22 enero 2016

La nueva política

Tras las elecciones de diciembre, hemos tenido que soportar las declaraciones de todos los partidos hablando de negociar y  fijando líneas rojas. El PP insiste en declararse ganador, cuando es simplemente el partido más votado –a poca distancia de otros–, algo increíble después del daño que han causado esta legislatura, si no supiera que muchos de sus votantes son inasequibles al desaliento y claramente masoquistas. El PSOE ha perdido cientos de miles de votos y hace más de 30 años que no obtenían tan bajos resultados y tiene que aceptar compartir mesa y mantel con los recién llegados. Podemos iba a asaltar los cielos y se ha quedado en apenas unas escaramuzas en el purgatorio. Ciudadanos quizás sea el más sorprendido por su escaso éxito, tan escaso como que tienen que conformarse con actuar de complemento. Ha pasado a mejor vida UPyD –de verdad que lo siento– y por último IU, por lamentable que sea, ha pagado estar siempre desunida y ha quedado en simple anécdota.
 
En mi opinión, los nuevos partidos no tienen mucho futuro una vez pasada la euforia inicial y aterrizado en una realidad no tan gratificante como prometían, menos todavía cuando declaran todo eso de que no son de derechas ni de izquierdas –lo que me recuerda al ilustre José Antonio Primo de Rivera– porque, de acuerdo que en la práctica cada político se puede pasar su ideología por donde le parece, pero siquiera tienen una referencia de la que estos chicos carecen. De eso y de una organización seria, cohesionada y eficaz.

Ciudadanos se está dibujando ya como una versión hispana de la derecha europea, es decir, su actuación no produce de momento bochorno como el PP, y Podemos… bueno, sobre Podemos vienen páginas y páginas cada día en la prensa porque, apenas han abandonado el mundo del chachi piruli y han aterrizado en la dura realidad, han empezado los problemas que acompañan a todo lo formado por humanos y ahora desde Pablo Iglesias a Errejón, pasando por Carolina Bescansa, se pasan el tiempo intentando arreglar las promesas irresponsables que hicieron a sus aliados en las elecciones, porque se han dedicado a conceder lo que no estaba en su mano cumplir, ni siquiera en las manos del PSOE si es que llegaran a un acuerdo. También debe suponerles un esfuerzo olvidar todo lo que al principio decían y que muchos recordamos todavía.

A los llamados partidos nuevos o emergentes se les llena la boca de eso que llaman nueva política y que nadie sabe muy bien en qué consiste, pues hace ya tiempo que practican una política tan vieja como el mundo, es decir, cerramiento ante los otros, ataques sucios al contrincante y autoatribuciones de méritos que no se sabe de dónde los sacan. Destaca en este sentido Podemos y su caudillo, el señor Pablo Iglesias, ése que hablaba de asaltar los cielos  –¿recuerdan lo de la casta?– y que ahora lo que quería asaltar es el reglamento del Congreso para conseguir esos cuatro grupos, algo que realmente significa un intento de atropellar las normas sin importar las repercusiones.

La entrada de los podemitas en el Congreso ha sido espectacular en gestos, manifestaciones y aspavientos, incluido el niño de la señora Bescansa que no sé muy bien lo que pintaba en el recinto, aparte del espectáculo y la expectación que ha provocado y de los enfrentamientos entre las distintas visiones de la maternidad en la vida laboral, sin olvidarnos del guanche y su peinado rasta que, con todos mis respetos, soy de los que sostienen –y mira que lamento coincidir con doña Celia– que propicia la escasa higiene porque esos trenzados casi la impiden y para colmo no es apariencia apropiada para el Congreso. Ya puestos, ¿por qué no en chándal o en bañador?

Puedo equivocarme, pero dado el escaso talante de los ya no tan nuevos partidos, creo que vamos irremediablemente a unas nuevas elecciones y no es eso lo peor, sino que visto que según las encuestas se va a repetir el resultado de diciembre, con una ligera subida de Podemos y el PP –de verdad que no lo entiendo– acompañada de una ligera bajada del PSOE y de C’s, y salvo que exista un mecanismo desconocido para mí que remedie la falta de sentido de negociación de los partidos, esto podría transformarse en el cuento de la buena pipa al estilo de lo que ya vivieron los belgas en 2010 y 2011 en que estuvieron nada menos que 541 días sin gobierno. Dando la razón a quienes abominan de los políticos, en ese periodo se produjeron mejoras sustanciales en paro, déficit y hasta en el salario mínimo. Claro que para bien o para mal, nosotros no somos belgas y la situación va a convivir con el raca-raca de los de arriba a la derecha, también conocidos como catalanes.

12 enero 2016

El seny, ¿qué es eso?

Náufragos catalanes en una isla, intentando llamar la atención de los barcos que pasan enseñándoles lo que usan para pensar

Durante años he bregado alabando a los catalanes frente a algunos que los denigraban –no tantos como ellos pretenden– y, pese a que no hablo catalán ni en la intimidad, me acordaba de eso que llaman seny y que me parecía saber lo que significaba. Creo que he metido la pata y me he pasado de listo al atribuir cierto significado a ese vocablo, porque los hechos han venido a demostrar que yo no tenía ni idea al pensar lo que pensaba.

Si andaluces o extremeños dieran el espectáculo que están dando los catalanes, de inmediato se diría –Jordi Pujol Soley a la cabeza– que era lo natural dado el bajo nivel cultural y el encanallamiento ancestral de la gente de esas autonomías, pero resulta que el espectáculo lo están ofreciendo quienes pretendían ser los más cultos, los más sensatos, los más evolucionados, los más… vamos, los que habían inventado la palabreja seny.

Miramos las fotos y vídeos que nos llegan de Corea del Norte y miramos todo eso como contemplaríamos escenas de la vida de los nativos marcianos. Observar cómo gente de todas las edades, con aspecto de poseer cierta formación, adoran a ese personaje bufonesco llamado Kim Jong-un y llevan a cabo demostraciones públicas que dejan pequeñas a aquellas demostraciones sindicales de cuando el franquismo (si usted tiene menos de 45-50 años no sabrá de lo que hablo), produce como poco un gesto de incomprensión y asombro.

Ahora tenemos una reproducción de Corea del Norte a nuestras puertas, aunque aquí no es exactamente igual. Donde los coreanos exhiben desfiles de soldados disciplinados que parecen robots, Cataluña nos muestra unas multitudes enfervorecidas vestidos con banderas y de propina los llamados mossos que tienen como habilidad conocida llevarse a los detenidos a sus comisarías para aplicarles tratamientos de los que aquellos salen magullados o muertos.

La diferencia fundamental es que en Cataluña sólo están afectados algo menos del 50% de la población –es verdad que no nos consta a cuántos afecta de verdad en Corea– y el resto parece contemplar en temeroso silencio a esa mitad enloquecida, bien es cierto que en buena parte se merecen lo que les ocurra, porque parecen pusilánimes y no muy dispuestos a dejar claro que ellos también existen. 

Resulta que quienes acaudillan toda esa involución son fundamentalmente el partido llamado Convergencia –antes conocido como la C de CiU–, ERC, un partido de extrema izquierda nacionalista –incongruencia absoluta– al que no le importa aliarse con el primero, pese a que aquel es de derecha liberal y se encuentra más corrompido si cabe que el PP. Por último tenemos a la gloria de los asamblearios –esos que empatan a 1.515 en sus votaciones–, también conocidos como CUP, que no han hecho ascos a colaborar con los otros dos para investir finalmente a un tipo de aspecto indescriptible, cuyo mayor mérito es ser independentista radical y devoto de Artur Mas, cuando sólo faltaban unas horas para finalizar el plazo de designación del nuevo presidente y según se veía venir, porque estaba claro que lo que la CUP quería era hacer sufrir a los otros y chupar cámara y portadas de diarios, ¡sus días de gloria! Una vez que han conseguido hartarnos a todos los españoles tenían que ceder, porque el objetivo independentista es más fuerte que el anticapitalismo que decían profesar.

La contemplación de todo el proceso desde las últimas elecciones catalanas ha sido espectacular. Todos repitiendo como máquinas los mantras tan conocidos: «España nos roba», «Cataluña no es España», «afuera los invasores», «somos una nación», «bye bye Spain» y tantos otros que serían largo de enumerar. Llevado a cabo por unos extraviados que copian la bandera de Cuba –en juego un par de versiones, ni en eso se ponen de acuerdo– y que generalmente tienen un aspecto casi patibulario, empezando por el dimitido Antonio Baños y continuando por esa promotora de las camisetas serigrafiadas llamada Anna Gabriel, la pancarta viviente. Qué espectáculo tan penoso...

Para rematar todo, las palabras de Mas explicando cómo se ha llegado a la investidura: «Lo que las urnas no nos han dado se ha corregido con la negociación». Pueden estar orgullosos los catalanes, decir Cataluña y seny es un oxímoron, han quedado por debajo de los mozos de El Rocío cuando deciden saltar la verja de su virgen.

Lo que más lamento no es la independencia que puede producirse, sino la intoxicación de tanta gente, en otro tiempo razonables, pues mucho me temo que tardarán años en recuperar el equilibrio. O quizás antes, cuando vayan degustando los placeres reales de su ansiada independencia.

