25 marzo 2013

Olimpiadas en Madrid


Hay un dicho que afirma que cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Se lo oía a los adultos que me rodeaban cuando era pequeño y nunca conseguía entender muy bien qué quería decir aquello. Sin embargo, y aunque al hacerme mayor ya supe el significado, ha sido en estos tiempos cuando he podido comprender la verdad que encerraba este dicho, uno más entre los muchísimos que abundaban en la lengua española y que para bien o para mal están desapareciendo por culpa de la actual pobreza lingüística generalizada.

Viene a cuento todo esto por el empeño que año tras año pone el alcalde de turno de Madrid en mendigar la concesión de las olimpiadas, una idea original del dilapidador y nefasto Gallardón adoptada con entusiasmo a título de feliz herencia recibida por la eminente Botella. No puede extrañar esta asunción, pues nadie ha sido capaz de detectar en esta señora una idea propia, así que se apropia desesperadamente de las ajenas.

Creo que a todo el mundo, salvo a los numerosos partidarios del follón sin más, le asusta la idea de celebrar en la capital unas olimpiadas con todo lo que eso trae consigo: gastos, subidas de precios generalizadas, aumento del tráfico y restricciones para los conductores, alteración grave de la vida de los ciudadanos, disparates urbanísticos, etc. En la visita a Madrid del comité del COI, aparte de disfrutar con el espectáculo cómico-patético de Botella hablando inglés, los periodistas extranjeros se preguntaban cómo España se atrevía a meterse en los gastos que suponen unas olimpiadas mientras que ciudades con mayores recursos abandonaban esta pretensión a la vista del panorama económico mundial.

La simple idea de esos gastos ya debería espantar y disuadir de llevar a cabo estos juegos teniendo en cuenta que estamos en crisis y que no hay ni un euro –dicen– para nada, hasta el Wall Street Journal se escandalizaba el año pasado de esta pretensión española y recordaba que los juegos de Londres se estimaba que habrían alcanzado un gasto de 11.000 millones. Los Juegos Olímpicos de invierno de Sochi (Rusia) a celebrar en 2014, tenían un presupuesto 9.300 millones de euros, pero la última revisión aumenta esa cifra hasta los 25.500, lo que no está nada mal teniendo en cuenta que aún falta un año. Aquí, la preparación de las tres candidaturas –para 2012, 2016 y ahora 2020– ha debido suponer un gasto superior a los 100 millones de euros (más de 16.638 millones de pesetas, oiga), una fruslería si se compara con la deuda municipal de Madrid que Gallardón consiguió elevar por encima de los 7.000 millones de euros –el municipio más endeudado de Europa–, más de un 63% de la deuda total de todos los municipios españoles. No he podido averiguar cuánto se gastó para la primera y tampoco han dicho nada sobre la actual, pero para el intento fracasado de 2016, el propio Gallardón reconoció un gasto de 37,8 millones. Si dispone de una calculadora no es muy difícil comprobar que tengo razón e incluso me quedo corto.

Teniendo en cuenta la avidez de nuestros políticos en general y de los del PP en particular cuando hay dinero a la vista, es fácil imaginar que ya se están relamiendo por lo que puede caerles a cada uno en mejora de su economía personal. No obstante, es innegable que hay ciudadanos que se apuntan a todo, fundamentalmente porque no ven más allá de lo que la publicidad institucional les presenta y no se dan cuenta de lo que hay detrás de tanto festejo, por eso estuvieron encantados con aquello de la JMJ de 2011, con el asunto Eurovegas y si por ellos fuera, hasta apoyarían que el festival de San Remo se celebrara en Madrid.

¿Hace falta que señale con el dedo quiénes son aquellos a los que mayoritariamente les atrae la idea de los juegos olímpicos, aparte claro está de quienes sacarán tajada de ello? Sí, acertó; los atolondrados, la gente de orden que sigue sin rechistar las consignas que vienen de arriba, los irresponsables… y en buena parte, los disciplinados votantes de cierto partido (aunque resulte redundante); esos por descontado.

15 marzo 2013

Habetis papam


Todavía no ha acabado el bombardeo a que los medios nos han sometido por la cadena de acontecimientos que comenzó con la renuncia del anterior papa y el proceso que ha finalizado con la elección de su sucesor, del que todavía siguen contándonos todo lo que consiguen averiguar poco a poco (y lo que nos queda). Que si estuvo en una residencia de los jesuitas en Alcalá de Henares allá por los 70 o que tuvo una novia porteña, que es aficionado al fútbol y devoto de un equipo local, que es peronista o colaboró con la dictadura argentina. Todo para satisfacer esa mezcla de vacío de vida propia y necesidad de cotillear la ajena que caracteriza al ciudadano medio de estos tiempos. No servirá de nada ese intento teatral de acercar el nuevo papa a la población eliminando el ordinal en su nombre. Si no se antepone lo de papa al nombre de Francisco, nadie sabrá si se está hablando del pontífice, de un cantante o de un futbolista, cada uno de ellos representante de una cierta fe.

Todos ponemos en nuestro rostro una sonrisa de superioridad cuando en una película o documental que se desarrolla en lugares apartados, vemos esos ritos de seres primitivos donde aparece el hechicero de la tribu lanzando conjuros, tomando pócimas mágicas y se bailan danzas con grandes aspavientos para atraer la ayuda de los dioses. Viendo todo el aparato –eso que llaman tradición y liturgia– que la iglesia católica despliega apenas puede para dejar embobados a creyentes y otros que no lo son, ¿acaso no es lo mismo que lo que practican esas tribus, solo que llevado a cabo con mayor despliegue de medios y muchísimo más lujo?; exactamente, ¿cuándo dijo Jesús que había que vestirse de chamán para adorarle? No he conseguido interesarme mínimamente por las declaraciones en televisión de esos espectadores que han corrido a San Pedro para poder decir que “estuvieron allí” y exhiben sus caras pintadas y sus banderas como si de una competición deportiva se tratara, o el folclórico éxtasis de tanta monjita de evidente procedencia tercermundista (¡a qué otras podrían engañar hoy en día!).

