15 julio 2013

Cinismo y cobardía. Caso Snowden

Es duro aceptarlo para quienes desde siempre nos hemos empeñado en que hay malos y buenos ‒con matices, claro‒ y que por lo tanto no había que descartar la posibilidad de que puestos de alta responsabilidad fueran ocupados por personas "decentes"; debo ser el último que ha llegado a la conclusión que me resistía a aceptar de toda la vida, sencillamente porque la realidad suele ser desagradable y apetece mantener ciertas ensoñaciones.

Referente a los gobiernos de los EE.UU. y sus presidentes ‒de todos nosotros también‒ está claro que los hay de dos tipos: los malos y los mucho peores. Para no remontarnos en la historia, diría que el actual, Barack H. Obama, es de los malos y George W. Bush de los otros. Pero no nos hagamos ilusiones, todos son unos villanos porque si no, no habrían superado el filtro que impide llegar a presidente a alguien con mínimo sentido de la honradez, suponiendo que haya alguien honrado en este planeta, que ya es suponer.

Obama se encuentra casi al mismo nivel de incumplimiento de su programa electoral que nuestro propio y extraviado presidente. Sus grandes promesas, la extensión de la seguridad social y el cierre de la ilegítima prisión de Guantánamo ‒por ejemplo‒ están todavía esperando su hora. Claro que no es lo mismo prometer que el mundo real, pero que se hubiera informado antes, aunque seguro que ya sabía con lo que se iba a encontrar cuando inventó aquello de "yes, we can". No era un novato en política.

Me producía acidez de estómago conocer de su política en asuntos diarios, pero ha dado el do de pecho en el caso Snowden, repitiendo en peor el comportamiento observado acerca de WikiLeaks con la persecución implacable de Julian Assange mediante país interpuesto -Suecia- y el encarcelamiento me temo que por vida del pobre soldado Bradley Manning que suministró buena parte de la información que escandalizó a medio planeta. El procedimiento seguido para que el mundo olvide el tema ha sido silenciar los medios de comunicación que colaboraban con WikiLeaks, cerrar sus páginas en Internet, presionar y cegar los canales a través de los que recibían donaciones (PayPal, Visa, etc.) y procurar que toda visión se reduzca a Assange, acusándolo ‒seguramente en falso‒ de aquello que en EE.UU. recibe más repudio: las relaciones sexuales con menores. Pero no nos dejemos engañar, WikiLeaks es más que el prisionero Assange, los colaboradores se cuentan por miles y la información que difunden debería bastar para encarcelar a numerosos políticos de bastantes países.

Con Snowden han conseguido que todo parezca una comedia bufa y se han quitado la minúscula máscara tras la que EE.UU. se escondía. Lo más triste para mí es la sumisión y cobardía de los gobiernos europeos ‒¡pobre Europa!‒, a los que sólo ha faltado derribar en vuelo el avión en el que se desplazaba Evo Morales, para matar dos pájaros de un tiro: ese presidente y el presunto pasajero Snowden, todo ello para complacer al imperio, al que parece que desagrada la posibilidad de que este último cuente todo lo que sabe.

El actual gobierno español, apresurándose en ser el más cobarde y sumiso a Obama, ha llegado a dificultar el paso por nuestro espacio aéreo de ese avión, al coste del enfrentamiento con toda América del Sur y al precio que pagaremos por ello. El miserable e ignorante ministro García Margallo alega ‒como si eso fuera excusa‒ que tenía información de que Snowden ‒al que TVE califica de espía (?)‒ iba en el avión, como si eso justificara cualquier fechoría y lo que sólo pone al descubierto, en el mejor de los casos, es que sus informadores no estaban en el aeropuerto de Moscú, sino tumbados en una playa de Marbella. Vaya eficiencia...

Nadie sabe cómo conseguirá salir Snowden del aeropuerto, pues todos los países europeos están vigilantes para prohibir su paso por los cielos, así que mucho me temo que tendrá que quedarse allí de por vida, porque EE.UU. no perdona ni olvida, de ahí tanta identificación con quien representa la sublimación del rencor y la venganza, Israel. Al contrario que los ciudadanos, que pronto iremos retirando de nuestra mente el caso Snowden, traicionando a quien al menos durante un rato se creyó aquello de que "con la verdad por delante se llega a todas partes". Qué burla y qué indecencia...

10 julio 2013

Homocoloreados

Mi intención en esta entrada es referirme a una minoría que por su "ruido", importancia y extensión atrae la atención de toda la sociedad, pero pueden estar seguros de que lo hago con cierto temor, pues si uno no acepta sin rechistar lo que aparenta despertar adhesiones inquebrantables, es posible que se le echen encima todas las furias.

Para ser sincero, estoy harto de la omnipresencia de los homosexuales en los medios de comunicación y hasta en la vida de cualquiera, porque se han transformado, gracias a esa oleada de buenismo que inunda la sociedad española, en un asunto que casi no se descuelga de las portadas de la prensa de cada día. Sucede a veces ‒y en mi opinión ésta es una de ellas‒ que una minoría pierde todo sentido de la prudencia y con la excusa de reivindicar su derecho a existir y ser respetada, se despoja de todo respeto hacia los demás y casi se diría que pretende que los demás los contemplemos como modelo a seguir o nos integremos en el grupo.

Durante toda mi infancia, adolescencia y más allá, la homosexualidad era un tema casi tabú que entre las personas civilizadas era contemplado con cierta tolerancia y para otros sectores de la sociedad motivo de burlas, insultos y agresiones, pues durante muchísimo tiempo quienes no poseían una sexualidad ortodoxa eran perseguidos hasta por los regímenes políticos escasamente democráticos y ‒¡cómo no!‒ por la iglesia católica. La Organización Mundial de la Salud consideraba, basada en ciertas razones, que esas orientaciones sexuales eran la manifestación de una dolencia. En 1990 esa misma OMS, basada en otras oscuras razones decidió que la homosexualidad ya no era una enfermedad. Misterios de la ciencia. El caso es que para mí y para otros muchos ese cambio no significó gran cosa, pues nunca había pasado por nuestra mente lapidar o condenar a nadie.

Desde entonces, han conseguido derechos inimaginables hace tan solo diez o quince años, incluyendo el matrimonio -con ese incongruente nombre- y la adopción de niños, algo a lo que muchos de los países de origen de esos niños se niegan por razones que no hace falta explicar. Es más, han logrado lo que a los judíos ‒¡nada menos!‒ les costó décadas conseguir, pues ya se sabe que dudar de los términos y cifras oficiales del holocausto,  está hasta penado por las leyes de varios países. Actualmente, si usted se atreve a manifestar públicamente alguna crítica sobre los homosexuales, le arrojan inmediatamente a la cabeza el calificativo de homófobo, tan pretendidamente terrible y descalificador como podía ser el de bruja entre los pioneros colonizadores de América del Norte. Hay que preguntarse si la libertad de expresión es real o vale solamente en tanto no aluda a colectivos hipersensibles y con poder para limitarla.

Algo tan aceptado socialmente como el desfile del Día del Orgullo Gay, repudiado por bastantes homosexuales por su mal gusto y la imagen equívoca que transmite, consigue en las ciudades en que se celebra el apoyo de las autoridades y hasta, por citar el caso de Madrid, una subvención de 100.000 euros, una cifra muy superior a la que se dedica ‒por ejemplo‒ al préstamo de camas hospitalarias a enfermos crónicos o terminales que precisen de ellas.

Curiosamente, la palabra gay ha sido adoptada en España sólo por los de "origen" masculino, al contrario que en su país de origen EE.UU., donde es aplicable a ambas "procedencias", lo que aquí llamamos gays y lesbianas. En realidad la palabra ha sido arrebatada de su significado original ‒alegre‒ para su uso exclusivo actual. Por eso sería impensable filmar ahora una película de nombre "The Gay Divorcee" (La alegre divorciada) porque su título sería malinterpretado, al igual que se malinterpretaría lo que en West Side Story canta la protagonista: "I feel pretty and witty and gay..."  y para evitar eso se ha cambiado la letra y en vez de gay ahora se dice bright, aunque me temo que en la película no hay quien lo cambie. Qué más da, sigamos con el ruido...

