20 septiembre 2013

Derecho a decidir (I)

Si algo me llena de ira es el uso de eufemismos cuando por cobardía o doblez no se quiere llamar a las cosas por su nombre. Los políticos son grandes aficionados a este recurso lingüístico y por eso se permiten llamar ajustes a lo que son recortes o ahorro a esa congelación ad eternum de las pensiones que acaban de sacarse de la manga. Cierto, con un criterio muy tolerante podría considerarse que un recorte es un tipo de ajuste, pero me pregunto cuántos políticos están dispuesto a llamar ajuste a una subida salarial. ¡Por supuesto que se les llenaría la boca con la palabra aumento, subida o lo que fuera y ni de lejos nombrarían la palabra ajuste que a todos nos trae la misma imagen!

Cuando empezó a oírse la expresión derecho a decidir ya se adivinaba que lo que se quería decir era algo bien diferente –¿dónde está el complemento directo?–, el supuesto derecho a la secesión, pero se trataba de no espantar a los propios y a los foráneos usando la palabra apropiada, primero se iba calentando el ambiente y llegado un momento todos sabrían lo que se quería expresar con esas tres palabrejas.

Derecho a decidir, ¿qué? Me pregunto ¿es que ahora no eligen a sus gobernantes exactamente igual que el resto de los españoles?, ¿podrán decidir que no les gobiernen políticos corruptos, como ocurre actualmente allí y en el resto?, ¿podrán participar en las grandes decisiones de gobierno sin que algún iluminado pretenda interpretar el sentir general como sucede ahora?, ¿podrán acceder a derechos que se nos prometieron en la Constitución y que hasta este momento ni siquiera hemos vislumbrado o nos están arrebatando? Ahora han puesto en marcha una iniciativa pública –no, no me lo invento– para que el presidente Obama se pronuncie a favor de la independencia catalana; pero vamos a ver, si desean la total autonomía, ¿cómo se les ocurre mendigar la opinión del presidente de los EE.UU.? Se me olvidaba, fue el ministro Josep Piqué (nacido en Villanueva y Geltrú) el que se deshizo en reverencias ante George W. Bush cuando tuvimos la fortuna de que nos visitara.

Todos los españoles fuimos engañados durante la transición, pero hay unos afortunados que van a ser engañados una segunda vez por el mismo precio. Eso sí, al coste de quedar debilitados –los catalanes– en su próxima flamante independencia y debilitar por descontado a lo que quede de España, que menguará bastante, pues de inmediato los vascos, ahora agazapados observando qué pasa, saltarán exigiendo lo mismo. En realidad y gracias a la crisis económica y moral, la mayoría de los españoles queremos también algún exorcismo que nos saque de este agujero, pero por fortuna son minoría los que recurren a una estratagema tan infantil como es la de pretender transformarse en una república báltica de la mano de quien es muy poco de fiar.

Y es lógico lo que está ocurriendo, ahora que han llegado a la madurez aquellos niños que fueron educados en la normalización lingüística –otro eufemismo–, la historia reinterpretada desde la aldea y el rechazo a España y los españoles, como si ellos no hubieran sido y siguen siendo tan responsables para bien o para mal de lo que ahora tenemos todos entre manos. Es imposible estudiar un periodo de la historia de España de los últimos siglos en el que esas dos comunidades, la catalana y la vasca, no hayan estado profundamente implicadas. Si esto que tenemos ahora es un desastre –y casi no hay dudas de ello–, ¿van a indemnizarnos por su colaboracionismo de siglos para que esto llegara a ser lo que es actualmente, o se van a ir como si no tuvieran nada que ver con el asunto?, ¿en cuánto fijamos la indemnización que deben dar al resto de España por haberles estado comprando durante decenios sus productos a precios superiores a los del mercado internacional, para favorecer su industrialización?

11 septiembre 2013

Esa historia del peñón


En una noticia sobre Gibraltar en la prensa digital he leído un comentario, enviado por un “llanito”, que decía algo que me fastidió porque resultaba ser dolorosamente cierto. A propósito de las tímidas medidas que España está aplicando a Gibraltar, este vecino del peñón decía que un país que ha soportado 40 años de dictadura sin hacer nada para sacudirse la opresión y que permite que el dictador muera de viejo en la cama, no puede asustar amenazando a nadie, diga lo que diga. Es cierto, llevamos siglos gritando y gesticulando a propósito de la reclamación sobre Gibraltar, pero siempre terminamos vacilando, o peor, siendo inconsecuentes.

Ya en otras entradas he dejado claro que no soy un patriota típico, pero es que este asunto parece, con los datos de que se dispone, un claro ejercicio de british-filibusterismo permanente mezclado con una tomadura de pelo y ya se sabe que los habitantes del peñón tampoco son demasiado amantes de las leyes. El truco es sencillo pero exitoso y ya lo aplicaron en otros lugares: se importa una población de aluvión de lugares lejanos y se les permite que, aprovechando la propia condición territorial, disfruten de un nivel de vida muy superior al que tenían en origen, sin hacer ascos a ninguna actividad que pueda reportar ingresos. Así se fabrica una población dispuesta a permanecer rabiosamente fiel a la metrópoli, algo que España –torpe gestora de sus colonias– nunca supo hacer.

Imagine que usted va con un amigo y en un momento dado va a pelear con otro tipo. Por ello le pide a su amigo que le sostenga la chaqueta mientras dura la bronca. Cuando la pelea finaliza, su amigo se ha escapado con la chaqueta. Esto más o menos es lo que ocurrió con el peñón tras la Guerra Española de Sucesión, en la que Inglaterra apoyó a una de las partes. Pero lo tristemente cierto es que todo eso ya fue y lo que persiste hasta nuestros días es el Tratado. Lo primero es dejar claro que no se puede pretender que el texto es anacrónico, pero sí basarse en él para mantener la soberanía. El Tratado es un todo y, o vale en su totalidad o no vale en absoluto.

He buscado ese texto prestando atención fundamentalmente al artículo X que es el que trata de la cesión de Gibraltar. Usted también puede encontrarlo en Internet de fuente fiable (texto en inglés o en español). En ese artículo, que es relativamente corto, se establecen las bases por las que debería regirse la existencia actual de la colonia.

Se dice al comienzo ”El Rey Católico, por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortaleza que le pertenecen”. La relación de espacios o propiedades cedidas es bastante detallada. Ni una palabra sobre cesión marítima, de manera que está claro a quién pertenecen las aguas que rodean la colonia, en contra de lo que sus habitantes y el Reino Unido pretenden. Para qué hablar de lo relativo al istmo en el que se encuentra el aeropuerto, del que se apropiaron aprovechando que los españoles andaban enloquecidos por el golpe de Franco y la guerra civil que le sucedió. Las pretensiones británicas son tan disparatadas que, según ellas, a la población fronteriza de La Línea prácticamente no le corresponden aguas territoriales propias (ver ilustración).

No vale tampoco el recurso a la Convención del Mar de 1982 ya que de una parte, España al firmar esa convención hizo una reserva explícita en lo referente a Gibraltar y de otra parte, la propia convención establece en su artículo 15 que lo acordado en cuanto a aguas territoriales no es de aplicación cuando se trate de territorios sobre los que estén planteadas reclamaciones históricas.

Volviendo al Tratado de Utrech, se dice “la dicha propiedad se cede a la Gran Bretaña sin jurisdicción alguna territorial y sin comunicación alguna abierta con el país circunvecino por parte de tierra.”. No hay que ser un experto en derecho internacional para entender claramente que basta la voluntad de una de las partes para que la frontera –la verja– sea cerrada nuevamente, dejando como cosa del pasado aquella estupidez de Felipe González de abrir la frontera a cambio de nada. Yo propugnaría que se cerrara de nuevo, para que –entre otras cosas– quienes se han enriquecido con las actividades ilegales de la colonia y viven en Sotogrande (Cádiz) y cercanías vean interrumpida su confortable vida de delincuentes impunes, pero en general para acabar con el contrabando y con la actitud inadmisible de quienes se aferran a la soberanía británica en el peñón porque les supone un magnífico negocio, pero prefieren vivir en zonas cercanas de España y traspasar cada día la frontera. Por supuesto que la Unión Europea se opondría al cierre, pero podemos respetar a la unión tanto como ella nos respeta a nosotros, ¿no?

