22 mayo 2013

Frank Sinatra, La Voz única

Es frecuente oír dichos como sobre gustos no hay nada escrito o lo de para gustos se hicieron los colores tratando de justificar ciertas preferencias con el supuesto apoyo de estas sentencias que, como tantas otras del mismo estilo, son con frecuencia totalmente falsas. Menos mal que, como ocurre también con frecuencia, a esos dichos se contraponen otros como pudiera ser lo de hay gustos que merecen palos, violenta frase que desmiente las anteriores.

Sin embargo, creo que en esta ocasión sí es de aplicación aquello o al menos yo estoy dispuesto a sostener que lo es: hablo de mi admiración, casi devoción, por el cantante y actor Frank Sinatra, del que días pasados en la prensa se conmemoraba el 15º aniversario de su fallecimiento y se hacía referencia al largo reportaje –casi un pequeño libro– escrito por el famoso periodista Gay Talese hace ya casi cincuenta años para la revista Esquire y que, según cuentan, se utiliza hoy en día como texto en las escuelas de periodismo.

El caso es que fue mi madre –realmente se trataba de un cantante de su época y no de la mía– quien me contagió la sinatritis y no sólo supe mantenerla, sino que la incrementé hasta superar la afición que ella sentía por el cantante. Me ha proporcionado algunos de los mejores momentos de mi vida y mi admiración es tal que tengo más de sesenta discos suyos que escucho con bastante frecuencia. Durante muchos años fui comprando todos los que iba encontrando, los buscaba en todos los países a los que iba y sólo repudié por espantosos esos dos Duets I y II que son un alarde de comercialidad y mal gusto; eso significa que se vendieron como pan caliente. Realizados con desgana, quizás porque el cantante ya era bastante mayor, veía que su tiempo había pasado y no parecía importarle corromper un historial musical casi sin tacha. Probablemente por eso fueron grabados con su voz en una primera instancia y más tarde el cantante que debía hacer el dúo pasaba por el estudio a hacer su parte, sin compartir espacio con Sinatra, que posiblemente ni conociera de oídas a algunos de ellos. Desde luego, no debía saber que a Julio Iglesias algunos periodistas lo llamaban el Sinatra latino, porque el disgusto podría haberle matado. Aparte, yo me pregunto si es que el genuino Sinatra no les parecía bastante latino, teniendo en cuenta que era hijo y descendiente de italianos al cien por cien.

Curiosamente, las canciones suyas más populares en España son de lo peorcito que grabó: My Way y Strangers In The Night, las dos muy alejadas del estilo en el que realmente destacó, que coincide fundamentalmente con el periodo en que grabó para el sello Capitol el mejor swing vocal de la historia y cuando ganó merecidamente el apodo de La Voz con el que se le conoció y conoce. Lo acompañaron las mejores orquestas de la época, empezando por Harry James o Tommy Dorsey, pasando por Alex Stordahl, Don Costa, su habitual Nelson Riddle, y hasta los jazzísticos Duke Ellington y Count Basie. Fue el primer cantante que contó con multitudes de fans teens, como setenta años después los tienen quienes muchas veces son simples productos de marketing, mesas de mezclas y auto-tune.

Por descontado, en esta época de usar y tirar se me descalificará por mi afición con el argumento de que Frank Sinatra es antiguo: ¿antiguo? No ha habido ni hay ningún otro que le supere, que haya hecho tanto por la canción incluso fue el primero que estudió cómo aprovechar la ventaja que le brindaba la moderna amplificación del sonido, creando una nueva manera de acompasar la respiración a lo que cantaba, una técnica que él fue perfeccionando tras observar cómo se las arreglaba el trombonista Tommy Dorsey con su instrumento. Bobby Darin fue un seguidor bastante bueno e incluso pensaba ser su sucesor porque era bastante más joven pero, ironías de la vida, murió en la mesa del quirófano 30 años antes que Sinatra. Hasta hoy en día son numerosos sus seguidores –no necesariamente imitadores– como Harry Connick Jr., Michael Bublé, Matt Dusk, Jamie Cullum, Peter Cincotti y muchos más, y su repertorio se sigue interpretando en todas partes intentando mantenerse en su estela.

Nadie canta ni cantó como él, es eso lo que le coloca a un nivel inalcanzable para los demás, pero es bueno recordar su trabajo como actor, que le trajo gloria y fama, no sólo por su trabajo en películas musicales, sino también por sus papeles dramáticos que le permitieron hacerse con un Oscar (ganó también otro, semihonorífico). Sin embargo, si en España se pregunta a alguien por él, si es que le conoce, se limitará a recordar su poco recomendable vida de negocios y su supuesta cercanía a la mafia. ¡Ah!, y My Way.

En fin, sé que muchos quedarán pensando que he debido perder la cabeza con tanta alabanza a quien no las merece, sobre todo existiendo actualmente artistas de la talla de Nicki Minaj o Justin Bieber. 

Pero oiga, es que yo estoy hablando de música. Ya lo decía al principio: sobre gustos no hay nada escrito, pero es cierto que hay gustos que merecen palos.

12 mayo 2013

Marca España S.L.

Hace años, siguiendo lo que de pequeño me habían inculcado, sentía escalofríos de emoción cuando sonaba el himno nacional o veía izar la bandera española, no digamos si me encontraba en el extranjero cuando esto sucedía. Mi abuela materna tocaba espléndidamente el piano y se negaba a tocar el himno español porque consideraba una frivolidad hacerlo sin un motivo justificado (la marcha real, decía ella). Para bien o para mal, hoy esos signos de una supuesta identidad me emocionan tanto como escuchar y presenciar el himno de Taiwan y el flamear de su bandera. Prácticamente nada. Lo achaco a que he madurado y a que no soy norteamericano ni catalán.

Si hay algo con lo que podría identificarme y de lo que me siento moderadamente orgulloso, pese al deterioro que muchos se empeñan en causarle cada día, es la lengua española –o castellano si prefieren llamarlo así–, por eso me esfuerzo en señalar tanto atropello a nuestro idioma como cabe presenciar cada día en los medios de comunicación, gracias a la extensión combinada del analfabetismo funcional y la soberbia ignorante. En esto del lenguaje todos ignoramos cosas y todos tenemos cosas por aprender, el problema es que abundan quienes se conforman con que se les entienda, rebajando el idioma a una herramienta casi simiesca. 

Sin embargo, me causa asombro presenciar cada día cómo la idea de España, ya bastante deteriorada por la erosión de tanto político sinvergüenza y tanto nacionalismo destructivo, queda reducida a algo tan prosaico como una marca, una palabra que siempre he asociado a efectos mercantiles y de consumo. Resulta que ahora España no es más que una marca que debemos exportar y todo lo demás ya no vale nada. Imagino lo difícil que debe resultar para los oficiales del ejército arengar a la tropa diciéndoles que deben defender una marca; me temo que como le dé un arrebato, el tal Mohamed VI llega hasta Logroño al primer empujón.

Gracias a estos patriotas que nos gobiernan, nuestro país no es más de lo que pueda ser Danone, Volkswagen o Coca-Cola, se trata de publicitarla como tal y de considerarla como si de un producto se tratara. Yo, usted y cualquiera, que vivimos bajo el amparo –bueno o malo– que nos proporciona o debiera proporcionarnos sentirnos ciudadanos, resulta que, como partes integrantes de una marca, no podemos tener sino la consideración de producto, algo contra lo que me rebelo y que desde luego no acepto.

Tanto tiempo esta derechona presumiendo de poseer la exclusiva de los sentimientos patrios, explotando hasta el aburrimiento glorias pasadas, resulta que ahora son los patrocinadores de la mercantilización del sentimiento de pertenencia a un espacio, a una cultura y una historia. Bueno, tampoco es una sorpresa, sí podría serlo la naturalidad y mansedumbre con que todo el mundo ha aceptado que somos una marca.

