13 junio 2015

Tres casos. Tres repercusiones

Una noticia aparecida ayer en la prensa me ha hecho recordar el dicho «más vale caer en gracia que ser gracioso», que se me viene a la cabeza con frecuencia al contemplar la diferencia con que se tratan acontecimientos no en razón de su valor y significado, sino de la oportunidad y el oportunismo de quienes lo realzan o desvanecen a su conveniencia. Pura injusticia, pura arbitrariedad.

El 27 de enero de 1977, una estudiante residente en la Alameda de Osuna, en Madrid, llamada Mari Luz Nájera Julián fallecía en la Gran Vía como consecuencia del impacto en el rostro de un bote de humo, disparado por la policía en la manifestación a la que asistía para protestar por la muerte el día anterior de otro estudiante, Arturo Ruiz García, a manos de la ultraderecha. Hubo numerosas manifestaciones de dolor por la muerte de esta joven, que no pertenecía a ningún grupo político ni sindical y que simplemente fue asesinada cuando exigía libertades y el castigo a los culpables, junto con sus compañeros de facultad. En el entierro hubo que poner un paño en su cara para ocultar el espanto de los destrozos sufridos por aquel impacto. Por cierto que esa misma noche eran asesinados también un grupo de abogados laboralistas en la calle Atocha, pero poco o mucho es un hecho que casi todos los que tenemos edad suficiente recordamos, o deberíamos recordar. En la España de entonces, los mayores recortes eran en vidas de inocentes y los causantes, los de siempre.
 
Familiares y una asociación de vecinos trataron de que fueran dedicados a su memoria unos pequeños jardines del barrio, pero no fue hasta 2007, treinta años después, que se consiguió la colocación en el lugar de una pequeña lápida. Es tarde, porque salvo sus allegados, nadie se acuerda ya de ella, de una joven que murió en defensa de las libertades de todos. 

En la madrugada del 1 de noviembre de 2012 se celebraba una fiesta de Halloween en el recinto llamado Madrid Arena y también un botellón en su frente –montado por los que no habían conseguido entrada a la fiesta– en el que entre muchos otros se encontraban dos chicas de 18 años residentes en la Alameda de Osuna. Habían ido a escuchar la "actuación" de un famoso DJ. La policía municipal no hizo nada por evitar aquel desmadre, es notorio que la de Madrid se levanta por la mañana ya cansada y sin ganas de nada.

Como todos saben, se declaró un incendio en el interior del recinto y la desbandada que se produjo acabó con la vida de –entre otras más– esas dos chicas, llamadas Rocío Oña y Cristina Arce, por aplastamiento. No es difícil entender el dolor de esos padres, será una carga que les oprimirá de por vida, pero para mí es difícil de comprender todos los homenajes públicos que se les rindieron, incluida la nominación de una plaza del barrio con el nombre de ambas y la colocación de un pastelón de granito con los dos nombres, en esa misma plaza. Murieron mientras se divertían, algo a lo que tenían perfecto derecho, y sin duda los culpables deben ser castigados con la dureza que merecen –todavía están mareando el asunto en los tribunales–, pero creo que no es lo mismo morir defendiendo las libertades que morir con el cubata en la mano. 

Ayer, 11 de junio de 2015, se produjo una tormenta de lluvia en Madrid de las mayores que pueden recordarse en muchísimos años. No exactamente en la Alameda de Osuna pero sí en sus cercanías, una mujer de 28 años trabajaba como empleada doméstica en el garaje de un adosado cuando, según aseguran, una pared del recinto se derrumbó por la presión del agua de lluvia y esta mujer falleció, no está muy claro si golpeada por la pared o ahogada, su cuerpo se descubrió cuando los propietarios volvieron a la vivienda, cinco horas más tarde. No ha habido manera de encontrar en los periódicos de hoy una nota explicando las circunstancias de la muerte y el nombre de la fallecida. Sencillamente fue «una mujer de 28 años» que murió mientras trabajaba.

No se volvió a hablar de ella ni a mencionarla en la prensa, ningún buenista reclamó por ello. Probablemente «ni había caído en gracia ni era graciosa», pero seguro que no estaba allí por gusto.

10 junio 2015

El Reino Unido y Europa

Veía el otro día en el telediario una escena en la que una anciana caminaba por una alargada alfombra de cortesía, arrastrando la larga y pesada cola de su propia vestimenta –toda ella terciopelo y armiño–, sostenida parcialmente por dos lacayos, y portando sobre su cabeza un enorme y pesada corona cuajada de piedras preciosas. Al final de la alfombra, había un trono espectacular y cuando la mujer se disponía a sentarse en él, los dos lacayos se apresuraron servilmente a colocar la cola de manera que no estorbara ni molestara a la anciana durante la lectura de su discurso, una de las pocas tareas a realizar a cambio de un salario evidentemente desproporcionado. Todo el largo recorrido de la alfombra estaba flanqueado por bancadas en las que se encontraban personas disfrazadas de manera extravagante y guardadas por otros individuos disfrazados tan ridículamente que necesariamente deben ser tachados de frikis. Todos entusiasmados de pertenecer y representar al único imperio mundial sin imperio.

Para cualquiera que ignorara lo relativo al país en que se desarrollaba el evento, se trataría de un juego de máscaras o una escena de una de esas películas o series de televisión en las que dan rienda suelta a la imaginación a la hora de presentar o vestir personajes. Los que vemos telediarios y estamos en la pomada, sabíamos que se trataba de la apertura de la legislatura en la cámara de los lores –¡todavía existe eso!– del parlamento británico y la ridícula anciana era la reina de Inglaterra, la única reina occidental que se atreve a llevar corona, esa señora que se ha pegado con cola al trono y no deja que ningún descendiente la sustituya, pase lo que pase. Esa que ni siquiera se rompe una cadera, como sería su obligación considerando el puesto que ocupa.

Nos hemos acostumbrado con toda naturalidad a la ridiculez de todas las ceremonias británicas, desde la abundancia de pelucas en los tribunales de justicia a los disfraces chocantes y excesivos en aquellas en que interviene su majestad británica. Soy del parecer de que se esfuerzan por mantener ese atrezzo porque le obtienen una buena rentabilidad mediante el turismo, en especial el procedente de sus primos americanos, escasamente monárquicos, pero adoradores de ese tipo de frikismo.   

Se trata de ese país llamado Reino Unido, que muchos se han empeñado en considerar europeo, pese a que ni sus usos, ni sus costumbres, ni su forma de vida acaba de encajar en el entorno europeo y a los que les reímos la gracia de aquello tan conocido de el continente está aislado por la niebla o más altivamente por afirmar que se nota dónde uno se encuentra –al desembarcar en el continente– por el olor a ajo, llegando al extremo de que una popular súbdita suya, casada con un famoso y pintarrajeado futbolista afirmara que España olía a ajo. Que ya me gustaría, porque soy un adorador de esa planta y si además aleja a los británicos y a los vampiros, perfecto.

Eso sí, saben venderse bien y los españoles, que sin duda somos bastante idiotas –la prueba es que somos quienes más nos creemos la leyenda negra sobre nuestra propia historia– consideramos a los británicos modélicos en cuanto a puntualidad, humor, modales y otras virtudes de las que en realidad carecen. En cuanto a sus modales, sería bueno darse una vuelta por Magaluf, Lloret, Salou o Benidorm cuando más británicos las visitan; y sobre su humor, apenas un par de escritores avalan esa idea, el resto es tan deplorable como el humor grosero y cateto de sus famosos Benny Hill o Austin Powers, que no tienen nada que envidiar a Torrente, nuestra racial aportación al infracine. 

Mantiene ese extravagante país una moneda diferente a la que circula en todos los países desarrollados de la UE, conserva un sistema de medidas nostálgicamente llamado “imperial”, se niegan a integrarse en el área Schengen, conducen al contrario que en toda Europa y América, procura sistemáticamente oponerse a lo decidido en Bruselas y… en la época de Margaret Thatcher consiguieron el llamado cheque británico equivalente a cerca de cinco millardos de euros –5.000.000.000 de euros– anuales, que en si en algún momento tuvo una cierta justificación por la pobreza del país en aquel entonces, ahora es sólo un ejemplo más de insolidaridad dentro de la UE, porque pese al cambio de la situación, se niegan a su eliminación y por el contrario, está previsto su incremento. Todos en la UE intentan cobrar y no pagar, de manera perpetua, el problema es que el RU lleva buen camino para conseguirlo.

Es más, practicando eso que tanto gusta a los naturales del país, la extorsión, amenazan con salirse de la UE tras un referéndum, salvo que se acceda a otra serie de nuevas condiciones, desconocidas para los ciudadanos europeos hasta ahora pero que podemos imaginar por dónde van, para lo cual su primer ministro está haciendo una ronda por algunos países de la UE para que entiendan lo razonable de su exigencia. Declara el tal Cameron que espera que adopten una actitud constructiva para evitar su salida, lo que en buen castellano quiere decir, que se dobleguen y acepten una desigualdad mayor en el seno de la UE, ¡ellos sí que son diferentes!

Yo fui uno de esos crédulos que se entusiasmaron por la existencia de la UE y nuestra incorporación a ella, pero como ya he dicho en alguna ocasión, no es esto lo que deseaba. Yo quería una Europa unida e igualitaria, no una donde mangoneara Alemania y su lacayo francés y en donde el Reino Unido permaneciera tan solo para poder vender con ventaja sus productos industriales –cerca del 50% de sus exportaciones van a la UE–, al tiempo que España tiene que soportar que algún país extraeuropeo como Marruecos, coloque sus productos agrícolas en la UE en igualdad de condiciones con los productos españoles.