30 junio 2013

Turismo de consumo

Mucho han cambiado las cosas. Cuando yo era pequeño apenas se utilizaba la palabra turismo, puesto que en el mejor de los casos se le llamaba veraneo y consistía –como su nombre indica– en el desplazamiento estival a uno de los dos destinos tradicionales: playa o montaña. Por descontado que dentro del territorio nacional, y afortunado aquel que podía permitírselo. Eso sí, estos afortunados que veraneaban solían extender las vacaciones a lo que durasen las escolares y el cabeza de familia acudía cuando le era posible –si el destino era cercano a su residencia– o seleccionaba un periodo para abandonar sus obligaciones y el resto del tiempo su esposa e hijos se las apañaban como podían. No eran muchas las personas que viajaban al extranjero y producían asombro los muy escasos arrojados que lo habían llevado a cabo, fundamentalmente porque la escasez económica era algo generalizado en el país y para ayudar, la dictadura no concedía con facilidad los permisos necesarios para salir al extranjero. Los mismos que ahora nos gobiernan y ponen el grito en el cielo si algún cubano no puede salir de su país, son los entusiastas herederos del dictador que no nos dejaba movernos.

No hace tantos años, los españoles se dividían entre los que habían ido a París y los que no. Algo más tarde, esa ciudad fue sustituida por otras más lejanas, pero el afán por viajar era ya tan fuerte que ese nuevo destino nunca produjo esa sensación de arrojo y valentía del viaje a París y ya comenzaban los más valientes y pudientes a desplazarse hasta Roma, Londres y algún otro punto situado en la Europa más cercana aunque desde luego no en lo que el pasaporte denominaba “Rusia y países satélites”, si bien en alguno de esos países se entraba sin dificultad a pesar de todo y concretamente en la RDA se abstenían de sellar el pasaporte para evitarnos problemas al volver a la -una, grande, libre- madre patria.

Como decía, mucho han cambiado las cosas y ahora son bastantes los que se avergüenzan si tienen que confesar que no han estado nunca en Cancún, Egipto o Tailandia. Conozco incluso quien se ufana de haber estado en uno de esos hoteles de hielo que existen por Laponia y que desde luego no se me ocurriría pisar, por aquello de que bastante frío pasamos en nuestros propios inviernos y no me imagino ninguno de esos hoteles con un mínimo de confortabilidad, tengo que admitir que nunca he tenido espíritu tan aventurero.

El caso es que el gusanillo viajero se apoderó de todo el mundo y no pocos llegaban a pedir un crédito bancario para pagarse esas vacaciones precisas y poder levantar la cabeza ante amigos y vecinos. Se trataba de viajar, aunque fuera a un lugar que se era incapaz de localizar en el mapa y del que la mayoría no se molestaba en documentarse lo mínimo previamente. Lo fundamental era enseñar fotos a la vuelta con las que se documentara que uno había estado en lugares exóticos.

No es el placer puro de conocer lo diferente, sino que se trata de coleccionar destinos como se coleccionan sellos o cromos, sin profundizar mínimamente en el conocimiento del destino elegido, y a la vuelta tachar en el mapamundi el lugar del que se acaba de regresar, comenzando de inmediato a buscar otro para fijarlo como próxima meta.

Los últimos años hice varios viajes con amigos, algo que en principio resulta más ameno y que permite aprovechar más oportunidades con menos gasto, como puede ser alquilar un coche. Recuerdo una película de hace bastantes años, que se llamaba algo así como “Si hoy es martes, esto es Bélgica”, en la que se hacía burla de esos viajes programados y apresurados en los que el turista apenas se entera de en qué país o ciudad se encuentra. Hace un par de años con unos amigos viví una experiencia parecida en un viaje a Irlanda en el que, contra mi voluntad, había que recorrer toda la isla en autobús y no perdernos ni una sola de las ciudades o sitios de importancia, a costa de grandes madrugones y carreras. El resultado es que en mi memoria soy incapaz de identificar una u otra y el sabor que me quedó del viaje es una confusión de lugares, amenizado por largos desplazamientos en autobús en compañía de quienes desconocían el significado de las palabras cortesía o educación, por decirlo delicadamente. Nunca mais.

21 junio 2013

Obesos irredentos

No hay día en que no salga en la prensa o en la televisión alguien que dice padecer eso que llaman obesidad mórbida e incluso muchos reclaman ser intervenidos quirúrgicamente en la sanidad pública para remediar el problema. Me molesté hace tiempo en mirar en dos o tres sitios lo que eso significa y, para no andarnos con rodeos, esa obesidad obedece en un porcentaje muy elevado –casi total– al voluntario consumo excesivo de calorías y al sedentarismo, no hay que pensar que una extraña bacteria o virus nos invade y nos está transformando en gordos. Lo que nos hace aumentar de volumen, de manera supuestamente indeseada, es el consumo de alimentos ricos en calorías, tal y como la llamada fast food o junk food –comida rápida o comida basura, vamos– y la ingestión excesiva de dulces, bollos, patatas fritas, etc. Todos ellos de producción industrial, y sin que en ningún momento preocupen sus ingredientes.

Parece que da igual que se insista machaconamente desde los medios en que hay que evitar estos hábitos, porque son muchas las personas que hacen oídos sordos a estos llamamientos y muchas más las que para evitar conflictos con sus hijos pequeños se los suministran o hacen la vista gorda cuando se atiborran de estas porquerías. El resultado son enfermedades crónicas de diversos tipos (diabetes, cardiopatías, problemas óseos y muchos otros) que más temprano que tarde condenan a las personas a una vida doliente y a un acortamiento de su esperanza vital.

El recurso habitual de quienes caen en esta obesidad es culpar a vaya-usted-a-saber-qué factores adversos y muy difícilmente a su propia glotonería y descontrol. Tengo mi propia opinión sobre estos casos; el otro día iba en el metro observando morbosamente a una gorda que ocupaba dos asientos y preguntándome que alegaría para justificar semejante estado. La respuesta me la dio ella misma en pocos minutos, pues abrió su bolso y engulló una tras otra dos tabletas de chocolatinas. Le habría dado una bofetada allí mismo, por suicidarse en público (y por comer en el metro).

Leo hoy en la prensa que para el año 2030 el 86% de la población de EE.UU. padecerá obesidad (no se sienta a salvo, vamos inmediatamente detrás) algo que no extraña al que haya viajado a aquel país y observado el paisanaje. No puedo evitar recordar que cuando yo era niño, antes de que los españoles pasáramos a ser nuevos ricos –y ahora también nuevos pobres– los gordos eran ejemplares muy-muy escasos. Nadie en absoluto padecía ni pretendía padecer eso de obesidad mórbida. Claro que entonces no había tantas tentaciones en las tiendas de alimentación, los padres no nos daban todo lo que pedíamos, ni nuestras fortunas permitían que cualquier niño o adolescente pudiera comprar tanto veneno como quisiera.
  
Un dato a añadir: esa fama de bonachones que tienen los obesos es completamente injustificada. He comprobado personalmente –y he leído muchas veces– exactamente lo contrario, lo que por descontado no respalda ninguna conclusión, simplemente aquella fama no se corresponde con la realidad. Admitamos en todo caso que a la hora de valorar la maldad o bondad de las personas, poco importa su IMC.

Hay en EE.UU. un asunto polémico que todavía no se ha resuelto: se trata de si los obesos que precisan de dos asientos en los aviones porque no caben en uno, deben abonar esos dos asientos o pagar como todos, con lo que serán los demás quienes financien su sobrepeso, porque la compañía aérea no va a asumir el gasto, puedo asegurarlo. ¿Usted qué opina?

10 junio 2013

Un mundo de impunidad

Probablemente es algo que ocurre en las mejores familias, pero estoy convencido que en ningún país occidental se da el fenómeno con la misma intensidad que en España. El resumen podría enunciarse como aquí quien delinque no recibe su castigo y si lo recibe no sirve de escarmiento ni al delincuente ni a la ciudadanía, porque lo que todos piensan no es que el delito recibe castigo, sino que en este caso el que delinquió ha tenido mala suerte. De acuerdo que es un enunciado un poco largo, pero no veo manera de resumirlo.

Lo bueno que tiene es que resulta aplicable a cualquier ámbito. El que habitualmente no respeta la señalización de tráfico y un día recibe una sanción, no piensa que debe cambiar su comportamiento y respetar las señales, sino que el día en que lo pescaron tuvo mala suerte.

El político corrupto no cambia su comportamiento porque acaba de descubrirse que su vecino de escaño está implicado en una apropiación ilícita de millones de euros, sino que se limita a pensar que ése otro ha tenido mala suerte. Para remate, sabe que cuando le juzguen la cosa quedará en nada.

