costas con sus blancos ojos llenos de ilusión…”. Además, pocos negros de verdad han visto de cerca, porque los negros suelen tener el globo ocular enrojecido.

22 julio 2015

iDependencia

el inadaptado
Cuando se encuentre en un lugar público mire a su alrededor, ¿qué es lo que está haciendo la mayoría de las personas que le rodean? Desde que aparecieron, sentí rechazo hacia los smartphones y las tabletas y no me arrepiento, porque a la vista está que estos aparatitos han transformado el cerebro –o lo que sea– de multitudes en algo más parecido a un trozo de hamburguesa. Viven por y para estos artilugios, caminan, comen, sueñan con estos chismes y parece que no dan para más, sienten que estos móviles han llenado el gran vacío de sus vidas. Nunca en la historia un accesorio ha llegado a esclavizar al ser humano como los móviles lo hacen ahora, conozco a varias personas que declaran alegremente que no podrían vivir sin el aparatito, nada menos. Será por eso que hace unos meses fui a cenar a un VIP (algo que no recomiendo a nadie) y en una mesa cercana a la mía había un matrimonio con un par de hijos adolescentes; los cuatro se dedicaban a sus smartphone y no cruzaban palabra entre ellos. Iba a hacerles una foto para ponerla aquí, pero el temor a un incidente hizo que me contuviera.

Este año pasado, sin embargo, me hice con una tableta y algo más tarde con un smartphone usado y desechado por mi mujer, durante el veraneo resultaba muy útil para utilizar como módem con un PC de verdad. Eso no implica que me haya entusiasmado con ellos y hay quienes me han manifestado su descontento porque no pertenezco a esa legión de usuarios colgados de los whatsapp.

El teléfono sólo lo enciendo en caso de necesidad –cuando salgo de casa– y la tableta apenas ocupa unos minutos de mi tiempo algunos días, pero declaro solemnemente que no entiendo la tremenda necesidad de que esas app que rellenan los aparatos tengan que ser actualizadas con una frecuencia verdadera llamativa. Me pregunto, ¿es que van a añadir nuevas prestaciones que les darán mucha más utilidad?, ¿es que han descubierto tremendos errores en su programación y tratan de enmendarlos?

Nada de eso parece ser cierto, porque las aplicaciones siguen sirviendo para lo mismo que ya servían y en cuanto a sus errores me parecen que al menos yo no detecto ninguno demasiado señalado, desde luego ninguno que sea reparado, ¿qué es lo que pasa entonces?

Admito que ando con la mosca en la oreja, porque los requerimientos de acceso que esas app plantean cuando usted va a instalarlas en su aparatito no casan con la tarea que teóricamente realizan. ¿Para qué necesita casi ninguna de ellas saber qué contactos tengo, dónde vivo, tener acceso a mis fotos, compras que realizo, música que escucho y a mis archivos en general? Hablo por ejemplo de apps que sirven para dar la previsión meteorológica o proporcionarnos críticas de películas. Adobe –que ya no actualizo– nos exige acceso a nuestras fotos y a las compras que podamos haber hecho a través de Internet. ¿Es que la gente ha renunciado definitivamente a cualquier tipo de privacidad? Yo, desde luego defiendo la mía hasta donde puedo –sin hacerme muchas ilusiones– y ya son varias las veces que cuando voy a instalar una app cancelo esa instalación porque no estoy dispuesto a contarle al autor hasta la talla de mis gayumbos. ¿Cuántas personas se fijan en los requerimientos y rechazan entregar casi su intimidad a empresas informáticas, encandilados por la aparente gratuidad de las app? Hasta el momento sólo conozco una: yo, aunque sé que no soy el único.

Aparecen con insistencia noticias relativas al robo de fotos de celebridades, por cierto que más famosas por sus cuerpos que por sus capacidades artísticas. Confieso que he visto esas fotos en una web que las ofrecía y mi asombro es ya absoluto: ¿cómo se le ocurre a nadie hacerse “esa” clase de fotos –aunque sea para el amante o su pareja– con un trasto que transmite todo y peor todavía, colgarlas en la red, aunque sea en un trocito de almacenamiento en la nube, que teóricamente es nuestro? Traten de usar el cerebro, queridas celebridades y usuarios en general: si hay hackers capaces de penetrar hasta en el sistema de Fort Knox o del Pentágono, ¿cómo no van a entrar en el área donde tienen sus fotos?

Son elucubraciones absurdas, porque para mí está más que claro que ese supuesto robo de privacies por supuesto que estaba buscado, con ello se consiguen portadas en los periódicos de todo el planeta, ¿hay publicidad más barata?

Venía en la prensa estos días el caso de un ex-novio que había colocado en el smartphone de la que fue su pareja una app que le permitía conocer las comunicaciones de la víctima y hasta activar la cámara pudiendo observar en directo lo que ella hacía. A eso hemos llegado, lo de 1984 era simplemente una previsión optimista de la realidad actual. Gran Hermano es ahora un programa televisivo hecho por amorales destinado a gente sin defensas intelectuales, y lo que aquella obra de Orwell anunciaba ha resultado ser la Gran Dependencia, algo aceptado con gran contento, satisfacción y un buen desembolso económico al comprar el móvil. ¡Pagamos por que nos controlen!

14 julio 2015

Otra piada brasileira


Como ya hice un par de veces, reproduzco una piada brasileña que encontré y como en esas ocasiones la reproduzco en su idioma original, que a mi entender ambienta mejor la historia, pero de nuevo añado la traducción hecha por mí.

O tatu


O advogado tava viajando de carro pela BR, um tatu foi atravessar na frente do carro e o motorista parou e pegou o tatu. Colocou no porta malas e seguiu viagem. Lá na frente uma blitz da federal parou ele. Pediram os documentos, pediram pra ele descer do carro e abrir o porta malas.

Lá dentro o policial viu o tatu e falou: cara, vc é louco. Esse animal é selvagem, isso vai te dar cadeia. Se eu chamar a policia ambiental vc tá frito.

O advogado disse: bem capaz, esse tatu é meu. De estimação. Tá comigo desde novinho. Se vc soltar ele no chão eu dou dois assobios e ele volta do meu lado. Ele é treinado.

