08 mayo 2020

Pudor gramatical


Repasando recortes de periódicos que guardo en mi ordenador, he encontrado que no hace mucho tiempo, concretamente en febrero de 2015, Javier Marías respondía en una entrevista en El País cosas como esta:

No sé, de aquí a cien años qué se va a hablar, porque cada vez hay más personas que no tienen dominio de la lengua. No es cuestión de cultura. Cada uno hablaba, digamos, a su nivel, con su vocabulario más o menos amplio, o más o menos limitado. Pero hablaban con aplomo, con seguridad y con una buena instalación en la lengua, cada uno en su nivel de léxico, o de capacidad para construir frases acabadas y más o menos inteligibles. La sensación que yo tengo es que ahora la gente chapotea en la lengua. Todo se confunde, todo se mezcla, da la impresión de que todo sirve; la gente, además, parece que anda muy mal de oído.

Sé que cito muchas veces a este escritor, pero es que encuentro que Marías es un intelectual que normalmente es tan asequible para cualquiera como pueda serlo Sergio Ramos, pero algo más inteligente, así que no cabe argumentar que lo que escribe, especialmente en los diarios, resulte críptico para nadie.

Está clara cuál es la preocupación del escritor sobre la evolución de la sociedad española y yo diría que no es el único, que somos bastantes los que tenemos la sensación de que tanto hablar de democracia, tanta tecnología, y desde luego las redes sociales han provocado que se prescinda del uso del cerebro a la hora de comunicarnos con quienes nos rodean, real o virtualmente. Antes, se expresaba con más propiedad un bracero del campo andaluz que un universitario de nuestros días, porque la triste verdad es que se ha democratizado la ignorancia y no el conocimiento. Eso sí: todos poseen su correspondiente smartphone, cuanto más caro, mejor; así, de camino, mostramos nuestro poderío.

La gente ha perdido en realidad el libre albedrío y se comportan en todo obedeciendo a sus instintos primarios o las consignas que reciben desde su entorno social. Por eso los movimientos actuales funcionan como religiones −que es lo más primario que se conoce− ya sea la ecología, el feminismo, el nacionalismo, la defensa de los animales, etc. y de ahí los fanatismos que con facilidad recurren a la violencia.

Quienes nos preocupamos por la sociedad actual vemos alarmados que casi nadie sabe hablar y escribir español y, lo que es peor, les da lo mismo. Las formas gramaticales erróneas se imponen sin vuelta atrás −lo he criticado cien veces en otras entradas− patrocinadas por la televisión; y no digamos la ortografía, que ha quedado relegada a quienes son tachados de cursis y pedantes. ¿Cuántas veces hemos dicho u oído decir que los alemanes son como son porque están conformados por su idioma?, ¿por qué entonces aceptamos dejar de hablar para pasar a "chamullar" esta jerigonza actual?, ¿cómo queremos conformar nuestro propio cerebro?

Diré otra vez lo que ya he dicho mil veces, lo que algunos están hartos de oírme decir: escribir y hablar correctamente no es difícil y produce un efecto agradable en quienes no son cómplices en la ignorancia. No hay que dedicarle horas y horas, basta con prestar un poco de atención, incluso menos que al resultado de los partidos de fútbol, pasear al perro o la crítica al gobierno; simplemente se trata de fijarse un poco, interesarnos.

La frase triunfante entre los iletrados cuando sueltan una ristra de disparates y se les reprocha, suele ser «bueno, pero se me entiende, ¿no?», porque reducen la expresión oral o escrita al mismo nivel que una comunicación entre simios. Eso si están en un entorno que consideran amigable, de lo contrario llueven los insultos o amenazas y, por descontado, la inquina eterna hacia el autor de la rectificación. 

Se ha perdido absolutamente el pudor, no nos preocupa que otros se den cuenta de que no sabemos hablar o escribir, porque percibimos que los demás son iguales a nosotros. Hermanados en la ignorante autocomplacencia.

P.S. No quiero dejar de enviar un recuerdo a los entusiastas usuarios de los verbos «aperturar» y «reaperturar». Es una pena que la RAE haya tenido que recordar en los medios que aquellos dos verbos no existen (y tampoco «desescalada») y que disponen de los clásicos «abrir» y «reabrir».

23 abril 2020

♪Subvencióname otra vez...♫

Sospecho que deben ser muchos los españoles que adoran todo lo relacionado con los estadounidenses, a pesar de Trump y muchos precisamente por él, en especial para contraponerlo con el gobierno actual, que desean derribar como sea, ya que no pueden cambiarlo con la fuerza de los votos. ¿Cuántos han estado calificando al actual presidente de «ilícito» ignorando a propósito lo dispuesto por la Constitución española, esa que supuestamente dicen defender como buenos patriotas? Creo que era ayer o anteayer cuando Iñaki Gabilondo recomendaba a los amantes de la Constitución recordar y defender el cumplimiento de todos sus artículos y no solo de aquellos que en un momento dado les conviene. Yo admiro mucho cierta cualidad de esos norteamericanos: cuando llegan sus elecciones presidenciales pueden luchar a muerte contra el candidato del partido contrario a su predilecto, pero una vez celebradas esas elecciones, todos casi sin excepción pasan a considerar al presidente electo su presidente, sin más. Algo que no le vendría mal aprender a los españoles.

Aunque algo se va sabiendo con el paso del tiempo, la mayoría de los españoles ignora que la filosofía que sostiene el régimen político de EE.UU. es la de un absoluto liberalismo económico y la reducción al mínimo de la presencia del Estado. De ahí la práctica inexistencia de una seguridad social al estilo europeo y de ayudas o subvenciones como las que son la esencia de la Unión Europea.

Aquí queremos un sistema que sea como el que en las películas americanas podemos ver cada día, pero apenas tenemos una pupa acudimos a papá-estado llorando para que nos cure y consuele. Allí, por ejemplo, las distintas confesiones religiosas se sostienen en general con las aportaciones de sus fieles y las donaciones privadas. Aquí, prácticamente todas las confesiones religiosas reciben aportaciones del estado y se da la paradoja de que quienes son agnósticos o ateos aportan −involuntariamente, claro− una parte de sus impuestos para el sostenimiento de la Iglesia católica y las demás que aquí funcionan. Es muy conocida la anécdota de lo que sucede en Alemania y otros países europeos de que en la declaración anual del IRPF hay un capítulo que incrementa el pago −no como aquí, que sale de la cuota normal− en función de la confesión religiosa a la que uno pertenezca. De ahí que los españoles residentes en esos países se declaren invariablemente ateos, porque les parece disparatado pagar para el sostenimiento de su religión, ¡hasta ahí podríamos llegar!

No cabe sorprenderse, vistas las tradiciones patrias, de que con motivo de la pandemia todo el mundo pide o más bien exige ser ayudado económicamente o subvencionado de alguna manera. No sorprende que hasta el momento haya en España más de 450.000 ERTE, de tantas y tantas empresas que consideran que puesto que ahora les va mal, el Estado debe compensarle económicamente y hacerse cargo de sus trabajadores. Nadie parece recordar que una mayoría, cuando las cosas iban bien, regateaban o eludían el pago de sus impuestos.

La lista de los que de una u otra forma piden dinero al Estado es interminable: cineastas y salas de cine, profesionales del teatro, clubs deportivos, ganaderos, agricultores, autónomos de todas las actividades imaginables, hostelería (bares, restaurantes y hoteles), pequeños comercios, colegios y universidades, etc. etc. TODOS reclaman dinero del Estado, al tiempo que suelen pedir el aplazamiento sine die del pago de sus impuestos. Supongo que uno de los que pide ayuda es mi fisioterapeuta, que según me confesaba gana más de 6.000€ al mes (y paga poco más de 300€ en impuestos; engañando, claro).

Estoy de acuerdo en que las pérdidas que ha producido y va a producir el virus chino han sido más que cuantiosas y la situación es ruinosa para casi todos, está previsto que el déficit anual alcance el 9,5% del PIB (¿solo?). El país tardará años en recuperarse de este desastre, si es que llega a recuperarse.

Para compensar, han debido ser muy pocos los que se han parado a pensar unos segundos de dónde saldrá todo ese dineral que se gastará en ayudas y aunque la mayoría no haya dedicado ni unos segundos a preocuparse por eso, apostaría cualquier cosa a que casi todos imaginan que bastará con que el gobierno dé la orden de tener más tiempo funcionando a la maquinita de hacer dinero. Así somos. Resignación. 

05 abril 2020

Un virus con corona (y III)

La frase «cuanto más conozco a la gente más quiero a mi perro» es atribuida alternativamente a Diógenes, a Lord Byron y a Adolf Hitler, así que para resolver esta cuestión, y con su permiso, he decidido atribuírmela a mí, lo que en apariencia es doblemente sorprendente porque yo ni siquiera tengo perro, pero viene a establecer con precisión el aprecio que siento por la humanidad. En especial por la nacida o residente en China.

Porque sigo con eso. Estoy convencido por lo que he ido leyendo, de que la responsabilidad de todo el desastre que estamos viviendo es de China, que por ineptitud o por maldad ha sido incapaz de controlar que el virus no saliera de allí. No hay dinero en China para pagar la indemnización que debieran dar al resto del planeta, así que no darán ni un euro y en occidente seguiremos sin fabricar nada y comprándoles de todo.