El que roba en el metro sabe que aunque le detengan cuando metía la mano en un bolsillo ajeno, será porque ese día ha tenido mala suerte y tiene la certeza de que, como no ha robado en una sola vez una cantidad que alcance los 400 euros, saldrá libre de inmediato, porque se trata sólo de una falta, no de un hurto y mucho menos de un robo. Por si alguien no lo recuerda, 400 euros es la cantidad que los parados que han agotado su prestación normal se afanan en conseguir para poder vivir durante un mes. 

Si usted es controlador aéreo o algún otro tipo de trabajador privilegiado, sabe que aunque pare un país y cause daños de valor incalculable, no le sucederá nada, porque la justicia demorará el proceso hasta que nadie se acuerde –sólo algunos afectados– y todo pueda resolverse sin más consecuencia para usted y sus colegas. Todos, unos caballeros sin tacha.

En realidad no andan descaminados quienes piensan cuando son atrapados que es un caso de mala suerte, porque aquí el delito no se persigue salvo casos muy contados y todo esto en un país donde la legislación es minuciosa y terriblemente punitiva, los legisladores pueden estar meses debatiendo un artículo de una ley que en la práctica nunca será aplicada, salvo que la autoridad competente le coloque a usted en su punto de mira.

Recuerdo todavía el debate en el ayuntamiento de Madrid en 2007 sobre las sanciones a imponer (ahora hasta 1.500 euros) a quien no recogiera los excrementos que su perro depositara en la vía pública. Aquello costó a los contribuyentes una fortuna, considerando el tiempo gastado por sus concejales en el debate y supongo que por las dietas y gastos que cobraron durante aquel tiempo. A título de muestra, ¿saben cuántas denuncias se pusieron en Madrid durante todo el año 2009 por ese motivo?: ninguna. ¿Saben cuántas en total desde 2007?: ocho. Aplicando el conveniente razonamiento –sofisma lo llaman– la conclusión es que en Madrid los perros no defecan o los propietarios están en perfecta sintonía con la ley, y eso que usted y yo nos encontramos continuamente al caminar no son más que espejismos.

Franco, que es lo más español que ha producido España en toda su historia –más que don Quijote o el propio Cid Campeador– sabía que ése era el procedimiento, y por lo mismo sus leyes eran terriblemente restrictivas, pero sólo se aplicarían cuando al régimen le conviniera. Creo recordar que de ninguna manera podían reunirse más de tres personas sin un permiso previo del Ministerio de la Gobernación. Pero bueno, puede decirme, ¿no había antes reuniones y guateques a miles a los que acudían bastantes y no pasaba nada? Por supuesto, pero si usted era persona no grata para el régimen, podían de repente tirar abajo la puerta de su casa sin más requisito legal ni problema de ninguna clase. No teorizo, conocí un caso.

¿Cuántas personas saben en Madrid que, de acuerdo con las ordenanzas municipales, si dejan su coche aparcado en la vía pública más de 48 horas en el mismo lugar, puede llevárselo la grúa? Tome nota y procure que ningún municipal le coja ojeriza. Esos guindillas pueden ser terribles.

31 mayo 2013

Español para españoles (23)

En realidad el título de debería ser algo así como “lamentos por una letra”, pero que ya haya publicado otras veintidós entradas con este nombre me inclina a mantener cierta continuidad. Y al fin, tampoco es que el título importe mucho…

Estaba atendiendo el otro día una clase de inglés que daban por la televisión, y el profesor (norteamericano) que lleva en España más de 35 años, se lamentó de la progresiva desaparición de la “x”, lo que me dejó reflexionando sobre el asunto. No es vicio de pronunciación que tenga lugar en alguna región como Andalucía donde el habla es –digamos– más relajada, sino una extinción que hasta donde yo conozco tiene lugar en la totalidad del país.

Sé que doy pie a esa broma de que hice la mili con lanza y quizás sea merecida, pero lo cierto es que he asistido a la desaparición hasta en el último rincón de España de las pronunciaciones diferenciadas de la b y la v (“be” alta y “ve” baja que decía mi abuela), la ll y la y incluso en el mismísimo Valladolid (no hay que olvidar que hasta 2010 la ll era una letra) y desde hace unos años, poco a poco, la x ha pasado a ser una letra fantasma. No podemos pretender desde ahora que el idioma español es fonético, puesto que poco a poco nos acercamos al caso del inglés, en el que cualquier palabra debe ser deletreada para saber cómo se escribe y hay numerosos concursos escolares de ortografía en los países angloparlantes porque, la verdad, la gente no sabe muy bien cómo se escriben las cosas, aunque aquí vamos camino: hace dos día vi escrito en un periódico digital Ha demas por Además.

En España, y gracias a la incultura generalizada y ensoberbecida, ya se puede decir que hablamos con faltas de ortografía, por increíble que pueda parecer. Se quejaba ese profesor de inglés que citaba al principio de que la gente ahora decía Estremadura (por Extremadura), estraño (por extraño), estenso (por extenso), escusa (por excusa) y así todo. He visto que es cierto hasta en la prensa, y muchas noticias y no digamos los comentarios que les siguen en las ediciones digitales, escriben también de esa manera y, sorprendentemente para que no falte de nada, abundan quienes –por ejemplo– escriben exclavo (por esclavo) o extratosfera (por estratosfera). Todo esto es natural porque quienes no tienen hábito de leer no tienen más referencia al escribir que la manera en que ellos y su entorno dicen las palabras. Es un arrollador triunfo del analfabetismo sobre el conocimiento que antes era común en cualquiera que hubiera estudiado bachillerato. 

¿A qué se debe la extinción de la x? Pues aparentemente a lo mismo que las no diferenciaciones fonéticas a las que también me refería: cada día estamos aparentemente más extenuados, con menos interés por realizar el mínimo esfuerzo en lo cotidiano, parece ser que se ahorra gran cantidad de energía si decimos estremo en vez de extremo.

Por mi parte, y una vez que he sido consciente de este error, intentaré pronunciar adecuadamente la x –aunque eso suponga la burla de muchos– para evitar que esa letra quede reservada en exclusiva a su uso como incógnita en las ecuaciones.

22 mayo 2013

Frank Sinatra, La Voz única

Es frecuente oír dichos como sobre gustos no hay nada escrito o lo de para gustos se hicieron los colores tratando de justificar ciertas preferencias con el supuesto apoyo de estas sentencias que, como tantas otras del mismo estilo, son con frecuencia totalmente falsas. Menos mal que, como ocurre también con frecuencia, a esos dichos se contraponen otros como pudiera ser lo de hay gustos que merecen palos, violenta frase que desmiente las anteriores.

Sin embargo, creo que en esta ocasión sí es de aplicación aquello o al menos yo estoy dispuesto a sostener que lo es: hablo de mi admiración, casi devoción, por el cantante y actor Frank Sinatra, del que días pasados en la prensa se conmemoraba el 15º aniversario de su fallecimiento y se hacía referencia al largo reportaje –casi un pequeño libro– escrito por el famoso periodista Gay Talese hace ya casi cincuenta años para la revista Esquire y que, según cuentan, se utiliza hoy en día como texto en las escuelas de periodismo.

El caso es que fue mi madre –realmente se trataba de un cantante de su época y no de la mía– quien me contagió la sinatritis y no sólo supe mantenerla, sino que la incrementé hasta superar la afición que ella sentía por el cantante. Me ha proporcionado algunos de los mejores momentos de mi vida y mi admiración es tal que tengo más de sesenta discos suyos que escucho con bastante frecuencia. Durante muchos años fui comprando todos los que iba encontrando, los buscaba en todos los países a los que iba y sólo repudié por espantosos esos dos Duets I y II que son un alarde de comercialidad y mal gusto; eso significa que se vendieron como pan caliente. Realizados con desgana, quizás porque el cantante ya era bastante mayor, veía que su tiempo había pasado y no parecía importarle corromper un historial musical casi sin tacha. Probablemente por eso fueron grabados con su voz en una primera instancia y más tarde el cantante que debía hacer el dúo pasaba por el estudio a hacer su parte, sin compartir espacio con Sinatra, que posiblemente ni conociera de oídas a algunos de ellos. Desde luego, no debía saber que a Julio Iglesias algunos periodistas lo llamaban el Sinatra latino, porque el disgusto podría haberle matado. Aparte, yo me pregunto si es que el genuino Sinatra no les parecía bastante latino, teniendo en cuenta que era hijo y descendiente de italianos al cien por cien.