O policial falou: duvido.

Então solta ele pra vc ver, disse o advogado.

O policial pegou o tatu, soltou no chão e o tatu correu pro mato.

O policial falou pro advogado: agora chama o tatu de volta.

O advogado disse: que tatu?

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El armadillo

Un abogado viajaba en su coche por una carretera del país, cuando un armadillo apareció delante del coche y el conductor paró de inmediato y cogió al armadillo. Lo colocó en el maletero y siguió viaje. De repente, un control de la policía federal le hizo parar. Le pidieron los documentos y también que se bajara del coche y abriera el maletero.

Allí dentro el policía vio el armadillo y dijo: tío, usted está loco. Ése es un animal protegido, eso le va a costar la cárcel. Si llamo a la policía de medioambiente está usted frito.

El abogado dijo: pero bueno, ese armadillo es mío. Es mi mascota. Lo tengo desde que nació. Si usted lo suelta en el suelo, doy dos silbidos y él vuelve a mi lado. Está entrenado.

El policía dijo: lo dudo mucho.

Entonces suéltelo para que lo vea, dijo el abogado.

El policía cogió el armadillo, lo soltó en el suelo y el armadillo corrió y desapareció en la maleza.

El policía dijo al abogado: ahora llame al armadillo de vuelta.

El abogado respondió: ¿qué armadillo?


Un consejo: nada de bromas con la policía ni en Brasil ni, por descontado, en España, en especial ahora que nuestro gobierno ha dado un paso adelante en el recorte de libertades. Es posible que se libre de una prueba que le incrimina, como hace el protagonista de la piada, pero seguramente le partirán los dientes.

08 julio 2015

Fiestas populares (y 2)

Mujer "sufriendo" abusos en sanfermines
Disfrutamos precisamente al inicio de la primavera de las procesiones de Semana Santa, famosas las de distintas ciudades por diferentes méritos, y a pesar de mi carácter no muy dado a manifestaciones religiosas, me parecen de lo más soportable como festejos populares, incluso hay una cofradía en Sevilla que se llama –¡oh maravilla!– precisamente El Silencio. No debería considerarse igual a todas las celebraciones que entran en esta categoría, pues alternativamente las hay austeras y bulliciosas, sangrientas (por sus penitentes) y festivas, aunque en todas ellas puede producir escalofríos el espectáculo de las imágenes del cristo que suele aparecer chorreando sangre o con la corona de espinas que tanto divirtió hace unos años al simpático Josep Lluis Carod Rovira Pérez (el catalanista sin ocho apellidos catalanes). El caso en que en ninguna de ellas –al menos que yo conozca– se colocan altavoces para hacer más ruido, y eso hay que agradecerlo, aunque estremece a veces el fanatismo pseudorreligioso e irracional de algunos, y desagrada la presencia de tropas portando imágenes religiosas, por no hablar del apoderamiento de las calles de una ciudad –que son de todos– por cuenta de los creyentes –que no son ni mucho menos todos–. Mejor no citar los indultos concedidos a iniciativa de alguna cofradía. Cuesta entender este país; yo, al menos, no lo he conseguido. O sí.

En Sevilla se celebran otras fiestas menos de un mes después, la conocida como Feria de Abril, que a veces por imperativo cuaresmal se celebra en mayo. Viene a ser una desintoxicación de tanta religiosidad de la pasada semana santa, para dolor y pena de los capillitas. Conocemos ese dicho de que cada uno habla de la feria según le va en ella y precisamente en este caso el propio festejo produce encontradas opiniones según gustos. A esa feria se va a comer, beber, bailar, pasear, ver y ser visto. A disfrutar con la belleza de las mujeres con sus típicos trajes y arruinarse con los precios de las consumiciones. Es quizás el más narcisista de todos los festejos nacionales. Up to you.

Muchas otras ferias se celebran por toda España y en Andalucía al menos (y en Barcelona) suelen seguirse los modos de la de Sevilla. No todo el mundo sabe que la feria de Sevilla fue celebrada por primera vez a iniciativa de unos residentes vascos y que las famosas sevillanas fueron bautizadas así por los catalanes tras la actuación de un ballet hispalense en un teatro barcelonés, pues hasta entonces (siglo XIX) todo el mundo las había denominado simplemente seguidillas, que tales eran y se denominaban en su origen.

Están muy extendidas por el este-sudeste de la península las fiestas de moros y cristianos, siendo las más conocidas las de Alcoy. A la vista de un profano, vienen a ser una mezcla del carnaval y las procesiones de semana santa. Una oportunidad de disfrazarse y permitirse ciertas licencias históricas, pues en el bando de los moros figuran hasta zulúes, que ya es fantasear sobre las etnias que lucharon contra los locales durante la reconquista o en los ataques de piratas a las poblaciones de la costa. Es preceptivo en muchas de estas fiestas, que al menos el cabecilla de cada bando fume un habano mientras desfila, no acabo de entender la razón.

Hemingway no visitó ninguna de las fiestas que cito antes, pero sí tuvo la mala ocurrencia de aparecer por los sanfermines, y precisamente por eso son seguramente los festejos más conocidos fuera de nuestras fronteras y hasta he leído que hay celebraciones que los imitan en lugares distantes, incluso en la mismísima Australia y algunos estados de EE.UU. –Texas, Georgia, California, etc.–. Una ciudad que no alcanza los 200.000 habitantes, como Pamplona, recibe una media de un millón de visitantes. Por lo que me han contado, si a usted le gustan las machadas, la bulla, los apretones, los borrachos y sus vómitos, ésa es su fiesta.

Hay fiestas por toda España y si pocas había, han aparecido muchas nuevas que buscan sólo atraer al turista y mostrar el grado de estulticia local y foráneo. Entre las tradicionales son relativamente conocidos los castellers catalanes, tan excitantes y bullangueros como todo el folclore catalán; los bous al carrer o bous a la mar, donde el objetivo principal es torturar a un toro, actividad de gran éxito en general. También esas infamias para necios como la tomatina o similares, donde la diversión consiste en arrojarse tomates, vino o harina unos a otros e incluso en algunas partes añaden huevos; sobre todas éstas prefiero no entrar en detalles, no sea que algún día me designen concejal de Podemos en uno de esos lugares.

