24 marzo 2014

Suárez

Ha muerto Suárez y de repente parece que no hay español que no lo amara profundamente, tanto aquellos que siempre estuvieron con él como los que le traicionaron uno tras otro. Me produce escalofríos esa cola de quienes esperaban para rendirle honores en el Congreso, me recuerda a tantos que hicieron lo mismo en el Palacio de Oriente a la muerte del dictador, puro fetichismo mezclado con necrofilia.

Para ser sincero, tengo la sensación de que a pesar de ser quizás el presidente que más hizo por España, todos supimos ponernos en contra de él al tiempo que reconocíamos sus indudables méritos. La derecha lo aborrecía, la izquierda lo detestaba y los suyos le dieron la espalda. Incuestionablemente a su favor: que no se sabe que mandara dinero a Suiza ni pasó a ocupar un puesto de consejero en las empresas de energía o bancos tras dejar el gobierno, como hicieron sus sucesores.

Los mismos periódicos que estos días llenan sus portadas de alabanzas al fallecido, cuando él gobernaba lo cubrían de desprecio y descalificaciones. No acabo de entender cómo lo que entonces eran acciones de gobierno malignas y disparatadas hoy son ejemplo de equilibrio, templanza y buen gobernar. Da la sensación de que en España hay que morirse para tener la posibilidad de ser valorado en positivo, esto no es nuevo.

Si me pidieran que dijera rápidamente lo que me viene a la cabeza al oír su nombre, citaría en primer lugar que se me grabó en la mente un chiste gráfico, no consigo recordar quién era el autor pero estoy seguro de que era un humorista muy popular, quizás en la revista de humor Muchas Gracias. Fue tras su nombramiento por el rey para presidente del gobierno y se veía un par de hombres, quizás con algún signo de pertenecer a lo que entonces se llamaba bunker (los ultrafranquistas) y uno le decía al otro “¿no es fantástico?, y también se llama Adolfo…”. Era difícil olvidar que había ocupado la Secretaría General del Movimiento, lo que quedaba de Falange, y que había jurado fidelidad a los principios del Movimiento Nacional, igual que más tarde lo haría el rey casi en los mismos términos.

Lo segundo que recuerdo es una aparición en televisión la noche antes de la jornada de reflexión de las elecciones generales y aunque no consigo recordar sus palabras exactas, sí me acuerdo de que más o menos venía a decir que si ganaban los socialistas el aborto iba a hacer su aparición masiva en España. Me pareció una jugada sucia impropia de quien parecía desear la evolución del país sin crear trincheras que poco ayudarían. No me gustó nada.

En tercer lugar, imposible olvidar su valor al legalizar al partido comunista aquel sábado santo que, inevitablemente, por una u otra razón se quedó en el recuerdo de muchos, y sea cual sea el sentimiento que despierte debería admitirse que aquello supuso la posibilidad de que todo el mundo se sintiera incluido en aquel proyecto de futuro que defendía. Una decisión sorprendente y valiente, porque aunque este hombre seguía inevitablemente el guión que desde fuera le imponían, llego a creerse su papel –como el general della Rovere– y trató de hacerlo a su manera, con la independencia que pudo permitirse.

Por último, otra imagen que quedó grabada en la memoria de todos, viejos y jóvenes, porque además es repetida con frecuencia en la televisión, fue aquel gesto de valor que dejó a todos asombrados cuando en mitad del tiroteo de los hombres de Tejero en el Congreso, permaneció tranquilo en su asiento como si aquello no fuera con él. Yo era amigo de alguien que entonces estaba de diputado y me confesaba que tenía la cara pegada al suelo y que no se hundía más porque no podía. Acompañó a Suárez en el gesto Santiago Carrillo, que más tarde contaba que aquella actitud la mantuvo porque estaba seguro de que lo iban a matar hiciera lo que hiciera.

Entre medias de todo esto, unos años en los que la evolución política nos mantuvo expectantes, no había tanto tiempo para el fútbol, los guasap y todas las pamplinas que ahora ocupan el cerebro de los ciudadanos que parecen no saber que las libertades tienen que ser defendidas constantemente y que nada ha sido conquistado de manera definitiva. A la vista está.

19 marzo 2014

El libro sagrado

Hace tiempo que dediqué varias entradas de este blog (ver a la derecha en «etiquetas»: Creencias) a ese curioso texto llamado Biblia y por lo tanto si esto lo leyera alguien que ya conociera lo anterior tendría quizás motivos para decirme que soy un pesado.

Jaredíes
Hay muchísimas posibilidades de que yo sea efectivamente un pesado, pero hay que admitir que no lo soy, ni de lejos, tanto como quienes elaboraron ese libro y quienes lo enarbolan desde entonces casi siempre para agredir o abroncar, incluso para dar muerte, pues en su nombre se han cometido más crímenes que por ninguna otra idea en toda la historia de la humanidad.

El integrismo puede ser a veces pintoresco, como es el caso de los jaredíes –ultraortodoxos judíos–, esos patriotas israelíes sublevados porque el estado pretende que hagan el servicio militar como todos los demás, quitándoles tiempo para el estudio del librito, que los judíos llaman Tora. La verdad es que no les envidio, cierto que se libran de sus deberes cívicos y tienen resuelta su vida en el aspecto económico, pero el precio a pagar por esas ventajas es un trastorno mental del que no se vuelve. La prueba está en esos sombreros y esos ricitos y, más aún, esos implantes de barba que llevan a cabo los barbilampiños porque creen que sin ese atributo capilar no pueden ser buenos rabinos ni aparentar sabiduría.

Como ya dije en una entrada de no hace mucho tiempo, he tenido que operarme de un menisco y el médico que lo ha hecho es sin duda un tipo agradable. Otra cosa es su competencia, pues me operé a principios de diciembre, he tenido que repetir operación hace unos días y a estas alturas continúo con problemas, dolores y cojera.

Pero eso sí, no está muy claro que el médico sea de lo mejorcito, pero sin duda es un erudito en otras materias. En el transcurso de las curas del post-operatorio, me enteré de que era judío y que hablaba seis idiomas, algo poco frecuente, pero menos frecuente todavía si tres de esos idiomas son el arameo, el hebreo y el árabe.

No tengo muy claro si este tipo es judío practicante o se ha pasado al catolicismo, no me atrevo a preguntarle y sus manifestaciones me hacen pensar a veces que es de una religión y a veces de la otra. El caso es que como a mí me pasa de todo, me interrogó acerca de mis conocimientos bíblicos porque casualmente cuando él estudió arameo en Israel, su tesis versó sobre el sacrificio de Abraham en la persona de su hijo Isaac. Tuve suerte porque eso sí que me lo sabía y únicamente mostré una laguna al ignorar que ese sacrificio no consumado tuvo lugar en las cercanías de lo que más tarde sería Jerusalén y su tesis establecía un paralelismo entre ese sacrificio y el que (?) más tarde hizo dios padre en la persona de su hijo Jesucristo. Todo muy formativo y yo diría que para morirse de espanto.

De espanto porque me parece difícil de creer que un hombre de ciencia que ha viajado por muchos lugares, que habla tantas lenguas, que ha vivido en otros países, etc. pierda el tiempo estudiando arameo –ahora en cada visita me suelta frases en arameo, no es broma– y me pregunta por otros fragmentos de las Escrituras de los que no tengo ni idea y mucho menos porque la pregunta la hace citando el libro, capítulo y versículo.

Hacía muy bien la iglesia católica cuando amenazaba de muerte a quien se atreviera a leer la Biblia, porque una mente sana puede quedar bloqueada ante tal exhibición de maldad y despotismo y una mente medianamente enferma puede acabar abrazando cualquier extravío.

No se trata de exagerar ni de amedrentar, simplemente comience a leer la Biblia y si no muere de aburrimiento y horror tras leerse algunos de sus libros, dedique un rato a reflexionar sobre eso que ha leído y como se dice ahora, hágaselo ver. 

07 marzo 2014

Made in China

Me acuerdo de que cuando era un niño se pusieron de moda unos relojes de sobremesa muy peculiares y que nunca he vuelto a ver. Se compraban en Gibraltar o Canarias y eran de metal dorado, en vez de péndulo tenían cuatro bolas unidas en cruz que giraban horizontalmente suspendidas de lo que parecía una hebra metálica y todo el conjunto estaba encerrado en una urna de cristal que encajaba sobre la base metálica. Fue el primer artilugio procedente de Japón al que eché el ojo y entonces pensé que era curioso que unos seres tan primitivos pudieran fabricar un chisme tan sofisticado y delicado. No hace falta que diga quiénes y cómo resultaron ser los japoneses de los que tan poco sabíamos, salvo que atacaban tan ciegamente como los indios del lejano oeste en aquellas películas sobre la segunda guerra mundial. Fue toda una sorpresa descubrir lo tecnológicos que eran.

Supongo que algo parecido ha debido pasarme con los chinos, aunque en este caso no recuerdo ningún artefacto ingenioso y también mi conocimiento de esa gente iba poco más allá que lo visto en las películas aquellas de Fu-Manchú y compañía, con sus largas coletas, sus curiosos gorritos y sus pequeñas hachas escondidas en las anchas mangas, aquellas películas caracterizadas por su abundancia de trampas, según se decía.

