25 noviembre 2012

Catafornia

Encontré en el disco duro de mi PC este apunte, que escribí en 2007 y publiqué en otro blog allá por 2009. No es gran cosa, pero es curioso que podría escribirse hoy mismo por idénticos motivos.

Existe un bello territorio de unos 32.000 Km2 en el que habitan casi 8 millones de habitantes, llamado Catafornia. Sus habitantes hablan actualmente el idioma inglés, aunque hasta hace unos 160 años el idioma predominante era el cataforés y más remotamente, quizás alguna otra lengua indígena.

Buena parte de estos habitantes lo primero que hacen cada mañana al mirarse al espejo es agarrarse un berrinche porque recuerdan que hace casi tres siglos unos violentos enemigos les arrebataron ciertos derechos. El hecho de que actualmente no quede huella de aquel arrebato no importa. Como diría el bolero “parece que fue ayer…”.

En este lugar llamado Catafornia, parte de sus habitantes en vez de preocuparse por generar una riqueza que les colocaría como potencia económica mundial, puntera en cultura, ciencia y tecnología, lo que hacen es dar la vara todos los días porque quieren segregarse del país con el que se han hecho grandes: Estados Juntados de Occidente. Insisten en que quieren hablar en exclusiva esos idiomas indígenas o si acaso el español, pero sobre todo abandonar el inglés, que al fin, solo lo hablan cuatro gatos. De momento, su principal preocupación es que su selección nacional de balonvolea pueda jugar de igual a igual con otros países importantes como Filipinas o Jamaica. Hay habitantes que anuncian incluso que no cejarán en su lucha hasta conseguir esa reivindicación fundamental –insisten– para la vida de todos sus conciudadanos.

Muchos casi se desvanecen de placer al imaginar a sus jugadores vestidos con los colores de su bandera nacional. Sienten escalofríos de satisfacción al pensar en un glorioso partido entre su selección nacional y la de Surinam y el prestigio mundial que les proporcionaría un triunfo contra ellos. 

Cualquier acontecimiento, por nimio que sea, es buena excusa para que saquen a relucir su bandera, canten su himno y bailen su danza nacional, algo que a nadie molesta, pero curiosamente miran con desprecio y tachan de folclóricos y casposos al resto de sus compatriotas si osan hacer lo mismo con los símbolos equivalentes de todo el estado.   

El hecho de que la mayoría de los productos que produce Catafornia sean vendidos habitualmente al resto de los Estados Juntados –su cliente cautivo– no tiene importancia, como tampoco lo tiene que el inicio histórico de su industrialización tuviera como pilar básico las inversiones del resto de los Estados Juntados y la concesión del monopolio de ciertos comercios con las entonces colonias. Tampoco vamos a tener en cuenta –¡menuda tontería!– que los lazos de sangre, económicos, culturales, humanos, que les unen con el resto del país sean intensos.

Mirar su propio ombligo es un hábito muy extendido por el lugar y el victimismo una constante en su actitud, hasta el punto de que los habitantes del resto de los Estados Juntados están tan hartos de escuchar quejas que más de uno enciende velas para que consigan su propósito de apartarse del destino común y de esta manera facilitar que sus lamentos vayan a otra parte. 

Mientras, los servicios públicos están hechos una auténtica pena, la antes floreciente situación económica de los ciudadanos se ha venido abajo, están de corrupción hasta las cejas, pero los hábiles políticos catafornianos han encontrado la solución: echar la culpa a los demás. Y seguir a lo suyo, eso de la selección de balonvolea.

23 noviembre 2012

Español para españoles (21)



Sé que es muy probable que quienes me lean me consideren un desequilibrado, si es que no me tienen por tal desde hace tiempo, pero me preocupa el lenguaje, porque soy de la opinión de que el lenguaje es un buen escaparate del cerebro que está detrás.

A ver, ¿cómo voy a confiar, cómo voy a valorar a un ministro que se expresa como un patán? ¿cómo voy a creerme que alguien tiene conocimiento para sacarnos de la crisis, si no sabe hablar y su discurso está lleno de disparates, tópicos y todo tipo de aberraciones? Hace pocos días vi en el telediario al ministro Montoro y aparte de espantarme con sus mentiras, tan evidentes que todos diputados las han valorado como tales salvo sus cómplices de partido, me ha dejado gramaticalmente apenado tras escucharle eso de “poner en valor” y “como no podía ser de otra manera”, que son de los estribillos más utilizados por los iletrados, hasta Forges tiene chistes sobre el uso de estas frases hechas. ¿pero es que este tipo no fue al colegio cuando niño y en casa sus papás en vez de hablar chamullaban?

No es de extrañar por supuesto que la importación de frases del inglés que mal se traducen sean frecuentes, porque se juntan la manía de hacerse el moderno con el desconocimiento del idioma extranjero del que se pretende hacer ostentación y, naturalmente, de la propia lengua española.

Un ejemplo notable es eso de tienda de conveniencia, traducido directamente de convenience store, cuando da la casualidad de que “convenience” significa “comodidad” y no “conveniencia”, como “confidence” es “confianza” y no “confidencia” y “sensible” es “sensato” y no lo que aparenta, ¿es que no han oído hablar de los falsos amigos?. Hasta los países hispanos se han saltado esa traducción macarrónica y en varios de ellos llaman a esos establecimientos bodegas, mini super y otras denominaciones acertadas.

¿Cuántas veces oímos por televisión y a quienes nos rodean la enternecedora expresión seres queridos?, ¿no es relamido y artificial? Pues sí que lo es, porque se trata de una traslación del inglés loved ones, una expresión completamente innecesaria porque en español tenemos la palabra allegados que significa eso, claro que no era tan moderna ni tan cursi… Lo más curioso es que personas de cierta edad que jamás habían oído o utilizado lo de seres queridos lo han incorporado a su vocabulario con toda naturalidad, sin atragantarse ni ruborizarse al usarlo. 

Hablando de traducciones chapuza, hay un caso que me escuece porque hasta la RAE lo ha aceptado por inevitable y se trata de una auténtica aberración; sé de lo que hablo porque estoy relacionado con la informática desde sus primeros tiempos, cuando el IBM 1401 se consideraba  una joya tecnológica, y en verdad lo era. Me refiero a la palabra justificar utilizada para referirse al ajuste de los márgenes de escritura. Había una traducción lógica y correcta a la expresión inglesa “justified right” (o left) que era “ajustado a la derecha” (o a la izquierda), pero eso era demasiado complicado para algunos cerebros y la palabra justificar pasó a poseer un significado que no tenía nada que ver con el que originalmente le correspondía, ¿qué tiene que ver justificar con ajustar?