Desde un foro con tan poca resonancia como éste, pese al fervor religioso de algunos por ese europeismo, y sin un resquicio de duda, yo me declaro partidario rotundo de la salida del RU de la UE y que de una vez nos veamos libres de su inevitable y permanente extorsión. Que se queden fuera y tan aislados como el continente cuando hay niebla en el Canal, que se apañen con su EFTA o se integren como un estado más en los EE.UU.

Al tiempo, consigamos que Bruselas deje de ser la capital mundial de la burocracia y un refugio para políticos en decadencia. De verdad que Europa tampoco debe ser eso. Hemos permitido la creación de un monstruo que consume el tiempo y el dinero que debería emplearse en mejorar la vida de los europeos.

Firmemos también todas las peticiones para rechazar el TTIP –apoyado hasta ahora por el Partido Popular Europeo y el Partido Socialista Europeo (¡qué vergüenza!, ¡y encima con esos!)–, con el que los países como unidades políticas, sobre todo si son débiles y periféricos como el nuestro, dejarán de tener capacidad de decisión y perderán casi del todo su soberanía, entregando más poder aún a los bancos y multinacionales.

02 junio 2015

La ecología que nos alcanza

¿Son capaces de fijar una fecha aproximada a partir de la cual el concepto de ecología y el comportamiento ecológico pasó a formar parte de nuestro panorama diario? Creo que es muy difícil fijar un momento, porque estas cosas van impregnando poco a poco nuestro día a día, apenas percibiéndolo, y sólo cuando nos paramos y miramos para atrás nos damos cuenta de que cambió nuestra actitud. Tampoco es que todos hayamos vivido ese cambio en igual momento o intensidad. No obstante, si me apuran, yo diría que fue al inicio de los noventa cuando la presencia del ecologismo fue cambiando nuestra manera de comportarnos.

Es bastante generalizador, pues me consta que hay a quienes todo el asunto les resulta tan ajeno que leyendo esto llegarían a pensar que estoy perturbado –y puede que sea cierto, pero no por esto–. De hecho, conozco a quienes a estas alturas no acaban de tomar conciencia de la importancia de nuestro comportamiento y si alguna vez se permiten depositar una lata de bebida en el cubo del reciclado casi marcan con una cruz el día en el calendario como si hubieran matado a uno de esos dragones que abundan a nuestro alrededor.

Poco a poco, una parte de la población ha ido tomando conciencia de que nuestro planeta no es una fuente inagotable de recursos, que alguna vez hay que limpiarlo y cuidarlo, y contribuyen a paliarlo en la medida de lo posible. Claro está que otra importante parte de nuestra población pasa de todo este asunto e ignora la existencia del cubo amarillo de la basura y por descontado que de todos esos otros lugares importantes con cuyo uso colaboramos: medicinas antiguas en la farmacia, contenedores de vidrio, de papel, de pilas usadas y el punto limpio donde hay que depositar lo que corresponde, aun a costa de sufrir ligeras incomodidades. Lamentablemente, en ocasiones tengo que llamar a nuestro eficaz ayuntamiento para comunicarle que tal o cual contenedor está rebosante de desechos hasta el punto de que no cabe ya ni un periódico, ni un casco de cerveza. Esto no significa que la idea del reciclado sea mala, lo malo es nuestro ayuntamiento, quienes lo dirigen.

Si salgo de mi casa, caminando cincuenta metros hacia la izquierda, encuentro una pareja de los contenedores habituales en la ciudad en la que vivo, cartón y vidrio. Si en vez de caminar hacia la izquierda lo hago hacia la derecha, tropiezo con otro par a la misma distancia. Increíblemente, hay quienes viviendo en mi propio edificio o enfrente, abandonan sus cajas de cartón en la misma acera sin acercarlas ni un paso hacia su lugar correcto. Bueno, dejan cartón, pero también colchones, sofás, sanitarios, maletas, televisores de tubo… lo que sea, ya lo he dicho antes y ya sabemos acerca del individualismo –quiero decir incivismo desvergonzado– de muchos de nuestros compatriotas.

Comprendo que estos asuntos no son tan elevados como la trascendencia del ser o la alineación de nuestro equipo para el próximo partido, pero procurando olvidarme de ciertas actitudes ajenas, he llegado a hacerme socio de Greenpeace (y emplazo a todos a hacer lo mismo) con una cuota mínima –como mi economía–, porque es la única ONG que se dedica a lo verdaderamente irreemplazable: nuestro planeta. Hay científicos que auguran que al ritmo actual el planeta y la humanidad no llegarán al siglo XXII. Creo que no estaré para entonces, así que no pienso preocuparme en exceso.

Eso no quita que en ocasiones discuta con mi mujer acerca de su extremismo reciclador o que me choque un artículo como el que el otro día encontré en un diario de gran difusión donde se estudiaba qué era más ecológico, si limpiarnos con papel al terminar cierta tarea, emplear el agua en el bidé o una combinación de ambos medios. Creo que, de momento, eso sí que es pasarse una pizca. Sobre todo si somos estreñidos.

28 mayo 2015

Personaliza tu cuerpo

El título de esta entrada no es de mi invención, sino que reproduce el titular de un anuncio publicitario que hace pocos años leí en no recuerdo qué periódico o revista, insertado por un taller de tatuajes que brindaba su trabajo para poner fin a esa preocupante despersonalización personal.

Para mí resumió todo lo que de banal, estúpido e ignorante inunda nuestro entorno, preocupado sólo por lo físico y la posesión de artículos a la última, sea unas zapatillas, sea el móvil que proporciona en cada instante más prestigio a su propietario. Como dinero no tiene el que quiere sino el que puede, hay que esforzarse en incorporarse a la ola de modernidad hasta donde podamos y de ahí que sea posible contemplar, como me sucedió no hace mucho, a quien pide limosna exhibiendo un tatuaje que seguramente le habrá costado bastante dinero, a la vista de su extensión y colorido.

Todo el mundo se afana por personalizar su cuerpo y su aspecto, a costa precisamente de la pérdida de su personalidad. Por contra, se rechaza todo lo que pueda suponer conocimiento, salvo que sea superficial y se lleve, de ahí en parte que haya una afluencia multitudinaria a las exposiciones temporales de los museos, no se trata de conocer a tal o cual artista, de enriquecerse personalmente, sino de haber estado y pavonearse por ello.

Evidentemente estoy relativamente a salvo de tanta memez porque mi edad me inmuniza parcialmente y tendría que estar perturbado para correr a un taller de tatuajes en el que me grabaran en la piel la totalidad de mi ideario, como muchos empeñados en que los demás sepamos que adora a su madre, que el club de fútbol por el que bebe los vientos es tal o cual o que el alfabeto chino mola. Incluso algún jugador de fútbol anda con un tatuaje en élfico, lengua inventada en El Señor de los Anillos, y que según afirman expertos se lo ha hecho con faltas de ortografía. La estupidez llega al extremo de que he podido ver que ese patético espécimen llamado Justin Bieber ha incluido en su cuerpo entre otros muchos motivos, escenas selváticas o textos, el año de nacimiento de su madre –que fue 1975– en números romanos, pero ojo, no ha puesto esa cifra con su equivalente MCMLXXV, sino convirtiendo dígito a dígito I IX VII V, ¡usa un sistema híbrido de numeración! (suerte que no había un cero), y éste es el ídolo de buena parte de la juventud, principalmente femenina. Éste y otros y otras como éste.

En cuanto a los piercings, no hay demasiado que decir. Si hace veinte o treinta años se le hubiera sugerido a un adolescente que se pinchara el cuerpo en lugares delicados y se colocara un colgante metálico, habría llamado a la policía temeroso de encontrarse delante de un maníaco o depravado peligroso. Ahora hay cola para ponerse a la última colocándose uno –o varios– aros o pasadores metálicos en el ombligo, lengua, labio, nariz, pezón, ceja y oreja. Por no hablar de esos que se insertan en partes más íntimas y delicadas y que hasta me causa grima y dolor sólo pensarlo. Besar a alguna mujer que se haya colocado estos accesorios en labios y lengua debe de ser como chupar un llavero.

Antes, que un hombre llevara un pendiente hubiera supuesto bromas sangrientas y encasillamiento en determinada opción sexual. Hoy son legión los portadores y pienso que seguramente sería una exigencia para poder ingresar en ETA.

No todo ese interés de ir con lo que los tiempos exigen se limita al aspecto físico, también en lo superficialmente ideológico se procura estar al día y de ahí la fervorosa adhesión a causas de moderna aparición. La actual izquierda española y la prensa que los apoya se encuentran obsesionados por tres asuntos: homosexualidad, inmigración y feminismo. A ellos dedican estos diarios buena parte de sus portadas y contenidos y a su defensa dedican sus esfuerzos los que intentan estar a la última. No importa que la homosexualidad haya pasado en 25 años de ser definida como una enfermedad por la OMS –y así entendida por la población– a la actual libertad de comportamiento y tolerancia por parte de casi toda la ciudadanía. Eso no basta; envalentonados, atacan al modelo de familia tradicional por el hecho de serlo, y si no vean este reciente titular de prensa: «La Asociación Sehaska, de padres y madres homosexuales, denuncian la concepción social que se tiene de 'modelo ideal familiar' compuesto por progenitores de diferente sexo». Lo bueno es la homosexualidad, lo otro es repudiable y carca.