También sigo con mi indignación por el trato a los mayores. Se dice cada día que debemos quererlos y cuidarlos, pero la consigna es no desperdiciar un respirador en alguien a quien no le queda demasiado de vida, más o menos viene a ser eso de "ya han vivido suficiente" y las comunidades autónomas fijan la edad a partir de la cual eso será puesto en práctica, sean 70, 75 u 80 años. Son ciudadanos de segunda a los que se abandona a su suerte, simplemente administrándoles tranquilizantes para que no incordien. «El coronavirus ha resucitado la barbarie en lo que creíamos la civilización y la modernidad. Hemos visto en Madrid cosas horribles, como en las residencias: ancianos abandonados al parecer por cuidadores que no tenían mascarillas ni remedios ni ayuda alguna», eso afirma hoy un columnista en El País.

Me subleva también comprobar que todos se creen con derecho a ser subvencionados. Puede ser el mundo de la cultura, el del transporte, los autónomos, los comerciantes, los que habitan una vivienda en alquiler, los agricultores, ¡absolutamente todos! He visto incluso a ese grandísimo felón llamado Marhuenda abogar en televisión por que no se den préstamos −que luego habrá que devolver− sino que se regale dinero; así de sencillo. Hay incluso nada menos que un 35% de insatisfechos con la manera en que el gobierno está conduciendo la situación, en muchos casos manifestando una insatisfacción sonora y violenta; son esos que "piensan" que Casado o Abascal lo harían infinitamente mejor y desearían que el gobierno en pleno dimitiese y cediese el lugar a ese par de tuercebotas. Caramba, si Abascal hasta se ha permitido no ponerse al teléfono cuando hoy le llamaba el presidente para hacerle alguna propuesta de reunión o acuerdo.

Todo el mundo sabe cómo mejorar la situación: de momento, con mucho dinero. Nadie sabe de dónde debería salir ese dinero, porque en sus limitaciones pertenecen a ese sector convencido de que el gobierno puede fabricar tanto dinero como le apetezca y que si no lo hace es porque odia a los españoles (y españolas). Ya se sabe que es un gobierno pagado por los masones.

Estoy harto de presenciar cómo los países de más al norte se ufanan de haber abordado el problema con previsión, templanza y acertado cálculo. Lo peor es que aquí los contemplamos con un sentimiento de inferioridad que cuesta entender. Toda Islandia tiene unos 350.000 habitantes, algo así como la ciudad de Bilbao y los nórdicos −ya se sabe− no se relacionan. Así es fácil imponer un confinamiento. Lo mismo sucede con esa panda de catetos llamada Noruega o los listillos de los suecos, que como hoy tenían un día soleado han salido en masa a la calle para sentarse en las terrazas. Vamos, que son españoles de ocasión; luego, con acusarnos de que no pensamos más que en la juerga se sienten plenamente reconfortados en su estúpido calvinismo.
 
No sé en qué condiciones saldremos de esta, lo que es seguro es que no volveremos a ser como éramos. Los que me conocen me han oído decir desde hace meses que pienso que para 2050 la vida habrá cambiado a algo que ahora no llamaríamos vida. Para 2100 mejor no decir nada.

Miremos el lado bueno: actualmente apenas se habla de Cataluña.

24 marzo 2020

Un virus con corona (II)

Chinos saltando de alegría
«El confinamiento», como se le llama ahora, va a ser largo. Me cuesta despachar el asunto con solo una entrada, así que aquí va una segunda parte porque me quedé con cosas por decir, y ojalá que no haya más.

La mayor parte de lo que diga, si no todo, van a ser quejas y me parece de lo más normal, porque la situación no merece menos. Lo primero los chinos. No hace muchos años, no sabría decir cuántos, ya nos trajeron una epidemia que, según dijeron, se produjo por comer allí lo que no debían; ahora causan una segunda epidemia mucho más grave que va a acabar con bastantes habitantes del resto del mundo −los chinos que se las arreglen− y lo que es casi peor, con la economía de muchos países como el nuestro; no sé si acabarán con otras economías, pero seguro que las van a dejar muy tocadas. Eso sí, nos mandan no sé cuántos cientos de miles de mascarillas donadas por su gobierno y muchas más pagadas en efectivo por el nuestro −unos 500 millones de euros, de momento−, porque por aquello de que no hay mal que por bien no venga, el bendito virus va a servir para apuntalar su propia economía y su industria sanitaria. Algo sospechoso.

No quiero extenderme excesivamente sobre los chinos, pero no contentos con producir la ruina mundial, ahora fingen que los causantes del desastre no han sido ellos por comer murciélagos, pangolines o vaya usted a saber qué cochinada, y aprovechan la ocasión para culpar a los americanos, como si estos no tuvieran bastante con lo que sí que hacen. Al mismo tiempo y según he podido ver hoy en los telediarios, se están dedicando a modificar los titulares en sus hemerotecas −donde se habla del virus de Wuhan− para sustituirlo por «el gran virus» o nombres semejantes. ¿De qué me suena esto?

Me preocupa la situación de los mayores, entre otros motivos porque yo soy uno de ellos. Sigo asombrado de que se pueda salir a pasear al perro cuanto y cuando se quiera, aunque ya se sabe que los perros son sagrados y no se les puede obligar a hacer caquita en un cajón o en la bañera. Los niños, encerrados en casa. Los viejos no importan tanto y se les puede retirar el respirador para ponérselo a uno más joven −ha podido verse en la televisión−; si se mueren, allá ellos, por vulnerables. Se puede sacrificar a un mayor; a un animalito no, por dios.

Los incumplidores del confinamiento siguen siendo legión, bien disimuladamente mediante el uso excesivo del perro o simplemente perteneciendo a la "etnia". En Sevilla se ha detenido un coche con ocho ocupantes −un vetusto Citröen Xsara− que ni siquiera tenía la ITV pasada y por no tener no tenía ni faros. También han tenido que mandar a la UME a las Tres Mil Viviendas −con mayoría de habitantes de la etnia− porque no les daba la gana de acatar el confinamiento.

Querría hacer una referencia a esos grandes comunicadores a los que entusiasma montar un escándalo en su terraza a las 8 de la tarde, nada de unos simples aplausos. También una maldición a los que abusan de la cancioncilla «Resistiré». Hace muchos años, conseguí no tener que escucharla entera, porque me parecía penosa; estoy en mi derecho. Ahora, con el virus no hay derecho que valga: usted puede desgañitarse cantando la melodía, interpretarla con un instrumento musical desde su terraza o simplemente ponerla al público mediante unos altavoces. No se considera ataque a la tranquilidad ciudadana, sino un arrebato de empatía y solidaridad.

Una enfermera pedía en el periódico que, por favor, a las 8 de la tarde solo dieran unos aplausos sin más ruidos adicionales, porque despertaban a quienes tenían que dormir a esa hora. Una desagradecida más. A esa misma hora, un vecino de la casa de enfrente estuvo 6 minutos soplando una vuvuzela. Creo recordar que la selección española de fútbol ganó hace unos años la copa del mundo y estoy seguro de que fue porque el equipo español era el único acostumbrado al ruido infernal y eso le dio ventaja frente a sus contrincantes, que estaban aturdidos.

Un dato positivo: gracias a los que, poniendo en peligro su propia seguridad, están matándose a trabajar en centros sanitarios o en puestos imprescindibles para la ciudadanía. 

20 marzo 2020

Un virus con corona (I)

Parece que fue ayer cuando más del 99% de los españoles no habíamos oído en nuestra vida la palabra coronavirus, pero de repente un día nos hablan de este bicho por la televisión y desde ese momento se transforma en algo tan familiar como la abuelita. Que si el coronavirus por aquí, que si el coronavirus por ahí... no se nos cae de la boca −dios nos libre− en todo el día. Yo, como soy republicano −en especial pensando en el emérito−, lo llamo simplemente virus.

Podría decirse que está todo dicho acerca del bicho y que intentar añadir algo es inútil, y es cierto, pero quedan las reflexiones que muchos se hacen y nadie se atreve a expresar en voz alta. Por ejemplo, ¿alguien se creyó que el estado de alarma solo duraría hasta fin de mes? Bueno, ni siquiera el gobierno tenía mucho interés en que nadie se tomara en serio ese plazo y enseguida hablaron de extenderlo.

Algo que me intriga: justificadamente las personas deben permanecer confinadas por razón de salud general y no hay excepciones. Perdón: sí que las hay; si usted tiene perro puede ir donde y cuando le dé la gana porque un perro no puede permanecer encerrado; como nosotros. Una persona, sea viejo o infante debe quedarse en casa y si se anquilosa o sufre dolor en las articulaciones, que se fastidie. Sinceramente, si esto que digo enfada al propietario de un perro lo que debe meditar es si es justo y lógico que un animalito pueda servir como pasaporte para saltarse las medidas sanitarias que se han estimado necesarias. No me extraña que haya anuncios de alquiler de perros, siendo como son una excusa legal para moverse libremente. Aunque ética y sanitariamente sea discutible.