Actualmente, cuando el príncipe o el rey viajan al extranjero lo hace promocionando la marca España,  cuando el señor Botín –qué bien le viene ese apellido– viaja al exterior para intervenir en algún foro lo que está haciendo es promocionar la marca España y, por supuesto, lo mismo sucede con el poco carismático pendejo que preside el gobierno de la nación. Claro está que también cuando en el exterior tienen conocimiento de los altos niveles de corrupción que han alcanzado nuestros políticos, lo que sufre es la marca España.

Pues qué bochorno ser una marca y qué vergüenza de la imagen de esa marca.

01 mayo 2013

Estos son mis poderes

Estamos los españoles habituados a desayunar insultando desde ese momento a los políticos que dirigen nuestras vidas, y apenas dedicamos tiempo a los que de verdad son los primeros responsables de todo lo malo que nos sucede. Hablo de los banqueros, esa casta de individuos que son los que dictan lo que hay que hacer a los políticos que los demás nos molestamos en elegir, vaya usted a saber para qué.

En España disponemos del modelo que podríamos llamar banquero-banquero, al que jamás se le ocurriría desempeñar un cargo político, porque sabe que puede mandar muchísimo más desde el lugar que ocupa, en la cumbre de “su” banco, ése que funciona –como todos– con el dinero de sus depositantes. Es prototipo de este perfil el presidente del Banco de Santander, déspota, sin escrúpulos, con un rictus de permanente desprecio hacia los demás, capaz de exigir recortes salariales y de servicios públicos mientras él y los suyos aumentan día a día sus recursos conseguidos mediante lo que sea, en primera línea de lo cual se encuentra el fraude fiscal en el país del que es ciudadano y al que supuestamente ama, como el gran patriota que pretende ser.

Tenemos el modelo mixto, tipo Rodrigo Rato, que utiliza su habilidad para saltar de la política a la banca y viceversa y que procura sacar buen provecho económico allá donde se encuentre. Estuvo como ministro de economía en el gobierno del PP consiguiendo la inmerecida fama de gurú económico –¿qué hizo para ganarla?–, cuando posteriormente ha quedado patente que es un auténtico patán que no sabe ni por dónde empezar cuando tiene tarea por delante. Estuvo como presidente del FMI de donde salió por piernas alegando motivos familiares. Se ha publicado que estaban tan hartos de su incompetencia que ya no sabían qué hacer para que se marchara y desapareciera de allí. Le sustituyó otra joya, el rijoso Strauss Kahn y más tarde la ya imputada Christine Lagarde, pero ése es otro tema. En Caja Madrid, donde lo colocó el PP, hizo lo imposible para servir a sus amos y le quedó el tiempo justo para apartarse momentos antes de que todo se derrumbara (colapsara que dirían los estultos) tras su intervención. Otra muesca en su revólver.

En la misma categoría, pero en plan chusco, tenemos al ya demodé Mario Conde, cuyo mayor mérito ha sido hundir al Banesto y hacerse amigo de nuestro campechano rey, tal para cual. No parece tener ya mucho futuro aunque se empeñe en sacar cabeza en política y consiguiera 16.000 votos de otros tantos imbéciles en las últimas elecciones gallegas.

Está por último el modelo mangante con dedicación exclusiva, como el nefasto Miguel Angel Fernández Ordóñez –un neocon disfrazado de progre– o el verdugo de Caja Madrid Miguel Blesa, que han conseguido que lleguemos a la conclusión de que si ellos pueden dirigir entidades bancarias, está claro que lo puede hacer cualquiera (que tenga buen estómago y los apoyos y las amistades requeridas, por supuesto). Su mayor preocupación profesional al ser contratados es acordar una elevada indemnización a recibir el día en que, por la razón que sea, abandonen el banco.

El presidente del Banco de Santander, cuyo apellido Botín ya anticipa cuáles son sus objetivos, nos ha dado una lección de hasta dónde se puede actuar incluso a cara descubierta. Primero, consiguió –vaya usted a saber cómo– que cuando Zapatero estaba todavía de presidente, indultara a su amigo y colegui Alfredo Sáenz, pero resulta que no hace mucho el Tribunal Supremo, en uno de sus raros arrebatos justicieros, anuló parte de ese indulto, concretamente la que le permitiría ser alto directivo de banca pese a tener antecedentes penales. La reacción de Botín fue inmediata: primero dijo que no tenía intención de hacer caso al TS y que por lo tanto su colegui seguiría en el puesto. Después se puso en contacto con sus amigos del gobierno para que rápidamente se aprobara una ley con efecto retroactivo, hecha a la medida del delincuente indultado, para que éste pudiera continuar como vicepresidente y consejero-delegado como hasta ahora, ¿está claro? El que manda, manda.

Poco antes de publicarse esta entrada, leo en la prensa que Alfredo Sáenz dimite y por lo tanto sale del Banco Santander –llevándose un regalo de 88,1 millones de euros– porque es un hombre digno, de los que se van antes de que los detengan. Estos son los que exigen moderación salarial para los mortales a los que ellos roban y desprecian. Qué invento tan desaprovechado, la guillotina...

20 abril 2013

Negros son los demás

Hace muchos años me encontraba en la República Dominicana con mi esposa, y más concretamente en la sala de fiestas del Hotel Lina, ése que Juan Luis Guerra  cita en su canción Me enamoro de ella. El caso es que estábamos con un grupo en el que se encontraban directivos de un banco español instalado allí y no recuerdo a cuento de qué en un momento dado, uno de ellos me dice al oído con mucho misterio: no te fíes de los negros, el que no te la hace a la entrada, te la hace a la salida.

Aquello me hizo bastante gracia, no porque me identificara con esa manifestación de racismo, sino porque quien me lo decía era sin lugar a dudas negro, quizás no haitiano, pero sí tan negro como pueda serlo el actor Sidney Poitier, por poner un ejemplo. De repente, me di cuenta del verdadero significado de lo que aquel hombre me decía: negros son los que son más negros que uno mismo; ésa es la línea divisoria.

Ayer leí en la prensa unas declaraciones de la ministro Ana Mato acerca de la importancia de atajar "lo antes posible" el problema de la corrupción porque, desde su punto de vista, "la sociedad no se lo puede permitir". Como lo de aquel negro, no es una broma, sino que también ella debe considerar que corruptos son los que son más corruptos que ella misma.

Descaro y desvergüenza como los de esta señora no son un caso único y hay políticos de todos los partidos que afirman más o menos lo mismo, aun teniendo numerosos motivos para sonrojarse al hacer este tipo de declaraciones, porque al igual que ella deben considerar que el caso propio no es corrupción, sino una maliciosa interpretación de su comportamiento más guiada por el deseo de truncar su carrera que por el de denunciar a quienes no merecen el respeto de nadie y más bien se hacen acreedores de su ingreso en prisión. 

He dicho y así lo pienso que hay ejemplares de todos los partidos, pero hay que reconocer que los del PP y CiU han hecho un arte del comportarse como si todo ocurriera en los antípodas y que no se trata de ningún asunto que les roce ni de lejos. Son capaces de afirmar de sí mismos, como hace esta Ana Mato, "en 30 años de trayectoria política jamás he tenido ninguna tacha". De todas formas no son los únicos, los directivos de grandes empresas y en especial de la banca no les van a la zaga y ahí está incluso la convergencia de los dos grupos en el caso de Alfredo Sáenz, indultado en su día –mejor no saber por qué– por el ex presidente Zapatero.

Bueno, he descubierto tardíamente una serie de televisión llamada Los Soprano que voy visionando y disfrutando desde su comienzo, y puedo asegurar que no se me van de la cabeza estos pirañas de la política cuando estoy viendo cada episodio. Claro que los de aquí tienen la misma crueldad y el mismo descaro, pero menos gracia.

Pues nada señora Mato, felices cumpleaños y no se pase con el confeti.