Queda tanto por decir… por descontado, omito mil y una fiestas productoras de ruido en abundancia y regocijo del personal, me callo porque me produce horror ese alarde de irracionalidad pseudorreligiosa de la romería del Rocío (sobre el asunto), pero no hay espacio para tanto, al fin es seguro que un día u otro las veremos en televisión, que probablemente son fiestas de interés nacional o quizás  internacional y que algún día las declararán BIC (Bien de Interés Cultural). Esto es en buena parte la cultura en España. Y conste que soy apasionado partidario de las tradiciones, pero es que a veces cuesta ser español…

No cabe duda de que Javier Marías tenía razón. Y se quedó corto.

03 julio 2015

Fiestas populares (1)

Recuerdo a quienes me leen que lo que en cada entrada cuento no es más que una personal visión del asunto que trato. Simplemente procuro decir lo que hay, según lo veo, sin apasionamientos excesivos; otra cosa es que lo consiga, pero intentarlo, lo intento. Hecho este aviso, si alguien se molesta tiene dos trabajos.

Hace más de un año, incluso puede que dos, leí un artículo de Javier Marías en que soltaba todo tipo de improperios contra las llamadas fiestas populares, y concretamente sobre las de Soria –donde él poseía una casa para descansar y concentrarse para escribir– en las que el ayuntamiento había tenido a bien colocar unos atronadores altavoces cerca de su vivienda durante todo el día –eran las fiestas locales– que no le dejaban ni pensar. Creo que se ha desprendido de esa vivienda.

De inmediato, sentí mi más firme solidaridad con el escritor, un sentimiento que venía de antiguo, tras haberme llamado desde hace tiempo la atención las características de las fiestas más conocidas. Mayoritariamente tienen como común denominador el ruido, el alcohol y alguna virgen o santo local, cuanto más ruido más se divierte la gente y eso lo saben los políticos, que satisfacen ese deseo para complacer al respetable. Del alcohol ya se ocupa cada uno. De que sepamos de esas fiestas, Televisión Española.

Uno de los objetivos perseguidos por las fiestas más ruidosas es conseguir batir un récord que le permita figurar en esa enciclopedia de la estulticia que es el libro Guinness. No todas lo consiguen, pero ahí siguen con ejemplar perseverancia, año tras año, intentando hacer la tortilla de patatas más grande del planeta, reunir el mayor número de personas cantando Asturias, patria querida, o tonterías de igual calibre. Ahora que todo el mundo se empeña en buscar sus raíces para tirarlas a la cabeza del vecino, estas fiestas suelen insistir en que sus primeras manifestaciones están en el medievo (o antes) y después en conseguir ser declaradas Bien de Interés Lo-que-sea y ser publicitadas por las administraciones locales o nacionales, para que vayan cuantos más japoneses, mejor.

Los carnavales gozan de gran tradición en todo el país, una vez que han ido resucitando tras ser prohibidos durante la dictadura. Los más famosos son los de Cádiz y Santa Cruz de Tenerife. El primero cuenta con sus características chirigotas, grupos que interpretan canciones satíricas propias, que aunque han pasado a otras poblaciones son lo más característico de aquella ciudad andaluza. Hay que estar muy en la onda local para entender la gracia de mucho de lo que cantan.

El carnaval canario, por razones que desconozco, ha ido evolucionando hasta transformarse en un trasunto de los carnavales brasileños, más concretamente del de Río de Janeiro, y por lo tanto pone el acento en el lujo de los disfraces en los desfiles y el ritmo de batucada que no sé muy bien qué tiene que ver con las islas, claro que recordando que en las manifestaciones de protesta contra algo eso de la batucada es requisito imprescindible, pues a qué buscar explicación. Para más pistas, quiero señalar el detalle de que allí llaman fantasía a los disfraces, que es exactamente como se denominan en portugués a los disfraces y que deja a las claras las fuentes en que han bebido. Lo cierto es que los turistas europeos, que no saben distinguir muy bien entre España y Brasil, colaboran al éxito de la fiesta con su presencia y su entusiasmo.

Quizás la fiesta más asociada al inicio de la primavera sea una muy popular en casi toda España, gracias a la insistencia de Televisión Española: las Fallas. No hace falta que le explique a nadie en qué consisten, y el que no lo sepa ahí tiene la Wikipedia. Sinceramente, cuesta comprender que resulte tan divertido montar terribles hogueras y atronar al personal con las toneladas de pólvora que se consumen durante estos festejos, pero es cierto que son muchos los que disfrutan del asunto, así que algo tendrá. El calor de las hogueras es tan intenso que los bomberos tienes que dirigir sus mangueras hacia las fachadas para que no se recalienten en exceso y este año hasta la fallera mayor recibió pavesas que podían haber prendido su pesada vestimenta, el bonito traje típico local, quizás el más kitsch de todos los de España. Previamente y para darle el imprescindible carácter religioso de toda fiesta española, se han llevado toneladas de flores hasta una imagen de la virgen del lugar, flores que se colocan ordenadamente alrededor de la que, por si no lo saben, es Generalísima de los Ejércitos Españoles, porque aquí gusta que lo religioso y lo castrense anden de la mano. Hasta donde yo tengo noticia, no guarda parentesco alguno con el añorado generalísimo (hay quienes de verdad lo añoran y yo conozco alguno).

La Semana Santa no es sólo todo ese alarde barroco que conocemos, hay que hablar de unas fiestas que se caracterizan por superar a veces todo lo conocido en ruido. En buena parte de Aragón –y hasta en lugares alejados de allí, como Murcia– el ruido atronador es fundamental para divertirse y me quedé alucinado cuando vi que el tambor tiene un enorme monumento, que ocupa toda una glorieta, en la ciudad de Alcañiz. Aunque donde el ruido pasa a ser una manifestación religiosa de primera categoría es en Calanda (Teruel), donde el viernes santo a las 12:00 todo el que tiene manos se pone a golpear un bombo o un tambor hasta hacer sangrar esas manos, lo que se considera extremadamente meritorio y piadoso. Se llama La Rompida de la Hora. No quiero ni pensar lo que tiene que ser encontrarse en esa localidad ese día y aborrecer el ruido como yo lo aborrezco. Claro que si usted desea no perderse estas celebraciones y no puede acudir en su momento, siempre le queda el recurso de efectuar el recorrido turístico por la llamada Ruta del Tambor y el Bombo, no olvide que el tambor tiene en España más monumentos dedicados que ningún científico o escritor.

