12 octubre 2020

Actualízameeee

Trataba en una entrada reciente anterior sobre el timo de las baterías recargables −sobre todo de móviles y portátiles− y me parecería poco serio dejar de lado otro timo habitual a los poseedores y usuarios de móviles.

Raro es el día que cuando por la mañana va a echar un vistazo a su dispositivo favorito no se encuentra con la petición de actualización de alguna app, algunas veces apremiándole para que la lleve a cabo. Puede que lo encuentre natural y justificado, pero no hay nada de eso, es simplemente algo muy parecido a la extorsión o el abuso. ¿Es posible que no se den cuenta o no les importe?

Soy consciente de que estoy refiriéndome más a mi caso que al de la mayoría de los usuarios, estos suelen tener establecido en su móvil que las app se actualicen automáticamente cada vez que la empresa propietaria lo requiera y no controlan voluntariamente esos procesos. Simplemente se dejan hacer.

Supuestamente, las actualizaciones de aplicaciones pueden obedecer a dos diferentes razones: las mejoras o ampliación en sus prestaciones o la corrección de un error detectado. ¿Han notado en cada actualización −en muchos casos son semanales− alguna mejora? Yo no he notado nada nunca, si acaso un cambio en la interfaz para justificar alguna vez las molestias. ¿Funcionaban dando algún error esas app, error que se ha corregido? Ni hablar, es difícil que esas aplicaciones tan sencillas tengan errores y desde luego no se arreglan tras la actualización, porque no existe tal actualización. Entonces, ¿para qué tantas actualizaciones? Pues por supuesto no lo puedo afirmar con rotundidad y no poseo pruebas, pero tengo fundadas sospechas de que simplemente se trata de tenernos atentos a la aplicación y que no la dejemos ahí sin acordarnos de ellas una vez descargadas. También cumplen así con el compromiso adquirido con los fabricantes de contribuir a llenar el almacenamiento del móvil, obligando a su propietario a adquirir otro nuevo con más almacenamiento. Algo sé de lo que hablo.

En los inicios de todo esto de los smartphones y las tabletas, un amigo me comentó varias veces totalmente asombrado que le maravillaba que pusiesen a disposición de los usuarios tantas aplicaciones gratuitas. Pobre hombre, no existe tal gratuidad porque las empresas propietarias obtienen a cambio diferentes pagos. Siempre publicidad; en el caso de los bancos, consiguen descargar de trabajo otros medios de comunicación con el cliente y hacerle ofertas económicas apropiadas a sus medios o situación social, en otros se apoderan de nuestros datos personales nos guste o no, ante la indiferencia y pasividad de la mayoría de los usuarios que lo permiten.

Seamos sinceros: todo el mundo pone el grito en el cielo si considera que se ha violado su privacidad −una privacidad que es cualquier cosa menos virgen− si el Estado utiliza ciertos datos que no requieren identificar al usuario, para estadísticas fiscales o con propósitos sanitarios. Sin embargo, aceptan sin titubear cualquier petición de una app que acaban de instalar para acceder a los contactos, ubicación, las fotos o documentos inicialmente privados. ¿Privacidad?: no me hagan reír.

Mil veces que lo pienso, mil veces que no lo entiendo. ¿Cómo puede ser que los españoles, casi en su totalidad, hayan entregado sin recelo su intimidad a mil empresas a la que solo interesa elaborarles un perfil comercial para enviarles publicidad personalizada y usar sus datos personales para aquello mediante lo que puedan sacar algún beneficio. Para esas empresas no somos ciudadanos, solo especímenes a los que se les puede sacar provecho.

Hablando de provecho: hoy leo en portada del diario El País que «El 67% de las apps para niños de entre tres y cuatro años venden sus datos a terceros». A la vista de esta indecencia, producen risa los escrúpulos de quienes no quieren que el Estado use sus datos anónimamente para estudios estadísticos. Qué fineza. 

Sin duda existe una dejación en el Estado que tiene la obligación de protegernos de abusos de terceros ante los que nos encontramos indefensos −física o intelectualmente− y dejación también de los usuarios que aceptan mansamente, como simples ovejas, lo que quieran hacer con ellos. El otro día leía en la prensa a alguien que afirmaba que el smartphone es el mejor invento desde la rueda, ¿no es maravilloso? Sumisión asegurada.

Este asunto es algo parecido a cuando usamos mata cucarachas para acabar con esos desagradables bichos. ¿Por qué no usamos insecticida normal, del de los mosquitos? Pues porque usamos insecticida personalizado. Esa es la personalización de la que hablan ahora las empresas.

25 septiembre 2020

Pereza mental y comicidad

Desde que puedo recordar me ha interesado el idioma y como es natural su gramática, pero fue en los años 90 cuando le presté más atención y cuando la curiosidad hizo que me fijara más en las reglas y en los errores. Absurdamente soy yo, un profano, quien se afana en defensa ocasional de la lengua española y el señalamiento del abandono general y progresivo del interés por hablar y escribir correctamente. Temo que hay ya quien me rehúye por pesado, pero esto es lo que hay, tengo que admitir que no me interesan Messi, ni Cristiano Ronaldo, ni La Casa de Papel y como lo del virus ya está muy visto, ¿de qué voy a hablar?

Creo que ya he tratado de este asunto en otra entrada, así que alguien podría tacharme de pesado. Nunca lo seré tanto como quienes se empeñan una y otra vez en el mismo error: parecen no conocer otros adjetivos que importante y complicado. Así califican lo mismo a una pandemia, que a un chaparrón, que a un conflicto político o una película... lo que sea. Desaparecieron por lo tanto grave, extenso, tremendo, intenso, apabullante, copiosa, conflictivo y tantos otros adjetivos que nuestro idioma tiene por cientos o, quizás, miles. La pobreza de léxico manifiesta la pobreza mental y el desapego respecto del propio idioma, el español, y despierta más interés la noticia de una trifulca entre Iker Casillas y Sara Carbonero que el abandonado uso del verbo "oír". Tantos siglos de construcción para llegar a esto: la gente quiere más a su smartphone que a la lengua en que se expresa.

También  puede que me haya quejado anteriormente de algo que ya doy por perdido, como perdidas están casi todas las batallas libradas en defensa de nuestra lengua. Lo más llamativo es que nadie parece recordar cómo hablábamos no hace tantos años, quizás veinte o treinta, y resulta que hoy día, cuando la comunicación es lo que más ha evolucionado, el idioma no evoluciona como algunos afirman, simplemente se deforma y empobrece. Me refiero ahora a la eliminación del artículo −a la manera del inglés, claro− en lo que los expertos llaman «expresiones partitivas» y para mayor claridad bastarán unos ejemplos: "el resto de (los) españoles", "la mayoría de (la) gente", "el 16% de (los) participantes", "la mitad de (los) clientes", esos artículos obligados desaparecen en la práctica diaria, orgullosamente encabezados en el error por los presentadores de televisión.

Existían desde siempre las expresiones "a pie de obra" y "al pie del cañón" que son parecidas aunque no tienen nada que ver una con otra. La escasez de vocabulario y las prisas en el habla de los mismos que pierden horas con el whatsapp o twitter hace que en la actualidad todo se encuentre "a pie" de algo. He oído decir en la televisión "a pie de arcén", "a pie de playa", "a pie de pozo", "a pie de estadio" o lo que se les venga a la cabeza, para ahorrar el esfuerzo de pensar en la preposición o locución adecuada. Por lo pronto, yo diría que para estar "a pie" de algo habría que estar a un nivel físico igual o inferior, ¿cómo vamos a estar "a pie de pozo? Por supuesto, son expresiones no admitidas por la RAE, pero eso, ¿a quién le importa?