16 abril 2013

Gracias a Dios

La frase con la que titulo esta entrada es quizás de las más repetidas en nuestro idioma, pero los sentidos y las intenciones son muy diferentes. Hay quien suelta las tres palabras como un alivio tras una cierta tensión y quien de verdad pretende agradecer al ser supremo algún don o concesión. Es algo tan común y extendido que hasta se le puso Gracias a Dios a un departamento de Honduras, en  honor a la frase que supuestamente pronunció Colón al superar una terrible tormenta en la zona.

Se puede afirmar que todos, casi sin excepción, decimos alguna vez al día eso de gracias a dios y en su día fue muy comentada la afición de Santiago Carrillo a utilizar esa expresión, sin que ello significase ni de lejos que este hombre creía en la existencia de un sumo hacedor ni que por lo tanto estuviera interesado en agradecerle nada. Cualquiera puede entender que se trata de una manera abreviada de decir algo así como me alegro de que haya sido de esta manera y no de otra. No es por tanto una incongruencia de comportamiento y a nadie se le ha ocurrido criticar o acusar de incoherencia a quienes al despedirse sueltan un adiós que, sin mucho rebuscar, es fácil adivinar de dónde procede.

El verdadero disparate viene del uso pretencioso de quien de verdad pretende agradecer a su creador la concesión de un bien. Desde siempre y en cualquier religión, los contendientes de una batalla pedían la protección al dios de cada uno, que en muchas ocasiones era el mismo; si ganaban, se hacían grandes ceremonias y fastos para agradecer al señor haber triunfado en la lucha –ahí está el monasterio de El Escorial construido en agradecimiento por la victoria en San Quintín–; los portugueses habían hecho algo similar tras la batalla de Aljubarrota en la que derrotaron al malvado castellano y levantaron el monasterio de Santa María de la Victoria (Batalha). Si se perdía, a otra cosa, y no había ceremonias de escarnio contra el mismo dios al que se habían encomendado sin éxito, ni se derribaba en venganza ningún monasterio.

No había recurso al que se le hiciera ascos: los españoles llegamos a pretender que nada menos que un apostol militaba en el lado de los cristianos en su lucha contra los moros. Sin embargo, creo que la mayoría conoce esta coplilla castellana:

Llegaron los sarracenos
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos

lo que da a entender que de antiguo ya existía en algunos cierto escepticismo ante la supuesta ayuda divina.

He visto días pasados en televisión la desesperación y los llantos de los cofrades que, un año más, se ven imposibilitados de procesionar por culpa de la lluvia. He podido ver también cómo si salía el sol y la procesión podía salir del templo, eran numerosos los gritos de gracias a dios e incluso la atribución a un milagro de la mejora de la meteorología. Nunca he oído maldiciones si arrecia la lluvia y de manera definitiva hay que renunciar a salir, a nadie se le ocurre decir en estos casos: dios no quiere que la procesión tenga lugar. Ahora, he oído a entrevistados en televisión decir que gracias a dios en la Feria de abril no habrá lluvias, de donde la única deducción posible es que a dios le gusta más esta Feria que la semana santa, ¿no?

Y hablando de milagros, no se me olvida que tras el terremoto de Lorca había quienes atribuían a esa divina intervención su salvación tras el derrumbe de su casa, pero esto se decía olvidando que su vecino de planta había muerto aplastado por los escombros, ¿quizás porque dios le tenía manía?

09 abril 2013

Y se me apareció un pajarico...

Tengo que confesar que las primeras veces que oí hablar de Chávez allá por 1992 ya me puse en su contra, pues –cosas mías– todo lo que suene a golpista me produce acidez de estómago, será quizás porque he vivido bajo el mandato de uno durante más de 30 años.

Después, cuando en 1999 llegó a presidente de Venezuela, seguía sin abrigar un especial entusiasmo por su persona y sus actuaciones, pues seguía recordando sus inicios y ser elegido por los votos de una mayoría no era para mí garantía de democracia y solvencia, no hay que olvidar a Hitler, George W. Bush (aunque éste fuera con pucherazo incluido) o Berlusconi, así que me desentendí de Venezuela y su devenir, algo que no me costaba gran esfuerzo pues ese país así como otros de la zona no eran para mí nada que mereciera especial interés ni fuera especialmente cercano a mi corazón como, por ejemplo, pudiera estarlo Cuba.

Hay un general rechazo hacia la persona de Chávez en España que yo entiendo que lo producen varios factores: el principal, la campaña permanente orientada en su contra desde la casi totalidad de la prensa española y desde los partidos políticos, algo que no consiguió atenuar ni siquiera las buenas relaciones comerciales. De la importancia que la prensa tiene en la conducción de la opinión pública española da una idea el que aquí tiene mucho menos rechazo el gobierno de Marruecos que el de Cuba, aparentemente teniendo como referencia la falta de respeto por los derechos humanos de uno u otro. No importa que Marruecos, Guinea Ecuatorial o Israel (los tres protegidos por los EE.UU.) tengan un largo historial de presos políticos o por delitos de opinión, y que por el contrario según Amnistía Internacional, en Cuba no hay presos políticos (sí de los otros). Los realmente malos, ya se sabe, son los que nos señalan desde la prensa.

El segundo factor de repulsa hacia el fallecido dirigente venezolano proviene del desagrado hacia los modos de los habitantes de aquel país. Esa manera impostada, grandilocuente, que los personajes de aquellos pagos tienen de dirigirse a la población nos causa un sentimiento que oscila entre la burla y el desprecio. Chávez consiguió, al ser el destinatario de aquel ¡Por qué no te callas!, provocar una oleada de monarquismo desconocida desde el 23F. Nos olvidamos de que el nivel cultural por aquellas tierras no es precisamente elevado, pero tampoco tenemos que estar demasiado orgullosos del imperante en España, la ignorancia acompañada de la soberbia es aquí y desde hace bastante un mal común, y conviene recordar que se eligió con mayoría absoluta al trilero Rajoy.

El caso es que cuando empezaba a calar entre algunos de nosotros la idea de que, maneras aparte, Chávez y su revolución habían conseguido rescatar de la pobreza extrema a buena parte de la población y por tanto su saldo era positivo, muere el comandante y aparece el sucesor Maduro diciendo aquello de Y se me apareció un pajarico… y me bendijo, que a mí me hizo soltar una carcajada seguida de un resoplido de asco, porque parecía un truco destinado a encandilar a los más tontos del planeta. Ese hombre es un mal poeta, o un enorme imbécil, o un grandísimo canalla; apuesto por lo segundo.

Como consuelo respecto a eso del pajarito, no olvidemos que muchos de por aquí siguen creyendo que una paloma –esa rata voladora– planea continuamente sobre la iglesia católica protegiéndola y, sin ir más lejos, se supone que ha sido la inspiradora de la elección de ése que han dado en llamar Francisco, a secas. Que también tiene bemoles eso de la paloma.

08 abril 2013

Muerto el perro... no se acaba la rabia

Según aseguran, hoy ha muerto Margaret Thatcher de una congestión cerebral. Suele decirse que muerto el perro se acabó la rabia, pero como muchos otros refranes no vale para ser aplicado al cien por cien de los casos, menos aún en éste. Ha muerto la madame de hierro, pero su herencia pervive y la sobrevivirá muchos años. Todo esto que estamos sufriendo ahora, el advenimiento de los neocons con sus privatizaciones, los robos de los derechos mínimos, el despiadado expolio de los ciudadanos, fue iniciado y patrocinado por ella, mujer resentida procedente de una familia de clase media-baja fanáticamente religiosa; implacable, xenófoba, racista, protectora de Pinochet, ni una virtud en su haber. No es una opinión única ni estrambótica, en el Reino Unido hay manifestaciones callejeras de alegría y según Andrew Gamble, jefe del departamento de política de la Universidad de Cambridge, "Thatcher fundó el modelo financiero que nos ha llevado a la crisis".

Ojalá que nosotros -que no ella- pudiéramos descansar ahora en paz, pero no va a ser posible porque son demasiados los cachorros que dejó entre nosotros. Lamentablemente murió en la cama, como Franco, y no en un patíbulo como mereció, como merecieron.