Espero que al menos no terminemos celebrando el “4 de julio” o el “Thanksgiving Day” como cosas nuestras y además tan torpemente como todo lo que copiamos. Recuerdo a propósito lo que me contaron unos amigos de Puerto Rico cuando visité aquellas tierras hace años: me relataban que se había dado el caso de algunos puertorriqueños –¡por favor, no digan portorriqueños!– poco ilustrados que habían puesto a sus hijos el pintoresco nombre de Guivin, porque tal y como ellos interpretaban el sonido en inglés de “Día de Acción de Gracias”, les parecía que era la celebración del día de San Guivin. Pues para eso mismo vamos, queridos Yéremi, Yónatan, Yénifer…

13 noviembre 2012

Juventud, divino desdoro

Me resistía a escribir sobre un tema demasiado espinoso como es el de la juventud, pero me he dado cuenta de que las posibilidades de que alguno de ellos lea este blog vienen a ser las mismas de que Rita Barberá tome conciencia de su zafiedad y rufianiería e ingrese en un convento como carmelita descalza, así que voy a soltar lo que me apetezca sobre el asunto aunque en la seguridad de que será incompleto, porque el tema da para mucho.

Todo viene a cuento de que ayer un familiar con el que mantengo una afectuosa relación, me pidió que tratase de conseguirle para su hija mayor, de 24 años, el libro Breaking Dawn (Crepúsculo) así, en inglés y en formato electrónico. Traté de complacerle al tiempo que me apenaba comprobar que una joven, a la que considero bastante inteligente, forma parte de esa masa de adolescentes deslumbrados por lo que los medios llaman “una saga” y yo "un folletón intragable" (acepto que no lo he leído, claro, no soy un catavenenos).

De ahí pasé a reflexionar sobre cómo veo yo a la juventud actual, entendiendo arbitrariamente como tal la que va desde los 16 a los 24 años, más o menos. No es nuevo contemplar a las nuevas generaciones desde la distancia de la madurez o la vejez como un conjunto de irresponsables, tampoco es mía la frase “la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”, pero creo que es muy cierto que las transformaciones sociales que los jóvenes han asimilado han sido vertiginosas y rotundas, principales víctimas de la revolución tecnológica y del espíritu de nuevos ricos que los españoles padecimos hasta llegar a la situación de ruina actual, de la que muchos no han tomado conciencia todavía.

No son especialmente aficionados a la lectura, pero cuando lo hacen se limitan a novelas gráficas o best-sellers y no precisamente a los escritos por Ken Follet o Ruiz Zafón, por poner algún ejemplo. Lo que les importa es poseer el último smartphone, y recibir mediante esos trastos toda la información que a diario digieren, principalmente a través de lo que llaman “redes sociales”.

Hemos tenido un ejemplo de la conducta gregaria actual en los tristes sucesos del Madrid Arena (por cierto que vaya nombrecito, también de importación). Cuando yo andaba por esas franja etaria, había quienes se iban a locales del tipo La Tuna o Consulado en Argüelles para asistir a Jam Sessions en la primera o a la “gran” discoteca segunda, situada a no muchos metros de aquel local, nada que ver con estas aglomeraciones actuales en las que, aparte del comportamiento irresponsable y exclusivamente mercantil de los organizadores de eventos, quienes acuden no ponen reparos a reunirse bajo un mismo techo en número superior a los quince mil, bailando y saltando a un tiempo, ensordecidos por el estruendo ambiental. Bueno, y algunos haciendo otras cosas menos recomendables.

Como experiencia inmediata, hay cerca de mi casa un centro de formación profesional que podríamos clasificar de élite por el tipo de enseñanzas especializadas que imparten. Es habitual que algunos de sus jóvenes alumnos en los ratos libres penetren en el interior de mi urbanización –algo prohibido mediante letreros, pero no tenemos guardias de seguridad que lo impidan y ya se sabe: no se respetan normas si no existe castigo severo e inmediato–, formando un grupo que se refugia bajo la protección de una cornisa. Allí orinan contra la pared, delante incluso de las compañeras del sexo femenino mientras charlan con ellas y a la vista del vecindario; consumen comidas y bebidas cuyos restos arrojan al suelo sin más contemplaciones y allí proceden al ritual grupal de liarse unos porros que también liquidan con el mayor desparpajo; si tengo la ventana abierta puedo disfrutar de un colocón gratuito. No tengo nada que oponer a esas actividades si les place, pero ¿es mucho pedir que tengan el decoro de hacerlo en sus casas? Y no sirve de nada llamar a la policía municipal, porque ya se sabe que esos perezosos funcionarios están al servicio exclusivo de los munícipes con cargo.

Disponen estos jóvenes de unos medios económicos de los que no podíamos ni soñar antes, aun teniendo en cuenta el cambio de los tiempos y, en muchos de esos casos si no la mayoría, el dinero les ha sido proporcionado por los padres –unos pringaos, ya se sabe– entre otras razones porque el paro juvenil llega al cincuenta por ciento. Me pregunto, ¿alguno de estos angelitos sabe lo que es jugar al parchís o las damas?

Con las debidas excepciones, les da igual quien gobierne o las leyes que se promulguen, pues su hedonismo les impide ver algo más allá de lo inmediato y de lo que no sea pasarlo bien. ¿Solidarios? Puede que algunos, pero el otro día pude comprobar hasta qué punto; un bárbaro golpeó mi coche que estaba aparcado y cuando pedí a un grupo de jóvenes, que se encontraba a menos de dos metros apoyados contra el escaparate de un comercio, que contaran a la policía –avisada por mí– lo que habían presenciado, no conseguí arrancarles ni una palabra y sí sonrisas de burla. 

Sé de lo que hablo, porque convivo con un ejemplar de 21 años, que ciertamente es una de las mejores personas que conozco, pero aun así no se libra de la maldición generacional. También tengo sobrinos, hijos de amigos, etc. y si bien eso no me autoriza a emitir generalizaciones, admitamos que tenemos –a través de los medios– suficiente información como para saber sobradamente con quiénes nos jugamos los cuartos.

04 noviembre 2012

Forofismo político

No sé si se lo he leído a alguien por algún lado o he sido yo el que lo ha dicho en otro comentario. Da lo mismo, porque no es ningún secreto y cualquiera sabe que se trata de una verdad casi absoluta (sí que existen).  Me refiero a que cuando hay que acudir a depositar el voto en alguna de las convocatorias electorales, una buena mayoría escoge por puro forofismo, igual que escogería a su equipo de fútbol, porque es aquel en el que ha depositado sus eternos sentimientos de amor y fidelidad.

Nada de leer el programa con el que un partido político se presenta, nada de repasar con espíritu crítico las últimas hazañas de ese partido, sea desde el gobierno o desde la oposición.