No quiero ser pesimista porque no lo soy y la prueba es que pienso que yo podría sobrevivir, pero ¿se imaginan cuánto tiempo tendrá que transcurrir para poder decir eso de «yo he sobrevivido»? Lo peor es esa sospecha de que si en casa contraemos alguno de nosotros el virus, moriremos como perros. Bueno, como perros no, como ancianos. Ya quisiéramos tanta consideración como los perros.

Me da la sensación de que el quid de la cuestión es la duración de la epidemia, porque los chinos no parecen muy de fiar y aunque digan ahora que están fenomenales no hay que olvidar que también lo decían al principio de todo el asunto. Por cierto, que a nadie se le ocurra decir que se trata de un virus chino. Trump se ha atrevido, aunque ese tipo es tan tonto que resulta inmune a todo, pero les recuerdo que Mario Vargas Llosa dijo que se trataba de un virus chino y de momento han prohibido sus libros en China. Para que se entere de quién manda.

Es difícil prever la duración de la epidemia en Europa y yo, que suelo ir de vacaciones veraniegas en julio, no me atrevo a planificar nada, porque ¿quién sabe? De momento parece que no hay quien le quite una duración mínima de un trimestre, pero ¿estamos seguros de que no durará seis meses o un año?, es más, ¿estamos seguros de que no se instalará permanentemente entre nosotros, como el dengue o la fiebre amarilla en Sudamérica? No se debe ser pesimista, pero tampoco rebosar optimismo, porque si las cosas no suceden como se esperaba, puede haber un derrumbe emocional generalizado.

De una cosa podemos estar seguros: las cosas no volverán a ser como fueron.

16 marzo 2020

El matrimonio fugaz

En la vida de muchas personas hay episodios que podrían calificarse de pintorescos o inusuales. Para mí uno de los más desconcertantes es el que yo llamo «matrimonio fugaz». Me contaban el otro día uno sucedido no hace mucho: una pareja convive durante cuatro años al cabo de los cuales deciden casarse, con iglesia y todo. Transcurrido menos de dos años, ella encuentra que la cosa le aburre, que le divierte más compartir horizontalidad con otro elemento masculino y... se acabó. No sé detalles, pero imagino que se quedará con la vivienda y no con los hijos porque no los hay. Ella es de admirar porque no se ha permitido denunciar a su marido por malos tratos, ya se sabe que le habría reportado beneficios.

Hace ya bastantes años, conocí de cerca un caso similar. Convivencia de un par de años, la madre de él −católica casi integrista− no ve con buenos ojos esa vida en pecado y ellos, que se sienten seguros de su amor, tratan de complacer y deciden contraer matrimonio; también con iglesia, donde yo mismo estuve presente. A los pocos meses... ¿hace falta que lo diga? 

Un tercer caso. Él, viudo y desconcertado, conoce a una mujer −también viuda, doce años menor que él− que literalmente se le echa encima, hasta el punto de que en la segunda salida ella "aprovecha" que están en un pub y comienza a besarle inicialmente por el cuello, después... sigue. En la siguiente salida, podría decirse que ella lo viola, aunque es cierto que él no presenta excesiva resistencia y ni se le ocurre lo del «no es no». A los dos años de relaciones deciden casarse −por la Iglesia, ella era muy católica− y a los tres años del matrimonio ella decide separarse, sin aportar una razón que explique esa decisión. Tengo que pensar que se cansó de hacerlo con el mismo.

Sería inútil citar más ejemplos pues todos vienen a ser lo mismo. Según se afirma, antes la gente se casaba por intereses, por desesperación, por aburrimiento, lo que fuera; pocas veces por eso que hemos dado en llamar «amor romántico» y el caso es que eso unido a la inexistencia del divorcio sucedía que mal o bien los matrimonios duraban y duraban...

Creo que en los últimos tiempos el cine, la televisión y hasta la literatura −¡hay gente que lee!− han creado falsas expectativas y son muchísimos los que se casan pensando que todo va a ser eterno, que han encontrado su unicornio y que van a disfrutar hasta la muerte. No han leído que el enamoramiento dura poco, un par de meses hasta un par de años como mucho. Que hay que buscar otros argumentos que animen a permanecer juntos incluso disfrutando de esa situación. La alternativa es darse de narices con la realidad y abandonar todo intento; o probar una vez, y otra, y otra... arrastrando a esos posibles hijos de un matrimonio a otro y llegando a juntar una bonita colección de hijos de distintos progenitores.

En tanto, la mujer puede aprovechar una legislación que la favorece para desplumar y hundir al ex marido. Es una posibilidad para combatir el aburrimiento y la descapitalización.

23 febrero 2020

Ser tonto; y además parecerlo

Todos hemos oído eso de que es tan malo parecer tonto como serlo. He leído un artículo de Javier Marías en el que manifiesta su asombro por la cantidad de tontos en circulación que, para colmo, están satisfechos de parecerlo. Vivimos una época en la que buscar el conocimiento se considera propio de cursis y pedantes y por eso el otro día me calificaron de tal cosa y de arcaico por procurar escribir sin faltas de ortografía, frente a un individuo que era un espanto en su escritura −más tarde se supo que era extranjero− al que se consideraba moderno y avanzado; un hombre que dominaba el lenguaje del mañana.

Los españoles siempre hemos tenido mala fama en el extranjero o, mejor dicho, éramos escasamente apreciados, debido a nuestra historia −digamos leyenda negra− y a esos cuarenta años con que nos obsequió el dictador en una Europa que tras la 2ª G.M. no quería saber nada de dictadores ni de sus súbditos.

Esa dictadura ha influido y no poco en la estupidez que nos invade, gracias a que partíamos de un nivel bastante bajo y la modernidad nos ha pillado sin una base previa. La cultura en España ha sido de siempre mal considerada y poco extendida, quizás porque la Iglesia, que tanta importancia tuvo siempre, no veía con buenos ojos a esos listillos que querían saber de todo. Entusiasmados con esa complicidad nos dedicamos a ignorar todo sin aplicar gran esfuerzo y por eso cuando en toda Europa se dedicaban a estudiar e investigar, aquí disponíamos de una cantidad de pensadores y místicos que para qué contar. Y cuando teníamos demasiado tiempo libre, rezábamos.

¿De verdad que nunca les ha extrañado que cuando estudiábamos en el colegio siempre eran postulados, teoremas, leyes, inventos, con nombres extranjeros? De Newton a Venturi, de Copérnico a Gay-Lussac (que no, no tenía nada que ver con LGTB), es inútil buscar un apellido español entre tanta sonoridad foránea. Bueno, están Ramón y Cajal, Isaac Peral y La Cierva en el siglo pasado; y ya. Todo lo más −y no era poco− nos dedicábamos hace siglos a navegar y conquistar nuevas tierras, lo que estaba muy bien, pero no servía para aumentar nuestro acervo cultural. Para colmo, uno de esos resultaba ser un genio, pero no fue valorado como merecía por su emperador −Carlos V− y se le ha considerado siempre del montón. Hablo de Hernán Cortés, «el» de Méjico.

Por suerte, casi nos hemos homogeneizado y una universidad, creo recordar que alemana o danesa, ha descubierto que el CI −coeficiente de inteligencia− ha disminuido notoriamente en toda la población europea en los últimos años. ¿Es que alguien creía que estar pegados al móvil todo el día nos iba a salir gratis? Hace algún tiempo ya comenté sobre el nivelazo de la juventud actual (jóvenes).

Leo en la prensa una encuesta reciente según la cual el 32,8% de los españoles no lee nunca, cuando hace un par de años andábamos por el 40%, ¿significa eso que hemos mejorado? No; significa que cada vez hay más embusteros. No cuesta mucho imaginar que cualquier encuestado asegurará leer algo de vez en cuando y solo los muy satisfechos de su ignorancia admitirán no leer nada; orgullosamente, eso sí. Yo diría además que cada vez es más alto el porcentaje de los que no leen, al contrario de lo que se afirma en las encuestas, porque cada vez hay más estímulos visuales, gráficos; y el saber sí ocupa lugar o al menos, tiempo, que se pierde sin poder enviar y recibir whatsapps o mirar Tik Tok, que es lo más cool.

Mire a su alrededor, ¿cuántos leen? Como prueba, si le preguntara a alguno de los que le rodean cuándo perdimos Cuba y dónde está la isla, ¿qué le responderían? (y ya les habría dado una pista valiosa diciendo que es isla...).

06 enero 2020

¿Qué hay de lo mío?: el chantaje como herramienta

Teniendo a estos, ¿para qué queremos a Himmler y los suyos?
Escribo esta entrada el día de Reyes y, por lo tanto, un día antes de la que se supone que será la sesión de investidura definitiva (si es que no aparece un tamayito). De ahí surgirá un gobierno que horroriza a la derecha −en sus tres sutiles modalidades− y en cierta manera −muy diferente− a mí y a otros que no ven con buenos ojos la presencia de los asaltadores del cielo en el consejo de ministros y las excesivas concesiones a los extraviados del nordeste.

Según he podido oír en la televisión, hay nada menos que diecinueve partidos representados en el Congreso y buena parte de esos partidos han celebrado conversaciones con el presidente en funciones para preguntarle algo no muy original: ¿qué hay de lo mío?