10 enero 2016

Minorías absolutas

Estábamos hartos de las mayorías absolutas, yo mismo lo declaraba así en una entrada de hace algún tiempo, y nos sentíamos hambrientos por tanto de otro tipo de resultados electorales, en el que quien gobernara no lo hiciera a base de una de esas mayorías que permiten aplastar a los contrarios. A todo esto, las mayorías llamadas absolutas tenían poco de mayorías, en las elecciones de 2011 el PP consiguió la suya con los votos de un 30,27% del censo, es decir,  le habían dado su apoyo apenas 3 de cada 10 posibles votantes. Yo diría que no es una victoria abrumadora, pero bastó para que hicieran y deshicieran a su antojo, porque una mayoría significa para los políticos españoles gobernar sin escuchar mínimamente al resto, por eso el señor Rajoy se permitió «expulsar» a Pedro Sánchez del Congreso en febrero del año pasado cuando no le gustó lo que decía. Caramba, es su Congreso de Diputados y puede hacer lo que se le antoje. 

Suspirábamos por otra manera de gobernar, olvidando que si algo nos caracteriza a los españoles es la incapacidad para el diálogo; aquí si no podemos imponer al otro lo que pensamos cortamos y se acabó, ¡estaría bueno!

Llegaron las elecciones y los resultados nos obsequiaron con lo que soñábamos: un Congreso repartido que daba la oportunidad de practicar aquello de las coaliciones de minorías que tanto nos apetecía. Ya tenemos cuatro partidos grandes y unos cuantos pequeños para empezar a jugar con sus combinaciones y formar un gobierno de los que pensábamos que plasmaban mejor lo que es la democracia, soportando con resignación como música de fondo la cantinela anticonstitucional del PP, puesto que no existe en la Constitución ni en la Ley Electoral un llamado «partido ganador» como a ellos les gusta autotitularse –con la colaboración de TVE–, ni tienen derecho a llamar a las coaliciones que pueden formar gobierno «coalición de perdedores». Deberían ser castigados a escribir 100 veces si hay un ganador es el que puede formar gobierno y si hay un perdedor es el que no lo logra. Todo lo demás son jeremiadas y pataletas.

Pero… aparecieron las líneas rojas y con ellas la rigidez y la inmovilidad de los partidos. A mi parecer más que condiciones, esas líneas son trincheras en las que los partidos se refugian para no moverse ni un palmo de sus postulados iniciales o para conseguir objetivos no confesados. El más significativo es el caso de Podemos –me caían bien al principio, hasta que vi su condición de arribistas– que como han querido aliarse hasta con el diablo para conseguir unos buenos resultados, se ven obligados a establecer unas condiciones que no son negociables por ninguna de las partes. No hay que olvidar que la suma de PSOE y Podemos no bastaría y habría que añadir a la coalición partidos pequeños entre los que se encuentra precisamente alguno independentista.

De entrada, exigir para negociar que se permita el referéndum de los independentistas catalanes es como exigir que dimita Angela Merkel: no es algo que dependa de ningún partido concreto. La Constitución es taxativa y si bien tiene previsto en sus artículos 92 y 161 la realización de un referéndum para asuntos trascendentes, también menciona que este referéndum consultará a todos los españoles, no es por lo tanto de aplicación para lo que desean los independentistas, sin olvidar que todo está supeditado a los artículos 1 y 2 en donde con total claridad se establece que la Nación es indivisible. No se trata de que guste o no que esté establecido de esta manera, es que es así. Y no hay que escandalizarse, las constituciones de Francia, EE.UU., Alemania y muchos otros países no permiten la segregación de territorios.

Se requeriría por lo tanto una modificación de la Constitución para la que sería preciso el acuerdo del PP y por tanto es estúpido exigirle al PSOE lo que no está en su mano. Estúpido o malicioso como resulta ser la exigencia de algo que el otro no nos puede conceder porque no está a su alcance, salvo que simplemente lo que queramos sea exactamente eso, pedir la luna.

Para que la aceptación de sus exigencias quede definitivamente fuera de alcance, Podemos hace un juego de trileros y exige también constituir cuatro grupos parlamentarios en el Congreso, ¿y por qué no ocho o veinte? Cuantos más sean más dinero recibirán en subvenciones, más burla se hará de las leyes y su espíritu y más oportunidades de hacer del Congreso una jaula de grillos. Estos son los deseos de negociar de Podemos, que en este caso es piedra angular para formar una mayoría de izquierdas que permitiera formar gobierno.

La otra coalición que  propugna el PP, es esa que llama «gran coalición» y que es menos que una utopía por más que citen una y otra vez el ejemplo alemán. Olvidan algunas cosas: a) la experiencia alemana enseña que el partido más débil en el momento de la coalición tiende a desaparecer, porque sus votantes no ven que puedan satisfacer sus expectativas quienes se alían con el contrario; b) en la trastienda del CDU y el SPD no está el recuerdo de una guerra civil en la que uno luchó contra el otro y el heredero del ganador aún no ha denunciado y renunciado a su herencia.   

El único que parece desear nuevas elecciones es Podemos y a mi parecer a ellas vamos. Es un fracaso de eso que tanto nos ilusionaba, los gobiernos de coalición, y quizás repercuta en una subida en votos de los partidos de toda la vida, en especial del PP. Lo cierto es que tengo la desagradable sensación de que a los españoles lo que les gusta no es tanto la mayoría absoluta como la totalidad absoluta: eso que suele llamarse dictadura. Buena parte de los votantes del PP son precisamente nostálgicos de eso y muchos que no son del PP, también.

Cuando esta entrada ya estaba lista para ser publicada, se ha sabido del acuerdo del parlamento catalán para designar un presidente que no es Mas, algo que en realidad se veía venir, pues la independencia está por encima de todo. ¡Pobre Pedro Sánchez!, lo van a presionar al máximo para que acepte la gran coalición: si acepta lo van a crucificar y si no acepta, también.

04 enero 2016

Siente un pobre a su mesa y después café, copa y puro

Como pueden recordar quienes visitan el blog con alguna frecuencia, tengo la costumbre de leer el artículo que cada domingo publica Javier Marías en un periódico muy conocido. De hecho, es lo primero que leo, antes de ninguna noticia, y al empezar enseguida me pregunto si será de los días en que me gusta lo que escribe o de los días en que me parece un churro, porque ese hombre es un magnífico escritor, pero no todos los días se levanta con el pie derecho.

Hoy trataba sobre el Daesh y de cómo la gente se manifiesta –es raro quien no tiene una opinión sobre el asunto– acerca de cómo solventar el cáncer que a la humanidad le ha sobrevenido con ese llamado estado islámico. En fin, no es cosa de repetir aquí lo que afirmaba, pero no voy a dejar de señalar eso que a él le llamaba la atención como un ejemplo supremo de cretinez. Se trata del aviso lanzado por el presunto estadista Pablo Iglesias a propósito del envío de tropas españolas a Mali como apoyo para combatir el terrorismo islámico: «Ojo, que nuestros soldados podrían volver en cajas de madera». Todo un descubrimiento y un profundo argumento.

Es un magnífico ejemplo de cómo ese político consigue atraer a la mayoría de sus partidarios y de cómo el buenismo ha impregnado el carácter de esta sociedad hasta el punto de hacerle perder de vista la realidad. Por pintoresco o extraño que parezca, el ejército está para luchar en defensa de los intereses nacionales cada vez que lo requieran, y digo intereses nacionales y no los de unos pocos, como aquella desgraciada aventura de Aznar en Irak. El ejército no es sólo la UME –invento de Zapatero, por cierto– y no está solamente para rescatar gente de las inundaciones, apagar incendios o recoger a los ocupantes de pateras que se hunden.

A causa del buenismo, existe en el país un rechazo generalizado al ejército y lo que significa, mayor que el que pudo haber cuando el dictador mantenía al ejército listo para lanzarlo sobre su propio pueblo. Recordemos el escrito enviado por ocho tenientes generales –Varela, Dávila, Orgaz, etc.– a Franco a mediados de 1943 donde se decía «el Ejército unánime sostendrá la decisión de VE presto a reprimir todo conato de disturbio interno u oposición solapada o clara…». Felizmente aquello acabó, pero no sus secuelas.

Ahora, el fin principal de todos los ciudadanos debe ser practicar la compasión y la caridad, no como una virtud voluntaria, sino como una obligación impuesta. Todas las personas y por supuesto los distintos niveles de la administración deben consagrarse a practicar la caridad, hemos pasado de ser un país que aspiraba a la laicidad, cumpliéndose lo establecido en la Constitución, a ser un país que practica una especie de religión laica cuyo primer y único mandamiento es acoger al que se presente en la puerta.

Yo pago todos mis impuestos y tasas municipales, que no son pocos, con la esperanza de que sean aplicados al bienestar de los que en esta ciudad –Madrid– vivimos, empleándolos en todos aquellos capítulos que hasta ahora eran habituales, pero sin meter la mano donde no se debe, como ocurría antes. Por el contrario y para mi sorpresa, hemos pasado de tener una alcaldesa semianalfabeta –tuve ocasión de hablar con ella hace años– designada a dedo, a otra que pretende ocuparse de asuntos que corresponderían al estado. De ahí que nada más hacerse cargo la nueva corporación se apresuraran a colocar una gran pancarta en la fachada del ayuntamiento donde se decía «Refugees Welcome» –puro exhibicionismo, porque los sirios hablan árabe, no suelen pasear por Cibeles y la casi totalidad no habla inglés– y se presupuestaran 10 millones, «o lo que haga falta» aclararon, para ayuda a los refugiados, mientras nuestras calles continúan sucias, su asfaltado presenta un grado de abandono que propicia los accidentes (de tráfico y peatonales), los contenedores de cartón y vidrio están a reventar porque no se recogen, los transportes públicos están tan mal como hace un año –que ya es decir– y casi todo sigue igual que cuando estaba la señora Botella.

Hemos pasado de la mesa de cuestación en Cibeles con doña Carmen Polo de Franco al frente, a doña Manuela Carmena organizando en Nochebuena una comida para 220 «sin techo» en el palacio de Cibeles, ¿es así como se arregla la pobreza? Yo diría que no y que no es ése el camino; puro populismo y caridad de parroquia.