La gente no tiene ganas de perder su valioso tiempo en decir cosas como "se ha extendido rápidamente", "todo el mundo habla de ello", "es un tema que está en la calle", etc., ahora se ahorra muchísimo tiempo diciendo que tal cosa arrasa, se ha viralizado o −lo más− que es trending topic. Una sección de El País llamada Huffington Post (últimamente HuffPost) ha sido un ejemplo en la difusión de estos términos. Precisamente esa chabacana sección calificada por muchos de click bait, que trata de conseguir que la leamos con falsos señuelos, porque en eso les va su existencia.

Estoy seguro de que son pocos los periodistas que han hecho y aprobado la ESO, pero son entusiastas en eso de inventar −o destrozar− el idioma. Hoy mismo he leído en El Mundo la palabra "reportajeado" y no hay manera de que los periodistas se enteren de que las hembras de los animales se quedan preñadas y paren, nada de quedarse encintas o embarazadas y dar a luz, algo reservado inicialmente a las mujeres. Los tertulianos son otra de las especies propensas al disparate; a una tertuliana de la Sexta llamada Grazziela Almendral, que parece haber aprendido el español por correspondencia,  le he oído decir "espionar" (por espiar), otra ha soltado "tracear" (de trace, rastro), pero los disparates de esos supuestos expertos son tantos que no dispongo de espacio. ¿Alguien se acuerda de aquel antiguo programa llamado "La Clave"? Nada que ver con los actuales; aquellos tertulianos eran expertos en las materias, estos "cuñaos".

Podría escribirse un libro a base de los disparates gramaticales que sueltan los políticos. He oído decir a Calviño con frecuencia "en el largo/medio/corto plazo", cuando en español ha sido siempre "a largo/medio/corto plazo", pero resulta que aquello es pura traducción del inglés (in the long/medium/short term) que ella debe conocer y considerarlo más molón. Díaz-Ayuso dice "campar por sus anchas" (por "campar a sus anchas"), Maroto "en ciencia cierta" (por "a ciencia cierta"), Pedro Sánchez "cuarentenar", Mª Jesús Montero −la bien hablá− "a todas las luces" (por "a todas luces"), etc. etc. Parece que se hubieran criado en Estonia sin contacto regular con el español.

Para terminar, ¿alguien ha echado de menos el adjetivo "honrado" en los últimos años? Yo puedo decir la razón: ha desaparecido engullido por el otro adjetivo, "honesto"; ¿la razón?, pues resulta que en español la palabra honesto se refería inicialmente a asuntos de la entrepierna, después quedó como sinónimo de honrado y como da la casualidad de que en inglés solo existe honest, honesto es la palabra que ha triunfado y que ha conseguido la exclusiva en el español actual. Ya nadie es honrado, si acaso honesto, antes existía la frase "soy pobre, pero honrado" y ahora habría que decir "soy pobre, pero honesto", ¡qué horror!

Decía Felipe VI en su proclamación que observaría una conducta "honesta"; no dijo "honrada". ¿Usaría esa palabra por seguir la moda o por excluir −pensando en su padre− esos devaneos tan típicos de los Borbón en general y de su padre en particular?

10 septiembre 2020

La pandemia de la pandemia

A finales de 2019 me dio por decir a todos los que me conocían que el mundo iba a una situación que provocaría que para 2050 la vida posible sería algo a lo que ahora no llamaríamos vida y que para 2100 la humanidad habría desaparecido. No era que el espíritu de Nostradamus se hubiera alojado en mí, sino que la lectura acerca del ritmo de crecimiento de la población mundial, la evolución sin salida de la estructura social que conocemos, lo leído sobre el consumo de los recursos materiales y alimentos, la descongelación del permafrost con la liberación de virus desconocidos, la admisión en España/Europa de los sobrantes demográficos de África, etc. me había hecho pensar que esto así no podía continuar y, conociendo la naturaleza humana y su incapacidad para reaccionar pese a los avisos, llegué a la conclusión que describo más arriba.

Yo mismo me sorprendí cuando llegó el coronavirus, una vez que nos dimos cuenta de que el asunto no iba a ser cuestión de uno o dos meses; no esperaba una confirmación tan inmediata de lo que yo venía afirmando. Ahora que estamos pasando lo que unos llaman segunda ola y otros rebrotes aislados, se va perfilando la idea de que esto no acaba a corto plazo y que va a durar no ya meses, sino años. Porque habría que ir explicando a la gente que la vacuna va para largo, que no se la van a poner para estas navidades y que su eficacia dejará mucho que desear. No por mucho correr se va a conseguir una vacuna que nos libere del virus −de sus consecuencias− y no la recibiremos hasta bien entrado el año 2021, como muy pronto. El virus probablemente conviva con nosotros sine die.

Soy de los que piensan que la llegada del virus desde Wuhan no ha sido inocente y que, aunque sus efectos se les hayan ido de las manos a los chinos, había la clara intención de producir unos daños terribles en las economías occidentales de los que difícilmente conseguiremos recuperarnos. Lograron lo que querían y nuestros daños sanitarios y económicos son mucho mayores y persistentes de lo que ellos mismos padecieron y esperaban causar, ¿no resulta extraño? Ahora los chinos andan poniéndose medallas unos a otros para celebrar lo bien que han llevado lo del coronavirus. De traca.

Vistos los efectos del covid-19, no resulta chocante que haya otros virus en espera para rematar la faena, ahora que ha quedado claro que somos extremadamente vulnerables. No necesariamente tendrán que proceder de un laboratorio chino: por ejemplo, dicen que se calcula que existen entre millón y medio y dos millones de diferentes virus y apenas conocemos unos cinco mil. Buena parte pueden llegarnos desde el permafrost, ya que al tratarse de algo que estaba congelado desde hace miles de años −con posibles virus en su interior−, no sabemos nada sobre ellos ni tenemos defensas naturales o sintetizadas.

Hay algo que en todo caso nos ha dañado incluso a los que hasta el momento hemos conseguido librarnos de contraer la enfermedad y que supone una auténtica pandemia dentro de la pandemia: hace meses que los telediarios y los programas de debate no hablan de otra cosa que del covid-19. Ahí están dándole vueltas a lo poco que sabemos, y hemos podido ver mil veces las escenas de extracción de sangre pinchando un dedo o la introducción del palito con el algodón en la punta hasta el mismo cerebro para la prueba PCR o la paquistaní actuando como cobaya humana a la que se inyecta una prueba de alguna vacuna. Tampoco hay manera de librarnos del relato del número de contagiados o fallecidos en tal o cual comunidad e, incluso, en Arenillas de San Pablo con una población de 282 habitantes. Resulta obsesivo.

Tenemos que escuchar la dolida sorpresa de los políticos o autoridades en la materia porque ahora descubren que no hay médicos ni personal sanitario suficientes −hemos dejado que se marchen por Europa miles de ellos hartos de pasar miserias− para atender las necesidades de nuestra población −ay, aquellos recortes− y ahora que comienza el curso de todas las enseñanzas nos lamentamos de que no haya suficientes profesores −ay, aquellos recortes−, porque eso de tener 50 y más alumnos por clase no es admisible, y hablan de contratar 39.000 nuevos enseñantes, como si eso pudiera improvisarse de un día para otro. ¿De verdad piensan que hay ese número de profesionales, sentados en casa haciendo solitarios, esperando ser llamados?

Aunque fastidie a algunos políticos, lo cierto es que esta pandemia nos cogió por sorpresa a todos, ciudadanos llanos y políticos de todos los niveles y que unos lo han sorteado mejor y otros peor y ninguno bien, porque eso supondría tener previamente un país en estado de revista y todos sabemos que esa no es nuestra situación (ni la de casi ninguno). Del caso de la Comunidad de Madrid ya hablaremos otro día.