En España siempre hay alguna región que ocupa los pensamientos de todos y, más que eso, los periódicos, los telediarios, las tertulias, etc. lo que se dice todo. Durante decenios la región que ha conseguido amargar la vida de todos los españoles ha sido el bendito País Vasco, tan preocupado por sus raíces que no dudaron en arrancarles las suyas y sus vidas a más de 860 personas. Fueron la pesadilla de todos y afortunadamente parece que se terminó o al menos nos dieron un respiro, porque da la sensación de que andan removiéndose, envidiosos de la agitación que otros andan provocando.

Cataluña esperaba agazapada y ahora, o mejor dicho, desde hace unos cuantos años, ha pasado a ocupar el lugar que antes ocupaba el País Vasco, aunque con métodos diferentes. Si aquellos utilizaban como armas la bomba y la pistola, Cataluña ha optado por la amenaza a España como país y extorsiona con la posibilidad de desgajarse del resto, haciendo mientras tanto la vida imposible a quienes allí no se sienten «tan» diferentes del resto de la nación. Trato de imaginar lo que debe ser la vida diaria de alguien que se sienta español y viva en una pequeña población, donde «los otros» tratan de impedirle vivir en paz. Llama la atención que con anterioridad a esta década los independentistas a duras penas alcanzaban el 17% de la población y tras un gobierno del PP han llegado al 47%. Todo un éxito. Crispar nunca ha sido bueno para la convivencia.

Como ahora disponer del AVE es un signo externo de riqueza y distinción, todas las comunidades que no disponen de él lo han exigido como condición previa para apoyar al candidato y a veces no ha bastado prometerles esa infraestructura para conseguir su voto. Cantabria, por ejemplo, ha sentido de repente ciertos escrúpulos razonables y ha retirado su apoyo pese al acuerdo previo, porque interpretan que el presidente en funciones ha vendido España a los independentistas catalanes con riesgo cierto de romper España.

Incluso la única diputada de un partido de las Islas Canarias ha decidido arrogarse la posesión absoluta de su escaño y voto y, en contra de las instrucciones de su partido, ha declarado su intención de votar en contra, algo que comprendo si fuese la propietaria de ese partido, pero que resulta desquiciante cuando ella no es más que su representante y portavoz.

Y el caso es que entiendo todas esas vacilaciones y arranques en contra del candidato a presidente, sobre todo si partimos de la base de que la solución al problema catalán serían la aplicación dura del artículo 155 de la Constitución y los tanques apoyando las medidas. Afortunadamente hay quienes entienden el dilema en que se encuentra cualquier gobernante, entre hacer lo que le pide el cuerpo −frente a personajes desquiciados como abundan en el gobierno de esa región− o tratar por todos los medios de llegar a acuerdos, porque en este juego no cabe romper la baraja.

Situación parecida a la del propio presidente en funciones: su partido tiene 120 escaños y el siguiente partido, el PP, tan solo 88, ¿alguien sería capaz de sugerir una salida razonable y razonada al bloqueo a que está siendo sometido por parte de la derecha? Y por favor, que nadie salga con esa ridiculez propuesta por la honorable Arrimadas y alguno más de que Sánchez dé un paso atrás y ceda su puesto a Borrell u otro cualquiera. Hablemos en serio. 

27 diciembre 2019

Sin presente

Inicialmente iba a titular esta entrada «Sin futuro», pero pensando precisamente en lo que voy a decir, me pareció más adecuado poner el nombre que al final le di, porque es precisamente de eso de lo que voy a tratar: para los jóvenes no hay presente; ni futuro, está claro.

Es bastante fácil mirar a los jóvenes o a los que ya no lo son tanto porque tienen treinta y tantos, y limitarse a pensar que las cosas están duras para ellos, pero la realidad, la desagradable realidad, es que la situación es mucho peor de lo que podría pensarse en una rápida reflexión.

Ayer mismo se volvía en televisión a insistir en uno de sus temas recurrentes: no nacen niños y la mortalidad es bastante superior a la natalidad. ¿A alguien se le ocurre que la situación anima a formar un hogar y tener hijos? Ya he leído las palabras de algún político afirmando que eso se solucionará con los hijos de los africanos que nos están invadiendo. Cuesta creer que alguien piense seriamente en esa solución. Más de siete siglos y medio de reconquista para terminar abriéndoles la puerta y sustituyéndonos por ellos.

Trato de ver las cosas como los de estas generaciones pueden verlas y, sinceramente, me invade una desesperanza, una tristeza profunda sin solución, como no la tiene según parece la situación de los que ahora tienen entre 18 y algo más de 30 años.

Se habla mucho de todo esto, los políticos dicen preocuparse de esta situación, se intenta atenuarlo facilitando cosas como el abono de transporte a los jóvenes para que así puedan ir desde la casa que no tienen al trabajo que muy probablemente no han conseguido; todo muy ilusionante. No es cierto que sea la primera generación que va a vivir peor que sus padres, en realidad es la primera generación que va a vivir mucho peor que sus padres.    

Podría poner un ejemplo de cómo es la vida para cualquiera de los que se encuentran en este caso, pero lo tengo mucho más fácil: tengo un hijo de 28 años. Con su edad yo tenía un trabajo fijo satisfactorio, había comprado un piso, me había casado y mi mujer ya esperaba nuestro primer hijo. Ese hijo del que hablaba y que tiene ahora 28 ha tenido la inmensa suerte de conseguir un contrato fijo en su trabajo, pero un contrato fijo de los de ahora es más inseguro que los que antes eran eventuales. Su salario es de unos 1.200 euros mensuales −sin pagas extraordinarias, claro−, y vive en un piso compartido con otro como él, gracias a que yo he avalado el contrato que, de lo contrario, no habría conseguido porque los propietarios no quieren alquilar a quienes tienen tan escasos ingresos.

Como vivimos en Madrid, el piso tiene una renta que se corresponde con la fortuna de vivir en una ciudad maravillosa: 900 eurazos. Por supuesto que no encienden la calefacción y su naturaleza se ha adaptado a una temperatura hogareña que muchos no soportaríamos; a pesar de todo, a la renta de la vivienda hay que sumarle el recibo del gas y el de la electricidad, que gracias a vivir en el segundo o tercer país de la UE con la energía más cara, tiene un importe que agrava aún más la situación económica de estos dos infelices. Sé que medio renunció a formar un hogar alguna vez −mala experiencia de una anterior vida con pareja− y ya ha decidido no tener hijos.

Aquí batimos el récord de incongruencia: dejamos que nuestros hijos con estudios pasen penurias o  tengan que irse al extranjero para poder vivir y traemos a gente indocumentada de otros países a los que apoyamos y ayudamos y que, por no saber, no saben ni español. Va a ser verdad que los españoles somos más torpes de lo normal.

Viendo cuáles son las preocupaciones de nuestros jóvenes no puedo evitar sentir desagrado al comprobar que solo les interesa lo inmediato y banal, asuntos estúpidos a veces, pero contemplando cuáles son sus perspectivas futuras quizás sea lo mejor para evitar que se arrojen a la vía del metro. No tienen presente y el futuro quizás sea peor; mejor que vivan en las nubes.

Feliz año nuevo. 

09 diciembre 2019

El maravilloso coche eléctrico

Puede ser suyo por solo algo más de 48.000€
Ya expresé mis dudas acerca de la conveniencia de comprar un coche eléctrico en otra entrada anterior del 3 de febrero de este año de 2019. En aquel entonces expresaba mi incertidumbre acerca de la compra de un coche teniendo en cuenta todas las circunstancias que rodean cada tipo de motorización.

Una ministra bocazas ya soltó el disparate de anunciar la muy próxima desaparición de los automóviles diésel y eso de inmediato acarreó la caída de las ventas de coches de ese tipo y por supuesto la caída de los precios de segunda mano de esos mismos vehículos. Mientras, se permite la proliferación de los SUV que consumen más combustible, más neumáticos, más de todo.

Ahora, el director de la DGT Pere Navarro confiesa que no es posible promover la compra de coches eléctricos «porque son carísimos y no hay dónde enchufarlos». Era hora de que alguien que ocupa un puesto de responsabilidad reconozca lo que es evidente hasta para el más ciego. No es el momento del coche eléctrico y no está muy claro que sea la solución.

A todos nos hace ilusión eso de un coche que no contamine, que sea silencioso y gaste poquísimo, pero no hace mucho un periodista hizo el experimento de viajar desde Madrid a Cádiz y tardó más de 12 horas, considerando las paradas que tuvo que realizar para recargar −y eso que no tuvo competencia para ocupar el cargador− y sentarse a esperar que las baterías estuvieran bien cargadas. No hay que olvidar que había planificado el viaje para contar con cargadores que le permitieran seguir viaje. Imaginen si el viaje hubiera sido a un punto lejano de la península que no contara con cargadores en el trayecto.