Algo parecido ocurre con la inmigración. Según un estudio del Instituto Gallup, los países que ven con mejores ojos la llegada de inmigrantes son España, Italia e Irlanda. No creo que sea casualidad que en estos tres países el nivel cultural no sea demasiado alto, que en los tres la religión predominante sea la católica y que quienes muestran más entusiasmo sean los empresarios locales. No importa que un análisis de a dónde nos llevará la inmigración descontrolada –en ese mismo estudio– anuncie una catástrofe poblacional para nuestro país y Europa en el caso de abrir fronteras.

Situación similar vive el feminismo. Yo he vivido durante el franquismo unos usos y leyes por los que a las mujeres casadas no se les permitía viajar o abrir una cuenta corriente sin una autorización del marido; la mujer era menos que un menor de edad. Sin mencionar que zurrarles la badana se consideraba natural. Afortunadamente eso desapareció y la mujer consiguió el respeto social y legal que merecía, aunque eso no bastaba, había que legislar incluyendo discriminación positiva hacia ellas y ahora los hombres saben que serán relegados y maltratados en los procesos de divorcio. Saben también que si su mujer decide plantarse en comisaría y denunciar malos tratos no se tomará en cuenta la presunción de inocencia y, por lo pronto, esa noche al menos la pasará en los calabozos. 

Ya saben, personalicen su cuerpo y su mente y déjense llevar plácidamente por la corriente dominante, sin pararse a pensar ni un momento en lo que dicen, hacen y defienden; encontrarse inmerso en la mayoría, relaja. Así vamos.

23 mayo 2015

Seres supremos

¿Cree alguien de verdad en Batman como ser supremo?, ¿y en el MEV (Monstruo del Espagueti Volador)?

Posiblemente habrá pocos que depositen su fe en el primero aunque hay gente para todo, pero el segundo tiene sus creyentes –pastafaris– en los EE.UU. que es donde se fundó esta religión y posee sus templos en aquel sorprendente país y también en Europa hay alguno en Dinamarca o Alemania, no recuerdo con certeza, pero seguro que es en esos países donde pensamos que puede darse cualquier cosa. La escasez de luz natural y una dieta a base de arenques no es bueno para la estabilidad mental.

Le veo pocas posibilidades al pobre Batman, esa es la verdad, aunque al igual que Superman, Spiderman y otros superhéroes se crearon como moderna y fantasiosa respuesta a la necesidad básica de depositar la propia confianza en un ser superior a nosotros mismos y fiando en que, con su capacidad y poderes, nos sacará de cualquier apuro en que nos podamos encontrar.

Lo del Espagueti Volador es otra cosa, pues tiene adultos seguidores que se toman medio en serio medio en broma lo de rendirle pleitesía. En todo caso da igual, y de manera semejante a los dioses de las grandes religiones es cuestión de cada uno creer en su existencia y adorarle; como Voltaire, soy un convencido de la conveniencia de que quienes no tienen buenos y sólidos principios crean en dios y por encima de todo me parece bien que cada uno se apañe como pueda. Ya saben aquello que afirmó Nieztche: El hombre, en su orgullo, creó a dios a su imagen y semejanza. Pues hágase.

Otra cosa es cuando alguno de estos adscritos muestra su asombro al encontrarse con un no-creyente y se admira de que nos mantengamos al margen de esa red de gente de fe que casi cubre el planeta. Es frecuente que, más o menos amistosamente, inquiera sobre ese descreimiento. Parece que no tienen presente eso que se ha dado en llamar la carga de la prueba –onus probandi– y que debe ser aportada por quien afirma la existencia de algo, sean los OVNIS, sea el yeti, sea la honradez de los franquistas que nos gobiernan.

No soy tan pretencioso y absurdo como para pretender probar la no existencia de uno u otro dios, simplemente me sitúo en el escepticismo dispuesto, por descontado, a apearme de mi descreimiento apenas algún creyente venga a mi lado y me convenza de mi error. Pero ojo, no me pidan fe, fe es creer en algo que no se sustenta en pruebas y no estoy en esas.

Lamentablemente, hasta el momento sólo he podido escuchar vaguedades, argumentos geográficos o frases rotundas basadas en la nada o, lo que viene a ser lo mismo, en las llamadas Sagradas Escrituras o el Corán, que poseen de por sí tanta fiabilidad como Blancanieves o el Poema del Mío Cid.

Vamos a vivir en paz, que cada uno haga y crea en lo que le apetezca, cuidando de que esos hechos o creencias no molesten a los demás, porque en ese caso lo que se está buscando es la confrontación.

Por poner un ejemplo práctico: en la acera de enfrente de mi casa había un solar de propiedad municipal comprometido por el ayuntamiento para construir centro de juventud, centro cultural y biblioteca pública, tengo copia del documento municipal sobre ese acuerdo (ver noticia de prensa). De repente y sin más aviso previo, el alcalde cede a la iglesia católica ese solar para la construcción de un templo y en ese templo –cuando se construye a toda prisa– se coloca una especie de torreta rematada por una campana en la que por medios eléctricos o electrónicos se hace que sea mecánicamente golpeada noventa veces cada vez que se desea anunciar oficios (quienes me conocen ya me han oído opinar ampliamente sobre el asunto) produciendo un ruido enloquecedor por su potencia, monotonía y persistencia. Cuando las ventanas propias se encuentran a cincuenta metros en línea recta –sin obstáculo intermedio– es difícil olvidar el asunto.

En su momento, asociaciones de vecinos ya intentaron negociar con el párroco reducirlo a diez o doce campanadas, pero el personaje no atiende a razones y cuando lo han interrogado en la televisión, hace años, sobre el cambio de uso del solar entre otros asuntos, ha respondido que una iglesia es el servicio social más importante (ver vídeo). Entonces, el concejal de distrito (del PP, claro) me prometió personal y públicamente que se efectuaría una medición de los decibelios producidos, actuando en consecuencia. Hasta ahora; cambió el concejal, pero no la actitud. Ya saben, perro no come perro.

Hace unos seis o siete años un anónimo héroe de la zona subió a la torreta y se cargó el mecanismo, pero por desgracia alguien lo vio y días después fue detenido y encarcelado; el instrumento de tortura reparado y se colocaron medidas de seguridad que hacen imposible repetir el intento. Una pena.

A eso se le llama actitud hostil y lamentablemente, es la postura habitual de la iglesia católica en España: prepotencia y desprecio a los otros, ahora que no pueden encarcelarlos o quemarlos como sería su deseo. Que nadie se extrañe de que esos comportamientos despierten una profunda y persistente animosidad y fuerte deseo de revancha.

20 mayo 2015

El brasileiro que llevamos dentro

batucada... en Cataluña
Según leí, la producción de ruido es algo que el ser humano lleva interiorizado desde hace miles de años, primeramente para espantar a sus enemigos, humanos o irracionales; más tarde para reafirmarse frente a otros. Por eso, todos los pueblos primitivos han dado gritos antes de la lucha y han golpeado todo tipo de tambores, hechos con la piel de los animales cazados, para celebrar lo-que-sea, para bailar e incluso para espantar espíritus. En la práctica, puede que espanten a esos espíritus, pero sobre todo espantan a las personas sensibles al ruido entre los cuales, lo confieso, me encuentro.

Normalmente hemos visto eso de los tambores en las películas cuya acción se desarrollaba en África –de norte a sur–, en Oceanía y  en los territorios de América del Norte cuando el hombre blanco todavía no había tomado posesión de ellos, eliminando a sus legítimos propietarios. No había y no hay ceremonia de cierta importancia en la que los tambores no hagan acto de presencia. Lógicamente, esos instrumentos están también presentes en países en los que la importación de esclavos africanos fue notable y por eso no hay que extrañar su uso en países como EE.UU., Cuba o Brasil, por poner sólo algunos ejemplos. Forman parte de la tradición y además inducen al baile o al contoneo.

Lo que ya es difícil de explicar es su extensión por países como España, en los que no ha habido presencia de instrumentos de parche hasta tiempos bastante recientes, supongo que, si acaso, hace algunos siglos, se usaría moderadamente para poner banda sonora a la quema de herejes en los autos de fe celebrados por la iglesia para complacer a dios.

En nuestro país, el toque tamborilero se manifiesta de tres maneras: 1) Raphael gesticulando de esa forma amanerada tan suya al interpretar en televisión la canción navideña de tal nombre; 2) los golpeadores de tambores que en semana santa manifiestan su profunda fe golpeando desordenadamente todo lo que se parezca a un tambor hasta sangrar por las manos; 3) las manifestaciones reivindicativas en las que es normal la presencia de numerosos participantes en cabecera tocando rítmicamente instrumentos de percusión, pero –ahí está lo más curioso– al ritmo de batucada brasileña.

Mi desconcierto es absoluto, ¿qué tiene que ver la batucada con España y los movimientos sociales? Para quien no esté al tanto, aclararé que se define tal asunto como un grupo de percusionistas y «…tiene como característica principal la acentuación del segundo tiempo en los compases. Se la considera a veces una derivación del samba». También, en su país de origen «ato ou efeito de batucar, de bater com reiteração, de fazer ritmo ou barulho desta maneira» (aclaro que en portugués la “lh” tiene el mismo sonido que nuestra “ll”). Ahí lo tienen.

Observen en directo o a través de la televisión una de esas manifestaciones y comprueben la cara de satisfacción de quienes golpean su instrumento, ¿es porque piensan que se va a conseguir lo que reivindican?, ¿quizás muestran su contento por su aportación a la causa por la que se manifiestan? Ni hablar, es porque han encontrado la excusa perfecta para hacer ruido en la vía pública sin –dentro de lo que cabe– ser perseguidos por las llamadas fuerzas del orden.