Personas capaces de ver agonizar al vecino sin pestañear encuentran natural y apoyan la caridad como actividad pública, y el acogimiento de todo el que quiera traspasar ilegalmente nuestras fronteras; podrían ser hasta 31 millones de personas en un futuro cercano, según una encuesta del Instituto Gallup. Es como una competición para ver quién es más absurda y ciegamente caritativo.

En el programa de fin de año de TVE, el humorista José Mota hacía una parodia de quienes en las redes sociales apoyan todas las iniciativas de acogida y así escenifica que llaman al timbre de la casa de uno de estos solidarios y se le van colando para instalarse allí una desahuciada, 4 refugiados saharauis y no sé cuántos más de distintos pelajes, ante el asombro y rechazo del propietario. Estoy seguro de que más de uno se habrá molestado por el sketch. Nadie se habrá reconocido en ese propietario de piso. 

30 diciembre 2015

Teta, culo, pis

A esta alturas sería ridículo decir que me asombro de lo que cada día veo en los medios, pero tengo que admitir que me deja un tanto perplejo la velocidad a la que progresa el alarde de lo que siempre ha existido, pero de lo que no se hacía bandera como ahora se hace.

Las mujeres ya populares se han quitado cualquier máscara, han dejado de disimular y entran en la lucha por la popularidad entre las masas por el sencillo procedimiento de mostrarse más o menos en pelota.

Tengo que admitir que apenas si conozco a muchas de estas «artistas», porque tetas y culo tienen más o menos la mitad de la humanidad, y no presto suficiente atención al fenómeno como para aprenderme sus nombres, pero por desgracia no hay más que echar un vistazo a esa degenerada versión actual de lo que antes era la prensa y descubrir el rincón, no muy escondido, donde todas esas perlas culturales exhiben su poderío. Los modistos se las ven y se las desean para diseñar vestidos que dejen todo al descubierto excepto –no siempre– los pezones y el pubis de las artistas. Después, siempre queda el llamado «descuido» erótico mediante el cual pueden mostrarnos hasta esos reductos  «sin querer», revolucionando ese caladero de escasos neuronales llamado «redes sociales».

Tenemos ahí a quien, según creo, fue un ídolo de niños y jóvenes en una serie de Disney –Miley Cyrus–, pero que se ha propuesto con firmeza que todos conozcamos hasta el último centímetro cuadrado de su –poco atractiva– anatomía, incluyendo su lengua, a la que parece atribuirle un extraño e inexistente magnetismo. Para que no falte nada, se ha declarado bisexual, lo que significa que no le hace ascos a nada que se mueva y a juzgar por algunas fotos, eso incluye a seres no necesariamente racionales.

Es el caso más grave, que yo conozca, pero no hay que perder de vista a ese montón de hermanas de apellido Kardashian más o menos explícito. La cabecilla del clan, Kim, que es la que parece que lleva la voz cantante por su habilidad para mantener a la prensa pendiente de ella, aunque no se le conoce habilidad artística alguna, debe tener como rutina habitual al levantarse cada mañana y tras el ritual desayuno y –espero– ducha y lavado de dientes, pasar a su sesión de fotos con desnudeces con las que mantener a su público mundial pendiente de sus exagerados atributos, en especial su trasero, sobre el que podría jugarse desahogadamente una partida de póquer descubierto.

Jennifer López no ha querido quedarse atrás y hoy mismo ví en la prensa el repertorio de su último vestuario, donde no deja nada a la imaginación. Creo que esta mujer también canta, pero tengo que reconocer que sólo la conozco de una película en la que hacía de protagonista.

Kim Kardashian
No quiero abusar de la nostalgia, pero me parece que antes no era prácticamente ninguna la artista sexy que acudía a esos recursos físicos para mantener a los espectadores pendientes de ella. No eran hermanitas de la caridad, pero nunca pude contemplar un centímetro íntimo de los grandes símbolos: desde esa asombrosa Lauren Bacall a Kim Novak, Maureen O’Hara, Ava Gardner, Rita Hayworth y decenas más. La exuberante y tentadora Hedy Lamarr (a la que no contemplé mucho porque no era de mi época) resultó  un ser inteligentísimo, científica e inventora, lo que le restaba bastante sex-appeal (¡habrase visto, una mujer sexy, guapa e inteligente!) y la explosiva Marilyn Monroe, apenas consiguió la fama cinematográfica, abandonó los calendarios como pin-up y se dedicó a los Kennedy casi en exclusiva. Cuestión de patriotismo, que ya sabemos cómo son los buenos americanos.

Y conste, aunque estoy refiriéndome a extranjeras, no crean que las españolas no hacen sus pinitos. Cada día gastan menos en el tejido de sus modelitos y ya he leído declaraciones de alguna avisando de que el traje que lucirá durante la retransmisión de las campanadas va a causar sensación. Supongo que se propone calentar los ánimos mientras cambiamos de año.

No quiero ser hipócrita, me gusta –y mucho– esa especie de parque temático que forma parte de muchas mujeres y que tienen la amabilidad de mostrar a veces, claro que acepto exclusivamente componentes de origen biológico natural y no a base de polímeros, pero confieso que un empacho de tantas visiones no es lo mejor para mantener esa afición. No me extraña la era de desgana generalizada del varón por la que atravesamos. Para muchos, una mujer tiene menos atractivo en su conjunto que la portada del Marca el día después de uno de esos partidos del siglo.

¡Ah!, ya podían figurarse que del pis no voy a hablar, no es asunto demasiado interesante.

23 diciembre 2015

Pasen y vean: es gratis

Holograma de C-3PO (sin armadura) junto a R2-D2
El 24 de febrero de 2015, decía Rajoy a Pedro Sánchez en el Congreso: «No vuelva usted aquí a hacer ni decir nada, ha sido usted patético», dejando claro lo que todos sabemos: el PP y sus cabecillas están convencidos de que son los propietarios de lo que llamamos Congreso de Diputados, su cortijo, y que sólo gracias a su infinita generosidad permiten que algunos que no les son afines tomen asiento en el lugar. Ya en diciembre de 2005, Rajoy calificó a Zapatero en el Congreso de «bobo solemne», empleando una vez más esa descalificación que tanto les gustaba, olvidando que aparte de que Zapatero no es bobo ni imbécil –quizás poco arrojado a veces–, debían reprimirse el uso de esas expresiones teniendo en cuenta  que en sus filas hay al menos un personaje al que el apelativo le viene como un guante: se llama Aznar, y recordemos que no conviene nombrar la soga en casa del ahorcado.

El 13 de enero de 2005 en un mitin en Toledo, Rajoy calificaba a Zapatero de «indigno y cobarde», menos mal que tal día como hoy, hace exactamente 10 años y tras nuevos insultos, aclaraba «no es mi intención molestar, pero mi obligación es decir la verdad y no voy a renunciar a ello»; una persona cabal, ¿no? Ahora se escandalizan y sorprenden de que se emplee con el de los ojillos extraviados una dosis mínima de su propia medicina. Con una pequeña diferencia: lo de bobo, patético y demás es claramente algo no mensurable y por lo tanto subjetivo e indemostrable, mientras que indecente [DRAE- Del lat. indĕcens, -entis. 1. adj. No decente, indecoroso] aplicado al sujeto está debidamente documentado en el juzgado y lo tenemos bien fijado en la libreta de un tal Bárcenas y aquel SMS (Luis, sé fuerte). ¿Se imaginan al presidente Herbert Hoover enviando un mensaje a Capone a la prisión de Alcatraz diciendo «Alfredo, sé fuerte»?

Cambio de tercio. La Generalitat de Cataluña ha dado 97.000€ de subvención para el doblaje al catalán de la última película de Star Wars. El problema es que los pases previstos en Cinesa Diagonal Mar de Barcelona –como ejemplo– son 50 en castellano y 6 en catalán y por toda Cataluña la cosa anda en proporción parecida. Va a ser difícil amortizar ese gasto con el escaso interés en presenciar la película en catalán, lo que a mí al menos me produce cierto desasosiego, porque no entiendo ese rechazo a todo lo español de buena parte de la población y ese amor mayoritario al idioma castellano en la cinematografía. Hay que suponer que si algún día disfrutan de esa república catalana que tantos ansían –como otros la república española–, van a tener cine en catalán por un tubo. Una pena, porque Cataluña es de las comunidades donde mejor se habla el castellano.

Y a propósito del estreno de la séptima película sobre el asunto este de las galaxias, recuerdo que cuando vi la primera simplemente fui con un amigo –estábamos pasando unos días en Logroño y nuestras mujeres se negaron a ver “eso”–, la verdad es que nos divirtió y ahí quedó todo. Ahora no, ahora la productora –maldita Disney– tiene calculado con exactitud cuántos espectadores va a tener a escala planetaria, cuánto dinero se va a recaudar y los espectadores, al menos en los primeros pases, son cacheados para evitar que escondan ningún aparato grabador y son obligados a dejar su móvil en el guardarropa. Han cambiado los usos de las productoras y, lo peor, ha desaparecido la dignidad de los ciudadanos que soportan cualquier maltrato con tal de asistir a eso que tanto les subyuga. Conste que seguramente veré esa película, cuando haya pasado a ser sólo una película y no una oportunidad para que tanto friki y descerebrado dé rienda suelta a lo que ocupa su espacio craneal, allí donde algunos tienen el cerebro. Sinceramente, me cuesta entender que personas hechas y derechas anden como abducidos, se coloquen tanto disfraz y se pinten la cara sin ser carnavales.