No me he sentido enganchado lo más mínimo por todo el circo de los cónclaves y sus espectaculares soldaditos de opereta, sus vestimentas de colorines y ritos con humos coloreados. Si acaso, solté la carcajada porque me hizo gracia un comentario leído en no recuerdo qué periódico, que decía a propósito de la enorme y densa humareda negra que pudo verse tras la primera votación, que los romanos habían tenido que correr a sus azoteas a quitar la ropa tendida, para que no se les tiñera del mismo color de ese humo.

Pues bien, ahí tienen a su papa –habetis papam–, y que lo disfruten. Nada de lo que haga evitará el declinar constante de la institución, que va sufriendo una sangría diaria en el número de fieles que acabará por reducirlos a un club de devotos menos numerosos que los que pueda tener cualquier cantante de éxito, algo que ya adelantó John Lennon en 1966. Por desgracia eso no se debe a un aumento de la cultura, del interés por el conocimiento o de la reflexión sobre las bases en que se asienta la fe, sino porque el tiempo que antes se dedicaba a asistir a la iglesia o actividades relacionadas, se aplica hoy en buena parte a ese culto profano que es Instagram, Tik tok, WhatsApp y tantas otras marcas de eso que llaman redes sociales, en las que se dicen cosas entre sí quienes –por lo general– no tienen nada que decir.

Creo que anda por el 75% el número de españoles que todavía se declara católico. Sería interesante conocer cuántos de ellos consagran siquiera un minuto al día a pensar en su dios y cuántos conocen e intentan cumplir los preceptos de esa iglesia. Esos pocos quizás merezcan algún respeto; el resto, sólo pena y burla.

14 marzo 2013

El buen hablar



No me refiero al buen hablar en el sentido de dominio del lenguaje, sino del no abuso de lo que familiarmente se conoce como palabrotas. Tratar este asunto parece interés en ganarme enemigos, pero como puede haber percibido cualquier lector que haya visitado antes este blog, no es un riesgo que me preocupe en exceso o al menos no tanto como para impedirme el comentario.

Hace dos días paseaba por un bulevar de mi barrio, y observé que una chica de unos dieciocho o veinte años caminaba en dirección contraria a la mía. Cuando faltaban pocos metros para que nos cruzáramos apareció detrás de ella un joven de más o menos su edad y vi que se le acercaba con el típico gesto de quien se dispone a dar una sorpresa o un susto. Al aproximarse a su espalda la tomó por la cintura con las manos y eso provocó en la chica un respingo y una exclamación que era todo un resumen de su riqueza de vocabulario: ¡la hostia puta!, ¡me cago en tu puta madre! Después los dos se quedaron riendo y charlando: se trataba simplemente del encuentro de dos jóvenes, poseedores de un lenguaje actualizado.

Puedo asegurar que a estas alturas es difícil que me ruborice ninguna expresión como ésa, pero debo admitir que sí me molestó en esta ocasión, porque fue dicha a gritos y porque tras leer un artículo de Javier Marías, hacía varios días que me había detenido a pensar sobre el uso excesivo de las expresiones malsonantes en España. En ese artículo, el escritor cita dos perlas literarias dichas en su presencia en una tertulia: "Tengo unos ovarios así de grandes y los pongo encima de la mesa", y "Lo digo porque me sale del chichi". Delicioso, ¿no?

Siempre y en todas partes, ha habido expresiones tremendas, insultantes, para aportar agravios verbales a un enfrentamiento que con frecuencia acaba en sólo eso, pero creo que nunca como ahora y aquí se ha salpicado el habla de vocablos indeseables en conversaciones normales. Leí hace pocos años que –me parece que era en Chile– a los españoles nos llamaban “los coños”, sencillamente porque les llamaba la atención la necesidad que parecíamos tener de colocar esa palabra como muletilla cada poco en nuestra conversación normal. Y es que esa profusión de palabrotas no es una característica del idioma español, sino del español que se habla en España, da igual el ámbito al que nos refiramos, no hay más que recordar tantas expresiones atroces proferidas por miembros de nuestras cámaras legislativas y hasta por las más altas instancia del estado. Cada vez que un micrófono queda abierto inadvertidamente, se revela el habla habitual de los personajes cuando creen que nadie les oye.

En todos los idiomas existen eso que solemos llamar palabrotas, casi siempre referidos a los órganos sexuales o a su uso, pero es aquí donde el surtido resulta inacabable y su utilización permanente, produciendo siempre asombro en quienes nos visitan y no me extraña, no creo que en ninguna latitud sea posible presenciar una escena como la que relato al comienzo sin que se produzca un enfrentamiento violento. El nuestro debe ser el único país del mundo donde el uso de expresiones bárbaras sea constante y extendido, lo que sumado al elevado tono empleado al hablar, produce espanto al foráneo que no está acostumbrado.

No existe en ningún idioma europeo civilizado ese uso constante y esa diversidad de repertorio –curiosamente, tampoco existe ese tuteo que nos invade–, en la mayoría de los países de Sudamérica no alcanzan la generalización que el mal hablar tiene en España, y me consta que en Brasil ese vocabulario está reservado a la población de bajo nivel cultural y económico. Viví un corto periodo en una ciudad de Estados Unidos y prácticamente no pude oír ninguna palabrota en los entornos en los que me desenvolví. Aquí sin embargo, es posible oír a un niño que aún asiste al jardín de infancia decir gilipollas con la mayor naturalidad.

No es una moda temporal, puesto que ya lleva bastantes años asentada, ni parece tener remedio, porque si alguien se atreve a afear el uso de esas expresiones –como este mismo texto– tiene todas las papeletas para ser tachado de gazmoño, timorato o sencillamente imbécil, igual que cuando se intenta corregir en otros un error gramatical o falta de ortografía al escribir.