A comienzos de este año, más o menos en la fecha de la anterior entrada sobre el tema, se me planteó exactamente la cuestión de la que ahora vuelvo a hablar. Yo tengo un coche diésel (el primero de ese tipo en mi vida) de tamaño medio-grande que acaba de cumplir 10 años y que, aparte de encontrarse en perfectas condiciones, tiene muy pocos kilómetros. Mi esposa tenía un coche pequeño de gasolina casi nuevo, pero que por esos caprichos de quienes toman esas decisiones, no tenía libertad para desplazarse por el centro de la ciudad.

Me planteé incluso hacer una elevada inversión para comprar un coche eléctrico de los de mayor autonomía y prestaciones. Aun así, sería imposible desplazarme con él hasta la localidad en que veraneo cada año, así que opté por lo que me pareció la solución más inteligente: vendimos a buen precio el coche de mi esposa y compramos otro de igual tamaño pero híbrido, con lo que desaparecía el problema del acceso al centro. Curiosamente este coche produce tanto CO2 como el anterior, pero −absurdos legales− debido a su mecánica se considera menos contaminante y por tanto dispone de libertad de movimiento por la ciudad.

En resumen: no compre un coche eléctrico; no es que lo diga yo, es que así lo recomienda el director de la DGT, lo que le costará un conflicto con la estúpida ministra del ramo. Y aguarden a que esté disponible otra tecnología verdaderamente no contaminante y barata, porque el eléctrico, hoy por hoy, no lo es (no pierdan de vista el hidrógeno). De momento, parece más voluntarista que otra cosa y quizás solo sirva para encubrir una subida desmesurada de precios que de otra forma no se atreverían a hacer, por la gran competencia actual.

25 noviembre 2019

Los telediarios

No sé si conocen esa historia −o alguna similar− de ese hombre que le presta a un amigo una cierta cantidad de dinero con la promesa de este último de devolvérsela un mes más tarde. Pasan los meses y el dinero no vuelve, así que cada semana el hombre que prestó el dinero reclama al otro el reembolso. Pasan las semanas, a reclamación por semana y al cabo de varias el caradura que se quedó con el dinero le dice muy molesto: pero mira que eres pesado... ¿A que conocen algún caso parecido?

Ocurre a menudo que quien tendría que hacer algo califique de pesado a quien se lo reclama, sin darse por enterado de que es ÉL el único que está en falta. El pesado.

Todo este rollo es para que entiendan que si me repito no es porque sea pesado −que lo soy por otros motivos−, sino porque pasa el tiempo y la situación errónea no cambia. Al grano.

Desde que apareció la televisión en España, con José Luis Álvarez (padre), veía los telediarios inicialmente en TVE (al principio necesariamente, no había otra), pero dejé esta cadena por mentirosos y desde hace un par de años veo A3; no es que sean mucho mejores, pero al menos cambio. En realidad da igual qué canal sea, parece que los que hablan al espectador están aleccionados para cargarse el idioma español y difundir errores que sean gratos a los espectadores, por lo general poco sobrados de conocimientos.

Concretamente, hace pocos años decidieron copiar una estructura del inglés −casi siempre los errores vienen por ahí− y emplear las expresiones partitivas prescindiendo del artículo que debería incluirse; así, dicen la mayoría de países, el resto de asistentes, el 50% de capitales, etc. cuando según la gramática y la costumbre, debería decirse la mayoría de los países, el resto de los asistentes, el 50% de los usuarios, etc. Lamentablemente se ha impuesto el modo erróneo y no parece que vaya a tener remedio.

¿Cuántas veces han oído en la tele eso de las miles de personas, las miles de víctimas, las miles de veces, cuando resulta que miles es siempre masculino? Por tanto lo correcto es los miles de personas, los miles de víctimas, los miles de veces... ¿no hay nadie que les llame la atención y les obligue a rectificar? He llegado a oír en la televisión las millones de mujeres. En fin.

Hace poco días oí a una persona a la que tengo por muy inteligente y preparada aunque algo "fachendosa" −la ministra Calviño−, decir en televisión en el medio plazo como tantos otros iletrados hicieron antes y, la verdad, lamenté que también ella cayera en el error de hablar español con estructura de inglés, pues en español es a corto plazo, a medio plazo y a largo plazo y no en el corto plazo, en el medio plazo y en el largo plazo, puro inglés con vocabulario español que se está extendiendo como la gripe. Ojo, que este disparate viene arrasando.

Como casi final, un lamento que ya lanzo sin esperanza de remedio: el abandono del verbo "oír" para sustituirlo por el verbo "escuchar", como si fueran sinónimos, que no lo son, como no lo son "ver" y "mirar". Un feo error que nos vino desde el otro lado del Atlántico y que aquí abrazamos con pasión. Ahorraba el esfuerzo de pensar.

Y ya como final-final una pregunta para que se la haga usted mismo: ¿por qué hemos olvidado la palabra "maremoto" para utilizar "tsunami", que significa casi lo mismo pero en japonés?

10 noviembre 2019

Ese partido de nombre latino

No hay día en que no lea u oiga eso del agotamiento de los electores por tantas elecciones en cuatro años. Han sido los medios los que han ido creando ese sentimiento de agotamiento en la ciudadanía, porque yo me pregunto desde cuándo es agotador acercarse un día al año al colegio electoral que está en la esquina para depositar su papeleta. ¿De verdad produce tanto agotamiento?, ¿los que somos mayores protestamos alguna vez porque en cuarenta años apenas nos dejaron opinar una o dos veces y eso sin posibilidad de debatir el sentido del voto? Todavía recuerdo en diciembre de 1966 cuando fui a votar en aquel referéndum y en el instante en que fui a depositar mi papeleta con el NO, el presidente de la mesa me la quitó de las manos diciendo que no la podía meter directamente. Me quedé horrorizado y por mi cabeza ya pasó la película imaginada de la «policía armada» −así se llamaba entonces la policía nacional− tirando abajo la puerta de mi casa para llevarme detenido por votar negativamente.

De acuerdo, era una visión exagerada, pero no era exagerado lo que yo sí sabía sobre amigos y familiares a los que llevaron a la Dirección General de Seguridad por razones aparentemente banales. Aquí todo era posible −lo malo, quiero decir− y el miedo era algo presente en todos los que utilizábamos la cabeza para pensar y no solo para ir al fútbol.

De verdad, quejarse por tener que votar solo lo veo plausible en los jóvenes que se creen que la democracia y las libertades se reciben en el kit de nacimiento junto con la inscripción en el Registro Civil.

Estamos en una tesitura desagradable: no se ha podido formar gobierno y aparentemente no se podrá formar a corto y medio plazo, porque las mayorías absolutas son especie extinguida y si algo nos gusta a los españoles es la dispersión, el desacuerdo beligerante. Todo se vuelve reproche al PSOE por «no haber sabido o querido» llegar a un acuerdo con Podemos (perdón, ahora lo llaman Unidas Podemos). Solo una vez he leído una reflexión sobre lo que hubieran montado los partidos de derechas si Pedro Sánchez llega a aceptar un gobierno de coalición con esos anarco-comunistas tan distantes del sentir socialdemócrata. Ahora es muy cómodo: se critica que no haya sido capaz de llegar a un acuerdo y listo, sin tener en cuenta que una cosa es lo que une a PP-Cs-Vox y otra las enormes discrepancias entre PSOE y Podemos.

Para rematar la faena, ha surgido un partido que debería inquietar a todos y empujarles a votar en sentido opuesto. Hablo de VOX, nombre latino como Audi o Volvo, pero mucho más peligroso que un coche. Lo tachan de ultraderecha y eso es cierto, pero también de falangista: qué más quisiéramos. Los falangistas −los auténticos− son elementos peligrosos, pero también son partidarios de una política social y económica que no tiene nada que ver con las que preconiza Vox. Muchos se identifican con tal o cual propuesta de esta gente, sin caer en la cuenta de que en realidad son ultraliberales y que desean acabar con las pensiones, la seguridad social, todo lo que signifique protección social; también bajar los impuestos a los más ricos, mirando más a Trump o Bolsonaro que a José Antonio Primo de Rivera o incluso a Franco.

Tienen un éxito aparentemente inesperado y no hay nada de eso, porque desde el siglo XIX son numerosísimos los enemigos de la libertad agrupados entonces bajo el nombre de absolutistas de Fernando VII −¡vivan las caenas!− y más recientemente conocidos como franquistas. Hay muchos más de los que imaginamos, tantos como escasa es la cultura en nuestro país, y no hay que descartar que más adelante lleguen al poder de la mano de Vox.

Hoy es día 10 de noviembre y celebramos las elecciones. No voy a hacer predicciones porque no tengo muy claro lo que va a ocurrir. No puedo dar por tanto datos muy concretos, pero sí uno que considero incuestionable: no va a ser posible formar gobierno y al cabo de un cierto plazo, como no es aceptable la celebración de otras elecciones que no resolverían nada, habrá que acudir a medidas extraordinarias para salir de esa situación. Al tiempo.