En este caso ha sido una invasión sin estridencias, nada de pateras o dramáticas carreras en la frontera ni violencia de ninguna clase. De manera casi fantasmal y trayendo consigo todo tipo de quincallería la mayoría de las veces inútil o de duración efímera, estos inmigrantes han llegado poco a poco y sin que sepamos mucho sobre las facilidades que encuentran, aunque se dice que no piden créditos a los bancos porque se ayudan entre ellos, que –teóricamente– no mueren porque cuando uno se va de este mundo otro recoge su pasaporte y legaliza con ello su situación, que casi están exentos del pago de impuestos durante un largo periodo y que cuando ese plazo toca a su fin traspasan el negocio a otro chino en una práctica rotativa que les permite burlar las leyes fiscales. Total, para nosotros es casi tan difícil distinguir un chino de otro como distinguir una gallina de otra, no es fantasía sino una realidad biológica.

Han encontrado en nuestro país el entorno adecuado, pues –por ejemplo– sus tiendas de alimentación venden bebidas alcohólicas sin el imprescindible permiso, pero no importa porque las autoridades municipales no les molestan con esos requerimientos y hasta permiten el asentamiento de un camello a 10 metros de su tienda de alimentación, que surte de mercancía a los jóvenes que acuden a comprar allí sus bebidas para hacer botellón en otra parte o en su cercanía. Sin duda existe una admirable amistad entre municipales y chinos.

El caso es que –ya lo dije otra vez– en 200 metros a la redonda de mi casa hay tres bazares, dos tiendas de alimentación, un bar, una cafetería y un restaurante chino (como su mismo nombre indica). En el caso del bar y la cafetería se trata de negocios que eran españoles, pero que debieron recibir buenas ofertas como para traspasarlos a los orientales. Como es natural, se ven chinos constantemente por la calle, sus coches invaden los espacios para aparcar sin mucho miramiento y tienen alquilados varios garajes en donde almacenan sus existencias y no sus vehículos. Están programados para hacer caso omiso de nuestras leyes y normas y por eso es normal que se desmarquen de los pagos de las comunidades de vecinos y de los acuerdos locales.

Lo que nos viene de China ya sabemos qué es: artículos de baja calidad en general fabricados a precios de risa y vendidos aquí a precios de sonrisa. Pero no nos engañemos, esta gente va subiendo escalones en su industrialización y no se limitan a fabricar trastos, sino que también son quienes manufacturan buena parte de los coches que se venden por el mundo, los teléfonos inteligentes, las tabletas, los eReaders (mal llamados ebooks) y hasta poseen la exclusiva mundial de muchas de esas patentes, como son todas las pantallas de esos lectores de ebooks, porque es un invento de ellos. Fabrican sus aviones, satélites y poseen una industria pesada de alta tecnología y muy competitiva. Incluso he leído que se disponen a fabricar su propio avión tipo jumbo para competir con Boeing y Airbus.

Estamos en un mundo globalizado, eso no es ninguna novedad, pero lo que pocos perciben es que a los europeos nos quedan pocos años de vida como tales, pues seremos engullidos, fagocitados, por la invasión de estos orientales por un lado y por africanos casi incontenibles e incontenidos –gracias a los buenistas– de otro lado, así que es una auténtica suerte no vivir dentro de 50 años porque las cosas se van a poner realmente feas.

28 febrero 2014

Los deportes como espectáculos

Aprovechando aquello de que ahora mi blog tiene como objetivo exclusivo desahogar lo que me viene a la cabeza, me voy a permitir algunas libertades que en condiciones normales podrían haber despertado la ira de algunos, por atacar los principios en que se basa nuestra sociedad actual: el fútbol y otros espectáculos de semejante estilo.

España no es sólo el país en el que una mayoría vota al PP e incluso vuelve a votarlo haga lo que haga porque se trata de contener a las hordas rojas, sino que también es el país en el que una mayoría consagra su vida y sus devociones a los espectáculos deportivos, sin compartirlo con ninguna otra afición como en otros países europeos se comparte con actividades culturales que, es un hecho demostrado, no hacen daño e incluso mejoran la actitud de sus ciudadanos.

No hay mucha posibilidad de discutir acerca de la capacidad de convocatoria del fútbol, porque es un hecho incuestionablemente universal, pero que llegue a eclipsar totalmente a cualquier otra actividad creo que sólo sucede en España junto con ciertos países a los que todos consideramos subdesarrollados social y culturalmente. Hasta en Brasil están teniendo lugar rebeliones contra la excesiva atención y gasto en el fútbol. Mientras, aquí, los equipos de Barcelona y Real Madrid planean gastar cientos de millones en remozar sus estadios y nadie dice una palabra, ¿quiénes son más atrasados? Porque no lo dude, esos millones salen de los bolsillos de todos, aficionados y no aficionados.

Todavía recuerdo una ocasión durante los mundiales de fútbol de 1978 en que mi mujer y yo salimos una noche y tras cenar en un restaurante nos dirigimos al cine Fantasio –un cine de Madrid ya desaparecido– con la sana intención de disfrutar de la película que allí ponían. Llegamos con algo de anticipación sobre la hora de comienzo y al acercarnos a comprar las entradas nos quedamos de piedra cuando la taquillera nos advierte que debido a que se retransmitía un partido de fútbol la gerencia del cine había decidido suspender la sesión –no había nadie– y cerrar la sala. Ahí me di cuenta de que el fútbol no era algo indiferente para mí, puesto que no sólo me ensordecían sus fans, sino que se me impedía llevar una vida ajena a esa actividad, algo a lo que tengo pleno derecho. Se me ocurrió ir hasta una comisaría a presentar una denuncia –aquella suspensión era ilegal– pero finalmente lo dejé porque me exponía a que la propia policía me tomara el pelo o me considerara un agitador.

Iba a decir que respeto los gustos de los demás, pero mentiría, porque ¿cómo voy a respetar lo que ni siquiera puedo comprender salvo para juzgarlo propio de mentes de tercera? Respeto, eso sí, a quienes dedican parte de su tiempo a practicar cualquier deporte normal, pero la contemplación desde el sofá o desde una tribuna me parece una actitud similar a la de los aficionados a la pornografía: miran cómo otros hacen lo que ellos no pueden.

Casi me da igual de qué deporte se trate, cuesta trabajo admitir que nadie encuentre más divertido ver una carrera ciclista –el supremo tedio–, o de Fórmula1, o de motos, que leer una novela; me desconcierta ver a alguien atento al desarrollo de estas carreras cuando de repente ven pasar algo delante de sus ojos (no digamos si es en vivo) sin apenas unos segundos para contemplarlo y eso les merece el tiempo que dedican y malgastan.

Cómo puede ser que les entretenga más contemplar un partido de tenis o golf que escuchar buena música o montar en bicicleta, por más que no entiendan de música y les sea indiferente poseer una educación musical mínima o no les apetezca de ninguna manera hacer ejercicio, que los hay.

He jugado algo al tenis y al pádel y lo encontraba divertido –yo era bastante malo, por cierto–, pero ni loco se me ocurre quedarme durante horas sentado en el sofá frente al televisor mirando cómo otros se esfuerzan. ¿Cree que se aprende haciendo eso?: falso, se aprende practicando.   

19 febrero 2014

Periódicos digitales

El día que salió el número 1 de El País, creo que allá por el año 1976, me lancé sobre él ávido de saber lo que era un periódico libre e imparcial (conservo ese número 1). Lo compré puntualmente cada día durante más de 25 años e incluso fui durante unos años suscriptor, hasta que me cansé de que me lo robaran del buzón.

Ya hace tiempo que no lo compro y casi no lo leo, aquel periódico que me encandiló en su día por su calidad y al que le encontrábamos cierto tufillo entre izquierdoso y filosóficamente liberal desapareció hace años y ahora no es más que un penoso panfleto –como todos– y aquellos principios de hace tantos años se esfumaron incluso antes de que se hiciera con su propiedad uno de esos fondos de capital que van comprando y corrompiendo todo lo que encuentran.

Brujuleé pasando a comprar en su lugar Público y más tarde La Vanguardia (este último nunca me podría desilusionar, eso se lo reservo a los de mi cuerda), pero me di cuenta de que ningún diario me merecía confianza y que más me valía leer varias versiones digitales, y así lo hago en la actualidad, asegurándome dentro de lo posible de que la diversidad de fuentes me facilite una información equilibrada y casi fiable. Miro por tanto en Internet El País, El Mundo, Público, eldiario.es, Infolibre, La Vanguardia, El Periódico, El Correo de Andalucía y 20minutos y de vez en cuando The Guardian, The New York Times, Le Monde, O Globo o A Folha (de Rio y São Paulo estos dos últimos). Esto me lleva entre dos o tres horas, pero lo bueno de la jubilación es –entre otras cosas– que hay tiempo para estos menesteres (lo malo es que puede compararse con la luz de la reserva en el coche).

El problema es que, con bastante razón, cada periódico llega a la conclusión de que eso de ser leídos por la cara –by the face que dicen los modernos– no les reporta ingresos y que hay que obligar a los lectores a separarse de algo de su dinero y suscribirse al periódico y ahí llega el problema, porque aunque su postura es muy razonable, la manera que muchos tenemos de compaginar la lectura de varias fuentes hace que sea preciso pagar una cifra respetable –de 5 a 10€ mensuales cada uno, no menos de 50€ al mes– para mantener esa diversificación, aparte de que pagar me hace pensar que apoyo al periódico, lo que cuenta y cómo lo cuenta y nada más lejos de mi intención: todos me parecen malos. Además, lo peor de la jubilación es que los dispendios no convienen a una economía de guerra como la que nos obliga a mantener lo mezquino de las pensiones. 