No está de más comprobar cómo han acogido algunos esta muerte en su mismo país: véalo si quiere.

06 abril 2013

Sillyphones

Estoy convencido de que la mayoría no trata de recordar y por lo tanto aceptan confortablemente que el teléfono móvil es algo que existe desde los romanos, pero estoy en condiciones de asegurar que no es así. Me parece que fue a finales de los 80 cuando empezamos a ver los primeros móviles en la vida real y cómo los considerábamos trastos ajenos a nuestra vida, más apropiados para lo que entonces llamábamos burlonamente ejecutivos agresivos.

Mi empresa me colocó uno de esos aparatos por aquello de tenerme siempre localizable, como si fuera un fontanero o un ginecólogo –antes llevaba un busca–, y hasta me alegré porque también permitía que mi familia pudiera dar conmigo y eso me parecía que compensaba la molestia de cargar con el aparato. Desde entonces siempre poseo un móvil, aunque procuro no utilizarlo más que en caso de verdadera necesidad y por eso evito dar su número salvo que sea realmente preciso.

De repente, aquellos dispositivos pasaron a estar al alcance de cualquiera y no sólo eso, sino que todos se apuntaron con rapidez al aparatito. Parece ser que la sed de comunicación no tenía límite. Con una limitada rebaja de las tarifas y la aparición de los llamados smartphones, el uso de móviles pasó a la categoría de epidemia que, como cabía esperar, arraigó con más fuerza cuanto menores eran las defensas intelectuales del usuario.

No hace mucho, cené en un restaurante de la cadena VIPS y en la mesa de al lado había un matrimonio con dos hijos adolescentes que también estaban cenando. Me produjo desagrado comprobar que buena parte del tiempo aquella familia estaba utilizando sus cuatro móviles de manera simultánea, ésa ha sido la mejora en la comunicación a la que nos ha llevado la proliferación de esos chismes. Por un momento estuve tentado de tomarles una foto simulando que a quien la hacía era a mi acompañante, pero la posibilidad de que se percataran me hizo desistir.

La desgraciada coincidencia en el tiempo de algunas dolencias me ha hecho visitar las consultas de varios médicos en un corto periodo. En ellas he podido observar que el daño es profundo e irremediable; la mayoría de los que esperaban en esas salas, fueran tiernos infantes o ancianos venerables, permanecían ensimismados en sus inteligentes chismes, cuando no jugaban a ruidosos videojuegos en ellos o pasaban a sus niños pequeños los aparatos para que hicieran lo propio, y por dos veces tuve que soportar que abueletes pusieran a todo volumen vídeos en los que aparecían los que con seguridad eran sus nietos, muy probablemente con la intención de que algún vecino de espera le comentara la extraordinaria gracia, belleza y encanto del nieto de turno. Otros, parece mentira, aprovechaban para hablar por el móvil y cuando finalizaban una conversación repasaban su guía de amigos y familiares, ansiosos de encontrar alguno al que llamar de inmediato y mantener conversaciones que, por lo general, suelen ser un modelo de estulticia y banalidad.  A todo esto, el ruido molesto de tanta conversación y tanto juego –en unos espacios donde abundan los letreros que exigen silencio– me impedía reflexionar o leer, que es a lo que me dedico en esas consultas cuando la espera se prolonga más de lo soportable.  

Considero una catástrofe la ampliación de cobertura al interior de la red de metro, un lugar en el que antes se estaba a salvo de esa molesta cháchara –bastante tenemos con los que irrumpen cantando La flor de la canela– y estoy aterrorizado porque he leído que pronto el uso de los móviles será posible en todas las líneas aéreas. Viajar en AVE ha perdido todo atractivo, desde que la cobertura a bordo permite que quienes nos rodean nos amarguen con su algarabía un viaje que al menos debería servir para relajarnos.

Cuando se inició la aparición de la última generación de terminales móviles me preguntaba qué significado podía tener el calificativo de móviles inteligentes aplicado a ellos, teniendo en cuenta que no es precisamente la inteligencia una característica de ningún aparato. Ahora lo entiendo: no hay duda de que entre el usuario del chisme y el propio chisme, es éste último –en la mayoría de los casos– el más inteligente de los dos.

25 marzo 2013

Olimpiadas en Madrid


Hay un dicho que afirma que cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Se lo oía a los adultos que me rodeaban cuando era pequeño y nunca conseguía entender muy bien qué quería decir aquello. Sin embargo, y aunque al hacerme mayor ya supe el significado, ha sido en estos tiempos cuando he podido comprender la verdad que encerraba este dicho, uno más entre los muchísimos que abundaban en la lengua española y que para bien o para mal están desapareciendo por culpa de la actual pobreza lingüística generalizada.

Viene a cuento todo esto por el empeño que año tras año pone el alcalde de turno de Madrid en mendigar la concesión de las olimpiadas, una idea original del dilapidador y nefasto Gallardón adoptada con entusiasmo a título de feliz herencia recibida por la eminente Botella. No puede extrañar esta asunción, pues nadie ha sido capaz de detectar en esta señora una idea propia, así que se apropia desesperadamente de las ajenas.

Creo que a todo el mundo, salvo a los numerosos partidarios del follón sin más, le asusta la idea de celebrar en la capital unas olimpiadas con todo lo que eso trae consigo: gastos, subidas de precios generalizadas, aumento del tráfico y restricciones para los conductores, alteración grave de la vida de los ciudadanos, disparates urbanísticos, etc. En la visita a Madrid del comité del COI, aparte de disfrutar con el espectáculo cómico-patético de Botella hablando inglés, los periodistas extranjeros se preguntaban cómo España se atrevía a meterse en los gastos que suponen unas olimpiadas mientras que ciudades con mayores recursos abandonaban esta pretensión a la vista del panorama económico mundial.

La simple idea de esos gastos ya debería espantar y disuadir de llevar a cabo estos juegos teniendo en cuenta que estamos en crisis y que no hay ni un euro –dicen– para nada, hasta el Wall Street Journal se escandalizaba el año pasado de esta pretensión española y recordaba que los juegos de Londres se estimaba que habrían alcanzado un gasto de 11.000 millones. Los Juegos Olímpicos de invierno de Sochi (Rusia) a celebrar en 2014, tenían un presupuesto 9.300 millones de euros, pero la última revisión aumenta esa cifra hasta los 25.500, lo que no está nada mal teniendo en cuenta que aún falta un año. Aquí, la preparación de las tres candidaturas –para 2012, 2016 y ahora 2020– ha debido suponer un gasto superior a los 100 millones de euros (más de 16.638 millones de pesetas, oiga), una fruslería si se compara con la deuda municipal de Madrid que Gallardón consiguió elevar por encima de los 7.000 millones de euros –el municipio más endeudado de Europa–, más de un 63% de la deuda total de todos los municipios españoles. No he podido averiguar cuánto se gastó para la primera y tampoco han dicho nada sobre la actual, pero para el intento fracasado de 2016, el propio Gallardón reconoció un gasto de 37,8 millones. Si dispone de una calculadora no es muy difícil comprobar que tengo razón e incluso me quedo corto.

Teniendo en cuenta la avidez de nuestros políticos en general y de los del PP en particular cuando hay dinero a la vista, es fácil imaginar que ya se están relamiendo por lo que puede caerles a cada uno en mejora de su economía personal. No obstante, es innegable que hay ciudadanos que se apuntan a todo, fundamentalmente porque no ven más allá de lo que la publicidad institucional les presenta y no se dan cuenta de lo que hay detrás de tanto festejo, por eso estuvieron encantados con aquello de la JMJ de 2011, con el asunto Eurovegas y si por ellos fuera, hasta apoyarían que el festival de San Remo se celebrara en Madrid.

¿Hace falta que señale con el dedo quiénes son aquellos a los que mayoritariamente les atrae la idea de los juegos olímpicos, aparte claro está de quienes sacarán tajada de ello? Sí, acertó; los atolondrados, la gente de orden que sigue sin rechistar las consignas que vienen de arriba, los irresponsables… y en buena parte, los disciplinados votantes de cierto partido (aunque resulte redundante); esos por descontado.