17 octubre 2019

Fin del bipartidismo; comienzo del caos

Vivimos largos años desde el restablecimiento de la democracia en 1977 disfrutando de un sistema parlamentario compuesto básicamente por dos partidos mayoritarios, y además durante un tiempo del Partido Comunista/Izquierda Unida más una serie de pequeños partidos vascos y catalanes que más o menos tibiamente procuraban la independencia de su región y que tenían un peso desproporcionado en la política del país gracias al sistema electoral. Era lo habitual que el partido que ganaba las elecciones, PP o PSOE consiguiera el apoyo parlamentario de algunos de ellos para llegar al gobierno a cambio de cuantiosas concesiones y una presencia institucional muy superior a la que les correspondía, y todo marchaba aparentemente bien o al menos de manera aceptable. Aceptable si no tenemos en cuenta que esos partidos regionales iban tomando fuerza y seduciendo a sus votantes cada vez más con la idea de la secesión, con la inestimable ayuda del adoctrinamiento en la enseñanza y la colaboración de las televisiones locales, y mientras, el gobierno central mirando para otro lado al tiempo que continuaba haciendo concesiones.

Pero aquello nos sabía a poco y a mediados de la segunda década del siglo XXI surgieron otros partidos que al parecer colmaban las aspiraciones de sectores del electorado, y con eso pasamos a disfrutar de seis partidos de alcance nacional −PP, PSOE, Ciudadanos, Podemos, Más País y VOX− aparte de los regionales de siempre, en el caso de los catalanes cambiando de nombre o dividiéndose para enmascarar un caso de corrupción muy superior a lo que estábamos habituados.

Tras varias peripecias vividas por Mariano Rajoy, del PP, que dificultaron la formación de gobierno, llegamos finalmente a la moción de censura contra este último, presentada por Pedro Sánchez del PSOE y que tuvo éxito gracias a que había un general cansancio por la corrupción generalizada en el PP y durante la cual el presidente censurado se pasó la sesión tomando unas copas en un bar de enfrente del Congreso, algo inaudito.

Desde entonces, y exceptuando el periodo que medió entre la moción de censura y la convocatoria de elecciones, Pedro Sánchez ha sido presidente en funciones, con lo que eso supone de falta de operatividad, parón de la actividad legislativa, peso reducido en los organismos internacionales, etc. Por fin, tras las elecciones generales de 28 de abril parece que el panorama se aclara: el PSOE obtiene 123 escaños y el PP, siguiente, tan solo 66. Aparentemente el futuro está resuelto.

Error. La realidad ha confirmado lo que era un presentimiento de algunos, yo entre ellos: no es posible la coalición de gobierno con un partido como Podemos que no es de izquierda sino de extrema-izquierda con algo más que unos toques de antisistema y anarquista. Entiendo de corazón lo que Pedro Sánchez dijo de que no podría dormir con ministros de Podemos en el gobierno, la cosa sería hasta para quitar las ganas de comer a alguien que fuera responsablemente cabal.

Mucho me temo que el gobierno que salga después de las elecciones del 10 de noviembre sea un gobierno de derecha de la coalición de PP-Cs-Vox, que finalmente conseguirán más escaños que el PSOE y tanto Podemos como esa novedad de Más País no servirán para nada, pues al menos UP sigue con la idea de exigir presencia en el gobierno ya que no lo consigue con los votos. Y seguirá habiendo muchos que repetirán esa consigna extendida desde la derecha de que el PSOE no es capaz de llegar a acuerdos, ¿acuerdos, con quién?  

06 octubre 2019

Gitanos

Sueldo del Congreso embargado por deudas. El de la derecha
Leo hoy un artículo en El País en el que el autor se lamenta de las −supuestas− discriminaciones de que son objeto los individuos de raza −etnia si le gusta más− gitana en la actual República Checa. Según cuentan, son dados a formar guetos y a vivir de la beneficencia pública en cualquiera de sus formas, ¿le suena?

Haga recuento y piense en qué países no hay gitanos; por más que recorro mentalmente Europa y América no encuentro más que países donde sí los hay: Rumanía, Bulgaria, Hungría, Francia, Bélgica, Italia, Portugal, España, Cuba, Colombia, EE.UU, Brasil... ignoro si los disfrutan en lugares tan dispares como Lituania o Noruega, pero no me extrañaría, porque se encuentran incluso en lugares que nunca hubiera podido imaginar.

Según he podido leer, parece lo más probable que esta gente viviera en lo que hoy es Pakistán o la India y se vieran obligados a poner tierra por medio −hace ya cinco siglos− para evitar males mayores. Una parte de esa corriente migratoria llegó a Europa a través de Turquía e incluso países más al norte y otra parte se vino por el norte de África; estos últimos son los que nos han tocado a los países del sur de Europa, aparentemente lo peorcito del lote. No sé cómo llegaron al continente americano.

¿Ha estado alguna vez en un hospital público donde haya gitanos internados? Quienes los visitan no son como cabría imaginar parientes cercanos; allí va toda la tribu dispuestos a inundar todo lo que suene a sala de espera o habitación del interno, a fumar aunque esté prohibido, y a dejar todo hecho un basurero. Y, ay, si algún personal médico-sanitario les pone alguna pega, más le valdría irse directamente a comisaría.

Como casi todo el mundo, he evitado relacionarme con ellos para evitarme problemas, aunque en dos o tres ocasiones no he podido evitarlo o no he querido actuar de una manera que pudiera considerarse racista. Tuve una experiencia hace años cuando quise comprarle un coche usado a mi hija, que entonces iba a la universidad y quería un medio de transporte que le hiciera más fácil trasladarse.

Vi un anuncio en la prensa de un Seat Ibiza que aparentemente me convenía y me puse en contacto telefónico para saber de qué iba la cosa. Nada más comenzar a hablar me di cuenta de qué gente era la que vendía el coche, así que me disculpé y abandoné el asunto. Unas horas más tarde me remordió la conciencia y decidí continuar sin permitir que mis prejuicios me hicieran abandonar. Vimos el coche y nos gustó, nos aseguraron que nunca había tenido una avería, así que decidimos comprarlo y para ello quedamos en la puerta de la gestoría que ellos escogieron −eran dos amigos− en Hortaleza. Aparcaron en la puerta, pasamos al interior de la oficina e hicimos el traspaso. Al salir, ellos se marcharon rápidamente porque nos dijeron que tenían una gestión urgente.

Al entrar en el coche nos quedamos de piedra: habían arrancado el radio-cassette que habíamos visto anteriormente sustituyéndolo por un trasto que no funcionaba y habían quitado también los altavoces de las puertas dejando colgando las guarniciones donde iban insertados. Intentamos ir a donde vivían, según el domicilio dado en la gestoría, pero resultó que era un solar. Luego supimos que el coche lo habían comprado ellos la semana anterior en una agencia de la marca. Podrían haberse conformado con lo que ganaban en la venta, que ya era fraudulenta, pero prefirieron dejar su impronta. Y yo había picado como un pardillo.

Ahora que alguien se atreva a decirme que tengo prejuicios.

03 septiembre 2019

Técnicamente, ya no existo

Tiene cierta gracia que se mencione con frecuencia en los medios la obra de George Orwell «1984», la mayoría de las veces por personas que no la han leído y que piensan que ese es solo el nombre de un repugnante programa de televisión o algo de ese estilo.

Estamos en pleno 1984, pero como suele ocurrir cuando uno se encuentra en el interior de algo, son pocos los que se dan cuenta de esa situación y de que lo que hasta hace poco tiempo no era más que una pesimista previsión del futuro −distopía que dicen los modernos− está ya aquí, que caminamos ilusionados y satisfechos por lo peor de aquella previsión.

¿Cómo calificaría usted la ciega afición al uso de los móviles? Es muy probable que un avance tecnológico, un logro enorme en las comunicaciones, un sueño inimaginable, porque... siento llevarle la contraria −no mucho, porque no me tomará en serio− pero el móvil no es más que la plasmación de aquella fantasía literaria de 1984.

Al igual que muchas fantasías de Julio Verne se han ido haciendo realidad, aunque no necesariamente de la manera en que el escritor lo describía, el móvil representa el control absoluto del ser humano como nunca creímos posible. Un amigo de mi edad me decía hace ya algún tiempo que no podría vivir sin ese aparato y por descontado, eso no es más que la descripción del estado de la mayoría de los ex-humanos; no pueden vivir sin su smartphone, iPhone si uno ha hecho una disparatada inversión en el trasto.

Rezaban los niños en el pasado al irse a la cama eso de Con dios me acuesto/ con dios me levanto/ con la virgen María/ y el espíritu santo, pero ahora esos angelitos se acuestan y se levantan con ese smartphone que amorosamente sus padres han depositado en sus manos para que sean feliz (o algo así).

Aparentemente, la dependencia del móvil y el miedo a estar sin él es un problema al que incluso han dado nombre clínico −nomofobia−, pero no por nominarlo ha disminuido el daño que está produciendo en la humanidad, y digo humanidad porque según parece son casi la totalidad de los que poblamos el planeta los gravemente afectados por esta dolencia.

He pasado mi veraneo en la playa y había más personas mirando el móvil que personas aplicándose protector solar o bañándose. Caminan por las calles con la cabeza inclinada mirando el aparatito hasta el punto de que hay ciudades que están colocando semáforos en el pavimento; se deposita en la mesilla de noche al acostarse para mirarlo por la mañana apenas se abren los ojos, ¡se lleva hasta al retrete!, ¿cuántas veces ha tropezado o ha estado a punto de tropezar con un zombi que iba por la calle atento solo a su móvil, aislado del mundo?