He dedicado tiempo a reflexionar sobre esta relación y estoy seguro de haber llegado a la conclusión correcta: en nuestro país, lo importante es hacer ruido y por lo tanto cualquier motivo es válido para producirlo, aunque no venga a cuento. Así que no hay que buscar más nexos.

De despedida una reflexión y un misterio: ¿dónde ensayan estos percusionistas? Lo digo porque estoy convencido de que la que montan cada día mis vecinos de arriba no tiene absolutamente ningún ritmo, así que no se trata de eso.

06 mayo 2015

Hipocresía social

Llevo publicadas varias entradas en las que critico diferentes manifestaciones de actitudes sociales que son mantenidas porque están de moda, se llevan, y como cabía esperar el efecto que causo es nulo, tan sólo consigo réplicas que abundan en lo de siempre, perder lectores y provocar conflictos con amigos o familiares. No estoy muy seguro de que no se esté haciendo una colecta para comprarme un brazalete con la esvástica. Era de esperar: yo, malo; los otros, buenos.

La falta de coherencia de lo que algunos y yo mismo calificamos de buenismo es notable y la única explicación de su aparición y persistencia es una mezcla de despiste, irrealidad y caridad cristiana. Aderezado muchas veces con una cierta cara dura.

Está muy reciente el terremoto de Nepal en el que, cosas de la proximidad de las elecciones, el gobierno español ha hecho un esfuerzo desusado y ha conseguido enviar tropas y equipos al país, algo que al parecer sólo se le ha permitido a EE.UU., Reino Unido, Israel y España (aunque ya les están diciendo a todos que se larguen). Pero eso no ha satisfecho a los padres y familiares de los españoles desaparecidos o simplemente no controlados; según ellos debería haberse hecho más, supongo que deberíamos haber enviado al buque BPE Juan Carlos I (facturado por avión, para que llegue antes) y al comandante de la nave meterle un buen fajo de millones en el bolsillo, para gastos; nuestros excursionistas son lo primero. Cuesta aceptar que mientras los enfermos de Hepatitis C siguen sin recibir el medicamento que puede salvarles la vida o haya cientos de miles de dependientes no atendidos viviendo algo que no puede llamarse vida, se derrochen millones en rescatar a quienes están en Nepal mayoritariamente por:

1) han ido allí a practicar montañismo o senderismo y, según leo, muchos de ellos sin haberse hecho previamente el seguro aconsejado por la más elemental prudencia. Ocuparse de eso es de maricas;
2) se han ido allí a cuidar de los niños y necesitados en general. Parece que ayudar a los marroquíes o saharauis no les parecía suficiente, están demasiado cerca y el lugar no es suficientemente exótico ni posee el aura mística que tiene Nepal. No es lo mismo decir "estoy cuidando unos niños en Katmandú" que "cuido a unos moritos en Bine El Ouidane";
3) turistas en general, a los que es aplicable lo dicho en el punto 1. He leído que turistas franceses han sido rescatados mediante helicópteros contratados por sus compañías aseguradoras. Claro que ya se sabe, los españoles somos muy individualistas;
4) evidentemente, queda un heterogéneo grupo en el que pueden incluirse desde empresarios en viaje de negocios o radicados allí a personas de paso u otras razones minoritarias que desconozco.

Ha habido de todo, incluido quienes alentaban a ocuparse en exclusiva de los españoles y dejar de lado a los nativos. Y es que, oiga, hasta el buenismo tiene un límite, más o menos cuando hay que pasar de las bonitas palabras a las obras; ¿y los nativos?, no pasa nada, ellos se apañan muy bien. Tampoco parecen recordar que con el dinero empleado en salvar a ciento y pico españoles podría salvarse la vida de miles de esos que atraviesan el Mediterráneo contraviniendo leyes, desafiando temeraria e inconscientemente peligros y negociando con mafias. Y conste que yo doy preferencia a los españoles, pero es que yo soy un nazi y no tengo corazón…

Y es que no es lo mismo decir que dejen libre la llegada de pateras o el paso por Melilla que alegrarse al encontrar el portal de casa ocupado por africanos. No es lo mismo decir que vengan los que quieran, que cogerlos apenas llegan para trabajar en explotaciones agrícolas por salarios miserables y con jornadas extenuantes. O si son mujeres, colocarles un uniforme de sirvientas y ponerlas en casa a trabajar. Tampoco es lo mismo llenarse la boca de solidaridad humana que actuar coherentemente y mandar a los hijos propios a colegios donde el porcentaje de inmigrantes sea elevado (no me refiero al Liceo Francés).

Hoy viene en cierto periódico de izquierdas –que suelen ser los más insistentes con esto de la inmigración ilegal– una encuesta realizada por el Instituto Gallup en 154 países para conocer el deseo de emigrar de sus habitantes si se abrieran las fronteras y el destino de esos potenciales emigrantes según sus preferencias. Estamos de enhorabuena, ¡hemos ganado –por ejemplo– a Francia y Austria! Nos llegarían nada menos que 20 millones de personas; no se me ocurre dónde podríamos colocarlos, pero los españoles hemos sido de siempre buenos improvisadores y ya sabremos ubicarlos. Además, en España sobra el dinero, los pisos son muy grandes y podrían dar acogida a buena parte de este contingente. Con suerte y el buen índice de reproducción que cabe esperar, para finales de este siglo habría en España unos 100 millones de habitantes ¡¡se acabó el problema de las pensiones!! (y las propias pensiones).

Se me ocurre otra solución: mandamos a 20 millones de españoles a Finlandia (allí hay muy buena gente y son acogedores) y con eso se paliaría el problema de la llegada a España del mismo número de personas con alta cualificación profesional. Yo no me iría porque no me sumo a esa buena acogida. Desde hace mucho tiempo vengo sosteniendo que la buena voluntad no basta si no es acompañada de una mirada más allá de lo inmediato y que la generosidad debe ir acompañada de inteligencia y un sano egoísmo previsor.

04 mayo 2015

Budapest, viaje con escala. Adenda

calle Ignacio Nagy
Hace pocos días publiqué una entrada dedicada a mi viaje a Budapest y hasta me agradó el halago de un amigo que se asombraba de que fuera capaz de encerrar una ciudad como esa en una página, pero la verdad es que cuando lo escribí me pasé de la raya y al ver que superaba el tamaño habitual de una entrada, que calculo que es más o menos lo que un lector normal puede soportar, procedí a una poda de lo escrito que lo dejó del tamaño deseado, pero hecho un bonsai. Posteriormente le añadí un pequeño párrafo, pero siguió siendo un tronco esquilmado, así que hoy realizo una ampliación de lo escrito añadiendo algo, no exactamente lo original eliminado, porque aquello lo borré por las buenas. Lamento esta incontinencia literaria, Angel.

Ni de lejos me voy a poner a describir el parlamento y sus 85 torres (eso aseguran) o la iglesia de Matías en Buda, porque eso ya viene en las guías. Voy a tratar de señalar lo que no viene en esas guías o no se le presta atención. Por ejemplo, lo de que los húngaros escriban primero su apellido y después el nombre. Eso implica que cuando decimos, por ejemplo, Imre Nagy, estamos invirtiendo su orden original Nagy Imre, –sospecho que allí Nagy es como aquí González– como si en vez de escribir Rodrigo Rato lo hiciéramos como Rato Rodrigo ("rato" en portugués y gallego significa "rata"). 

Diré que la ciudad dispone de una satisfactoria red de transporte público, al menos en la parte que el turista visita. El metro tiene sólo 4 líneas, pero está bien complementado por abundantes líneas de tranvías –tengo una debilidad infantil por ellos–, trolebuses y autobuses. El problema de estos complementos es que, como es natural, indican su recorrido en húngaro –no conseguimos un mapa en condiciones de la red– y eso dificulta un uso confortable del recurso que, al menos en nuestro caso, hizo que nos ciñéramos principalmente al metro.

Las estaciones de metro por las que pasamos, estaban a una profundidad que en las redes de metro que conozco no he encontrado nunca y consecuentemente sus escaleras automáticas eran de una longitud que a mí me producía vértigo. Para remate, el ángulo de estas escaleras es más empinado que el de aquí, produciendo un efecto óptico consistente en que al bajar por ellas, da la sensación de que el rellano que se alcanza al final está señaladamente inclinado hacia la escalera.

Me llamó la atención que el rotulado de sus calles fuera claro de leer y con información detallada, no tan escondido, difuso y descascarillado como suele ser en España. Como otras ciudades europeas, incluía el nombre del distrito y barrio, pero además los números de las casas que abarcaba la manzana. Muy práctico. 

En esa iglesia de Matías que he mencionado y que era una mezcla de varios estilos, aunque fundamentalmente gótico, me sorprendió que las grandes columnas estuvieran dibujadas y coloreadas al estilo de como nos cuentan que eran los templos egipcios. Además, ya saben que en España solemos alicatar hasta el techo nuestros baños y cocinas. En centroeuropa se mueren por alicatar el tejado de las iglesias y Budapest no es una excepción.

Se me ocurrió hacer un crucero de una hora por el Danubio tras la puesta de sol, porque me habían asegurado que el espectáculo de puentes, iglesias y palacios iluminados por la noche merecía la pena. Tenían razón, aunque el espectáculo desmereció bastante gracias a la presencia de unos cuarenta turistas adolescentes en plena posesión y uso de voces chirriantes, capaces de hacer temblar el barco con sus gritos. En resumidas cuentas, no recomiendo la excursión salvo que se garantice mediante contrato la ausencia de vociferadores. Los adolescentes siempre serán adolescentes, por eso es saludable no compartir espacio con ellos.