21 agosto 2020

Jóvenes actores españoles

Suelo ver más bien pocas series de televisión y casi siempre cuando ya se han exhibido en su totalidad y tengo constancia de que son algo más que una idea estirada hasta el infinito, caso de La casa de papel. Acabo de ver las dos temporadas de una serie que recomiendo a quienes no sufran gerontofobia, llamada El método Kominsky.

En mi opinión, se trata de una historia encantadora que me ha hecho reír y sonreír bastantes veces, algo casi olvidado teniendo en cuenta el repertorio del que habitualmente se dispone. Lamentablemente, solo hay dos temporadas de 8 episodios cada una y cada episodio viene a durar unos veinticinco minutos, por lo tanto apenas 200 minutos en total, aproximadamente lo mismo que dos largometrajes. Lamentable digo, aunque en esa limitación autoimpuesta radica también parte de su delicadeza y encanto. Para evitar desengaños, ya aviso de que no salen dragones.

El protagonista principal es el popular Michael Douglas y el segundo es otro menos conocido pero ni mucho menos desconocido, Alan Arkin. No se me ocurre contar de qué va la serie, pero sí voy a mencionar que en la serie Douglas se gana la vida en una escuela de interpretación propia −en la que se practica el método Kominsky− donde él es el único trabajador y que tiene una hija de aspecto poco atractivo. Por increíble que le parezca a los jóvenes actores españoles, en la serie hay quienes van a esa escuela a tomar clases de interpretación ¡pagando por ello!

Ahí es donde viene la relación de lo que estoy contando con el título de la entrada: parece que muchos españoles están convencidos −no me incluyo− de que por una extraña y bendita característica genética, todos nacen con capacidades sobradas para ser actores. De ahí que cueste soportar una película española actual donde suele ser hasta difícil entender lo que hablan, como si se tratara de indígenas amazónicos o miembros de un call center de alguna empresa española, pero situado en un lugar exótico de Hispanoamérica. Seguramente consideran unos torpes a todos esos actores que en el extranjero, antes de iniciar sus carreras profesionales, han asistido a escuelas de interpretación, pobres incapaces. 

No sé si existe algún actor español de las actuales generaciones que haya tomado seriamente clases de ese tipo y en especial de dicción, algo que en su totalidad ignoran y de ahí esa dificultad para entenderlos cuando actúan y nos cuesta comprender de qué van, quizás con la excepción de otros jóvenes espectadores que hablen como ellos. Un ejemplo perfecto es la serie que ya mencioné La casa de papel en la que sobre todo los más noveles deberían ser subtitulados para que los demás pudiéramos comprender lo que están diciendo.

En España parece que para ser actor basta con ser joven y tener un aspecto atractivo o, al menos, ser hijo o nieto de algún famoso. En el caso de las féminas basta con un rostro fotogénico, porque ya saben lo fácil que es colocarse prótesis que aumenten sus encantos, sobre todo los mamarios. Puro feminismo, por cierto. No quiero ni pensar lo que sucedería si aquí se hiciera una investigación del tipo a que han sometido a Harvey Weinstein en los EE.UU.

Días pasados, TVE ha tenido la buena ocurrencia de reponer la obra «Doce hombres sin piedad», tanto en su versión cinematográfica como la teatral llevada a cabo por esa cadena en 1973 dentro del espacio Estudio 1, un espacio desgraciadamente desaparecido perteneciente a la época del monopolio y blanco y negro, con más de una sorpresa agradable. He leído algunas críticas sobre esa versión teatral y todas coinciden en llamar la atención sobre su calidad y la muy superior dicción de los actores de aquella época, nada que ver con el confuso farfulleo actual.

Soy de los que evitan asistir a una película o serie española, no por esnobismo, sino porque hemos pasado de aquellas voces a veces impostadas en exceso a las actuales que suelen ignorar la lengua castellana y su pronunciación. Normal, teniendo en cuenta que la mayoría de los españoles actualmente no saben hablar ni escribir español.

03 agosto 2020

Los progres

La mayoría de quienes habitan este país están convencidos de que la población se divide entre españoles de izquierdas y españoles de derechas, que son los que tienen la obligación de agredirse mutuamente como si de una maldición existente desde Fernando VII se tratase. A los de izquierdas suman como si de una excrecencia se tratase a los que llaman «progres», convencidos que no son más que una manifestación degradada o folclórica de los rojos de siempre, pero rojos al fin.

Error. Para empezar, no debe confundirse a los «progres» con los «progresistas». Aunque aquella palabra parezca tan solo un apócope de esta última, yo aseguraría que no tienen nada que ver la una con la otra, como no lo tiene la palabra «narco» con «narcolepsia», es solo que la mente simplificadora de la mayoría asocia una con la otra.

No soy un definidor profesional, así que me atengo en cuanto a progresista a lo que dice la RAE: adj. Dicho de una persona o de una colectividad: De ideas y actitudes avanzadas. Es decir, lo contrario a aquellos que insistían continuamente en la venida de Fernando VII, hasta el punto de conseguir apodarle «el Deseado», algo que produce risa teniendo en cuenta que fue el mayor golfo entre todos los reyes españoles, lo que ya es para causar sensación.

Si usted busca la palabra «progre» en el diccionario de la RAE encontrará que lo despachan diciendo que equivale a progresista, así de sencillo. No dudo de que inicialmente fuese así, pero con el tiempo la realidad ha ido diferenciando entre una y otra cosa. El progre suele ser alguien que, ahora que la religión es algo decadente y fuera totalmente de la realidad social, precisa de algún sustento inmaterial sobre el que construir su esencia y se aferra a lo que yo llamaría la espumilla folclórica de la verdadera izquierda. Estos progres suelen ser postulantes o abanderados de las posiciones más extremistas y alborotadoras.

Un progre suele tener una creencia fundamental sobre un solo asunto, sin cuerpo doctrinal, y todo lo demás se supedita a su propósito principal. Suelen ser progres los que practican un feminismo radical, los partidarios de la inmigración no selectiva, los defensores del movimiento LGTB, los veganos proselitistas, los activistas antidesahucios, etc. Un ejemplo típico es la actual alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. Ha brujuleado por la vida sin decantarse por una actividad hasta que entendió que más que una actividad era más rentable hacerse activista: estuvo un tiempo trabajando como secundaria en series de televisión, se integró en el movimiento okupa,  acaudilló el movimiento PAH antidesahucios en Barcelona y desde ahí el de España, hasta que consiguió crear su minipartido y ha encontrado su nicho perfecto en esa alcaldía; no tiene muy claro cuál es su actitud política ni sexual y recurre a la artimaña de definirse finalmente como bisexual, algo parecido a tener un comodín en el juego de cartas.

Son progres muchos de los integrantes de ese partido llamado Podemos y cumplen bastantes de los requisitos para ser definidos como tales. Sin demasiados medios económicos, buena parte sin formación profesional o universitaria, hasta el punto de que no trabajan o tienen trabajos precarios de los que tristemente ahora abundan; son fundamentalmente iletrados aunque posean titulaciones. Son temerarios −no sé si valientes− y se enfrentan a los policías sin pestañear. Calificaban de «casta» a todo el estamento político y económico cuando el partido fue creado. Suelen tener facilidad de palabra, de esa palabra que consiste en hablar mucho y no decir nada. En la actualidad, sus dirigentes han caído en todas las tentaciones pequeño-burguesas que previamente aseguraban que les producían espanto. Sin embargo, eso no les ha hecho cambiar de aspecto y siguen pareciendo gente enemiga del peine, agua y jabón y devotos de los tatuajes y piercing.