Acepto que todos tenemos sobre más o menos un comportamiento similar, pero en ese “más o menos” radican ciertas diferencias éticas muy importantes y a la vista está el descenso tremendo en el número de votos al PSOE y el escasísimo o nulo desgaste en los del PP. Todos damos por sentado que los que votan a los partidos cercanos a nuestros ideales son inteligentes y despiertos, lo contrario a los que apoyan a esos partidos tan lejanos a nuestro sentir, pero… hay más verdad de la que parece en ese supuesto –contemplado desde la izquierda– y en sus consecuencias; los votantes de derechas no castigan la corrupción, la ineptitud y la indecencia en sus políticos. Estamos en desventaja y por eso el PP ganó las elecciones generales con mayoría absoluta con menos de un 1% de incremento en sus votantes, mientras que el PSOE perdió casi un 40% de ellos y se hundió. Se trata de cifras comprobables. En las elecciones gallegas, el PP ha sacado 3 escaños más que en las anteriores, pese a un descenso significativo en los votos conseguidos, ¿seguimos jugando a la abstención?

Llevamos días oyendo a los mandamases del partido en el gobierno decir que sus medidas restrictivas están avaladas por el respaldo que le han dado en las recientes elecciones gallegas, lo que implica la presunción –no se lo creen ni ellos– de que todos nos identificamos con el sentir de los gallegos y me temo que no es así –yo desde luego, no soy ni me siento gallego–, allí el incalificable Mario Conde ha conseguido casi 16.000 votos, ¿cómo puede ser que nadie quiera que ese indeseable le represente? Hay más descerebrados de lo que nos imaginamos, en todas partes.

Y estamos condenados a que siempre nos gobierne el PP, porque los votantes de izquierda poseen –lo siento, pero los hechos cantan– un espíritu crítico que los de derecha ni olfatean, por eso se castiga merecidamente al PSOE por tantas mentiras, por tantas torpezas a las que nos ha sometido cuando gobernaba. Desde aquella entrada vergonzante en la OTAN después de años diciendo lo contrario, al incumplimiento de las medidas respecto a la iglesia que incluían en su programa de 2008, hay una larga lista de falsedades, engaños y complicidades con quien no correspondía…

El resultado está a la vista: no solamente tenemos al PP con casi tanto poder en sus manos como el que tenía su añorado caudillo en sus mejores tiempos, sino que esto no tiene trazas de acabar nunca, pues el PP conserva su mayoría en la intención de los votantes –es decir, de los que piensan seguir votando– aunque nos estén masacrando con sus políticas.

¿Cuál es la solución, el 15-M, el 25-S? Pues mientras que eso no cristalice en algo concreto –y me temo que nunca lo hagan– seguiremos igual. Y a ver quién puede en el futuro dar marcha atrás a –por ejemplo– las numerosas privatizaciones que están llevando a cabo entregando todo a sus amiguetes. Un recorte puede enmendarse, pero una privatización o una ley –no digamos si es orgánica– tiene difícil remedio.

Hay que castigar al PSOE, cierto, pero eso me recuerda aquello de que se fastidie el sargento, que hoy no como rancho. Yo diría que hay que votar a algún partido de izquierdas, el que sea, aunque no sintamos gran entusiasmo por él, pero en contra de lo que piensan quienes se quedan en casa los días de elecciones, esta actitud pasiva equivale –ya lo ven– a un apoyo explícito a quienes quieren eliminarnos del mapa.

¿Por qué ese rechazo generalizado al PSOE y ese apoyo más generalizado todavía al PP? Lo digo porque quienes sostienen que PP y PSOE son la misma cosa están equivocados. Los del PSOE han traicionado a sus votantes muchas veces, demasiadas, pero el PP no necesita ni traicionarnos, les basta ser fieles a su falta de principios y tirar adelante con sus adeptos. Recuerden, la derecha nunca se queda en casa cuando hay elecciones, son –ya lo dicen– inasequibles al desaliento.

*En la foto, E.Aguirre en postura mosaica mostrando las tablas de la ley del "donde dije digo...". 

30 octubre 2012

¡Halloween! (Jalo...¿qué?)

Por supuesto esto no es más que una cuestión muy personal, porque no simpatizo con la "colonización cultural”, pero me gustaría que alguien me convenciese de que mi rechazo no está justificado.

Me estoy refiriendo a esa fiestecita llamada Halloween que se nos ha metido en las entretelas de nuestras tradiciones gracias a la debilidad con que aceptamos todo lo que viene del mundo anglosajón y la facilidad con que permitimos que nuestros hijos lo adopten como si fueran usos que ya practicara Don Pelayo.

Para empezar, se trata de una fiesta que no tiene nada que ver con nuestras costumbres –iba a decir cultura, qué iluso–  y como suele ocurrir, lo hacemos siguiendo puntada a puntada lo que se hace en los EE.UU.; pero mal. Padres y abuelos inducen a sus retoños a disfrazarse y repetir como cotorras lo de truco o trato convencidos de que con eso contribuyen a su felicidad y que se trata sólo de una muestra de modernidad que no hace ningún daño, nadie se para a pensar que se está contribuyendo a idiotizar a las siguientes generaciones y a que en el futuro fijen su meta principal en consumir todo lo que se les ponga por delante, que al paso que vamos no será mucho.

Ahí tenemos la famosa frase “truco o trato” que se supone que los tiernos y aleccionados infantes repiten al llamar a una casa para pedir golosinas, ¿alguien le encuentra alguna lógica a la gracieja?, ¿alguien cree que significa lo que pretende? Esa expresión no es más que la traducción directa hecha por un descerebrado de su original “trick or treat”. Si usted coge un diccionario y toma la primera acepción que encuentre para cada palabra, la traducción total resultará ser eso de “truco o trato”, pero si consulta con alguien que hable inglés correctamente o con un norteamericano que sepa expresarse en español, le explicará que “trick” ademas de "truco" es también “broma, travesura, (mala) faena, diablura…” que es lo aplicable en este caso. En cuanto a “treat” es aún peor: lo inmediato es pensar que significa “trato”, pero ese hablante de inglés o ese norteamericano al que me refería, le aclarará que coloquialmente también es “chuchería, golosina…”. De esta manera, los infantiles extorsionadores conquistados por los usos de los paisanos de John Dillinger, lo que en realidad tendrían que decir sería algo así como “broma o chuches”, nada que ver con lo que estamos acostumbrados a ver y oír. Claro está que eso impediría el alarde de modernidad que supone poder escribir “truko o trato” (lo he visto en un supermercado), porque ya se sabe que el empleo de la “k” mola mazo.