28 junio 2015

La necedad del pirómano

Es probable que quienes me conocen personalmente aprovechen esta ocasión para practicar la psiquiatría –a casi todo el mundo le gusta hacerlo– y aventurar que si trato sobre esto es porque me encuentro marcado por un episodio de mi propia vida. Una pena que sólo se acuerden del asunto para restar importancia a lo que digo.

Ese episodio no viene ahora al caso, la razón de ocuparme del tema es otra, simplemente aquello por lo que pasé me sirvió para tomar conciencia de un hecho que los demás parecen ignorar: el fuego es el gran enemigo de los seres vivos. Que hace siglos fuera normal convivir con ese peligro se debe a que era inevitable, puesto que era la única fuente conocida de luz y calor, pero hoy las cosas han cambiado en ese sentido. No en otros, y leí una vez que al hombre de otros tiempos le hubiese horrorizado convivir con la cantidad de peligros que ahora siempre tenemos cercanos, en nuestras viviendas: gas, electricidad, productos químicos, etc. Cada año son frecuentes las bajas humanas por estos motivos.

Pese a todo, el hombre actual se empeña en convivir o, a veces incluso jugar, con ése que es nuestro enemigo mortal. Hace unos días veía en televisión las fiestas celebradas alrededor del fuego en toda España –¡qué inconsciencia!–, en especial en esa zona donde lo adoran, el levante de la península. La gente reía, saltaba o caminaba sobre él , lo pasaba bien, sin caer en la cuenta de que lo que puede ocurrir –y ocurre– no es una broma sino un peligro cierto y que sus secuelas son de por vida cuando no traen la muerte. Hasta se pudo ver cómo un imbécil, al prender fuego a una hoguera en una playa del País Vasco, prendía fuego a un bidón que contenía gasolina, con las consecuencias lógicas. ¿Saben que en España hay bastantes hospitales que disponen de Centro de Quemados y que habitualmente están ocupados casi al completo?, ¿que el dolor en esos centros es casi infinito?

Hoy viene en la prensa un suceso dramático y paradójico: en Taiwan ha habido un incendio en un parque acuático en el que han resultado con quemaduras más de 500 personas, de ellas 194 graves. Me llama la atención de que los medios se empeñan hace ya tiempo en llamar heridas a las quemaduras y por lo tanto heridos y no quemados a los que sufren las consecuencias. Un error fruto de la ignorancia y el esfuerzo para no mencionar la palabra adecuada. 

Casi todo el mundo juega con ese horror, pese a que todos sabemos las víctimas que cada año producen los incendios y en especial los forestales, provocados por la barbacoa de algún cretino, una colilla, una quema de rastrojos o simplemente un asesino que seguramente ejecuta una venganza –o el encargo de algún interesado– prendiendo fuego intencionadamente al bosque, ¿no les horroriza el daño que causarán y que en el mejor de los casos tardará muchos años en recuperarse? Para estos sicarios del fuego y sus inductores yo implantaría unas penas que no pudieran olvidar.

Es inútil discursear –cuando hablo del tema alguno me mira burlón como si yo fuera uno de esos predicadores evangélicos–, incluso se sabe que el fuego atrae morbosamente al público que inevitablemente está convencido de que eso del fuego es algo que no puede ocurrirle a ÉL y no toman la mínima precaución para que eso sea ciertamente así. Son frecuentes las películas –incluso Bambi, ¿recuerdan?– donde se usa como elemento dramático de gran fuerza, banalizando su importancia real. Apenas si he tenido éxito al recomendar a amigos y familiares dos medidas elementales para alejar el peligro, que son la instalación de alarmas de humo en cada habitación de la casa y hacerse con un par de extintores para uso doméstico, porque la vida no es una película, el fuego de verdad no es bonito, y quema. El precio de las alarmas no suele alcanzar los quince euros por unidad y su instalación no ocupa ni cinco minutos a cualquiera que sea capaz de vestirse sin ayuda. En cuanto a los extintores que recomiendo apenas cuestan 40 euros cada uno. ¿Es dinero lo que nos falta o más bien –insisto– es absurda certidumbre de que a nosotros esas cosas no nos pasan, no nos pueden pasar

Muchos estados de EE.UU. (no sé si todos) obligan por ley a la instalación de esas alarmas, fíjense en las películas, pueden verlo hasta en Los Simpson. Hay países a los que miramos despreciativamente por subdesarrollados que se toman este asunto más en serio que nosotros. Como ejemplo, en Brasil es obligatorio llevan un extintor en el coche y como puede que haya que recargarlos alguna vez, las gasolineras disponen de un servicio que, para evitar esperas, simplemente cambia el nuestro por otro en condiciones. Un extintor tiene una vida útil de unos 20 años.

Ya lo sabe, por menos de 200 euros usted puede mejorar su tranquilidad y su seguridad frente a un peligro real. Que se considere inmune es problema suyo, mi querido supermán.

23 junio 2015

Miedo me dan

En 1982 fui interventor por el PSOE en las elecciones generales y también en las posteriores municipales. Tuve ocasión de compartir mesa con los interventores del PCE, que me parecieron gente preparada y más que razonable y conocí e incluso intercambié algunas frases con personajes pintorescos, desde Carmen Sevilla que acudió con unas gafas de sol tan grandes –se supone que para pasar desapercibida– que llamaban la atención desde lejos, a la esposa del inventor del Talgo, Alejandro Goicoechea, con la que incluso mantuve una corta conversación. Me preguntó por el partido al que representaba y cuando le contesté identificándome se asombró, exclamando cómo era posible eso, si parecía un buen chico y hasta llevaba corbata y chaqueta. Educada y encantadora, pero situada cincuenta años atrás en el tiempo, algo bastante natural teniendo en cuenta su entorno social y la época que había vivido.

