Aunque afortunadamente somos algunos los que no olvidamos que Inglaterra es nuestro enemigo de toda la vida, hay un vacío en la memoria que hace posible muchas de las cosas negativas que nos suceden.
Desde niño, me repitieron una y otra vez lo de Sodoma y Gomorra; en que el bueno de Job llegó a ofrecer a sus hijas a los asaltantes, para que hicieran lo que quisieran con ellas, en vez de entregar a sus visitantes varones, que eran sagrados. Dios decidió castigar a estas ciudades por sus pecados y le mandó abandonar la ciudad con su familia sin mirar atrás. Creo que todos sabemos lo que sucedió entonces y que la palabra sodomita definía algo reprobable.
Estoy leyendo un libro muy conocido y reconocido sobre la conquista de Méjico y son curiosas las recomendaciones que los conquistadores hacían apenas entraban en un nuevo territorio o población: lo principal era dejar de comer carne humana, de sus semejantes; después, rendir pleitesía al emperador Carlos, abandonar los ídolos y hacerse cristianos (sin imponer el cambio inmediato) y dejar de practicar la sodomía, algo muy extendido entonces.
En 1952, se reunieron un grupo de médicos y expertos de la OMS y decidieron que la homosexualidad era una desviación de la conducta normal y que era una patología psíquica. Posteriormente, en 1990, se reunieron los socios en asamblea general y decidieron que la homosexualidad no era una dolencia psiquiátrica. ¿Cabe elegir?
Desde entonces han ido subiendo posiciones incluso apoderándose en exclusiva de la palabra gay que hasta entonces significaba alegre y obligando a cambiar, entre otras, la letra de una canción de West Side Story, donde la protagonista aseguraba sentirse pretty y gay, es decir, bonita y alegre.
Desde entonces y no tan pausadamente como cabría esperar, la homosexualidad ha ido subiendo de categoría hasta el punto de considerarse una virtud y los heterosexuales presumen de su amistad con los que lo son. Incluso llega a ser una virtud que llega a transformarse en ventaja social. Recuerdo haber visto alguna película en las que sus protagonistas –en una de ellas arquitectos− fingen ser homosexuales para conseguir el triunfo social.
No es una novedad: todos sabemos de cantidad de presentadores de TV, actores, profesionales, etc. que han triunfado gracias a contar entre sus virtudes el ser, al menos aparentemente, homosexual y hoy en día confesarse de esa sexualidad e incluso bisexual, es un mérito sobresaliente.
Es inútil resistirse a esta marea. Quienes hasta hace poco se burlaban y esquivaban el trato con los que parecieran LGTB son hoy admiradores de todos ellos y hasta procuran arrimarse para ver si se les contagia esa capacidad de éxito. Se ha modificado el diccionario de la RAE y en la palabra homofobia, que antes era Aversión hacia la homosexualidad o las personas homosexuales, han añadido un adjetivo de manera que desde 2014 es Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.
En mi pandilla de hace años había un homosexual al que nadie prestaba atención por serlo y en mi oficina tenía algún compañero que lo era y tampoco recibía atención especial. Hoy serían homenajeados y tratados preferentemente por lo que son.

No hay comentarios:
Publicar un comentario