29 abril 2021

A peor

Acabo de leer en la prensa que según una encuesta realizada recientemente, al 78% de los votantes del PP les gusta o les es indiferente que Vox forme parte del gobierno de la Comunidad de Madrid tras las elecciones del próximo 4 de mayo. ¿Cómo hemos llegado a esto?

No hace falta decirlo: la democracia es que cada uno piense como le parezca y pueda manifestarse consecuentemente, incluso en las elecciones, ¿es esto totalmente cierto? Pues no; la vida está llena de límites y hay también límites a la acción política de los ciudadanos.

No hace mucho, se publicó en la prensa el contenido de un chat en el que participaban militares afortunadamente ya retirados, y una de las cosas que alguno de ellos manifestaba −un ex general− era la necesidad de fusilar a 26 millones de españoles calificados por él de hijos de puta. Así de rotundo, así de claro, así de brutal. ¿Era eso una forma de opinión permisible? No hace falta explicarlo, rotundamente no. Eso sí que es una manifestación de odio y no otras que el gobierno sanciona.

En España tenemos dos fuerzas políticas legalmente implantadas que son responsables de buena parte del sustento de los cafres nacionales, que la mayoría de las veces ni siquiera militan en esos partidos: Podemos y Vox.

Desde luego, el apoyo a los escraches, a los okupas, la excesiva publicidad y resonancia de la homosexualidad y casos de trangénero −no está de más recordar que las cosas tienen género, las personas sexo−, el ataque continuo a la lengua española con el desdoblamiento, a veces triple, como en el caso de "niños, niñas, niñes" que tanto gusta a Irene Montero, la defensa de la inmigración ilegal masiva, la exhibición de banderas y símbolos nazi-fascistas, un lenguaje de inducción y exaltación de la violencia, etc. no han ayudado ni ayudarán a la convivencia pacífica.  

"Podemos" posee un pasado de pocos años en el que se manifiesta la escasa fiabilidad de sus sentimientos democráticos y multitud de veces han evidenciado que lo que desean es la derrota, como sea, de sus adversarios. Ese juego peligroso les ha dado una fama que desgraciadamente se ha asociado parcialmente a otras fuerzas de izquierdas y que daña las posibilidades electorales de esa parte del electorado.

"Vox" tiene una historia corta y, lamentablemente, llena de episodios de violencia física y verbal. Su candidata para la Comunidad de Madrid es sencillamente desagradable, pero... ya se sabe, hablamos de una parte de la población a la que no importan los medios para llegar al poder y expulsar a cualquier otro. El problema es que el actual dirigente del PP Pablo Casado es una persona de escaso carisma y débiles convicciones democráticas y por ello está entusiasmado con Díaz Ayuso si eso supone aumentar sus posibilidades, sin percibir que eso puede significar su propia desaparición. Sería terrible tener a Isabel Díaz Ayuso como futura candidata a la presidencia del gobierno de España y eso es lo que ella persigue; eso es lo que quizás nos jugamos en las próximas elecciones de Madrid.

¿Cómo pueden obtener tan fácilmente el triunfo fuerzas claramente antidemocráticas? Fácil: la falta de cultura y preparación. España ha pasado de una situación de indigencia de siglos a un cierto bienestar material sin pasar por una etapa de asentamiento y extensión de la cultura como ha habido en otros países europeos en los que, además, como es el caso de Italia, Alemania, Francia, Austria, etc. el fascismo en cualquiera de sus formas fue aplastado mientras que aquí se sigue permitiendo la exaltación de aquella escoria del fascismo que fue el nacional-catolicismo del desaparecido dictador. Este es el país de ¡Vivan las caenas! y llevamos dos siglos padeciendo a esos energúmenos. Que dios −o Zaratustra− nos libren de ellos y de tener a Rocío Monasterio como vicepresidenta de la Comunidad de Madrid.

22 abril 2021

CaixaBankia

No es asunto que merezca una entrada completa, pero me cuesta quedar en silencio cuando presencio y soy víctima de un atropello de este calibre.

Allá por 2012, gobernando España don Mariano Rajoy del Partido Popular, tuvo lugar un rescate bancario que empobreció aún más a los españoles, pues es del bolsillo de todos de donde salieron los 63.000 millones de euros que costó la broma. Por cierto, hay vídeos donde puede verse al señor Rajoy prometiendo que el rescate "no nos iba a costar ni un euro" a los españoles. Otra mentira más y las de su partido suelen salirnos caras: hemos pagado y perdido casi todos esos euros, alrededor del 92% del total.

Ahora se produce la fusión entre CaixaBank y Bankia y como se dice castizamente, "lo pasao, pasao" o, si lo prefieren, "pelillos a la mar", pero me gustaría saber desde cuándo pueden fusionarse y desaparecer empresas entrampadas hasta las cejas. Hasta la fecha Bankia ha devuelto menos de 5.000 millones de ese rescate lo que deja pendiente una deuda superior a los 19.000 millones. Para compensar semejante robo, la fusión va a suponer el cierre de más de 1.500 sucursales y el "ajuste" −ahora se llama así− de unos 8.300 empleos. Estos trabajadores quedarán parcialmente a cargo del Estado y usted y yo pagaremos los gastos. Menos puestos de trabajo, peor servicio y más alarde de impunidad.

No todo van a ser malas noticias: el actual presidente de Bankia, un tal Goirigolzarri −el de cara ratonil−, será el nuevo presidente de CaixaBank y su salario actual de algo más de 500.000 euros anuales pasa a ser de 1.600.000 euros. Es lo menos por cerrar la boca, ¿no?

Mientras, el BBVA se envalentona al contemplar esa fechoría sin consecuencias y decide hacer un ERE de 3.800 Trabajadores. Es natural que Casado o Abascal contemplen la situación con indiferencia, pero no oigo los gritos de Calviño, Yolanda Díaz o del Robin Hood con moño, ¿todo bien?

Eso sí. La ciudadanía no está interesada en el asunto y lo que de verdad nos preocupa son los efectos secundario del 0,000001% de la vacuna AstraZeneca y qué hacer con las segundas dosis. Así somos.

14 abril 2021

No entiendo nada

Hace ya bastantes años a los franceses les dio por colocar delante de los adjetivos (y otros) el aumentativo "hiper". Mareaba que todo fuera hiper... después supe que fue un uso que empezó en las escuelas y rápidamente se extendió a los adultos. Ignoro si actualmente continúan con esa costumbre, pero me temo que sí porque las memeces suelen ser persistentes.

En España nos contagiamos rápidamente del vicio gramatical, pero como carecemos de aquello de la grandeur fuimos más modestos y nos conformamos con lo de «super», aprovechando que ya existían palabras con ese comienzo en nuestra lengua y no pasaba nada: superfluo, superior, superficie, etc. (pero no es lo mismo). Esta costumbre también comenzó a extenderse entre niños y adolescentes y, al igual que en Francia, los adultos lo adoptaron como suyo. Hoy es imposible escuchar lo establecido en la gramática, porque todos adoran lo de super.

Nuestra lengua pone a nuestra disposición tanto el adverbio 'muy' como el sufijo '-ísimo' para formar el grado superlativo de un adjetivo, pero eso no debía parecer bastante −ni suficientemente moderno− y todo el mundo eligió lo de superbueno, superlejos, superbonito, etc. prescindiendo de lo que había sido un uso normal durante siglos. Inocentemente creí que sería una moda pasajera, pero lleva ya más de 25 años y no tiene trazas de desaparecer, entre otras cosas porque la mayoría debe haber olvidado totalmente que dispone de aquello de 'muy' y '-ísimo'. Si lo de "súper" hubiera sido sugerido (no digamos impuesto) por la RAE, habríamos tenido manifestaciones y disturbios, pero...    

Ya puestos a imitar a los franceses, observamos que ellos para decir "hoy" emplean nada menos que "aujourd'hui" y aquí decidimos que lo nuestro sabía a poco y por eso una mayoría decidió abandonar esa sencillez y decir en su lugar 'a día de hoy', exacta traducción del francés, mucho más molón que las tres letras de siempre.