Para la derecha, si alguien quiere investigar al emérito es un asunto de los progres. Si alguien tira una estatua de Colón −o asegura que le gustaría derribarla− es de progres. Si hay una manifestación feminista cuando la situación aconseja quedarse en casa, es de progres. Y ya saben, como si de un hijo tonto se tratara, el PSOE (formado por personas y por demasiados progres) carga con las culpas que corresponden a otros. Me permito recomendar la lectura de otra entrada titulada «Tres cosas hay en la vida» que figura a la derecha de este blog como una de las más leídas.

Muy sabiamente decía mi madre que todo se pega menos la belleza y por desgracia esa inevitable y desagradable alianza de gobierno entre PSOE y Podemos ha producido contagios −recuerden, nunca un sano contagia a un enfermo− y hasta hay ministras claramente progres como Carmen Calvo o María Jesús Montero, la bien hablá. Más que ministras, desgracias.

Progre era Berta Thunberg, ¿alguien se acuerda de ella?

22 julio 2020

Recargables

A los desprevenidos habitantes del siglo XXI se les vino encima una amenaza desconocida hasta entonces: los aparatos de baterías recargables. Surgieron en realidad a finales del XX en forma de teléfonos móviles que todavía no se llamaban smartphones porque eran lo que se consideraba como no-inteligentes, puesto que entonces todavía podían serlo quienes los portaban. Hoy eso ha cambiado: los aparatos (sus fabricantes, en realidad) son los auténticos inteligentes y quienes los utilizan son más zombis que auténticos seres humanos, van siempre con la cabeza inclinada para ver la pantalla del aparatito y en algunas localidades han llegado a instalar semáforos en el pavimento porque estos seres están tan aislados de la realidad que llegan al extremo de cruzar las calles sin mirar si vienen coches, causando una gran pérdida a la humanidad tras ser atropellados por algún vehículo. Selección natural, que dice un joven que conozco.

El caso es que cuando aquellos móviles fallecían por agotamiento permanente de la batería había posibilidad de comprar una batería nueva y cambiarla. Cierto que las baterías eran caras y difíciles de encontrar, aparte de abundar en imitaciones de ínfima calidad, así que el personal optaba por comprar un nuevo móvil con gran contento del fabricante.

Más tarde, al aparecer los llamados smartphones, los fabricantes, visto lo fácil que era timar a la clientela, optaron por la batería integrada y no sustituible, lo que significaba que junto con una duración de la batería intencionadamente reducida, había que cambiar de móvil cada dos o tres años aunque a muchos esto le sabía a poco y cambiaban cada año para tener el último grito en gadget y así poder presumir entre los otros pamplinas de su entorno de estar a la última y poseer dinero para ello. Para este fin son especialmente recomendados los aparatos de la marca Apple llamados iPhone que aporta un valor añadido de aparente poderío económico. Si le sabe a poco siempre tiene la posibilidad de comprar además una iPad que es como un móvil pero a lo bestia.

No son solo los teléfonos móviles los sujetos de esta estafa tecnológica, los ordenadores portátiles (llamados laptops por los insaciables de barbarismos) son también víctimas de este truco de las baterías recargables. Usted se compra uno y se entusiasma al comprobar que puede utilizar el aparato unas pocas horas −dos o tres a lo máximo− de manera autónoma olvidando que si las baterías de los móviles duran poco las de los PC portátiles entran de lleno en la categoría de efímeras. 

No ha transcurrido un año desde la compra cuando ya se plantea comprar una batería de repuesto, porque el magnífico portátil lo es tan solo en sentido de que puede llevarse de un lado a otro, pero no en el de que pueda trabajarse con él en cualquier ubicación sin un enchufe a mano. El último invento de los fabricantes es la batería no recambiable, integrada en el aparato, con lo cual poseer y usar un portátil pasa a ser tan costoso como tener una amante. Claro que una amante no sirve para leer la prensa o hacer la declaración de la renta...

Enloquecidos por el éxito del timo de las baterías recargables, los fabricantes de artilugios, visto lo fácil y rentable de engañar al personal, han decidido colocarla en todo tipo de aparato que se pueda imaginar: cepillos de dientes (yo he tenido que tirar varios a causa de las fenecidas baterías, d.e.p.), reproductores de mp3, aspiradoras, relojes inteligentes, maquinillas de afeitar, cortadores de cabello, consoladores −¿puede imaginarse el agotamiento de la carga a mitad de faena? −, libros electrónicos, patinetes, consolas, auriculares inalámbricos, automóviles, etc.    

Cierto que, salvo los PC y los automóviles, todos esos chismes podrían llevar pilas ordinarias, que son baratas y cada día duran más, pero entonces ¿dónde está el negocio?

16 junio 2020

Usted confínese; mientras, nosotros le robamos

Seguramente es usted uno de esos inocentes convencidos de que si se encierra en casa, echa el cerrojo de la puerta blindada y no sale para nada, se encuentra seguro y que su patrimonio no corre ningún riesgo. Error. Hoy en día todo está arreglado para que puedan desplumarle aunque usted se encuentre atrincherado en casa e incluso aguante la respiración.

*Debió de ser a finales del siglo XX cuando contraté con una empresa llamada MADRITEL el servicio de Internet, el teléfono fijo y los móviles que teníamos en casa. Algo más tarde, una empresa llamada AUNA compró Madritel y en el paquete iban incluidos todos los clientes que tuviese; como una compra masiva de ganado o, quizás, esclavos.

Poco después fue otra operadora llamada ONO la que compró Auna y por descontado, todos los clientes con que contase. Finalmente, fue VODAFONE la que compró Ono y con eso conseguimos  ser un cliente más de la empresa que siempre había evitado en pura defensa propia. Fue inútil, Vodafone nos compró y pasamos a formar parte de su patrimonio empresarial.

Ha llegado el confinamiento y con eso cierto descuido en la vigilancia de los bandidos que merodean alrededor de nosotros y hoy me encuentro una comunicación de Vodafone felicitándome porque disfruto ya en mi móvil de un antivirus −de dudosa utilidad− y que eso solo me costará 1 euro al mes. Dicho así parece casi un chollo, el problema es que yo tengo contratados 3 móviles y que por tanto esa modesta cifra pasa a ser de 36 euros anuales, más o menos lo que cuesta contratar un antivirus de solvencia para varios dispositivos de tipo PC. He tenido que ir de móvil en móvil anulando ese chollo a través de la red y no sé muy bien en qué quedará la cosa.

*Hace más de treinta años que estoy afiliado a un seguro médico privado y pago actualmente una cantidad que supera los 200 euros mensuales. Durante la mayor parte del confinamiento que ahora acaba no he recibido contraprestación alguna a cambio de ese dinero, puesto que si precisaba de atención solo me la prestaban telefónicamente, o sea, nada; lo mismo que la seguridad social. Ha sido inútil escribirles el pasado marzo un email preguntando qué iba a recibir durante el confinamiento a cambio de mi cuota. No recibí respuesta, aunque para disimular me han agobiado con correos electrónicos durante todo ese tiempo recordándome que podía hacer consultas telefónicas y que en la empresa pensaban mucho en mí. ¿No es tierno?

*Desde hace también unos cuantos años soy socio de un gimnasio al que procuraba ir unas tres veces a la semana para dejar allí −literalmente− mis sudores. Sudores de clase preferente, porque lamentablemente durante el verano la temperatura que puede verse en el termómetro que tienen en la sala de cardio y musculación a la que asisto muestra una temperatura cercana a los 26º C, pese a que entidades relacionadas con el gremio recomiendan para esas salas no superar los 22º C, porque ¡sorpresa! ni en España ni en la Comunidad de Madrid en la que vivo hay nada establecido al respecto. Usted puede disfrutar achicharrándose mientras trata de seguir eso de mens sana in corpore sano que todos conocemos; y empapar la camiseta al tiempo que se arriesga a sufrir una congestión.