Tercio de muleta. ¿Quién dijo que los andaluces son exagerados? Jorge Fernández Díaz (vallisoletano criado en Cataluña), ministro de Interior, afirmó en un debate entre candidatos catalanes en TV-3 que «el 77% de los contratos firmados eran indefinidos» y añadió «si no es verdad, que mañana me corten la cabeza». Según el Servicio Público de Empleo Estatal, en noviembre, en el total de España representaron el 8,2% y en Cataluña, el 12,3%. Hay que darle gusto al personaje, ¿algún voluntario para la amputación? (aviso, será un contrato de sólo horas, como la mayoría).

20 diciembre 2015

No somos nadie (o al menos no lo somos en América)


El día de las elecciones generales me he dedicado a curiosear en los diarios de varios países, algo que hago en alguna que otra ocasión y cuando hay algún hecho importante en España, como precisamente son estos comicios. El repaso tuvo lugar sobre las cuatro de la tarde.

No hubo sorpresas y es una pena que no apostara anticipadamente con alguien cuál iba a ser el resultado de mis pesquisas, suponiendo que hubiera algún despistado dispuesto a aceptar esa apuesta.

Por descontado, los primeros que consulté fueron los periódicos nacionales. Todos  estaban más o menos en línea, aparte de cierto barrer para casa según la línea del medio. Me hizo gracia que Ada Colau se olvidara de su DNI a la hora de votar y confirma lo que pienso sobre los que son profesionalmente activistas, muy activos pero poco efectivos. Eché un vistazo al Periòdic d’Andorra, que como muchos sabemos ha estado dando sondeos en los días en que en España estaba prohibido y sus resultados no me gustaban nada, porque confirmaban mis temores: como en Star Wars, aquí triunfa el lado oscuro.

Miré primeramente al que siempre miro para empezar: Le Monde, y efectivamente allí estábamos abriendo la primera página. No me parecían acertadas las valoraciones que se hacían, pero al fin y al cabo son asuntos subjetivos. Hay que admitir que nuestros vecinos suelen ser conscientes de que realmente somos vecinos. Liberation era más o menos lo mismo que el otro, ninguna sorpresa.

En Diário de Notícias de Lisboa, esos otros vecinos que con frecuencia olvidamos que lo son, nos corresponden ignorándonos de manera para mí casi ofensiva: la noticia de las elecciones españolas era un poco más pequeña que la relativa a la destitución de Mourinho, algo de lo que hasta yo, que detesto el fútbol, me he visto obligado a enterarme.

The Guardian, pasaba del asunto en primera página y sólo buscando en la sección “World” (no existe espacio específico dedicado a Europa) se localizaba un pequeño apunte sobre el evento. Y se acabó, ya se sabe que allí no somos muy queridos y nos otorgan menos relevancia que a Nepal, no olvidemos que, para ellos, España es esa extensión de territorio que se encuentra al norte de Gibraltar.

Miré O Globo de Rio de Janeiro y como de costumbre ni palabra, no quieren saber de nosotros. En A Folha de São Paulo había un pequeño recuadro en portada donde se remitía a algo más extenso en el interior y se relataba que la diversidad de opciones en esta ocasión era única. Como detalle, se dedicaba más espacio al galeón San José y al puñetazo a Rajoy que a las elecciones en sí. Más que las noticias, adoran las anécdotas.

Di una ojeada a Clarín de Buenos Aires y allí sí había una noticia española ocupando buena parte de la primera página. Se trataba de no sé qué triunfo de Messi, ya se sabe que allí le tienen mucho aprecio al hombre que dice que sólo ha leído un libro en su vida: no, no es el de "Cómo defraudar a Hacienda", sino una biografía de Maradona. De las elecciones, ni mu.

Para terminar, en The New York Times simplemente no existimos o, lo que es lo mismo, lo que pueda pasar aquí les importa un comino, una vez que no disponen en este país de ese amigo y pilar del imperio llamado J.M.Aznar. Y que conste que miré a las seis de la tarde, hora española, para darles ocasión de incluirnos.

En resumen, para ese continente que aquellos españoles intentaron civilizar, desde Niágara a Tierra de Fuego, no figuramos en el mapa, no somos nadie para la casi totalidad. Mientras, aquí hay una crónica a página completa si Michelle Obama se marca un baile, el príncipe Guillermo de Inglaterra se compra una gorra o Dilma Rousseff tiene problemas con Petrobrás. Merecemos lo que nos pasa, por papanatas. 

16 diciembre 2015

Aborrezco la Navidad

No se trata de una cuestión religiosa, sino de que cada año al acercarse estas fechas el desagrado que siento es mayor, mayor la depresión que me invade y mayor el deseo de marcharme a algún país en el que esto de la Navidad no penetre inevitablemente (¿el Tibet, Mongolia, quizás?). El año que viene, más modestamente, quizás voy a buscar alguna casa rural en la que no se oigan las navidades.

Nunca me han entusiasmado estas celebraciones en las que necesariamente hay que seguir el dictado de lo que se considera normal, y por eso quizás detesto las fiestas locales, el día de-lo-que-sea, y por descontado esa ración enorme, ese empacho llamado navidades.

Tenía 14 años cuando al director de mi colegio le dio por convocar un ejercicio simultáneo de todo el colegio, que consistió en una redacción sobre el día de la madre, que entonces se celebraba el 8 de diciembre, día de la Inmaculada (?) y que con posterioridad fue trasladado a mayo porque así se evitaba la cercanía de navidades, y además a los comerciantes les convenía espaciar algo las compulsiones a comprar para que diera tiempo a reponerse el bolsillo y la avidez por el consumo. Ya se sabe, son los comerciantes los que deciden cuándo hay que emocionarse al pensar en la madre propia. Siento contrariarles, el próximo día 27 mi madre cumpliría años si viviese y es ahora cuando procuro dedicarle muchos de mis pensamientos y un agradecimiento que seguramente no supe mostrarle en vida, siendo como fue una persona y madre excepcional.

Hice mi redacción y el resultado fue que el director me convocó a su presencia y no precisamente para premiarme. En su despacho y de manera solemne me reprochó mi materialismo y mi descreimiento –ya se me veía venir– porque mi redacción había consistido en un ejercicio de protesta contra una celebración que yo consideraba sólo mercantil y patrocinada por Galerías Preciados, que era la empresa que entonces llevaba la batuta de todo este tinglado.

No fue un encuentro muy desagradable porque aquel hombre era buena persona –aunque con un carácter tremendo– y ya en una ocasión yo le había ganado al ajedrez un día en que faltó el profesor y él lo sustituyó con su persona y una improvisada competición de ese juego entre algún alumno voluntario –yo– y él mismo. Estoy seguro de que me tenía cariño y yo también le tenía aprecio.

El paso del tiempo no ha mejorado mis malísimos deseos hacia estas fiestas y desde luego que las circunstancias personales no han ayudado a hacerme cambiar. Cuando niño además la cosa era bastante diferente, pues primaba la parte familiar y religiosa sobre ese imperio del gasto y consumo que es ahora y eso hacía que la aceptación fuera más fácil.

Tengo la suerte de que ahora en mi casa coincidimos todos en esa falta de motivación hacia las fiestas que se nos vienen encima: no cantamos villancicos (aunque me gustan), no hacemos comidas especiales (no más de lo que las hacemos el resto del año) y no hay regalos, si acaso esperar que las elecciones nos quiten de encima el gobierno actual, aunque yo soy realista, es en España donde se inventó el grito de ¡vivan las cadenas!, es aquí donde el pueblo, a la vuelta del exilio del rufián Fernando VII, desenganchó los caballos para ponerse ellos mismos a tirar de la carroza.

No puedo evitar sentir envidia de esos años del siglo XVII en que la celebración de la Navidad fue prohibida en Inglaterra y los primitivos EE.UU. por considerarla frívola. Si aquella gente no se hubiera acobardado y aceptado su restauración, ahora la segunda quincena de diciembre sería una época de tranquilidad, reposo y contemplación, nada que ver con la desagradable realidad actual.


(Esta entrada ya fue publicada más o menos igual hace un par de años, pero he visto que recientemente ha tenido algunas lecturas y se me ha ocurrido volver a incluirla)

10 diciembre 2015

Modales

Hace pocos meses publiqué una entrada titulada “El respeto que fue” que en su mayor parte consistía en la reproducción de un artículo publicado en no recuerdo cuál diario y que, desgraciadamente, se refería casi en exclusiva a faltas relacionadas con el móvil o cometidas en el cine. No hace falta que diga que el repertorio es mucho más extenso y que lleva camino de volverse casi infinito. Han cambiado los hábitos hasta del modo de bostezar; antes, cualquiera ponía su mano delante de la boca al hacerlo en presencia de extraños y ahora, en el transporte público o en cualquier lugar, la gente bosteza con total abandono permitiendo que si usted lo desea pueda examinar el estado de sus amígdalas. Precioso.

Estuve ayer en la consulta de un especialista y la paciente que se encontraba a mi lado, de unos cuarenta y tantos años, en un momento dado se sacó del bolso lo que resultó ser un caramelo de generoso tamaño, se lo metió en la boca y de inmediato empezó a masticarlo. Hacía tal ruido que pasado un par de minutos, como seguía royendo, me levanté para sentarme a unos tres o cuatro metros de distancia, donde no tenía que oír tan intensamente algo tan desagradable; se dio cuenta y me lanzó miradas envenenadas. Quizás para dejar claro que ella hacía lo que le daba la gana, pasado un rato –¡qué largas son las esperas en las consultas de los médicos!– fue un chicle el que de inmediato se puso a mascar y a hacer globitos que estallaban.

No es un caso excepcional, en nuestro país la ignorancia ha hecho que se identifiquen las libertades que llegaron tras la muerte del dictador con la posibilidad de hacer lo que a uno le venga en gana, sin más consideración hacia el vecino ni manifestando ningún fastidioso vestigio de educación. De ahí viene también el tuteo universalizado. Confieso que me sorprendió ver a Almudena Grandes y Wyoming tratándose de usted en el programa de este último hace unos días, lo moderno es tutear al mismísimo papa.