05 marzo 2013

La difícil imparcialidad


A quienes con alguna frecuencia vayan leyendo lo que aquí escribo puede que les resulte sorprendente, pero les aseguro que pese a mis fobias y filias procuro ser ecuánime y no dejarme llevar por ideas previas. Sé que es imposible y que nadie consigue esa ideal imparcialidad, pero sería una de las virtudes que me gustaría poseer y en persecución de la cual realizo bastantes esfuerzos. Otra cosa es la imposibilidad de que quienes practican el forofismo en todos los aspectos de su existencia reconozcan esta voluntad mía, ellos, que simplemente atacan o disculpan en función de consignas autoimpuestas previas. De todas maneras no me atormento por el problema, sé que la objetividad absoluta es imposible e inevitablemente soy consecuente con mis ideas. Claro que para todo hay niveles; me decía un amigo –facha donde los haya– que ahora sí que TVE es imparcial y no antes, que era de izquierda radical. Dice mucho sobre mi tolerancia que yo siga siendo su amigo.

Viene todo esto a cuenta de asuntos sobre los que con frecuencia trato en estas entradas, muchas veces –más de las que me gustaría– referentes a cuestiones de política, pero soy consciente de que para alguien medianamente preocupado por el mundo que le rodea, es inevitable que todo termine fluyendo hacia ese tema porque, como le decía  el otro día a alguien con quien discutía, si empiezas a criticar la calidad del agua que sale del grifo, ya estás hablando de política y sólo un rematado lerdo puede decir eso de “no me gusta hablar de política”, porque en realidad casi todo es política.

Hablando de esas fobias o filias que tanto influyen en nuestra valoración de las cosas, no puedo dejar de recordar a quien me decía hace ya años que Ana Belén le producía náuseas, sin que aquella persona –de claras tendencias ultraderechistas– confesara que ese sentimiento era debido a que anteponía la adscripción política a la calidad de esta actriz y cantante, sea cual fuera.

Yo, por ejemplo, no puedo negar la antipatía que siento por la atleta Marta Domínguez, pero puedo explicar y razonar ese sentimiento. La primera vez que supe de su existencia fue al presenciar en televisión cómo en una carrera empujaba descaradamente a una competidora. Deplorable es que alguien intente eliminar a un competidor con malas artes, pero en deporte profesional produce especial repugnancia. Más tarde, supe de su implicación en asuntos de drogas deportivas y que era cercana al partido que para mí simboliza lo peor –ahora no es cercana, sino senadora por ese partido– y para remate leí en la prensa que hace años, cuando un periodista le preguntaba la razón por la que apoyaba al PP contestó “porque el PSOE no le había ofrecido nada” (está documentado). Sobran las palabras.

Todos los partidos procuran captar a personajes populares para integrarlos en sus filas, pero es el PP el que en ese aspecto bate todos los récords: según leo, no hay deportista conocido que no haya fichado por ese partido, excepción hecha de Fermín Cacho. En el campo de los artistas e intelectuales la cosa presenta más dificultad para la derechona, porque esos suelen tener sus propios criterios y de ahí que los únicos fichajes señalados sean los de Norma Duval y Fernando Sánchez Dragó; una ex vedette de revista y un ex comunista, ¡casi ná!. Consigue el PP un éxito indudable en la captación de familiares de víctimas del terrorismo dispuestos a vivir del cuento y con progenitores de niños muertos en desagradables circunstancias, propicios a obtener beneficio de su desgracia.

Todo queda mucho más claro cuando se habla de políticos y sin mucho esfuerzo por mi parte, en tiempos no muy lejanos admitía la descalificación que amigos de derechas hacían de Bibiana Aído o Leire Pajín, porque no me costaba aceptar la escasa cualificación que aparentemente poseían ellas para los puestos que desempeñaban. El problema es que actualmente esos mismos amigos no reconocen, ni aunque se les amenace con la tortura, que Ana Botella, Fátima Báñez o Ana Mato –por citar solamente unas pocas joyas– han dejado en pañales aquella sonada incompetencia, incrementada además con una buena dosis de antipatía personal. Son gente que no lo reconocen  ni aun mostrándoles vídeos de sus intervenciones públicas, que deberían hacer sentir bochorno a cualquiera. Pensar que en Madrid hemos tenido de alcalde a un Tierno Galván, que hablaba desde alemán a latín, y ahora tenemos a esa arribista que no sabe ni hablar español…

20 febrero 2013

¡Muérase, Mr. Adelson!


Hoy he visto en el telediario a los habitantes de Alcorcón presentando en el ayuntamiento sus solicitudes de trabajo para Eurovegas y de inmediato se me ha venido a la cabeza la película Bienvenido Mr. Marshall y más concretamente la escena en la que los vecinos del pueblo hacían cola para contarle a un funcionario del ayuntamiento qué regalo querían recibir de los americanos que estaban al llegar.

Es triste comprobar a dónde puede llevar la penuria de unos y el bajo precio que otros ponen a su dignidad. Según parece, hay en el pueblo discrepancias acerca de los bienes que la llegada de Mr. Adelson y su gang puede suponer. Por descontado que quienes están sin trabajo tienen más confianza en ese porvenir y he podido ver cómo un hombre hecho y derecho decía que estaba dispuesto a hacer cursos de croupier, de jefe de seguridad o “de lo que sea” para conseguir el ansiado puesto de trabajo. Es curioso que todos queramos empezar más o menos desde arriba, por pedir que no quede. Desde aquí puedo asegurarle no obstante que no será ningún puesto importante, pues ya se apropiarán de ellos los amiguetes de quienes nos gobiernan y, más arriba en el escalafón, los propios amigos de los inversores. De todas maneras que ninguno se haga ilusiones, en el mejor de los casos se llevarán apenas unas migajas y el mayor beneficio irá para los bancos y las grandes empresas, ya he leído hoy que una importante constructora es la propietaria de la mayoría de los terrenos en los que se levantará ese disparate. No hay que ser malintencionado para imaginar que con la debida antelación recibió el soplo de la futura ubicación del complejo para darle tiempo a comprar cada metro cuadrado disponible y especular, que es lo que se nos da mejor.