El años pasado reclamé y supe por quien recibió mi queja que no era yo el único, pero se nota que estábamos en minoría y no éramos violentos y quizás por eso no cambiaron la refrigeración. Dejé de ir en julio y agosto y eso me supuso pagar en concepto de reserva 20 eurazos por mes, porque mi cuota mensual de 67 euros no da derecho a más y si falto un solo mes (sin pagar) tengo que inscribirme como nuevo y debo desembolsar 90 euros extras en concepto de matrícula. Ya me han escrito hoy día 15 avisando que reinician sus actividades (con cita previa) y que si no voy deberé abonar la cuota de reserva. ¿A quién le interesa ir al gimnasio con cita previa? A mí no y por esa razón renuncio a ir, aunque sea al precio de perder mis abdominales (¿o son lorzas?).

Por descontado, no han parado de escribirme correos electrónicos todo este tiempo recomendándome que utilizara sus servicios online para mantenerme en forma. Supongo que a nadie en el gimnasio se le ocurrió que si yo pudiera mantenerme desde casa no volvería a sus instalaciones.

*Tengo mi coche asegurado en la modalidad que llaman "a todo riesgo", lo que supone pagar un recibo anual cercano a los 1.000 euros. Como casi todo el mundo, he tenido este coche inmovilizado y tan solo le di una vuelta a la manzana hace un mes para evitar en lo posible que los neumáticos se deformaran por permanecer tanto tiempo en la misma posición. No ha habido por lo tanto percance alguno ni riesgo que la compañía de seguros tuviera que asumir. ¿Sabe cuánto me han descontado por esa inmovilización obligada?: NADA; seguramente es también su caso. Eso sí, han estado todo el confinamiento muy preocupados por mi estado de salud y por eso me han enviado varios correos interesándose por mi situación. Muy de agradecer.

*Para que no todo sean sustracciones: en estos fértiles días hemos aprendido que si en EE.UU. la policía mata a un hombre de raza negra, aquí −según la ínclita Teresa Rodríguez− debemos derribar todas las estatuas de Colón que tengamos. Por lo menos.

*Unas dos semanas después de la publicación de esta entrada, mi compañía de seguros anuncia que prorroga dos meses la duración de la anualidad, que de esta manera pasa a tener 14 meses. 

20 mayo 2020

Rabietas de malcriados

No es difícil observarlo: cada día son más comunes e incluso pueden verse por la calle, esas rabietas que los niños cogen porque se les niega algo que ellos quieren y no están dispuestos a dejar pasar la ocasión sin afirmar su autoridad y mando sobre sus padres. Hay −había− excepciones de padre más antiguos que estos actuales tan temerosos de traumatizar a sus hijos; los míos no eran así, y según me contaba mi madre, a la primera rabieta que agarré de esas de tirarse al suelo gritando y llorando me dio una zurra que me hizo abandonar de manera definitiva esas rebeliones de niño consentido, sin que fuera preciso requerir la ayuda de un psicólogo ni de un policía municipal. Fiel a la enseñanza recibida yo también apliqué el método con excelentes resultados. He presenciado varias veces esos espectáculos porque cada vez los padres tienen menos autoridad sobre sus hijos y el resultado es que no queda extraño que estos infantes califiquen a sus padres a gritos de gilipollas o alguna otra lindeza, sin que las reacciones paterna o materna pongan los medios para erradicar esos insultos que a mí me dejan despavorido porque no me imagino soltando esos calificativos a mi padre o mi madre; nunca.

La dictadura tampoco consentía las rabietas sociales, fueran justificadas o no, y al primero que se desmandaba le daban una buena tunda, quizás con encarcelamiento y multa incluidos. Pero llegó la democracia con todas sus ventajas y sin duda algunas fisuras, como la de permitir que haya ciudadanos que se suban a las barbas de la autoridad simplemente porque tienen un berrinche y creen que organizar un escándalo es un método válido para cambiar de gobierno o al menos causar un alboroto que le inquiete. Por supuesto, ignoran el artículo 115 de la Constitución que establece en su punto 3 que no pueden disolverse las Cortes antes de un año desde la última vez. 

Nadie hasta el momento ha sido capaz de explicar de manera razonada por qué Dinamarca, Suecia o Marruecos, por ejemplo, han sufrido una incidencia del virus mucho menor que la que hemos padecido países como Italia, Francia, Bélgica o España. Hay una explicación inmediata y es que todos sabemos que en el norte las efusiones son mucho menos profusas, pero eso no es suficiente motivo y será uno de esos misterios que quedarán sin resolver por siempre jamás. Lo del sur, mejor dejarlo.

No es posible saber si nuestro gobierno lo ha hecho muy bien o solo aceptablemente bien, pero comparando su actuación con la de países más o menos similares, puede decirse que han llevado el asunto de manera satisfactoria, entre otras cosas porque no pueden verse grandes diferencias en sus resultados. Ciertamente, el covid-19 ha sido una desagradable sorpresa para todos, nadie tenía claro cómo actuar y todos los líderes de la oposición acosando al presidente no lo ponía más fácil. Desde luego está fuera de dudas −salvo fanáticos ignaros− que lo está haciendo mucho mejor que los gobiernos de Boris Johnson, Trump o Bolsonaro, que han resultado una maldición para sus ciudadanos.

Por todo lo anterior es difícil entender a esos grupos que se manifiestan en Madrid, Sevilla, Salamanca, Valladolid y otras que desean imitar a la primera −en sus barrios más exquisitos− y alguna otra ciudad del extranjero, igualmente irresponsables y díscolos, expresando su indignación por el confinamiento o alguna de las otras medidas impuestas para la propia seguridad. Porque por más que insistan, nadie en su sano juicio puede pensar que −he llegado a leer tal cosa− se trata solo de un invento y una manipulación para acabar con España y los españoles. Aquello del complot social-comunista-judeo-masónico debería ser cosa del pasado y bien se sabe que estas protestas no son para arreglar nada, sino para intentar derribar al gobierno. Esa afirmación de Teodoro García Egea de que Pedro Sánchez odia Madrid es solo la ocurrencia de un lunático desesperado. Siento desilusionarles: no es ese el método y las elecciones ya las perdieron no una sino dos veces.

He leído incluso de una profesora de Madrid que sostiene que todo esto del covid es una superchería inventada, que todo es fingido y que ella ha llevado la vida que ha querido sin contagiarse de nada. ¿De verdad esta persona está capacitada para enseñar? Hay en Bielorrusia un tal Aleksandr Grigórievich Lukashenko que sostiene lo mismo.

Resulta también entre patético e indignante que existan quienes, como el gobierno catalán, reclaman cada día la continuación de la mesa de negociación sobre «lo suyo» o esos otros manifiestos como el que firman los «artistas contemporáneos» quejándose de que el gobierno no les presta la atención que merecen. Parece estar fuera de su alcance entender que no está el horno para bollos y que bastante trabajo tiene este gobierno -o cualquier otro que estuviera en el poder− como para ponerse a pensar en los derechos de ciertas minorías que deberían tranquilizarse, sin incordiar con problemas suyos que sin duda son de menor alcance y desde luego que no es este el momento de atenderlos.

Tristemente, nos espera un futuro en el que vamos a tener bastantes cosas de las que preocuparnos y deberíamos estar todos a una, en vez de dedicarnos a hacer política. Quizás habría que recordarles a algunos que las próximas elecciones generales están previstas para el año 2023.     