La travesura con la que los americanitos amenazan a sus vecinos parece ser que va desde tirar unos huevos más o menos podridos contra la casa del que se niega a la donación, a medidas más radicales como romper o ensuciar alguna parte de la casa que esté al alcance de los extorsionadores. Hablamos básicamente de esas casitas con la cerca blanca de madera que, según parece, tanto abundan en las ciudades americanas.

Otro asunto: ¿piensan que alguno de los niños que aquí se disfrazan para dar la lata la noche del 31 de octubre –y en muchos casos, equivocadamente, el día 1– sabe lo que es una calabaza o la ha visto alguna vez en la vida real?, ¿cabe mayor espanto que esas calabazas de plástico que venden en cualquier comercio? Vale... no permitamos que la realidad estropee una tontería de importación, al fin y al cabo anima el comercio por estas fechas. 

En cualquier caso y digan lo que digan, si algún angelito se atreve a llamar a mi puerta y soltar eso de “truco o trato”, lo que seguro que se lleva es un capón, algo que no contemplan las alternativas que ofrecen.

Digo yo, ¿de verdad nuestros hijos o nietos precisan esa clase de mamarrachadas?

26 octubre 2012

Los ejércitos


Ni siquiera cuando era un niño pequeño pasó por mi cabeza la idea de ser militar, bombero, policía o alguna de esas profesiones que suelen entusiasmar a los tiernos infantes, pero desde que soy adulto tengo muy claro la necesidad y el papel que deben desempeñar estas instituciones en una sociedad debidamente estructurada.

Se ha puesto de moda desde hace algún tiempo entre ciertos ácratas de salón o botellón abominar de los ejércitos, protestar por los gastos que requieren y pedir su desaparición, algo que cualquiera suscribiría si fuese una iniciativa puesta en práctica por todos los países del mundo de manera simultánea, pero lamentablemente se trata de una posibilidad que ni siquiera llega a la categoría de utopía.

Estos desinformados pacifistas deberían echar un vistazo a ese experimento de un nuevo tipo de sociedad que fueron los EE.UU. en su fundación como nación allá por 1776. Habían llegado desde Europa emigrantes de todos sus países, que huyeron hartos del mundo en el que habían estado viviendo hasta entonces. Por eso en aquel territorio hubo intentos de implantar desde el socialismo utópico hasta una sociedad sin estado, desde el más puro liberalismo a la organización social en comunas y hasta una nueva religión basada en el cristianismo del que casi todos procedían, pero libre de la corrupción y la maldad de las iglesias que estaban instaladas por el viejo continente. Lógicamente también hubo quienes propusieron la desaparición del ejército como tal y admitían, si acaso, mantener unas milicias civiles para defenderse –decían– de improbables agresiones exteriores, puesto que el no-intervencionismo iba a ser una constante a mantener por la nueva nación.

No hace falta decir en qué quedó todo aquello y más concretamente en lo referente al ejército: desde hace décadas EE.UU. posee el ejército más poderoso de la historia y sus intervenciones en otros países actuando como aparente gendarme mundial, o descaradamente en su propio provecho, son constantes desde hace más de cien años. Teniendo en cuenta la condición humana, no es posible un país respetado si no está respaldado por unas fuerzas armadas aceptablemente potentes. Es más, si la población del planeta consume masivamente ese mejunje empalagoso llamado Coca-Cola, es consecuencia directa de la potencia del ejército norteamericano.

El perfil de los estados que no poseen ejército es el de pequeños territorios o islas, casi siempre paraísos fiscales, tutelados por alguna potencia que casi inevitablemente son los EE.UU. Hasta donde yo recuerdo sólo un país de cierta extensión territorial ha abolido el ejército, Costa Rica, y eso a costa de reforzar sus fuerzas policiales y sin duda contando también con la protección de los EE.UU. en caso de necesidad. No puedo evitar la carcajada cuando oigo decir al actual presidente de la generalitat catalana que, cuando consigan la independencia, renunciarán a tener ejército. No es que no vaya a ser así, que por supuesto que no, es que ni siquiera es cierto que en ningún momento haya sido esa su intención.

España no es un país militarista ni agresivo, pero es evidente que su situación geográfica no es precisamente tranquilizadora, de ahí que en un momento u otro de la historia hayamos sido invadidos por todos aquellos que no encontraban nada mejor que hacer. Desde los vikingos, que llegaron a arrasar Sevilla y buena parte de las poblaciones costeras gallegas, a los últimos invasores árabes, hemos sido víctimas de las apetencias de quienes militarmente eran más fuertes y osados.

Recordemos que cada vez que España se ha mostrado vulnerable, otros han aprovechado el momento para sacar provecho y además han sido rápidos y contundentes. Desde la toma de Gibraltar por los ingleses durante la Guerra de Sucesión, hasta el apoderamiento del Sahara por Marruecos aprovechando la parálisis política motivada por la agonía del dictador en 1975. Por cierto que es significativo comparar los casos de Gibraltar&Malvinas, Hong-Kong y Macao (mejor no acordarse de Goa), que responden a la capacidad militar de los países reclamantes y de los reclamados. Gibraltar&Malvinas siguen en manos británicas y no creo que ninguno de los que ahora habitamos este planeta lleguemos a ver un cambio significativo en sus status, aunque la ONU los tenga actualmente clasificados como territorios a descolonizar. Hong-Kong fue objeto de largas negociaciones entre el Reino Unido y China, ambas grandes potencias, pero en el caso del Reino Unido en plena decadencia mientras que, por el contrario, China en claro y rápido ascenso, así que irremisiblemente se optó por descolonizar. En cuanto a Macao, China prácticamente se limitó a comunicar a Portugal cómo y cuándo tenía que efectuarse la devolución; y punto. 

Hay quienes argumentan que si una gran potencia decide atacarnos, nuestro ejército no podría hacer frente a esta contingencia y que de poco valdrían las tropas y materiales de que disponemos; todo eso es cierto, pero es que el peligro grave para nuestro país vendría desde el sur y es para eso para lo que debemos estar preparados, porque no hay que contar con la hipotética ayuda de nuestros “aliados”. Observemos también el porcentaje del PIB que España dedica a defensa, uno de los más bajos de los países de nuestro entorno. La “pacífica” Suiza, puede poner en pie de guerra 200.000 soldados perfectamente equipados y motivados sin demora alguna; España no llega ni a la tercera parte de esa cifra en su ejército profesional y no quiero ni imaginar lo que ocurriría si hubiera que acudir de nuevo al reclutamiento forzoso.

Nadie puede negar que produce dolor ver que tantas necesidades de la población quedan sin atender, mientras sabemos que el coste de un solo caza o un carro de combate bastaría para cubrir muchos de los servicios que se niegan a los ciudadanos, más aún si cabe cuando sabemos que esos trastos terminarán siendo chatarra en unos años precisando de nuevo su sustitución; pero pensemos que precisamente la posesión de esos artefactos es lo que evita tener que utilizarlos. ¿Hace falta que recuerde aquello de Si vis pacem…?