Para mí lo del chicle es un problema que ni siquiera se intenta abordar. Es normal que en zonas de gran afluencia peatonal podamos contemplar las huellas de miles de chicles arrojados al suelo y pisoteados hasta hacerles formar parte del pavimento. No hace muy bonito y deja en evidencia cómo somos; bueno, no todos, sólo buena parte de la población. Qué asco, me encantaría que aquí se actuase como en Singapur, donde masticar chicle le lleva a uno a la cárcel, y a cambio todo está más limpio y nadie tiene que soportar a los masticadores. Me parece una medida básica de higiene social, no entiendo por qué se puede masticar chicle si está mal visto soltar eructos o cuescos y no creo que haya mucha diferencia. Todavía recuerdo el asco que sentí cuando en otra sala de espera, al sentarme, pasé mi mano bajo el lateral del asiento y la planté sin querer en lo que sin duda era un chicle pegado allí por un masticador.

El otro día, en un gran supermercado de una cadena alemana, pregunté a un empleado de poco más de veinte años por la ubicación de determinado producto. Por descontado, se lo pregunté tras dar los buenos días y tratándole de usted, como debe hacerse con un desconocido. Su respuesta fue interrumpir lo que hacía, volverse hacia mí y responder dime, no te he escuchado, ¿qué querías? Tardé unos segundos en reaccionar a ese tuteo inmerecido y a ese reemplazo de oír por escuchar, que tomado en su literalidad parecía indicar que no le había dado la gana de prestarme atención cuando hablé antes. En realidad no debería sorprenderme, es el lenguaje con el que a diario convivimos todos en la calle, en la prensa, en la televisión, incluso en los telediarios de TVE, ¿por qué un joven moderno con aspecto de no haberse preocupado por aprender nada en su vida iba a comportarse de otra manera? Bastante tenía con saber mantener aquella bonita cresta de su cabello.

Hace pocos años durante un viaje turístico con amigos, uno de ellos me recriminó seria y groseramente por mantener mi sombrero puesto –lo uso desde hace tiempo– cuando deambulábamos por una cafetería en busca de una mesa libre. No pude evitar en el momento la imagen de esos mejicanitos con el sombrero de paja agarrado con ambas manos ante su patrón, según vemos en tantas películas americanas, ¿era eso lo que le servía de guía para exigirme que llevara el sombrero en la mano? Curiosamente, unas horas antes, estuvimos visitando una iglesia –yo descubierto, pese a que no soy creyente– mientras su esposa estuvo masticando chicle ostensiblemente todo el tiempo, como si paseara por Coney Island, algo quizás poco compatible con encontrarse en la casa de su dios. Parece que al experto en protocolo eso sí le parecía correcto; o quizás a ella no se atrevía a llamarle la atención como hizo conmigo.

No hay manera, a la mayoría de los españoles eso de los modales nos suena a chino y por lo tanto la mayoría actúa con total desconocimiento mientras unos pocos, sin sentido del ridículo ni de la prudencia, pretenden imponer normas plusversallescas que ellos mismos no practican.

En un viaje de turismo que realicé hace un par de años a Austria, el guía me dijo que era una suerte que los españoles que formábamos parte del grupo no habláramos alemán, porque allí el tuteo se considera casi una agresión. No sé si es cosa mía, pero me pareció adivinar algo de desprecio en el comentario.

Así son las cosas: yo soy español, estaba en un grupo de españoles y el guía asumía consecuentemente que yo formaba parte del contingente de tuteadores habituales. De ese contingente sin modales que mora al sur de los Pirineos.

No sabía él que soy un inadaptado y que no me he incorporado a la modernidad de mi entorno.

03 diciembre 2015

Epidemia de estupidez

Cuando era niño y más tarde en la adolescencia, gastaba buena parte del dinero que me daban en comprar lo que llamábamos tebeos, ya fueran de viñetas variadas –ahí nacieron Mortadelo y Filemón, el Carpanta, las hermanas Gilda, doña Urraca, o la familia Ulises– o de aventuras, hazañas bélicas o ciencia-ficción. Los tebeos del oeste o de superhéroes no tenían tanta implantación entre nosotros. Lamentablemente esa palabra –tebeo– hace tiempo que ha sido arrinconada por la modernidad y ahora hay que decir comic, un auténtico misterio para mí, que nunca entendí qué podían tener de cómicas las aventuras de Batman. Bueno, sí es cómica su vestimenta.

El caso es que aquellas publicaciones incitaban a la lectura y hasta tenían páginas sin un solo dibujo y columnistas como los periódicos de verdad. Me acuerdo de una sección que se titulaba Diálogo de besugos y de ahí quedó la expresión que ahora se usa sin saber de dónde proviene.

Todos esos tebeos desaparecieron y sólo sobreviven algunos, en formato de álbum con tapas duras y precio de jamón ibérico, que compran los nostálgicos, a veces empeñados en que sus hijos disfruten con lo que a ellos les gustaba.

No hay que llevar luto por esa desaparición, la verdad es que desde que llegó la televisión la cosa estaba cantada. Es más básico, pero tiene más atractivo para un jovencito ver lo que sea en televisión que leer, esa pesadez que sólo se le pudo ocurrir a un amargado. Ya con Internet, la competencia es brutal, cómo va a rivalizar ninguna lectura con una página porno que para contemplarla sólo nos pide declarar que tenemos más de 18 años, algo que un niño de 8 hace con toda naturalidad y sin remordimiento. Y los papás contentos, porque mientras se entretiene con el PC no molesta. ¡Y pensar que no pude ver Siete novias para siete hermanos hasta los 16 añitos (mostrando el DNI para entrar), para que mi delicado espíritu no se maliciara con semejante espectáculo depravado!

El jovencito de ahora, cuando se cansa del PC puede agarrar su propio smartphone y pasearse también por toda la red con el wifi hogareño y a ratos dedicarse a mandar mensajes a todos sus colegas o acosar a algún compañero de cole que no le caiga bien. 

Todo el mundo parece celebrar la entrada de la tecnología en el mundo infantil y adolescente y ahí los tenemos, zombis totales sin más ambición que ganar a sus amigos en número de seguidores en Facebook o conseguir entrada para ver a Justin Bieber.

No son sólo los menores quienes se encuentran aparentemente alelados, la prensa de mayores está repleta de estupideces que me dejan perplejo día tras día. Casi todos los diarios tienen ahora, aparte de su habitual sección soft porn, lo que podríamos llamar “el rincón del desocupado con pocas luces”. En los últimos tiempos se ha insistido mucho en varios de ellos dando consejos para estar calentitos en casa sin dilapidar dinerito en gas o electricidad. La recomendación suprema para eso viene a decir que hay que disponer de un plato, encima se colocan dos o tres de esas velitas cortas enfundadas en una cápsula de metal –suelen recomendar las de Ikea, vaya usted a saber por qué–. Hay que tener una maceta de barro vacía de tamaño mediano/pequeño y una vez encendidas las velitas se coloca encima el tiesto boca abajo. Hay versiones high-tec en las que se coloca un segundo tiesto más grande sobre el primero. Aseguran que con eso usted puede mantener la habitación a una temperatura confortable. Hasta el más tonto sabe que las calorías proporcionadas por las velitas son mucho más gordas y baratas que las calorías de las calefacciones ordinarias a gas o electricidad.

Parece mentira, pero por los comentarios puedo ver que son innumerables los que siguen esos consejos y me temo que son los culpables verdaderos de la bajada del precio del crudo. Si todos dejáramos de utilizar las energías tradicionales, no cabe duda de que tendría grandes repercusiones en la economía mundial, por eso supongo que hay gente destructiva como yo –estoy pagado por los grandes lobbies– intentando desprestigiar a toda costa ese invento calefactor revolucionario.

Este asunto de la calefacción es una auténtica mina y tiene cierta lógica porque es la rendija por la que se nos escapan bastantes euros. Otra cosa es que los consejos que se dan –hoy mismo hay una batería de ellos en El País– sean tan sorprendentemente astutos como no mantener las ventanas abiertas mucho tiempo –nunca se me hubiera ocurrido–, poner burletes si las ventanas no ajustan bien –tecnología puntera– o cambiar la caldera –unos 1.500 euros– por otra moderna con lo que ahorraremos entre 50 y 100 euros al año.

La verdad, si la gente se cree todas estas memeces que les cuentan, cómo no se van a creer las cifras de Rajoy sobre la mejora del paro o las promesas de un mundo mejor para después del 20 de diciembre. Le lloverán votos, ya lo aviso.

26 noviembre 2015

Violencia contra humanos

Hoy he leído en el periódico que una mujer ha matado a su marido a martillazos y después se ha suicidado. No es la primera vez que ocurre algo parecido, ni será la última. Puede que le resulte increíble –o puede que no– pero este crimen no sería juzgado aplicando lo que ha dado en llamarse "ley de violencia de género", que sólo vale para crímenes inversos. La cosa viene a ser: hombre mata mujer, crimen abominable; mujer mata hombre, incorrección reprobable.

Quien lee esto ya está saltando de impaciencia por atacarme, lo sé: se dan muchísimos más casos de lo contrario, hombre mata mujer y después se suicida (o no). Por supuesto, no es ningún secreto que por lo general el hombre tiene mayor fortaleza física que la mujer. Por lo general.

Cuando la conclusión que todos sacan de que el hombre es mucho más violento que la mujer y que hay que perseguirlo a muerte con todos los medios legales, materiales y económicos posibles, yo modestamente lo que entiendo es que hay que perseguir la violencia, la cometa un hombre, la cometa una mujer o la cometa un bosquimano transexual. No se debería exigir igualdad sólo para lo que nos conviene.