No debo ser el único que se enfrenta a este problema y se me ocurre que la Asociación de la Prensa –o algún organismo de ese tipo– debería encontrar un medio de hacerse cargo del cobro de esas suscripciones y después repartirlas a los medios en función del número de lectores de cada uno. Ya lo sé, es casi utópico pretender que lleguen a un acuerdo que satisfaga a todos y es casi imposible impedir la manipulación en las cifras de lectores. Seguro que hay más pegas que esas que menciono, pero si no implantan algo de ese tipo, yo al menos me niego a comprarme un solo periódico y creerme lo que quiera contarme, porque todos manipulan y la única manera de compensar el sesgo de cada uno es leyendo varios.

En tanto inventan algo parecido, seguiré resignado a tropezar con noticias reservadas a suscriptores a las que no puedo acceder porque evidentemente yo no lo soy ni quiero serlo atándome a uno de manera exclusiva. En realidad es un motivo más para abandonar la costumbre de leer prensa en cualquier formato; cada día me interesan menos y cada día percibo con más fuerza que ninguno da noticias, lo que en realidad hacen es imponer noticias de la forma que les apetece para llevar el agua a su molino o también prestando atención a una noticia que ciertamente no lo es.

09 febrero 2014

Quiero ser sueco

En realidad esa declaración es falsa, no tengo el menor interés en ser sueco, como no lo tengo en ser español (me pensaría lo de ser francés), pero sí que me gustaría esa despreocupación que los suecos y vecinos que les rodean pueden permitirse al borrar de su mente que existe algo que podría llamarse frontera con los pobres del mundo y dan por sentado que del peligro que supone una invasión de africanos les libraremos los griegos, italianos y españoles, que para eso estamos, para cuidar de su trasero, mientras ellos nos califican de juerguistas y manirrotos.

Entre quienes por aquí nos preocupamos, para bien o para mal, de lo que a diario sucede –en las costas de Grecia, en las proximidades de Lampedusa o en las fronteras terrestres de Ceuta y Melilla y la costa sur de España– hay estos días una cierta agitación porque es imposible mantenerse indiferente a los acontecimientos recientes en las zonas que nos afectan más directamente. Esos asaltos multitudinarios a las verjas de Melilla o esos fallecidos al tratar de entrar en Ceuta por mar desde la orilla contigua de Marruecos.

Yo creía tener las cosas muy claras y mi postura era claramente la defensa por los medios precisos de esas fronteras, puesto que parto de dos premisas: acepto como bueno el dato que se maneja de que si Europa abriera sus fronteras y permitiera la entrada sin más requisitos, sólo la primera oleada de africanos alcanzaría los 80 millones de personas. Para qué molestarse en calcular la segunda oleada porque esa primera entrada acarrearía tales desequilibrios humanos y sociales en Europa que las convulsiones que se producirían son impredecibles y este continente dejaría de ser un lugar habitable.

La segunda premisa es que cada país tiene el derecho y el deber de proteger sus fronteras con los medios que sean necesarios para evitar que lleguen a producirse auténticas invasiones, porque nos guste o no nos guste, ese mundo ideal en el que la libre circulación a través de las fronteras sea libre y fluida no existe. Es más, trate de entrar –sin cumplir los requisitos que ellos exigen– en algún país de los que provienen esos africanos: Camerún, Senegal, Gambia, Mali, etc. y tendrá las más vívidas experiencias de cómo le ponen en su sitio sin tantas contemplaciones.

Todo esto estaba muy claro para mí, pero tenía que enfrentarme a los que yo calificaba de buenistas, esos que piensan que el mundo se arregla con caridad y compasión –de ahí tanta ONG– y estoy convencido de que no es ése el camino. El problema es que leo en la prensa artículos escritos por quienes no son únicamente buenas personas, sino que parece gente con suficiente cerebro como para ser conscientes de la que se desencadenaría si sus tesis fueran aceptadas y llevadas a la práctica. Algo se tambalean mis convicciones y no sé qué pensar cuando leo sus palabras que afirman incluso que «el uso de las palabras avalancha, invasión o asalto es un uso perverso del lenguaje» (Público, el 9 de febrero de 2014).

También es cierto que algo de valor pierde lo que esas personas dicen, porque a veces les pido una exposición de lo que harían si ellos fuesen presidente de gobierno o, más concretamente, ministro de Interior, y sus respuestas son inevitablemente patéticas; frases bienintencionadas y vaguedades del tipo «todos somos humanos», «ellos son mis hermanos», «el planeta es de todos», etc. que quedan muy bonitas a la hora de dibujar el mundo utópico que nos gustaría compartir, pero absolutamente alejadas de las disposiciones que habría que publicar en el BOE para ser adoptadas a partir de mañana. Nada que permita una puesta en práctica sin riesgos descomunales, por aquello de que los experimentos, ya se sabe, hay que hacerlos con gaseosa, pero si usted tiene una idea practicable no se prive y expóngala.

Lo que hace el actual ministro del Interior es reprobable por sus modos piadosos y marrulleros, pero al fin es lo mismo que haría cualquier ministro de cualquier partido, de cualquier país, por muy de izquierdas que fuera: no hay otra.

Mientras, los habitantes del centro y norte de Europa viven tan felices sabiendo que es aquí donde cuidamos de que nadie les invada, que ya nos las compondremos para que ellos no tengan que preocuparse y puedan ir concediendo con cuentagotas asilo político a perseguidos en Irán, Somalia, Perú o Mianmar, demostrando con ello una exquisita sensibilidad hacia los problemas de los demás; nada que se parezca a nuestra violencia y zafiedad. Y oiga, es que los problemas si son en fila india y sin empujar son menos problema.

Siento bochorno y trato de evitar –y no puedo– la paráfrasis de esa frase de la campaña de Clinton tan sobreexplotada: ¡es la realidad, estúpido!

01 febrero 2014

Los elibros y sus precios

Antes de nada, pedir disculpas por esa palabra «elibro» que ni siquiera está admitida por la RAE, pero es que me cuesta usar el nombre original inglés, por aquello que siempre sostengo de que si no es necesario, hay que evitar los barbarismos.

Hace tres años que compré mi primer lector electrónico, un Kindle, y tengo que reconocer que aunque me sigue gustando más el tacto, el olor, el aspecto, la individualidad de los libros de papel, el libro electrónico me ha ganado y actualmente casi no leo nada en papel. Incluso libros que me han regalado o me compré, los he buscado después en formato digital porque para mí la comodidad que supone el ebook no resiste la comparación, sobre todo para quienes, como yo, tenemos la costumbre de leer también en la cama.

Creo que ha sido a principios del pasado enero cuando Javier Marías publicó en El País Semanal su habitual colaboración tratando sobre la piratería de contenidos y concretamente sobre la que se realiza con libros. Yo, que procuro descargar libros de dominio público y sólo en ocasiones los de edición más reciente, me sentí abrumado por los reproches que hacía en su artículo a quienes practicaban estos simpa y decidí hacer penitencia y propósito de enmienda.

Comentando después con unos amigos todo este asunto, ellos, que me temo que son fervientes partidarios de la descarga sin más, dijeron algo que era una verdad irrefutable y que de nuevo deshizo mis buenos propósitos, al menos de manera parcial. La cuestión es que Javier Marías se quejaba en el artículo de que él invertía gran esfuerzo en escribir un libro y que después, si ese libro se vendía por –digamos– 20 euros a él sólo le suponía una retribución de 2 euros y si la venta era en formato digital y costaba 8 euros él sólo recibiría 0,80 euros, lo que resumiendo significa que sólo percibe un 10% del valor de compra y que con las descargas gratuitas hasta eso se le birlaba. Mis amigos sostenían que si él sólo recibía ese porcentaje, lo primero que debería hacer era rebelarse contra los que se apropian del 90% restante, porque eso sí que es un auténtico atropello, más todavía teniendo en cuenta que el formato digital –como se ha dicho tantas veces– apenas le supone gastos a la editora: ni papel, ni imprenta, ni almacenaje, ni stocks no vendidos, ni nada de nada; cuando alguien hace la compra de un producto digital sólo debe existir un sistema informático que despache el ejemplar y cobre el dinero correspondiente.

Mirándolo así, he decidido que como norma no compraré ningún libro, CD o película en formato digital por el que deba pagar más de 5€, prometo que lo revisaré en el futuro con el IPC (aunque hace dos días cometí el exceso de pagar por uno 8,54€). Lo demás llegará a mis manos mediante el bonito sistema de la descarga ilegal y allá se las compongan creadores e intermediarios. La cultura no es ni debe ser gratis, pero tampoco debe ser un medio para robarnos.