08 mayo 2020

Pudor gramatical


Repasando recortes de periódicos que guardo en mi ordenador, he encontrado que no hace mucho tiempo, concretamente en febrero de 2015, Javier Marías respondía en una entrevista en El País cosas como esta:

No sé, de aquí a cien años qué se va a hablar, porque cada vez hay más personas que no tienen dominio de la lengua. No es cuestión de cultura. Cada uno hablaba, digamos, a su nivel, con su vocabulario más o menos amplio, o más o menos limitado. Pero hablaban con aplomo, con seguridad y con una buena instalación en la lengua, cada uno en su nivel de léxico, o de capacidad para construir frases acabadas y más o menos inteligibles. La sensación que yo tengo es que ahora la gente chapotea en la lengua. Todo se confunde, todo se mezcla, da la impresión de que todo sirve; la gente, además, parece que anda muy mal de oído.

Sé que cito muchas veces a este escritor, pero es que encuentro que Marías es un intelectual que normalmente es tan asequible para cualquiera como pueda serlo Sergio Ramos, pero algo más inteligente, así que no cabe argumentar que lo que escribe, especialmente en los diarios, resulte críptico para nadie.

Está clara cuál es la preocupación del escritor sobre la evolución de la sociedad española y yo diría que no es el único, que somos bastantes los que tenemos la sensación de que tanto hablar de democracia, tanta tecnología, y desde luego las redes sociales han provocado que se prescinda del uso del cerebro a la hora de comunicarnos con quienes nos rodean, real o virtualmente. Antes, se expresaba con más propiedad un bracero del campo andaluz que un universitario de nuestros días, porque la triste verdad es que se ha democratizado la ignorancia y no el conocimiento. Eso sí: todos poseen su correspondiente smartphone, cuanto más caro, mejor; así, de camino, mostramos nuestro poderío.

La gente ha perdido en realidad el libre albedrío y se comportan en todo obedeciendo a sus instintos primarios o las consignas que reciben desde su entorno social. Por eso los movimientos actuales funcionan como religiones −que es lo más primario que se conoce− ya sea la ecología, el feminismo, el nacionalismo, la defensa de los animales, etc. y de ahí los fanatismos que con facilidad recurren a la violencia.

Quienes nos preocupamos por la sociedad actual vemos alarmados que casi nadie sabe hablar y escribir español y, lo que es peor, les da lo mismo. Las formas gramaticales erróneas se imponen sin vuelta atrás −lo he criticado cien veces en otras entradas− patrocinadas por la televisión; y no digamos la ortografía, que ha quedado relegada a quienes son tachados de cursis y pedantes. ¿Cuántas veces hemos dicho u oído decir que los alemanes son como son porque están conformados por su idioma?, ¿por qué entonces aceptamos dejar de hablar para pasar a "chamullar" esta jerigonza actual?, ¿cómo queremos conformar nuestro propio cerebro?

Diré otra vez lo que ya he dicho mil veces, lo que algunos están hartos de oírme decir: escribir y hablar correctamente no es difícil y produce un efecto agradable en quienes no son cómplices en la ignorancia. No hay que dedicarle horas y horas, basta con prestar un poco de atención, incluso menos que al resultado de los partidos de fútbol, pasear al perro o la crítica al gobierno; simplemente se trata de fijarse un poco, interesarnos.

La frase triunfante entre los iletrados cuando sueltan una ristra de disparates y se les reprocha, suele ser «bueno, pero se me entiende, ¿no?», porque reducen la expresión oral o escrita al mismo nivel que una comunicación entre simios. Eso si están en un entorno que consideran amigable, de lo contrario llueven los insultos o amenazas y, por descontado, la inquina eterna hacia el autor de la rectificación. 

Se ha perdido absolutamente el pudor, no nos preocupa que otros se den cuenta de que no sabemos hablar o escribir, porque percibimos que los demás son iguales a nosotros. Hermanados en la ignorante autocomplacencia.

P.S. No quiero dejar de enviar un recuerdo a los entusiastas usuarios de los verbos «aperturar» y «reaperturar». Es una pena que la RAE haya tenido que recordar en los medios que aquellos dos verbos no existen (y tampoco «desescalada») y que disponen de los clásicos «abrir» y «reabrir».

23 abril 2020

♪Subvencióname otra vez...♫

Sospecho que deben ser muchos los españoles que adoran todo lo relacionado con los estadounidenses, a pesar de Trump y muchos precisamente por él, en especial para contraponerlo con el gobierno actual, que desean derribar como sea, ya que no pueden cambiarlo con la fuerza de los votos. ¿Cuántos han estado calificando al actual presidente de «ilícito» ignorando a propósito lo dispuesto por la Constitución española, esa que supuestamente dicen defender como buenos patriotas? Creo que era ayer o anteayer cuando Iñaki Gabilondo recomendaba a los amantes de la Constitución recordar y defender el cumplimiento de todos sus artículos y no solo de aquellos que en un momento dado les conviene. Yo admiro mucho cierta cualidad de esos norteamericanos: cuando llegan sus elecciones presidenciales pueden luchar a muerte contra el candidato del partido contrario a su predilecto, pero una vez celebradas esas elecciones, todos casi sin excepción pasan a considerar al presidente electo su presidente, sin más. Algo que no le vendría mal aprender a los españoles.

Aunque algo se va sabiendo con el paso del tiempo, la mayoría de los españoles ignora que la filosofía que sostiene el régimen político de EE.UU. es la de un absoluto liberalismo económico y la reducción al mínimo de la presencia del Estado. De ahí la práctica inexistencia de una seguridad social al estilo europeo y de ayudas o subvenciones como las que son la esencia de la Unión Europea.

Aquí queremos un sistema que sea como el que en las películas americanas podemos ver cada día, pero apenas tenemos una pupa acudimos a papá-estado llorando para que nos cure y consuele. Allí, por ejemplo, las distintas confesiones religiosas se sostienen en general con las aportaciones de sus fieles y las donaciones privadas. Aquí, prácticamente todas las confesiones religiosas reciben aportaciones del estado y se da la paradoja de que quienes son agnósticos o ateos aportan −involuntariamente, claro− una parte de sus impuestos para el sostenimiento de la Iglesia católica y las demás que aquí funcionan. Es muy conocida la anécdota de lo que sucede en Alemania y otros países europeos de que en la declaración anual del IRPF hay un capítulo que incrementa el pago −no como aquí, que sale de la cuota normal− en función de la confesión religiosa a la que uno pertenezca. De ahí que los españoles residentes en esos países se declaren invariablemente ateos, porque les parece disparatado pagar para el sostenimiento de su religión, ¡hasta ahí podríamos llegar!

No cabe sorprenderse, vistas las tradiciones patrias, de que con motivo de la pandemia todo el mundo pide o más bien exige ser ayudado económicamente o subvencionado de alguna manera. No sorprende que hasta el momento haya en España más de 450.000 ERTE, de tantas y tantas empresas que consideran que puesto que ahora les va mal, el Estado debe compensarle económicamente y hacerse cargo de sus trabajadores. Nadie parece recordar que una mayoría, cuando las cosas iban bien, regateaban o eludían el pago de sus impuestos.

La lista de los que de una u otra forma piden dinero al Estado es interminable: cineastas y salas de cine, profesionales del teatro, clubs deportivos, ganaderos, agricultores, autónomos de todas las actividades imaginables, hostelería (bares, restaurantes y hoteles), pequeños comercios, colegios y universidades, etc. etc. TODOS reclaman dinero del Estado, al tiempo que suelen pedir el aplazamiento sine die del pago de sus impuestos. Supongo que uno de los que pide ayuda es mi fisioterapeuta, que según me confesaba gana más de 6.000€ al mes (y paga poco más de 300€ en impuestos; engañando, claro).