Supimos que Budapest es llamada “la ciudad de los baños” y no precisamente por los de las viviendas, sino por los baños públicos en los que usted puede disfrutar de todos tipo de prestaciones a cual más sibarita, desde baños en chocolate a baños en vino tinto, masajes de distintos tipos y de duración de hasta 60 minutos –no me imagino lo que puede ser un masaje de esa duración–, lamento no haber tenido tiempo de experimentarlo, pero había también baños al aire libre –algo así como nuestras piscinas– donde la gente se bañaba alegremente en aguas templadas, cierto, pero al salir del agua la temperatura exterior era –en los días de mi visita– de unos 7 u 8 grados y la verdad, que no cuenten conmigo para experiencias de ese tipo. Me pregunto si esa afición a los baños será algo remoto o es fruto de la dominación de los turcos durante 150 años.

20Resultaba curioso que la llamada corona de San Esteban incluida en el escudo de Hungría tuviese torcida la cruz que la remata en la parte superior. Pensaba al principio que era un descuido en la primera reproducción que vi, pero tras ver que esa cruz torcida estaba en todas las representaciones de la corona, fuera a la entrada de los puentes sobre el Danubio, los monumentos o en los grabados más rancios, decidí preguntar y como nadie lo sabía y no pude hacer una encuesta a escala nacional no llegué a averiguar la razón de esa cruz doblada a la que yo atribuía cierto simbolismo ligado al berrinche de algún rey, con una frase emparejada del tipo “…podrán doblar la cruz de mi corona, pero no la determinación de cumplir mi destino como cristiano”.

Pues no. A mi vuelta busqué incansablemente en Google y encontré la única explicación que ha llegado hasta mí: la corona está torcida porque en el siglo XVII alguien al guardarla no puso cuidado y machacó la cruz al cerrar el cofre. Caray, qué desidia, ¿no era mejor enderezarla y dejarse de pamplinas? 

Para final una alegría: sólo vi una pintada en todo el Puente de las Cadenas, hecha con rotulador negro grueso. Estaba en español.

29 abril 2015

Budapest, viaje con escala

Hace pocos días que he vuelto de un corto viaje a la capital de Hungría y aunque escribir sobre viajes no es lo mío, creo que nadie se va a escandalizar si relato algunas de mis experiencias.

Para empezar, debo aclarar que la visita estaba comprometida conmigo mismo –y por supuesto que con mi mujer, buena es ella– desde que hace un par de años decidí acometer el recorrido tan típico de Viena-Praga-Budapest, pero resultó que la antigua compañía aérea de bandera húngara Malév acababa de sucumbir, supongo que como consecuencia de la desaforada y desleal competencia de las malditas low cost, y tuvimos que privarnos del placer de ir al país del gulash, porque no había línea aérea que enlazara con el nuestro.

El caso es que este año decidí no retrasarme más y contraté el viaje, pese a que la única línea que hace el vuelo directo Madrid-Budapest es Ryanair, y como tengo el firme propósito de no jugarme la vida y la dignidad con esa compañía, elegí el vuelo con escalas Madrid-Frankfurt-Budapest mediante Lufthansa. Nos aprendimos cuatro palabras en húngaro y no más, porque es conocida la frase de algún personaje famoso que no recuerdo, que para representar la dificultad de aprender el idioma magiar afirmó que sólo estaba al alcance de los húngaros y de DIOS. Y resultó cierto, aquello sonaba peor que el chino, aunque para mi sorpresa resultaron ser bastante políglotas y eran abundantes los que hablaban inglés y, según me aseguraron, también eran muchos los que dominaban el alemán o el ruso. Asombroso.

De entrada diré que Budapest me pareció una especie de Viena, pero de protección oficial. Mucho imperio, mucho edificio imponente, amplias avenidas, pero ni la mitad de lujos y dorados que Viena y con un mantenimiento de los solemnes edificios que resultaba un tanto escaso, claramente desvencijados como sujetos a recortes, no sé si por la crisis o su pasado soviético. Algo así como el firme de nuestras calles y carreteras actualmente, Rajoy habría disfrutado con todas esas carencias.

Cuando se viaja a una ciudad por primera vez y se dispone de pocos días, está claro que hay que elegir entre ver un par de museos y edificios notables por dentro o callejear todo lo posible y limitar las interioridades al máximo, pues de lo contrario el tiempo se escurre entre los dedos sin dar tiempo a cogerle el aire, así que procuramos andar lo inimaginable y apenas conocer alguna iglesia o construcción importante en su interior.

Durante los dos primeros días sacamos abono de esos autobuses turísticos de dos pisos que hay en todas las capitales y que permiten sacar una impresión general, para tomar nota de aquello que después veremos con más detenimiento. Lo que más me impresionó de este tour fue la exhaustiva lista de cosas que los húngaros habían inventado (según ellos) y que iban siendo enumeradas a través de los auriculares de a bordo: uno ya sabía que eran húngaros el autor del bolígrafo y del famoso cubo Rubik, pero no sospechaba que también habían inventado la bomba atómica, el condensador, la televisión en color, el fax, el teléfono móvil, etc. etc. Teniendo en cuenta que los franceses afirman haber inventado las patatas fritas, uno ya no se asombra de nada.

Lo primero, conseguimos resolver esa incertidumbre sobre cuál lado del río es Buda, cuál Pest (y nos quedamos con las ganas de situar la tercera parte del rompecabezas: Óbuda). Pest es la parte llana como un plato ídem, ideal para pasear a pie o circular en bicicleta, margen izquierda del Danubio. Buda es la parte ideal para reventar subiendo y bajando cuestas. 

Desde luego, llama la atención el enorme tamaño del parlamento que, como otros monumentos, limitamos a un conocimiento exterior por varias razones: había que concertar cita previa para la visita y además al tener un tamaño que aspiraba al de nuestro Escorial (a ojo de buen cubero), él solito habría engullido buena parte de nuestro tiempo de vacaciones. Qué bueno sería poder mezclar tanto gótico pastelero con nuestra seca y triste sobriedad. Eso sí, lo contemplamos muchas veces porque nuestro hotel se encontraba muy cercano y casi para cualquier actividad pasábamos por su cercanía. Además, estaba allí nuestra estación de metro.

Por cierto que, como muchos saben, el edificio se encuentra a orillas del Danubio y no hay que olvidar que si un río es casi siempre un importante elemento embellecedor de cualquier ciudad que disponga de él, tratándose del río más importante de Europa, el efecto es para enmudecer.

De carambola conocimos el que debe ser el principal conservatorio de la ciudad. Pregunté a quien guardaba la puerta si podíamos pasar y nos dijo que adelante, noté que no era frecuente la aparición de turistas en aquel punto. El lugar era impresionante y como ya habíamos observado en otras ciudades europeas, mostraba un respeto por la música y su enseñanza que en España ni imaginamos. Somos un pueblo de verdad bárbaro, y ahí tenemos a los mejores –o más caros– equipos de fútbol para quien lo dude.

Una opinión muy subjetiva sobre las tres ciudades centroeuropeas de las que hablaba al principio: si tengo que escoger una de ellas –que prefiero no hacerlo–, me quedo con Praga, quizás porque no es tan grande como las otras y a mí eso me produce una impresión más acogedora. Además, no encontré tanto italiano.

P.D. Me dice mi mujer: no has contado eso. El eso es que el día de inicio del viaje coincidió con el cumpleaños de ella y a mitad del vuelo a Frankfurt se nos acerca la sobrecargo, felicita a mi mujer y nos pregunta si queremos una copa de champán. Por supuesto que dijimos que sí, pero mientras la bebía varias preguntas me daban vueltas en la cabeza: ¿cómo sabía esa mujer que era el cumpleaños de mi esposa?, ¿hasta qué punto se difunden nuestras privacidades, que incluso llegan a conocimiento de una sobrecargo? En todo caso mis felicitaciones a Lufthansa, otras compañías no habrían tenido ese detalle, pero...

26 abril 2015

Amor al cine

Quede claro, no soy de esos cinéfilos capaces de verse tres veces seguidas “El nacimiento de una nación” en pleno éxtasis. Y conste que los admiro, aunque no es lo mío. Sí me gusta el cine y los mejores momentos de mi infancia están asociados precisamente a las películas, me proporcionaban una felicidad que la vida real no me aportaba ni lejanamente. Además, soy de los que lloró cuando mataban a la madre de Bambi.

Hasta hace cuatro o cinco años iba a cines de verdad, de esos a los que se entraba directamente desde la calle y que no tenían más que una sala y una pantalla, pero por desgracia fueron siendo cerrados atropelladamente uno tras otro. Me veo obligado por lo tanto a asistir a esas multisalas donde se proyectan dieciocho películas en otras tantas salas, la mayoría malas porque la decadencia de las salas de cine ha ido acompañada de la decadencia en la calidad de las películas, o viceversa.

Lo que la gente pide ahora y lo que al parecer Hollywood produce sin más complicarse la vida, son adaptaciones de tebeos –comics que dicen los modernos, ¿es posible que haya tantos tebeos que yo desconozca?– en las que pese al dineral que cobran los intérpretes, los verdaderos protagonistas son los efectos especiales y es eso lo que buscan muchos de quienes dicen disfrutar del cine. 