Lo he dicho muchas veces: hasta los pasados años 90 la mayoría de los españoles hablaba haciendo la debida distinción entre "oír" y "escuchar"; un esfuerzo mental mínimo. Quizás hayan sido los erróneos planes de enseñanza, quizás una pandemia no percibida ni denunciada, quizás el contagio de nuestros 'hermanos' americanos, casi de repente el verbo oír se extinguió y fue sustituido por escuchar. Y digo pandemia porque lo más curioso es que nadie recuerda cómo hablaba antes. Incluso el otro día viendo el noticiario en la televisión, se reproducía una escena en la que hablaba no sé cuál político norteamericano; pude oír cómo el político decía claramente en su discurso 'I heard' y aquí se subtitulaba con todo desparpajo como "escuché". Está claro que el problema lingüístico de los españoles no es que no se sepa inglés; el problema −muy grave− es que no se sabe español. Aquí los disparos, los truenos, las explosiones, los frenazos, etc. no se oyen: se escuchan. Si falla la cobertura o la línea telefónica se dice "no te escucho bien" y tan tranquilos. Sin remordimientos ni bochorno.

El otro día vi un titular en 'Diario de Sevilla', firmado por un catedrático de Historia Medieval de la Universidad de esa ciudad, titulado "Vindicación sevillana de un rey santo: Fernando III". Quizás deba recordar que ese santo es el que expulsó a los moros de la ciudad en 1248 incorporándola al reino de Castilla y que por ello no sé si querido, pero siempre ha sido un personaje respetado, bastante considerado y hace siglos canonizado. Lo curioso es que según el diccionario de la RAE 'vindicar' es «Defender, especialmente por escrito, a quien se halla injuriado, calumniado o injustamente notado». ¿Alguien había injuriado a Fernando III? Ni hablar; simplemente el catedrático ignoraba lo que decía y sustituyó el verbo 'reivindicar' por 'vindicar', asumiendo que dado el parecido, venían a significar lo mismo y de camino se mostraba más moderno, críptico y original que cualquiera. Nadie en el periódico se dio cuenta de la memez, algo normal en ese diario.
 
Hace pocos días el diario "El Mundo" decía en un titular y más tarde en el texto, que no recuerdo qué personaje había sido puesto 'contra la espada y la pared' en lugar de 'entre la espada y la pared'; ¿qué imagen les trae aquella disparatada expresión?, ¿espachurrar a alguien contra la pared y encima arriesgar sacarle un ojo con la espada? No tiene nada de extraño, la vocación mundial de este diario no le permite perder el tiempo para conocer la lengua local, por ello sus disparates gramaticales y faltas de ortografía son frecuentes.

La última es más una sorpresa que una queja sobre el lenguaje cotidiano. Resulta que durante muchísimos años en España dábamos el nombre de 'tráiler' −aparte de a cierto tipo de camión− a eso que anteriormente se llamaba 'avance' que en realidad significa según la RAE, «m. Cinem. Fragmentos de una película que se proyectan antes de su estreno, con fines publicitarios». Heráclito debería estar pensando en los españoles cuando dijo −más o menos− eso de 'Todo cambia, nada permanece'. Así es y ahora al tráiler/avance se le denomina 'teaser'.

Se lo había oído decir a alguien cercano y pensaba que era una originalidad suya, pero hace un tiempo que voy viendo contantemente el palabro en la prensa hasta el punto de haber desahuciado a lo que usábamos antes. Ya lo saben quienes no estén al tanto: 'teaser' (pronúnciese tíser). De nada.  

*Y ya que estamos, apostaría que nadie ha relacionado la ilustración con el contenido de la entrada así que lo aclaro: resulta que tradicionalmente se afirma que el rey de espadas es la representación del rey Fernando III el Santo. Ni quito ni pongo.

01 abril 2021

El estrecho de Gibraltar y otros delitos

Ahora que está tan de moda arrojarnos unos a otros acusaciones sobre comportamiento social, quizás no esté de más repasar un poco qué entendemos por alguna de ellas, si son justas estas acusaciones y qué buscamos al lanzarlas.

La acusación de racismo combinada con la de xenofobia es de las más completas, porque hay infinidad de factores que pueden combinarse en esa actitud. El principal es la inmigración descontrolada, que indigna y ofende a muchos porque cuesta entender cómo se puede ser favorable a la recogida en el Mediterráneo de todo tipo de embarcaciones llenas de africanos −y algunos que son de más allá− que simplemente están convencidos de que la vida en Europa es puro lujo y sin más pensárselo recogen todo el dinero que puede facilitarle su familia y se embarcan en esa aventura, la mayoría de las veces sin ninguna preparación ni oficio e incluso desconociendo todo sobre el idioma español, portando frecuentemente enfermedades, violencia y produciendo gastos que pagamos otros. 

Esos que vienen son los verdaderos racistas, porque no dudan en abandonar el país en que nacieron, despreciándolo por tanto, sin más miramiento y sin ni siquiera plantearse hacer algo allí que mejore la situación que tanto les molesta. No sé si son los mejores como afirmaba la bienintencionada y desquiciada Manuela Carmena, pero la obligación de esos buenos mozos sería no arruinar a su familia y quedarse allí trabajando para que su país llegue a ser realmente un país y no un erial del que han huido "los mejores".

En España nadie se considera racista y en general casi no existe el racismo, pero es tópica la pregunta a quienes se consideran libres de ese prejuicio "¿no te importaría que tu hija se casara con un negro?". Ahí la cosa se complica porque seguramente, entre los que tienen hijas, el 99% contestará −o pensará solo− que no le causaría excesivo entusiasmo, por decirlo de una manera suave. Lo que tiene más gracia es que a nadie se le ocurre que exista racismo en sentido contrario: son muchos los negros que no quieren trato cercano con los blancos, que por cierto es como nos llaman ellos a nosotros. Sin embargo lo primero que hace un negro que se enriquece, en África o en América, es emparejarse con una blanca, rubia a ser posible, ¿no es eso racismo?

Cuando hace décadas se acordó crear una comisión internacional para estudiar la construcción de un túnel o puente que cruzara el estrecho de Gibraltar me pareció una idea estupenda. Ahora, los acontecimientos de los últimos años me hacen desear que las placas tectónicas entre Europa y África aceleren su suave desplazamiento y que ese estrecho aumente hasta alcanzar cien kilómetros más. Hablaríamos del canal o ancho de Gibraltar y probablemente disminuirían las fuertes corrientes marinas actuales, el atroz viento de levante que de vez en cuando azota aquellas costas de Cádiz, los daños a los mamíferos marinos y seguramente la facilidad para meterse en una embarcación, incluso de juguete, para probar la aventura europea.

Otra acusación frecuente es la de homófobo o, todavía más moderno y completo, tránsfobo. Hasta 2014 el diccionario de la RAE definía homofobia como «Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.». Hubo alguna intervención desde vaya usted a saber dónde y lo cambiaron a «Aversión hacia la homosexualidad o las personas homosexuales». Es decir, en 2014 usted tenía todo el derecho a odiar los callos a la madrileña y no estaba obligado a sentir simpatía alguna hacia la homosexualidad. Con no pedir ese plato en un bar o restaurante y no obsesionarse con los homosexuales todo iba bien. Pero eliminaron lo de "obsesiva" y lo redondearon incluyendo tanto a las personas como el concepto, de manera que ahora si usted siente lo mismo que antes, sin moverse de su sofá, está cometiendo un delito de discriminación y actitud antisocial; un delito de odio. No me gustan las imposiciones sobre el pensamiento, así que me he vuelto un poco más radical acerca de los callos a la madrileña.

Por suerte o desgracia quienes me han rodeado desde niño han sido mayoritariamente mujeres, lo que me ha ayudado a entenderlas, apreciarlas, defenderlas y hasta amarlas. Pero llegó el feminismo militante agresivo de esas que se empeñan en circular «de noche, solas y borrachas» y dispuso que las mujeres deberían estar necesariamente en todas partes en puestos de relevancia (aunque haya que meterlas con calzador) y al tiempo detestar a los hombres. Ahora las mujeres dirigen muchísimas películas, escriben la mayoría de los libros que se publican, se nos dice que han inventado casi todo y son mayoría notable en el consejo de ministros, lo que no impide que muchas otras alcancen notoriedad acompañando a futbolistas como WAG (wifes and girlfriends) o lleguen a ministra porque "su chico" en el gobierno lo exigió así.  

Aparte la definición de ministro que contiene el diccionario, puramente gramatical, un ministro debe ser alguien con la adecuada formación previa, interesado en el bienestar y mejora de los ciudadanos, no el que aproveche su lugar de privilegio para imponer sus propios criterios a todos por encima de todo.