Hoy he llamado al banco ING −donde tengo cuenta como muchos− porque no conseguía entrar desde el ordenador y me han dicho: a) que no funcionará hasta esa madrugada (¿cómo es posible tanta incompetencia?) y b) que utilice su magnífica app. Cuando le he contestado que no tenía instalada esa aplicación ni pensaba instalarla, me han contestado que ya veré cómo me apaño, porque desde dentro de unos pocos días será imprescindible tener la app para mantener la cuenta en el banco. Resignado, la he instalado y en ese proceso me ha preguntado si le permito conocer mi ubicación y entrar a mis archivos, fotos, etc. Poca vergüenza.

No es que yo sea pesimista, es que he comprendido que el auténtico titular de mis actividades no soy yo, sino ese aparatito que tantos días dejo sin encender porque no me interesa lo más mínimo. Yo soy tan solo el que figura como su propietario y paga la cuota; exclusivamente un financiador y cabeza de turco.    

19 agosto 2019

Desacuerdos

Hace dos días estuve cenando en casa de un matrimonio amigo, ella es mi amiga desde hace casi 50 años y él desde hace algo menos; eran compañeros de oficina. Por fortuna, no leen este blog.

Como es normal, durante el tiempo que estuvimos juntos hablamos de todo lo que se nos pasaba por la cabeza y así pude comprobar, una vez más, que los humanos solemos tener el mismo número de ojos, brazos o piernas y que ahí acaba toda la semejanza entre unos y otros.

Era casi imposible estar más en desacuerdo en lo que fuera. Si hablábamos de política, ellos consideraban que en el momento actual el presidente en funciones debería compartir el gobierno con los de Podemos y admitir sin problemas a todos los que este partido propusiera, empezando por esa eminencia llamada Irene Montero a la que ellos veían capacitada para cualquier tarea de gobierno y a la que no ponían pega alguna en cuanto a su categoría personal. Por supuesto, todo esto entre afirmaciones que dejaban bien en claro que la valoración que ambos hacen de mi actitud personal viene a ser la de que soy alguien de ultraderecha, aunque claro está, ellos me aprecian por encima de esta manera mía de ser y pensar. Generosidad incuestionable.

Inevitablemente, pasamos a tratar de la inmigración y de esos barcos que se ganan −muy bien− la vida transportando a todo lo que encuentran, desde las playas de Libia a España. Es inútil que yo pregunte, como hago siempre, qué se supone que se debe hacer con los 31 millones que esperan venirse a España −en 2015 eran 20 millones−, según la encuesta realizada sobre el terreno por el Instituto Gallup, además de otras decenas de millones cuyos ojos están puestos en Francia, Italia, Alemania, etc. A Bulgaria, Rumanía, Ucrania y en general todos los del Este no quiere ir nadie, porque su desesperación no llega a tanto según se ve.

Como es natural, no obtuve respuesta y sí una llamada a mi humanidad y posible deseo de justicia; lo de siempre. No entiendo cómo todos los que se sienten tocados en el corazón por el drama de todos estos africanos, no tratan de dedicar un par de minutos de sus pensamientos a resolver cómo podríamos practicar esa generosidad «hasta el infinito y más allá» sin cargarnos el país que ahora pisamos con nuestros pies.

Por supuesto, se trató el asunto del feminismo talibán que ahora está en alza, pero no quise prestarme a discutir un asunto que, sin duda, está completamente fuera de control. Ahí tenemos de actualidad el tema de Plácido Domingo al que se le arruina su vida profesional y familiar por unos sucesos que se dice que tuvieron lugar hace unos 35 años y sobre los que, por descontado, no se aportan pruebas, aunque se le condena sin más. Obra del #MeToo.

Finalmente, surgió el sempiterno asunto de la homosexualidad. Llegó traído de los pelos por mis amigos cuando yo me encontraba hablando de una obra de alguien a quien admiro como escritor: Javier Marías. Afirmaban que era absolutamente homosexual esperando con ello que yo abjurara de mi admiración y pasara a repudiarlo, ignorando que no condeno a nadie por ser tal cosa y sí por exhibirse como tal. Desde luego que no me gustaría que eso fuera cierto, como no me gustaría descubrir que se trata de alguien con comportamiento rijoso, pero ahí queda todo.

A una hora ya tardía terminamos la jugosa conversación con las tradicionales muestras de cariño y volvimos para casa mientras que yo meditaba de lo asombroso de que ellos y yo no nos atacáramos con cuchillos al tratar de nuestras convicciones. Pura civilización, imagino.   

01 agosto 2019

PSOE y Podemos: antagónicos ‒por suerte‒ (y 2)

Me va a costar exponer mi punto de vista sobre Podemos, aunque me lo facilita bastante las declaraciones del pasado 25 por la mañana de su portavoz Ione Belarra.

Aunque argumenta que la última propuesta del PSOE no la tienen por escrito ‒algo que no debe extrañar en unas conversaciones de urgencia‒ en cualquier caso el quid de la cuestión es que les parece poco lo ofrecido por los socialistas: una vicepresidencia para esa mujer, Irene Montero, cuya mayor experiencia de gobierno ha sido la de ex-cajera de una filial de Media Markt y lo de esposa del líder. Las atribuciones que se les ofrecen abarcarían Igualdad, Empleo, Vivienda y Sanidad. Esta Evita Perón de tercera no lo juzga suficiente para su enorme talla de estadista.

Su portavoz lo deja claro: quieren cargos que les permitan aplicar sus políticas porque desconfían del PSOE ‒el que ganó las elecciones‒ y quieren que las cosas se hagan a su modo, por eso sus peticiones iniciales eran Economía, Agencia Tributaria, Sanidad, Trabajo y Seguridad Social, Transición Energética y Medio Ambiente, Ciencia y Universidades. Tras esta cesión de competencias el PSOE disfrutaría de todo el tiempo del mundo para dedicarse a otra cosa, porque gobernar, no gobernaría. En resumen: Podemos quiere que el PSOE le entregue lo que no han logrado en las urnas, es decir, el gobierno del país.

No sé cómo se podría compatibilizar las políticas de gasto más que generosas de Podemos con los ingresos reales del Estado. Sería Podemos quien dispondría y el PSOE el que tuviera que bregar con la realidad y dar la cara en Bruselas. ¿Se imaginan a Iglesias o Montero codeándose con Merkel, Macron, etc.?

Por debajo de todo subyace la desconfianza mutua entre Sánchez e Iglesias y yo lo entiendo, ¿cómo meter en el gobierno ‒en casa, podríamos decir‒ a quienes son solo unos atolondrados extremistas a los que cuesta pronunciar la palabra España empleando en su lugar eso de "estado español" que tanto gusta a los independentistas y raritos? No se trata de adaptar nuestro comportamiento a los gustos de fuera, pero ¿se imaginan los problemas que pueden suponerle al gobierno esa alianza con Podemos de cara a Europa y al mundo en general?, ¿cómo confiar en quienes desde su radicalismo, hace unos meses que se empeñan en acabar con el castellano feminizando los plurales, pese a que esta lengua y todas las que provienen del latín usan el masculino en los plurales de género no marcado?, ¿han oído a todas las mujeres ‒y algún hombre también‒ de ese partido empleando únicamente el plural femenino sin sonrojarse? A cualquiera que hable o conozca nuestra lengua, nuestra gramática, eso de Unidas Podemos le tiene que producir entre risas y escalofríos.

Para finalizar, ¿cómo se tomarían los votantes del PSOE ese entreguismo a los de Podemos, al partido que quiere cargarse al PSOE?

Lo cierto es que la investidura ha fracasado ‒cuarta ocasión en que Podemos impide un gobierno socialista‒ y no se vislumbra una solución que no pase por nuevas elecciones. A saber cómo se lo tomarán los votantes, pero yo también prefiero un gobierno sin extraviados. Y si no puede ser ‒qué se le va a hacer‒, nuevas elecciones.

25 julio 2019

PSOE y Podemos: antagónicos ‒por suerte‒ (I)

No soy profeta de nada, ni siquiera adivino, pero hace meses ‒desde que se anunciaron los resultados de las últimas elecciones‒ que vengo diciendo a todo el que quiera escucharme que no hay posibilidad de coalición entre los dos partidos.

Y no es que sea el único que piensa así ni mi actitud es un capricho voluntarista, sino que una vez que se va más allá de lo superficial es evidente que poco tienen que ver las políticas de un partido y las aspiraciones del que hasta anteayer llamaba casta a los políticos y animaba a asaltar los cielos, algo que queda muy poético para esos seguidores que hacen guardia sobre los luceros y da ese toque espiritual apropiado para un movimiento político que nace, pero que teniendo en cuenta que hablamos de la gobernación a corto plazo de un país no es más que una estupidez.

La simplificación nos hace pensar que los dos partidos son de igual trasfondo ideológico y por lo tanto pensamos que los dos son de izquierdas. No es así y hace ya muchos años que incluso en otros países ambas tendencias han estado en guerra no solo ideológica.