Había un fervor y una ilusión entre las personas progresistas por el triunfo de la izquierda y de Felipe González que no tenía nada que envidiar a los actuales votantes de Podemos y yo diría –no descarto que sea subjetivo– que menos hosco y fanático que lo actual.

Todo sabemos en qué quedó aquello: una reconversión industrial que la derecha no habría osado llevar a cabo, privatización de muchas empresas públicas –tarea que finalizó años más tarde Aznar, con el entusiasmo añadido de colocar a sus amigos como cabezas de esas empresas– y, sin duda, una modernización de España que lamentablemente no llegó hasta donde debería haber llegado y que ni rozó la privilegiada situación de la iglesia católica, desilusionando a muchos de sus votantes, yo entre otros.

Pasó el tiempo con todas sus miserias y seguimos en eso que llaman crisis y que en realidad es un cambio en profundidad de la estructura social asociada al capitalismo y llegó el 15-M al que desde estas mismas páginas vaticiné que nunca llegarían a nada, no está claro que yo me equivocara. A continuación vinieron esos que se denominan partidos emergentes o, mejor dicho, Podemos, porque Ciudadanos no ha sido más que un exitoso intento de la derecha por salvar los muebles, promocionando a este partido que ya llevaba años languideciendo en Cataluña y que sólo ha pasado a mayores fagocitando a UPyD que, ya puestos, me gustaba más, a pesar de doña Rosa. Que ya es pesar.

Sí, es Rosa Díez
Miedo me da esta gente no por todas esas pamplinas de los soviets, sino por su falta de preparación. Miedo me dan los recién llegados y ese invento de las candidaturas de unidad popular, una fabulación de Podemos para entrar en el juego sin dar la cara, y que le aporta la ventaja de que si salía bien, de inmediato reclamarían la paternidad –así lo han hecho– y si hubiera salido mal se habrían ido para otra parte silbando con las manos en los bolsillos, haciéndose los distraidos. Lo de popular me mosquea, lo use Manuel Fraga o lo use Pablo Iglesias. No les ha salido perfecto, pues el candidato de más solvencia de todas esas candidaturas, Manuela Carmena, se ha desgañitado varias veces diciendo que no es de Podemos y que no tiene nada que ver con ellos. Pobre mujer, le han metido en las listas un montón de los típicos componentes de Podemos, es decir, eso que se ha dado en llamar activistas y que fundamentalmente consiste en gente que se reune con los amiguetes a tomar unas birras, o que incluso montan algún número espectacular si son del sexo femenino. Al día siguiente de hacerse cargo doña Manuela se ha encontrado de boca con los tuits del tal Zapata y de Pablo Soto y con el currículum topless y amenazante de Rita Maestre. Sinceramente, no me parecen faltas tan graves –y además, son antiguas– y yo fundamentalmente lo que haría sería sancionarlos por uso excesivo de Twitter y la falta de inteligencia que evidencian quienes se comportan en las redes sociales olvidando que todo el mundo tienen acceso a ellas. Se estrujan las meninges para ser eso de trending topic y después se quedan sorprendidos cuando les cae encima lo dicho, olvidando que si hay algo eterno es lo que se escribe.

Leo las primeras medidas de las alcaldías más sonadas, Barcelona, Madrid y Cádiz, y aunque no soy un experto me asombra tanta simpleza y el comportamiento más propio de sans culottes que de gente preparada como pretenden ser: implantación del tuteo, eliminación de los antidisturbios, concejalía dedicada a los homosexuales e izado de banderas ídem en los ayuntamientos, paralización de los desahucios, salarios misérrimos para los cargos municipales y autonómicos, eliminación de coches oficiales, cierre de los CIE, apertura de comedores infantiles… De todas, sólo me parece acertada –en su inmediatez– la de los comedores, aunque resulte pintoresco fijar el límite de asistencia en los 14 años, lo que parece indicar que los 14 años es una buena edad para empezar a pasar hambre. El asunto de los salarios me parece propio de unos desorientados que no conciben que se dediquen a la política personas solventes de éxito en su actividad profesional anterior; como le oí decir a Guillermo Fernández Vara en la televisión, no comprendía por qué iba a ganar menos como presidente autonómico que como médico privado. Me temo que esto no lo entienden quienes han vivido siempre de bolos, como los alcaldes de Cádiz y Barcelona, entre muchos otros.

No tengo ningún interés en acertar con mis presagios, pero todo esto me trae a la cabeza aquella frase de el desengaño camina sonriendo detrás del entusiasmo. Nos veremos en las generales.

20 junio 2015

Pleitos tengas

Creo que no hay nadie que desconozca el dicho –considerado una maldición gitana– «pleitos tengas y los ganes». Para el poco avezado puede resultar chocante que se le desee el mal a otros a base de ganar pleitos, pero es que así resulta ser en la práctica gracias a la eficacia de nuestra justicia –no sé si es universal el problema– e indudablemente a la participación de los abogados, una profesión que cuenta con respetables practicantes, pero donde abundan los pícaros e incompetentes.

Cuento esto porque me encuentro en un estado bastante rencoroso, ya que recientemente –en realidad, todavía– me he visto envuelto en una de estas aventuras legales.

Mi última inmersión en este mundo de la justicia tuvo lugar allá por el otoño de 2012, tras varios meses de apelar a los organismos que supuestamente existen para proteger a los ciudadanos en asuntos económico-bancarios (Banco de España y CNMV), pero que en la práctica resultan ser tan solo un refugio donde el gobierno de turno coloca a sus amiguetes para que lleven una vida relajada y bien remunerada. Y sabe dios que ciertamente se relajan y son bien remunerados. Y nada más.