Por supuesto es tarea de esos intermediarios conseguir convencer al gobierno de que a su vez han de convencer a Bruselas de que la aplicación del IVA de estos productos no está en línea con lo que los ciudadanos están dispuestos a aceptar. Mucho me temo que en Bruselas hagan tanto caso de los deseos de los ciudadanos como nuestro propio gobierno, pero eso no va a ser nuestro problema. No estaría de más recordarle también a los listos de Bruselas que las multinacionales –o sea, casi todas las empresas dominantes– deben pagar sus impuestos en el país en que realizan la venta, lo contrario es simplemente competencia desleal y favoritismo con quienes como Luxemburgo, Gibraltar o Irlanda practican el filibusterismo en esto de los impuestos.

24 enero 2014

Uno de anarquistas

Hubo una época en que me interesé por todo eso del anarquismo, me leí algunos libros sobre el tema e incluso la biografía de algunos anarquistas que se hicieron famosos en nuestro país durante la guerra, pero es tanto lo escrito sobre la materia que sólo un estudioso de ella podría aventurar conclusiones. Creo que son pocas las personas en las que no despierten simpatías las historias acerca del anarquismo utópico, pero hay que darse un respiro, el anarquismo tiene ya muy poco de romántico y es historia pasada como lo es el socialismo utópico –he dicho utópico–, hasta los más optimistas entienden aquello como aplicable en pequeños ámbitos, nunca en una nación, eso de la mano alzada tiene poca viabilidad.

He conocido bastantes que se declaraban afectos a esa doctrina y la verdad, sintetizando la actitud práctica de todos ellos, podría decirse que contemplaban la cosa como que la obligación de todo anarquista  era  mantenerse en un puesto de trabajo y no dar un palo al agua y me parece que para eso no hace falta tanta doctrina. Incluso de mis tiempos de sindicalista recuerdo hace bastantes años una ocasión en la que estábamos asistiendo a reuniones con la dirección de mi empresa representantes de los principales sindicatos presentes en aquel entonces –CC.OO., UGT, USO y CNT–. Tuve la oportunidad de escuchar de labios del de este último la sorprendente teoría de que había que intentar hundir la empresa, sin más. Cuando le pregunté que dónde íbamos a trabajar entonces, soltó un resoplido y no dijo más. No pretendo que esa cerrilidad sea la común entre anarquistas, pero no era un caso aislado. Por descontado que habrá entre ellos personas cabales, pero desgraciadamente para ese ideal lo normal es que todos los botarates se escuden tras esa A inscrita en un círculo a la hora de identificarse «ideológicamente».

También influye en mi valoración que en los libros acerca de la guerra civil, tanto de escritores de derechas como de izquierda, se coincide en que fueron los anarquistas los que en buena parte tuvieron la culpa de la derrota de 1939, con ese afán por hacer primero la revolución y después aplicarse a ganar la guerra. Como si Franco fuera a sentarse a esperar.

No es ningún secreto que la guerra se perdió, pero no todos saben que una buena cantidad de aquellos fieros anarquistas terminó integrándose en la CNS, es decir, en los sindicatos franquistas. Ahí sí parece que decidieron posponer la revolución para mejor momento…

Hoy en día parece que resulta de lo más cool declararse anarquista y posiblemente (digo posiblemente, no tengo pruebas) de ellos será la responsabilidad de que el famoso 15M haya quedado en agua de borrajas –lo predije aquí en sus inicios– y el PP sea el que detente el poder en casi toda España, pues mucho me temo que su consigna de no votar desde luego que no la van a seguir los parroquianos de derechas de toda la vida. Para remate, algunos revolucionarios enloquecidos se han dedicado no hace mucho a colocar ridículos artefactos explosivos en la catedral de la Almudena y el Pilar de Zaragoza, ¿es así como van a conseguir un cambio social revolucionario?, ¿o será desterrando el peine y usando el pañuelo palestino como piensan cambiar el mundo?

Insisto, es bueno que todos tengamos nuestro lado anarquista, quien sabe si eso puede incluso mejorarnos, pero no intentemos articular un sistema social alrededor de ello, seamos serios. Es asunto sobre el que reflexionar que los dos posicionamientos que abogan por la desaparición del estado sean los neoconservadores y los anarquistas.

16 enero 2014

Vallas y concertinas

El otro día leí en un periódico (versión digital), en una noticia relativa a las controvertidas concertinas de las vallas de Melilla, una opinión que para mí representa fielmente ese buenismo que se ha colado en buena parte de la sociedad española y que tanto me inquieta y fastidia. Una participante del foro que acompañaba la noticia proponía quitar la alambrada y sustituirla por un muro del estilo del que los israelíes han colocado en Gaza. Ya resulta chocante que se pretenda levantar un muro claustrofóbico y de coste bastante elevado, pero a la pregunta de otro comentarista sobre cómo evitar que los africanos –subsaharianos en lenguaje políticamente correcto– utilicen escaleras y se lo salten tan ricamente, contestó que evitando que lleven escaleras. A eso se le llama discurrir.

Lamentablemente el debate no continuó y a mí me habría gustado preguntar si eso de las escaleras se evitaría con letreros del tipo “Prohibido usar escaleras” o con azafatas que disuadieran amablemente de su uso, ya que es evidente que el muro impediría la visión desde el interior de la ciudad y por lo tanto la primera noticia que se tendría sobre el paso de asaltantes sería encontrarlos caminando tranquilamente por las calles de la ciudad salvo que, como los israelíes, se colocaran torretas con ametralladoras con las que se despacharan directamente a los intrusos. Claro que eso lo pueden hacer los israelíes, que disfrutan de bula para comportarse como les venga en gana y no es una medida al alcance de las autoridades de nuestro país.

Durante años y años yo he venido suscribiendo lo que hace bastante afirmó don Manuel Azaña de que España ha dejado de ser católica y me temo que él se equivocó por muchas décadas y yo mismo debo estar muy alejado de la realidad, pues esa idea del cristianismo de que las cosas se arreglan con compasión y caridad parece estar muy arraigada en lo más profundo de nuestros ciudadanos. Está claro, la gente no va a misa no por falta de fe, sino por pereza. Hace pocos días, en la conversación de sobremesa con una pareja de amigos surgió este asunto y yo expuse lo que me parecía una postura imbatible: es estremecedor el daño que estas cuchillas pueden causar en quienes se empeñan en saltar las alambradas de Melilla para cometer un delito contra las leyes de inmigración españolas, pero si no tengo alguna solución que proponer debo guardar silencio, ya que se supone que prima por encima de todo el convencimiento de que no es posible para España dar acogida a los 80 millones de africanos que, según he leído, compondrían la primera oleada de los que vendrían si se abrieran las fronteras. No hay que olvidar que las concertinas no son agresivas –son disuasorias– puesto que sólo hieren a quienes se empeñan en cometer un delito y saltan sobre ellas.

Fue inútil argumentar; la postura de aquella pareja –ambos supuestamente ateos y a los que conozco desde hace más de 40 años– continuaba siendo más o menos que aquellos asaltantes han sufrido mucho para llegar hasta allí y que no se les puede castigar así por lo que hacen. Se niegan a ver más allá, pretendían descargar sobre los políticos –esos en los que no confiamos– el peso de la responsabilidad de encontrar un medio no violento –¿existe?– para evitar la invasión, se niegan a pensar cómo se tomarían que uno de esos invasores asaltara su casa –viven en un solitario chalet de las afueras de Madrid– y les robara o incluso les causara daños físicos, pues habría que recordarles en ese caso que el asaltante se movería por fuerza mayor, ya que tal y como están las cosas es seguro que no encontraría un trabajo y por lo tanto sólo sobreviviría mediante el robo o la caridad (y la caridad no da para mucho desahogo).

Por descontado, es un hipócrita el ministro Jorge Fernández Díaz cuando afirma que las heridas que se producen no son importantes y es un hipócrita Rubalcaba cuando clama contra las concertinas sin sugerir una solución alternativa. Y nadie parece acordarse de que hay concertinas rodeando los acuartelamientos militares, las centrales nucleares y hasta alguna propiedad privada, pero esas no producen heridas porque a nadie se le ocurre abalanzarse sobre ellas.

En fin, tengo que aceptar que una vez más no entiendo a los que me rodean y que como ni ellos ni yo vamos a movernos de nuestras posturas, corro el riesgo de ser etiquetado como una especie de Pol Pot español. Y lo curioso es que me da lo mismo.

06 enero 2014

Hasta aquí llegué

Decidí acabar con este blog y por aquello de redondear, traté de aguantar hasta que se cumplieran los cuatro años desde su inicio, algo más que satisfactorio teniendo en cuenta que la media de vida de los blogs personales difícilmente alcanza el año. 

No creé este blog para conseguir miles de lectores, pero la verdad, sí esperaba una acogida algo más numerosa, aunque reconozco que es una pretensión absurda porque como ya he dicho en otras entradas no hago nada por dar a conocer su existencia y son mis familiares y amigos los que menos lo leen. Lo curioso es que algunos me dicen por email o directamente que les gusta lo que han leído, pero en ninguno consigo despertar una mínima asiduidad, lo que sólo me deja imaginar dos alternativas: o no es verdad eso de que les agradó o simplemente no les gusta leer (lo de que se les haya roto el PC, el móvil y la tableta no creo que deba considerarlo como posibilidad).