19 octubre 2012

¡Qué más da!



No llevo la cuenta de cuántas veces he oído o leído una frase que en cualquiera de sus variantes viene a decir “Si los demás me entienden, para qué voy a preocuparme de conocer la ortografía, la gramática o el propio vocabulario de mi idioma”, olvidando que también los simios se entienden unos a otros con unos pocos sonidos, porque no precisan transmitir ninguna idea. Iba a decir que el lenguaje ha caído en el más profundo de los desprecios, pero sé que no es eso, lo que ha caído en el más absoluto desinterés es el deseo de conocer, de manejar con soltura los rudimentos de nuestra gramática que, al menos en teoría, aprendimos en el colegio. Hoy en día lo que importa es saber manejar el iPhone o cualquier otro aparatito de moda y poquito más. Por descontado, hay que formar parte de eso que llaman “redes sociales”, donde abundan todo tipo de memeces cuyos autores son lógicamente un alarde de banalidad e ignorancia.

Ya he dicho en otra entrada que leí una vez, dicho por un estudioso de la materia,  que el lenguaje de los pastores –esos que ya casi no existen– no solía llegar a las mil palabras y que rara vez superaba las setecientas u ochocientas. ¿Cuál es hoy el bagaje de la mayoría de los jóvenes y de muchos que no lo son tanto? Yo diría que la cifra está por ahí o poco más, por eso son incapaces de comunicarse y su conversación está plagada de imágenes como eso de “mover ficha”, “pasar página”, “pistoletazo de salida”, "la prueba del algodón", "ponerse las pilas"… imágenes todas ellas difundidas por los medios de comunicación, que a su vez están repletos de supuestos profesionales que no saben ni hablar. De ahí que, por ejemplo, los adjetivos aplicables a TODO sean casi siempre complicado e importante. Si se habla del tiempo, se dice que los próximos días van a ser complicados y que las precipitaciones serán importantes. Si se trata del tráfico, se prevé que habrá retenciones importantes y que desplazarse será complicado. Si habla el corresponsal en cualquier país con conflicto bélico, ya se sabe que la situación es complicada y que ha habido enfrentamientos importantes. Si la noticia es acerca de la actualidad económica del país, afirmarán que es complicada… ¿sigo? Como diría cualquiera de esos asnos que tanto abundan: el hecho es que se entiende, ¿no?

Hagan la prueba de prestar atención a cualquier noticiario de televisión o a la charla de quienes le rodean y verá que han desaparecido adjetivos como pavoroso, terrible, grandioso, enorme, admirable, magnífico, copioso, conflictivo, violento, etc. etc. Cualquiera le dirá que salirse de aquel repertorio de dos o tres adjetivos es simplemente una muestra de pedantería.

Moléstense en mirar los comentarios que acompañan a las noticias en los diarios digitales: produce espanto la colección de disparates gramaticales o faltas de ortografía de la mayoría. Y atrévase a mandar un comentario señalando esas faltas, conseguirá que quienes discutían entre sí a través de esos comentarios se unan para insultarle por ocuparse de asuntos que no tienen la menor importancia, ¡habrase visto!

No hay nada que hacer, es batalla perdida. El sistema educativo español abandonó hace bastantes años la enseñanza del lenguaje –y de casi todo– así que hoy son mayoría quienes ignoran lo que dicen y lo que escriben y para colmo se ufanan de ello. Y no puedo olvidarme de esos zoquetes que se piensan el colmo de la modernidad porque han sustituido la letra “q” y la “c” con sonido fuerte por la “k”, cuando no se empeñan en escribir donde sea y lo que sea como si de un SMS se tratara…

23 septiembre 2012

Nuestros políticos, nuestros ciudadanos



No es una moda, porque en realidad es una costumbre implantada entre los españoles desde tiempo inmemorial –aquello de ¡qué buen vasallo si hubiese buen señor! – salvando quizás momentos históricos excepcionales. Se trata de la descalificación de los políticos por el simple hecho de serlo; no se arremete contra tal o cual de ellos por su actuación, sino que la conducta de uno u otro produce el desprecio hacia la clase política en su totalidad y es una de esas valoraciones que si en un principio no era verdadera al cien por cien, su reiteración termina haciéndola cierta, porque verdaderamente hay que ser muy tonto –o heroico– para dedicarse a una actividad que supone entrar automáticamente en el estamento de los más despreciables y despreciados del país. Naturalmente, quienes más valen, suelen huir de la política como del fuego, porque no resulta muy atractivo entrar en un círculo al que acompaña el desprestigio y que en sí no supone enriquecimiento, salvo que uno posea escasos reparos a la corrupción y la prevaricación y tenga muy claro cómo enriquecerse, como Eduardo Zaplana. Hay excepciones, pero muy pocas, y éste es el método de selección natural que termina imponiéndose. 

Nadie se para a pensar que si los políticos son como son, es porque los ciudadanos somos como somos o, dicho de otra forma, la escasa afición de los españoles por los conceptos abstractos (honradez, justicia, rectitud) hace que cuando un político comete un delito no sea señalado de inmediato con reprobación por cada ciudadano, salvo que ese político milite en el bando contrario. De ahí la inmunidad de tantos presidentes de comunidad, de alcaldes, de cargos de relevancia. Lo malo no es que se corrompan, cualquier ser humano puede ser tentado, es cuestión de precio; lo terrible es que las leyes no actúen de inmediato contra los corruptos, y que la sociedad al completo no les señale sean del partido que sean, ni se les aplique un castigo ejemplar.

Observemos el actual gobierno del PP. El presidente, Mariano Rajoy, ese personaje de ojillos extraviados y pronunciación alienígena, pasará a la historia por ser el mayor mentiroso de cuantos en la historia de España han llegado a ocupar ese cargo, lo que resulta doblemente desvergonzado, pues ahora contamos con las videotecas que dejan testimonio imborrable de esa trayectoria de farsante. Leer el programa con el que se presentó a las elecciones y lo realizado en estos nueve meses de gobierno puede dañar la salud, mucho más que el tabaco. Para colmo, hace más de 30 años que es titular del Registro de la Propiedad de Santa Pola (Alicante), cargo supuestamente incompatible con su actividad política y que se calcula le ha proporcionado hasta la fecha unas ganancias superiores a los 20 millones de euros. Llamativo es aquello de las rayas rojas en sanidad y educación que nunca se traspasarían y que por el contrario ha mostrado especial entusiasmo en pisotear y ultratraspasar. Era aquel hombre que decía tener la solución a la crisis y lo increíble es que hubo muchos que le creyeron. Resulta que lo único que debe tener es el número de móvil de Angela Merkel.