17 marzo 2021

Querulancia

He descubierto hace unos meses un término usado en psicología y que según el diccionario significa «Reacción hostil y reivindicativa de sujetos que se creen lesionados y consideran que el perjuicio que se le causa ha sido subestimado». Por descontado, existe la palabra «querulante» que es el que tiene este padecimiento o, lo que es lo mismo, el «querellante patológico».

Que nadie se asombre por la aparición de una nueva palabra. Constantemente aparecen y se usan profusamente nuevos vocablos −escasamente lícitos y muchas veces mal construidos− generalmente de origen extranjero. Por ejemplo, nadie reclama por la presencia casi diaria de tsunami hasta el punto de que ha sido incluido en el diccionario de la RAE y lo curioso es que casi nadie sabe diferenciar entre esto y lo que usábamos toda la vida, eso de maremoto que viene a significar casi lo mismo o, mejor dicho, lo de tsunami es de significado más reducido, puesto que no es más que una consecuencia frecuente de los maremotos a lo que antes siempre llamábamos ola gigante, pero lo cierto es que la palabra maremoto ha desaparecido. Es como si rastreamos una palabra nueva para referirnos a las grandes grietas que se abren en el suelo como consecuencia de un terremoto, ¿vamos a buscar una palabra para cada consecuencia de un seísmo?

¿Cuántas veces han oído o leído últimamente la palabra runners?, si miran en el diccionario de inglés verán que su significado es corredores. ¿Y lo de riders para referirnos a esos esclavos modernos que montan en bicicleta yendo de un lado a otro llevando una caja en la espalda donde almacenan nuestro encargo de un restaurante o lo que proceda?; por cierto que significa jinetes, entonces, ¿qué necesidad hay de acudir a un vocablo inglés? Pues que hay que ser o parecer modernos, porque la modernidad mola.

Sabemos que vivimos en un valle de lágrimas −llamémoslo así− y recibimos a diario pruebas de que esto es real sin ninguna duda, de manera que solo nos quedan dos opciones: 1) tomarnos las cosas como si no fueran con nosotros, aunque eso suponga con frecuencia renunciar a la propia dignidad o a nuestros derechos, o 2) desenvainar la espada y tratar de evitar que esos desaprensivos se burlen de nosotros hasta causarnos daño o perjuicio. Adoptar una u otra postura está condicionado por nuestro carácter, por nuestra autoestima.

Apenas oí eso de querulancia me apliqué esta dolencia o, mejor dicho, entendí que muchos otros estarían entusiasmados de aplicarme este calificativo. Porque la verdad es que me cuesta quedarme callado cuando observo o sufro algún atropello, porque está generalizado; los atropellos son constantes y numerosos, aunque haya sufridos que ni se den cuenta o consideren de rojo peligroso rebelarse contra ese abuso. Lo de rojo no es broma, conocía a alguien que pensaba así de los que reclamaban.

Con esa excusa que vale para todo, hablo de la globalización, parece que se ha abierto la veda del ciudadano y por lo tanto se acabó el trato más o menos individualizado, ahora somos solo un espécimen más o menos humano. Recuerdo lo que me ocurrió hace ya bastantes años, que es muy significativo. Resulta que tras un viaje a EE.UU. traje de allí un teléfono de sobremesa que era −entonces− una maravilla nunca vista, así que tiré el trasto con el que me apañaba hasta entonces y coloqué el prodigio tecnológico en mi mesa. Yo entonces era usuario frecuente de la "llamada en espera" y por lo tanto de la tecla "R" que regula el paso a uno u otro llamante, pero resultaba que la tecla no funcionaba, así que llamé a Telefónica (entonces era mi operadora) y le conté mi problema. Me pasaron con un técnico al que relaté mis penas y de inmediato me tranquilizó diciendo «no se preocupe, la tecla R es una puesta a tierra y simplemente en EE.UU. esa puesta a tierra tiene una duración de fracción de segundo diferente que en Europa, pero ahora mismo ajusto su línea para ese aparato». Así debió hacerlo y de inmediato mi tecla funcionaba como dios manda. Era una persona que sabía lo que hacía y quería hacerlo.

Transcurridos cinco o seis años la tecla dejó de funcionar de nuevo, así que llamé a Telefónica muy ufano porque hacía poco que esa compañía había estrenado lo que llamaban "atención personalizada". Muy "personalmente" me informaron de que ya no se andaban con pamplinas y que más me valía cambiar de aparato telefónico. Punto final.

De manera que, si ya no lo consideran así, cuando una compañía de servicios le hable de su "atención personalizada" ya sabe que no le van a hacer ni pajolero caso, porque esa expresión se refiere en cualquier caso al tiempo que media entre la compra del artículo o la toma de contacto con la compañía y el pago del objeto o la firma del contrato; después de ese momento olvídese de atención de cualquier clase. Eso sí, le tutearán en señal de cercanía y afecto extremo.

02 marzo 2021

El desprestigio de los años

Recuerdo que cuando yo era niño o joven se respetaba a los mayores porque sí, porque siempre había sido así y porque en aquella época todavía existía la palabra respeto llena de efectividad y significado. También es cierto que entonces la gente mayor se moría con más frecuencia y no como ocurre ahora, que hay viejos para dar y tirar. Ha coincidido la desaparición del respeto hacia otros entre los jóvenes y al tiempo ha aumentado enormemente el número de personas que alcanzan la vejez.

Y es que, no nos engañemos, la abundancia de algo lleva aparejada la disminución de su valor, por lo que es bastante lógico que haya disminuido la cotización de los muy maduros, salvo casos como el de la ilustración en que se sigue respetando −o fingiendo que se respeta− a alguien por mucho que chochee. Lo que no es de recibo es la desaparición del respeto a los demás en general y a quienes tradicionalmente recibían esa deferencia incuestionablemente: mayores, sacerdotes, agentes de la autoridad y otros.

España ha pasado a ser el país más democrático del planeta (¡mentira!) y por eso el tuteo se ha impuesto en todos los entornos. Yo trato de resistirme porque veo un cierto abuso de confianza no deseado con perfectos desconocidos que no deberían atreverse a eso, pero es inútil. En los bancos, el reponedor del supermercado, atención al cliente de cualquier empresa... aunque si no me pilla con desgana yo suelo decir «no se lo tome a mal, pero ¿podría abandonar ese tuteo que no he pedido?». No todos se lo toman bien; peor para ellos. Hasta El Corte Inglés se ha pasado al bando de los sin modales.

El otro día usaba un bote de champú, con los textos en español/portugués como ahora es habitual, decía ÚSALO ASÍ / UTILIZE-O ASSIM; es decir, en español como una orden del sargento al recluta y en portugués educadamente. No es de recibo y he reclamado al fabricante que me ha contestado que estudiarán cambiarlo. Puede ser verdad o simple cortesía comercial, pero no me hago ilusiones.

Los mayores, a veces, somos así. Y creo que algunos somos una especie a extinguir que debería ser protegida de alguna manera, en vez de rezar cada día para que la parca se emplee a fondo y ahorremos así una pasta al Estado con el pago de las pensiones. Ya le llegará a cada uno lo inevitable, pero tengamos en cuenta que puede ocurrir como a mi abogado, que al redactar mi testamento me sugirió ponerse de albacea, porque era más joven que yo; ahora hace más de ocho años que pasó a mejor vida; un infarto imprevisto se lo llevó por sorpresa dejándome sin abogado y sin albacea.

No es difícil percibir cierto desprecio obligado por parte del interlocutor de turno, que da por sentado que un jubilado es necesariamente un zoquete que encima no tiene demasiado valor social. Se equivocan; sucede que −salvo dolientes− el que es un adoquín a los 70 seguramente lo era a los 40, lo malo de la edad es que evidencia lo que ya había. Sucede con la manera de conducir: el que no sabía conducir con 40 años va a conducir fatal con 70, y el que era un conductor aceptable seguirá así durante bastantes años (no por los siglos de los siglos, está claro) porque es cierto que no se conservan todas las habilidades, pero se suplen las que disminuyen con el aporte de la experiencia. Por eso me indignan los que de vez en cuando piden que se les retire el carnet a los mayores de 60 o se establezcan exámenes más difíciles a partir de esa edad, ¿por qué más difíciles?, ¿es que no hay jóvenes más que peligrosos?, ¿es que ellos no piensan ser mayores nunca y seguir entusiasmados con Pablo Rivadulla y sus clones?