Como es lógico, la primera idea era borrarlo y acabar con este intento, pero resulta que me he acostumbrado a escribir y me place, así que pondré en práctica la segunda opción, que es cerrarlo a todos menos a los autorizados y por lo tanto se queda para mi uso exclusivo o, como diría James Bond, sólo para mis ojos. No es que me entusiasme la idea, pero dejaré de tener esa sensación de escribir para nada o casi nada. Y no crean que no me agrada releer lo que yo mismo opinaba sobre ciertas materias algún tiempo antes, por lo general opiniones mantenidas, puesto que lo que aquí expongo no suelen ser juicios fruto de un impulso ocasional.

Mantendré abierta la página durante unos días con esta entrada por aquello de que algunos habituales sepan lo que sucede y después pondré en práctica lo que digo. Gano en libertad porque ya no tendré que poner cuidado en no herir sensibilidades, podré expresarme sin limitaciones. Pierdo la posibilidad -nunca hecha realidad- de mantener un cierto debate con lectores acerca de lo que escribo.

Adiós y gracias a los que me leyeron algunas veces. De nada a los demás.


Hoy, día 12 de enero, incluyo el enlace al artículo de Javier Marías en El País Semanal. Resulta muy ilustrativo por venir de alguien que no es un agitador ni un "radical extremista", expresión que tanto gusta al PP.

03 enero 2014

Inevitablemente repetitivo

Ahora que se cumple el cuarto aniversario del nacimiento de este blog, se me ha ocurrido repasar sus entradas más antiguas y compruebo que aunque procuro escoger asuntos diferentes, hay ideas que repito una y otra vez corriendo el peligro de que con bastante fundamento se me acuse de repetitivo.

Para que no haya dudas, incluso se me ha ocurrido –y seguramente lo haré– la posibilidad de volver a incluir alguna de esas entradas ya añejas, por aquello de que lo que contaban o defendían me parecía oportuno entonces y actualmente sigue siéndolo igualmente, puesto que nada o casi nada ha cambiado en lo referente a los temas que tocan.

Temas sobre los que escribir hay millares –que a mí se me ocurran– y no digamos los que a gente mucho más imaginativa que yo puede interesar, pero no voy a negar que desanima bastante ser consciente de que quienes leen lo que uno escribe son apenas unos pocos y que por lo tanto el tiempo que gasto en teclear lo que se me ocurre no recibe una rentabilidad apropiada. Ante esa realidad sólo me caben dos opciones: una, resignarme a continuar como hasta ahora, maravillándome de que los lectores hayan localizado milagrosamente el blog; otra, la más sensata, cerrar de una vez estas páginas como ya he tenido la tentación de hacer tantas veces y en realidad he llevado a cabo alguna vez por periodos de tiempo de entre una semana y un mes.

No sé exactamente qué pensaba yo al iniciar este blog hace cuatro años, sobre quiénes iban a ser mis lectores. La creación del blog vino como una carambola no premeditada –lo explico precisamente en la primera entrada de este blog– y supongo que estaba confiado en que amigos cercanos serían lectores más o menos fieles, más o menos discordantes con lo que yo expongo, pero esperaba esa fidelización aunque no fuese más que por la atención y el apoyo que yo venía prestando a la obra de ellos, en especial a uno aficionado a escribir novelas que se autoeditaba, y al que ayudé más de lo que merecía.

Me equivoqué. Ellos son los que menos atención me prestan, unos porque les parece que soy un ateo radical de izquierdas que ataca sus más profundas convicciones, otros porque me consideran un facha inhumano y homófobo que ataca sus más profundas convicciones (esto me suena), y finalmente aquellos a los que ni les interesa lo que digo ni lo que pueda decir nadie que ellos conozcan, están exclusivamente a lo suyo, sea coleccionar sellos o leer el Hola. Caramba, si he llegado a tener discusión con un familiar por haberme atrevido a criticar al Banco de Santander y a su matonesco presidente...

Llegados a este punto cabe preguntarse: entonces, ¿cómo consiguen los blogs sus lectores? Por lo que he podido comprobar, hay una serie de recursos comunes a todos los blogs de éxito. El primero –y eso es lógico– es contar con un amplio círculo de amigos afines con los que desde el primer momento se puede contar y que mediante el boca a boca consiguen multiplicar el número de lectores iniciales; no es mi caso. El segundo, regalando algo, música principalmente, elibros u otro tipo de descargas; con esto no se consigue auténtica fidelización puesto que, como los ratones que toman el queso de las ratoneras y huyen, el que llega al blog descarga lo que le interesa sin molestarse en leer dos líneas de texto. Tercera forma y creo que última, pidiendo a amigos que me incluyan en su página de Facebook o enviando comentarios a los foros de los periódicos y dejando allí un enlace al propio blog, algo que da un éxito inmediato y puede que no muy duradero, pues quienes son tan superficiales como para vivir en Facebook no parecen ser los lectores adecuados para ningún blog que se precie.

Nada de esto consigue que un blog sea muy concurrido, aunque lo que se escriba –estoy pensando en otros blogs– sea casi siempre aceptablemente ingenioso y agradable de leer. En lo que a mí se refiere, tengo dos o tres blogs que me gustan, en los que entro casi a diario y en los que muchas veces dejo comentarios, pues de una parte me gusta opinar y escribir y de otra creo que es el mejor pago que puede hacerse al autor de un blog.  

29 diciembre 2013

Jugar con muñecas

He visto estos días en la prensa un artículo –feminista militante, por supuesto– en el que se afirmaba con rotundidad que las niñas ya no querían jugar con muñecas y que lo adecuado era darles juguetes de otro tipo, tales como cascos de mineros o cinturones para herramientas, desterrando por vejatorias todas las muñecas y elementos que las suelen acompañar.

Cuando mis hijas eran pequeñas, yo tuve una idea algo parecida y por eso les puse por reyes desde una carabina Winchester que disparaba ventosas hasta una caja de herramientas con alicates, destornilladores y todo esos instrumentos de verdad, pero ni de lejos se me ocurrió hacerles prescindir de las muñecas que también me parecían apropiadas para ellas, porque una cosa es que las mujeres deban ser iguales en derechos, pero iguales –a secas, como pretenden algunas– ni hablar.

Cuando yo era niño, digamos desde los 7 a los 12 años, casi convivía con una prima hermana siete años mayor que yo. Ni a ella, ni a mí, ni a mi hermana año y medio menor que yo, nos parecía inadecuado jugar al tejo o a los indios, y a ratos tanto mi prima como mi hermana jugaban juntas a las muñecas; ahí sí que yo me retiraba quizás para jugar solo o con amigos en un estilo más violento. ¿Pueden imaginarse actualmente a una niña de –pongamos– 17 años jugar al tejo? Yo diría que se indignaría desde su indiscutida madurez y se largaría a mandar whatsapps, hacer botellón o ir a la disco, actividades mucho más apropiadas, sensatas y trascendentes que eso de jugar al tejo. Para colmo el tejo es gratis, a ver qué gracia tiene eso.

Hay que tener mucho cuidado cuando se habla de estos asuntos, porque es normal que alguna fanática se arroje al cuello de uno con intenciones asesinas y total convencimiento de que si me elimina, elimina a un enemigo de la humanidad (al menos de su facción femeninamente fanática). Sé que me la juego.

Pero vamos a ver, ¿es que todo el mundo se ha vuelto loco?, ¿por qué traspasan a niños lo que es claramente una cuestión de adultos ya maduros?, ¿será verdad eso de que intentamos realizarnos en ellos, aunque sea al precio de privarles de infancia?, ¿qué prisa hay de que en vez de comportarse como niños normales lo hagan como adultos imposibles?

En el caso del sexo femenino se tropieza con la labor de una serie de enloquecidas feministas deseosas de conseguir que las niñas militen en su histérico posicionamiento, al igual que en África existen esos niños a los que se hace soldados y que actúan con mayor crueldad que sus mayores. Y no es lo único, el mayor mérito de estas activistas es destrozar nuestro idioma para que finalmente sólo queden unos despojos que puedan ser fácilmente digeridos por otras lenguas invasivas.

En otro artículo ese mismo día se trataba acerca de los llamados libros de estilo que han dado en publicar todo tipo de organismos y entidades, desde periódicos a sindicatos, desde gobiernos autonómicos a grandes empresas. Lo más gracioso es que en las instrucciones para el uso de esos libros es normal que se usen los genéricos sin separar masculino y femenino como después aleccionan en el contenido. Lo peor es que estos libros están normalmente escritos por seres totalmente ajenos a la lengua y la gramática, iletrados absolutos, y disponen sobre la materia tan peligrosamente como un mono que jugara con una bomba. Así se entiende que haya quienes sugieran que cada vez que un sustantivo termine con la letra o se sustituya por el signo @ –niñ@, ciudadan@, etc.–, pasando por alto que eso no es una letra y que llevamos siglos utilizando el alfabeto que ahora ellos pretenden cargarse con la mayor alegría e irresponsabilidad del mundo.

Había incluso quien encontraba cierta masculinidad en la palabra juez (¿la z quizá?) y por lo tanto sostenía que cuando se tratara de una mujer se usara necesariamente jueza (¿por qué no también juezo y abandonamos la original por obsoleta?). No quiero caer en la repetición de tópicos, pero me veo obligado a recordar que ni un solo hombre ha propuesto jamás que se diga o escriba policío, dentisto, víctimo, oportunisto, periodisto, etc. cuando hagan referencia a varones. Continuaban en el texto los desatinos diciendo –por ejemplo– que en vez de los habitantes de Soria debería decirse las personas que habitan en Soria, para evitar ese artículo masculino que al parecer ofende a muchos-muchas (personas es femenino, que es de lo que se trata). Claro que después de lo de miembras que proponía aquella ministra que combinaba analfabetismo con feminismo, qué cabe decir. Pena de bozales…

¿Conocen el caso de las fiestas de Irún llamadas “El alarde”? Bueno, ya hablaré sobre eso otro día.