Se dice “Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender o enajenar, de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla”. Se entiende por lo tanto que en el momento que el Reino Unido decida desprenderse de la colonia, traspasando su soberanía a quienquiera que sea –incluidos sus propios habitantes– España tiene la oportunidad legal e incuestionable de ejercer lo que ese punto establece, es decir, el puro derecho de tanteo. Me parece que lo de “cualquier modo” no deja lugar a la duda y no vale aquello del respeto a la voluntad de los actuales habitantes, como no valió cuando se trató de la devolución de Hong Kong o Macao a China.

Cierto es que España no es China y por lo tanto el respeto que el Reino Unido nos muestra está bastante lejos del que le tiene a aquel país –más que respeto, miedo–, pero quizás es aquí donde la Unión Europea debería actuar, aunque me temo que en esta funesta unión se apresurarán a dar la razón en el contencioso a quien forma parte del núcleo de los más influyentes, no nos hagamos ilusiones, olvidando que sigue en pie la clasificación que la ONU hizo de aquel territorio como “pendiente de descolonizar”.


*Inicialmente, el enlace que incluyo al texto en inglés y español del art. X del Tratado de Utrech dirigía a una página de un nacido y residente en el Peñón, que estaba aparentemente convencido de que esos textos respaldaban las pretensiones de gibraltareños y británicos. Se ve que alguien le ha avisado de que no era eso lo aconsejable, que estaba metiendo la pata, y ha retirado ese contenido, por eso he tenido que redirigir a otro sitio web.

01 septiembre 2013

A por los ateos

No revelo nada si recuerdo que durante siglos los herejes –y no digamos los ateos– fueron perseguidos por la iglesia y por el poder civil con el que esa iglesia siempre mantuvo estrechas complicidades. La heterodoxia nunca fue bien vista, y la perseguidora profesional de cualquier desvío de la ortodoxia, la iglesia, era diligente –con quien no fuese seguidor puntilloso de lo que a ella se le antojaba– para enviarlo a la hoguera, al hacha del verdugo o a la horca, por no citar siquiera ese simpático castigo que es la excomunión. Corrían tiempos que habrían entusiasmado a nuestro entrañable Rouco, que ahora tiene que conformarse con maldecir a los díscolos y sacarles el dinero mediante las pintorescas leyes fiscales españolas.

Todos hemos leído libros o visto películas en las que se perseguía y terminaba ejecutando a quienes osaban mantener posturas discordantes con lo que la iglesia ordenaba y tenemos desde Giordano Bruno a Miguel Servet como ejemplos bien conocidos, por no hablar de Galileo Galilei al que se limitaron a hacerle la vida imposible. Todos ellos simples discrepantes, porque a nadie se le pasaba por la cabeza declararse ateo, ya que la pena a aplicar sería algo difícil de imaginar. En España, podría pasársele por alto a Enrique VIII de Inglaterra su afición a casarse con una mujer tras otra y en ocasiones practicar con ellas lo que ahora mal-llamamos violencia de género, pero lo que de verdad no se le perdona es que se apartara de la iglesia de Roma.

No hay que remontarse a tiempos tan lejanos, pues en nuestro amado país se asociaba de siempre la disidencia religiosa a la política y por eso los librepensadores o herejes fueron perseguidos hasta hace bien poco y no fue hasta 1967, durante el franquismo y ante la presión internacional, que se promulgó una ley de libertad religiosa que permitía nada menos que... profesar una fe diferente de la católica, ¡menudo lujo!

No cabe culpar en exclusiva a la iglesia de su intransigencia ante el ateísmo, pues durante siglos la propia sociedad ha sido intolerante con quienes no profesaban la fe oficial de la "católica España", que así era y es conocido nuestro país. Eso significaba que usted debía bautizarse, aunque sus padres no fueran fervientes partidarios de la iglesia oficial, tenía que hacer la primera comunión, casarse por la iglesia católica le gustase o no, etc. Usted podía declararse practicante de magia negra o pegar a su mujer sin grandísimos peligros, pero eso del ateísmo era considerado al mismo nivel que el terrorismo, de ahí que muchos para disimular y que se les perdonase, se declaraban agnósticos aunque fuesen más ateos que el mismísimo Stalin.

Hace unos días estaba en una reunión de amigos donde surgió el tema, y una de las presentes salió con ese curioso argumento de que «alguien ha tenido que hacer todo lo que existe», cuestión que ya se sabe que es solventada por estos argumentadores mediante el ingenioso procedimiento de atribuir la autoría a dios, es decir, a alguien a quien no ha hecho nadie, lo que evidentemente contradice su primer postulado. Qué le vamos a hacer, es lo que les han enseñado.

Leí en el periódico que en cierta ciudad de Florida, en los EE.UU., se ha erigido un monumento al ateísmo que es el primero en aquel país y que curiosamente ha contado con la oposición de muchos de los ateos de aquellas tierras, pues por su propia esencia los ateos son poco dados a manifestaciones o alardes públicos, que no les son necesarios. En este caso ha sido sólo el hartazgo frente a los integristas religiosos locales lo que les ha empujado a levantar el monolito, para compensar irónicamente la abundancia de monumentos religiosos, el último de los cuales ha sido uno a los Diez Mandamientos (los de las tablas de la ley, no la película).

Esta misma actitud nos libra de que se celebre el Día del Orgullo Ateo, pues tanta o más persecución que los homosexuales han sufrido aquellos, aunque su diferente planteamiento y escaso exhibicionismo impide el éxito de manifestaciones públicas y hasta es nula la tendencia al asociacionismo.

Durante la II República Española, Azaña dijo con más optimismo que realismo «España ha dejado de ser católica». Esto hoy es en cierta forma una verdad irrefutable, pero no sirve de mucho, pues el catolicismo en España es más costumbrismo que fe, así que pase lo que pase, lo que aquí no pasará es que desaparezcan las procesiones, romerías o cualquier manifestación pretendidamente religiosa, y el que asiste a todo eso se considera a sí mismo creyente modélico. Eso sí, con las iglesias vacías, sin vocaciones religiosas y sin pararse a pensar ni un minuto sobre qué es eso que se dice profesar, de ahí que sólo un 9,7% se declare ateo.

Me encanta lo que declara aquella sociedad que ha levantado el monumento al ateísmo: «Un ateo cree que se debería construir un hospital en lugar de una iglesia». Y usted que lo vea y yo también, aunque yo lo modificaría ampliando “un hospital… o una biblioteca”, porque exactamente eso –pero al revés– sucedió hace pocos años junto a mi domicilio. Un solar en el que ya estaba aprobado construir un centro cultural y biblioteca fue repentina y sorpresivamente regalado por el alcalde a la iglesia católica, que levantó allí un nuevo templo. Adiós biblioteca, cambiamos conocimiento por superstición.

20 agosto 2013

El ruido como adicción

Días pasados ha aparecido en la prensa la noticia de que en Madrid, un sujeto al que le molestaba el ruido que hacía un niño jugando al balón a las 8 de la tarde le ha disparado con una carabina, produciéndole una herida que casi le alcanza la aorta y por lo tanto poniendo en serio peligro su vida.

Hasta aquí los hechos, y antes de continuar y para que no se me malinterprete, aclaro que me parece un acto propio de un desequilibrado y que nunca estaría justificado ese proceder. Si nos ponemos a disparar cada vez que algo nos parece injusto o nos desagrada no se podría andar por la calle, pues todos andaríamos disparándonos unos a otros (y yo me gastaría una fortuna en munición).

En los comentarios que siguen a la noticia en los medios digitales el debate ha sido intenso, aunque casi todos se extrañaban de que alguien protestara por el ruido a las 8 de la tarde, pues existe la creencia generalizada de que hasta la medianoche se puede hacer tanto ruido como apetezca. Curiosamente la gran mayoría eludía el fondo de la noticia: el ruido que en este desgraciado país nos rodea permanentemente, sin que ninguno de los organismos que podrían atenuar esa agresión intervenga para hacer algo de manera efectiva, ni el ciudadano tome conciencia de que así no se puede vivir. Parece que nuestras autoridades están orgullosas de que junto con Japón estemos a la cabeza del planeta en cuanto a ruido ambiental, no es casualidad que en España haya más monumentos al tambor que dedicados a ningún científico o inventor. Por si fuera poco, desde hace unos años contamos con más de un millón de primos hispanoamericanos habitando entre nosotros, buena parte de los cuales considera que la vida sin reguetón a todo volumen no merece la pena ser vivida.