Sé de alguien a quien los hijos tuvieron que retirarle el carnet de conducir a los 72 por su excesiva tendencia a circular por las aceras en ciudad o por las cunetas cuando iba por carretera; siempre había sido así. Tengo un amigo desde hace casi 60 años que era un peligro conduciendo de joven y no ha perdido un ápice de peligrosidad en la actualidad, él lo niega por supuesto, aunque debe pensar que las líneas continuas en carretera son puestas como adornos para pasear sobre ellas: todo el mundo, joven o viejo, está convencido de que su maestría al volante llama la atención de propios y extraños. Es raro el caso de un joven de 29 años que conozco que prefiere que conduzca otro porque cree que él lo hace muy mal.

Es muy significativo cuando se habla del propio gusto artístico (música, cine, literatura...) y uno antepone sus propias preferencias frente a las de los jóvenes (reguetón y poco más). La descalificación más terrible surge de inmediato: ¡¡eso es antiguo!! Pobre Mozart o Frank Sinatra o Fred Astaire. Hoy en día lo más valorado es la modernez, pero ya saben que todo lo moderno deja de serlo sin demasiada demora.

Cuando yo era adolescente supongo que también miraba con superioridad a los viejos, pero los respetaba y ese respeto lo conservo hacia los mismos que respetaba durante mi adolescencia y madurez, incluidos los sacerdotes; pese a que soy anticlerical.

Por si está interesado: hace años ya traté la manía del tuteo, aquí >> Manía de viejo


22 febrero 2021

Insisto (si me lo permiten)

Otra vez pasa el 22 de febrero sin que El País, donde trabajó durante 23 años, o cualquier otro medio ofrezcan un recuerdo del genio que supo poner humor de fondo a España durante casi 50 años, cambiando incluso nuestra forma de hablar, el hombre que mejor ha entendido España en décadas. Hablo de Antonio Fraguas de Pablo, más conocido como Forges, que se fue mucho antes de lo que debería, el 22 de febrero de 2018. Yo, y supongo que algunos más, lo seguimos recordando, lo echamos de menos.

17 febrero 2021

De la música a la nada

Desde un enlace en no-sé-qué artículo de un diario he ido a caer en un vídeo de YouTube que contenía diversos pasodobles interpretados por la Deutsche Radio Philharmonie. Tengo que advertir antes de nada que estoy −y estaba− muy lejos del típico maduro que de siempre ha ondeado una bandera al escuchar música española, pero lo cierto es que me he emocionado al contemplar la interpretación de esos pasodobles con un virtuosismo admirable; puede que se conmoviera hasta un gallego. La duración total era de tan solo algo más de doce minutos, pero dio tiempo a interpretar esas obras maestras que son El gato montés, España cañí y algunos más que no recuerdo, incluido uno poco conocido por mí que se llama Gerona, escrito tal cual (en castellano). Quizás deba advertir que la música que más me gusta y escucho desde que era casi un niño es el jazz y allegados.

No he podido evitar pensar que cuando desaparezca mi generación, casi se puede apostar que desaparecerá cualquier admirador de aquella música porque, sencillamente, no se conoce y su entorno natural, las corridas de toros, está próximo a la extinción. Tengo bastante certeza de que a la casi totalidad de los menores de cuarenta años ni les suenan semejantes reliquias.

Inevitablemente me ha venido a la memoria mi abuela materna, que era profesora titulada de piano −no ejerciente−, tocando y cantando en casa con una voz delicada obras de ese estilo y piezas de zarzuela. En fin, no se valora lo que se tiene, simplemente se añora cuando se pierde. ¡Lo que yo daría por escuchar ahora aquellas interpretaciones!

El caso es que después de escuchar esos pasodobles, Youtube me enganchó −como creo que suele hacer− a otro vídeo de fragmentos de zarzuelas tocadas también por una orquesta alemana o austriaca −da la impresión de que son las únicas que ahora interpretan esas piezas− cantados por Plácido Domingo y una soprano llamada Ana María Martínez −elegante, atractiva y muy buena intérprete− que según descubrí buscando en Internet, es puertorriqueña.

Cuando era joven consideraba la zarzuela cosa propia de gente rancia a la que gustaba la música rancia. Ya hace años que me di cuenta de que ese género incluía piezas verdaderamente geniales, así que disfruté enormemente escuchando aquello y viendo cómo era aplaudido por el público germano. Creo recordar que era bueno ser joven, pero ¡hay que ver la cantidad de cosas que se desprecian por pura ignorancia y soberbia!

En el repaso que hago diariamente a media docena de periódicos, vi a continuación un titular que me llamó la atención: "Las 20 canciones más escuchadas en España en 2020" y pinché el enlace por supuesto que convencido de que no conocería ninguna de ellas porque no escucho la radio y esquivo cuidadosamente los programas "musicales" de televisión. Cada canción tenía un texto de unas diez líneas que la comentaba y el correspondiente vídeo, así que me dispuse a darle una vistazo a todas ellas, para tener una idea de cómo anda el asunto musical entre los jóvenes.

Supongo que no hace falta decirlo: de las diez canciones, nueve eran eso que llaman reguetón, interpretados por lo que deben ser figuras del autotune españoles e hispanoamericanos y la décima obra maestra era interpretada por una australiana en la que deposité mi esperanza de escuchar algo que mereciera la pena, no en vano los hermanos Gibb −los Bee Gees−  eran de allí, pero no era el caso; la australiana tampoco valía nada. Como oí decir el otro día a alguien, ¿te acuerdas de cuando se cantaba música y era tocada con instrumentos?

Ese nombre de reguetón −reggaetón para los más iletrados− me parece perfectamente elegido, pues a lo que se refiere no es reggae ni es nada y de eso va lo que ahora gusta: nada.

Hasta ahora yo consideraba el reguetón como un producto efímero y destinado a los que no saben ni lo que es la música. Lamentablemente está durando más que una simple broma y se ha impuesto casi en exclusiva en el gusto de los jóvenes, avanzando el nivel de los que mañana dirigirán el país, el mismo país que produjo toda esa música de la que hablaba al principio.


01 febrero 2021

No, estimado Javier Marías

Cada domingo y tras la ducha y el desayuno, me siento en el ordenador con impaciencia por leer el artículo que ese festivo publica en El País este escritor, porque es persona que me agrada en lo que escribe y hasta como persona en lo que sé de él, que tampoco es mucho, pero observo que es tranquilo, poco dado al insulto o la descalificación y, aparentemente, hasta buen hijo, virtudes todas ellas que escasean en este país más dado a la bronca y el insulto que al diálogo. Hasta ahora.

Ya le dediqué una entrada en este blog y lo he mencionado algunas veces, siempre para bien porque me agrada lo que cuenta y cómo lo cuenta, aunque últimamente ya me ha fastidiado varias veces no por dar opiniones diferentes a las mías, que eso no importa, sino por fallar en todo eso que considero su mejor virtud: su continencia. Ha habido siempre unos agujeros en ese comportamiento y es cuando se manifiesta como fumador activista o el aficionado al fútbol que es, lamentablemente ese espectáculo no ayuda a sus espectadores a estimular el equilibrio y la moderación y está claro que cuanto más se frecuenta más disminuyen las virtudes por las que lo admiro.

Hay un personaje al que también admiro pese a que es denostado por buena parte de los españoles. Me refiero a Salvador Illa, que ha demostrado saberse comportar a lo largo de un año en un puesto de la Administración que prometía ser tranquilo y plácido como un lago suizo y que para él se transformó poco después de su advenimiento en un infierno.

He oído decir a ese dechado de equilibrio y templanza que dirige el PP que el tal Illa es "el peor ministro de Sanidad de todo el planeta". Yo quisiera saber cuándo ese pobre extraviado ha examinado la trayectoria de los ministros de sanidad de países como Azerbaiyán, Paraguay o Lituania −por poner unos ejemplos− para permitirse tal afirmación. Yo no poseo datos para decir que Salvador Illa ha sido el mejor ministro del mundo, pero sí le he visto afrontar una situación muy difícil con escasez de medios −los muy reducidos que dejó un tal Rajoy− y siempre sin atacar o devolver los dardos que recibía. No sé si es un ministro maravilloso, aunque con seguridad no tan infame como afirma el ilustre Pablo Casado, creo que en general la llegada de la pandemia ha sorprendido a todos sin la preparación ni los medios precisos y pienso que Illa se ha comportado decentemente y no ha abundado en aspavientos.