Curiosamente, las canciones suyas más populares en España son de lo peorcito que grabó: My Way y Strangers In The Night, las dos muy alejadas del estilo en el que realmente destacó, que coincide fundamentalmente con el periodo en que grabó para el sello Capitol el mejor swing vocal de la historia y cuando ganó merecidamente el apodo de La Voz con el que se le conoció y conoce. Lo acompañaron las mejores orquestas de la época, empezando por Harry James o Tommy Dorsey, pasando por Alex Stordahl, Don Costa, su habitual Nelson Riddle, y hasta los jazzísticos Duke Ellington y Count Basie. Fue el primer cantante que contó con multitudes de fans teens, como setenta años después los tienen quienes muchas veces son simples productos de marketing, mesas de mezclas y auto-tune.

Por descontado, en esta época de usar y tirar se me descalificará por mi afición con el argumento de que Frank Sinatra es antiguo: ¿antiguo? No ha habido ni hay ningún otro que le supere, que haya hecho tanto por la canción incluso fue el primero que estudió cómo aprovechar la ventaja que le brindaba la moderna amplificación del sonido, creando una nueva manera de acompasar la respiración a lo que cantaba, una técnica que él fue perfeccionando tras observar cómo se las arreglaba el trombonista Tommy Dorsey con su instrumento. Bobby Darin fue un seguidor bastante bueno e incluso pensaba ser su sucesor porque era bastante más joven pero, ironías de la vida, murió en la mesa del quirófano 30 años antes que Sinatra. Hasta hoy en día son numerosos sus seguidores –no necesariamente imitadores– como Harry Connick Jr., Michael Bublé, Matt Dusk, Jamie Cullum, Peter Cincotti y muchos más, y su repertorio se sigue interpretando en todas partes intentando mantenerse en su estela.

Nadie canta ni cantó como él, es eso lo que le coloca a un nivel inalcanzable para los demás, pero es bueno recordar su trabajo como actor, que le trajo gloria y fama, no sólo por su trabajo en películas musicales, sino también por sus papeles dramáticos que le permitieron hacerse con un Oscar (ganó también otro, semihonorífico). Sin embargo, si en España se pregunta a alguien por él, si es que le conoce, se limitará a recordar su poco recomendable vida de negocios y su supuesta cercanía a la mafia. ¡Ah!, y My Way.

En fin, sé que muchos quedarán pensando que he debido perder la cabeza con tanta alabanza a quien no las merece, sobre todo existiendo actualmente artistas de la talla de Nicki Minaj o Justin Bieber. 

Pero oiga, es que yo estoy hablando de música. Ya lo decía al principio: sobre gustos no hay nada escrito, pero es cierto que hay gustos que merecen palos.

12 mayo 2013

Marca España S.L.

Hace años, siguiendo lo que de pequeño me habían inculcado, sentía escalofríos de emoción cuando sonaba el himno nacional o veía izar la bandera española, no digamos si me encontraba en el extranjero cuando esto sucedía. Mi abuela materna tocaba espléndidamente el piano y se negaba a tocar el himno español porque consideraba una frivolidad hacerlo sin un motivo justificado (la marcha real, decía ella). Para bien o para mal, hoy esos signos de una supuesta identidad me emocionan tanto como escuchar y presenciar el himno de Taiwan y el flamear de su bandera. Prácticamente nada. Lo achaco a que he madurado y a que no soy norteamericano ni catalán.

Si hay algo con lo que podría identificarme y de lo que me siento moderadamente orgulloso, pese al deterioro que muchos se empeñan en causarle cada día, es la lengua española –o castellano si prefieren llamarlo así–, por eso me esfuerzo en señalar tanto atropello a nuestro idioma como cabe presenciar cada día en los medios de comunicación, gracias a la extensión combinada del analfabetismo funcional y la soberbia ignorante. En esto del lenguaje todos ignoramos cosas y todos tenemos cosas por aprender, el problema es que abundan quienes se conforman con que se les entienda, rebajando el idioma a una herramienta casi simiesca. 

Sin embargo, me causa asombro presenciar cada día cómo la idea de España, ya bastante deteriorada por la erosión de tanto político sinvergüenza y tanto nacionalismo destructivo, queda reducida a algo tan prosaico como una marca, una palabra que siempre he asociado a efectos mercantiles y de consumo. Resulta que ahora España no es más que una marca que debemos exportar y todo lo demás ya no vale nada. Imagino lo difícil que debe resultar para los oficiales del ejército arengar a la tropa diciéndoles que deben defender una marca; me temo que como le dé un arrebato, el tal Mohamed VI llega hasta Logroño al primer empujón.

Gracias a estos patriotas que nos gobiernan, nuestro país no es más de lo que pueda ser Danone, Volkswagen o Coca-Cola, se trata de publicitarla como tal y de considerarla como si de un producto se tratara. Yo, usted y cualquiera, que vivimos bajo el amparo –bueno o malo– que nos proporciona o debiera proporcionarnos sentirnos ciudadanos, resulta que, como partes integrantes de una marca, no podemos tener sino la consideración de producto, algo contra lo que me rebelo y que desde luego no acepto.

Tanto tiempo esta derechona presumiendo de poseer la exclusiva de los sentimientos patrios, explotando hasta el aburrimiento glorias pasadas, resulta que ahora son los patrocinadores de la mercantilización del sentimiento de pertenencia a un espacio, a una cultura y una historia. Bueno, tampoco es una sorpresa, sí podría serlo la naturalidad y mansedumbre con que todo el mundo ha aceptado que somos una marca.

Actualmente, cuando el príncipe o el rey viajan al extranjero lo hace promocionando la marca España,  cuando el señor Botín –qué bien le viene ese apellido– viaja al exterior para intervenir en algún foro lo que está haciendo es promocionar la marca España y, por supuesto, lo mismo sucede con el poco carismático pendejo que preside el gobierno de la nación. Claro está que también cuando en el exterior tienen conocimiento de los altos niveles de corrupción que han alcanzado nuestros políticos, lo que sufre es la marca España.

Pues qué bochorno ser una marca y qué vergüenza de la imagen de esa marca.

01 mayo 2013

Estos son mis poderes

Estamos los españoles habituados a desayunar insultando desde ese momento a los políticos que dirigen nuestras vidas, y apenas dedicamos tiempo a los que de verdad son los primeros responsables de todo lo malo que nos sucede. Hablo de los banqueros, esa casta de individuos que son los que dictan lo que hay que hacer a los políticos que los demás nos molestamos en elegir, vaya usted a saber para qué.

En España disponemos del modelo que podríamos llamar banquero-banquero, al que jamás se le ocurriría desempeñar un cargo político, porque sabe que puede mandar muchísimo más desde el lugar que ocupa, en la cumbre de “su” banco, ése que funciona –como todos– con el dinero de sus depositantes. Es prototipo de este perfil el presidente del Banco de Santander, déspota, sin escrúpulos, con un rictus de permanente desprecio hacia los demás, capaz de exigir recortes salariales y de servicios públicos mientras él y los suyos aumentan día a día sus recursos conseguidos mediante lo que sea, en primera línea de lo cual se encuentra el fraude fiscal en el país del que es ciudadano y al que supuestamente ama, como el gran patriota que pretende ser.

Tenemos el modelo mixto, tipo Rodrigo Rato, que utiliza su habilidad para saltar de la política a la banca y viceversa y que procura sacar buen provecho económico allá donde se encuentre. Estuvo como ministro de economía en el gobierno del PP consiguiendo la inmerecida fama de gurú económico –¿qué hizo para ganarla?–, cuando posteriormente ha quedado patente que es un auténtico patán que no sabe ni por dónde empezar cuando tiene tarea por delante. Estuvo como presidente del FMI de donde salió por piernas alegando motivos familiares. Se ha publicado que estaban tan hartos de su incompetencia que ya no sabían qué hacer para que se marchara y desapareciera de allí. Le sustituyó otra joya, el rijoso Strauss Kahn y más tarde la ya imputada Christine Lagarde, pero ése es otro tema. En Caja Madrid, donde lo colocó el PP, hizo lo imposible para servir a sus amos y le quedó el tiempo justo para apartarse momentos antes de que todo se derrumbara (colapsara que dirían los estultos) tras su intervención. Otra muesca en su revólver.