Aquí todo el mundo se cree con derecho a producir ruido cada vez que le venga bien y a gritar se encuentre donde se encuentre, porque en cada conversación lo importante no es hablar y escuchar, sino imponer nuestra voz por encima de todos los que nos rodean.

Se me ocurren mil ejemplos de la falta de respeto hispánica hacia los demás: ¿nunca le han despertado cuando dormía en un hotel –en España, claro– las voces de otros huéspedes que volvían a su habitación a las 2 ó 3 de la mañana comportándose como si fuera mediodía? Si duerme en casa con la ventana abierta, ¿no le ha sucedido que había quienes pasaban por la calle a altas horas hablando a gritos? Esto es sólo un par de los muchísimos casos que se dan a diario; pues para qué hablar de las terrazas de los bares, los vecinos “de arriba”, vendedores en furgonetas con megafonía, las motos sin silenciador, equipos de música de los coches, fiestas populares... Si usted se atreve a pedir a alguno de estos ruidosos que reduzca el volumen puede esperar una reacción violenta o cuando menos la recomendación de que si no le gusta el ruido se vaya a vivir al campo. Eso es lo que hay.

Viví hace pocos años un episodio que considero ilustrativo de esa insensibilidad de los españoles hacia el ruido. Unos vecinos se habían marchado de puente y dejado a su perro solo en el piso, colocándole un cuenco con agua, un saco de comida (esto lo supe después) y la terraza abierta para que el chucho pudiera salir a tomar el aire. El animalito no agradeció estos lujosos detalles y se pasó el puente ladrando y aullando por la casa y la terraza. Harto ya, llamé a la policía municipal a la una y media de la mañana y acudió una pareja de agentes (uno era mujer con signos evidentes de intoxicación etílica) a los que conté el problema y  pudieron escuchar en directo el recital del perro. Llamaron repetidamente a la puerta del piso sin éxito –les quedó claro que el perro no sabía abrir– y finalmente volvieron a mí para recomendarme que llamara yo a la Sociedad Protectora de Animales. Quedé perplejo y les dije que al avisarlos a ellos yo creía haber llamado a la sociedad protectora de personas. Por supuesto que no captaron mi ironía, así que me miraron con cara de sospecha y se fueron sin hacer nada (ella dando tumbos), supongo que para que yo –que no el vecino– escarmentara y no volviera a molestarles. Vaya desde aquí mi homenaje a la policía municipal de Madrid por su sorprendente capacidad de trabajo, su altruismo, su educados modales y su esfuerzo: menos, imposible; lo de To Serve and Protect no va con ellos.



"La cantidad de ruido que puede soportarse sin que moleste es inversamente proporcional a la capacidad mental".  Schopenhauer
 

11 agosto 2013

Español para españoles (24)

Sigo insistiendo entrada tras entrada con éstas dedicadas a comentar los vicios de lenguaje de nuestros paisanos y naturalmente no sirve de nada, pues son pocos los que me leen y menos aún los que prestan atención a lo que digo en esta serie dedicada a la lengua española, algo que no me puede extrañar, pues como ya decía hace tiempo aquí mismo, lo que con muchísima mayor maestría escribía el académico Lázaro Carreter valió para vender millares y millares de libros, pero no mudó mínimamente el habla de la calle ni despertó el interés por aprender la lengua que se habla.

Me esfuerzo por explicar a amigos y familiares que no soy un talibán del idioma ni pretendo haber conseguido el conocimiento total o dominio de sus reglas, pero me parece que no supone un esfuerzo disparatado dedicar unos minutos de vez en cuando a aprender lo que todavía no sé y a tratar de animar a otros a hacer lo propio.

Hoy quiero referirme a la manera equivocada de decir algunas palabras de uso frecuente que por alguna razón muchos se empeñan en confundir. Por ejemplo, no consigo entender por qué una mayoría insiste en decir arramplar cuando quieren expresar arramblar, mucho más lógico además en la versión correcta, porque no hace falta pararse mucho tiempo a pensar para deducir que ese verbo deriva del sustantivo rambla. Como el error está muy extendido, no está de más recordar que el María Moliner da como segunda acepción –que es a la que todos pretenden referirse– «Llevarse de un sitio todo lo que hay de cierta cosa o llevarse algo con abuso o codicia: ‘Arrambló con todo el pan que teníamos. Arrambló con mis mejores libros’». Así que olvide eso de "arramplar" que, de verdad, no existe, aunque he leído que la Real Academia en uno más de sus pintorescos disparates de los últimos tiempos, planea incluirlo en la próxima edición del diccionario, permitiendo que nuestra lengua se construya a base de los errores de los más iletrados. Me temo que a este paso dentro de no mucho legitimarán escribir "haber" en vez de "a ver" como tan frecuentemente se puede ver escrito en la red.

Comprensible es que se diga con frecuencia destornillarse (de risa), porque muchos piensan que al reír se aflojan unos imaginarios tornillos, sin pensar que la palabra correcta –desternillarse– hace alusión a las ternillas o cartílagos que figuradamente se ven afectados cuando nos reímos con intensidad.

Hay palabras que por su ortografía parecida parecen predisponer a un uso erróneo, y así muchos dicen infectado cuando lo que corresponde es infestado, y sucede que en muchas ocasiones hasta en la prensa se dicen disparates del tipo "estamos infectados de corruptos", lo que en realidad parece afirmar que alguna bacteria tiene parte en todos esos chanchullos con los que muchos políticos tienen a bien obsequiarnos. No es complicado recordar cuándo decir uno u otro: con infectado los bichitos que nos invaden son pequeños, con infestado todo lo contrario (tamaño Bárcenas).

El otro día vi en un comentario de la prensa digital, repleto de faltas, que alguien sugería "enjuagar las pérdidas". Casi no me lo podía creer, pues ahí sí que creo que casi todo el mundo sabe que, en todo caso, las pérdidas se enjugan si se puede y pasarlas por agua no alivia el problema.

Por último, otras dos palabras a las que muchos gustan de confundir en el uso, por supuesto que también periodistas que no parecen haber pasado ni por el parvulario: infligir e infringir no tienen nada que ver aunque muchos se empeñen en darles un uso casi de sinónimos, cuando sus respectivos significados son fáciles de recordar: se inflige un castigo y se infringe una ley. Así de fácil.
   
Seguro que muchos de los que leen esto –puesto que leen– no cometen ninguno de los errores que he criticado, pero reconózcanlo, todos conocemos a muchos que sueltan eso de "arramplar".

01 agosto 2013

Un país en venta

Según parece, son nada menos que 58 millones la cifra de turistas extranjeros que nos visitarán este año. Aparentemente esa es una buena noticia para todos, pero si analizamos ligeramente lo que ese aluvión de visitantes trae consigo, veremos que no es ni mucho menos oro todo lo que reluce, aunque plantear siquiera esta cuestión despierte instintos asesinos en los hosteleros. Tristemente España ha desistido de estar entre los países punteros en investigación e industria y poco a poco vamos quedando reducidos a un lugar al que decenas de millones vienen a tomar el sol y a emborracharse; un país de camareros.

Damos por conveniente todo lo que suponga ingresos para el país, un bien deseable por su repercusión en cascada a distintos niveles, aportación al PIB, puestos de trabajo, consumo de productos nacionales, etc., pero ¿cuáles son los aspectos negativos de esta invasión? Casi todo el mundo lo sabe, aunque no suele detenerse a pensar en ello.

Lo que menos se contempla es la pérdida de soberanía y protección del patrimonio de todos, quienes residen en Mallorca o en Canarias ya saben que quienes mandan allí son sobre todo los alemanes y en más de una ocasión la prensa alemana ha alardeado de que Mallorca es territorio nacional alemán y eso es algo más que una exageración o una broma. Al fin nada que sorprenda, puesto que buena parte del litoral mediterráneo español es propiedad de extranjeros.

Sabemos que muchos promotores inmobiliarios no sienten escrúpulos en construir en la misma orilla del mar, pero los civilizados alemanes o ingleses no hacen ascos a esas prácticas, ¿imaginan que ellos se van a inquietar por el deterioro de nuestras costas o nuestras ciudades? En buena lógica ni se les pasa por la cabeza y en todo caso dirán que si nosotros no nos preocupamos, por qué van a hacerlo ellos. Y por si hay dudas, ahí está este gobierno dispuesto a permitir construir hasta la arena del mar con su nueva ley de costas.