15 marzo 2013

Habetis papam


Todavía no ha acabado el bombardeo a que los medios nos han sometido por la cadena de acontecimientos que comenzó con la renuncia del anterior papa y el proceso que ha finalizado con la elección de su sucesor, del que todavía siguen contándonos todo lo que consiguen averiguar poco a poco (y lo que nos queda). Que si estuvo en una residencia de los jesuitas en Alcalá de Henares allá por los 70 o que tuvo una novia porteña, que es aficionado al fútbol y devoto de un equipo local, que es peronista o colaboró con la dictadura argentina. Todo para satisfacer esa mezcla de vacío de vida propia y necesidad de cotillear la ajena que caracteriza al ciudadano medio de estos tiempos. No servirá de nada ese intento teatral de acercar el nuevo papa a la población eliminando el ordinal en su nombre. Si no se antepone lo de papa al nombre de Francisco, nadie sabrá si se está hablando del pontífice, de un cantante o de un futbolista, cada uno de ellos representante de una cierta fe.

Todos ponemos en nuestro rostro una sonrisa de superioridad cuando en una película o documental que se desarrolla en lugares apartados, vemos esos ritos de seres primitivos donde aparece el hechicero de la tribu lanzando conjuros, tomando pócimas mágicas y se bailan danzas con grandes aspavientos para atraer la ayuda de los dioses. Viendo todo el aparato –eso que llaman tradición y liturgia– que la iglesia católica despliega apenas puede para dejar embobados a creyentes y otros que no lo son, ¿acaso no es lo mismo que lo que practican esas tribus, solo que llevado a cabo con mayor despliegue de medios y muchísimo más lujo?; exactamente, ¿cuándo dijo Jesús que había que vestirse de chamán para adorarle? No he conseguido interesarme mínimamente por las declaraciones en televisión de esos espectadores que han corrido a San Pedro para poder decir que “estuvieron allí” y exhiben sus caras pintadas y sus banderas como si de una competición deportiva se tratara, o el folclórico éxtasis de tanta monjita de evidente procedencia tercermundista (¡a qué otras podrían engañar hoy en día!).

No me he sentido enganchado lo más mínimo por todo el circo de los cónclaves y sus espectaculares soldaditos de opereta, sus vestimentas de colorines y ritos con humos coloreados. Si acaso, solté la carcajada porque me hizo gracia un comentario leído en no recuerdo qué periódico, que decía a propósito de la enorme y densa humareda negra que pudo verse tras la primera votación, que los romanos habían tenido que correr a sus azoteas a quitar la ropa tendida, para que no se les tiñera del mismo color de ese humo.

Pues bien, ahí tienen a su papa –habetis papam–, y que lo disfruten. Nada de lo que haga evitará el declinar constante de la institución, que va sufriendo una sangría diaria en el número de fieles que acabará por reducirlos a un club de devotos menos numerosos que los que pueda tener cualquier cantante de éxito, algo que ya adelantó John Lennon en 1966. Por desgracia eso no se debe a un aumento de la cultura, del interés por el conocimiento o de la reflexión sobre las bases en que se asienta la fe, sino porque el tiempo que antes se dedicaba a asistir a la iglesia o actividades relacionadas, se aplica hoy en buena parte a ese culto profano que es Instagram, Tik tok, WhatsApp y tantas otras marcas de eso que llaman redes sociales, en las que se dicen cosas entre sí quienes –por lo general– no tienen nada que decir.

Creo que anda por el 75% el número de españoles que todavía se declara católico. Sería interesante conocer cuántos de ellos consagran siquiera un minuto al día a pensar en su dios y cuántos conocen e intentan cumplir los preceptos de esa iglesia. Esos pocos quizás merezcan algún respeto; el resto, sólo pena y burla.

14 marzo 2013

El buen hablar



No me refiero al buen hablar en el sentido de dominio del lenguaje, sino del no abuso de lo que familiarmente se conoce como palabrotas. Tratar este asunto parece interés en ganarme enemigos, pero como puede haber percibido cualquier lector que haya visitado antes este blog, no es un riesgo que me preocupe en exceso o al menos no tanto como para impedirme el comentario.

Hace dos días paseaba por un bulevar de mi barrio, y observé que una chica de unos dieciocho o veinte años caminaba en dirección contraria a la mía. Cuando faltaban pocos metros para que nos cruzáramos apareció detrás de ella un joven de más o menos su edad y vi que se le acercaba con el típico gesto de quien se dispone a dar una sorpresa o un susto. Al aproximarse a su espalda la tomó por la cintura con las manos y eso provocó en la chica un respingo y una exclamación que era todo un resumen de su riqueza de vocabulario: ¡la hostia puta!, ¡me cago en tu puta madre! Después los dos se quedaron riendo y charlando: se trataba simplemente del encuentro de dos jóvenes, poseedores de un lenguaje actualizado.

Puedo asegurar que a estas alturas es difícil que me ruborice ninguna expresión como ésa, pero debo admitir que sí me molestó en esta ocasión, porque fue dicha a gritos y porque tras leer un artículo de Javier Marías, hacía varios días que me había detenido a pensar sobre el uso excesivo de las expresiones malsonantes en España. En ese artículo, el escritor cita dos perlas literarias dichas en su presencia en una tertulia: "Tengo unos ovarios así de grandes y los pongo encima de la mesa", y "Lo digo porque me sale del chichi". Delicioso, ¿no?

Siempre y en todas partes, ha habido expresiones tremendas, insultantes, para aportar agravios verbales a un enfrentamiento que con frecuencia acaba en sólo eso, pero creo que nunca como ahora y aquí se ha salpicado el habla de vocablos indeseables en conversaciones normales. Leí hace pocos años que –me parece que era en Chile– a los españoles nos llamaban “los coños”, sencillamente porque les llamaba la atención la necesidad que parecíamos tener de colocar esa palabra como muletilla cada poco en nuestra conversación normal. Y es que esa profusión de palabrotas no es una característica del idioma español, sino del español que se habla en España, da igual el ámbito al que nos refiramos, no hay más que recordar tantas expresiones atroces proferidas por miembros de nuestras cámaras legislativas y hasta por las más altas instancia del estado. Cada vez que un micrófono queda abierto inadvertidamente, se revela el habla habitual de los personajes cuando creen que nadie les oye.

En todos los idiomas existen eso que solemos llamar palabrotas, casi siempre referidos a los órganos sexuales o a su uso, pero es aquí donde el surtido resulta inacabable y su utilización permanente, produciendo siempre asombro en quienes nos visitan y no me extraña, no creo que en ninguna latitud sea posible presenciar una escena como la que relato al comienzo sin que se produzca un enfrentamiento violento. El nuestro debe ser el único país del mundo donde el uso de expresiones bárbaras sea constante y extendido, lo que sumado al elevado tono empleado al hablar, produce espanto al foráneo que no está acostumbrado.

No existe en ningún idioma europeo civilizado ese uso constante y esa diversidad de repertorio –curiosamente, tampoco existe ese tuteo que nos invade–, en la mayoría de los países de Sudamérica no alcanzan la generalización que el mal hablar tiene en España, y me consta que en Brasil ese vocabulario está reservado a la población de bajo nivel cultural y económico. Viví un corto periodo en una ciudad de Estados Unidos y prácticamente no pude oír ninguna palabrota en los entornos en los que me desenvolví. Aquí sin embargo, es posible oír a un niño que aún asiste al jardín de infancia decir gilipollas con la mayor naturalidad.

No es una moda temporal, puesto que ya lleva bastantes años asentada, ni parece tener remedio, porque si alguien se atreve a afear el uso de esas expresiones –como este mismo texto– tiene todas las papeletas para ser tachado de gazmoño, timorato o sencillamente imbécil, igual que cuando se intenta corregir en otros un error gramatical o falta de ortografía al escribir.