Qué decir de sus ministros. La vicepresidenta, ministra de la Presidencia y portavoz del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, posee un currículum del que cabe destacar su afición a los puestos en la administración pública, algo muy común en políticos del PP, su empeño en buscar un buen trabajo a su marido –nada menos que en Telefónica, ese nidito de amor de los amigos del partido– y el posado para una cuantas fotos publicadas por El Mundo, vistiendo una especie de camisón, en lo que se supone que era una manifestación de sensualidad. Desempeña su trabajo con un fanatismo en el que no hay asomo de equilibrio y se ríe bobamente cuando le recuerdan las barbaridades que decía en sus tiempos de la oposición.

Tenemos a José Ignacio Wert, ministro de Educación, Cultura y Deporte. No tengo noticias sobre su actividad y conocimientos deportivos, pero su desconocimiento acerca de la Educación –en todas sus facetas– es llamativo y notorio, no posee modales y parece empeñado en acabar con colegios, universidades y manifestaciones culturales del tipo que sean. Su mayor éxito ha sido colocar a su esposa como tertuliana en TVE (antes lo era en Intereconomía), aprovechando la cantidad de despedidos por no ser afines. En cuanto a la Cultura, su propio papel como tertuliano en la televisión ya dejó al descubierto las grandísimas carencias de este personaje.

La lenguaraz ministra de Trabajo, Fátima Báñez, aparte de mostrar una ignorancia llamativa en todas sus intervenciones públicas y que lo más cerca que ha estado en toda su vida de trabajar ha sido como consejera de la radiotelevisión andaluza, ha llegado al extremo de encomendar a la vírgen del Rocío la salida de la crisis en la que estamos inmersos. No parece que los resultados animen a ir a la romería en agradecimiento…

Tenemos la suerte de contar con Ana Mato como ministra de Sanidad, cuyo apellido –un presente de indicativo– ya adelanta su intención hacia los españoles y el propósito de despojarnos a todos de la sanidad pública que tanto costó montar. Su ignorancia y frescura se hacen notorios en sus ruedas de prensa y ya antes de ocupar el cargo alcanzó cierta fama al afirmar, cuando su marido de entonces estaba envuelto en la trama Gürtel, que nunca se había dado cuenta de que en “su” garaje había un automóvil marca Jaguar, regalo precisamente de los cabecillas de esta trama. Javier Marías la califica de “pava”, pero yo preferiría no ofender a los animales domésticos y si hay que limitarse al reino animal llamarla como se merece, ese otro espécimen no doméstico que es el terror de las gallinas.

Podemos estar orgullosos de nuestro ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, director que fue para España de Lehman Brothers, ese banco con buena parte de la responsabilidad de la crisis mundial; un incompetente que en 2008 afirmaba que lo sucedido en EE.UU. no repercutiría en la economía española. Todo un profeta, a pesar de que estaba en un observatorio inmejorable. Bien es cierto que su aspecto de tosco rufián no impulsa a esperar grandes cosas de él.
 
En fin, la falta de espacio me impide extenderme sobre los méritos de Alberto Ruiz Gallardón, ministro de Justicia (?), ese beato integrista y trepa descarado; de Miguel Arias Cañete, ministro de Agricultura, cargo muy adecuado puesto que pertenece a una familia de terratenientes andaluces; José Manuel Soria, ministro de Industria, Energía y Turismo (un "vaina" según Javier Marías) al que no se le ocurre nada mejor para inducir a los españoles a practicar sólamente turismo nacional que decir que "en el extranjero hay mosquitos", etc., pero no quiero omitir un pequeño detalle sobre Dolores Cospedal, que aunque no ocupa cargo en el gobierno de la nación está presente permanentemente en los medios por ser la segunda cabeza visible del PP, presidente de Castilla-La Mancha y una de las mayores defensoras de los recortes, la austeridad y la desaparición del estado de mini-bienestar que disfrutábamos. En sus consejos de gobierno, y reuniones de cualquier tipo (poseo más fotos que la de arriba), se consume agua mineral Numen, un producto de lujo con un precio de 4,53€ la botella de litro, algo sin importancia para quien posee una mansión valorada en 2,3 millones de euros en Marbella. Un agua (www.aguanumen.com) que se promociona con párrafos como “se ha creado para satisfacer a las personas que valoran los pequeños placeres de la vida y disfrutan con la combinación del lujo y la salud” y que en su presentación en sociedad en diciembre pasado, obsequió a los numerosos vips invitados con viajes en globo entre otras cosas, supongo que por proporcionar la única experiencia vital que a algunos podía faltarle.

19 septiembre 2012

España son los otros

El que más y el que menos anda estos días comentando o discutiendo con amigos y conocidos acerca de  lo acontecido alrededor de la Diada y la manifestación multitudinaria de quienes aparentemente se pronuncian por la independencia de Cataluña. Digo aparentemente, porque si llegase la hora de la verdad y un referéndum sobre la cuestión, es seguro que muchos darían marcha atrás y se alejarían, silbando al descuido, de quienes insistieran en todo eso del independentismo.


Que me perdonen quienes a estas alturas se queman las neuronas y sus esfuerzos apostando por la secesión de cualquier rincón, sea de España o de otros países europeos, me parecen tan desfasados como quienes pierden su tiempo discutiendo sobre el dogma de la Inmaculada Concepción, es decir, asuntos más que superados y que no van a aportar más conocimiento ni bienestar a los discutidores. Precisamente he tenido la oportunidad de leer estos días en diarios catalanes a quien se declaraba originario del Valle de Arán y pedía su independencia –la del valle– “de quien fuera”. Por los mismos medios he sabido de los tarraconenses que se quejan del “centralismo” barcelonés por haber pensando en Barcelona World como nombre para ese futuro megaparque de ocio –para mí una quimera– despreciando así el hecho de que su ubicación será la provincia de Tarragona, ¿agravios como éste darían lugar a que Tarragona pidiera su independencia de Cataluña? Está claro, todos nos podemos quejar con razón por algo, pero la conclusión no es siempre la oportuna.

Que ciertos catalanes anden todavía quejándose de lo que sucedió en 1714 da una imagen no muy satisfactoria del intelecto de esos catalanes, a los que en su totalidad admiro en lo que es justo admirar, y me recuerdan a esos nacionales de países americanos empeñados en que España o Portugal pidan perdón por los atropellos cometidos allí hace siglos, ¿pero cómo se puede estar tan pasado de rosca y tan lejos de la realidad de hoy?, ¿le montamos una reclamación a Italia por lo de Numancia?