¿No les espanta ese turismo masificado de jóvenes que vienen con el exclusivo propósito de permanecer borrachos todo el tiempo de su estancia?, ¿no han visto los reportajes ‒que abundan en televisión‒ sobre el comportamiento de esta gentuza en lugares como Lloret, Salou, Benidorm y otras muchas localidades? Vienen con todo pagado en sus países de origen, en líneas aéreas charter de sus países y por tanto no dejan beneficio alguno... salvo a los hoteleros que los alojan, hoteles que suelen ser de propiedad extranjera y sólo algunas migajas quedan en los bares de alrededor de los hoteles. No hay que ser muy estrictos para considerar todo eso pura rufianería, hacen aquí lo que no se les permitiría hacer en sus países de origen, ultraje y escarnio de nuestros lugares, turismo de borrachera y vómito, propiciado por unos cuantos elementos sin escrúpulos atendiendo a su exclusivo beneficio. 

Por si había poco, ahora aparece toda esa terrible historia de Eurovegas, la promesa de un depravado delincuente americano hecha a un gobierno no menos depravado. Si llegara a tener éxito, malo, porque Madrid se habrá convertido en la capital europea del juego, con todo el mundo de delincuencia y crimen que arrastra detrás. Si falla, malo también, porque se habrá perdido el tiempo, el dinero y por descontado la dignidad. Ahí está el chulesco e iletrado presidente de la comunidad madrileña ofreciendo dejar fumar en esa pesadilla y lo que sea menester, cargándose las leyes que se precisen, ya se sabe que cuando los de ese partido ventean unos euros no hay quien los pare y ya hay amiguetes suyos enriqueciéndose con la compra-venta de los terrenos en los que supuestamente se va a levantar el complejo.

En fin, hemos vendido España de una manera que es impensable que los países europeos permitieran respecto de su propio territorio y, mientras, los pobres españoles asistimos encantados al aumento del número de turistas año tras año como si de verdad eso nos reportara algún beneficio. Somos cada día más la escoria de Europa, lo que con Batista fue Cuba para los EE.UU.

23 julio 2013

Bicicletas

Que nadie se alarme, no voy a ponerme a escribir sobre el origen histórico de la bicicleta o sobre las muy numerosas ediciones del tour de Francia a lo largo de los años, para eso está la Wikipedia. Sucede que tengo un amigo de la adolescencia, cada vez más cercano a la categoría de ex-amigo, con el que hace un par de días discutí acerca de este asunto de las bicicletas. Él a su vez había charlado recientemente sobre lo mismo con su hijo –un yuppie exitoso– y los dos habían llegado al acuerdo de que, más o menos, deberían prohibir las bicicletas siquiera en las grandes ciudades y concretamente en Madrid, donde ambos residen. Según parece, a su hijo le crispaba la presencia de las bicicletas en la calzada cuando iba al volante de su BMW X5, ¿se imaginan, no?

Pasaba por mi cabeza mientras hablaba con él la imagen de tanto automovilista arremetiendo con saña contra los que van sobre ese débil y limpio medio de transporte e imaginaba que si aquella actitud es la que adoptan quienes sin duda poseen una educación bastante completa y teóricamente controlan sus bajos instintos, qué cabe esperar del patán ensoberbecido a bordo de su cochecito, camión o cualquier chisme a motor. ¿Cuántos de los ciclistas atropellados por vehículos a motor lo han sido por descuido consciente, por un arrebato de ira del que iba al volante?

Los argumentos que esgrimía este amigo iban desde las fechorías que –para él, todos– los ciclistas cometen continuamente, al supuesto absurdo de un código de la circulación que permite que rueden en pie de igualdad con otros vehículos de mayor porte. No le importaba mucho que yo argumentara que permitir y fomentar el uso de la bicicleta descargaba el tráfico de vehículos a motor, un poco hoy, más el día de mañana (si es que a los ciclistas se les permite llegar con vida).

Lo cierto es que yo monto con frecuencia en bicicleta –sólo como ejercicio y casi en exclusiva por carriles bici– y me asombra la alegría de la mayoría de los ciclistas pasando con los semáforos en rojo para ellos, circulando por las aceras a velocidades que suponen un peligro para los peatones, etc., pero como le decía a mi futuro ex-amigo, el problema es de falta de educación y respeto hacia los demás en cualquiera que sea el rol que se desempeñe, y esto es válido lamentablemente para buena parte de los españoles en particular y humanos en general. Hay muchos, demasiados, que son unos animales cuando andan, cuando montan en bicicleta, cuando van en moto, en coche y hasta cuando se sientan en un banco público y el resultado es esa falta de seguridad que atenta contra los más débiles, pero que es un gran peligro para todos.

Hasta como peatón es abundante y evidente la falta de respeto a los demás. Cada día que monto en bicicleta me toca lidiar con los que utilizan el carril bici sin corresponderles y ponen en serio peligro a quienes inocentemente imaginamos que el carril bici es para quienes van montados en bicicleta. Tropiezo constantemente con padres que dejan a sus hijos pequeños corretear por el carril, o dueños de perros sueltos o con esa correa extensible que, no hace falta que lo diga, son trampas para el ciclista (el perro y la correa), jubilados paseando a su nieto en el cochecito, señoras mayores en grupo, y toda la fauna que puedan imaginar. Las justificaciones de todos ellos para usar el carril son a veces pintorescas: que caminando por él se ensucian menos los zapatos, que hay más sombra, que el firme es mejor, que no molestan a nadie, que también ellos pagan impuestos...

Otros ni se molestan en justificarse y entre los desagradables episodios que me ha tocado vivir, está el de un padre de un niño de unos tres años, un machote treinta años más joven que yo, que sin más me amenazó con partirme la cara porque según él "cuando yo vea un niño en el carril bici, debo bajarme del vehículo para llevarlo de la mano" hasta que no haya menores. ¡Qué difícil es convivir con tanto cafre que sólo reconoce un derecho: el suyo!

15 julio 2013

Cinismo y cobardía. Caso Snowden

Es duro aceptarlo para quienes desde siempre nos hemos empeñado en que hay malos y buenos ‒con matices, claro‒ y que por lo tanto no había que descartar la posibilidad de que puestos de alta responsabilidad fueran ocupados por personas "decentes"; debo ser el último que ha llegado a la conclusión que me resistía a aceptar de toda la vida, sencillamente porque la realidad suele ser desagradable y apetece mantener ciertas ensoñaciones.

Referente a los gobiernos de los EE.UU. y sus presidentes ‒de todos nosotros también‒ está claro que los hay de dos tipos: los malos y los mucho peores. Para no remontarnos en la historia, diría que el actual, Barack H. Obama, es de los malos y George W. Bush de los otros. Pero no nos hagamos ilusiones, todos son unos villanos porque si no, no habrían superado el filtro que impide llegar a presidente a alguien con mínimo sentido de la honradez, suponiendo que haya alguien honrado en este planeta, que ya es suponer.

Obama se encuentra casi al mismo nivel de incumplimiento de su programa electoral que nuestro propio y extraviado presidente. Sus grandes promesas, la extensión de la seguridad social y el cierre de la ilegítima prisión de Guantánamo ‒por ejemplo‒ están todavía esperando su hora. Claro que no es lo mismo prometer que el mundo real, pero que se hubiera informado antes, aunque seguro que ya sabía con lo que se iba a encontrar cuando inventó aquello de "yes, we can". No era un novato en política.

Me producía acidez de estómago conocer de su política en asuntos diarios, pero ha dado el do de pecho en el caso Snowden, repitiendo en peor el comportamiento observado acerca de WikiLeaks con la persecución implacable de Julian Assange mediante país interpuesto -Suecia- y el encarcelamiento me temo que por vida del pobre soldado Bradley Manning que suministró buena parte de la información que escandalizó a medio planeta. El procedimiento seguido para que el mundo olvide el tema ha sido silenciar los medios de comunicación que colaboraban con WikiLeaks, cerrar sus páginas en Internet, presionar y cegar los canales a través de los que recibían donaciones (PayPal, Visa, etc.) y procurar que toda visión se reduzca a Assange, acusándolo ‒seguramente en falso‒ de aquello que en EE.UU. recibe más repudio: las relaciones sexuales con menores. Pero no nos dejemos engañar, WikiLeaks es más que el prisionero Assange, los colaboradores se cuentan por miles y la información que difunden debería bastar para encarcelar a numerosos políticos de bastantes países.