Ése es el tipo de bendiciones que los gobiernos del PP pueden ofrecernos, todo el patriotismo del que presumen se diluye apenas hay euros –cuantos más, mejor– de por medio. No les importa eliminar o cambiar leyes para facilitar la entrada de ese negocio de juego y –presumiblemente– mafia y prostitución. Aparte del humo del tabaco que según promete el chulesco presidente de la Comunidad de Madrid se desprenderá de lo que fumen los clientes, pues ya se sabe que para estos políticos las leyes van desvaneciéndose según la oferta que reciben. 

Cuando ya pensábamos que no había nada más repugnante que ver a Esperanza Aguirre reírle todas las gracias al ganster decrépito para conseguir situar en Madrid el proyecto de macroprostíbulo, hemos podido comprobar que todo es superable al contemplar al actual presidente madrileño don Ignacio González hacer lo propio, pero con menos desparpajo.

De momento, puede leerse en la prensa que la inversión inicial prevista de Mr. Adelson ya ha pasado de los iniciales 6.750 millones prometidos a 2.700, una rebaja notable, pienso yo, y mucho me temo que esos más de doscientos mil puestos de trabajo que prometía Esperanza Aguirre queden en bastantes menos. Tampoco es que importe mucho, si el PP se ha apresurado a gestionar el asentamiento de esa locura, es porque supone otra oportunidad de forrarse con sobornos y comisiones como ellos suelen.

Hay algo prometedor: el primer hotel de Las Vegas en Nevada (USA) fue mandado construir por un ganster y su equivalente en Alcorcón lo será por otro ganster, pues no otra cosa es ese Adelson encausado ya varias veces por sus actividades en los Estados Unidos y salvado hasta ahora gracias a su riqueza y al apoyo del lobby judío, ¿influirá eso en el éxito de Eurovegas?

Tampoco hay que preocuparse; si fracasa ya se sabe: se le echa la culpa a Zapatero y se le dice a Fátima Báñez que rece a la virgen del Rocío para que lo arregle todo.

02 febrero 2013

El hundimiento de los partidos



No sé a los demás, pero a mí me ha costado aceptar que, si todo marcha según se presenta hasta ahora, España entra en una etapa similar a la que hace unos 20 años atravesó Italia y su Tangentopoli (Sobornópolis en español), en la que sus dos grandes partidos –Democracia Cristiana y Partido Comunista– se fueron al diablo, y en su lugar aparecieron otra serie de partidos aún peores, que ya es decir.

Basta con leer los periódicos digitales y –muy importante– los comentarios de los lectores que casi siempre acompañan sus noticias. Todos disparan sobre los partidos mayoritarios PP y PSOE y si no fuera porque los votantes del primero son inasequibles al desaliento –y a la reflexión– nadie volvería a votar por ninguno de los dos y manifiestamente es lo que sucede en lo que respecta al PSOE, que no sube en expectativa de voto pese al espectáculo que el PP está ofreciendo al país. Prácticamente nada de lo que hagan puede mejorar este porvenir que se les presenta e incluso a la vista de sus actuaciones presentes, parece que ellos no se dan cuenta o no quieren darse cuenta de que su tiempo está llegando a su fin. Por supuesto que lo que afirmo es extensible a partidos de ámbito regional como el PNV o CiU o cualquier otro, pues no creo que se salve ninguno de los existentes; todos son ciegos y autocomplacientes.

En el PP parecen imaginar que si niegan todas las evidencias de corrupción y aprietan los dientes, esta situación pasará a ser un mal sueño. Algo parecido en el PSOE, leo esta semana un artículo en El País donde se revela que hay unos 150 pensadores del partido o afines trazando lo que han de ser las directrices para efectuar una gran renovación, pero al tiempo se habla de llevar a cabo grandes pactos con el PP y de otros propósitos que no son más que la repetición del pasado. Pero, ¿es que no se dan cuenta de que por ser tan parecidos al PP están donde están?, ¿que es imposible pactar con el PP si no es renunciando a acciones fundamentales para esa renovación?, ¿se les ha pasado por la cabeza que –por ejemplo– el PP va a permitir que se ponga en su lugar a la iglesia católica (algo que estaba en el programa electoral del PSOE en 2008) y su enseñanza concertada o penalizar fiscalmente a las grandes fortunas o acabar con los privilegios de la banca, o...?, ¿de verdad piensan que van a poder vendernos de nuevo la misma mona sin siquiera molestarse en vestirla de seda?

Soy peor que pesimista y tal y como está la situación no veo qué salida puede tener España si no es el caos y el advenimiento de un Berlusconi español para acabar de hundirnos. Parece que la inteligencia de nuestros políticos actuales no da para percibir que, o se cambia radicalmente de comportamiento o esto se ha acabado. Y respecto de la inteligencia de buena parte de nuestros ciudadanos, mejor no hablar.

01 febrero 2013

Más se perdió en Cuba


Me apostaría lo que fuera a que si a alguien menor de cuarenta años se le pide que cuente lo que sabe sobre Cuba, apenas si dirá algo sobre la salsa, las playas y, cómo no, sobre Fidel Castro. No sabrá qué decir si se le pide que diferencie Cuba de la República Dominicana, Puerto Rico o Jamaica. No despertará en ese alguien ningún tipo de sentimiento, no digamos pasión o amor, y es que al fin y al cabo se juntan varios factores: de una parte, es lógico que quienes como yo nacieron cuando Cuba no cumplía el medio siglo como país independiente, consideren a Cuba como algo cercano, una parte importante del mundo al que miramos con mucho más que afecto. De otro lado, las tremendas lagunas de los sistemas educativos de las últimas décadas ha impedido que se transmita la idea, antes tan extendida entre los españoles, de que Cuba es otra cosa; Cuba era la joya de la corona y no por motivos banales, pese al mal trato que España le dispensó en los últimos tiempos coloniales.

Es en La Habana donde uno se reconoce como si estuviera visitando ciudades españolas de otra época y es frecuente que se establezcan similitudes entre esa ciudad y Cádiz, al menos en las partes más recoletas, pues no debe olvidarse que La Habana fue una ciudad de urbanismo y actividad tan notable como para compararse con ventaja con Madrid en ciertos periodos de la historia.