En la misma categoría, pero en plan chusco, tenemos al ya demodé Mario Conde, cuyo mayor mérito ha sido hundir al Banesto y hacerse amigo de nuestro campechano rey, tal para cual. No parece tener ya mucho futuro aunque se empeñe en sacar cabeza en política y consiguiera 16.000 votos de otros tantos imbéciles en las últimas elecciones gallegas.

Está por último el modelo mangante con dedicación exclusiva, como el nefasto Miguel Angel Fernández Ordóñez –un neocon disfrazado de progre– o el verdugo de Caja Madrid Miguel Blesa, que han conseguido que lleguemos a la conclusión de que si ellos pueden dirigir entidades bancarias, está claro que lo puede hacer cualquiera (que tenga buen estómago y los apoyos y las amistades requeridas, por supuesto). Su mayor preocupación profesional al ser contratados es acordar una elevada indemnización a recibir el día en que, por la razón que sea, abandonen el banco.

El presidente del Banco de Santander, cuyo apellido Botín ya anticipa cuáles son sus objetivos, nos ha dado una lección de hasta dónde se puede actuar incluso a cara descubierta. Primero, consiguió –vaya usted a saber cómo– que cuando Zapatero estaba todavía de presidente, indultara a su amigo y colegui Alfredo Sáenz, pero resulta que no hace mucho el Tribunal Supremo, en uno de sus raros arrebatos justicieros, anuló parte de ese indulto, concretamente la que le permitiría ser alto directivo de banca pese a tener antecedentes penales. La reacción de Botín fue inmediata: primero dijo que no tenía intención de hacer caso al TS y que por lo tanto su colegui seguiría en el puesto. Después se puso en contacto con sus amigos del gobierno para que rápidamente se aprobara una ley con efecto retroactivo, hecha a la medida del delincuente indultado, para que éste pudiera continuar como vicepresidente y consejero-delegado como hasta ahora, ¿está claro? El que manda, manda.

Poco antes de publicarse esta entrada, leo en la prensa que Alfredo Sáenz dimite y por lo tanto sale del Banco Santander –llevándose un regalo de 88,1 millones de euros– porque es un hombre digno, de los que se van antes de que los detengan. Estos son los que exigen moderación salarial para los mortales a los que ellos roban y desprecian. Qué invento tan desaprovechado, la guillotina...

20 abril 2013

Negros son los demás

Hace muchos años me encontraba en la República Dominicana con mi esposa, y más concretamente en la sala de fiestas del Hotel Lina, ése que Juan Luis Guerra  cita en su canción Me enamoro de ella. El caso es que estábamos con un grupo en el que se encontraban directivos de un banco español instalado allí y no recuerdo a cuento de qué en un momento dado, uno de ellos me dice al oído con mucho misterio: no te fíes de los negros, el que no te la hace a la entrada, te la hace a la salida.

Aquello me hizo bastante gracia, no porque me identificara con esa manifestación de racismo, sino porque quien me lo decía era sin lugar a dudas negro, quizás no haitiano, pero sí tan negro como pueda serlo el actor Sidney Poitier, por poner un ejemplo. De repente, me di cuenta del verdadero significado de lo que aquel hombre me decía: negros son los que son más negros que uno mismo; ésa es la línea divisoria.

Ayer leí en la prensa unas declaraciones de la ministro Ana Mato acerca de la importancia de atajar "lo antes posible" el problema de la corrupción porque, desde su punto de vista, "la sociedad no se lo puede permitir". Como lo de aquel negro, no es una broma, sino que también ella debe considerar que corruptos son los que son más corruptos que ella misma.

Descaro y desvergüenza como los de esta señora no son un caso único y hay políticos de todos los partidos que afirman más o menos lo mismo, aun teniendo numerosos motivos para sonrojarse al hacer este tipo de declaraciones, porque al igual que ella deben considerar que el caso propio no es corrupción, sino una maliciosa interpretación de su comportamiento más guiada por el deseo de truncar su carrera que por el de denunciar a quienes no merecen el respeto de nadie y más bien se hacen acreedores de su ingreso en prisión. 

He dicho y así lo pienso que hay ejemplares de todos los partidos, pero hay que reconocer que los del PP y CiU han hecho un arte del comportarse como si todo ocurriera en los antípodas y que no se trata de ningún asunto que les roce ni de lejos. Son capaces de afirmar de sí mismos, como hace esta Ana Mato, "en 30 años de trayectoria política jamás he tenido ninguna tacha". De todas formas no son los únicos, los directivos de grandes empresas y en especial de la banca no les van a la zaga y ahí está incluso la convergencia de los dos grupos en el caso de Alfredo Sáenz, indultado en su día –mejor no saber por qué– por el ex presidente Zapatero.

Bueno, he descubierto tardíamente una serie de televisión llamada Los Soprano que voy visionando y disfrutando desde su comienzo, y puedo asegurar que no se me van de la cabeza estos pirañas de la política cuando estoy viendo cada episodio. Claro que los de aquí tienen la misma crueldad y el mismo descaro, pero menos gracia.

Pues nada señora Mato, felices cumpleaños y no se pase con el confeti.

16 abril 2013

Gracias a Dios

La frase con la que titulo esta entrada es quizás de las más repetidas en nuestro idioma, pero los sentidos y las intenciones son muy diferentes. Hay quien suelta las tres palabras como un alivio tras una cierta tensión y quien de verdad pretende agradecer al ser supremo algún don o concesión. Es algo tan común y extendido que hasta se le puso Gracias a Dios a un departamento de Honduras, en  honor a la frase que supuestamente pronunció Colón al superar una terrible tormenta en la zona.

Se puede afirmar que todos, casi sin excepción, decimos alguna vez al día eso de gracias a dios y en su día fue muy comentada la afición de Santiago Carrillo a utilizar esa expresión, sin que ello significase ni de lejos que este hombre creía en la existencia de un sumo hacedor ni que por lo tanto estuviera interesado en agradecerle nada. Cualquiera puede entender que se trata de una manera abreviada de decir algo así como me alegro de que haya sido de esta manera y no de otra. No es por tanto una incongruencia de comportamiento y a nadie se le ha ocurrido criticar o acusar de incoherencia a quienes al despedirse sueltan un adiós que, sin mucho rebuscar, es fácil adivinar de dónde procede.

El verdadero disparate viene del uso pretencioso de quien de verdad pretende agradecer a su creador la concesión de un bien. Desde siempre y en cualquier religión, los contendientes de una batalla pedían la protección al dios de cada uno, que en muchas ocasiones era el mismo; si ganaban, se hacían grandes ceremonias y fastos para agradecer al señor haber triunfado en la lucha –ahí está el monasterio de El Escorial construido en agradecimiento por la victoria en San Quintín–; los portugueses habían hecho algo similar tras la batalla de Aljubarrota en la que derrotaron al malvado castellano y levantaron el monasterio de Santa María de la Victoria (Batalha). Si se perdía, a otra cosa, y no había ceremonias de escarnio contra el mismo dios al que se habían encomendado sin éxito, ni se derribaba en venganza ningún monasterio.

No había recurso al que se le hiciera ascos: los españoles llegamos a pretender que nada menos que un apostol militaba en el lado de los cristianos en su lucha contra los moros. Sin embargo, creo que la mayoría conoce esta coplilla castellana:

Llegaron los sarracenos
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos

lo que da a entender que de antiguo ya existía en algunos cierto escepticismo ante la supuesta ayuda divina.

He visto días pasados en televisión la desesperación y los llantos de los cofrades que, un año más, se ven imposibilitados de procesionar por culpa de la lluvia. He podido ver también cómo si salía el sol y la procesión podía salir del templo, eran numerosos los gritos de gracias a dios e incluso la atribución a un milagro de la mejora de la meteorología. Nunca he oído maldiciones si arrecia la lluvia y de manera definitiva hay que renunciar a salir, a nadie se le ocurre decir en estos casos: dios no quiere que la procesión tenga lugar. Ahora, he oído a entrevistados en televisión decir que gracias a dios en la Feria de abril no habrá lluvias, de donde la única deducción posible es que a dios le gusta más esta Feria que la semana santa, ¿no?

Y hablando de milagros, no se me olvida que tras el terremoto de Lorca había quienes atribuían a esa divina intervención su salvación tras el derrumbe de su casa, pero esto se decía olvidando que su vecino de planta había muerto aplastado por los escombros, ¿quizás porque dios le tenía manía?