05 marzo 2013

La difícil imparcialidad


A quienes con alguna frecuencia vayan leyendo lo que aquí escribo puede que les resulte sorprendente, pero les aseguro que pese a mis fobias y filias procuro ser ecuánime y no dejarme llevar por ideas previas. Sé que es imposible y que nadie consigue esa ideal imparcialidad, pero sería una de las virtudes que me gustaría poseer y en persecución de la cual realizo bastantes esfuerzos. Otra cosa es la imposibilidad de que quienes practican el forofismo en todos los aspectos de su existencia reconozcan esta voluntad mía, ellos, que simplemente atacan o disculpan en función de consignas autoimpuestas previas. De todas maneras no me atormento por el problema, sé que la objetividad absoluta es imposible e inevitablemente soy consecuente con mis ideas. Claro que para todo hay niveles; me decía un amigo –facha donde los haya– que ahora sí que TVE es imparcial y no antes, que era de izquierda radical. Dice mucho sobre mi tolerancia que yo siga siendo su amigo.

Viene todo esto a cuenta de asuntos sobre los que con frecuencia trato en estas entradas, muchas veces –más de las que me gustaría– referentes a cuestiones de política, pero soy consciente de que para alguien medianamente preocupado por el mundo que le rodea, es inevitable que todo termine fluyendo hacia ese tema porque, como le decía  el otro día a alguien con quien discutía, si empiezas a criticar la calidad del agua que sale del grifo, ya estás hablando de política y sólo un rematado lerdo puede decir eso de “no me gusta hablar de política”, porque en realidad casi todo es política.

Hablando de esas fobias o filias que tanto influyen en nuestra valoración de las cosas, no puedo dejar de recordar a quien me decía hace ya años que Ana Belén le producía náuseas, sin que aquella persona –de claras tendencias ultraderechistas– confesara que ese sentimiento era debido a que anteponía la adscripción política a la calidad de esta actriz y cantante, sea cual fuera.

Yo, por ejemplo, no puedo negar la antipatía que siento por la atleta Marta Domínguez, pero puedo explicar y razonar ese sentimiento. La primera vez que supe de su existencia fue al presenciar en televisión cómo en una carrera empujaba descaradamente a una competidora. Deplorable es que alguien intente eliminar a un competidor con malas artes, pero en deporte profesional produce especial repugnancia. Más tarde, supe de su implicación en asuntos de drogas deportivas y que era cercana al partido que para mí simboliza lo peor –ahora no es cercana, sino senadora por ese partido– y para remate leí en la prensa que hace años, cuando un periodista le preguntaba la razón por la que apoyaba al PP contestó “porque el PSOE no le había ofrecido nada” (está documentado). Sobran las palabras.

Todos los partidos procuran captar a personajes populares para integrarlos en sus filas, pero es el PP el que en ese aspecto bate todos los récords: según leo, no hay deportista conocido que no haya fichado por ese partido, excepción hecha de Fermín Cacho. En el campo de los artistas e intelectuales la cosa presenta más dificultad para la derechona, porque esos suelen tener sus propios criterios y de ahí que los únicos fichajes señalados sean los de Norma Duval y Fernando Sánchez Dragó; una ex vedette de revista y un ex comunista, ¡casi ná!. Consigue el PP un éxito indudable en la captación de familiares de víctimas del terrorismo dispuestos a vivir del cuento y con progenitores de niños muertos en desagradables circunstancias, propicios a obtener beneficio de su desgracia.

Todo queda mucho más claro cuando se habla de políticos y sin mucho esfuerzo por mi parte, en tiempos no muy lejanos admitía la descalificación que amigos de derechas hacían de Bibiana Aído o Leire Pajín, porque no me costaba aceptar la escasa cualificación que aparentemente poseían ellas para los puestos que desempeñaban. El problema es que actualmente esos mismos amigos no reconocen, ni aunque se les amenace con la tortura, que Ana Botella, Fátima Báñez o Ana Mato –por citar solamente unas pocas joyas– han dejado en pañales aquella sonada incompetencia, incrementada además con una buena dosis de antipatía personal. Son gente que no lo reconocen  ni aun mostrándoles vídeos de sus intervenciones públicas, que deberían hacer sentir bochorno a cualquiera. Pensar que en Madrid hemos tenido de alcalde a un Tierno Galván, que hablaba desde alemán a latín, y ahora tenemos a esa arribista que no sabe ni hablar español…

20 febrero 2013

¡Muérase, Mr. Adelson!


Hoy he visto en el telediario a los habitantes de Alcorcón presentando en el ayuntamiento sus solicitudes de trabajo para Eurovegas y de inmediato se me ha venido a la cabeza la película Bienvenido Mr. Marshall y más concretamente la escena en la que los vecinos del pueblo hacían cola para contarle a un funcionario del ayuntamiento qué regalo querían recibir de los americanos que estaban al llegar.

Es triste comprobar a dónde puede llevar la penuria de unos y el bajo precio que otros ponen a su dignidad. Según parece, hay en el pueblo discrepancias acerca de los bienes que la llegada de Mr. Adelson y su gang puede suponer. Por descontado que quienes están sin trabajo tienen más confianza en ese porvenir y he podido ver cómo un hombre hecho y derecho decía que estaba dispuesto a hacer cursos de croupier, de jefe de seguridad o “de lo que sea” para conseguir el ansiado puesto de trabajo. Es curioso que todos queramos empezar más o menos desde arriba, por pedir que no quede. Desde aquí puedo asegurarle no obstante que no será ningún puesto importante, pues ya se apropiarán de ellos los amiguetes de quienes nos gobiernan y, más arriba en el escalafón, los propios amigos de los inversores. De todas maneras que ninguno se haga ilusiones, en el mejor de los casos se llevarán apenas unas migajas y el mayor beneficio irá para los bancos y las grandes empresas, ya he leído hoy que una importante constructora es la propietaria de la mayoría de los terrenos en los que se levantará ese disparate. No hay que ser malintencionado para imaginar que con la debida antelación recibió el soplo de la futura ubicación del complejo para darle tiempo a comprar cada metro cuadrado disponible y especular, que es lo que se nos da mejor.

Ése es el tipo de bendiciones que los gobiernos del PP pueden ofrecernos, todo el patriotismo del que presumen se diluye apenas hay euros –cuantos más, mejor– de por medio. No les importa eliminar o cambiar leyes para facilitar la entrada de ese negocio de juego y –presumiblemente– mafia y prostitución. Aparte del humo del tabaco que según promete el chulesco presidente de la Comunidad de Madrid se desprenderá de lo que fumen los clientes, pues ya se sabe que para estos políticos las leyes van desvaneciéndose según la oferta que reciben. 

Cuando ya pensábamos que no había nada más repugnante que ver a Esperanza Aguirre reírle todas las gracias al ganster decrépito para conseguir situar en Madrid el proyecto de macroprostíbulo, hemos podido comprobar que todo es superable al contemplar al actual presidente madrileño don Ignacio González hacer lo propio, pero con menos desparpajo.

De momento, puede leerse en la prensa que la inversión inicial prevista de Mr. Adelson ya ha pasado de los iniciales 6.750 millones prometidos a 2.700, una rebaja notable, pienso yo, y mucho me temo que esos más de doscientos mil puestos de trabajo que prometía Esperanza Aguirre queden en bastantes menos. Tampoco es que importe mucho, si el PP se ha apresurado a gestionar el asentamiento de esa locura, es porque supone otra oportunidad de forrarse con sobornos y comisiones como ellos suelen.

Hay algo prometedor: el primer hotel de Las Vegas en Nevada (USA) fue mandado construir por un ganster y su equivalente en Alcorcón lo será por otro ganster, pues no otra cosa es ese Adelson encausado ya varias veces por sus actividades en los Estados Unidos y salvado hasta ahora gracias a su riqueza y al apoyo del lobby judío, ¿influirá eso en el éxito de Eurovegas?