Acabo de volver del cine –o de algo parecido ubicado en un centro comercial– después de meses sin acudir a una sala. Era la primera vez que acudía a ver una película en ese centro comercial cercano a mi domicilio y la impresión no ha podido ser peor: las multitudes –que detesto– en todos los lugares, aunque no era fin de semana: taquillas, pasillos, aparcamiento, restaurantes, etc., la sala de cine con asientos en verdad confortables, pero con el suelo que crujía al pisar sobre las palomitas desparramadas por esos espectadores que no conciben ver una película sin estar comiendo algo –principalmente esas palomitas– y esparciéndolas a su alrededor. Es asombroso lo fácil que ha resultado crear un reflejo condicionado en la gente: piensan en una película y empiezan a salivar porque se les viene a la mente un cubo de palomitas y un vaso gigante de cocacola; el bueno de Pavlov...

A mitad de la película suena un móvil detrás de mí y la persona mantiene una conversación sin importarle los demás. Una niña de unos seis o siete años hablaba con sus padres en voz alta cada rato –ricura– y estos no la hacían callar. A nadie parece importar nada de esto y la gente aparenta ser feliz en medio de la gente, asistiendo a la proyección de una película que yo había escogido creyendo que las críticas eran fiables y que en realidad resultó tan insufrible que no me salí del cine por no fastidiar a mi mujer; la historia trataba de un tipo que no se peinaba ni se duchaba y una chica con pinta de taquillera del metro. Todo esto amenizado por el retumbar de disparos o algo así de la película de la sala contigua que se oían a la perfección porque los actuales sistemas de sonido son realmente espléndidos (y ensordecedores) y han ido más allá que los aislamientos acústicos.

Nada puede sustituir a aquella placentera experiencia de ir a una sala de verdad, una película en un cine es muy diferente de una película en casa, pero si eliminan lo que me gusta y tengo que escoger un sustituto, prefiero ver una película en la televisión. Empieza cuando yo quiero, nadie mastica o habla a mi lado, no suenan móviles y para remate puedo tomarme un whisky o ir al lavabo cuando me apetece. Tal y como están las cosas, que los empresarios de las salas de cine no cuenten conmigo aunque pongan la entrada a precio de cuando las pesetas. Seguro que esos seres comedores de palomitas les seguirán llenando las salas con tal de que las películas tengan muchos efectos especiales y muchas explosiones.

21 abril 2015

Ciencia infusa

Resulta que de entre todos los amigos y conocidos que tengo, son muy-muy escasos los capaces de escribir un párrafo de cinco líneas sin que aparezca una falta gramatical, aunque sea la tilde de una palabra. Lo confieso, a veces tengo que lanzarme sobre el diccionario porque me entran unas dudas tremendas sobre la ortografía de una palabra, supongo que debido algo a mis lagunas gramaticales, en buena parte a la edad y no poco a mis nociones de portugués, un idioma que tiene la mala costumbre de escribir con “g” lo que en español debemos escribir con “j”, poner con “v” tiempos verbales similares a los españoles en los que nosotros debemos usar la “b” y otro montón de diferencias sorprendentes. Es un idioma «falsamente amigo».

La razón general para aquellas faltas de las que hablaba son las que cabían esperar: falta de hábito de lectura, escaso interés por el lenguaje (personal y social), mala memoria, quizás poca costumbre de escribir y para rematar, el uso habitual de dispositivos electrónicos como móviles y tabletas y su escritura «vale todo»; lo normal. Nadie lo sabe todo, pero me cuesta disculpar la mala ortografía, sobre todo si es consecuencia del nulo interés por hacerlo bien.

Y a propósito de sabiduría, como ya he dicho aquí en alguna ocasión, soy uno de esos estafados por las participaciones de Bankia y pese a las frecuentes noticias periodísticas que van apareciendo día tras día abundando en los procedimientos mafiosos que se pusieron en práctica para colocar estos activos, aún hay quienes piensan y declaran que engañaron sólo a los tontos. Lo consideran un caso similar a lo de Forum Filatélico o los bonos de Ruiz Mateos y peor que haber votado al PP en las últimas generales fiando en su programa. Ese partido cuyo presidente afirmó que la banca devolvería al estado hasta el último euro de los 55.000 millones que se les prestaba –conservo el vídeo– y esta semana declaran tan frescos que no se recuperarán más de 15.000, ¡eso sí que es engañar a tontos! (en esta fecha, el Banco de España declara que sólo se ha recuperado el 4,3%).

Día tras día tengo que batirme para despejar la idea de que esas participaciones fueron colocadas principalmente a gente analfabeta e ignorante, porque –sin entrar a valorar mi propio caso– la realidad es que se colocó entre personas de todas las condiciones y edades, bien es verdad que fundamentalmente a jubilados. No porque éstos sean necesariamente débiles mentales, que abundan, sino porque los bancos sabían con certeza que era entre este colectivo donde abundaban los que, intentando asegurarse una mínima holgura y tranquilidad en la vejez, habían procurado acumular unos ahorros hacia los que se ha dirigido la codicia sin escrúpulos y sin control de los banqueros.

Abundan los listos que se ufanan de que a ellos nunca se la hubieran dado, bien porque poseen unos sólidos conocimientos de economía bancaria, bien porque son dueños de un fino instinto que ningún banco puede sortear.

En mi opinión, la razón de que no hayan sido estafados suele ser que, o bien no tenían ahorros que pudieran serles arrebatados o no tenían relación habitual, cercana y de muchos años con las entidades que han practicado la estafa y por lo tanto no estaban acostumbrados a depositar cierta confianza en su banco.

Todo esto me ha venido a la mente porque hoy he recibido un escrito circular de un banco, donde tengo invertida una modesta cifra en un fondo de inversión, avisando de que el adjunto que incluían es un resumen acerca de la trayectoria de mi fondo en el pasado ejercicio. El tal adjunto tiene 53 páginas y al hojearlo he podido comprobar que, efectivamente, ni mi cultura ni mi paciencia llegan hasta el extremo de asimilar tanto gráfico y tanta expresión en extranjero que ni a tiros conozco, ni falta que me hace a ese precio cuando además, para más señas, detesto esa falsa ciencia llamada economía. Este adjunto no es un caso aislado, raro es el mes en que no recibo otro tocho informándome de las nuevas condiciones de mi contrato telefónico, o eléctrico, o bancario, o de-lo-que-sea que entrará en vigor automáticamente en fecha cercana si antes no cancelo mi cuenta o contrato. Estoy por tanto –de nuevo– a merced de lo que esos bancos o empresas quieran hacer con mi dinero o esperar a que la ciencia infusa me dé armas para entender lo que a mi alrededor se conjura para expoliarme. Qué se le va a hacer, antes presumía que el estado velaba para impedir que el ciudadano fuera estafado por los truhanes que abundan. Ahora sé que eso no es cierto, que ellos mismos son los truhanes y que, incluso algún honorable presidente de comunidad autónoma –ya saben, quien encarnaba a todo un "hecho diferencial"– o algún ministro que ha tenido a su cargo la responsabilidad de la economía nacional –Rato, se llama Rato– han defraudado, han sacado dinero ilegalmente fuera del país y han favorecido a sus amiguetes. Por explicarlo en cuatro palabras: yo, tonto; ellos, listos.    

Mientras, aquellos listos a los que nadie engaña, son estafados por las operadoras telefónicas –como todos, por cierto– y dan el conforme al uso de aplicaciones informáticas en el PC, el móvil o la tableta, sin leer la extensa letra pequeña de las condiciones que, a saber a qué compromete. Puede que algún día lo descubran dolorosamente.

16 abril 2015

Un hombre, un voto (más o menos)


Bueno, y antes de que se subleven, aclaro que una mujer, también un voto, faltaría más, hay que aclararlo ahora que muchas andan revueltas porque no les gusta ni siquiera eso de homo sapiens, ya que les parece ofensivo lo de que aparentemente sólo se mencione al hombre. Aquellas magníficas exposiciones –ahora que me doy cuenta, hace muchísimo tiempo que no sé de ellas– que se llamaban Las edades del hombre iban a plantear actualmente más de un problema.

Pamplinas aparte, pasaré a lo que me ha producido las ganas de escribir una entrada sobre el derecho al voto. Resulta que hace muchos años, tantísimos que ni siquiera voy a decir cuántos, en una charla entre amigos sugerí que deberían inventar un aparato, algo así como ese casco con cables de las historietas, que a la hora de votar averiguase qué coeficiente intelectual tiene el que va a depositar su papeleta y, según eso, aplicase un coeficiente reductor o multiplicador del valor de cada voto, un coeficiente que el votante ignoraría, con lo que seguro que todos saldríamos de la cabina pensando que éramos first class.

Uno de los presentes en la charla –votante impertérrito del partido del OTAN no, pero vale– se indignó y me llamó facha –sabiendo que ese calificativo yo lo consideraría una ofensa de nivel 1– asegurando que era una propuesta propia de tales y que el voto debería tener el mismo valor para todos.

No he vuelto a acordarme de esa idea mía, que según he comprobado después no es ni siquiera original, pero no quiero ni pensar las discusiones que surgirían con los demócratas formales y las complicaciones técnicas que supondría fabricar un aparato como el que yo sugería, asegurándose al tiempo de que de ninguna manera pudiera ser manipulado, ni siquiera por Cospedal.

Hoy he leído un artículo en la prensa que en cierta manera plantea un dilema relacionado. No sé si saben –yo no lo sabía, pero lo he descubierto hoy– que quienes padecen síndrome de Down y son incapacitados por sus familiares responsables, no tienen derecho al voto. Sí aquellos que tienen un grado pequeño de valoración del síndrome, que pueden votar igual que pueden trabajar o casarse.