Tampoco hay base real para esa paranoia de que el resto de España detesta a Cataluña. Otra cosa es que ocasionalmente y por tópico se haga burla de sus habitantes por aquello de “la pela”, al igual que de los gallegos –por llorones–, de los vascos –por zoquetes–, de los andaluces –por vagos y graciosillos–, de los murcianos….Lo que sí molesta de algunos catalanes es ese empeño en considerarse diferentes, porque está claro que si uno se empeña en resaltar las diferencias con otros es siempre porque se considera superior...

Es bueno recordar, porque no es ningún secreto, que el dinero de toda España se invirtió fundamentalmente en aquellos polos que se consideraban idóneos para impulsar el avance del país entero, es decir, Barcelona y Bilbao, por este orden, algo que se vio reforzado incluso durante el franquismo. En el caso catalán me ronda por la cabeza un periodo del siglo XIX en el que se le concedió a Barcelona el monopolio del comercio textil con Cuba y otras colonias de la zona, lo que supuso un espaldarazo a su industria y la ruina de otros puntos del país donde se pretendía cimentar una industria similar como, por ejemplo, Béjar (Salamanca). Da igual, pues la cuestión es que si aquella provincia progresó industrialmente no fue porque vendiera su producción a EE.UU., Alemania o China, sino porque el resto del país éramos sus clientes casi obligados. ¿Cómo facturamos ahora todo ese favorecimiento que tan bien les vino a la hora de crear una industria próspera?, ¿a que entonces no decían eso de "Catalonia is not Spain"?

No descubro la pólvora si afirmo que un país para progresar y ser respetado debe tener unas dimensiones mínimas –salvo paraisos fiscales– tanto territoriales como poblacionales, que apenas superamos en la actualidad, menos aún si se descontase Cataluña a la que seguiría sin duda el País Vasco. ¿Han visto qué poco problema supuso el rescate de Grecia o Portugal y qué diferencia con la manera como se aborda el de España?, ¿creen que una desmembración a la yugoslava aportaría mejora a cualquiera de las partes resultantes?

Estoy convencido, porque así he creído verlo en mis visitas a Cataluña, que no es el independentismo el oscuro objeto de deseo de los catalanes, sino la rabia por la situación en que nos encontramos y la facilidad con que esa rabia encuentra desahogo culpando a “otros” de los males propios. Yo mismo, que vivo en Madrid, pero que soy de otra región, estoy tan afectado por la situación político-económica actual que desearía pedir la independencia de quien fuera, pero, ¿de quién?, ¿a quién designo como pararrayos de mi cabreo?, ¿acaso no somos todos responsables por haber llegado o dejar que llegáramos a esta situación?, ¿a quienes beneficiaría una posible independencia, sino a los políticos que empujan hacia ella por su propio provecho?

Pienso en los lazos humanos, comerciales y de todo tipo que unen mucho más de lo que parece unas partes con otras y que son los que dan cohesión a cualquier país actual como un todo. Checoslovaquia tenía cuando se dividió en dos una historia común de sólo 74 años y cuando no hace mucho estuve en la República Checa, sus habitantes aún seguían perplejos porque la separación se hizo de espaldas a ellos, fue una decisión exclusiva de los políticos. 

Dejemos pues que algunos pueblecitos de por aquí jueguen a declararse “repúblicas independientes de Ikea”, si eso les entretiene y alivia las penalidades por las que estamos pasando y vamos a concentrarnos en salir adelante, eligiendo también a los políticos más adecuados para ello, pero recordando al tiempo que la solidaridad consiste en descubrir que el bien ajeno también supone a medio y largo plazo el propio bien. 

Y no olvidemos la posibilidad de que España pase a ser de una vez por todas un estado federal, dando así satisfacción a las ansias de algunos y justificación a la existencia del Senado, hoy de brazos cruzados. Acabemos así de una vez con la monserga de quienes piensan que una mayor autonomía es el bálsamo de Fierabrás.

*En la foto unos pintorescos manifestantes que no se sabe muy bien si hicieron la mili con el timbaler del Bruc o con Gunga Din.

14 septiembre 2012

¡Váyase en agosto!


Hay quien me asegura que el fenómeno que me preocupa se está atemperando en los últimos años, aunque yo desde luego no percibo esa variación y, en cualquier caso, más lo atribuiría a la actual situación económica que a otras causas, de manera que, si acaso, esa supuesta mejoría durará lo que dure esta ya larguísima crisis. Estoy hablando de esa peculiar costumbre española de paralizar el país durante todo el mes de agosto con motivo de las vacaciones generalizadas.

No sé cuándo se inició esta desbandada veraniega aunque al menos debe ser desde los años 60 del siglo pasado y seguramente se extendió con la popularización de las vacaciones fuera del domicilio habitual, que antiguamente sólo disfrutaban los bien situados económicamente. En los últimos años, se extendió incluso la costumbre de pedir un crédito para poder irse de vacaciones, porque suele suceder que todo el mundo se cree con derecho a todo, mientras que ni se les pasa por la cabeza que existen obligaciones y limitaciones.

A ver si sé explicarme: no es que me moleste que cualquiera disfrute de un descanso anual probablemente bien ganado, marchando a la playa o a otros lugares, lo que me parece disparatado es que ese éxodo se produzca de manera general en el mes de agosto, de forma que todo se paraliza –cierra hasta alguna fábrica de automóviles– y, lo que es peor, esa paralización se inicia ya en julio y se prolonga durante el comienzo de septiembre, hasta que quienes vuelven de su vacaciones se van aclimatando a la vuelta al trabajo. En total, casi dos meses de bajo rendimiento y de ellos un mes de paralización casi total. Parece que todo el mundo quiere hacer lo mismo al mismo tiempo y de ahí los terribles embotellamientos en las autopistas y la densidad de bañistas en las playas, que no permite a veces ni extender la toalla donde tenderse. Si a esto se le suma la gran cantidad de “puentes” que salpican todo el año, díganme cómo va a salir este país de la crisis y cómo va a ser competitivo frente a unos chinos –por ejemplo– que no abandonan sus establecimientos o su trabajo ni para ducharse.

Hay extranjeros que se sorprenden de que cantidad de establecimientos comerciales, fábricas y talleres, se permitan el lujo de cerrar totalmente paralizando sus ventas o su actividad, porque resulta inconcebible que alguien renuncie voluntariamente durante un mes a su actividad productiva o comercial. Tengo la experiencia personal de un grave accidente sufrido hace unos 25 años en el mes de agosto y, como no había ambulancia disponible, tuve que ser trasladado al hospital  –en donde se me ingresó directamente en la UCI– en la parte trasera de un Land Rover (sin asientos) de la policía municipal, dando tumbos dentro del propio coche y de un lado para otro de la ciudad, pues su conductor no conocía Madrid ni la ubicación del centro hospitalario, por increíble que parezca.