Recordemos los orígenes de los dos: el PSOE nace a finales del siglo XIX fundado por Pablo Iglesias Posse en un entorno adverso donde el socialismo apenas había avanzado desde su forma utópica. En 1921 se niega a integrarse en la III Internacional promovida por la URSS y después de un periodo de décadas de convulsiones y hasta una guerra civil seguida de años de inactividad casi total, en el Congreso celebrado en 1979 en Madrid el PSOE abandona el marxismo y pasa a definirse como socialdemócrata.

Podemos fue fundado en 2014 por Pablo Iglesias Turrión ‒en realidad no era firmante del manifiesto fundacional‒ como consecuencia de la oleada de recortes y políticas reaccionarias aplicadas por el gobierno del PP en medio de la crisis que afectaba a todo occidente y aprovechando el descontento y la movilización popular que se produce. Desde el primer momento fue de inspiración anarco-comunista como el grupo Izquierda Anticapitalista sobre el que se aglutinó.

Su expansión fue casi explosiva y no solo ellos pensaron que podían hacerse con el poder en la nación cargándose entre otros al PSOE, su más directo rival; pero pese a un cierto triunfo inicial, la realidad les ha desinflado esas aspiraciones y hoy no son más que el cuarto partido en votos de España a gran distancia de su rival ‒elecciones de abril 2019‒, con la tercera parte de los escaños de aquel y una solidez muy discutible porque todas sus llamadas confluencias manifiestan marcadas diferencias con la política del líder y han sido muchos, incluidos miembros fundadores, los que han abandonado el partido por desacuerdos con la trayectoria impuesta por el dirigente. Más que un partido es una confederación de partidillos con profundos desacuerdos, como cabría esperar de quienes no tienen muy claro lo que son y a dónde van.

Escribo esto en la mañana del 25 de julio, cuando aún no se ha producido la votación decisiva de la investidura, pero todo hace prever que será un fracaso para su candidato Pedro Sánchez.

10 julio 2019

No nacen niños, ¿y ahora, qué...?

Según hemos podido leer todos, la práctica extinción de los osos del Pirineo y los Picos de Europa ha llevado a las autoridades a repoblar con osos procedentes de Eslovaquia esos espacios en los pasados años. Algo por el estilo llegó a pensarse hace tiempo respecto a repoblar con linces de otras latitudes y variedades las zonas tradicionalmente ocupadas por los linces ibéricos, aunque afortunadamente una política acertada de protección ha hecho que los linces ibéricos se multipliquen hasta el punto de hacer desaparecer el temor a su extinción (y han desaparecido también las ayudas europeas para ese fin).

Me parece perfecto el procedimiento seguido para afrontar el peligro de extinción de especies, al fin y al cabo es mejor un oso, aunque sea esloveno, que ningún oso (como sí les gustaría a los ganaderos de la zona). Sin embargo yo creo que no es lo mismo un oso que un ser humano.

Hoy leo en la prensa que en España han nacido el último año un 40% menos de niños que hace 10 años, un auténtico desastre demográfico, así que la solución que propone la prensa es sustituir a los españoles por refugiados asiáticos y africanos, de los que al parecer hay disponibles nada menos que casi 71 millones. ¿Qué les parece la idea?

En realidad era de esperar: de una parte, a mayor cultura y riqueza menor procreación y si ya una pareja tiene que contemplar aterrorizados lo que cuesta un hijo y todo lo que trae consigo, los potenciales padre y madre deben sumar también que un simple cachete a su niño puede costarles la cárcel. Esta semana venía en la prensa que un padre de 39 años había sido atacado por su hija de 17 por no tenerle la cena lista a la hora que ella quería y le había puesto un ojo morado y dado una cuchillada en la mano, además de destrozar el mobiliario de la vivienda. Probablemente ese padre se contuvo de repeler ese ataque porque temía ser encarcelado si ella le denunciaba; igual que ocurre con las denuncias de la pareja femenina, hay que estar muy loco para golpear a un hijo. Gracias a su pasividad hubo tiempo para que un vecino llamara a la policía que intervino y se llevaron a la menor para «una evaluación psiquiátrica», pobrecita. Con este panorama, ¿cómo va a querer nadie tener hijos?

No voy a andarme con rodeos: a mí esa propuesta de importar refugiados me parece un disparate merecedor de cárcel, porque simplemente plantearla deja claro que el proponente es un pervertido, un demente; diría que un nazi, puesto que trata a las personas como animales u objetos y pretende repoblar este país con gente absolutamente dispar: en cultura, raza, religión, historia, costumbres, etc. como aquello de los osos y los linces. La mayoría de los que vinieran serían musulmanes, gente sin formación, desarraigados... ¿qué pasaría con los infelices españoles que todavía pueblan este territorio?, ¿se encontrarían a gusto con ese vecindario?, ¿serían felices presenciando cómo unas personas completamente diferentes van infiltrándose a su alrededor y viendo cómo sus hijos están en minoría en los colegios y en todos los lugares, porque la mayoría son musulmanes de aluvión? Con tenue pero creciente intensidad es algo que ya estamos viviendo. 

Tampoco esa invasión nos resulta novedosa, aunque de momento son mayoría los  iberoamericanos y europeos del este, pero cada vez hay más magrebíes y subsaharianos. En 2018 nacieron 369.302 niños, la cifra más baja en los últimos 20 años. De ellos, más de uno de cada cinco tenían una madre extranjera (76.184). En el mismo periodo murieron 426.053 personas, luego el crecimiento vegetativo es negativo. Estamos apañados, porque los que mandan ya han decidido repoblarnos.

20 junio 2019

Cualquier tiempo pasado fue perverso (dicen)

Pero aquí estamos para enmendarlo. Ya hablé en otra entrada de la actitud casi nazi de quienes habían vuelto a doblar las películas de dibujos de Walt Disney para que, sobre todo en las canciones, no aparecieran frases o palabras que recordaran el mundo tal cual era hace tan solo un máximo de 80 años.

Se trata de aparentar que «Blancanieves» en ningún momento se dedicaba a hacer la casa y cocinar para los siete enanitos, sino que −más o menos− simplemente compartían piso y había hecho un reparto equitativo de las tareas domésticas. Con «La Cenicienta» andan desesperados sin saber qué hacer para que cumpla con las normas actuales, porque a ver, cómo se consigue disimular que un príncipe saca de la nada a una pobre muchacha maltratada por su madrastra ¡otra mujer mala! Ya puestos yo eliminaría los «101 dálmatas» porque el malo de la película, como saben, es una mujer y eso no se puede consentir; las mujeres no son nunca malas. Le doy vueltas a Mary Poppins porque digan, ¿por qué quien va a educar y ocuparse de los niños tiene que ser una mujer? También deberíamos cargarnos «Bambi» porque allí el personaje del padre no puede ser más machista y distante. De verdad, completamente de locos.

Con los cuentos tradicionales viene pasando lo mismo y ahí tienen a no sé cuántas creadoras (y creadores) tratando de explicar que en «Caperucita» el lobo simboliza al hombre maltratador y el cazador no es más que la justicia −feminista, por supuesto− que restablece el orden debido. 

Consecuentemente, esos chistes gráficos en los que un troglodita lleva en una mano un garrote enorme y con la otra arrastra del pelo a su pareja femenina será perseguido y a quien lo cree o difunda se le castigará con penas de cárcel superior a los dos años. Se trata de ocultar lo que siempre fue y de escamotear que hasta hace muy poco había un reparto de tareas y roles que hacía que la familia funcionara y que se permitían las bromas sobre el asunto. Ahora no, y pieza fundamental para la buena marcha de nuestra cultura actual es poner cambiadores de pañales en los lavabos de hombres, algo que no me parece mal, sobre todo si ese esfuerzo guardara turno hasta que se solucionaran otras carencias más importantes.

Hoy viene en El País un artículo hablando de la nueva política a seguir por los muy conservadores estudios Disney. Entre otras medidas se incluye la destrucción de la película «Canción del Sur» que yo vi de niño y que mezclaba imágenes reales con animadas. La razón de esa eliminación −dicen− es que en la película salen negros trabajando en los campos de algodón y parecen estar contentos, algo que no se puede consentir. Mientras, hoy mismo existe el trabajo esclavo en el campo bajo los plásticos en Almería y Huelva, pero como no salen en las películas no pasa nada.

También han decidido dar tijeretazo a buena parte de la antigua película Dumbo, porque salen unos cuervos que son unos golfos encabezados por un tal Jim Crow («crow» significa «cuervo») y dicen que ese nombre es muy parecido al de un personaje de color de los siglos XIX y XX que servía a todos de burla. Toda la parte donde salían esos cuervos, a la basura. Para que aprendamos y sepamos lo que es ser bueno y compasivo.

Entre los que admiramos la serie «Los Simpson» era normal preguntarnos hasta cuándo duraría la serie. Ahora que los estudios Disney la han comprado, es fácil deducirlo: hasta dentro de muy poco, porque los moñas de ese estudio acabará con lo que de rebelde o heterodoxo tenía la serie. Ahora hay que ver cosas más mansas y actuales, como Bob Esponja. Un personaje que a mí (creo que a los demás les gusta) me produce entre asco y miedo.