Tampoco hay que preocuparse; si fracasa ya se sabe: se le echa la culpa a Zapatero y se le dice a Fátima Báñez que rece a la virgen del Rocío para que lo arregle todo.

02 febrero 2013

El hundimiento de los partidos



No sé a los demás, pero a mí me ha costado aceptar que, si todo marcha según se presenta hasta ahora, España entra en una etapa similar a la que hace unos 20 años atravesó Italia y su Tangentopoli (Sobornópolis en español), en la que sus dos grandes partidos –Democracia Cristiana y Partido Comunista– se fueron al diablo, y en su lugar aparecieron otra serie de partidos aún peores, que ya es decir.

Basta con leer los periódicos digitales y –muy importante– los comentarios de los lectores que casi siempre acompañan sus noticias. Todos disparan sobre los partidos mayoritarios PP y PSOE y si no fuera porque los votantes del primero son inasequibles al desaliento –y a la reflexión– nadie volvería a votar por ninguno de los dos y manifiestamente es lo que sucede en lo que respecta al PSOE, que no sube en expectativa de voto pese al espectáculo que el PP está ofreciendo al país. Prácticamente nada de lo que hagan puede mejorar este porvenir que se les presenta e incluso a la vista de sus actuaciones presentes, parece que ellos no se dan cuenta o no quieren darse cuenta de que su tiempo está llegando a su fin. Por supuesto que lo que afirmo es extensible a partidos de ámbito regional como el PNV o CiU o cualquier otro, pues no creo que se salve ninguno de los existentes; todos son ciegos y autocomplacientes.

En el PP parecen imaginar que si niegan todas las evidencias de corrupción y aprietan los dientes, esta situación pasará a ser un mal sueño. Algo parecido en el PSOE, leo esta semana un artículo en El País donde se revela que hay unos 150 pensadores del partido o afines trazando lo que han de ser las directrices para efectuar una gran renovación, pero al tiempo se habla de llevar a cabo grandes pactos con el PP y de otros propósitos que no son más que la repetición del pasado. Pero, ¿es que no se dan cuenta de que por ser tan parecidos al PP están donde están?, ¿que es imposible pactar con el PP si no es renunciando a acciones fundamentales para esa renovación?, ¿se les ha pasado por la cabeza que –por ejemplo– el PP va a permitir que se ponga en su lugar a la iglesia católica (algo que estaba en el programa electoral del PSOE en 2008) y su enseñanza concertada o penalizar fiscalmente a las grandes fortunas o acabar con los privilegios de la banca, o...?, ¿de verdad piensan que van a poder vendernos de nuevo la misma mona sin siquiera molestarse en vestirla de seda?

Soy peor que pesimista y tal y como está la situación no veo qué salida puede tener España si no es el caos y el advenimiento de un Berlusconi español para acabar de hundirnos. Parece que la inteligencia de nuestros políticos actuales no da para percibir que, o se cambia radicalmente de comportamiento o esto se ha acabado. Y respecto de la inteligencia de buena parte de nuestros ciudadanos, mejor no hablar.

01 febrero 2013

Más se perdió en Cuba


Me apostaría lo que fuera a que si a alguien menor de cuarenta años se le pide que cuente lo que sabe sobre Cuba, apenas si dirá algo sobre la salsa, las playas y, cómo no, sobre Fidel Castro. No sabrá qué decir si se le pide que diferencie Cuba de la República Dominicana, Puerto Rico o Jamaica. No despertará en ese alguien ningún tipo de sentimiento, no digamos pasión o amor, y es que al fin y al cabo se juntan varios factores: de una parte, es lógico que quienes como yo nacieron cuando Cuba no cumplía el medio siglo como país independiente, consideren a Cuba como algo cercano, una parte importante del mundo al que miramos con mucho más que afecto. De otro lado, las tremendas lagunas de los sistemas educativos de las últimas décadas ha impedido que se transmita la idea, antes tan extendida entre los españoles, de que Cuba es otra cosa; Cuba era la joya de la corona y no por motivos banales, pese al mal trato que España le dispensó en los últimos tiempos coloniales.

Es en La Habana donde uno se reconoce como si estuviera visitando ciudades españolas de otra época y es frecuente que se establezcan similitudes entre esa ciudad y Cádiz, al menos en las partes más recoletas, pues no debe olvidarse que La Habana fue una ciudad de urbanismo y actividad tan notable como para compararse con ventaja con Madrid en ciertos periodos de la historia.

La gente de Cuba es cercana y basta con sentarse en algún lugar público para que alguien trate de entablar conversación y saque a relucir el inevitable antepasado español, supongo que no siempre de existencia real. Me gusta muchísimo el acento cubano y la franqueza con que entablan conversación con uno. Yo mismo, en una de las ocasiones en que estuve allá, tuve la ocurrencia de meterme en casas con excusas no muy convincentes y la gente me recibía y me hablaba con la mayor frescura sobre política o su situación personal. Un conductor de autobús turístico en el que días antes había viajado desde el aeropuerto a la ciudad, frenó al verme sentado en una terraza, me contó parte de su vida y me invitó a dar un viaje por la ciudad sin consentir cobrar nada por el servicio.

Durante muchísimo tiempo, buena parte de la música española ha sido en realidad música cubana, y ahí están para respaldar esta afirmación desde Antonio Machín a Pérez  Prado, desde Lecuona a Ignacio Cervantes y por supuesto las habaneras, ese género que hasta hace bien poco se cantaba desde Gerona a Cádiz y desde La Coruña a Murcia, demostrando que lo que nos unía era bastante más profundo que la supuesta dictadura homogeneizante practicada desde Madrid.

Desde luego, tropecé allí también con algún taxista que intentaba engañarme o aprovecharse del turista (son homogéneos a escala mundial), pero en general el trato era afable y la ventaja de tener en común –aquí sí– el idioma, facilitaba la comunicación y el entendimiento mutuo.

Pueden imaginar que recomiendo y mucho viajar a Cuba si es que se tiene oportunidad, pero no limitarse a las playas de Varadero, muy bonitas, pero ni mejores ni peores que otras del Caribe, al menos las que yo pude conocer. Lo que de verdad merece la pena es conocer las ciudades, callejear, hablar con la gente… y reencontrar a una España de la que ya casi no queda huella. Puede descubrirse que el dicho “más se perdió en Cuba” no es ni mucho menos exagerado.

Lo más triste es que España pierde de nuevo Cuba a estas alturas: la compañía Iberia, ha renunciado a volar a La Habana y cedido sus derechos a British Airways. Iberia llevaba volando a esa ciudad más de 60 años.

16 enero 2013

Español para españoles (22)


Estoy seguro de que ya comencé alguna entrada anterior diciendo lo mismo, pero es que la situación no sólo no mejora sino que va de mal en peor. Si la lengua española está soportando sin destruirse los malos tratos de sus hablantes, cabe la esperanza de que pueda superar estos malos tiempos, tan duros por culpa de la globalización y las tecnologías de comunicaciones. Malo es el trato que los hispanoparlantes de América dan al idioma, pero aquí nos apresuramos por alcanzar esos niveles con auténtico espíritu competitivo.

Produce escalofríos leer algún foro hispanoamericano en Internet o los comentarios de cualquier noticia en los diarios de aquel continente. La mayoría de quienes escriben no tienen ni la mínima noción de gramática y escriben igual que hablan: separan y juntan las palabras a capricho, la hache no tiene la menor presencia y su cercanía geográfica y cultural a los EE.UU. hace que los injertos procedentes del inglés sean numerosos y chirriantes, y no me refiero sólo a los barbarismos disparatados como, por ejemplo, eso de guachimán para denominar a un vigilante –un watch man–, esto queda hasta gracioso. El otro día sostuve un rifirrafe con una operadora de atención al cliente de una compañía telefónica, porque como ya saben, las indecentes empresas españolas suelen ubicar estos centros en Sudamérica por aquello de ahorrar en salarios. El caso es que la buena mujer se empeñaba en hablarme del día-domingo, el día-viernes, etc., todo ello insistiendo en la pregunta de si la escuchaba bien, y mi respuesta de que yo “trataba de escucharla, pero que no la oía a veces” –la conversación tenía lugar por el móvil y la voz desaparecía de vez en cuando– la impulsaba a repetir su pregunta porque era incapaz de entender lo que mi contestación quería expresar. Intercalaba también cada tres palabras esos ¿sí? que hacen que uno pierda totalmente el hilo de lo que se está escuchando, una costumbre muy desagradable. Terminé pidiéndole que hiciera el favor de pasarme con alguna otra operadora que hablara un español comprensible. Me gustan la mayoría de los acentos hispanoamericanos, pero no soporto los vicios de lenguaje que se han ido apropiando de su habla.