Con Snowden han conseguido que todo parezca una comedia bufa y se han quitado la minúscula máscara tras la que EE.UU. se escondía. Lo más triste para mí es la sumisión y cobardía de los gobiernos europeos ‒¡pobre Europa!‒, a los que sólo ha faltado derribar en vuelo el avión en el que se desplazaba Evo Morales, para matar dos pájaros de un tiro: ese presidente y el presunto pasajero Snowden, todo ello para complacer al imperio, al que parece que desagrada la posibilidad de que este último cuente todo lo que sabe.

El actual gobierno español, apresurándose en ser el más cobarde y sumiso a Obama, ha llegado a dificultar el paso por nuestro espacio aéreo de ese avión, al coste del enfrentamiento con toda América del Sur y al precio que pagaremos por ello. El miserable e ignorante ministro García Margallo alega ‒como si eso fuera excusa‒ que tenía información de que Snowden ‒al que TVE califica de espía (?)‒ iba en el avión, como si eso justificara cualquier fechoría y lo que sólo pone al descubierto, en el mejor de los casos, es que sus informadores no estaban en el aeropuerto de Moscú, sino tumbados en una playa de Marbella. Vaya eficiencia...

Nadie sabe cómo conseguirá salir Snowden del aeropuerto, pues todos los países europeos están vigilantes para prohibir su paso por los cielos, así que mucho me temo que tendrá que quedarse allí de por vida, porque EE.UU. no perdona ni olvida, de ahí tanta identificación con quien representa la sublimación del rencor y la venganza, Israel. Al contrario que los ciudadanos, que pronto iremos retirando de nuestra mente el caso Snowden, traicionando a quien al menos durante un rato se creyó aquello de que "con la verdad por delante se llega a todas partes". Qué burla y qué indecencia...

10 julio 2013

Homocoloreados

Mi intención en esta entrada es referirme a una minoría que por su "ruido", importancia y extensión atrae la atención de toda la sociedad, pero pueden estar seguros de que lo hago con cierto temor, pues si uno no acepta sin rechistar lo que aparenta despertar adhesiones inquebrantables, es posible que se le echen encima todas las furias.

Para ser sincero, estoy harto de la omnipresencia de los homosexuales en los medios de comunicación y hasta en la vida de cualquiera, porque se han transformado, gracias a esa oleada de buenismo que inunda la sociedad española, en un asunto que casi no se descuelga de las portadas de la prensa de cada día. Sucede a veces ‒y en mi opinión ésta es una de ellas‒ que una minoría pierde todo sentido de la prudencia y con la excusa de reivindicar su derecho a existir y ser respetada, se despoja de todo respeto hacia los demás y casi se diría que pretende que los demás los contemplemos como modelo a seguir o nos integremos en el grupo.

Durante toda mi infancia, adolescencia y más allá, la homosexualidad era un tema casi tabú que entre las personas civilizadas era contemplado con cierta tolerancia y para otros sectores de la sociedad motivo de burlas, insultos y agresiones, pues durante muchísimo tiempo quienes no poseían una sexualidad ortodoxa eran perseguidos hasta por los regímenes políticos escasamente democráticos y ‒¡cómo no!‒ por la iglesia católica. La Organización Mundial de la Salud consideraba, basada en ciertas razones, que esas orientaciones sexuales eran la manifestación de una dolencia. En 1990 esa misma OMS, basada en otras oscuras razones decidió que la homosexualidad ya no era una enfermedad. Misterios de la ciencia. El caso es que para mí y para otros muchos ese cambio no significó gran cosa, pues nunca había pasado por nuestra mente lapidar o condenar a nadie.

Desde entonces, han conseguido derechos inimaginables hace tan solo diez o quince años, incluyendo el matrimonio -con ese incongruente nombre- y la adopción de niños, algo a lo que muchos de los países de origen de esos niños se niegan por razones que no hace falta explicar. Es más, han logrado lo que a los judíos ‒¡nada menos!‒ les costó décadas conseguir, pues ya se sabe que dudar de los términos y cifras oficiales del holocausto,  está hasta penado por las leyes de varios países. Actualmente, si usted se atreve a manifestar públicamente alguna crítica sobre los homosexuales, le arrojan inmediatamente a la cabeza el calificativo de homófobo, tan pretendidamente terrible y descalificador como podía ser el de bruja entre los pioneros colonizadores de América del Norte. Hay que preguntarse si la libertad de expresión es real o vale solamente en tanto no aluda a colectivos hipersensibles y con poder para limitarla.

Algo tan aceptado socialmente como el desfile del Día del Orgullo Gay, repudiado por bastantes homosexuales por su mal gusto y la imagen equívoca que transmite, consigue en las ciudades en que se celebra el apoyo de las autoridades y hasta, por citar el caso de Madrid, una subvención de 100.000 euros, una cifra muy superior a la que se dedica ‒por ejemplo‒ al préstamo de camas hospitalarias a enfermos crónicos o terminales que precisen de ellas.

Curiosamente, la palabra gay ha sido adoptada en España sólo por los de "origen" masculino, al contrario que en su país de origen EE.UU., donde es aplicable a ambas "procedencias", lo que aquí llamamos gays y lesbianas. En realidad la palabra ha sido arrebatada de su significado original ‒alegre‒ para su uso exclusivo actual. Por eso sería impensable filmar ahora una película de nombre "The Gay Divorcee" (La alegre divorciada) porque su título sería malinterpretado, al igual que se malinterpretaría lo que en West Side Story canta la protagonista: "I feel pretty and witty and gay..."  y para evitar eso se ha cambiado la letra y en vez de gay ahora se dice bright, aunque me temo que en la película no hay quien lo cambie. Qué más da, sigamos con el ruido...

30 junio 2013

Turismo de consumo

Mucho han cambiado las cosas. Cuando yo era pequeño apenas se utilizaba la palabra turismo, puesto que en el mejor de los casos se le llamaba veraneo y consistía –como su nombre indica– en el desplazamiento estival a uno de los dos destinos tradicionales: playa o montaña. Por descontado que dentro del territorio nacional, y afortunado aquel que podía permitírselo. Eso sí, estos afortunados que veraneaban solían extender las vacaciones a lo que durasen las escolares y el cabeza de familia acudía cuando le era posible –si el destino era cercano a su residencia– o seleccionaba un periodo para abandonar sus obligaciones y el resto del tiempo su esposa e hijos se las apañaban como podían. No eran muchas las personas que viajaban al extranjero y producían asombro los muy escasos arrojados que lo habían llevado a cabo, fundamentalmente porque la escasez económica era algo generalizado en el país y para ayudar, la dictadura no concedía con facilidad los permisos necesarios para salir al extranjero. Los mismos que ahora nos gobiernan y ponen el grito en el cielo si algún cubano no puede salir de su país, son los entusiastas herederos del dictador que no nos dejaba movernos.

No hace tantos años, los españoles se dividían entre los que habían ido a París y los que no. Algo más tarde, esa ciudad fue sustituida por otras más lejanas, pero el afán por viajar era ya tan fuerte que ese nuevo destino nunca produjo esa sensación de arrojo y valentía del viaje a París y ya comenzaban los más valientes y pudientes a desplazarse hasta Roma, Londres y algún otro punto situado en la Europa más cercana aunque desde luego no en lo que el pasaporte denominaba “Rusia y países satélites”, si bien en alguno de esos países se entraba sin dificultad a pesar de todo y concretamente en la RDA se abstenían de sellar el pasaporte para evitarnos problemas al volver a la -una, grande, libre- madre patria.

Como decía, mucho han cambiado las cosas y ahora son bastantes los que se avergüenzan si tienen que confesar que no han estado nunca en Cancún, Egipto o Tailandia. Conozco incluso quien se ufana de haber estado en uno de esos hoteles de hielo que existen por Laponia y que desde luego no se me ocurriría pisar, por aquello de que bastante frío pasamos en nuestros propios inviernos y no me imagino ninguno de esos hoteles con un mínimo de confortabilidad, tengo que admitir que nunca he tenido espíritu tan aventurero.