Estoy de acuerdo en que las pérdidas que ha producido y va a producir el virus chino han sido más que cuantiosas y la situación es ruinosa para casi todos, está previsto que el déficit anual alcance el 9,5% del PIB (¿solo?). El país tardará años en recuperarse de este desastre, si es que llega a recuperarse.

Para compensar, han debido ser muy pocos los que se han parado a pensar unos segundos de dónde saldrá todo ese dineral que se gastará en ayudas y aunque la mayoría no haya dedicado ni unos segundos a preocuparse por eso, apostaría cualquier cosa a que casi todos imaginan que bastará con que el gobierno dé la orden de tener más tiempo funcionando a la maquinita de hacer dinero. Así somos. Resignación. 

05 abril 2020

Un virus con corona (y III)

La frase «cuanto más conozco a la gente más quiero a mi perro» es atribuida alternativamente a Diógenes, a Lord Byron y a Adolf Hitler, así que para resolver esta cuestión, y con su permiso, he decidido atribuírmela a mí, lo que en apariencia es doblemente sorprendente porque yo ni siquiera tengo perro, pero viene a establecer con precisión el aprecio que siento por la humanidad. En especial por la nacida o residente en China.

Porque sigo con eso. Estoy convencido por lo que he ido leyendo, de que la responsabilidad de todo el desastre que estamos viviendo es de China, que por ineptitud o por maldad ha sido incapaz de controlar que el virus no saliera de allí. No hay dinero en China para pagar la indemnización que debieran dar al resto del planeta, así que no darán ni un euro y en occidente seguiremos sin fabricar nada y comprándoles de todo.

También sigo con mi indignación por el trato a los mayores. Se dice cada día que debemos quererlos y cuidarlos, pero la consigna es no desperdiciar un respirador en alguien a quien no le queda demasiado de vida, más o menos viene a ser eso de "ya han vivido suficiente" y las comunidades autónomas fijan la edad a partir de la cual eso será puesto en práctica, sean 70, 75 u 80 años. Son ciudadanos de segunda a los que se abandona a su suerte, simplemente administrándoles tranquilizantes para que no incordien. «El coronavirus ha resucitado la barbarie en lo que creíamos la civilización y la modernidad. Hemos visto en Madrid cosas horribles, como en las residencias: ancianos abandonados al parecer por cuidadores que no tenían mascarillas ni remedios ni ayuda alguna», eso afirma hoy un columnista en El País.

Me subleva también comprobar que todos se creen con derecho a ser subvencionados. Puede ser el mundo de la cultura, el del transporte, los autónomos, los comerciantes, los que habitan una vivienda en alquiler, los agricultores, ¡absolutamente todos! He visto incluso a ese grandísimo felón llamado Marhuenda abogar en televisión por que no se den préstamos −que luego habrá que devolver− sino que se regale dinero; así de sencillo. Hay incluso nada menos que un 35% de insatisfechos con la manera en que el gobierno está conduciendo la situación, en muchos casos manifestando una insatisfacción sonora y violenta; son esos que "piensan" que Casado o Abascal lo harían infinitamente mejor y desearían que el gobierno en pleno dimitiese y cediese el lugar a ese par de tuercebotas. Caramba, si Abascal hasta se ha permitido no ponerse al teléfono cuando hoy le llamaba el presidente para hacerle alguna propuesta de reunión o acuerdo.

Todo el mundo sabe cómo mejorar la situación: de momento, con mucho dinero. Nadie sabe de dónde debería salir ese dinero, porque en sus limitaciones pertenecen a ese sector convencido de que el gobierno puede fabricar tanto dinero como le apetezca y que si no lo hace es porque odia a los españoles (y españolas). Ya se sabe que es un gobierno pagado por los masones.

Estoy harto de presenciar cómo los países de más al norte se ufanan de haber abordado el problema con previsión, templanza y acertado cálculo. Lo peor es que aquí los contemplamos con un sentimiento de inferioridad que cuesta entender. Toda Islandia tiene unos 350.000 habitantes, algo así como la ciudad de Bilbao y los nórdicos −ya se sabe− no se relacionan. Así es fácil imponer un confinamiento. Lo mismo sucede con esa panda de catetos llamada Noruega o los listillos de los suecos, que como hoy tenían un día soleado han salido en masa a la calle para sentarse en las terrazas. Vamos, que son españoles de ocasión; luego, con acusarnos de que no pensamos más que en la juerga se sienten plenamente reconfortados en su estúpido calvinismo.
 
No sé en qué condiciones saldremos de esta, lo que es seguro es que no volveremos a ser como éramos. Los que me conocen me han oído decir desde hace meses que pienso que para 2050 la vida habrá cambiado a algo que ahora no llamaríamos vida. Para 2100 mejor no decir nada.

Miremos el lado bueno: actualmente apenas se habla de Cataluña.

24 marzo 2020

Un virus con corona (II)

Chinos saltando de alegría
«El confinamiento», como se le llama ahora, va a ser largo. Me cuesta despachar el asunto con solo una entrada, así que aquí va una segunda parte porque me quedé con cosas por decir, y ojalá que no haya más.

La mayor parte de lo que diga, si no todo, van a ser quejas y me parece de lo más normal, porque la situación no merece menos. Lo primero los chinos. No hace muchos años, no sabría decir cuántos, ya nos trajeron una epidemia que, según dijeron, se produjo por comer allí lo que no debían; ahora causan una segunda epidemia mucho más grave que va a acabar con bastantes habitantes del resto del mundo −los chinos que se las arreglen− y lo que es casi peor, con la economía de muchos países como el nuestro; no sé si acabarán con otras economías, pero seguro que las van a dejar muy tocadas. Eso sí, nos mandan no sé cuántos cientos de miles de mascarillas donadas por su gobierno y muchas más pagadas en efectivo por el nuestro −unos 500 millones de euros, de momento−, porque por aquello de que no hay mal que por bien no venga, el bendito virus va a servir para apuntalar su propia economía y su industria sanitaria. Algo sospechoso.

No quiero extenderme excesivamente sobre los chinos, pero no contentos con producir la ruina mundial, ahora fingen que los causantes del desastre no han sido ellos por comer murciélagos, pangolines o vaya usted a saber qué cochinada, y aprovechan la ocasión para culpar a los americanos, como si estos no tuvieran bastante con lo que sí que hacen. Al mismo tiempo y según he podido ver hoy en los telediarios, se están dedicando a modificar los titulares en sus hemerotecas −donde se habla del virus de Wuhan− para sustituirlo por «el gran virus» o nombres semejantes. ¿De qué me suena esto?

Me preocupa la situación de los mayores, entre otros motivos porque yo soy uno de ellos. Sigo asombrado de que se pueda salir a pasear al perro cuanto y cuando se quiera, aunque ya se sabe que los perros son sagrados y no se les puede obligar a hacer caquita en un cajón o en la bañera. Los niños, encerrados en casa. Los viejos no importan tanto y se les puede retirar el respirador para ponérselo a uno más joven −ha podido verse en la televisión−; si se mueren, allá ellos, por vulnerables. Se puede sacrificar a un mayor; a un animalito no, por dios.

Los incumplidores del confinamiento siguen siendo legión, bien disimuladamente mediante el uso excesivo del perro o simplemente perteneciendo a la "etnia". En Sevilla se ha detenido un coche con ocho ocupantes −un vetusto Citröen Xsara− que ni siquiera tenía la ITV pasada y por no tener no tenía ni faros. También han tenido que mandar a la UME a las Tres Mil Viviendas −con mayoría de habitantes de la etnia− porque no les daba la gana de acatar el confinamiento.