La gente de Cuba es cercana y basta con sentarse en algún lugar público para que alguien trate de entablar conversación y saque a relucir el inevitable antepasado español, supongo que no siempre de existencia real. Me gusta muchísimo el acento cubano y la franqueza con que entablan conversación con uno. Yo mismo, en una de las ocasiones en que estuve allá, tuve la ocurrencia de meterme en casas con excusas no muy convincentes y la gente me recibía y me hablaba con la mayor frescura sobre política o su situación personal. Un conductor de autobús turístico en el que días antes había viajado desde el aeropuerto a la ciudad, frenó al verme sentado en una terraza, me contó parte de su vida y me invitó a dar un viaje por la ciudad sin consentir cobrar nada por el servicio.

Durante muchísimo tiempo, buena parte de la música española ha sido en realidad música cubana, y ahí están para respaldar esta afirmación desde Antonio Machín a Pérez  Prado, desde Lecuona a Ignacio Cervantes y por supuesto las habaneras, ese género que hasta hace bien poco se cantaba desde Gerona a Cádiz y desde La Coruña a Murcia, demostrando que lo que nos unía era bastante más profundo que la supuesta dictadura homogeneizante practicada desde Madrid.

Desde luego, tropecé allí también con algún taxista que intentaba engañarme o aprovecharse del turista (son homogéneos a escala mundial), pero en general el trato era afable y la ventaja de tener en común –aquí sí– el idioma, facilitaba la comunicación y el entendimiento mutuo.

Pueden imaginar que recomiendo y mucho viajar a Cuba si es que se tiene oportunidad, pero no limitarse a las playas de Varadero, muy bonitas, pero ni mejores ni peores que otras del Caribe, al menos las que yo pude conocer. Lo que de verdad merece la pena es conocer las ciudades, callejear, hablar con la gente… y reencontrar a una España de la que ya casi no queda huella. Puede descubrirse que el dicho “más se perdió en Cuba” no es ni mucho menos exagerado.

Lo más triste es que España pierde de nuevo Cuba a estas alturas: la compañía Iberia, ha renunciado a volar a La Habana y cedido sus derechos a British Airways. Iberia llevaba volando a esa ciudad más de 60 años.

16 enero 2013

Español para españoles (22)


Estoy seguro de que ya comencé alguna entrada anterior diciendo lo mismo, pero es que la situación no sólo no mejora sino que va de mal en peor. Si la lengua española está soportando sin destruirse los malos tratos de sus hablantes, cabe la esperanza de que pueda superar estos malos tiempos, tan duros por culpa de la globalización y las tecnologías de comunicaciones. Malo es el trato que los hispanoparlantes de América dan al idioma, pero aquí nos apresuramos por alcanzar esos niveles con auténtico espíritu competitivo.

Produce escalofríos leer algún foro hispanoamericano en Internet o los comentarios de cualquier noticia en los diarios de aquel continente. La mayoría de quienes escriben no tienen ni la mínima noción de gramática y escriben igual que hablan: separan y juntan las palabras a capricho, la hache no tiene la menor presencia y su cercanía geográfica y cultural a los EE.UU. hace que los injertos procedentes del inglés sean numerosos y chirriantes, y no me refiero sólo a los barbarismos disparatados como, por ejemplo, eso de guachimán para denominar a un vigilante –un watch man–, esto queda hasta gracioso. El otro día sostuve un rifirrafe con una operadora de atención al cliente de una compañía telefónica, porque como ya saben, las indecentes empresas españolas suelen ubicar estos centros en Sudamérica por aquello de ahorrar en salarios. El caso es que la buena mujer se empeñaba en hablarme del día-domingo, el día-viernes, etc., todo ello insistiendo en la pregunta de si la escuchaba bien, y mi respuesta de que yo “trataba de escucharla, pero que no la oía a veces” –la conversación tenía lugar por el móvil y la voz desaparecía de vez en cuando– la impulsaba a repetir su pregunta porque era incapaz de entender lo que mi contestación quería expresar. Intercalaba también cada tres palabras esos ¿sí? que hacen que uno pierda totalmente el hilo de lo que se está escuchando, una costumbre muy desagradable. Terminé pidiéndole que hiciera el favor de pasarme con alguna otra operadora que hablara un español comprensible. Me gustan la mayoría de los acentos hispanoamericanos, pero no soporto los vicios de lenguaje que se han ido apropiando de su habla.

Que no parezca que son los sudamericanos los únicos maltratadores del lenguaje, los españoles también nos damos buena maña para eso. Primeramente, el problema es que a nadie le importa un comino el idioma. Como es algo gratuito no se le da valor, y si alguien se atreve a llamar la atención a uno de estos malhechores gramaticales, recibirá una respuesta agresiva y una declaración muy explícita de lo que puede hacer con sus conocimientos lingüísticos. Si –¡milagro!– posee vestigios de educación, citará esa falacia de que el idioma lo hacen los hablantes; falacia porque ahora no es como hace 50 años o más, actualmente el lenguaje lo dictan la publicidad y la televisión, dos entornos donde florece lo más inculto e indocumentado del país, que ya es decir.

No son los únicos tampoco aquellos ignorantes que sin una formación básica se sienten envalentonados para no cuidar su lenguaje. Las propias administraciones del estado –local, autonómica y central– en sus publicaciones y campañas publicitarias cometen errores continuamente, no digamos la prensa en general o la televisión pública, que parece un vivero de analfabetos. De las otras televisiones, mejor ni hablar. Inevitablemente, todas ellas, al referirse a las multitudes que acudieron a presenciar las campanadas de fin de año al lugar que fuera, dicen “LAS miles de personas” aludiendo a los asistentes. Para el lector no avisado aclararé que “miles” es siempre masculino y por lo tanto siempre debe ser "LOS miles...". Para percibir el disparate pruebe a decir “LOS docenas de hombres”, que viene a ser un error similar, pero invirtiendo los géneros. Se nota, ¿no?