El caso es que el gusanillo viajero se apoderó de todo el mundo y no pocos llegaban a pedir un crédito bancario para pagarse esas vacaciones precisas y poder levantar la cabeza ante amigos y vecinos. Se trataba de viajar, aunque fuera a un lugar que se era incapaz de localizar en el mapa y del que la mayoría no se molestaba en documentarse lo mínimo previamente. Lo fundamental era enseñar fotos a la vuelta con las que se documentara que uno había estado en lugares exóticos.

No es el placer puro de conocer lo diferente, sino que se trata de coleccionar destinos como se coleccionan sellos o cromos, sin profundizar mínimamente en el conocimiento del destino elegido, y a la vuelta tachar en el mapamundi el lugar del que se acaba de regresar, comenzando de inmediato a buscar otro para fijarlo como próxima meta.

Los últimos años hice varios viajes con amigos, algo que en principio resulta más ameno y que permite aprovechar más oportunidades con menos gasto, como puede ser alquilar un coche. Recuerdo una película de hace bastantes años, que se llamaba algo así como “Si hoy es martes, esto es Bélgica”, en la que se hacía burla de esos viajes programados y apresurados en los que el turista apenas se entera de en qué país o ciudad se encuentra. Hace un par de años con unos amigos viví una experiencia parecida en un viaje a Irlanda en el que, contra mi voluntad, había que recorrer toda la isla en autobús y no perdernos ni una sola de las ciudades o sitios de importancia, a costa de grandes madrugones y carreras. El resultado es que en mi memoria soy incapaz de identificar una u otra y el sabor que me quedó del viaje es una confusión de lugares, amenizado por largos desplazamientos en autobús en compañía de quienes desconocían el significado de las palabras cortesía o educación, por decirlo delicadamente. Nunca mais.

21 junio 2013

Obesos irredentos

No hay día en que no salga en la prensa o en la televisión alguien que dice padecer eso que llaman obesidad mórbida e incluso muchos reclaman ser intervenidos quirúrgicamente en la sanidad pública para remediar el problema. Me molesté hace tiempo en mirar en dos o tres sitios lo que eso significa y, para no andarnos con rodeos, esa obesidad obedece en un porcentaje muy elevado –casi total– al voluntario consumo excesivo de calorías y al sedentarismo, no hay que pensar que una extraña bacteria o virus nos invade y nos está transformando en gordos. Lo que nos hace aumentar de volumen, de manera supuestamente indeseada, es el consumo de alimentos ricos en calorías, tal y como la llamada fast food o junk food –comida rápida o comida basura, vamos– y la ingestión excesiva de dulces, bollos, patatas fritas, etc. Todos ellos de producción industrial, y sin que en ningún momento preocupen sus ingredientes.

Parece que da igual que se insista machaconamente desde los medios en que hay que evitar estos hábitos, porque son muchas las personas que hacen oídos sordos a estos llamamientos y muchas más las que para evitar conflictos con sus hijos pequeños se los suministran o hacen la vista gorda cuando se atiborran de estas porquerías. El resultado son enfermedades crónicas de diversos tipos (diabetes, cardiopatías, problemas óseos y muchos otros) que más temprano que tarde condenan a las personas a una vida doliente y a un acortamiento de su esperanza vital.

El recurso habitual de quienes caen en esta obesidad es culpar a vaya-usted-a-saber-qué factores adversos y muy difícilmente a su propia glotonería y descontrol. Tengo mi propia opinión sobre estos casos; el otro día iba en el metro observando morbosamente a una gorda que ocupaba dos asientos y preguntándome que alegaría para justificar semejante estado. La respuesta me la dio ella misma en pocos minutos, pues abrió su bolso y engulló una tras otra dos tabletas de chocolatinas. Le habría dado una bofetada allí mismo, por suicidarse en público (y por comer en el metro).

Leo hoy en la prensa que para el año 2030 el 86% de la población de EE.UU. padecerá obesidad (no se sienta a salvo, vamos inmediatamente detrás) algo que no extraña al que haya viajado a aquel país y observado el paisanaje. No puedo evitar recordar que cuando yo era niño, antes de que los españoles pasáramos a ser nuevos ricos –y ahora también nuevos pobres– los gordos eran ejemplares muy-muy escasos. Nadie en absoluto padecía ni pretendía padecer eso de obesidad mórbida. Claro que entonces no había tantas tentaciones en las tiendas de alimentación, los padres no nos daban todo lo que pedíamos, ni nuestras fortunas permitían que cualquier niño o adolescente pudiera comprar tanto veneno como quisiera.
  
Un dato a añadir: esa fama de bonachones que tienen los obesos es completamente injustificada. He comprobado personalmente –y he leído muchas veces– exactamente lo contrario, lo que por descontado no respalda ninguna conclusión, simplemente aquella fama no se corresponde con la realidad. Admitamos en todo caso que a la hora de valorar la maldad o bondad de las personas, poco importa su IMC.

Hay en EE.UU. un asunto polémico que todavía no se ha resuelto: se trata de si los obesos que precisan de dos asientos en los aviones porque no caben en uno, deben abonar esos dos asientos o pagar como todos, con lo que serán los demás quienes financien su sobrepeso, porque la compañía aérea no va a asumir el gasto, puedo asegurarlo. ¿Usted qué opina?

10 junio 2013

Un mundo de impunidad

Probablemente es algo que ocurre en las mejores familias, pero estoy convencido que en ningún país occidental se da el fenómeno con la misma intensidad que en España. El resumen podría enunciarse como aquí quien delinque no recibe su castigo y si lo recibe no sirve de escarmiento ni al delincuente ni a la ciudadanía, porque lo que todos piensan no es que el delito recibe castigo, sino que en este caso el que delinquió ha tenido mala suerte. De acuerdo que es un enunciado un poco largo, pero no veo manera de resumirlo.

Lo bueno que tiene es que resulta aplicable a cualquier ámbito. El que habitualmente no respeta la señalización de tráfico y un día recibe una sanción, no piensa que debe cambiar su comportamiento y respetar las señales, sino que el día en que lo pescaron tuvo mala suerte.

El político corrupto no cambia su comportamiento porque acaba de descubrirse que su vecino de escaño está implicado en una apropiación ilícita de millones de euros, sino que se limita a pensar que ése otro ha tenido mala suerte. Para remate, sabe que cuando le juzguen la cosa quedará en nada.

El que roba en el metro sabe que aunque le detengan cuando metía la mano en un bolsillo ajeno, será porque ese día ha tenido mala suerte y tiene la certeza de que, como no ha robado en una sola vez una cantidad que alcance los 400 euros, saldrá libre de inmediato, porque se trata sólo de una falta, no de un hurto y mucho menos de un robo. Por si alguien no lo recuerda, 400 euros es la cantidad que los parados que han agotado su prestación normal se afanan en conseguir para poder vivir durante un mes. 

Si usted es controlador aéreo o algún otro tipo de trabajador privilegiado, sabe que aunque pare un país y cause daños de valor incalculable, no le sucederá nada, porque la justicia demorará el proceso hasta que nadie se acuerde –sólo algunos afectados– y todo pueda resolverse sin más consecuencia para usted y sus colegas. Todos, unos caballeros sin tacha.

En realidad no andan descaminados quienes piensan cuando son atrapados que es un caso de mala suerte, porque aquí el delito no se persigue salvo casos muy contados y todo esto en un país donde la legislación es minuciosa y terriblemente punitiva, los legisladores pueden estar meses debatiendo un artículo de una ley que en la práctica nunca será aplicada, salvo que la autoridad competente le coloque a usted en su punto de mira.

Recuerdo todavía el debate en el ayuntamiento de Madrid en 2007 sobre las sanciones a imponer (ahora hasta 1.500 euros) a quien no recogiera los excrementos que su perro depositara en la vía pública. Aquello costó a los contribuyentes una fortuna, considerando el tiempo gastado por sus concejales en el debate y supongo que por las dietas y gastos que cobraron durante aquel tiempo. A título de muestra, ¿saben cuántas denuncias se pusieron en Madrid durante todo el año 2009 por ese motivo?: ninguna. ¿Saben cuántas en total desde 2007?: ocho. Aplicando el conveniente razonamiento –sofisma lo llaman– la conclusión es que en Madrid los perros no defecan o los propietarios están en perfecta sintonía con la ley, y eso que usted y yo nos encontramos continuamente al caminar no son más que espejismos.