Acudí a un bufete especializado que al igual que los seductores amorosos me llenó de lindas palabras y de promesas de atención y dedicación permanente. Al igual que esos seductores, después de conseguir que yo les entregara lo que perseguían –el encargo de representarme– se olvidaron de mí hasta el mes de junio de 2014, tras esa oscura espera en la que el asunto permanece literalmente congelado en alguna estantería del juzgado que se le asignó, comunicándome casi un año más tarde de la presentación de la demanda que la vista de mi caso en los tribunales iba a tener lugar el 9 de julio de ese año, justo durante el mes en que me desplazo a disfrutar de vacaciones a casi 700 km., pero eso no era asunto que preocupara a nadie, ni a mis abogados, en un país en el que no veranear en agosto hace de uno un ser extravagante y casi antisocial.

Como estaba previsto, yo estaba de vacaciones y al llegar la víspera de la fecha tomé un avión, vine a Madrid y me personé en el despacho donde me habían citado, para entrevistarme con la abogada que ya tenía asignada desde algún tiempo antes y ensayar mínimamente nuestros roles. Para que la alegría fuera completa, esa ilustre letrada no acudió y tuvieron que buscarme precipitadamente una sustituta que resultó tener más aspecto de habitual de los after hours con resaca que de profesional del derecho. Como su puesta al día y mi entrevista duraron más de cuatro horas, estuve sin probar bocado ni beber más de trece horas, desde que en la mañana salí hacia el aeropuerto hasta que terminó la entrevista más tarde de las 8. La vista del día siguiente fue desagradablemente ineficaz e inútil: nada más empezar, el abogado de la parte contraria comunicó que a su testigo se le había muerto un familiar –ya es mala suerte, pobrecita– y sin que se le exigiera documento que lo acreditase, se levantó la sesión y la juez fijó una nueva vista para el 3 de diciembre, cinco meses de demora de una tacada. Yo me volví a mi veraneo tras perder dos días de descanso, el dinero gastado en la aventura, agotado, y un cabreo descomunal a cuestas.

Llegó la fecha de la nueva vista y en esta ocasión la abogada asignada era simpática, eficaz y hasta atractiva, en la entrevista del día anterior sintonizamos perfectamente, ella había estudiado mi caso y en el juicio desempeñó bien su papel y yo también el mío. Aunque me auguraban una larga espera, la sentencia se comunicó tan solo una semana después, el 10 de diciembre y era favorable a mí con todos los pronunciamientos: devolución de la cantidad estafada, más intereses y costas; ¿acabó así la aventura?

Pues no, han pasado más de cinco meses desde la fecha tope de ejecución de sentencia el 12 de enero de este año, no he recibido el dinero que debía estar ya en mi poder, mis abogados no parecen tener prisa y sólo recibo respuestas del tipo «no es usted el único cliente y no podemos dedicarle tanta atención» y que solicitarán del juez la ejecución de sentencia. Les pedí que me tuviesen al corriente de cada acontecimiento, aunque fuera mediante correo electrónicos, y contestaron que esa no era la política del bufete. Lo dicho: seducido y abandonado. Y de nuevo eso otro que imaginan.

Continúo llamando por teléfono cada mes y la respuesta es últimamente que hay un trámite que se demora y que debo esperar otros 20 días hábiles más. Para los no iniciados, aclararé que eso en lenguaje legal significa un mes o más, porque los días –para el sistema judicial– resultan ser poco hábiles. En el mejor de los casos, mis abogados muestran ineficiencia; en el peor...

¿Quieren saber el nombre del bufete? Bueno, ahora hasta se anuncian por televisión. Ni se les ocurra ponerse en sus manos, funcionan a base de becarios, supongo que no muy bien pagados. Mejor, contraten un sicario colombiano y su problema se resolverá rápidamente de manera casi legal (es decir, ¡no olviden darlo de alta en la seguridad social!).

13 junio 2015

Tres casos. Tres repercusiones

Una noticia aparecida ayer en la prensa me ha hecho recordar el dicho «más vale caer en gracia que ser gracioso», que se me viene a la cabeza con frecuencia al contemplar la diferencia con que se tratan acontecimientos no en razón de su valor y significado, sino de la oportunidad y el oportunismo de quienes lo realzan o desvanecen a su conveniencia. Pura injusticia, pura arbitrariedad.

El 27 de enero de 1977, una estudiante residente en la Alameda de Osuna, en Madrid, llamada Mari Luz Nájera Julián fallecía en la Gran Vía como consecuencia del impacto en el rostro de un bote de humo, disparado por la policía en la manifestación a la que asistía para protestar por la muerte el día anterior de otro estudiante, Arturo Ruiz García, a manos de la ultraderecha. Hubo numerosas manifestaciones de dolor por la muerte de esta joven, que no pertenecía a ningún grupo político ni sindical y que simplemente fue asesinada cuando exigía libertades y el castigo a los culpables, junto con sus compañeros de facultad. En el entierro hubo que poner un paño en su cara para ocultar el espanto de los destrozos sufridos por aquel impacto. Por cierto que esa misma noche eran asesinados también un grupo de abogados laboralistas en la calle Atocha, pero poco o mucho es un hecho que casi todos los que tenemos edad suficiente recordamos, o deberíamos recordar. En la España de entonces, los mayores recortes eran en vidas de inocentes y los causantes, los de siempre.
 
Familiares y una asociación de vecinos trataron de que fueran dedicados a su memoria unos pequeños jardines del barrio, pero no fue hasta 2007, treinta años después, que se consiguió la colocación en el lugar de una pequeña lápida. Es tarde, porque salvo sus allegados, nadie se acuerda ya de ella, de una joven que murió en defensa de las libertades de todos

En la madrugada del 1 de noviembre de 2012 se celebraba una fiesta de Halloween en el recinto llamado Madrid Arena y también un botellón en su frente –montado por los que no habían conseguido entrada a la fiesta– en el que entre muchos otros se encontraban dos chicas de 18 años residentes en la Alameda de Osuna. Habían ido a escuchar la "actuación" de un famoso DJ. La policía municipal no hizo nada por evitar aquel desmadre, es notorio que la de Madrid se levanta por la mañana ya cansada y sin ganas de nada.