Hablaba hace solo unos días con una conocida cuyo trabajo consiste en dar unos cursillos a los titulados universitarios contratados por las empresas, enseñándoles a hablar y escribir. Me pedía riendo que cesara en mi manía de corregir a la gente, porque podía terminar con una buena fuente de ingresos para ella. Para mayor escarnio, "ella" es extranjera, pero habla mejor que esos nativos que salen de la universidad con dificultades de lenguaje que antes sólo padecían los adolescentes que eran torpes o aún no tenían el bachillerato elemental.

01 enero 2013

El dictador elegido

Hay quienes no lo saben por su edad y bastantes que simplemente no lo recuerdan, pero Lola Flores contrajo en su tiempo una elevada deuda con Hacienda por impago de sus impuestos y fue sancionada por ello. Todo lo que se le ocurrió para solucionarlo fue echar mano de esa idea de los gitanos de que todos los payos son unos pardillos y apareció en televisión pidiendo que cada español le enviase un duro –cinco pesetas– y con ello pagaría la sanción (y le sobraría, ya puestos…). Era extraordinaria como artista, gustara o no; como persona una amoral indeseable.

Allá por 1979 se formó una coalición política con vista a las próximas elecciones generales llamada Coalición Democrática, un antepasado directo del actual Partido Popular. Esta formación la componían diversas personalidades del franquismo convencidos de su tirón electoral, y actuaba como director de aquel grupillo fascistoide el incalificable Fraga Iribarne. Este hombre era en la política lo que Lola Flores era en el folclore y por eso recurrió al mismo truco: pidió que todos los españoles realizaran una donación económica para sostenimiento de la coalición (conservo el panfleto). Lola Flores no consiguió su propósito y –no hace falta que lo diga– Fraga tampoco, cosechando un sonado fracaso en la colecta y en las elecciones a las que se presentó.

Pero Fraga conocía a sus paisanos y sabía que manteniéndose en los mismos postulados, el cambio en las preferencias de los ciudadanos, tarde o temprano lo llevaría al triunfo; a él o a quien él designara. Y así fue, llegó Aznar y su éxito en las urnas y ahora tenemos a ese enterrador del bienestar de los españoles llamado Mariano Rajoy. Un tipo del que habría que desconfiar si fuera dependiente de una casquería, pero al que directamente se debería mandar a presidio por osar hacerse cargo de un país, tratándose de alguien con tan poco carisma, sin ideas y con un cerebro desafortunado, discípulo fiel en el fondo y forma de su maestro y paisano Francisco Franco Bahamonde.

Todos los políticos gustan de alardear del porcentaje de votos conseguido, pero nunca proclaman cuánto significa ese porcentaje sobre el total de los posibles votantes. De ahí que quepa definir la actual situación política española como una dictadura, atendiendo simplemente al número de personas que efectivamente ha votado esa opción política y comparándolo con el total de quienes sufren las consecuencias. En el caso de las últimas elecciones, han dado el triunfo a Rajoy y su camarilla tan solo un 30,27% de los votantes (10.830.693 votos sobre un total posible de 35.780.287), es decir, un 69,73% –bastante más del doble– no le ha dado su apoyo porque han elegido otra opción o simplemente se han abstenido, y eso que quedaría por evaluar la validez real del voto al PP de quienes lo hicieron engañados, teniendo en cuenta que todo el programa con el que se presentaron a las elecciones ha sido incumplido y, más aún, están haciendo exactamente lo contrario de lo que prometieron.

Para cualquiera que sepa sumar y restar y sea capaz de un ejercicio de valoración imparcial, nos encontramos lisa y llanamente en una dictadura o despotismo pseudodemocrático en donde unos pocos imponen medidas de difícil marcha atrás, que perjudican de manera notable a la gran mayoría de la población. No es casualidad que en Madrid nos gobierne un alcalde –alcaldesa– y un presidente autonómico que no fueron votados en ningún momento para los cargos que ocupan, pero ambos saben que no son representantes de la ciudadanía sino simple peones colocados por su partido –o FAES, lo mismo da– para mantenernos a raya y dar la cara por su líder.

Muchos, para apoyar al actual gobierno echarían mano de aquella frase atribuida a Winston Churchill –un rufián notable a lo largo de toda su vida, consulten su biografía– que afirmaba que “la democracia es el peor sistema político posible, exceptuando todos los demás”, pero olvidan que la frase no incluye, porque no conviene, una definición de los requisitos mínimos exigibles para que una democracia sea considerada como tal. Es evidente que España no cumple los requisitos deseables y el resultado está a la vista: la abstención generalizada por la frustración dominante ha hecho que muchos se queden en su casa a la hora de votar, entregando por pasiva el poder a quienes evidentemente no merecían confianza alguna ni estaban capacitados para conducir el país por la senda adecuada.

Ahora tenemos una situación de ruina generalizada y de ataque a todos los grupos de ciudadanos (ámbito médico-sanitario, judicial, pensionistas, transportes, funcionarios, enseñanza, autonomías, etc.), hasta el punto de que me pregunto si el señor Rajoy consulta cada día las páginas amarillas para ver a qué grupo o colectivo no ha agredido y cabreado todavía.

En esta coyuntura, puede ser de una ingenuidad suprema pedir un referéndum sobre las medidas puestas en práctica por el gobierno y –con vistas a lo por venir– una modificación de la ley electoral (y circunscripciones), pero parece que es lo único sobre lo que se puede trabajar para evitar que en un futuro –si es que todavía lo tenemos– se repitan estas situaciones de dictaduras supuestamente democráticas. Y sobre todo, alguna herramienta electoral que impida las mayorías absolutas, sean de quien sean.

24 diciembre 2012

Iglesia y balompié



¿Qué es el fútbol? No me diga que un deporte, eso está muy bien a la hora de asignarle una sección en los medios de comunicación, pero si somos serios no es posible aceptar esa clasificación para referirnos a lo que usted y yo estamos pensando.