25 diciembre 2013

Un cambio de sentido

Lo que voy a contar es real como la vida misma, pero para evitarme esfuerzo dejaré que cada uno le busque, si quiere, la similitud que considere oportuno con la actualidad española.

Vivo en una calle relativamente corta, apenas 150 metros y mi casa está en un extremo de ella, concretamente por el que se entra en la calle desde otra vía principal. La calle se encuentra en Madrid, no en Cataluña como pudiera parecer. Tanto los que en mi casa vivimos como los que se encuentran en la de al lado debemos soportar la incomodidad de que para ir a la vía principal a la que debemos dirigirnos para ir casi a cualquier lugar debemos dar una vuelta completa a la manzana, con varios pasos de cebra, intersecciones y otras dificultades que hacen perder unos minutos en cada salida en coche.

El caso es que los vecinos de la casa de al lado –como la mía, de diez viviendas– aprovecharon hace años una junta de su comunidad para plantear quiénes entre ellos estaban a favor de solicitar al ayuntamiento un cambio en el sentido de circulación de la calle y el resultado fue positivo por mayoría –que no unanimidad– de los que en esa casa moraban, así que formularon esta petición a la junta municipal apoyándose además en que, según cuentan, antes de ser totalmente edificada la calle –allá por 1969– tenía el sentido que ellos pretendían imponer a todos los demás. Y digo imponer porque lo que para estos vecinos era una ventaja quizás no lo era tanto para los del extremo opuesto de la calle.

Sin más recabar el acuerdo de todos los que habitaban la misma vía, solicitaron del ayuntamiento que llevara a cabo este cambio. Olvidaban que nuestro ayuntamiento tiene por uso y costumbre no escuchar ni atender las peticiones de los ciudadanos y en este caso se daba la carambola de que resultaba lo apropiado, pues hubiera sido un atropello que el capricho de unos –aun en el supuesto de que hubieran contado con una argumentación válida– impusiera una medida a otros vecinos de la misma calle que sólo hubieran sido espectadores en el proceso.

Afortunadamente, nadie había hecho de la cuestión un asunto fundamental en su vida, así que pronto se olvidó y seguimos como siempre, es decir, con el mismo sentido circulatorio y cada día más baches. Por suerte no había líderes dispuestos a provocar una yihad por este asunto del cambio.

Si alguien se hubiera obsesionado con el cambio de sentido, quizás hubiera propuesto una consulta con dos preguntas:

1) ¿Cree que nuestra calle es una vía con circulación frecuente de vehículos?

2) En caso de respuesta positiva, ¿querría que se cambiara el sentido de circulación de la calle? 

Pero me da la sensación de que una consulta realmente democrática, supondría tener en cuenta el parecer de todos los que vivimos en la misma calle y posiblemente las contiguas y además no marear la perdiz con el truco de las dos preguntas.Y sobre todo, no jugar con eso de los sentidos.

22 diciembre 2013

Aborrezco la Navidad

No se trata de una cuestión religiosa, sino de que cada año al acercarse estas fechas el desagrado que siento es mayor, mayor la depresión que me invade y mayor el deseo de marcharme a algún país en el que esto de la Navidad no penetre inevitablemente (¿el Tibet, Mongolia Exterior, quizás?)

Nunca me han entusiasmado estas celebraciones en las que necesariamente hay que seguir el dictado de lo que se considera normal, y por eso quizás detesto las fiestas locales, el día de-lo-que-sea, y por descontado esa ración enorme, ese empacho llamado navidades.

Tenía exactamente 14 años cuando al director de mi colegio le dio por convocar un ejercicio simultáneo de todo el colegio, que consistió en una redacción sobre el Día de la Madre, que entonces se celebraba en diciembre, el día 8, y que con posterioridad fue trasladado a mayo porque así se evitaba la cercanía de navidades, y a los comerciantes les conviene espaciar algo las compulsiones a comprar para que dé tiempo a reponerse el bolsillo y la avidez por el consumo. Ya se sabe, son los comerciantes los que deciden cuándo hay que emocionarse al pensar en la madre propia.

Hice mi redacción y el resultado fue que el director me convocó a su presencia y no precisamente para premiarme. En su despacho y de manera solemne me reprochó mi materialismo y mi descreimiento –ya se me veía venir– porque mi redacción había consistido en un ejercicio de protesta contra una celebración que yo consideraba mercantilizada y patrocinada por Galerías Preciados, que era la que entonces llevaba la batuta de todo este tinglado.

No fue un encuentro muy desagradable porque aquel hombre era buena persona –aunque con un carácter tremendo– y ya en una ocasión yo le había ganado al ajedrez un día en que faltó el profesor y él lo sustituyó con su persona y una improvisada competición de ese juego entre algún alumno voluntario –yo– y él mismo. Existía una especie de respeto mutuo.

El paso del tiempo no ha mejorado mis malísimos deseos hacia estas fiestas y desde luego que las circunstancias personales no han ayudado a hacerme cambiar. Cuando niño además la cosa era bastante diferente, pues primaba la parte familiar y religiosa sobre ese imperio del gasto y el regalo que es ahora y eso hacía que la aceptación fuera más fácil.

No puedo evitar sentir envidia de esos años del siglo XVII en que la celebración de la Navidad fue prohibida en Inglaterra y aquellos primitivos EE.UU. por considerarla frívola. Si aquella gente no se hubiera acobardado y aceptado su restauración, ahora la segunda quincena de diciembre sería una época de tranquilidad, reposo y contemplación, nada que ver con la desagradable realidad actual.

20 diciembre 2013

El mundo contra España (se van a enterar)

No hace falta que recuerde los hechos del quinquenio más terrible y agresivo del que yo tengo memoria –y ya cumplí unos años–, sabemos que al abrir el periódico vamos a encontrarnos inevitablemente con noticias desagradables y más todavía desde que el actual equipo de salvadores de este gobierno se hizo cargo de la tarea prometiendo poner orden.

No hay día en que no sepamos del hundimiento de algún banco –pillando en el derrumbre a nuestro dinero–, la quiebra de alguna gran empresa que creíamos a salvo de vaivenes, bajadas salariales de sectores completos, congelación de pensiones –subidas del 0,25% lo llama el PP–, subida del gas y electricidad, eliminación de beneficios sociales, éxito arrollador del libro de Belén Esteban, etc. No hay nada fuera del alcance de esta catástrofe sin precedentes, y los españoles hemos dado prueba de ser los más mansurrones del mundo occidental, parece que nada nos hará reaccionar violentamente –el único lenguaje que algunos entienden– ante tanto atropello, casi un genocidio. 

El gobierno continúa tirando de dinero del Fondo de Reserva de las pensiones y a finales de diciembre sacó 5.000 millones para pagar la extra de los pensionistas, el 20 de diciembre han sido otros 428 –una fruslería– y van en total 23.631 millones sisados desde que ocuparon el poder. Conviene recordar que Zapatero congeló una vez las pensiones para no verse obligado a retirar 1.000 millones de ese fondo, nada que ver con la alegría con que estos malhechores meten mano en la caja, algo que para ellos es normal porque les es familiar ese modo de actuar.

Hemos permitido sin pestañear que el gobierno entregue más de 60.000 millones a la banca para su recuperación al tiempo que aseguraba que a los ciudadanos no nos costaría un duro –palabra de Rajoy– y acabamos de saber que de los 9.000 millones entregados a Novagalicia Banco ya se dan por perdidos más de 8.000. Nada de esto nos hace perder la calma, nada de esto pone límite a nuestra cobardía y ahí tenemos a las encuestas que nos dicen –¡vivan las caenas!– que una gran mayoría de los que les votaron en las últimas elecciones volvería a dar su voto al PP.

Sin embargo puedo ver que al fin vamos a poner límite a tanto abuso: la UE se ha atrevido a atacar a lo que consideramos más sagrado, el fútbol, y ahí tenemos a los directivos de varios clubs encabezados por el Barcelona y el Real Madrid afirmando sin rubor que todo esto no es más que una confabulación contra España (y Cataluña) y los españoles (y catalanes). Que todos hayamos podido ver desde hace muchísimos años que se les consiente a los clubes de fútbol todo tipo de fechorías económicas, que se les permiten deudas escandalosas con la seguridad social y Hacienda, que a la vista de todos realicen operaciones urbanísticas que avergonzarían hasta a la Cosa Nostra, no importa; se trata del fútbol y el fútbol está más blindado a la hora de presentar cuentas que el propio rey. Estos canallas de la UE encabezados por ese mal español llamado Almunia –¡vasco tenía que ser!– no saben lo que se van a encontrar, pues por esta causa estamos dispuestos a derramar hasta la última gota de sangre.