Como todos saben, se declaró un incendio en el interior del recinto y la desbandada que se produjo acabó con la vida de entre otras más esas dos chicas, llamadas Rocío Oña y Cristina Arce, por aplastamiento. No es difícil entender el dolor de esos padres, será una carga que les oprimirá de por vida, pero para mí es difícil de comprender todos los homenajes públicos que se les rindieron, incluida la nominación de una plaza del barrio con el nombre de ambas y la colocación de un pastelón de granito con los dos nombres, en esa misma plaza. Murieron mientras se divertían, algo a lo que tenían perfecto derecho, y sin duda los culpables deben ser castigados con la dureza que merecen –todavía están mareando el asunto en los tribunales–, pero creo que no es lo mismo morir defendiendo las libertades que morir con el cubata en la mano. 

Ayer, 11 de junio de 2015, se produjo una tormenta de lluvia en Madrid de las mayores que pueden recordarse en muchísimos años. No exactamente en la Alameda de Osuna pero sí en sus cercanías, una mujer de 28 años trabajaba como empleada doméstica en el garaje de un adosado cuando, según aseguran, una pared del recinto se derrumbó por la presión del agua de lluvia y esta mujer falleció, no está muy claro si golpeada por la pared o ahogada, su cuerpo se descubrió cuando los propietarios volvieron a la vivienda, cinco horas más tarde. No ha habido manera de encontrar en los periódicos de hoy una nota explicando las circunstancias de la muerte y el nombre de la fallecida. Sencillamente fue «una mujer de 28 años» que murió mientras trabajaba.

No se volvió a hablar de ella ni a mencionarla en la prensa, ningún buenista reclamó por ello. Probablemente «ni había caído en gracia ni era graciosa», pero seguro que no estaba allí por gusto.

10 junio 2015

El Reino Unido y Europa

Veía el otro día en el telediario una escena en la que una anciana caminaba por una alargada alfombra de cortesía, arrastrando la larga y pesada cola de su propia vestimenta –toda ella terciopelo y armiño–, sostenida parcialmente por dos lacayos, y portando sobre su cabeza un enorme y pesada corona cuajada de piedras preciosas. Al final de la alfombra, había un trono espectacular y cuando la mujer se disponía a sentarse en él, los dos lacayos se apresuraron servilmente a colocar la cola de manera que no estorbara ni molestara a la anciana durante la lectura de su discurso, una de las pocas tareas a realizar a cambio de un salario evidentemente desproporcionado. Todo el largo recorrido de la alfombra estaba flanqueado por bancadas en las que se encontraban personas disfrazadas de manera extravagante y guardadas por otros individuos disfrazados tan ridículamente que necesariamente deben ser tachados de frikis. Todos entusiasmados de pertenecer y representar al único imperio mundial sin imperio.

Para cualquiera que ignorara lo relativo al país en que se desarrollaba el evento, se trataría de un juego de máscaras o una escena de una de esas películas o series de televisión en las que dan rienda suelta a la imaginación a la hora de presentar o vestir personajes. Los que vemos telediarios y estamos en la pomada, sabíamos que se trataba de la apertura de la legislatura en la cámara de los lores¡todavía existe eso!– del parlamento británico y la ridícula anciana era la reina de Inglaterra, la única reina occidental que se atreve a llevar corona, esa señora que se ha pegado con cola al trono y no deja que ningún descendiente la sustituya, pase lo que pase. Esa que ni siquiera se rompe una cadera, como sería su obligación considerando el puesto que ocupa.

Nos hemos acostumbrado con toda naturalidad a la ridiculez de todas las ceremonias británicas, desde la abundancia de pelucas en los tribunales de justicia a los disfraces chocantes y excesivos en aquellas en que interviene su majestad británica. Soy del parecer de que se esfuerzan por mantener ese atrezzo porque le obtienen una buena rentabilidad mediante el turismo, en especial el procedente de sus primos americanos, escasamente monárquicos, pero adoradores de ese tipo de frikismo.   

Se trata de ese país llamado Reino Unido, que muchos se han empeñado en considerar europeo, pese a que ni sus usos, ni sus costumbres, ni su forma de vida acaba de encajar en el entorno europeo y a los que les reímos la gracia de aquello tan conocido de el continente está aislado por la niebla o más altivamente por afirmar que se nota dónde uno se encuentra –al desembarcar en el continente– por el olor a ajo, llegando al extremo de que una popular súbdita suya, casada con un famoso y pintarrajeado futbolista afirmara que España olía a ajo. Que ya me gustaría, porque soy un adorador de esa planta y si además aleja a los británicos y a los vampiros, perfecto.

Eso sí, saben venderse bien y los españoles, que sin duda somos bastante idiotas la prueba es que somos quienes más nos creemos la leyenda negra sobre nuestra propia historia consideramos a los británicos modélicos en cuanto a puntualidad, humor, modales y otras virtudes de las que en realidad carecen. En cuanto a sus modales, sería bueno darse una vuelta por Magaluf, Lloret, Salou o Benidorm cuando más británicos las visitan; y sobre su humor, apenas un par de escritores avalan esa idea, el resto es tan deplorable como el humor grosero y cateto de sus famosos Benny Hill o Austin Powers, que no tienen nada que envidiar a Torrente, nuestra racial aportación al infracine. 

Mantiene ese extravagante país una moneda diferente a la que circula en todos los países desarrollados de la UE, conserva un sistema de medidas nostálgicamente llamado “imperial”, se niegan a integrarse en el área Schengen, conducen al contrario que en toda Europa y América, procura sistemáticamente oponerse a lo decidido en Bruselas y… en la época de Margaret Thatcher consiguieron el llamado cheque británico equivalente a cerca de cinco millardos de euros –5.000.000.000 de euros– anuales, que en si en algún momento tuvo una cierta justificación por la pobreza del país en aquel entonces, ahora es sólo un ejemplo más de insolidaridad dentro de la UE, porque pese al cambio de la situación, se niegan a su eliminación y por el contrario, está previsto su incremento. Todos en la UE intentan cobrar y no pagar, de manera perpetua, el problema es que el RU lleva buen camino para conseguirlo.