Franco, que es lo más español que ha producido España en toda su historia –más que don Quijote o el propio Cid Campeador– sabía que ése era el procedimiento, y por lo mismo sus leyes eran terriblemente restrictivas, pero sólo se aplicarían cuando al régimen le conviniera. Creo recordar que de ninguna manera podían reunirse más de tres personas sin un permiso previo del Ministerio de la Gobernación. Pero bueno, puede decirme, ¿no había antes reuniones y guateques a miles a los que acudían bastantes y no pasaba nada? Por supuesto, pero si usted era persona no grata para el régimen, podían de repente tirar abajo la puerta de su casa sin más requisito legal ni problema de ninguna clase. No teorizo, conocí un caso.

¿Cuántas personas saben en Madrid que, de acuerdo con las ordenanzas municipales, si dejan su coche aparcado en la vía pública más de 48 horas en el mismo lugar, puede llevárselo la grúa? Tome nota y procure que ningún municipal le coja ojeriza. Esos guindillas pueden ser terribles.

31 mayo 2013

Español para españoles (23)

En realidad el título de debería ser algo así como “lamentos por una letra”, pero que ya haya publicado otras veintidós entradas con este nombre me inclina a mantener cierta continuidad. Y al fin, tampoco es que el título importe mucho…

Estaba atendiendo el otro día una clase de inglés que daban por la televisión, y el profesor (norteamericano) que lleva en España más de 35 años, se lamentó de la progresiva desaparición de la “x”, lo que me dejó reflexionando sobre el asunto. No es vicio de pronunciación que tenga lugar en alguna región como Andalucía donde el habla es –digamos– más relajada, sino una extinción que hasta donde yo conozco tiene lugar en la totalidad del país.

Sé que doy pie a esa broma de que hice la mili con lanza y quizás sea merecida, pero lo cierto es que he asistido a la desaparición hasta en el último rincón de España de las pronunciaciones diferenciadas de la b y la v (“be” alta y “ve” baja que decía mi abuela), la ll y la y incluso en el mismísimo Valladolid (no hay que olvidar que hasta 2010 la ll era una letra) y desde hace unos años, poco a poco, la x ha pasado a ser una letra fantasma. No podemos pretender desde ahora que el idioma español es fonético, puesto que poco a poco nos acercamos al caso del inglés, en el que cualquier palabra debe ser deletreada para saber cómo se escribe y hay numerosos concursos escolares de ortografía en los países angloparlantes porque, la verdad, la gente no sabe muy bien cómo se escriben las cosas, aunque aquí vamos camino: hace dos día vi escrito en un periódico digital Ha demas por Además.

En España, y gracias a la incultura generalizada y ensoberbecida, ya se puede decir que hablamos con faltas de ortografía, por increíble que pueda parecer. Se quejaba ese profesor de inglés que citaba al principio de que la gente ahora decía Estremadura (por Extremadura), estraño (por extraño), estenso (por extenso), escusa (por excusa) y así todo. He visto que es cierto hasta en la prensa, y muchas noticias y no digamos los comentarios que les siguen en las ediciones digitales, escriben también de esa manera y, sorprendentemente para que no falte de nada, abundan quienes –por ejemplo– escriben exclavo (por esclavo) o extratosfera (por estratosfera). Todo esto es natural porque quienes no tienen hábito de leer no tienen más referencia al escribir que la manera en que ellos y su entorno dicen las palabras. Es un arrollador triunfo del analfabetismo sobre el conocimiento que antes era común en cualquiera que hubiera estudiado bachillerato. 

¿A qué se debe la extinción de la x? Pues aparentemente a lo mismo que las no diferenciaciones fonéticas a las que también me refería: cada día estamos aparentemente más extenuados, con menos interés por realizar el mínimo esfuerzo en lo cotidiano, parece ser que se ahorra gran cantidad de energía si decimos estremo en vez de extremo.

Por mi parte, y una vez que he sido consciente de este error, intentaré pronunciar adecuadamente la x –aunque eso suponga la burla de muchos– para evitar que esa letra quede reservada en exclusiva a su uso como incógnita en las ecuaciones.

22 mayo 2013

Frank Sinatra, La Voz única

Es frecuente oír dichos como sobre gustos no hay nada escrito o lo de para gustos se hicieron los colores tratando de justificar ciertas preferencias con el supuesto apoyo de estas sentencias que, como tantas otras del mismo estilo, son con frecuencia totalmente falsas. Menos mal que, como ocurre también con frecuencia, a esos dichos se contraponen otros como pudiera ser lo de hay gustos que merecen palos, violenta frase que desmiente las anteriores.

Sin embargo, creo que en esta ocasión sí es de aplicación aquello o al menos yo estoy dispuesto a sostener que lo es: hablo de mi admiración, casi devoción, por el cantante y actor Frank Sinatra, del que días pasados en la prensa se conmemoraba el 15º aniversario de su fallecimiento y se hacía referencia al largo reportaje –casi un pequeño libro– escrito por el famoso periodista Gay Talese hace ya casi cincuenta años para la revista Esquire y que, según cuentan, se utiliza hoy en día como texto en las escuelas de periodismo.

El caso es que fue mi madre –realmente se trataba de un cantante de su época y no de la mía– quien me contagió la sinatritis y no sólo supe mantenerla, sino que la incrementé hasta superar la afición que ella sentía por el cantante. Me ha proporcionado algunos de los mejores momentos de mi vida y mi admiración es tal que tengo más de sesenta discos suyos que escucho con bastante frecuencia. Durante muchos años fui comprando todos los que iba encontrando, los buscaba en todos los países a los que iba y sólo repudié por espantosos esos dos Duets I y II que son un alarde de comercialidad y mal gusto; eso significa que se vendieron como pan caliente. Realizados con desgana, quizás porque el cantante ya era bastante mayor, veía que su tiempo había pasado y no parecía importarle corromper un historial musical casi sin tacha. Probablemente por eso fueron grabados con su voz en una primera instancia y más tarde el cantante que debía hacer el dúo pasaba por el estudio a hacer su parte, sin compartir espacio con Sinatra, que posiblemente ni conociera de oídas a algunos de ellos. Desde luego, no debía saber que a Julio Iglesias algunos periodistas lo llamaban el Sinatra latino, porque el disgusto podría haberle matado. Aparte, yo me pregunto si es que el genuino Sinatra no les parecía bastante latino, teniendo en cuenta que era hijo y descendiente de italianos al cien por cien.

Curiosamente, las canciones suyas más populares en España son de lo peorcito que grabó: My Way y Strangers In The Night, las dos muy alejadas del estilo en el que realmente destacó, que coincide fundamentalmente con el periodo en que grabó para el sello Capitol el mejor swing vocal de la historia y cuando ganó merecidamente el apodo de La Voz con el que se le conoció y conoce. Lo acompañaron las mejores orquestas de la época, empezando por Harry James o Tommy Dorsey, pasando por Alex Stordahl, Don Costa, su habitual Nelson Riddle, y hasta los jazzísticos Duke Ellington y Count Basie. Fue el primer cantante que contó con multitudes de fans teens, como setenta años después los tienen quienes muchas veces son simples productos de marketing, mesas de mezclas y auto-tune.

Por descontado, en esta época de usar y tirar se me descalificará por mi afición con el argumento de que Frank Sinatra es antiguo: ¿antiguo? No ha habido ni hay ningún otro que le supere, que haya hecho tanto por la canción incluso fue el primero que estudió cómo aprovechar la ventaja que le brindaba la moderna amplificación del sonido, creando una nueva manera de acompasar la respiración a lo que cantaba, una técnica que él fue perfeccionando tras observar cómo se las arreglaba el trombonista Tommy Dorsey con su instrumento. Bobby Darin fue un seguidor bastante bueno e incluso pensaba ser su sucesor porque era bastante más joven pero, ironías de la vida, murió en la mesa del quirófano 30 años antes que Sinatra. Hasta hoy en día son numerosos sus seguidores –no necesariamente imitadores– como Harry Connick Jr., Michael Bublé, Matt Dusk, Jamie Cullum, Peter Cincotti y muchos más, y su repertorio se sigue interpretando en todas partes intentando mantenerse en su estela.

Nadie canta ni cantó como él, es eso lo que le coloca a un nivel inalcanzable para los demás, pero es bueno recordar su trabajo como actor, que le trajo gloria y fama, no sólo por su trabajo en películas musicales, sino también por sus papeles dramáticos que le permitieron hacerse con un Oscar (ganó también otro, semihonorífico). Sin embargo, si en España se pregunta a alguien por él, si es que le conoce, se limitará a recordar su poco recomendable vida de negocios y su supuesta cercanía a la mafia. ¡Ah!, y My Way.