He visto afirmar maravillas sobre la marcha de la pandemia en Francia, Bélgica, Portugal, Alemania, etc. (no hablo de la catástrofe de los EE.UU. de Trump, del Brasil de Bolsonaro o el RU de Boris Johnson). Tarde o temprano todos aquellos países han ido sucumbiendo a la adversidad del virus y sufrido tanto o más que España. Hay una excepción: Nueva Zelanda ha sufrido una muy baja incidencia del covid-19 gracias a que está apartada del resto del mundo y apenas recibe turistas desde su vecina Australia, también con pocos casos de virus por la misma razón. Aquí a la derecha se le llenaba la boca de elogios a la primera ministra neozelandesa por lo bien que llevaba la pandemia, pero de repente cesaron esos elogios y el silencio cubrió su nombre y su país. La razón es bien sencilla, esa primera ministra Jacinda Ardern había cometido la osadía de declarar que el líder que más respetaba y admiraba en el mundo era Pedro Sánchez, seguido de la primera ministra de Dinamarca Mette Frederiksen. Se acabó Nueva Zelanda y la roja de su dirigente, ¡habrase visto!

Hoy, Javier Marías ha caído en la misma estupidez que el ilustre guía del PP: ha mezclado para descalificarlos al presidente del gobierno, Ayuso, Almeida, Iglesias y alguno más. Al tiempo ha calificado a Illa de desastre, que no organiza ni gestiona. Ojalá pudiera preguntarle al ilustrísimo Marías qué es lo que sabe acerca de la gestión real de Illa aparte de lo que dicen los medios casi siempre formando coro con la derecha. Tengo que admitir que no tengo evidencias de la buena o mala gestión de Illa, en la duda debo confiar, ¿por qué lo voy a insultar como él hace? La prensa solo hablará bien de un presunto socialista: Felipe González Márquez, justamente porque no lo es. ¿Le gusta ese, señor Marías?

22 enero 2021

El civismo (y su carencia)

En una época de búsqueda de la eficiencia como la que vivimos es inevitable preguntarme ¿qué gano escribiendo sobre esto y lo otro? Seguramente a usted también le intriga y yo le voy a responder: no gano nada. Nada de nada. Quizás dejar un rastro recuperable para que yo mismo pueda, con el paso de los años, comprobar qué me preocupaba e inquietaba antaño.

Estoy leyendo estos días por segunda vez un libro escrito por el académico Fernando Lázaro Carreter −fallecido hace ya dieciséis años− en el que se recopilan artículos escritos por él en la prensa hace lustros. Fue un libro de mucho éxito en su momento −lo compré y leí en 1998− y los artículos dieron incluso para editar una segunda parte que también poseo y leí en su día. Libros muy leídos y poco seguidos.

Teóricamente tratan sobre errores habituales en el habla en el último cuarto del siglo pasado, pero en realidad es mucho más que eso, pues como sostiene el autor −y muchas más personas entre las que me encuentro− el habla de los habitantes de un país refleja el modo de vida, su nivel de formación y hasta su civismo. Lamentablemente queda muy claro que de esto último queda muy poco, pero es que si el autor levantara la cabeza moriría de nuevo horrorizado porque no es que se hayan cumplidos sus previsiones más pesimistas sobre el lenguaje, es que ha sido mucho peor que todo lo que él pudo prever.

Señalaba fundamentalmente los errores publicados en la prensa o los disparates proferidos por los presentadores de televisión. Ahora andaría desquiciado si pretendiera seguir con ese señalamiento, porque la cantidad ha aumentado de tal manera que es imposible el recuento. Se dicen disparates o se escriben faltas de ortografía que avergonzarían a un párvulo medianamente pudoroso. Sin ir más lejos, ayer oí decir a un tertuliano de Al Rojo Vivo en la Sexta eso de "preveyendo", algo que se creía ya desterrado. Poco antes, el simpático corresponsal en Washington afirmaba que "se escuchaban tres helicópteros"; un prodigio.

El problema de fondo es que si hablar bien iba perdiendo atractivo para la mayoría, hoy intentar expresarse y escribir correctamente despierta el desprecio y hasta la ira de los que están al margen de este interés.
 
Estoy convencido de que el incivismo acompaña al desinterés por la lengua de todos y de ahí que los niveles alcanzados sean deplorables en ambos casos. Vivo en una casa de tan solo diez vecinos distribuidos en cinco plantas. La basura tiene que dejarse en tres cubos de tapas de colores diferentes que se encuentran en un pequeño recinto de la planta baja: amarillo (envases plásticos), tapa marrón (orgánica) y tapa naranja (restos). Simultáneamente todos hemos recibido un extenso folleto con instrucciones dadas por el ayuntamiento y un aviso en la pared recuerda que los envases de cartón y el cartón mismo, así como las botellas tienen que llevarse a sus respectivos contenedores en la vía pública; disponemos de tres a menos de cien metros en las distintas direcciones posibles desde casa.

Es inútil: cuando usted va a dejar su bolsa en el cubo amarillo, encuentra que está lleno con envases de cartón porque algún vecino se ha comprado un televisor o ha recibido un encargo de Amazon en los que frecuentemente se conserva la etiqueta con el nombre del destinatario (a veces la arranca y la deja por allí). ¿Qué se hace con esta gente, teniendo en cuenta que la tortura o el fusilamiento no están permitidos?

¿Hablamos del respeto a los demás a la hora de estacionar? Es un problema universal que seguro que afecta −aunque mínimamente− hasta a los habitantes de Islandia. Si hay una ocasión en que se manifiesten con más violencia los instintos primarios es a la hora de aparcar el coche. Ahí no hay respeto que valga y no se deja paso para que pueda pasar alguien con un carrito de la compra, no digamos con un cochecito de niño o silla de ruedas, pese a las vistosas señales de "prohibido aparcar" que no interesan ni al ayuntamiento que las colocó ni a la propia policía municipal.

¿Hablamos del ruido que producen algunos vecinos? Yo disfruto de unos patanes en el piso de arriba −es ático− con los que ni siquiera mantengo relaciones desde que en 2005 le pedí amistosamente que pusieran fieltros en las patas de las sillas (dada la pasión familiar por el arrastre de ellas); se negó, creo que consideraba los fieltros "una mariconada". No se hablan entre sí; solo se gritan, y no sienten pudor porque nosotros sepamos obligadamente de todas sus ocurrencias; es como vivir bajo una corrala, si eso fuera posible. Son incluso ocasionalmente originales: el mes de abril pasado tuve que pedirles por favor que su hija −19 o 20 añitos− se abstuviera de hablar por Skype desde poco después de las 12 hasta las 5 de cada madrugada en el dormitorio encima del mío; con la misma naturalidad y frescura que si estuviera a mediodía hablando con una amiga en la playa. Era como tenerla gritándome al oído mientras yo intentaba conciliar el sueño.

12 enero 2021

Hablemos de Trump y "lo suyo"

Creo que en estos momentos ya está casi todo dicho sobre Trump y su esencia, aunque un tipo que ha sido −es todavía− presidente de un país de más de 325 millones de habitantes, que durante casi todo el siglo XX fue la potencia mundial a la que ni siquiera se aspiraba a alcanzar, tiene por descontado una repercusión en el resto del planeta de la que costará desprenderse.

Para mí la maldad es doblemente eficaz si la acompañamos de ignorancia suprema y esa es la razón por la que el peligro que representa ese personaje es tan terrible. Posiblemente muchos pensarán que la consecuencia del trumpismo no ha sido más que el retransmitido asalto al Capitolio de los EE.UU., sin caer en la cuenta de que el asunto va mucho más allá.

De momento ha animado a destaparse a los que son como él, gente que andaba más o menos sumergida, pero que ahora sienten que su causa es seguida por muchos, casualmente los más cazurros, gente que no está acostumbrada a pensar (o que tiene intereses económicos poco confesables) y a los que además solo interesa su propio e inmediato interés, sin importarle un bledo la contaminación, el cambio climático, el exceso de CO2, la deforestación, etc. etc. En EE.UU. reciben el apelativo de redneck, pero no pensemos que es un fenómeno exclusivo de aquel país.  

Los partidarios de Trump son en su país una minoría muy numerosa y de ahí que hace cuatro años consiguiera ganar las elecciones. Son en general gente de determinadas áreas del país que no se caracterizan por su inteligencia o su preparación y que se han visto satisfechos cuando ese presidente que eligieron se dedicó a halagar sus más bajas pasiones, ¡su ídolo era el que tenía a su disposición el botón rojo que disparaba los misiles!