Es más, practicando eso que tanto gusta a los naturales del país, la extorsión, amenazan con salirse de la UE tras un referéndum, salvo que se acceda a otra serie de nuevas condiciones, desconocidas para los ciudadanos europeos hasta ahora pero que podemos imaginar por dónde van, para lo cual su primer ministro está haciendo una ronda por algunos países de la UE para que entiendan lo razonable de su exigencia. Declara el tal Cameron que espera que adopten una actitud constructiva para evitar su salida, lo que en buen castellano quiere decir, que se dobleguen y acepten una desigualdad mayor en el seno de la UE, ¡ellos sí que son diferentes!

Yo fui uno de esos crédulos que se entusiasmaron por la existencia de la UE y nuestra incorporación a ella, pero como ya he dicho en alguna ocasión, no es esto lo que deseaba. Yo quería una Europa unida e igualitaria, no una donde mangoneara Alemania y su lacayo francés y en donde el Reino Unido permaneciera tan solo para poder vender con ventaja sus productos industriales –cerca del 50% de sus exportaciones van a la UE–, al tiempo que España tiene que soportar que algún país extraeuropeo como Marruecos, coloque sus productos agrícolas en la UE en igualdad de condiciones con los productos españoles.

Desde un foro con tan poca resonancia como éste, pese al fervor religioso de algunos por ese europeismo, y sin un resquicio de duda, yo me declaro partidario rotundo de la salida del RU de la UE y que de una vez nos veamos libres de su inevitable y permanente extorsión. Que se queden fuera y tan aislados como el continente cuando hay niebla en el Canal, que se apañen con su EFTA o se integren como un estado más en los EE.UU.

Al tiempo, consigamos que Bruselas deje de ser la capital mundial de la burocracia y un refugio para políticos en decadencia. De verdad que Europa tampoco debe ser eso. Hemos permitido la creación de un monstruo que consume el tiempo y el dinero que debería emplearse en mejorar la vida de los europeos.

Firmemos también todas las peticiones para rechazar el TTIP –apoyado hasta ahora por el Partido Popular Europeo y el Partido Socialista Europeo (¡qué vergüenza!, ¡y encima con esos!)–, con el que los países como unidades políticas, sobre todo si son débiles y periféricos como el nuestro, dejarán de tener capacidad de decisión y perderán casi del todo su soberanía, entregando más poder aún a los bancos y multinacionales.

02 junio 2015

La ecología que nos alcanza

¿Son capaces de fijar una fecha aproximada a partir de la cual el concepto de ecología y el comportamiento ecológico pasó a formar parte de nuestro panorama diario? Creo que es muy difícil fijar un momento, porque estas cosas van impregnando poco a poco nuestro día a día, apenas percibiéndolo, y sólo cuando nos paramos y miramos para atrás nos damos cuenta de que cambió nuestra actitud. Tampoco es que todos hayamos vivido ese cambio en igual momento o intensidad. No obstante, si me apuran, yo diría que fue al inicio de los noventa cuando la presencia del ecologismo fue cambiando nuestra manera de comportarnos.

Es bastante generalizador, pues me consta que hay a quienes todo el asunto les resulta tan ajeno que leyendo esto llegarían a pensar que estoy perturbado –y puede que sea cierto, pero no por esto–. De hecho, conozco a quienes a estas alturas no acaban de tomar conciencia de la importancia de nuestro comportamiento y si alguna vez se permiten depositar una lata de bebida en el cubo del reciclado casi marcan con una cruz el día en el calendario como si hubieran matado a uno de esos dragones que abundan a nuestro alrededor.

Poco a poco, una parte de la población ha ido tomando conciencia de que nuestro planeta no es una fuente inagotable de recursos, que alguna vez hay que limpiarlo y cuidarlo, y contribuyen a paliarlo en la medida de lo posible. Claro está que otra importante parte de nuestra población pasa de todo este asunto e ignora la existencia del cubo amarillo de la basura y por descontado que de todos esos otros lugares importantes con cuyo uso colaboramos: medicinas antiguas en la farmacia, contenedores de vidrio, de papel, de pilas usadas y el punto limpio donde hay que depositar lo que corresponde, aun a costa de sufrir ligeras incomodidades. Lamentablemente, en ocasiones tengo que llamar a nuestro eficaz ayuntamiento para comunicarle que tal o cual contenedor está rebosante de desechos hasta el punto de que no cabe ya ni un periódico, ni un casco de cerveza. Esto no significa que la idea del reciclado sea mala, lo malo es nuestro ayuntamiento, quienes lo dirigen.

Si salgo de mi casa, caminando cincuenta metros hacia la izquierda, encuentro una pareja de los contenedores habituales en la ciudad en la que vivo, cartón y vidrio. Si en vez de caminar hacia la izquierda lo hago hacia la derecha, tropiezo con otro par a la misma distancia. Increíblemente, hay quienes viviendo en mi propio edificio o enfrente, abandonan sus cajas de cartón en la misma acera sin acercarlas ni un paso hacia su lugar correcto. Bueno, dejan cartón, pero también colchones, sofás, sanitarios, maletas, televisores de tubo… lo que sea, ya lo he dicho antes y ya sabemos acerca del individualismo –quiero decir incivismo desvergonzado– de muchos de nuestros compatriotas.

Comprendo que estos asuntos no son tan elevados como la trascendencia del ser o la alineación de nuestro equipo para el próximo partido, pero procurando olvidarme de ciertas actitudes ajenas, he llegado a hacerme socio de Greenpeace (y emplazo a todos a hacer lo mismo) con una cuota mínima –como mi economía, porque es la única ONG que se dedica a lo verdaderamente irreemplazable: nuestro planeta. Hay científicos que auguran que al ritmo actual el planeta y la humanidad no llegarán al siglo XXII. Creo que no estaré para entonces, así que no pienso preocuparme en exceso.

Eso no quita que en ocasiones discuta con mi mujer acerca de su extremismo reciclador o que me choque un artículo como el que el otro día encontré en un diario de gran difusión donde se estudiaba qué era más ecológico, si limpiarnos con papel al terminar cierta tarea, emplear el agua en el bidé o una combinación de ambos medios. Creo que, de momento, eso sí que es pasarse una pizca. Sobre todo si somos estreñidos.