En fin, sé que muchos quedarán pensando que he debido perder la cabeza con tanta alabanza a quien no las merece, sobre todo existiendo actualmente artistas de la talla de Nicki Minaj o Justin Bieber. 

Pero oiga, es que yo estoy hablando de música. Ya lo decía al principio: sobre gustos no hay nada escrito, pero es cierto que hay gustos que merecen palos.

12 mayo 2013

Marca España S.L.

Hace años, siguiendo lo que de pequeño me habían inculcado, sentía escalofríos de emoción cuando sonaba el himno nacional o veía izar la bandera española, no digamos si me encontraba en el extranjero cuando esto sucedía. Mi abuela materna tocaba espléndidamente el piano y se negaba a tocar el himno español porque consideraba una frivolidad hacerlo sin un motivo justificado (la marcha real, decía ella). Para bien o para mal, hoy esos signos de una supuesta identidad me emocionan tanto como escuchar y presenciar el himno de Taiwan y el flamear de su bandera. Prácticamente nada. Lo achaco a que he madurado y a que no soy norteamericano ni catalán.

Si hay algo con lo que podría identificarme y de lo que me siento moderadamente orgulloso, pese al deterioro que muchos se empeñan en causarle cada día, es la lengua española –o castellano si prefieren llamarlo así–, por eso me esfuerzo en señalar tanto atropello a nuestro idioma como cabe presenciar cada día en los medios de comunicación, gracias a la extensión combinada del analfabetismo funcional y la soberbia ignorante. En esto del lenguaje todos ignoramos cosas y todos tenemos cosas por aprender, el problema es que abundan quienes se conforman con que se les entienda, rebajando el idioma a una herramienta casi simiesca. 

Sin embargo, me causa asombro presenciar cada día cómo la idea de España, ya bastante deteriorada por la erosión de tanto político sinvergüenza y tanto nacionalismo destructivo, queda reducida a algo tan prosaico como una marca, una palabra que siempre he asociado a efectos mercantiles y de consumo. Resulta que ahora España no es más que una marca que debemos exportar y todo lo demás ya no vale nada. Imagino lo difícil que debe resultar para los oficiales del ejército arengar a la tropa diciéndoles que deben defender una marca; me temo que como le dé un arrebato, el tal Mohamed VI llega hasta Logroño al primer empujón.

Gracias a estos patriotas que nos gobiernan, nuestro país no es más de lo que pueda ser Danone, Volkswagen o Coca-Cola, se trata de publicitarla como tal y de considerarla como si de un producto se tratara. Yo, usted y cualquiera, que vivimos bajo el amparo –bueno o malo– que nos proporciona o debiera proporcionarnos sentirnos ciudadanos, resulta que, como partes integrantes de una marca, no podemos tener sino la consideración de producto, algo contra lo que me rebelo y que desde luego no acepto.

Tanto tiempo esta derechona presumiendo de poseer la exclusiva de los sentimientos patrios, explotando hasta el aburrimiento glorias pasadas, resulta que ahora son los patrocinadores de la mercantilización del sentimiento de pertenencia a un espacio, a una cultura y una historia. Bueno, tampoco es una sorpresa, sí podría serlo la naturalidad y mansedumbre con que todo el mundo ha aceptado que somos una marca.

Actualmente, cuando el príncipe o el rey viajan al extranjero lo hace promocionando la marca España,  cuando el señor Botín –qué bien le viene ese apellido– viaja al exterior para intervenir en algún foro lo que está haciendo es promocionar la marca España y, por supuesto, lo mismo sucede con el poco carismático pendejo que preside el gobierno de la nación. Claro está que también cuando en el exterior tienen conocimiento de los altos niveles de corrupción que han alcanzado nuestros políticos, lo que sufre es la marca España.

Pues qué bochorno ser una marca y qué vergüenza de la imagen de esa marca.

01 mayo 2013

Estos son mis poderes

Estamos los españoles habituados a desayunar insultando desde ese momento a los políticos que dirigen nuestras vidas, y apenas dedicamos tiempo a los que de verdad son los primeros responsables de todo lo malo que nos sucede. Hablo de los banqueros, esa casta de individuos que son los que dictan lo que hay que hacer a los políticos que los demás nos molestamos en elegir, vaya usted a saber para qué.

En España disponemos del modelo que podríamos llamar banquero-banquero, al que jamás se le ocurriría desempeñar un cargo político, porque sabe que puede mandar muchísimo más desde el lugar que ocupa, en la cumbre de “su” banco, ése que funciona –como todos– con el dinero de sus depositantes. Es prototipo de este perfil el presidente del Banco de Santander, déspota, sin escrúpulos, con un rictus de permanente desprecio hacia los demás, capaz de exigir recortes salariales y de servicios públicos mientras él y los suyos aumentan día a día sus recursos conseguidos mediante lo que sea, en primera línea de lo cual se encuentra el fraude fiscal en el país del que es ciudadano y al que supuestamente ama, como el gran patriota que pretende ser.

Tenemos el modelo mixto, tipo Rodrigo Rato, que utiliza su habilidad para saltar de la política a la banca y viceversa y que procura sacar buen provecho económico allá donde se encuentre. Estuvo como ministro de economía en el gobierno del PP consiguiendo la inmerecida fama de gurú económico –¿qué hizo para ganarla?–, cuando posteriormente ha quedado patente que es un auténtico patán que no sabe ni por dónde empezar cuando tiene tarea por delante. Estuvo como presidente del FMI de donde salió por piernas alegando motivos familiares. Se ha publicado que estaban tan hartos de su incompetencia que ya no sabían qué hacer para que se marchara y desapareciera de allí. Le sustituyó otra joya, el rijoso Strauss Kahn y más tarde la ya imputada Christine Lagarde, pero ése es otro tema. En Caja Madrid, donde lo colocó el PP, hizo lo imposible para servir a sus amos y le quedó el tiempo justo para apartarse momentos antes de que todo se derrumbara (colapsara que dirían los estultos) tras su intervención. Otra muesca en su revólver.

En la misma categoría, pero en plan chusco, tenemos al ya demodé Mario Conde, cuyo mayor mérito ha sido hundir al Banesto y hacerse amigo de nuestro campechano rey, tal para cual. No parece tener ya mucho futuro aunque se empeñe en sacar cabeza en política y consiguiera 16.000 votos de otros tantos imbéciles en las últimas elecciones gallegas.

Está por último el modelo mangante con dedicación exclusiva, como el nefasto Miguel Angel Fernández Ordóñez –un neocon disfrazado de progre– o el verdugo de Caja Madrid Miguel Blesa, que han conseguido que lleguemos a la conclusión de que si ellos pueden dirigir entidades bancarias, está claro que lo puede hacer cualquiera (que tenga buen estómago y los apoyos y las amistades requeridas, por supuesto). Su mayor preocupación profesional al ser contratados es acordar una elevada indemnización a recibir el día en que, por la razón que sea, abandonen el banco.

El presidente del Banco de Santander, cuyo apellido Botín ya anticipa cuáles son sus objetivos, nos ha dado una lección de hasta dónde se puede actuar incluso a cara descubierta. Primero, consiguió –vaya usted a saber cómo– que cuando Zapatero estaba todavía de presidente, indultara a su amigo y colegui Alfredo Sáenz, pero resulta que no hace mucho el Tribunal Supremo, en uno de sus raros arrebatos justicieros, anuló parte de ese indulto, concretamente la que le permitiría ser alto directivo de banca pese a tener antecedentes penales. La reacción de Botín fue inmediata: primero dijo que no tenía intención de hacer caso al TS y que por lo tanto su colegui seguiría en el puesto. Después se puso en contacto con sus amigos del gobierno para que rápidamente se aprobara una ley con efecto retroactivo, hecha a la medida del delincuente indultado, para que éste pudiera continuar como vicepresidente y consejero-delegado como hasta ahora, ¿está claro? El que manda, manda.

Poco antes de publicarse esta entrada, leo en la prensa que Alfredo Sáenz dimite y por lo tanto sale del Banco Santander –llevándose un regalo de 88,1 millones de euros– porque es un hombre digno, de los que se van antes de que los detengan. Estos son los que exigen moderación salarial para los mortales a los que ellos roban y desprecian. Qué invento tan desaprovechado, la guillotina...