18 diciembre 2013

Incongruencias

Una de las ventajas de hacerse mayor es que se ven las cosas con mejor perspectiva –al tiempo que se pierde vista– y lo que a uno le mortificaba cuando era más joven es contemplado con mayor estoicismo o, por decirlo llanamente, se pasa. La sangre ya no hierve como antes y es posible observar los acontecimientos con cierta ironía y hasta indiferencia, porque en resumidas cuentas, se es más inteligente, se sabe que no se puede cambiar la realidad.

Esto es lo que suele ocurrir, pero tengo la mala suerte de que nada de esto se cumple en mi caso, pues cada día soporto peor la estupidez generalizada y percibir eso me hace pensar que no me he vuelto más templado con la edad o que los años no pasan por mí (y sí que pasan, caramba).

¿Cuál es el idioma que se habla en España y que debería servir para que nos entendamos los unos y los otros?: ¡premio!, es el llamado por unos español y por otros castellano, me da lo mismo. Entonces, ¿por qué tenemos que estar sujetos al capricho y chantaje de las lenguas no comunes y decir y escribir Girona (pronúnciese yirona) en vez de Gerona?, ¿desde cuándo en nuestra lengua la “g” ha tenido ese sonido?; algo parecido sucede con A Coruña (en vez de La Coruña, no olvidemos que en castellano la a es una preposición que indica dirección o sentido), de manera que si queremos decir voy a A Coruña se produce una cacofonía desagradable y un absurdo lingüístico. Desconozco la gramática gallega, pero en portugués –que es el idioma en el que se mira el gallego–  esas dos aes se contraen en una sola à (a craseada se llama) y se dice vou à Corunha así, con acento grave en la a y variando ligeramente su pronunciación, porque es una contracción como nuestros al o del, pero claro está, como nuestra gramática es diferente nosotros tenemos que soportar topónimos y grafías extrañas al castellano y aplicar nuestras reglas, no otras.

Pero estos no son los únicos casos. Con Catalunya, Lleida, Euzkadi, Ourense, Gipuzkoa (sin u tras la g, sin c y sin acento, ahí queda eso) entre otros muchísimos topónimos, estamos siendo obligados a sustituir los nombres de toda la vida como Cataluña, Gerona, Lérida, Orense, Guipúzcoa, Vascongadas o País Vasco, etc., en un país en el que buena parte de sus habitantes se maneja mal con la gramática. Y no me vengan con eso del respeto a los nombres originales, porque en catalán dicen y escriben Aragó por Aragón, Terol por Teruel y Saragossa por Zaragoza, por poner sólo unos ejemplos con los que se evidencia que allí no se respeta la toponimia en castellano. Viene a cuento esa otra paradoja de que si alguien saca la bandera española en algún acto es casposo, si la bandera es de alguna de las autoproclamadas nacionalidades históricas es un progresista amante de sus raíces. Y conste que no me interesa ninguna bandera, pero es que hace falta tener desparpajo.

Hace muchísimos años conocía a una –entonces– simpática chica gallega, maestra en su tierra, que ya dio problemas en su momento negándose a dar las clases en castellano y que rompía las tradicionales buenas maneras lingüísticas de los gallegos, que hablaban en castellano cuando en la conversación participaba alguien que no hablaba gallego. Ella siempre usaba el gallego fuera con quien fuera y en su pueblo de Orense la miraban con cierta tierna condescendencia porque la consideraban medio perturbada. Ahora sería una heroína. El caso es que no me importaba, porque entonces yo estaba lleno de buena voluntad y el gallego se entiende tan fácilmente… Sí es cierto que sorprendía entonces porque externalizaba un rechazo hacia todo lo castellano que era difícil de comprender, sobre todo teniendo en cuenta que era su tierra la que había obsequiado a toda España con ese bienhechor de la humanidad llamado Francisco Franco Bahamonde.

Si alguien ha llegado hasta aquí leyendo esta entrada es bastante probable que se esté diciendo: ¿cómo es que este inútil se preocupa de estas cosas en vez de otras verdaderamente importantes, como por ejemplo, quién se llevará el próximo balón de oro?

¿Lo ve?, por eso me hierve la sangre.

13 diciembre 2013

Somos como hablamos

Ahora está de moda afirmar todo eso de que somos lo que comemos, pero nadie puede negar que resulta complicado conocernos simplemente porque nos comamos un huevo frito con patatas o una paella mixta. Lo verdaderamente fundamental a la hora de identificarnos y saber de qué vamos es la forma en que nos expresamos: la corrección, riqueza o pobreza de nuestro lenguaje.

Supongo que son mayoría quienes han leído Pigmalión de Bernard Shaw (pocos) o visto su versión musical, la película My Fair Lady. En ambas, un tal Mr. Higgins sostiene que es posible adivinar el entorno social de una persona y la zona de la que proviene simplemente oyéndole hablar y que con tan solo mejorar esa manera de hablar puede ampliar sus horizontes al permitirle codearse con gente de más noble linaje.

Parece que en Inglaterra no es tan disparatado como pueda parecer, al menos en tiempos pasados, y hasta diría que con bastante aproximación en nuestro propio país es posible saber mucho de una persona por su manera de expresarse, no es tan difícil saber de dónde procede alguien simplemente por su acento o carencia de él. En cuanto a la riqueza de léxico, aunque va resultando cada día más difícil su atribución porque lamentablemente la pobreza de lenguaje se va extendiendo en toda la sociedad –nivelando por abajo– y cuesta distinguir por el habla a un pastor de ovejas de un licenciado en periodismo o un arquitecto, el caso es que siguen existiendo algunas pistas que nos apuntan al menos la vulgaridad en el habla y la facilidad para contagiarse de los latiguillos y vicios populares en la persona con la que hablamos.

Por desgracia, el asunto tiene mala solución, porque si hace años una persona que cuidara su habla era respetada, ahora hay un cierto empeño generalizado en vulgarizar el habla y hasta se califica de inmediato como pedante al que es cuidadoso en la expresión oral y se le diría afeminado si eso no fuera actualmente un signo de distinción social.

Tengo todas las papeletas para ser tachado de necio si digo que una pista válida es la frecuencia con que una persona dice eso de ¡venga! –en especial al despedirse– como si nos animaran a sobrellevar con cristiana resignación las contrariedades del día a día. Por supuesto, da una idea bastante cierta de quién habla el que diga «escuchar» (por oír), «punto y final» (por punto final), «mayoría de españoles» (por mayoría de los españoles), «gratis total» (por gratis) y tantos disparates comunes que la televisión se encarga de extender.

Como ha desaparecido el interés por el lenguaje, abundan los libros traducidos de manera infame y aunque la lectura no sea un vicio nacional, también contribuyen a que la forma de hablar sea cada vez más penosa. Todo un círculo muy vicioso o, más que vicioso, perverso.

Sin embargo hay algo en lo que, tengo que admitirlo, juegan un papel importante mis propios escrúpulos lingüísticos. Muchos saben que hay lugares de España –no voy a decir dónde por si me equivoco o se molestan– en los que los hijos llaman a los padres precisamente con esas palabras al dirigirse directamente a ellos, es decir, padre y madre, y no hablo de campesinos sino de personas que son de lo más urbano, conozco varios casos y siempre me pareció curioso porque yo y la mayoría de las personas de mi generación y posteriores siempre dijimos papá y mamá, aunque siempre me resultó algo cómica esa costumbre de algunos países de Hispanoamérica de referirse así a los padres ante terceros cuando quien habla tiene edad para ser abuelo, pero es así y por eso no podemos sorprendernos por oír a alguna persona de 50 años de por allí decir algo parecido a «…pues mi papá…». Todo esto son regionalismos sin importancia, pero lo que me pone los nervios de punta es la moda extendida de manera casi absoluta por toda España de los niños llamando a los padres de papi y mami. Pero vamos a ver, ¿de dónde se han sacado eso?, ¿se creen más modernos –los papás– por permitir que sus hijos los llamen así? La verdad es que suena a algo aprendido en su día de las películas, donde en el doblaje de las procedentes de EE.UU. ponían ese papi y mami para dar el toque guiri a imitación de daddy y mommy y que, puedo asegurarles, cuando lo oigo ahora me hace sentir ganas de soltarles una buena patada en el trasero a esos horteras progenitores.

08 diciembre 2013

La extremaprecaución

Hombre precavido
Recuerdo haber visto un episodio de los Simpson en el que el director del colegio, me parece que tras un accidente escolar de Bart, llama a la puerta de esa familia con un papel en la mano, cuando le abre la madre –Marge– hace una lectura rápida e intencionadamente ininteligible de algo escrito y cuando ella exclama ¿qué?, él añade leyendo «…si dice "qué" se entiende que acepta todos los riesgos y renuncia a reclamar».

Es un episodio de dibujos animados, pero tengo la sensación de que la realidad, como suele suceder, ha superado cualquier ficción.

Por aquello de mantenerme ocupado y preocupado, uno de mis meniscos ha decidido romperse en pedazos y eso ha supuesto la consulta al traumatólogo, las consabidas radiografías y resonancias magnéticas y la visita posterior en la que el especialista, a la vista de las pruebas, me ha dicho que inevitablemente debo operarme del maldito menisco. No estaría mal si yo fuera de esas personas a las que les encanta ir al quirófano aunque sólo sea por tener algo que contar, pero no es mi caso.

Hasta aquí todo normal y poco relevante, pues sin duda la cirugía del menisco no es muy de preocupar, pero sí resultan serlo las condiciones que me han obligado a firmar, en las que se dice que acepto sin más que puedo morir en la intervención y que incluso acepto que, si problemas circulatorios se presentaran, me sea amputada la extremidad. Para morir de risa.