Leí en la prensa hace pocos días algo que me dejó pensativo: el hombre que es violento con su pareja femenina (hay que aclarar lo de femenina, tal y como están las cosas), es violento frecuentemente con los hijos, propios o de su pareja y es violento también con otros hombres sobre los que sienta una manifiesta superioridad física. Lo escribía un hombre y me pareció la reflexión más certera que había leído en los últimos tiempos sobre el tema. En los colegios, me cuentan que chicos y chicas más corpulentos abusan habitualmente de los compañeros más débiles, ¿lo llamamos violencia machista? Por otra parte, ¿creen que el hombre que trata con sadismo a los animales es cariñoso en casa con los suyos y con sus "semejantes" en general?

El mundo ha sido desde sus orígenes violento y violento sigue siendo, la fuerza es el argumento definitivo –pese a lo que digan los filósofos– en las relaciones persona-persona y hasta las de país-país, ¿a qué viene hacerse el tonto o ignorante sobre eso? Por eso me hacen gracia los que preconizan la desaparición de los ejércitos y creen que cualquier conflicto se resolverá dialogando, ¿en qué mundo viven?; o esos ilusos que piden parlamentar con el Daesh, ¿se han dado un golpe en la cabeza o es su forma de discurrir en circunstancias normales?

Hay que luchar para reducir esa superioridad indiscutible de la fuerza y a los niveles de nuestra vida diaria hay que acabar con eso que se mal-llama violencia de género y con toda la violencia ejercida por alguien con el único argumento de su mayor fuerza o medios para ejercerla. Por cierto que al que inventó la expresión me gustaría preguntarle de dónde se sacó esa forma tan desafortunada –en realidad lo sé: del inglés–, repitiendo lo que tantas veces se ha señalado como erróneo sin ningún efecto o cambio en la expresión. Género tienen las cosas –una silla, un bolígrafo, una bicicleta–, las personas tienen sexo y si no que miren cualquiera de esos formularios que a veces tenemos que rellenar: ¿se nos pregunta el género o el sexo?

No es éste, el de la violencia familiar, un asunto que me parezca leve o gracioso. He vivido de cerca hace muchísimos años las hazañas de un matón al que le entusiasmaba agredir a su mujer, a sus hijos pequeños… y a quienes estaban en situación de inferioridad. Por eso y porque era militar llegaba a pegar a los soldados a sus órdenes, supongo que eso le proporcionaba la sensación de fuerza y superioridad que su ego exigía y que por otros medios no estaban a su alcance, ¿era eso violencia de género? Conste, no me parece inapropiada la expresión violencia machista.

Insisto: si esas enfurecidas feministas persiguen de verdad acabar con la violencia familiar, que luchen contra la violencia ejercida por cualquiera del sexo que sea contra otra persona. Si siguen así, conseguirán simplemente incrementar atropellos de otro signo y hasta en otros ámbitos. Violencia directa o soterrada, hay que implantar en la mente de todos que la violencia no puede ser una opción a la que recurrir. Con nadie.
(eche un vistazo aquí)

20 noviembre 2015

La libertad en la izquierda

Dos fanatismos de actualidad
Acabo de leer el artículo dominical de Javier Marías, en la que se queja de la imagen que, forzosamente, todos esperamos ver cuando nos miramos en el espejo. Constituyen esa imagen una serie de tópicos que la sociedad exige a quienes desean llegar al estatus de ciudadanos ejemplares e incluso a los que no lo desean, porque si algo caracteriza a la sociedad actual es la imposición de unos patrones a quienes gusten de ello y a quienes no, también.

Como le ocurre siempre a este magnífico escritor, se desquicia cuando trata, aunque sea de refilón, el tema del tabaco. Ahí pierde toda su habitual lucidez y desbarra porque no es capaz de entender que el tabaco no es asunto que concierna en exclusiva al que fuma. Curiosamente, no se da cuenta de que al incluir la producción de humo en el derecho a decidir, crea un paralelo que dificulta rebatir ese otro derecho a decidir que cierta población fanatizada ha decidido ejercer. Pero esto sería asunto de otra entrada.

Relaciona una serie de requisitos que el que se mira al espejo desea ver insertado en su propia esencia. Tiene razón en casi todo, pero no voy a apostillar a un escritor que escribe como ya me gustaría hacerlo a mí, sino a tratar sobre una rama que deriva de su argumentación. Hablo de la libertad en quienes integran –les guste o no– una de esas dos actitudes que reinan en el planeta desde que el mundo es mundo: la derecha y la izquierda. Tiene su gracia que haya quienes manteniendo un conjunto de actitudes que les identifican claramente con el partido de la derecha y votándoles elección tras elección sin desfallecer, afirman que ellos no son de ningún partido; querrán decir que no pagan la cuota –para ahorrar o no comprometerse, está claro–, por lo demás…

Me fastidia decirlo, parece que es en la derecha donde más abunda la libertad de actitud, puesto que no hay unos patrones impuestos y a estas alturas hasta en el partido que es su pura esencia, el PP, se puede ser taurino o antitaurino, homosexual o heterosexual, bebedor o abstemio, honrado o ladrón (con hincapié en esto último). Salvo de izquierdas, usted puede ser lo que quiera en la derecha.

No es así en cierta izquierda y siento que predomina una especie de estalinismo que impone determinadas actitudes a quienes deseen enmarcarse en esa opción. Nada de medias tintas, hay que ser radicalmente lo que se exige, ¡maniqueísmo al poder! Ampliando un tanto lo dicho por Marías, creo que los principales requerimientos son:

―Hay que ser amante de los animales y eso incluye implícitamente ser partidarios de la presencia de animales en los transportes públicos y –supongo– permisivo con las cacas de los perros en las aceras y los ladridos del animalito propiedad del vecino. 

―Directa consecuencia de lo anterior, hay que ser antitaurino. No de una manera tibia y tolerante apoyando la eliminación de subvenciones o ayudas a ese arte y aceptando una desaparición progresiva, sino fumigando todo rastro taurino, agrediendo al que se le ocurra asistir a uno de estos espectáculos y prohibiéndolo en la ciudad o comunidad autónoma a las que pertenezcamos (lo de manifestantes desnudándose, dándose brochazos rojos y tirándose en el suelo se reserva a los frikis). No hay nada más gratificante que prohibir mientras otros nos aplauden por hacerlo.

―Hay que ser amante de la bicicleta –nada que objetar– y pedir la prohibición total de circulación de vehículos con motor de combustión interna por el centro de las ciudades, sin admitir un periodo de adaptación y el establecimiento simultáneo de opciones alternativas. Por descontado, hay que desentenderse de quienes tienen dificultades para desplazarse en un medio de transporte que no sea el vehículo privado. Todo el mundo es joven y sano.

―Hay que estar a favor de la venida de refugiados e inmigrantes en general, no importan las dificultades que eso pueda acarrear ni los problemas de convivencia que inevitablemente surjan. Por supuesto, hay que estar a favor del burka, hiyab, niqab y todas esas manifestaciones de sumisión que se le imponen a las mujeres musulmanas. Nos burlamos y atacamos el uso tradicional de la peineta y el velo en semana santa calificándolo de casposo, pero favorecemos o apoyamos el uso de esos símbolos ajenos los 365 días del año (366 en bisiestos), en cualquier entorno. Una tolerancia que olvida que los musulmanes son generalmente intolerantes y que muchos desean imponer esa intolerancia a los que no profesamos su religión. Leo en la prensa que en Arabia Saudí un británico lleva un año en prisión por llevar vino en su coche (a pesar de ser británico no iba bebiendo) y que ahora quieren darle 360 latigazos, supongo que para que no se aburra y pueda meditar sobre la bondad de Mahoma, el Islam y los musulmanes en general.  

―Hay que estar de manera clara a favor de los homosexuales. No basta una actitud de dejar vivir, hay que estar decidida y entusiásticamente a favor, porque todo lo que no sea entusiasmo es homofobia. Lamentablemente, el analfabetismo autocomplaciente que nos inunda hace que aparentemente nadie lea la definición de homofobia en el diccionario de la RAE: Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales (definición modificada en 10/2014). Yo diría que incluso habría que ser algo tolerante si esa aversión fuera ligeramente obsesiva, porque obsesiva es la presencia casi diaria de homosexuales en la primera página de los periódicos, precisamente por serlo, y siempre en tono laudatorio. Hay quienes a eso lo llamarían proselitismo o insistencia obsesiva.

―Hay que mirar condescendientemente a los nacionalismos periféricos, porque no son más que una manifestación de libertad. Se olvida que los nacionalismos fueron de siempre repudiados por la izquierda verdadera, porque representan unos sentimientos que no tienen nada que ver con los ideales que la izquierda defiende. Por decirlo brevemente: ser nacionalista –y no digamos independentista– es simplemente incompatible con ser de izquierdas o progresista. Y no soy yo el primero que lo dice.

10 noviembre 2015

Racismo y denominaciones

Los belgas en el Congo
Existe un racismo, el evidente, el clásico, que a diario es fustigado –con razón– desde todos los medios, aunque se llegue al extremo de vetar cualquier comentario que se envíe a un medio digital –concretamente El País– simplemente porque contiene la terrible palabra “negro”, ya se sabe que ahora hay que decir subsaharianos, aunque sean senegaleses o somalíes, por poner un ejemplo, que serían supersaharianos.