Sostengo que no es deporte cuando quienes lo practican son unos mercenarios o profesionales remunerados con exceso, lo mismo que no es igual una persona enamorada que quien practica la prostitución, actividad que por lo demás merece todos mis respetos. Tampoco cabe decir que es aficionado al fútbol el que en el bar o sentado en su sofá mientras saborea unas cervezas, se apasiona y hasta vocifera siguiendo las piruetas y esfuerzos de otros a los que contempla a través de la televisión.

Para no andar con más circunloquios, aceptemos que fútbol es eso que practican algunos sacrificando su tiempo libre y en la mayoría de las veces dándose un madrugón y desplazándose hasta el lugar en el que han conseguido un campo donde enfrentarse con sus amigos a otro equipo que no lo es tanto (amigos, digo), porque lo de patear un balón por las buenas frente a alguien en cualquier lugar no es fútbol, como no es golf golpear cualquier bola o pelota con un palo.

Tiene el fútbol la capacidad de extraer todo lo que de irracional hay en cualquier persona y de ahí el forofismo con el que sin más explicación un hincha sigue a su equipo y lo defiende frente a quien ose dudar de su superioridad, incluso recurriendo a la violencia. La misma violencia que lleva a muchos a destrozar los monumentos y mobiliario urbano para expresar su desacuerdo con un resultado o cuando su equipo gana alguna competición, algo que tristemente pagamos todos: aficionados y no aficionados.

Dije en un comentario anterior que había mucho en común entre las religión católica y el fútbol y fue una ocurrencia a la que me quedé dando vueltas en mi cabeza, al caer en la cuenta de que había en mi afirmación mucha más verdad de la que yo mismo le atribuí en un principio.

Al igual que suele suceder con el fútbol, la adscripción a una religión está basada fundamentalmente en razones geográficas y familiares, son fanáticos del Real Madrid fundamentalmente los nacidos en la capital del país, del Barcelona quienes nacieron o viven en Barcelona en particular o Cataluña en general (ya se sabe: més que un club). Por supuesto, hay seguidores de otras latitudes, pero por aquello de que es fácil apuntarse al caballo ganador; si uno de estos equipos cayera al último puesto en la clasificación habría que ver cuánto le duraban esos seguidores de lejanas latitudes.

De igual manera, quienes nacimos en España somos católicos porque nos tocó y si hubiéramos venido al mundo una media de quinientos kilómetros más al sur o sureste llevaríamos chilaba y querríamos cortarle el cuello a quienes se burlaran de Mahoma. No hay explicación racional para el creyente, y por eso recibe tal nombre y no se le llama razonante. La fe no está basada en realidades, sino que consiste en creer en lo que no se ve –y hay tantas cosas que no son visibles…–, hay que admitir por tanto que no es un alarde de racionalidad. De manera similar, seguir a un equipo no es fruto de una deducción lógica o un razonamiento, sino de algo mucho más básico y primitivo.

Necesita la iglesia de grandes templos o espacios donde los fieles puedan adorar a dios y sus santos, sirviendo lo que allí se dice y la sensación de unión con los demás para entrar en catarsis. De manera semejante, tiene el fútbol esos grandes templos que son los estadios, donde los aficionados se excitan gritando a sus adorados ídolos, que tales son las figuras del balompié a las que tienen más que en un altar. Los dos mundos cuentan con extremistas que, aunque oficialmente parecen ser mantenidos a raya por la autoridad competente, en la intimidad son mimados y alentados: Opus Dei, Kikos, legionarios de Cristo, órdenes religiosas ultras como las clarisas de Lerma, Palmar de Troya, etc. en la iglesia; boixos nois, ultrasur, biris, etc. en el fútbol.

Ambos, iglesia y fútbol, reciben grandes ayudas económicas del Estado, lo que les permite desenvolverse por encima de sus posibilidades reales y mostrar un poderío del que, si no existiesen esas ayudas, carecerían. La iglesia católica recibe descaradamente una cantidad disparatada que no ha sufrido las mermas a las que cualquier otra partida ha sido sometida, con esta fiebre de recortes. De manera más encubierta, el fútbol recibe ayudas económicas en forma de aceptación pasiva de las enormes deudas contraídas con Hacienda y la Seguridad Social, unidas a las frecuentes concesiones en forma de recalificaciones urbanísticas, que permiten a los clubs esos fichajes escandalosos por su cuantía.

Para rematar, la guinda. Como decía, es normal que la celebración del triunfo en cualquier campeonato lleva inexorablemente a la convocatoria de masas y éstas al intento de destruir algún monumento local –Cibeles, fuente de Canaletas, puerta de Jerez– seguido necesariamente de una ceremonia religiosa donde se ofrece el galardón correspondiente a la virgen o cristo local de más prestigio (y se dicen monoteístas). La iglesia católica aprovecha cualquier acontecimiento de masas para mostrar su fuerza –bruta–, sea una manifestación contra cualquier gobierno del PSOE –ni hablar contra el PP, son los suyos–, una visita de su santidad o la dichosa Jornada Mundial de la Juventud en la que personalmente pude presenciar cómo asistentes al evento ponían en peligro monumentos y cómo se bañaban u orinaban sin ningún pudor en las fuentes públicas. Menuda le espera a Río de Janeiro el año que viene...

17 diciembre 2012

Envejecemos, qué remedio


Estoy seguro de que hay muchos libros donde se habla del proceso de envejecimiento de las personas desde el ángulo que me interesaría, pero la verdad es que yo no conozco ninguno de esos libros y por eso tengo que rellenar el hueco con las reflexiones que día a día voy haciéndome que, por descontado, no son muy originales ni muy profundas, tampoco este espacio da para mucho.

Es lógico que sea un asunto que me preocupa ahora, cuando ya me doy cuenta de que no merece la pena hacer proyectos que no sean a corto plazo porque, como suele decirse, las cosas empiezan a ponerse feas. Sin embargo, no es una preocupación que surja precisamente en esta edad, pues quizás porque ya le vi varias veces las orejas al lobo, fue asunto al que le dedicaba tiempo con frecuencia desde joven, pero ya se sabe, no es lo mismo consultar un horario de trenes que hacer un viaje y es ahora cuando más vueltas le doy al asunto.