En España hay partidarios y defensores de Trump y,  más que eso, abundan los que siguen la misma línea ideológica o de conducta. Se ha podido leer en la prensa, sobre todo en «cierta prensa», a quienes salen en defensa del que todavía es presidente de aquel país a propósito de ese hecho desgraciado y vergonzoso de la toma del Capitolio, y es fácil distinguirlos porque son los que hasta hace solo dos o tres meses repetían una y otra vez que el gobierno actual de España era ilegítimo y su presidente un okupa. Inútil argumentarles que se ha seguido lo dispuesto en la Constitución, que no había nada fuera de la ley, era eso lo que le repetían sus líderes políticos y por lo tanto lo que debían repetir cada vez que fuera posible. Tenemos nuestros propios rednecks y en número excesivo imposibles de asimilar.

Son seres que confunden lo que no les gusta con lo que es ilegal sin más detenerse a pensar, y de ahí que sean capaces de mantenerse en sus posiciones aunque se les argumente con las leyes en la mano. Son esos a quienes entusiasman escenas bufonescas como la ilustración de más arriba o aquello de ¡se sienten, coño! Creen que eso sí que es tenerlos bien puestos.

Lo he escrito aquí varias veces y por si acaso no son lectores habituales de este blog lo voy a repetir una vez más: no me agrada el partido en el que se ha apoyado el PSOE para poder formar gobierno tras obtener más votos que ningún otro.  No coincido con sus objetivos, no me gustan sus postulados y no me gustan sus personajes; lamento que estén ahí y no me parecen fiables, pero lo cierto es que para gobernar no había otra opción y todos los partidos de cierto éxito electoral estaban dispuestos a impedir como fuera que el PSOE formara gobierno. Preferían que fuera algo así como la victoria de Ciudadanos en las elecciones catalanas: obtuvo más votos que cualquier otro, pero no podía y no pudo formar gobierno.

Por cierto: estoy encantado de no haber mencionado a ese partido de nombre latino ni al otro cuyo nombre hace referencia a estar juntos. Ni a sus líderes.

29 diciembre 2020

Cómo dejar de votar socialista

Voy a escribir algo que quizás me dejará enfrentado a todo el que me lea, porque resulta que fastidio a unos y otros y lo peor es que también quedo bastante irritado conmigo mismo. Mejor será empezar por el principio. Lo que sí quiero dejar claro es que no se trata de un manual para hacerse de derechas, ni mucho menos. La derecha puede ser cerril o quizás no, pero siempre puede contar con mi rechazo.

Cuando murió el dictador −en la cama como todos saben− yo todavía no peinaba canas e incluso me faltaba bastante tiempo para ello, pero ya había estado siguiendo las aventuras de un tal Felipe González que aparecía en revistas políticas de entonces como Tiempo, Cambio16 o Cuadernos para el Diálogo. Siempre con su chaqueta de pana o con una cazadora, aparecía sin ser mencionado como secretario general del Psoe (r), sino como integrante de lo que por lo bajini se denominaba oposición al régimen. Incluso era llamado a veces Isidoro, que era su nombre de guerra en la clandestinidad. De clandestinidad poca, ya que para entonces el régimen había aflojado las riendas y permitía cierta relajación y porque quienes movían los hilos miraban a un lado y veían al dictador en estado premoribundo y al otro lado presentían que estaban los que iban a mandar en un futuro cercano y con quienes no convenía indisponerse por aquello del vaya usted a saber.

Le solían acompañar −solo en las fotos− los que se vislumbraban personajes del futuro político como José María Gil Robles y Joaquín Ruiz Giménez, Ramón Tamames, Enrique Tierno Galván y otros de cuyos nombres no consigo acordarme porque políticamente fueron flor de un día (o dos). Santiago Carrillo, el más importante de todos, no se mencionaba mucho porque era nada menos que comunista y esa palabra producía todavía en los españoles olor a azufre.  

Para que no faltara de nada teníamos hasta dos psoes diferentes: el Psoe-h (histórico) dirigido por Rodolfo Llopis y el Psoe-r (renovado) que tenía como líder al tal Felipe, sospecho que ninguno de los dos con una presencia real en el escenario político ni con una militancia que fuera más allá del grupo de amiguetes, porque el único partido con existencia real era el PCE. Afortunadamente y tras duras negociaciones aquellas dos versiones se unieron en una y ahí quedó de jefe Felipe. El PSP de Tierno Galván tuvo una vida efímera y pereció ahogado por las deudas.

En las primeras elecciones de 1977 me tocó formar parte de una mesa y asistí por lo tanto a una experiencia que hasta entonces nos parecía propia de la pura fantasía. Incluso me leí lo dispuesto por la ley electoral y expulsé a dos policías −que alucinaban− de la sala de votación porque portaban armas, impedí que un marido impertinente entrara en la cabina de voto junto con su esposa y al terminar todo quemamos los votos en el patio del colegio como entonces disponía le ley electoral. En elecciones posteriores actué dos veces como apoderado por el PSOE.

Lo cierto es que elección tras elección he ido votando al PSOE salvo en dos o tres ocasiones en que cabreado con el partido por lo que yo consideraba comportamiento político  inadecuado, di mi voto a Izquierda Unida o algún otro partido de izquierdas de esos que ya desaparecieron. Me di cuenta ya entonces de que Felipe González no era y nunca había sido socialista, tan solo antifranquista y sobre todo felipista. Muchos achacan la falta de seriedad de Felipe González a su origen andaluz. No tanto, ¿es que no saben que su padre, de quien heredó maneras, era santanderino?

He mantenido una relación difícil con el socialismo, aunque −quede claro− si no me abstengo, algo que de momento rechazo, mi voto irá para la izquierda. Y es precisamente esa izquierda la que me produce acidez estomacal día tras día, esa otra "izquierda" que ahora recibe el nombre de Podemos. Son los sans culottes actuales, y más falsos, desideologizados y vulgares que ellos. Son quienes se propusieron tocar poder rápidamente y lo consiguieron mediante artimañas.

Me costó entender la coalición con los de Pablo Iglesias, aunque yo mismo me repetí una y otra vez que tras resultar el PSOE el partido más votado en las elecciones aunque sin mayoría, Pedro Sánchez, visto el bloqueo a que era sometido por todos, sin olvidar la "espantá" de Rivera, solo tenía dos opciones: la coalición con Pablo Iglesias (y esposa) o llamar a Pablo Casado y cederle los trastos de mandar. Y se acabaría el PSOE para siempre. Entiendo el agobio de Pedro Sánchez, aunque me agradaría verle con ojeras por no poder dormir.

Si me preguntaran qué partido y comportamiento detesto más, me costaría decidir si es el PP, Vox o Podemos. Los de este último simbolizan lo que más aborrezco: arribismo, oportunismo, deslealtad hacia su país, feminismo radical, nepotismo y aspecto personal poco presentable o higiénico. Estoy en contra de la práctica totalidad de las leyes que proponen y hacen que se tambalee mi lealtad al socialismo. No sé en qué quedará este aborrecimiento, porque desde luego no caminaré de la mano de Podemos.

14 diciembre 2020

Templanza, concordia y opiniones políticas

Antes de que falleciera el dictador, acompañé a unos familiares a visitar a unos amigos de ellos que residían en una ciudad cercana. Yo era entonces un jovencito con algunas ideas políticas, algunos sentimientos políticos y escasa prudencia en lo referente a ese asunto.

En casa de estos señores merendamos un café con pastas y no sé cómo llegamos a un punto que me hizo exclamar −inocente de mí− ¡pero es que en España no tenemos democracia! Nunca hubiera dicho tal cosa, porque el dueño de la casa −para mí un anciano y ahora que lo pienso debería tener poco más de 60 años− se levantó muy agitado al tiempo que sufría un temblor enorme en todo su cuerpo, desde su escasa cabellera hasta sus piernas y me gritó: ¡Ni falta que nos hace!, ¡si Franco me pide que me baje los pantalones lo hago donde él me diga! Pura elegancia.

Me quedé aterrorizado y temblón del susto, porque aquel hombre parecía que iba a ser víctima de un ataque epiléptico, un infarto o cualquier otra lindeza; también porque ya preveía la que me iba a caer encima más tarde de parte de mis familiares −fachas sin remedio− al salir de allí o llegar a casa. Lo intentaron, pero cometieron el error de contarme que el de la bajada de pantalones era el que tenía la contrata de la confección de los uniformes de la Guardia Civil en la zona. Entonces lo entendí mucho mejor.