¿Tan difícil sería escalonar las vacaciones para que el parón del mes de agosto no fuera tan rotundo? Entiendo que nadie quiera ir a la playa en enero –porque se piensa que unas vacaciones no son tales si no hay playa–, pero nuestro clima permite disfrutar de tres o cuatro meses con una climatología favorable y, en todo caso, tampoco parece disparatado admitir que no todos podemos ir a la playa con buen tiempo casi asegurado todos los años.

Para compensar, el que se queda durante ese mes en su casa –yo vivo en Madrid– debe sufrir todos los inconvenientes de esa huída de los conciudadanos: si quiere comprar el periódico, tendrá que caminar mucho más de lo normal para encontrar un quiosco abierto y encontrará que su columnista favorito también deja de escribir en agosto, si precisa ir al médico no conseguirá cita o le recibirá un suplente porque el titular está de vacaciones, si pretende echar mano de su abogado o notario no se haga ilusiones, si tiene que realizar una gestión con la administración o en una gran empresa mejor que será que abandone, pues no habrá quién le atienda y si hay le mirará con odio por interrumpir su estado de relax. El mercado de la zona donde vivo tiene un buen número de sus puestos cerrados y los que quedan miran a sus clientes como si de zombis se trataran. Ferreterías, bares, ultramarinos, el “cerrado por vacaciones” se extiende como una plaga.

Lo peor es que quien no se marcha en agosto es mirado como si de un apestado se tratara –ellos mismos se sienten casi avergonzados– y los ayuntamientos de las grandes ciudades colaboran en este maltrato hacia los rebeldes, reservando para ese mes todas las obras que precisen del uso de los benditos martillos neumáticos. Sumemos a esto el escándalo que se monta en las fiestas populares (aquí lo popular es siempre a base de mucho ruido) y tendremos una imagen pálida de lo que es el mes de agosto en España.

31 agosto 2012

Políticos españoles


Hay una pregunta que constantemente nos hacemos unos a otros: ¿son los políticos españoles excepcionalmente corruptos? Yo siempre respondo lo mismo: el asunto no es que los políticos españoles sean especialmente corruptibles, sino que los españoles somos bastante corruptibles en general, no damos importancia real a ese delito y solemos premiarlo con nuestros votos llegando a otorgarles la mayoría absoluta en las elecciones. Esa correspondencia entre ciudadanos y políticos vale para cualquier país, porque los políticos no son más que personas extraídas de entre la población y por lo tanto, de una población con escasa conciencia cívica saldrán políticos como los nuestros. ¿Por qué Dinamarca es el país menos corrupto del mundo según Transparencia Internacional? Pues porque seguramente los daneses son escasamente corruptos, tienen principios, y desprecian profundamente al que cae en ese delito y además la corrupción tiene penas muy duras. Por el contrario, ¿por qué Guinea Ecuatorial es uno de los países donde la corrupción es más intensa, según la lista publicada por esa organización?, ¿hace falta que lo diga?, ¿tendrá algo que ver Teodoro Obiang Nguema –no olviden que se formó en España– y su hijo, conocido como Teodorín? (en la foto, Obiang es el que se encuentra en la foto inferior, a nuestra izquierda).

Hay una estadística que afirma que en España hay un bar por cada 460 habitantes. Parece excesivo, aunque eso no es nada comparado con los políticos per cápita que mantenemos, porque estos han resultado ser una especie mucho más peligrosa y costosa.

¿Cuántos españoles hay por cada político? Bueno, eso sería asunto muy difícil de contestar, pero hagan la cuenta. Tenemos un Senado –que hasta hoy, nadie ha conseguido averiguar para qué sirve– con 266 miembros y un Congreso que actualmente cuenta con 350 diputados. No está nada mal, pero ¿qué tal si sumamos los miembros de los parlamentos regionales?, porque cada uno tiene un buen número de miembros; Galicia tiene 75, Andalucía 109, Cataluña 135, Castilla-León 84, etc. hasta hacer un total de 1268 diputados autonómicos. Si a eso le sumamos el ingente número de asesores, directores generales, consejeros, delegados del gobierno y en fin, todas esas canonjías con las que quienes ganan las elecciones –sobre todo si es con mayoría absoluta– obsequian a familiares, amigos y allegados, podemos hacernos una idea del coste de esa inmensa muchedumbre que compone la clase política, muy lejos en todo caso de esos 450.000 que dice Jiménez Losantos. Por si acaso, avisaré que no estoy planteando la desaparición de los políticos o los partidos.

Dinamarca, con una primer ministro socialdemócrata, tiene un parlamento unicameral de 179 miembros. Parecen bastantes, teniendo en cuenta que la población del país es de alrededor de 5,5 millones, pero hay diferentes circunstancias, como que no existe esa cantidad enorme de puestecillos para otras tantas sanguijuelas que harán lo imposible por sacar buen provecho, rentabilizando adecuadamente el cargo. Por supuesto, y lo digo sinceramente, no creo que el cien por cien de nuestros políticos sean así, pero tristemente el porcentaje es muy elevado, porque aquí –como ya decía antes– no hay una moral civil y la moral religiosa consiste en ir al Rocío, rendir pleitesía al cristo de Medinaceli, acudir a las fiestas religiosas locales y otras actividades de ese rango. Bueno, en el caso de algún fanático con apellido compuesto recién sacado del horno, también en legislar desde su ministerio para dificultar o impedir la interrupción voluntaria del embarazo.

Siguiendo con Dinamarca, ellos podrían darse el lujo de tener casi un político por habitante si quisieran, pues la organización, laboriosidad y eficacia del país es muy alta, pero no les ha dado por ahí. Cuentan –de verdad– con una sanidad pública inmejorable, cuentan –de verdad– con una enseñanza pública magnífica y realmente gratuita, permitiéndose el lujo de gratificar a cada estudiante mayor de edad con un salario mensual que casi alcanza los 750 euros, una magnífica red de autopistas completamente gratuitas, ayuda para la vivienda, protección real a las personas dependientes, etc.

Para terminar y aunque EE.UU. no es hoy un país ejemplar en casi nada, no está de más recordar que tiene en la actualidad cerca de 310 millones de habitantes y posee un gobierno federal formado por dos cámaras: el Congreso tiene 435 miembros y el Senado 100, es decir, dos senadores por cada estado. Para hacernos una idea, California, que cuenta con casi 38 millones de habitante, cuenta con dos senadores. En España, la provincia de Soria, con 95.000 habitantes, tiene cuatro senadores. Agotados que estarán estos pobres…