Querría hacer una referencia a esos grandes comunicadores a los que entusiasma montar un escándalo en su terraza a las 8 de la tarde, nada de unos simples aplausos. También una maldición a los que abusan de la cancioncilla «Resistiré». Hace muchos años, conseguí no tener que escucharla entera, porque me parecía penosa; estoy en mi derecho. Ahora, con el virus no hay derecho que valga: usted puede desgañitarse cantando la melodía, interpretarla con un instrumento musical desde su terraza o simplemente ponerla al público mediante unos altavoces. No se considera ataque a la tranquilidad ciudadana, sino un arrebato de empatía y solidaridad.

Una enfermera pedía en el periódico que, por favor, a las 8 de la tarde solo dieran unos aplausos sin más ruidos adicionales, porque despertaban a quienes tenían que dormir a esa hora. Una desagradecida más. A esa misma hora, un vecino de la casa de enfrente estuvo 6 minutos soplando una vuvuzela. Creo recordar que la selección española de fútbol ganó hace unos años la copa del mundo y estoy seguro de que fue porque el equipo español era el único acostumbrado al ruido infernal y eso le dio ventaja frente a sus contrincantes, que estaban aturdidos.

Un dato positivo: gracias a los que, poniendo en peligro su propia seguridad, están matándose a trabajar en centros sanitarios o en puestos imprescindibles para la ciudadanía. 

20 marzo 2020

Un virus con corona (I)

Parece que fue ayer cuando más del 99% de los españoles no habíamos oído en nuestra vida la palabra coronavirus, pero de repente un día nos hablan de este bicho por la televisión y desde ese momento se transforma en algo tan familiar como la abuelita. Que si el coronavirus por aquí, que si el coronavirus por ahí... no se nos cae de la boca −dios nos libre− en todo el día. Yo, como soy republicano −en especial pensando en el emérito−, lo llamo simplemente virus.

Podría decirse que está todo dicho acerca del bicho y que intentar añadir algo es inútil, y es cierto, pero quedan las reflexiones que muchos se hacen y nadie se atreve a expresar en voz alta. Por ejemplo, ¿alguien se creyó que el estado de alarma solo duraría hasta fin de mes? Bueno, ni siquiera el gobierno tenía mucho interés en que nadie se tomara en serio ese plazo y enseguida hablaron de extenderlo.

Algo que me intriga: justificadamente las personas deben permanecer confinadas por razón de salud general y no hay excepciones. Perdón: sí que las hay; si usted tiene perro puede ir donde y cuando le dé la gana porque un perro no puede permanecer encerrado; como nosotros. Una persona, sea viejo o infante debe quedarse en casa y si se anquilosa o sufre dolor en las articulaciones, que se fastidie. Sinceramente, si esto que digo enfada al propietario de un perro lo que debe meditar es si es justo y lógico que un animalito pueda servir como pasaporte para saltarse las medidas sanitarias que se han estimado necesarias. No me extraña que haya anuncios de alquiler de perros, siendo como son una excusa legal para moverse libremente. Aunque ética y sanitariamente sea discutible.

No quiero ser pesimista porque no lo soy y la prueba es que pienso que yo podría sobrevivir, pero ¿se imaginan cuánto tiempo tendrá que transcurrir para poder decir eso de «yo he sobrevivido»? Lo peor es esa sospecha de que si en casa contraemos alguno de nosotros el virus, moriremos como perros. Bueno, como perros no, como ancianos. Ya quisiéramos tanta consideración como los perros.

Me da la sensación de que el quid de la cuestión es la duración de la epidemia, porque los chinos no parecen muy de fiar y aunque digan ahora que están fenomenales no hay que olvidar que también lo decían al principio de todo el asunto. Por cierto, que a nadie se le ocurra decir que se trata de un virus chino. Trump se ha atrevido, aunque ese tipo es tan tonto que resulta inmune a todo, pero les recuerdo que Mario Vargas Llosa dijo que se trataba de un virus chino y de momento han prohibido sus libros en China. Para que se entere de quién manda.

Es difícil prever la duración de la epidemia en Europa y yo, que suelo ir de vacaciones veraniegas en julio, no me atrevo a planificar nada, porque ¿quién sabe? De momento parece que no hay quien le quite una duración mínima de un trimestre, pero ¿estamos seguros de que no durará seis meses o un año?, es más, ¿estamos seguros de que no se instalará permanentemente entre nosotros, como el dengue o la fiebre amarilla en Sudamérica? No se debe ser pesimista, pero tampoco rebosar optimismo, porque si las cosas no suceden como se esperaba, puede haber un derrumbe emocional generalizado.

De una cosa podemos estar seguros: las cosas no volverán a ser como fueron.

16 marzo 2020

El matrimonio fugaz

En la vida de muchas personas hay episodios que podrían calificarse de pintorescos o inusuales. Para mí uno de los más desconcertantes es el que yo llamo «matrimonio fugaz». Me contaban el otro día uno sucedido no hace mucho: una pareja convive durante cuatro años al cabo de los cuales deciden casarse, con iglesia y todo. Transcurrido menos de dos años, ella encuentra que la cosa le aburre, que le divierte más compartir horizontalidad con otro elemento masculino y... se acabó. No sé detalles, pero imagino que se quedará con la vivienda y no con los hijos porque no los hay. Ella es de admirar porque no se ha permitido denunciar a su marido por malos tratos, ya se sabe que le habría reportado beneficios.

Hace ya bastantes años, conocí de cerca un caso similar. Convivencia de un par de años, la madre de él −católica casi integrista− no ve con buenos ojos esa vida en pecado y ellos, que se sienten seguros de su amor, tratan de complacer y deciden contraer matrimonio; también con iglesia, donde yo mismo estuve presente. A los pocos meses... ¿hace falta que lo diga? 

Un tercer caso. Él, viudo y desconcertado, conoce a una mujer −también viuda, doce años menor que él− que literalmente se le echa encima, hasta el punto de que en la segunda salida ella "aprovecha" que están en un pub y comienza a besarle inicialmente por el cuello, después... sigue. En la siguiente salida, podría decirse que ella lo viola, aunque es cierto que él no presenta excesiva resistencia y ni se le ocurre lo del «no es no». A los dos años de relaciones deciden casarse −por la Iglesia, ella era muy católica− y a los tres años del matrimonio ella decide separarse, sin aportar una razón que explique esa decisión. Tengo que pensar que se cansó de hacerlo con el mismo.

Sería inútil citar más ejemplos pues todos vienen a ser lo mismo. Según se afirma, antes la gente se casaba por intereses, por desesperación, por aburrimiento, lo que fuera; pocas veces por eso que hemos dado en llamar «amor romántico» y el caso es que eso unido a la inexistencia del divorcio sucedía que mal o bien los matrimonios duraban y duraban...

Creo que en los últimos tiempos el cine, la televisión y hasta la literatura −¡hay gente que lee!− han creado falsas expectativas y son muchísimos los que se casan pensando que todo va a ser eterno, que han encontrado su unicornio y que van a disfrutar hasta la muerte. No han leído que el enamoramiento dura poco, un par de meses hasta un par de años como mucho. Que hay que buscar otros argumentos que animen a permanecer juntos incluso disfrutando de esa situación. La alternativa es darse de narices con la realidad y abandonar todo intento; o probar una vez, y otra, y otra... arrastrando a esos posibles hijos de un matrimonio a otro y llegando a juntar una bonita colección de hijos de distintos progenitores.

En tanto, la mujer puede aprovechar una legislación que la favorece para desplumar y hundir al ex marido. Es una posibilidad para combatir el aburrimiento y la descapitalización.