Nacemos casi-casi condicionados para ser una u otra cosa, quizás por conveniencia económica, puede que por influencia de nuestro entorno (familia, educación, amigos), bien como reacción de signo contrario a todos esos factores. Sea como sea, lo que nos debería preocupar es usar la razón y no hacer nunca de nuestra postura política un motivo de enfrentamiento serio o de forofismo como lo somos con el fútbol.

En general los españoles somos escasamente proclives a admitir los errores de los de nuestro bando y disfrutamos de una visión que envidiaría Superman para detectar los errores de los contrarios. Acabo de leer en el periódico a unos que piden que el Tribunal Supremo juzgue al gobierno actual por los errores cometidos durante la pandemia. Ya lo sé, tiene que haber de todo... Por supuesto, no son más que sueños húmedos de algunos que desearían quitarse a este gobierno de encima y subir a los altares a Casado o Abascal... para que lo hicieran probablemente peor y, dada la experiencia que tenemos, además sisaran. 

Olvidamos que nadie va a gobernar exactamente como nos gustaría, entre otras cosas porque un gobierno es la suma de voluntades dispares y la realidad circundante es la suma de millones de voluntades dispares y muchas veces también disparatadas. Esa es la causa de que, por ejemplo, no paremos de oír a pertenecientes a un gremio (actores, hosteleros, toreros, peluqueros, etc.) afirmar que han sido olvidados y frecuentemente son los mismos que reclaman una bajada de impuestos. ¿Han oído hablar del milagro de la multiplicación de los panes y peces?: pues bien, en el mejor de los casos fue un milagro que nadie puede repetir −en el peor un cuento− y lo más parecido es ese Fondo de Recuperación prometido por la UE que ahora amenaza con no llegar o tardar muchos meses o años, ¿esos que reclaman subvenciones están dispuestos a esperar tanto?  

Generalmente se habla con reverencia de lo bien que ha llevado el gobierno de Nueva Zelanda lo del covid-19, con apenas contagiados entre ellos. Supongo que el hecho de que según la OMT ese país haya recibido casi dos millones de turistas en 2019 (la mayoría australianos) y España más de 81 millones (la mayoría europeos), no tiene ninguna importancia ni varía la apreciación. Lo más desquiciante es que la presidenta de Nueva Zelanda ha declarado que considera a Pedro Sánchez y a la primera ministra de Dinamarca −por este orden− los mejores líderes mundiales, con lo que ha cortado en seco las alabanzas hacia ella desde la derecha. Lo que importa a algunos es sobrevalorar lo ajeno y menospreciar lo propio, sobre todo porque este gobierno es social-comunista-bildu-etarra-bolivariano-masónico, afirman.

El gobierno trata de paliar tantas dificultades y en el camino quedan errores lamentables, a veces inevitables, a veces imputables al hecho singular −en España− de que se trata de un gobierno de coalición en el que los "coaligados" son unos tuercebotas. Creo que yo sufro con esos −a mi juicio− errores más que quien desde el primer minuto se puso en contra y decidió que Pedro Sánchez era su enemigo personal, alguien pagado por la masonería internacional.

¿Alguien cree que me deja indiferente el que la esposa o compañera del vicepresidente segundo sea ministra porque sí?, ¿que incluso algún alto funcionario fuera a dar la bienvenida al barco Aquarius y ahora no sepan qué hacer con la invasión de pateras?, ¿alguien imagina que me parece normal que quien acompañe al rey en su viaje a Bolivia parezca un vagabundo con moño?, ¿que la portavoz del gobierno tenga un habla que Marujita Díaz consideraría vulgar?, ¿que Pablo Iglesias haga constantemente propuestas que van en contra del sentir de la mayoría?, ¿que se haga una nueva ley de Educación, probablemente correcta, pero muerta desde su inicio porque no ha sido consensuada con nadie?, ¿que la ministra de Transición Ecológica afirme irreflexivamente que los vehículos diésel tienen los días contados, tirando abajo el mercado de ese tipo de vehículo?, etc. etc.

Más templanza y un poco de seriedad. Del gobierno y de todos.

30 noviembre 2020

Veraneo con descubrimiento

Reconozco que no soy muy original: desde hace muchos años cuando llega el verano alquilo un apartamento en una población playera, en el que paso un mes entero de veraneo con tan solo la nota negativa del ruido −con frecuencia insoportable− de los vecinos de arriba, pero es que ya saben que una característica fundamental de buena parte de los españoles es comportarse como patanes sin la menor consideración hacia quienes les rodean.

Este apartamento es un lugar agradable hasta cierto punto, teniendo en cuenta que esos ochenta y tantos millones de visitantes que nos llegan (llegaban), más los viajeros nacionales, ponen perdidas las costas y poblaciones que hasta hace 50 años eran bonitas y tranquilas. Dicen las malas lenguas que somos un país de camareros, pero eso no sería posible si en España cada vez que surge eso que llaman emprendedor no se aplicara de inmediato a instalar un chiringuito, un bar, un restaurante... en definitiva esos establecimientos que precisan de camareros, lo que propicia que tantos nacionales se dediquen a ello. Requiere esfuerzo, pero no hay que estudiar ni pensar mucho para ejercer esa profesión. Por eso y pese a que no le deseo mal a casi nadie, me alegro infinito de la catástrofe de este año por causa del covid-19, a ver si tanta gente que se ha quedado sin trabajo agudiza su ingenio y se busca la vida de una manera menos acomodaticia y más creativa.

No sé si se han fijado que en las películas americanas cada vez que alguien se queda sin trabajo termina trabajando como camarera si es mujer y como taxista si es hombre. En España lo de taxista no vale porque ya se preocupan los profesionales de que no sea fácil dedicarse a eso, así que aquí ambos sexos van de cabeza a la hostelería. Ya saben ese chiste en que están juntos un ingeniero inglés, un ingeniero francés, un ingeniero alemán y otro ingeniero español, y va el español y les dice: ¿qué desean los señores? (admito que es un chiste totalmente retro, ahora todo el mundo tutea).

Decía que cada verano alquilaba un apartamento en el que pasar los calores durante un mes, pero este año ha sido diferente. No me apetecía el apartamento y la convivencia obligada en las zonas comunes con tantos, ahora que la situación es al menos amenazante −más de lo que muchos se imaginan−, de manera que me busqué unos de esos hoteles casi todo incluido con piscina y playa «a pie» de habitación, que dirían los eruditos.

Desayunar y cenar en el comedor del hotel me hizo descubrir cómo los "papis y mamis" actuales están preparando a los imbéciles de mañana. Por lo pronto dejando que los llamen "papis y mamis" (¿dónde quedó lo de papá y mamá?) y después a cada niño pequeño le ponían delante de su plato de comida un móvil −a veces una tableta− en posición tal que permitiese ver la pantalla horizontal en la que normalmente se reproducían dibujos animados (ganaba por goleada Bob Esponja): todo es poco para satisfacer al rey de la casa.

Me llenó de estupor la irresponsabilidad de esos papis y mamis que no se daban cuenta de que estaban iniciando la preparación de su hijito como un futuro zoquete de esos que padecen adicción grave al móvil y que pueden sufrir severas alteraciones de comportamiento si les separan de sus smartphones.

Realmente hablar por hablar, ¿quién tiene hoy en día interés en que su hijo no sea un cretino? Lo que todo el mundo busca para su descendencia es que no sean eso que modernamente se llaman losers (perdedores, en cristiano); quieren triunfadores, no importa cuántos cuellos haya que pisar ni la carencias de educación en modales y cultura de ese hijo. Así entre todos lograremos una humanidad aún más despreciable y sin fisuras. Como debe ser.

P.S.: en 2022 cambié de hotel a otro contiguo, en el que no se permiten niños. ¡Qué tranquilidad!

17 noviembre 2020

¿Inmigrantes o invasores?

En cuanto a la inmigración masiva descontrolada se puede decir que la población está dividida en tres grupos: los que están a favor, los que están en contra y los que son indiferentes y pasan del asunto; son quienes en las playas canarias se apresuran a darle comida y ayuda a los inmigrantes que desembarcan mientras otras se están bañando en bikini.

Ha habido varias encuestas y el resultado, aunque cambiando las cifras, es siempre el mismo. Los menos numerosos son los que están a favor, los más numerosos los pasotas y los medio abundantes  −y más cabreados− los que están en contra. No voy a disimular, yo estoy entre estos últimos.