Que no parezca que son los sudamericanos los únicos maltratadores del lenguaje, los españoles también nos damos buena maña para eso. Primeramente, el problema es que a nadie le importa un comino el idioma. Como es algo gratuito no se le da valor, y si alguien se atreve a llamar la atención a uno de estos malhechores gramaticales, recibirá una respuesta agresiva y una declaración muy explícita de lo que puede hacer con sus conocimientos lingüísticos. Si –¡milagro!– posee vestigios de educación, citará esa falacia de que el idioma lo hacen los hablantes; falacia porque ahora no es como hace 50 años o más, actualmente el lenguaje lo dictan la publicidad y la televisión, dos entornos donde florece lo más inculto e indocumentado del país, que ya es decir.

No son los únicos tampoco aquellos ignorantes que sin una formación básica se sienten envalentonados para no cuidar su lenguaje. Las propias administraciones del estado –local, autonómica y central– en sus publicaciones y campañas publicitarias cometen errores continuamente, no digamos la prensa en general o la televisión pública, que parece un vivero de analfabetos. De las otras televisiones, mejor ni hablar. Inevitablemente, todas ellas, al referirse a las multitudes que acudieron a presenciar las campanadas de fin de año al lugar que fuera, dicen “LAS miles de personas” aludiendo a los asistentes. Para el lector no avisado aclararé que “miles” es siempre masculino y por lo tanto siempre debe ser "LOS miles...". Para percibir el disparate pruebe a decir “LOS docenas de hombres”, que viene a ser un error similar, pero invirtiendo los géneros. Se nota, ¿no?

Hablaba hace solo unos días con una conocida cuyo trabajo consiste en dar unos cursillos a los titulados universitarios contratados por las empresas, enseñándoles a hablar y escribir. Me pedía riendo que cesara en mi manía de corregir a la gente, porque podía terminar con una buena fuente de ingresos para ella. Para mayor escarnio, "ella" es extranjera, pero habla mejor que esos nativos que salen de la universidad con dificultades de lenguaje que antes sólo padecían los adolescentes que eran torpes o aún no tenían el bachillerato elemental.

01 enero 2013

El dictador elegido

Hay quienes no lo saben por su edad y bastantes que simplemente no lo recuerdan, pero Lola Flores contrajo en su tiempo una elevada deuda con Hacienda por impago de sus impuestos y fue sancionada por ello. Todo lo que se le ocurrió para solucionarlo fue echar mano de esa idea de los gitanos de que todos los payos son unos pardillos y apareció en televisión pidiendo que cada español le enviase un duro –cinco pesetas– y con ello pagaría la sanción (y le sobraría, ya puestos…). Era extraordinaria como artista, gustara o no; como persona una amoral indeseable.

Allá por 1979 se formó una coalición política con vista a las próximas elecciones generales llamada Coalición Democrática, un antepasado directo del actual Partido Popular. Esta formación la componían diversas personalidades del franquismo convencidos de su tirón electoral, y actuaba como director de aquel grupillo fascistoide el incalificable Fraga Iribarne. Este hombre era en la política lo que Lola Flores era en el folclore y por eso recurrió al mismo truco: pidió que todos los españoles realizaran una donación económica para sostenimiento de la coalición (conservo el panfleto). Lola Flores no consiguió su propósito y –no hace falta que lo diga– Fraga tampoco, cosechando un sonado fracaso en la colecta y en las elecciones a las que se presentó.

Pero Fraga conocía a sus paisanos y sabía que manteniéndose en los mismos postulados, el cambio en las preferencias de los ciudadanos, tarde o temprano lo llevaría al triunfo; a él o a quien él designara. Y así fue, llegó Aznar y su éxito en las urnas y ahora tenemos a ese enterrador del bienestar de los españoles llamado Mariano Rajoy. Un tipo del que habría que desconfiar si fuera dependiente de una casquería, pero al que directamente se debería mandar a presidio por osar hacerse cargo de un país, tratándose de alguien con tan poco carisma, sin ideas y con un cerebro desafortunado, discípulo fiel en el fondo y forma de su maestro y paisano Francisco Franco Bahamonde.

Todos los políticos gustan de alardear del porcentaje de votos conseguido, pero nunca proclaman cuánto significa ese porcentaje sobre el total de los posibles votantes. De ahí que quepa definir la actual situación política española como una dictadura, atendiendo simplemente al número de personas que efectivamente ha votado esa opción política y comparándolo con el total de quienes sufren las consecuencias. En el caso de las últimas elecciones, han dado el triunfo a Rajoy y su camarilla tan solo un 30,27% de los votantes (10.830.693 votos sobre un total posible de 35.780.287), es decir, un 69,73% –bastante más del doble– no le ha dado su apoyo porque han elegido otra opción o simplemente se han abstenido, y eso que quedaría por evaluar la validez real del voto al PP de quienes lo hicieron engañados, teniendo en cuenta que todo el programa con el que se presentaron a las elecciones ha sido incumplido y, más aún, están haciendo exactamente lo contrario de lo que prometieron.

Para cualquiera que sepa sumar y restar y sea capaz de un ejercicio de valoración imparcial, nos encontramos lisa y llanamente en una dictadura o despotismo pseudodemocrático en donde unos pocos imponen medidas de difícil marcha atrás, que perjudican de manera notable a la gran mayoría de la población. No es casualidad que en Madrid nos gobierne un alcalde –alcaldesa– y un presidente autonómico que no fueron votados en ningún momento para los cargos que ocupan, pero ambos saben que no son representantes de la ciudadanía sino simple peones colocados por su partido –o FAES, lo mismo da– para mantenernos a raya y dar la cara por su líder.

Muchos, para apoyar al actual gobierno echarían mano de aquella frase atribuida a Winston Churchill –un rufián notable a lo largo de toda su vida, consulten su biografía– que afirmaba que “la democracia es el peor sistema político posible, exceptuando todos los demás”, pero olvidan que la frase no incluye, porque no conviene, una definición de los requisitos mínimos exigibles para que una democracia sea considerada como tal. Es evidente que España no cumple los requisitos deseables y el resultado está a la vista: la abstención generalizada por la frustración dominante ha hecho que muchos se queden en su casa a la hora de votar, entregando por pasiva el poder a quienes evidentemente no merecían confianza alguna ni estaban capacitados para conducir el país por la senda adecuada.

Ahora tenemos una situación de ruina generalizada y de ataque a todos los grupos de ciudadanos (ámbito médico-sanitario, judicial, pensionistas, transportes, funcionarios, enseñanza, autonomías, etc.), hasta el punto de que me pregunto si el señor Rajoy consulta cada día las páginas amarillas para ver a qué grupo o colectivo no ha agredido y cabreado todavía.

En esta coyuntura, puede ser de una ingenuidad suprema pedir un referéndum sobre las medidas puestas en práctica por el gobierno y –con vistas a lo por venir– una modificación de la ley electoral (y circunscripciones), pero parece que es lo único sobre lo que se puede trabajar para evitar que en un futuro –si es que todavía lo tenemos– se repitan estas situaciones de dictaduras supuestamente democráticas. Y sobre todo, alguna herramienta electoral que impida las mayorías absolutas, sean de quien sean.