Hay otro bastante camuflado, raramente denunciado, que practican a mi parecer justamente quienes presumen de ser los menos racistas del mundo mundial. Son esos que claman para que los países occidentales –por no decir “blancos”– envíen ayuda económica con cualquier motivo –ébola, paludismo, sequía...– a países que, pese a sus enormes riquezas, son incapaces de dar de comer a sus hijos, entre otras razones porque esos hijos encuentran mucho más atractivo emigrar a Europa que unir sus fuerzas para decir NO a la explotación a que los someten, ciertamente antiguas potencias coloniales, pero fundamentalmente sus propios paisanos, ¿alguien ha oído hablar de una revolución social en África? Falta les haría, más aún porque además allí el crecimiento demográfico es atroz. Tenía una amiga oriunda de Kenia y me contó que tenía nueve hermanos, algo normal por allí, aunque parece que actualmente la cosa se ha templado algo. Nigeria tenía poco más de 40 millones de habitantes en 1961, ahora son casi 200. Ruanda 2,8 millones en 1961 y actualmente alrededor de 13 millones. Y así más o menos todos. Resulta que allí no deben tener Facebook ni Twitter y en algo hay que entretenerse.

Ese otro, el segundo racismo, consiste en considerar de manera perpetua como menores de edad a las personas de raza negra y, por eso, ven natural que sean los de raza blanca quienes acudan en auxilio de aquellos, sea por una epidemia, por necesidades vitales no satisfechas por su países, por ataque de algún país vecino o por integristas religiosos, etc. Siempre el hombre blanco ha de estar dispuesto a acudir en socorro de esos eternos menores de edad. ¿Hay algo más gratificante que practicar la compasión y la caridad?

Supongo que en todo esto pesa el remordimiento de tantas atrocidades cometidas en ese continente por las potencias coloniales, algo de lo que España está prácticamente libre, pues la única colonia que poseyó en el África negra fue Guinea Ecuatorial y aunque su actuación no fuera ni de lejos intachable, conviene no olvidar que entonces ese pequeño territorio tenía la renta per cápita más alta de África y el reparto de riqueza más efectivo, ojalá el franquismo hubiera sido tan generoso con la metrópoli como lo fue con la colonia, que llegó a disfrutar de una Constitución en 1968, años antes que los propios españoles.

A la hora de descargar conciencias, no hay que olvidar que quienes vendían los esclavos a los comerciantes de seres humanos eran precisamente otras tribus locales que se deshacían así de los enemigos capturados, al tiempo que recibían un pago por sus servicios. Tampoco hay que olvidar que los enemigos más terribles de esos países son precisamente los tiranos de su misma raza. Volviendo otra vez al ejemplo de Guinea Ecuatorial, hay que fijarse en que el actual dictador y su familia son una de las principales fortunas de África, mientras que sus súbditos aceptan mansamente una vida que prácticamente no ha mejorado desde los tiempos coloniales. No hace muchos días he leído en la prensa brasileña que Teodoro Obiang (hijo) ha regalado nada menos que 3 millones de euros a la escuela de samba Beija Flor de Río de Janeiro, se supone que por aquello de hacerse un nombre y ser recibido como un nuevo rey Midas en el carnaval carioca.   

Vamos a dejarles ya que se apañen, que va siendo hora de que aprendan, y vamos a dejar de hacerles regalitos y de tratarles como raza inferior, porque con ese proceder nunca van a salir de su situación actual, de inferioridad inducida. Aunque... soy del parecer de que un negro, en el entorno adecuado, puede ser tan inteligente o tan tonto como cualquier blanco, el problema es que carecen absolutamente de capacidad para organizarse socialmente, ¿cómo se soluciona eso?, estoy seguro de que esa es una valoración muy extendida, ¿por qué nadie se atreve a decirlo en voz alta?

Para terminar y dedicado a todos esos que se exprimen las neuronas para encontrar formas de denominar a las personas de raza negra sin que haya referencia a color, un fragmento de un artículo de Javier Marías que ya he citado en otras ocasiones:

«Otro tanto sucedió con “negro”, en inglés un extranjerismo, un españolismo. Cuando se consideró que era peyorativo, se sustituyó por “coloured people”, “gente de color”, hasta que eso pareció también discriminatorio, pues ¿acaso no tenía algún color todo el mundo? Entonces se pasó a “blacks”, lo mismo que “negro”, solo que en inglés ahora. Pero eso tampoco duró más que unos años, y se inventó la ridiculez de “African Americans”, que los españoles racistas (esto es, los que evitan los términos meramente descriptivos y naturales) se apresuraron a traducir, y además, añadieron esa otra ridiculez de “subsaharianos” para referirse a los negros que nada tienen que ver con América.».  (Villanía léxica, El País)

Las negrillas son mías. 

31 octubre 2015

Según lo siento: Ella Fitzgerald y el jazz

Hoy voy a tratar de un asunto a sabiendas de que es la clase de tema que no interesa a casi nadie, al igual que sucede con otras materias sobre las que a veces escribo, como la gramática o los sentimientos. No pasa nada, este blog lo mantengo fundamentalmente para mi propio desahogo y satisfacción y a sabiendas de que conseguiré interesar a pocos.

Hace sólo unos minutos que he terminado de ver en la televisión un capítulo de una Historia del Jazz en 12 episodios que descargué hace unos meses y que voy viendo sin prisas, entre otras cosas porque como a los niños sus caramelos, me da pena que se me acabe, aun sabiendo que si dios me da salú la volveré a ver alguna vez más, pero no será lo mismo, porque le faltará esa sorpresa que acompaña al primer visionado. Me he levantado de la butaca al terminar, pensando ¡qué belleza es el jazz y hay que ver cómo me gusta! y qué pena que en toda una vida no haya conocido a nadie con quien charlar del tema, que me acompañara en este placer, que me enseñara, más allá de esos amigos y amigas con los que he asistido a algún concierto, pero que como me dijo uno en una ocasión, es una música que está bien, pero si dura mucho tiempo levanta dolor de cabeza.

En cierta ocasión mi ex esposa y yo fuimos invitados a cenar a la lujosa casa de un alto ejecutivo muy satisfecho de su éxito social –eran amigos de ella–, y en un momento dado él me llevó a un aparte para decirme que le habían contado que yo era un gran aficionado al jazz y quería revelarme que él también lo era. Le pregunté qué músico o estilo prefería y respondió muy vagamente que casi todos –aquello ya olía mal– y cuando le pedí que me enseñara algún disco, tras rebuscar en un montón de LP de intérpretes populares, sacó una de esas recopilaciones de canciones de éxito y me señaló muy ufano el corte What a wonderful world, interpretada por Louis Armstrong. Pobre idiota, creía que aquello era puro jazz. Supongo que para aquel esfuerzo por congraciarse conmigo se asesoró previamente en el Manual del anfitrión de éxito.

El episodio que he visto hoy en la televisión tocaba dos materias por las que siento extraordinaria devoción: el swing y una cantante que para mí es lo máximo en la historia de esa música en su forma vocal, Ella Fitzgerald. Si alguien me preguntara por mi cantante favorita –cosa muy improbable– le respondería que hay unas cuantas a las que me entusiasma escuchar y que son consideradas todas ellas impecables como intérpretes –y lo son–, pero es que no en vano Ella era apodada The First Lady of Song porque ninguna como ella interpretó con un estilo que se adaptaba a cualquier ritmo y con esa voz algo aniñada incluso de mayor y con tanto sentimiento que trasladaba a otro mundo, cuando ella cantaba, la melodía pasaba a ser otra cosa, uno se preguntaba cómo una voz puede llegar a esa plenitud de armonía y ritmo, a ese tono tan acertado; cierto que no poseía el dramatismo que le sobraba a Billie Holiday, pero era la más completa de la historia y prácticamente la inventora del estilo scat que lógicamente practicó como ninguna otra. Puede reprochársele que tras unos 25 años de carrera se hiciese más comercial, pero es que resultaría duro ganar menos que cualquier cantante pop o jugador de baseball, los músicos de jazz también gustan de las comodidades de una vida placentera.

Si una mujer se quiere acercar hoy en día al mundo de la canción, debe empezar por vestir de manera estrambótica, tener un aspecto llamativo e ineludiblemente ser generosa en la exhibición de partes de su cuerpo que no deberían ser tan públicas. Hasta en el mundo del jazz actual, cantantes de cierto éxito como Diana Krall no habría llegado a ninguna parte si no tuvieran un físico atractivo y una bonita melena rubia. Curiosamente abundan las jóvenes cantantes de jazz –Cataluña es una auténtica cantera–, pero para desgracia del género, las actuales no alcanzan ni de lejos a las que fueron reinas del jazz vocal en su día. De las cantantes pop mejor no digo nada, da una idea de su valía que aseguren su trasero o su busto en cifras millonarias y poco más haya para asegurar; no se puede perder lo que no se posee. Ella Fitzgerald perteneció a esa gloriosa época en que para cantar hacía falta saber cantar y hacerlo con personalidad, su aspecto no era desde luego para perder la cabeza, vestía sin estridencias y padecía cierta tendencia a la obesidad confirmada con los años. Son tiempos lejanos, y es una desgracia que eso signifique que las mejores grabaciones de Ella sean de una calidad técnica poco brillante.

Hay bastantes escenas en el documental que he visto hoy en las que el público baila durante los conciertos –el jazz nació como música para bailar– y es difícil que a uno, si es receptivo, no se le vayan los pies escuchando y viendo aquello. Me considero un afortunado porque hace años tuve la oportunidad de frecuentar un local en San Francisco donde tocaban jazz y se podía bailar, una experiencia realmente excepcional.

Alguien –una mujer– me dijo una vez que no le extrañaba que yo fuera rarito teniendo en cuenta la música que me gustaba. Esa persona –que presume de intelectual– posee millones en propiedades y en el banco y por lo tanto su opinión tiene muchísimo más valor que la mía, pero me satisface decirlo, el jazz no solo me gusta sino que me parece incluso una buena razón para vivir. Y aquella mujer es una ignorante malnacida por decir aquello y por muchas cosas más que yo me sé.