09 abril 2013

Y se me apareció un pajarico...

Tengo que confesar que las primeras veces que oí hablar de Chávez allá por 1992 ya me puse en su contra, pues –cosas mías– todo lo que suene a golpista me produce acidez de estómago, será quizás porque he vivido bajo el mandato de uno durante más de 30 años.

Después, cuando en 1999 llegó a presidente de Venezuela, seguía sin abrigar un especial entusiasmo por su persona y sus actuaciones, pues seguía recordando sus inicios y ser elegido por los votos de una mayoría no era para mí garantía de democracia y solvencia, no hay que olvidar a Hitler, George W. Bush (aunque éste fuera con pucherazo incluido) o Berlusconi, así que me desentendí de Venezuela y su devenir, algo que no me costaba gran esfuerzo pues ese país así como otros de la zona no eran para mí nada que mereciera especial interés ni fuera especialmente cercano a mi corazón como, por ejemplo, pudiera estarlo Cuba.

Hay un general rechazo hacia la persona de Chávez en España que yo entiendo que lo producen varios factores: el principal, la campaña permanente orientada en su contra desde la casi totalidad de la prensa española y desde los partidos políticos, algo que no consiguió atenuar ni siquiera las buenas relaciones comerciales. De la importancia que la prensa tiene en la conducción de la opinión pública española da una idea el que aquí tiene mucho menos rechazo el gobierno de Marruecos que el de Cuba, aparentemente teniendo como referencia la falta de respeto por los derechos humanos de uno u otro. No importa que Marruecos, Guinea Ecuatorial o Israel (los tres protegidos por los EE.UU.) tengan un largo historial de presos políticos o por delitos de opinión, y que por el contrario según Amnistía Internacional, en Cuba no hay presos políticos (sí de los otros). Los realmente malos, ya se sabe, son los que nos señalan desde la prensa.

El segundo factor de repulsa hacia el fallecido dirigente venezolano proviene del desagrado hacia los modos de los habitantes de aquel país. Esa manera impostada, grandilocuente, que los personajes de aquellos pagos tienen de dirigirse a la población nos causa un sentimiento que oscila entre la burla y el desprecio. Chávez consiguió, al ser el destinatario de aquel ¡Por qué no te callas!, provocar una oleada de monarquismo desconocida desde el 23F. Nos olvidamos de que el nivel cultural por aquellas tierras no es precisamente elevado, pero tampoco tenemos que estar demasiado orgullosos del imperante en España, la ignorancia acompañada de la soberbia es aquí y desde hace bastante un mal común, y conviene recordar que se eligió con mayoría absoluta al trilero Rajoy.

El caso es que cuando empezaba a calar entre algunos de nosotros la idea de que, maneras aparte, Chávez y su revolución habían conseguido rescatar de la pobreza extrema a buena parte de la población y por tanto su saldo era positivo, muere el comandante y aparece el sucesor Maduro diciendo aquello de Y se me apareció un pajarico… y me bendijo, que a mí me hizo soltar una carcajada seguida de un resoplido de asco, porque parecía un truco destinado a encandilar a los más tontos del planeta. Ese hombre es un mal poeta, o un enorme imbécil, o un grandísimo canalla; apuesto por lo segundo.

Como consuelo respecto a eso del pajarito, no olvidemos que muchos de por aquí siguen creyendo que una paloma –esa rata voladora– planea continuamente sobre la iglesia católica protegiéndola y, sin ir más lejos, se supone que ha sido la inspiradora de la elección de ése que han dado en llamar Francisco, a secas. Que también tiene bemoles eso de la paloma.

08 abril 2013

Muerto el perro... no se acaba la rabia

Según aseguran, hoy ha muerto Margaret Thatcher de una congestión cerebral. Suele decirse que muerto el perro se acabó la rabia, pero como muchos otros refranes no vale para ser aplicado al cien por cien de los casos, menos aún en éste. Ha muerto la madame de hierro, pero su herencia pervive y la sobrevivirá muchos años. Todo esto que estamos sufriendo ahora, el advenimiento de los neocons con sus privatizaciones, los robos de los derechos mínimos, el despiadado expolio de los ciudadanos, fue iniciado y patrocinado por ella, mujer resentida procedente de una familia de clase media-baja fanáticamente religiosa; implacable, xenófoba, racista, protectora de Pinochet, ni una virtud en su haber. No es una opinión única ni estrambótica, en el Reino Unido hay manifestaciones callejeras de alegría y según Andrew Gamble, jefe del departamento de política de la Universidad de Cambridge, "Thatcher fundó el modelo financiero que nos ha llevado a la crisis".

Ojalá que nosotros -que no ella- pudiéramos descansar ahora en paz, pero no va a ser posible porque son demasiados los cachorros que dejó entre nosotros. Lamentablemente murió en la cama, como Franco, y no en un patíbulo como mereció, como merecieron.

No está de más comprobar cómo han acogido algunos esta muerte en su mismo país: véalo si quiere.

06 abril 2013

Sillyphones

Estoy convencido de que la mayoría no trata de recordar y por lo tanto aceptan confortablemente que el teléfono móvil es algo que existe desde los romanos, pero estoy en condiciones de asegurar que no es así. Me parece que fue a finales de los 80 cuando empezamos a ver los primeros móviles en la vida real y cómo los considerábamos trastos ajenos a nuestra vida, más apropiados para lo que entonces llamábamos burlonamente ejecutivos agresivos.

Mi empresa me colocó uno de esos aparatos por aquello de tenerme siempre localizable, como si fuera un fontanero o un ginecólogo –antes llevaba un busca–, y hasta me alegré porque también permitía que mi familia pudiera dar conmigo y eso me parecía que compensaba la molestia de cargar con el aparato. Desde entonces siempre poseo un móvil, aunque procuro no utilizarlo más que en caso de verdadera necesidad y por eso evito dar su número salvo que sea realmente preciso.

De repente, aquellos dispositivos pasaron a estar al alcance de cualquiera y no sólo eso, sino que todos se apuntaron con rapidez al aparatito. Parece ser que la sed de comunicación no tenía límite. Con una limitada rebaja de las tarifas y la aparición de los llamados smartphones, el uso de móviles pasó a la categoría de epidemia que, como cabía esperar, arraigó con más fuerza cuanto menores eran las defensas intelectuales del usuario.

No hace mucho, cené en un restaurante de la cadena VIPS y en la mesa de al lado había un matrimonio con dos hijos adolescentes que también estaban cenando. Me produjo desagrado comprobar que buena parte del tiempo aquella familia estaba utilizando sus cuatro móviles de manera simultánea, ésa ha sido la mejora en la comunicación a la que nos ha llevado la proliferación de esos chismes. Por un momento estuve tentado de tomarles una foto simulando que a quien la hacía era a mi acompañante, pero la posibilidad de que se percataran me hizo desistir.

La desgraciada coincidencia en el tiempo de algunas dolencias me ha hecho visitar las consultas de varios médicos en un corto periodo. En ellas he podido observar que el daño es profundo e irremediable; la mayoría de los que esperaban en esas salas, fueran tiernos infantes o ancianos venerables, permanecían ensimismados en sus inteligentes chismes, cuando no jugaban a ruidosos videojuegos en ellos o pasaban a sus niños pequeños los aparatos para que hicieran lo propio, y por dos veces tuve que soportar que abueletes pusieran a todo volumen vídeos en los que aparecían los que con seguridad eran sus nietos, muy probablemente con la intención de que algún vecino de espera le comentara la extraordinaria gracia, belleza y encanto del nieto de turno. Otros, parece mentira, aprovechaban para hablar por el móvil y cuando finalizaban una conversación repasaban su guía de amigos y familiares, ansiosos de encontrar alguno al que llamar de inmediato y mantener conversaciones que, por lo general, suelen ser un modelo de estulticia y banalidad.  A todo esto, el ruido molesto de tanta conversación y tanto juego –en unos espacios donde abundan los letreros que exigen silencio– me impedía reflexionar o leer, que es a lo que me dedico en esas consultas cuando la espera se prolonga más de lo soportable.  