Evidentemente los pasotas no tienen razones para justificar su postura. Los que están a favor creen tener argumentos, pero no son capaces de afrontar una discusión razonada. Los que están en contra son los que tienen que discutir lo que parece básico: no se puede consentir la llegada masiva y descontrolada de inmigrantes que se comportan como si fueran turistas de vacaciones con visado de entrada al país. La foto de más arriba se corresponde a la llegada de una patera con argelinos que al llegar a la playa de Ibiza le preguntan con todo desparpajo a la Guardia Civil que acude a la patera por dónde se va al Hotel La Noria y se ponen a hacerse selfies. Observen que no son desheredados, llevan pulseras y anillos de oro. Según la prensa, ha habido alguno que ha llegado a pedir que le sirvan un whisky en ese momento. Ni siquiera nos respetan, está claro.

Hoy mismo, las noticias informan de que en lo que va de mes han llegado a Canarias 8.000 inmigrantes, espero que nadie se atreva a llamarlos "refugiados" porque no lo son. Proceden mayoritariamente del Magreb y también de Mauritania y países del África negra más al sur. Nadie parece darse cuenta del desastre que supone esa invasión: los que llegan traen enfermedades, habrá terroristas entre ellos −son casi todos musulmanes− y huyen de problemas y violencias que frecuentemente arrastran consigo, ¿es eso lo que queremos?

Se argumenta en ocasiones que según la propia Unión Europea, España va a necesitar anualmente del orden de 270.000 inmigrantes para suplir la escasa natalidad propia. Pero ¿queremos rellenar el país con personas de otra raza, de otra religión, de cultura tan diferente?, ¿les gustaría ir a Palencia y que sus habitantes fueran africanos? Y sobre todo, es cierto que Alemania deja entrar numerosos inmigrantes en su país, pero normalmente hay una selección previa −allí el paro es muy inferior−, hasta el punto de que si necesitan fresadores y torneros son esas profesiones las que tendrán preferencia y, en cualquier caso, no aceptarán personas que no sirvan para nada.

España no hace selección, se limita a aceptar lo que llega y en un mes como este con 8.000 llegadas solo a Canarias, ha devuelto a su origen un avión con nada menos que 22. Diga lo que diga Manuela Carmena, acogemos a lo peorcito y solo podrán valer para manteros, albañiles −quitando el puesto a españoles y tirando salarios− y pedigüeños en la puerta de los supermercados. También pueden dedicarse a asaltar ciudadanos o establecimientos, ¿o creemos que se van a resignar a pasar hambre? Antes teníamos el consuelo de que al no encontrar salida se marchaban hacia Europa y allí se apañaban, pero ahora Francia nos devuelve puntualmente a todos los que encuentra que han entrado a través de España. Y nosotros tenemos que aceptarlos como si fueran naturales de Cuenca.

En Baleares y Canarias no tienen dónde colocar a tanto invasor y como solución provisional los alojan en hoteles en los que usted pagaría más de 1.200 euros por alojarse una semana y lo peor es que la prensa extranjera está publicando en portada esto, con la correspondiente pérdida de atractivo turístico y anulación de reservas de visitantes de los que pagan. ¿Estamos locos? No lo están los hoteleros locales que al ver la repercusión internacional están protestando.
 
¿Cómo no van a venir inmigrantes si nos desvivimos por complacerles y cubrir sus necesidades mientras tantos españoles pasan hambre? Hasta la prensa de sus países de origen se burla de nosotros. Todos los españoles saben de la invasión musulmana del año 711 e imaginan aquello más o menos como el desembarco de Normandía. Pues no, según los estudios debieron ser menos de 10.000. Estamos de acuerdo en que aquello fue una invasión, ¿cómo llamamos a esto de ahora? 
 
Y a aquellos tardamos casi 8 siglos en echarlos...

**Según la RAE,
invadir:
Del lat. invadĕre.
1. tr. Irrumpir, entrar por la fuerza

09 noviembre 2020

Tuteo por imposición: ¿otra pandemia?

Efectivamente, es una pandemia, aunque en esta ocasión no produzca muertes, ni conciencia propia de padecerla y no hay ni habrá vacuna que inmunice. Empezó como a veces empiezan los chaparrones: un goterón aquí, otro más allá... para encontrarnos finalmente con una inundación de la que no nos salva ni un milagro. Hablo del tuteo, una funesta costumbre que se ha impuesto gracias a la falta de autoestima de la mayoría de mis compatriotas, porque en contra de lo que argumentan los encargados de marketing, el tuteo no refleja un acercamiento al cliente, sino la eliminación del respeto debido al prójimo y la consideración de ese cliente como un grano de arena de ese inmenso arenal anónimo que en la actualidad somos los seres humanos. Somos simplemente una ocurrencia más de esa multitud llamada vagamente clientela.

Casi nadie se ha dado cuenta de que según se va implantando el tuteo generalizado se van cortando o enrareciendo las vías a través de las cuales un cliente puede entrar en contacto con ese monstruo al que le compramos un servicio o un producto. ¿Ejemplos? Pues ahí tiene Amazon, cualquier operadora telefónica, los bancos, etc. A veces existe un cauce residual por el que comunicarnos telefónicamente (por escrito les horroriza), pero las locuciones automáticas van tamizando llamantes hasta dejar finalmente solo unos pocos afortunados que podrán hablar con... un gestor sudamericano que generalmente no sabe de qué va el asunto −en muchas ocasiones ubicado en un lugar remoto de Bolivia− y se limita a torearnos, que para eso le pagan. Lo que la empresa busca es interponer peones que hagan de rompeolas donde se estrellan nuestras justas reclamaciones o nuestras consultas, para ella impertinentes e inoportunas. Si consigue superar tanto obstáculo, no se preocupe, ya le harán ver que ha perdido el tiempo inútilmente.

Si esto lo leyera algún joven −que ya me extrañaría− pensaría además que padezco delirios y que la actual forma de dirigirse a otro es la que ha existido desde siempre y que lo que cuento no es más que la expresión de una locura no tratada o la lectura excesiva de libros de caballería. Pues no. Y además tengo pruebas.

¿Han oído hablar de aquellos remotos −no tanto− payasos de la tele? Gabi, Fofó, Miliki y no sé cuál más. En sus programas aparecían ante un graderío lleno de niños y al empezar le preguntaban a todos eso de ¿Cómo están ustedes? a lo que los niños debían responder y respondían con un general ¡¡Bieeeen!!

¿No notan algo extraño en el diálogo? Pues efectivamente, los payasos trataban de usted a unos niños que pocas veces superaban los diez años, ¿no es asombroso? Pues ya si les cuento que con esa misma edad a mí los profesores del colegio me llamaban de usted, seguramente llegarán a la conclusión de que todos somos unos dinosaurios y que carecíamos y carecemos de la más mínima modernidad. Lo verdaderamente moderno es lo contrario, el tuteo a todo el que se ponga en nuestro camino, da igual que tenga 10 o 90 años, que sea el papa de Roma, el notario que nos hace la escritura del piso o el mismísimo ministro de Asuntos Exteriores. ¿Qué puede compararse a la satisfacción de tutear y despreciar al profesor en el colegio?

Dice el diccionario de la RAE para el verbo tutear: 1. tr. Dirigirse a alguien empleando el pronombre de segunda persona para el trato de confianza o familiaridad. (el subrayado es mío). ¿A que es sorprendente?, ¿tiene trato de confianza o familiaridad conmigo el operador de Vodafone, el empleado del híper, el del banco? Ni hablar; entonces, ¿por qué me tutean? Solo cabe una respuesta: porque carecen de educación y desconocen lo que deben ser los modales de relación. Además, es inútil tratar de usted al tuteador, porque él no se dará por aludido y continuará tuteándonos como si nada, su carencia de formación le impide percibir lo evidente. Como el caso de esa periodista de Tele5 que entrevistaba al rey Felipe VI y lo tuteó con todo desparpajo, confundiendo seguramente respeto con temor o democracia con desfachatez. Está bien que ella no temiera al rey o se considerara su igual, pero ¿tutearlo?
 
Estos mismo tuteadores si tienen que comparecer ante un tribunal de justicia tengo la seguridad de que tratarían al juez de señoría sin ningún problema, porque consideran a los procedimientos de la justicia algo arcaico y porque además saben que si se atreven a tutear al juez les cae encima un proceso por desacato del que no saldrían bien librados. Nada como el palo para que aprendan modales esos modernos. 

Hablar por hablar; sé que es batalla perdida y ya casi todas las empresas tutean a sus clientes y hay que enfrentarse para que no sea así; no sé si merece la pena.