22 octubre 2015

La censura de nuestras entretelas

Me duelen los oídos de oír hablar de libertad de expresión, cuando resulta que ese concepto repugna a la mayoría, que se empeña en considerar que esa libertad consiste en que uno puede decir lo que quiera, pero por descontado que eso no vale para los demás, porque a los españoles esas libertades no nos entusiasman, simplemente no admitimos una realidad que no sea la nuestra. Y no nos engañemos, en España ha habido censura desde siempre, la hubo con Felipe II, con Franco, la hay hoy y estoy seguro de que Viriato –aun siendo pastor lusitano– tenía una Secretaría de Censura. Y cuando el gobernante de turno descuidaba un poco esa censura, ahí estaba la Iglesia para recordárselo.

Lo peor es que antes, en los tiempos de la dictadura que muchos hemos conocido, la censura nos era impuesta y por lo tanto nos rebelábamos –más o menos–, nos pasábamos emocionados las revistas y diarios secuestrados en los quioscos y además pensábamos que llegaría un día en que podríamos decir lo que nos diera la gana. Murió el dictador, pero la libertad de expresión duró poco. Ahora la censura es autoimpuesta y suele denominarse corrección política. Estamos también en plena era de los eufemismos y un ciego es un invidente o discapacitado visual y el gas lacrimógeno es fumígeno irritante. 

Casi nadie se queja, pero lo cierto es que no podemos decir ni en sueños lo que nos apetezca, la censura flota en el ambiente. Es más, durante el franquismo, en el tranvía que iba en Madrid a la Ciudad Universitaria, era normal que alguien iniciara la cantinela un bote, dos botes, maricón el que no bote, para que todos saltaran y hacer que el tranvía se tambaleara y conductor y cobrador intentaran despavoridos evitar un descarrilamiento. Cierto que ahora casi no hay tranvías y a los que hay les llaman metro ligero (otro eufemismo, porque ni es metro ni es ligero), pero a ver quién es el guapo que se atreve a decir algo parecido en cualquier lugar o transporte público.

Abundan quienes se empeñan en llamar subsaharianos a los negros, creando un serio problema de ubicación, porque es un disparate llamar subsahariano a un keniata o un malgache. Viene a ser algo así como si dijéramos que los españoles somos subescandinavos. Sucede que en este frenesí censurador, si usted envía a El País digital un comentario que contenga la palabra negro es inmediatamente eliminado, pero en su columna semanal en ese mismo diario, Javier Marías publicó un artículo criticando la necedad de decir subsahariano, afroamericano, o lo que sea en vez de negro, palabra ésta que repetía no sé cuántas veces. Claro que él tiene licencia poética, supongo, y me temo que además no se dejaría censurar.

Y ya, hablando de censura, les invito a que prueben a enviar un comentario con contenido que pueda no agradar al diario de destino, sea un periódico de izquierdas o de derechas. No incluyo a La Razón porque eso no es un periódico. Los diarios publican sus normas, en las que avisan de que lógicamente no se publicarán comentarios que contengan insultos, que inciten al delito, que sean de evidente mal gusto, racistas, etc., pero además está el factor X –la línea editorial– así que, por ejemplo, si usted trata de criticar a Podemos en Público no se haga ilusiones de que se lo publiquen y lo mismo si envía un comentario a diario.es en contra del independentismo catalán o vasco. No es que se les vea el plumero, es que tienen más plumero que una centuria romana.

Ahí tienen también a las llamadas redes sociales, obsesionadas por censurar continuamente lo que se publica y Facebook no permite la imagen de una madre amamantando a su hijo y ha llegado al extremo de censurar la fotografía de la sombra del cuerpo de una mujer porque se siluetaba un pezón.

La autocensura se ha instalado en nuestros hábitos diarios, en nuestra forma de hablar, y sin darnos cuenta nos expresamos con un vocabulario que hace sólo veinte años hubiera provocado carcajadas. Esta sociedad es como el burro en la noria, se mueve algo, pero pronto vuelve al mismo sitio.

15 octubre 2015

Mercenarios

Todos estamos de acuerdo en que comer es algo preciso y placentero, en especial cuando la alternativa es pasarse un tiempo prolongado sin tomar alimento de ninguna clase. Por eso se puede disculpar que alguien se someta a situaciones poco dignas si con ello consigue el sustento, la pregunta que surge de inmediato es ¿hasta dónde se puede llegar en esos sometimientos sin perder la dignidad? A diario tenemos noticia de situaciones, casi siempre colectivas, en las que al parecer de muchos se ha superado lo moralmente permitido. Menciono lo que a mi entender son algunos ejemplos.

―Raros son los días en que la prensa o la televisión no nos hablan del vandalismo y fechorías practicados por extranjeros en poblaciones de la costa mediterránea, peninsular e insular, fundamentalmente jóvenes británicos (ya saben, esos de modales exquisitos). Compran paquetes de viaje baratísimos en sus países de origen que suelen incluir alcohol y discotecas y el único beneficio económico para España es la calderilla que se dejan en bares, frecuentemente de barra libre, lo que induce a un consumo alcohólico desmedido. Menos mal que la selección natural funciona y muchos se estampan contra el pavimento al intentar pasar de una habitación a otra por los balcones o tirarse a la piscina desde un 5º piso. Posiblemente no compensen con ese escaso dinero que gastan en el comercio local los destrozos que causan y las alteraciones en la vida de la gente normal que por allí reside, pero ese miserable gremio de hostelería vende la tranquilidad de todos por una escasa ganancia. Nadie se rebela con suficiente contundencia contra ese atropello, el dinero tapa las bocas y los españoles somos ahora un pueblo manso.

―Con la permisividad hacia los homosexuales han venido esas celebraciones, como el Día del Orgullo que se organiza en ciudades grandes y pequeñas, frecuentemente con subvención municipal. Casi todo el mundo ignora que los organizadores son normalmente empresas privadas a las que no importan los espectáculos que pueden presenciarse, hasta el punto de que son muchos los homosexuales que manifiestan su desaprobación y apartamiento porque, como leí en las declaraciones de uno de ellos, ser homosexual no implica buscar el exhibicionismo, poco estético por lo demás. Lo cierto es que el motor de estos espectáculos no es la libertad o la aceptación de esas opciones sexuales; lo que ahí se ventila es la ganancia de las empresas organizadoras de los desfiles y el aumento de ingresos de bares y restaurantes en las zonas donde se concentran los festejos durante la semana que suelen durar. No hace mucho, la prensa informaba orgullosa de que España había desplazado a Francia como primer destino de turismo gay. Cuando hay dinero de por medio, todas las demás consideraciones se esfuman.

―Cuando en 1953 Franco firmó el tratado de amistad con los EE.UU. y con él la cesión de bases militares –nosotros poníamos la amistad y las bases, ellos nada–, se presentó el pacto a los españoles como un reconocimiento de la importancia táctica de España y de la amistad de los democráticos americanos con el régimen franquista. Realmente, lo que se hacía con eso era regalar trozos de España a los EE.UU. para que así ellos permitieran al dictador colocarse bajo su manto protector. Luego, en la guerra de Ifni, pudo verse lo profundo de esa amistad, cuando prohibieron a España el uso de cualquier armamento comprado a ellos –incluido aviones– porque por mucho que nos fastidie, Marruecos era y es más importante para EE.UU. que nuestro país y esa broma costó entonces la muerte de muchos españoles.

Tras varios años con manifestaciones cuyo lema era «OTAN no, bases fuera» vino aquella filigrana trilero-verbal de «OTAN de entrada, NO» que terminó con la rotunda entrada de España en la OTAN, aunque según el gobierno de Felipe González no se integraría en la estructura militar (???); no aclaró si ingresábamos tan solo en la estructura cultural o religiosa. A cambio, se eliminaban las bases americanas como tales, excepto la de Rota, en la que seguíamos y seguimos sin tener derecho a saber si se guardan armas nucleares. Un dato para quienes sientan curiosidad: la superficie de la base de Rota es de 27 Km2, la de Morón 12,5 Km2, Gibraltar 6,8 Km2.

No han pasado tantos años, pero de nuevo aparece la conveniencia –para algunos– de vender España y comprometer su seguridad en caso de conflicto o terrorismo. EE.UU. pide de nuevo la base de Morón, en Sevilla, (que nunca había abandonado del todo) y sin más debate ciudadano o político el gobierno le concede todo lo solicitado. Como antes Franco, ahora Rajoy quería ganarse el apoyo personal de Obama hacia su liderazgo y para más indignidad, se juega con la necesidad de los habitantes de Morón, dispuestos a vender a su madre por unos hipotéticos puestos de trabajo y algo de dinero para el pueblo. Calderilla, porque con los 3.000 marines que pasan a tener allí su base, viene hasta el personal civil que la base precisa para su funcionamiento, y respecto de las obras de infraestructura, solamente una pequeña parte es concedida a España. Puede que obtengan algún beneficio –calderilla– unos cuantos bares y algunos prostíbulos de la zona. Los moroneros han admitido sin rechistar ser utilizados como mercancía a cambio de nada. Apenas se ha debatido el asunto en la prensa y nadie se ha preocupado por la pérdida de soberanía española y el peligro que la acompaña, quizás superior a lo que pueda suponer Gibraltar, ¿hubiese el gobierno actuado igual si Morón estuviera en Gerona o Guipúzcoa? Todos sabemos la respuesta, allí no tienen la escasez que sufren en Morón ni la dignidad alcanzó una cotización tan baja. Y es que la dignidad se empareja mal con la escasez.