Pero no contaban con la ceguera de los allegados –seres queridos que dirían los modernos–, y una madre de una de estas personas incapacitadas se ha dedicado a recoger firmas para que el diccionario de la RAE modifique el significado que da a la palabra subnormal y, al tiempo, la asociación que reúne a familiares de estos –digamos– enfermos quiere que se permita el voto incluso de los incapacitados. Cuesta entender cómo si la familia lo incapacita, después pretenden que tengan derecho a votar, parecen considerar que el sufragio no precisa de capacitación alguna. Eso da una idea de la valoración que los españoles dan al sufragio y debería animar a la invención del aparatito del que hablaba al principio.

Resulta muy ilustrativo leer los comentarios que en la prensa digital acompaña a la mayoría de las noticias y en ese caso los había para todos los gustos: desde quienes piden que se les retire el derecho al voto a quienes padezcan Alzheimer o Parkinson a quienes dicen que si se lo dan a aquellos incapacitados deben dárselo también a los niños que hayan hecho ya la primera comunión. Un dilema.

Hace pocos días una encuesta aseguraba que en caso de elecciones locales inmediatas, en Madrid volvería a ser el PP el partido más votado, lo que evidencia la urgente necesidad del aparato, aunque seguro que ese partido se opondrá rotundamente. Se confirma que son multitud quienes confunden sus miedos y sus simpatías personales –vaya usted a saber basadas en qué– con el voto que deposita la confianza en alguien/algunos para que nos mangoneen y nos despojen. Pura nostalgia de por el imperio hacia dios.

13 abril 2015

Un mundo mejor

Lo he dicho varias veces, pero es que no deja de ser chocante que según aumentan los malos modos, la falta de educación entre ciudadanos (vecinos, compañeros de trabajo, clientes en la cola del super, etc.) más aumenta el buenismo de la población y más se llega a babear ante lo primero que se le presenta en los medios de comunicación para sacar a flote la compasión que cada uno parece que guarda en su interior. Uno puede quitarle el hueco de aparcar a otro y amenazarle con partirle la cara si reclama, pero curiosamente se derrite y babea si le ponen delante la foto de un somalí con cara de hambre.

En uno de los artículos que semanalmente escribe y publica Javier Marías, trata acerca de la facilidad con que la gente se traga lo que en una noticia de prensa o televisión se dice, aunque las imágenes muestren todo lo contrario.

No pretendo usar lo que él escribe para dar fuerza a lo que voy a decir, pero estoy asombrado de que en las noticias que a diario aparecen en la prensa sobre los incidentes en la valla de Melilla, los lectores suelten todo tipo de improperios contra la Guardia Civil, simplemente porque el texto de la noticia induce a ello, aunque en las fotos se vea algo que cuando menos debería dar que pensar: el asalto organizado de una multitud de los llamados subsaharianos, que recuerdan aquellas películas de indios –perdón, nativos norteamericanos– tipo Fort Apache. Quizás la diferencia principal era que aquellos apaches pretendían retomar lo que desde tiempos inmemoriales era suyo y se les liquidaba sin contemplaciones al intentarlo, mientras que los africanos de Melilla pretenden entrar a la fuerza, contra toda ley, en un país que no es el suyo y si se les rompe una uña se le ha caído el pelo al guardia civil que tengan enfrente.

No hace tanto, se decía que un africano que fue golpeado por los agentes había perdido un riñón, quedado medio paralizado y que fue dado de alta en el hospital de manera inmediata. No me negarán que cuesta creer que semejantes daños –está claro que perder un riñón no es como perder el bonobús– permitan el alta hospitalaria sin fallecer en la misma puerta del hospital al salir.

De momento lo de siempre: cantidad de comentaristas atacando a la guardia civil por fascista, franquista, violenta, racista y todo lo que quieran. Nadie parece acordarse de esos guardias civiles que mueren o ponen en riesgo sus vidas mientras tratan de rescatar a un montañero o a un espeleólogo, a mujeres que están siendo explotadas sexualmente o incluso a los ocupantes de una patera. No es que me entusiasmen «los civiles», hace tiempo tuvieron la amabilidad de disparar bolas de goma contra el grupo de huelguistas en el que me encontraba, sin mediar provocación o aviso, pero de ahí a condenarles colectivamente sin más, hay un abismo.

Hay que observar las fotos de los asaltos a la valla. Por más que se empeñen en describirlo como unos africanos en busca de una vida mejor, a mí me parece un ataque masivo que desborda a las fuerzas del orden, realizado por gente organizada que se empeña en cometer el delito de burlar las leyes de inmigración de un país. Haga usted la prueba de acercarse a Suiza o Noruega –lugares donde supuestamente reside la civilidad– y cuando llegue al control fronterizo, en vez de enseñar su documentación sáltese la barrera que delimita la frontera. Luego nos cuenta cómo le ha ido (cuando se recupere). Si el experimento le sabe a poco, inténtelo de nuevo al tiempo con un centenar de amiguetes suyos, no se prive. Procure filmarlo y le pasa la grabación a alguna ONG española.

A propósito –y no es de extrañar– Europa Press y varios periódicos desmintieron lo de que el africano hubiera perdido un riñón o quedado paralizado, lo que no era raro teniendo en cuenta que la información y vídeos sobre los daños a africanos son casi siempre suministrados por una ONG llamada Prodein que es lo más parecido a una secta o una organización con parámetros similares a los del Opus Dei. Curioseen por su web y ya me dirán.

Buena parte de las fotos que acompañan a estos reportajes son suministradas por un individuo cuyo interés por desprestigiar a España y a sus actuaciones no es de extrañar, teniendo en cuenta que es un activista independentista catalán. Es sabido y notorio que España oprime a los negros y a los catalanes.

En fin, sigan creyendo lo que les cuentan en los periódicos y rebosando compasión por esos que asaltan la valla. Desde la península la gente hierve de indignación por el trato dispensado a los asaltantes, ¿se les ha ocurrido preguntar a un habitante de esa ciudad fronteriza cuáles son sus sentimientos?

Dejo para otro día la pregunta de si eso de buscar una vida mejor es admisible cuando consiste en el abandono masivo del propio país, ¿qué habría ocurrido si los franceses en vez de hacer una revolución en 1789 hubieran emigrado casi todos a Inglaterra?, ¿y si los rusos en vez de hacer la suya en 1917 se hubieran marchado a Alemania?, ¿sabe alguien de algún movimiento social en África para mejorar sus propias condiciones de vida? (no hablo de las habituales luchas de una tribu contra otra para masacrarse).

11 abril 2015

Misterios misteriosos

De mi niñez como creyente fervoroso, recuerdo que se rezaba el rosario con frecuencia y que de eso no se salvaba nadie, todavía me acuerdo de alguna ocasión en la casa rural de mis tíos, donde pasé algunos veranos, y que cuando aparecía la pareja de guardias civiles de patrulla por la zona –con sus mosquetones o naranjeros y esa funda de tela en el tricornio que se prolongaba hasta la nuca para protegerla del sol– y nos pillaban en pleno rosario vespertino, mi tía les imponía silencio y los obligaba a sentarse y rezar con todos. Toda una estampa de la España del franquismo, qué pena no tener alguna fotografía de aquellas sesiones: toda la familia, un par de jornaleros y los dos civiles fingiendo éxtasis religioso.

A la espantosa monotonía del rosario –como mantra budista– se unía que, para colmo, había que saber qué misterios eran los que correspondían al día de la semana en que nos encontrábamos. Como se me ha olvidado el asunto, lo he mirado para evitarles esa molestia y resulta que existen de cuatro clases: gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos, aunque a estas alturas sólo me acuerdo algo de los dolorosos, me suena eso de gozosos y gloriosos y ni idea de los luminosos*, debe ser porque nunca rezaba los jueves, que es el día al que corresponden, o que padezco amnesia jupiterina.

Recuerdo vagamente que aquello del rosario estaba pensado básicamente para acercarnos a la virgen –¿quién inventaría aquel tostón?– y a través de ella a dios, y como las desgracias nunca vienen solas, cuando terminaba el rezo del rosario seguía la letanía, consistente en una larga lista de piropos en latín dirigidos a la virgen –pura adulación– que lanzaba el que dirigía el rosario y había que contestar colectivamente a cada uno poniendo mucho cuidado, porque si bien al principio era muy fácil porque siempre correspondía un mecánico ora pro nobis, se precisaba una mínima atención, porque al llegar a un punto las contestaciones eran diferentes y mucho más complicadas. Yo diría que aquella parte precisaba de cierta profesionalidad en el rezo. El suplicio finalizaba con una serie de jaculatorias a cual más absurda. Para entonces era poco probable que usted estuviera más cerca de dios, pero tenía todas las papeletas para acercarse una barbaridad a Morfeo, aunque debía congelar en su rostro cierta expresión de éxtasis, para evitar que le cayera encima una bronca.

No sé si será así en todas las religiones –el contacto con una ya ha sido demasiado para mí–, pero la iglesia católica está repleta de celebraciones, ceremonias, liturgias, tradiciones, que ni de lejos figuran en el Antiguo o Nuevo Testamento, aunque una cosa me preocupa de manera especial: ¿de dónde se han sacado eso de que los mandamases de la iglesia deban disfrazarse de chamanes egipcios para oficiar actos religiosos solemnes? Vean Sinuhé el Egipcio u otras películas semejantes y verán desfilar por ellas tíos disfrazados de Papa. O viceversa.

Otra cosa que llama la atención es que la Iglesia se apresuró a calificar de apócrifos todos los evangelios que no mantuvieran una unidad de relato con los cuatro magníficos. Sin embargo, no le ha producido empacho adueñarse de hechos que sólo se relatan en esos apócrifos, como eso de que Jesús naciera en un pesebre o que los padre de la virgen María se llamaran Joaquín y Ana.