Todos quitamos importancia a estos asuntos, pero lo cierto es que se les deja las manos libres para que cometan cualquier atrocidad, con cualquier resultado –incluso de muerte– sin que se les pueda reclamar por incompetencia o negligencia, pues de antemano ya hemos aceptado todos los riesgos.

Ganas dan de pedir la extremaunción ante tanta extremaprecaución, pues lo cierto es que casi-casi parece que se les descarga de la mínima responsabilidad sea cual sea la fechoría que cometan, y sólo espero que nada que yo haya podido decir en ningún momento molestara al médico, porque podría aprovechar la oportunidad para liquidarme sin tener que ofrecer más explicaciones; ya me gustaría a mí disponer de las mismas posibilidades con algunos que conozco.

¿Qué soy exagerado? Puede, pero resulta que en la actualidad padezco una seria secuela consecuencia de la inoperancia de cierto médico que me atendió tras un grave accidente hace ya más de 25 años, cuando me vi obligado a permanecer hospitalizado por dos meses. Y no es que yo lo valore así, es que otro médico del mismo centro me avisó de que el incidente que produjo la secuela fue provocado por un error del médico responsable. No hace falta que diga que sólo mi estado, poco solvente en aquellos tiempos, impidió que interpusiera la oportuna demanda exigiendo responsabilidades, y bien que me arrepiento ahora.

Pues ya saben, como suele decirse: ¡nos vemos! O no.

07 diciembre 2013

Nada como morirse

Ha muerto Mandela y como la proximidad del óbito era cosa cantada, no había periódico que no tuviera preparado un buen artículo con un montón de fotos, ni emisora de radio o televisión que no hubiese previsto  un largo reportaje. Los telediarios nos han aburrido con rutinarias loas a este hombre que mereció más ayuda en vida y menos plañideros al marcharse. Lamentablemente, la noticia de su fallecimiento ha tenido que compartir primera página con el sorteo realizado en Brasil para establecer quiénes serán los que se enfrentarán en los inicios del mundial de fútbol; vamos, lo que de verdad importa a nuestros activos conciudadanos. 

Me resulta desagradable presenciar cómo no hay prácticamente ningún político que le regatee elogios al tiempo que señala con insistencia las coincidencias entre él y el desaparecido. Nuestro Rajoy, líder indiscutido de los mediocres, alababa la lucha de Mandela por la igualdad olvidando quizá que él escribió hace muchos años en El Faro de Vigo un artículo en contra de la igualdad y que su forma de gobernar no parece sujetarse mucho a ese principio que dice respetar. Para que nada falte, Zapatero ha dicho que algunas de sus decisiones de gobierno las tomó pensando precisamente en el líder fallecido; por si nos ayuda a entender esas decisiones, ¿podría contarnos cuáles?

Pero no hay que asustarse, ya digo que todos sin excepción aprovechan la muerte del héroe sudafricano para arrimar el ascua a su sardina, objetivo fundamental en todas estas falsas penas. El presidente chino Xi Jinping recuerda el buen entendimiento entre el desaparecido y su país, ese país donde los derechos humanos son ignorados y que ostenta el triste récord de condenados a muerte y ejecutados año tras año. Allí Mandela no habría estado 27 años en la cárcel, porque lo habrían matado enseguida, sin más complicaciones.

El tal Putin, don Vladímir, señala que aquel siempre permaneció fiel a sus ideales de humanismo y de justicia. Y lo dice él, que sabe bien lo que es la carencia de ambas virtudes. 

El hipócrita de Obama, el mismo que atropella las libertades de casi todo el planeta, también considera al sudafricano un ejemplo para toda la humanidad al tiempo que prepara sus maletas para asistir al funeral, aprovechando que él también es negro y podrá apuntarse un tanto adicional por su cercanía racial al muerto.

No podía faltar Angela Merkel, y ya tuvo el gesto teatral de comparecer ante la prensa vestida de negro en señal de luto y reconoce que Mandela siempre estuvo en contra de la opresión, la misma que ella practica sin compasión sobre la Europa que no puede impedirlo y del brazo de quienes de verdad ostentan el poder: los indiscutidos, los del dinero.

En fin, estoy seguro de que hasta Berlusconi habrá tenido palabras de admiración hacia el personaje, porque si no hay vergüenza a la hora de cometer fechorías, cómo la va a tener nadie a la hora de aparentar lo que no siente. Caramba, si hasta he podido ver a Netanyahu pronunciar palabras de dolor por la muerte del luchador fallecido, señalando que éste siempre estuvo en contra del terrorismo (¿como el que Israel practicó y practica desde antes de ser un país?). Parece que un repentino ataque de amnesia le hace olvidar que su país y la Sudáfrica del apartheid fueron uña y carne.

Me pregunto: ¿dónde estaban todos estos admiradores, qué hacían, mientras Mandela se pudría en la cárcel y en Sudáfrica reinaba sin muchos problemas la segregación racial?, ¿cómo es que Isabel II está tan dolida por su muerte y olvida que ese sistema racista fue implantado de manera oficial en 1948, apenas 4 años antes de su coronación, sin que ella moviera nunca un dedo para atenuarlo? 

Pandilla de hipócritas...

02 diciembre 2013

Ese costoso capricho llamado AVE

Hace bastantes años, si no me equivoco pasan de veinte, comenzó a funcionar en España ese tren de alta velocidad que dieron en llamar AVE y recuerdo dos cosas: una, la satisfacción de saber que podría desplazarme desde Madrid a Sevilla en poco más de dos horas y media; la otra, algunos artículos en prensa que manifestaban la indignación de los barceloneses por no ser ellos los primeros que dispusieran de semejante adelanto. ¡Habrase visto!, un avance en transporte desperdiciado poniéndolo en la línea a Sevilla, dejando a Barcelona con un palmo de narices. Aquello era como plantar tulipanes en el desierto.

La verdad es que no suena muy bien eso de que el entonces presidente del gobierno español, un sevillano, decidiera que fuera su ciudad la primera en disfrutar de un invento tan maravilloso como el AVE, en vez de iniciar este proyecto con la ciudad mimada en tantas cosas, Barcelona, pero quizás no fuera sólo amor a la patria chica lo que hiciera que se tomara esa decisión, sino que precisamente por ser Andalucía una región tradicionalmente apartada de todo progreso se esperaba que ese tren supusiera un empujón para sacar a esa tierra de tanto abandono. Y eso no parece tan disparatado al menos en cuanto a intencionalidad y acierto en la elección.

Por encima de tanta buena voluntad y tanto desacuerdo, lo cierto es que se desató una carrera entre todos los politiquillos para conseguir que el AVE llegara a su ciudad o región, aunque fueran lugares que a nadie interesara para visitar y donde esas prisas por llegar de un lugar a otro están poco arraigadas. Sinceramente, a mí hacer Sevilla-Madrid en 4 horas me parece más que suficiente, teniendo en cuenta el ahorro que supondría en todos los capítulos; claro que quien dice esto llegó a tardar en ese trayecto entre 10 y 12 horas en trenes a los que curiosamente llamaban "expreso" o "rápido".

España casi triplica a Alemania en número de aeropuertos, ¿para qué? Casi nadie se paró a pensar en todos los inconvenientes que el tren de alta velocidad arrastraba: con su puesta en marcha se eliminaban los trenes más tradicionales, con la insana intención de empujar a los usuarios a utilizar el ferrocarril maravilloso, por supuesto que pagando muchísimo más de lo que costaban los no tan rápidos. Incluso se daba la paradoja de que trenes modernos como el Talgo eran suprimidos de inmediato, para tratar de hacer del AVE un medio de uso normal. Pero, vamos a ver, ¿cómo va a ser normal pagar un precio tan elevado por llegar algún tiempo antes?, ¿no existía ya el avión?, ¿tanta prisa tenemos que no podemos soportar tardar 5 horas en un viaje Madrid-Sevilla en vez de las 2h35 que se lleva el AVE?, aparte de los ecologistas ¿alguien se ha parado a pensar en la diferencia de consumo de energía y gastos de mantenimiento entre un tren tradicional y el AVE? Sinceramente, cuesta entender cómo se limita la velocidad máxima a los automóviles con la excusa fundamental del aumento del consumo de combustible y nadie pone reparos al consumo de esos trenes, que además necesitan de unos sistemas de seguridad, vigilancia y mantenimiento muy superiores. De ahí que pese a los precios elevados de los billetes, todas las líneas que existen son deficitarias y para entender esto no hay más que comparar sus niveles de ocupación con los de sus similares en Francia, el único país de Europa que también se empeñó en la implantación de la alta velocidad y donde las líneas sí son rentables por su alta ocupación.
nº de pasajeros en millones

Va siendo penoso contemplar cómo la alta velocidad va quedando reservada a países con bajos niveles de desarrollo mientras que países ricos y desarrollados descartan o paralizan la instalación de nuevas líneas.

¿Cuáles son los que en este momento planean líneas de alta velocidad? Pues fíjense, Arabia Saudí, Brasil, China, Turquía… Como para dar que pensar.

Hay en Internet muchos artículos acerca de la rentabilidad del AVE, por ejemplo éste.