Considero una catástrofe la ampliación de cobertura al interior de la red de metro, un lugar en el que antes se estaba a salvo de esa molesta cháchara –bastante tenemos con los que irrumpen cantando La flor de la canela– y estoy aterrorizado porque he leído que pronto el uso de los móviles será posible en todas las líneas aéreas. Viajar en AVE ha perdido todo atractivo, desde que la cobertura a bordo permite que quienes nos rodean nos amarguen con su algarabía un viaje que al menos debería servir para relajarnos.

Cuando se inició la aparición de la última generación de terminales móviles me preguntaba qué significado podía tener el calificativo de móviles inteligentes aplicado a ellos, teniendo en cuenta que no es precisamente la inteligencia una característica de ningún aparato. Ahora lo entiendo: no hay duda de que entre el usuario del chisme y el propio chisme, es éste último –en la mayoría de los casos– el más inteligente de los dos.

25 marzo 2013

Olimpiadas en Madrid


Hay un dicho que afirma que cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Se lo oía a los adultos que me rodeaban cuando era pequeño y nunca conseguía entender muy bien qué quería decir aquello. Sin embargo, y aunque al hacerme mayor ya supe el significado, ha sido en estos tiempos cuando he podido comprender la verdad que encerraba este dicho, uno más entre los muchísimos que abundaban en la lengua española y que para bien o para mal están desapareciendo por culpa de la actual pobreza lingüística generalizada.

Viene a cuento todo esto por el empeño que año tras año pone el alcalde de turno de Madrid en mendigar la concesión de las olimpiadas, una idea original del dilapidador y nefasto Gallardón adoptada con entusiasmo a título de feliz herencia recibida por la eminente Botella. No puede extrañar esta asunción, pues nadie ha sido capaz de detectar en esta señora una idea propia, así que se apropia desesperadamente de las ajenas.

Creo que a todo el mundo, salvo a los numerosos partidarios del follón sin más, le asusta la idea de celebrar en la capital unas olimpiadas con todo lo que eso trae consigo: gastos, subidas de precios generalizadas, aumento del tráfico y restricciones para los conductores, alteración grave de la vida de los ciudadanos, disparates urbanísticos, etc. En la visita a Madrid del comité del COI, aparte de disfrutar con el espectáculo cómico-patético de Botella hablando inglés, los periodistas extranjeros se preguntaban cómo España se atrevía a meterse en los gastos que suponen unas olimpiadas mientras que ciudades con mayores recursos abandonaban esta pretensión a la vista del panorama económico mundial.

La simple idea de esos gastos ya debería espantar y disuadir de llevar a cabo estos juegos teniendo en cuenta que estamos en crisis y que no hay ni un euro –dicen– para nada, hasta el Wall Street Journal se escandalizaba el año pasado de esta pretensión española y recordaba que los juegos de Londres se estimaba que habrían alcanzado un gasto de 11.000 millones. Los Juegos Olímpicos de invierno de Sochi (Rusia) a celebrar en 2014, tenían un presupuesto 9.300 millones de euros, pero la última revisión aumenta esa cifra hasta los 25.500, lo que no está nada mal teniendo en cuenta que aún falta un año. Aquí, la preparación de las tres candidaturas –para 2012, 2016 y ahora 2020– ha debido suponer un gasto superior a los 100 millones de euros (más de 16.638 millones de pesetas, oiga), una fruslería si se compara con la deuda municipal de Madrid que Gallardón consiguió elevar por encima de los 7.000 millones de euros –el municipio más endeudado de Europa–, más de un 63% de la deuda total de todos los municipios españoles. No he podido averiguar cuánto se gastó para la primera y tampoco han dicho nada sobre la actual, pero para el intento fracasado de 2016, el propio Gallardón reconoció un gasto de 37,8 millones. Si dispone de una calculadora no es muy difícil comprobar que tengo razón e incluso me quedo corto.

Teniendo en cuenta la avidez de nuestros políticos en general y de los del PP en particular cuando hay dinero a la vista, es fácil imaginar que ya se están relamiendo por lo que puede caerles a cada uno en mejora de su economía personal. No obstante, es innegable que hay ciudadanos que se apuntan a todo, fundamentalmente porque no ven más allá de lo que la publicidad institucional les presenta y no se dan cuenta de lo que hay detrás de tanto festejo, por eso estuvieron encantados con aquello de la JMJ de 2011, con el asunto Eurovegas y si por ellos fuera, hasta apoyarían que el festival de San Remo se celebrara en Madrid.

¿Hace falta que señale con el dedo quiénes son aquellos a los que mayoritariamente les atrae la idea de los juegos olímpicos, aparte claro está de quienes sacarán tajada de ello? Sí, acertó; los atolondrados, la gente de orden que sigue sin rechistar las consignas que vienen de arriba, los irresponsables… y en buena parte, los disciplinados votantes de cierto partido (aunque resulte redundante); esos por descontado.

15 marzo 2013

Habetis papam


Todavía no ha acabado el bombardeo a que los medios nos han sometido por la cadena de acontecimientos que comenzó con la renuncia del anterior papa y el proceso que ha finalizado con la elección de su sucesor, del que todavía siguen contándonos todo lo que consiguen averiguar poco a poco (y lo que nos queda). Que si estuvo en una residencia de los jesuitas en Alcalá de Henares allá por los 70 o que tuvo una novia porteña, que es aficionado al fútbol y devoto de un equipo local, que es peronista o colaboró con la dictadura argentina. Todo para satisfacer esa mezcla de vacío de vida propia y necesidad de cotillear la ajena que caracteriza al ciudadano medio de estos tiempos. No servirá de nada ese intento teatral de acercar el nuevo papa a la población eliminando el ordinal en su nombre. Si no se antepone lo de papa al nombre de Francisco, nadie sabrá si se está hablando del pontífice, de un cantante o de un futbolista, cada uno de ellos representante de una cierta fe.

Todos ponemos en nuestro rostro una sonrisa de superioridad cuando en una película o documental que se desarrolla en lugares apartados, vemos esos ritos de seres primitivos donde aparece el hechicero de la tribu lanzando conjuros, tomando pócimas mágicas y se bailan danzas con grandes aspavientos para atraer la ayuda de los dioses. Viendo todo el aparato –eso que llaman tradición y liturgia– que la iglesia católica despliega apenas puede para dejar embobados a creyentes y otros que no lo son, ¿acaso no es lo mismo que lo que practican esas tribus, solo que llevado a cabo con mayor despliegue de medios y muchísimo más lujo?; exactamente, ¿cuándo dijo Jesús que había que vestirse de chamán para adorarle? No he conseguido interesarme mínimamente por las declaraciones en televisión de esos espectadores que han corrido a San Pedro para poder decir que “estuvieron allí” y exhiben sus caras pintadas y sus banderas como si de una competición deportiva se tratara, o el folclórico éxtasis de tanta monjita de evidente procedencia tercermundista (¡a qué otras podrían engañar hoy en día!).

No me he sentido enganchado lo más mínimo por todo el circo de los cónclaves y sus espectaculares soldaditos de opereta, sus vestimentas de colorines y ritos con humos coloreados. Si acaso, solté la carcajada porque me hizo gracia un comentario leído en no recuerdo qué periódico, que decía a propósito de la enorme y densa humareda negra que pudo verse tras la primera votación, que los romanos habían tenido que correr a sus azoteas a quitar la ropa tendida, para que no se les tiñera del mismo color de ese humo.

Pues bien, ahí tienen a su papa –habetis papam–, y que lo disfruten. Nada de lo que haga evitará el declinar constante de la institución, que va sufriendo una sangría diaria en el número de fieles que acabará por reducirlos a un club de devotos menos numerosos que los que pueda tener cualquier cantante de éxito, algo que ya adelantó John Lennon en 1966. Por desgracia eso no se debe a un aumento de la cultura, del interés por el conocimiento o de la reflexión sobre las bases en que se asienta la fe, sino porque el tiempo que antes se dedicaba a asistir a la iglesia o actividades relacionadas, se aplica hoy en buena parte a ese culto profano que es Instagram, Tik tok, WhatsApp y tantas otras marcas de eso que llaman redes sociales, en las que se dicen cosas entre sí quienes –por lo general– no tienen nada que decir.

Creo que anda por el 75% el número de españoles que todavía se declara católico. Sería interesante conocer cuántos de ellos consagran siquiera un minuto al día a pensar en su dios y cuántos conocen e intentan cumplir los preceptos de esa iglesia. Esos pocos quizás merezcan algún respeto; el resto, sólo pena y burla.