Para que vean lo viejo que soy, hasta mi temprana adolescencia fui obligado bajo amenaza de torturas a asistir a misa portando un libro de misa –¿alguien sabe ahora qué es eso?– especial para tiernos infantes llamado el Mi Jesús; una pesadilla. Recuerdo que aparte de otras recomendaciones piadosas, nos guiaba por las distintas partes de la misa –que era en latín, claro– y aconsejaba la postura que en cada momento debíamos adoptar, así que yo podía ver que cuando todo el mundo estaba de pie, el libro recomendaba de pie y mejor de rodillas. Cuando los fieles se sentaban decía de pie, sentado y mejor de rodillas. El lector avispado ya se imagina que cuando todo el mundo se arrodillaba el libro no daba opciones y dictaba irrevocablemente de rodillas. Yo creo que esa actitud y desprecio hacia las rodillas del devoto juvenil sería calificado hoy como sadismo. Como entonces no teníamos dinero para eso de los piercings…

*posteriormente he averiguado que los misterios luminosos fueron introducidos por Juan Pablo II, no existían por tanto en la época de mi relato. 

06 abril 2015

Música y discapacidad

Venía en la prensa hace unos días un artículo sobre Django Reinhart que no acabó de gustarme porque a mi entender insistía excesivamente en su discapacidad y no tanto en su genialidad. Para quienes no sepan quién era este personaje les diré que se trata de un guitarrista de jazz nacido en Bélgica –no en Francia como piensan muchos por asociarlo con París– que entre otras características reunía ser gitano y sufrir un problema serio en su mano izquierda, consecuencia de un incendio, que le dejó inutilizados los dedos meñique y anular de esa mano. Eso no le impidió ser uno de los mejores guitarristas de la historia del jazz y que hasta Woody Allen le rindiera homenaje con su película Acordes y desacuerdos (Sweet and Lowdown, 1999).

Músicos con diferentes discapacidades ha habido muchos, quizás los más numerosos hayan sido pianistas que padecían ceguera, lo que evidentemente no les impedía tocar el instrumento, aunque sí leer partituras –al menos al interpretar, pues existe el Braille– y eso obligaba entre otras cosas a una memoria prodigiosa –hablo del jazz-blues, los otros no vienen al caso– porque aunque muchos piensen que en este género los músicos tocan más o menos lo que les apetece a cada uno de ellos (juro que me lo han dicho alguna vez), está claro que no es así y por el contrario, hay que aprenderse de memoria buena parte de cada interpretación. Un ejemplo bien conocido de pianista –y cantante, clarinetista, saxofonista, etc.– ciego es el irrepetible Ray Charles, el pionero genio Art Tatum también prácticamente ciego; Michel Petrucciani, pianista, que padecía una grave y dolorosa enfermedad ósea que le impidió crecer más de un metro de estatura y de la que murió finalmente no hace mucho y por último un compatriota que en España y muchos otros países gozó de bastante fama entre los aficionados: el pianista catalán Tete Montoliú, un músico maravilloso de un lirismo seductor, probablemente el mejor pianista español de jazz. El conocido incluso en estos tiempos, Louis Armstrong, padeció durante muchos años un cáncer en los labios, razón por la que casi abandonó su faceta de trompetista dedicándose principalmente a cantar. Por descontado que son una mínima parte del total, he nombrado los primeros que se me venían a la cabeza, la lista es casi interminable.

Artistas de otras ramas con limitaciones físicas son incontables y es también Woody Allen el que trata sobre ellos en una comedia, Broadway Danny Rose, en la que interpreta a un patético representante de peculiares artistas: un bailarín de claqué al que le falta una pierna, un malabarista manco y un ventrílocuo tartamudo entre otros.

Lo que no me gustó de aquel artículo es que parecía más el relato de un impedimento físico que la historia de un hombre que tenía el genio de la música en su interior y al que ni siquiera un accidente pudo arrebatarle manifestarse como tal. Podría interpretarse como que sufrir quemaduras en las manos es un aliciente para dedicarse a la guitarra y no es así, Django ha pasado a la historia por su genialidad y no por su incapacidad, y muchos de los que le conocen y admiran no saben de esa limitación.

Hay quienes se empeñan en afirmar a diario que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos, pero sería patético que yo me empeñara en participar en el Tour o que mi vecina del tercero se presentara a Miss Universo. Todos tenemos los mismos derechos y la obligación de no pretender lo que está fuera de nuestro alcance, algo que desde luego no tiene por qué limitar nuestro derecho a la felicidad (o lo que sea).

He leído el otro día en la prensa que Finlandia va a presentar al próximo festival de Eurovisión un grupo formados por afectados por el síndrome de Down. No tiene que asombrar, después de que hace un año otro país fuera representado por una supuesta mujer con abundante barba –y como la gente es así, ganó–, pero creo que todos estos intentos no suponen beneficio alguno para personas con problemas similares y sí la transformación de esa manifestación en un festival de fenómenos, justo lo contrario de lo que se finge desear. Y para remate, el dichoso festival me parece una manifestación detestable muy alejada de la música, pese a titularse Eurovision Song Contest. Ni siquiera es europeo, este año intervienen Israel y Australia.

01 abril 2015

Almas iluminadas

Que vivimos tiempos de gran confusión es cosa que muchos saben y si todavía viviera Carlos Gardel lo cantaría en un tango, seguramente compuesto por Discépolo. Lo que muchos no se paran a pensar es que buena parte de esa confusión se produce gracias al efecto multiplicador de Internet que, al fin, es de verdad lo más democrático que existe en el planeta y una triste evidencia de que la democracia no puede ser ilimitada. Que se lo pregunten al gobierno chino.

¿Alguien duda de que si decidiera presentarse por algún partido político ese desecho humano llamado Belén Esteban, el futbolista Messi (el hombre que confiesa haber leído sólo un libro en su vida), Cristiano Ronaldo (que seguramente ha leído un libro menos que Messi) u otros muchos populares, significarían un serio rival para los candidatos habituales? Por si cabe duda, ahí tienen en países más osados la elección de alguna actriz pornográfica, de pintorescos transexuales o payasos para puestos de representación política, no elegidos precisamente por sus ideas y propuestas para el bienestar de la ciudadanía. Simplemente son populares y con eso sobra, la gente no distingue entre personajes que les divierten y personajes capacitados y merecedores de gobernar.

Leí el otro día que se ha puesto de moda que los famosos tengan sus propios blogs, leídos cada día por miles de seguidores, y citaba concretamente el caso de una tal Sara Carbonero cuya última entrada había merecido más de 300 comentarios. Lo he visitado y prefiero no opinar.

¿Pura envidia? Por descontado que también, he dicho varias veces que mantengo este blog no muy convencido de su utilidad y que hay demasiados blogs y demasiados pocos lectores, sobre todo cuando publico una entrada sobre lenguaje, materia que parece no interesar a casi nadie. Claro que de ahí a aceptar complacientemente que merezca la pena seguir el blog de alguna famosa que lo es por ser o haber sido –no estoy muy al tanto– la amancebada de algún famoso o por mostrar con generosidad su cuerpo en la prensa día tras día, hay un abismo.

Cualquiera de los que por aquí se asoma puede ver que recomiendo en el lateral de la página algunos blogs –incluso temporalmente cerrados por soledad– y hay más que recomendaría por ser blogs inteligentes escritos con chispa y humor y que sin duda divierten a quienes lo leen. Puedo asegurar que el mío me parece aceptable, sin locura, pero no estoy dispuesto a aceptar que los de Rihanna –un bombonazo exhibicionista con tatuajes– o la cubana Yoani Sánchez –fea con ganas, pero subvencionada por la CIA y El País– merezcan más la pena que el de este su servidor. Admito, claro que sí, que una foto mía –o de Yoani– no va a despertar la libido de nadie en su sano juicio (¿por qué no se anima la CIA o El País a subvencionarme?).

La verdad es que esto de poseer un blog es algo complicado (y roba tiempo). Además, si uno incluye entradas rompedoras puede que moleste a buena parte de los lectores, alguno de los cuales se va para siempre, pero si el blog es simplemente ñoño aburrirá a muchos que en consecuencia lo abandonarán. La cuestión es, ¿cómo saber qué es lo que mejor sintoniza con los lectores propios? y ¿debe uno ceñirse a lo conveniente o publicar lo que le venga en gana? Yo soy ferviente partidario de esto último, pero percibo a veces que actualmente escribo y publico ligeramente condicionado y por eso redacto entradas que después guardo sin que lleguen a ver la luz. Admito que a veces carezco del tacto que otros exigen, pero consideraría desastroso que eso deviniera en autocensura. 

Soy uno más de esos que reciben casi a diario correos solicitando mi firma para contribuir a tal o cual petición. No digo que siempre acierte, pero aseguro que antes de apoyar lo que sea procuro investigar si la petición está de verdad justificada y si merece un apoyo público masivo. Sé que no es eso lo común y que abundan quienes por sistema borran esos correos porque no les gusta implicarse en actividades que encuentran conspirativas o subversivas –los pusilánimes– y por el contrario quienes, sabiendo que se trata tan solo de dar un click con el ratón, se apuntan a lo que sea sin más reflexión, corriendo seguidamente al espejo (al modo Blancanieves's stepmother), convencidos al mirarse de contemplar a un auténtico bolchevique.

Yo recomendaría que antes de apoyar a un candidato político, a un bloguero de la pamplina o a una petición de lo que sea, valoremos seriamente si son casos y cosas que merezcan nuestro tiempo y nuestro apoyo. Bueno, más que una recomendación es una obviedad.