14 marzo 2013

El buen hablar



No me refiero al buen hablar en el sentido de dominio del lenguaje, sino del no abuso de lo que familiarmente se conoce como palabrotas. Tratar este asunto parece interés en ganarme enemigos, pero como puede haber percibido cualquier lector que haya visitado antes este blog, no es un riesgo que me preocupe en exceso o al menos no tanto como para impedirme el comentario.

Hace dos días paseaba por un bulevar de mi barrio, y observé que una chica de unos dieciocho o veinte años caminaba en dirección contraria a la mía. Cuando faltaban pocos metros para que nos cruzáramos apareció detrás de ella un joven de más o menos su edad y vi que se le acercaba con el típico gesto de quien se dispone a dar una sorpresa o un susto. Al aproximarse a su espalda la tomó por la cintura con las manos y eso provocó en la chica un respingo y una exclamación que era todo un resumen de su riqueza de vocabulario: ¡la hostia puta!, ¡me cago en tu puta madre! Después los dos se quedaron riendo y charlando: se trataba simplemente del encuentro de dos jóvenes, poseedores de un lenguaje actualizado.

Puedo asegurar que a estas alturas es difícil que me ruborice ninguna expresión como ésa, pero debo admitir que sí me molestó en esta ocasión, porque fue dicha a gritos y porque tras leer un artículo de Javier Marías, hacía varios días que me había detenido a pensar sobre el uso excesivo de las expresiones malsonantes en España. En ese artículo, el escritor cita dos perlas literarias dichas en su presencia en una tertulia: "Tengo unos ovarios así de grandes y los pongo encima de la mesa", y "Lo digo porque me sale del chichi". Delicioso, ¿no?

Siempre y en todas partes, ha habido expresiones tremendas, insultantes, para aportar agravios verbales a un enfrentamiento que con frecuencia acaba en sólo eso, pero creo que nunca como ahora y aquí se ha salpicado el habla de vocablos indeseables en conversaciones normales. Leí hace pocos años que –me parece que era en Chile– a los españoles nos llamaban “los coños”, sencillamente porque les llamaba la atención la necesidad que parecíamos tener de colocar esa palabra como muletilla cada poco en nuestra conversación normal. Y es que esa profusión de palabrotas no es una característica del idioma español, sino del español que se habla en España, da igual el ámbito al que nos refiramos, no hay más que recordar tantas expresiones atroces proferidas por miembros de nuestras cámaras legislativas y hasta por las más altas instancia del estado. Cada vez que un micrófono queda abierto inadvertidamente, se revela el habla habitual de los personajes cuando creen que nadie les oye.

En todos los idiomas existen eso que solemos llamar palabrotas, casi siempre referidos a los órganos sexuales o a su uso, pero es aquí donde el surtido resulta inacabable y su utilización permanente, produciendo siempre asombro en quienes nos visitan y no me extraña, no creo que en ninguna latitud sea posible presenciar una escena como la que relato al comienzo sin que se produzca un enfrentamiento violento. El nuestro debe ser el único país del mundo donde el uso de expresiones bárbaras sea constante y extendido, lo que sumado al elevado tono empleado al hablar, produce espanto al foráneo que no está acostumbrado.

No existe en ningún idioma europeo civilizado ese uso constante y esa diversidad de repertorio –curiosamente, tampoco existe ese tuteo que nos invade–, en la mayoría de los países de Sudamérica no alcanzan la generalización que el mal hablar tiene en España, y me consta que en Brasil ese vocabulario está reservado a la población de bajo nivel cultural y económico. Viví un corto periodo en una ciudad de Estados Unidos y prácticamente no pude oír ninguna palabrota en los entornos en los que me desenvolví. Aquí sin embargo, es posible oír a un niño que aún asiste al jardín de infancia decir gilipollas con la mayor naturalidad.

No es una moda temporal, puesto que ya lleva bastantes años asentada, ni parece tener remedio, porque si alguien se atreve a afear el uso de esas expresiones –como este mismo texto– tiene todas las papeletas para ser tachado de gazmoño, timorato o sencillamente imbécil, igual que cuando se intenta corregir en otros un error gramatical o falta de ortografía al escribir.

05 marzo 2013

La difícil imparcialidad


A quienes con alguna frecuencia vayan leyendo lo que aquí escribo puede que les resulte sorprendente, pero les aseguro que pese a mis fobias y filias procuro ser ecuánime y no dejarme llevar por ideas previas. Sé que es imposible y que nadie consigue esa ideal imparcialidad, pero sería una de las virtudes que me gustaría poseer y en persecución de la cual realizo bastantes esfuerzos. Otra cosa es la imposibilidad de que quienes practican el forofismo en todos los aspectos de su existencia reconozcan esta voluntad mía, ellos, que simplemente atacan o disculpan en función de consignas autoimpuestas previas. De todas maneras no me atormento por el problema, sé que la objetividad absoluta es imposible e inevitablemente soy consecuente con mis ideas. Claro que para todo hay niveles; me decía un amigo –facha donde los haya– que ahora sí que TVE es imparcial y no antes, que era de izquierda radical. Dice mucho sobre mi tolerancia que yo siga siendo su amigo.

Viene todo esto a cuenta de asuntos sobre los que con frecuencia trato en estas entradas, muchas veces –más de las que me gustaría– referentes a cuestiones de política, pero soy consciente de que para alguien medianamente preocupado por el mundo que le rodea, es inevitable que todo termine fluyendo hacia ese tema porque, como le decía  el otro día a alguien con quien discutía, si empiezas a criticar la calidad del agua que sale del grifo, ya estás hablando de política y sólo un rematado lerdo puede decir eso de “no me gusta hablar de política”, porque en realidad casi todo es política.

Hablando de esas fobias o filias que tanto influyen en nuestra valoración de las cosas, no puedo dejar de recordar a quien me decía hace ya años que Ana Belén le producía náuseas, sin que aquella persona –de claras tendencias ultraderechistas– confesara que ese sentimiento era debido a que anteponía la adscripción política a la calidad de esta actriz y cantante, sea cual fuera.

Yo, por ejemplo, no puedo negar la antipatía que siento por la atleta Marta Domínguez, pero puedo explicar y razonar ese sentimiento. La primera vez que supe de su existencia fue al presenciar en televisión cómo en una carrera empujaba descaradamente a una competidora. Deplorable es que alguien intente eliminar a un competidor con malas artes, pero en deporte profesional produce especial repugnancia. Más tarde, supe de su implicación en asuntos de drogas deportivas y que era cercana al partido que para mí simboliza lo peor –ahora no es cercana, sino senadora por ese partido– y para remate leí en la prensa que hace años, cuando un periodista le preguntaba la razón por la que apoyaba al PP contestó “porque el PSOE no le había ofrecido nada” (está documentado). Sobran las palabras.

Todos los partidos procuran captar a personajes populares para integrarlos en sus filas, pero es el PP el que en ese aspecto bate todos los récords: según leo, no hay deportista conocido que no haya fichado por ese partido, excepción hecha de Fermín Cacho. En el campo de los artistas e intelectuales la cosa presenta más dificultad para la derechona, porque esos suelen tener sus propios criterios y de ahí que los únicos fichajes señalados sean los de Norma Duval y Fernando Sánchez Dragó; una ex vedette de revista y un ex comunista, ¡casi ná!. Consigue el PP un éxito indudable en la captación de familiares de víctimas del terrorismo dispuestos a vivir del cuento y con progenitores de niños muertos en desagradables circunstancias, propicios a obtener beneficio de su desgracia.

Todo queda mucho más claro cuando se habla de políticos y sin mucho esfuerzo por mi parte, en tiempos no muy lejanos admitía la descalificación que amigos de derechas hacían de Bibiana Aído o Leire Pajín, porque no me costaba aceptar la escasa cualificación que aparentemente poseían ellas para los puestos que desempeñaban. El problema es que actualmente esos mismos amigos no reconocen, ni aunque se les amenace con la tortura, que Ana Botella, Fátima Báñez o Ana Mato –por citar solamente unas pocas joyas– han dejado en pañales aquella sonada incompetencia, incrementada además con una buena dosis de antipatía personal. Son gente que no lo reconocen  ni aun mostrándoles vídeos de sus intervenciones públicas, que deberían hacer sentir bochorno a cualquiera. Pensar que en Madrid hemos tenido de alcalde a un Tierno Galván, que hablaba desde alemán a latín, y ahora tenemos a esa arribista que no sabe ni hablar español…