Puede que a muchos –sobre todo a los más jóvenes que se creen que lo serán siempre– les sorprenda, pero esto de cumplir años no es algo profesional, sino que está al alcance de cualquiera que no se muera antes de practicarlo y la cosa viene a ser más o menos que –digamos– hoy tiene usted 34 años y todo el mundo le llena los oídos con eso de que es un joven con toda la vida por delante, y al día siguiente se levanta con 50 años y un par de hijos con la carrera terminada o a punto de ello. Pestañea un par de veces y ya está prejubilado por algún ERE y listo para ser pensionista y que pueda faltarle el respeto el primer imbécil con el que se cruce, porque para muchos usted es ya un parásito social. Y con esto ya se acabó la parte más interesante de la película, pues a partir de ese momento deja de ser protagonista activo de su vida para tan sólo contemplar lo que la suerte –mala casi siempre– le vaya deparando.

Hablaba unas líneas más arriba de los viajes en tren, ¿se acuerdan de la sensación que se produce cuando está mirando por la ventanilla de ese tren y contempla durante minutos cómo se acerca lentamente un paisaje y se van ampliando sus detalles, que finalmente se nos presenta delante de nuestras narices, para seguidamente desaparecer donde ya no podemos observarlo? Algo así me ocurre con muchos de los acontecimientos de la vida por la que nos deslizamos, y eso se vuelve notable –al menos para mí– y fácil de entender en el caso de los actores de cine, un buen ejemplo para que sepan a lo que me estoy refiriendo. Al acercarme a la adolescencia había un grupo de actores de cine –casi todos americanos– a los que yo consideraba inamovibles: Gary Cooper, Burt Lancaster, Cary Grant, Tony Curtis, Kirk Douglas, etc. (todos varones, las mujeres eran mucho más volátiles), pero resulta que para mi sorpresa ellos desaparecieron, muchos ya murieron, dejándome desconcertado acerca de la que yo presumía que era una presencia perenne. Bueno, me resigné y di la bienvenida a otra generación, a veces compuesta por hijos de la anterior, todos esos Michael Douglas, Robert de Niro, Donald Sutherland, Michael Caine…; pero ahora resulta que estos también desaparecieron y con eso se trastocó para mí el orden establecido, tengo que acostumbrarme a otra nueva oleada y cuando lo haga ya habrá llegado su fecha de caducidad… o la mía.

Mientras, me observo a mí mismo y veo cambios físicos que no me gustan nada. Fue no hace mucho cuando tomé consciencia de mi edad. Inevitablemente, uno se ve a sí mismo como un joven que cumple años –uno cada año– hasta que un día se da cuenta de que ha caído en lo que otros llaman con soltura ancianidad; todavía recuerdo que hace exactamente 10 años alguien en un periódico llamaba anciano a Harrison Ford –coetáneo mío– cuando acababa de cumplir 60. Sin que nos demos cuenta en el mismo instante, para los demás pasamos de seres humanos a objetos muebles –sin paradas intermedias–, sólo útiles como posibles dejadores de una herencia o como acogedores de descendientes sin medios económicos a los que alimentamos y sostenemos con nuestras pensiones. Resignación; esto es lo que hay.

07 diciembre 2012

Mira cómo sufro

No gana uno para pesares. Primero, he pasado una temporada angustiado porque, al parecer, un jugador de fútbol llamado Cristiano Ronaldo estaba disgustado por qué-sé-yo-qué motivos, pero de algo muy grave debía tratarse cuando la prensa estuvo pendiente de su estado de ánimo durante semanas y casi todos los españoles andaban preguntándose noche y día por qué la princesa estaba triste.

Después, me tuvieron en un sinvivir porque otro jugador, que mantiene relaciones sexuales y de las otras con la cantante Shakira, seguidas día a día por toda la nación, andaba también con angustias acrecentadas porque al parecer están construyéndose una nueva casa y ya se sabe cómo estresa tal cosa, aun no siendo el dinero motivo de preocupación que influya en este caso, como nos sucedería al resto de los mortales.

Ahora, desde los telediarios me andan torturando porque resulta que el fino y delicado espíritu de un tal Mourinho anda enormemente afectado por no sé qué motivos y como corresponde a semejante personajillo, pretende quitarnos las ganas de comer por los tormentos que padece por vaya-usted-a-saber qué causas, abundando en poses de víctima y frases lapidarias, satisfecho íntimamente por saber que tiene a un país casi entero pendiente de sus gestos.

En realidad soy un poco hipócrita, porque tengo un corazón de piedra y todos los sufrimientos de estos personajes me traen literalmente sin cuidado, es más, ojalá los parta un rayo. A ellos y a los responsables de que en esta sociedad –por si no tuviéramos bastante con los verdaderos motivos de preocupación– anden presentándonos esta especie de gran hermano de los dolientes integrantes del balompié, que no sólo deben dar saltitos y carreras cada vez que se les ordene, sino que además deben vigilar bien sus inversiones de capital para asegurar que en el futuro no les falte de nada a ellos ni a sus allegados y descendientes. Para asegurarse –como le sucede al primero de ellos– de que consigue colocar su destrozado Ferrari, que originalmente le supuso un desembolso de 250.000€,  a algún zoquete adinerado que lo compre por 50.000 por aquello de que las sagradas manos de su ídolo –¿no eran los pies?– se posaron sobre el volante del vehículo en bastantes ocasiones antes de dejarlo para chatarra.

Es raro el día en que no leo protestas en la prensa de lectores a los que atormentan –no les falta razón– los ingresos que perciben los directivos de grandes empresa, no digamos lo referente a los ingresos de los políticos. Sin embargo, me resulta llamativo que no he leído ni una sola vez protestas por lo que perciben estos jugadores. Ni siquiera oigo protestas porque el fútbol nos cueste dinero, directa o indirectamente, a todos los españoles. No hay más que ver las enormes deudas de los clubs con Hacienda y la seguridad social, y los grandes favores urbanísticos que obtienen de los ayuntamientos. Las dos contribuciones forzadas que me repugnan son ésta del fútbol y la de la iglesia católica, dos grupos de presión con los que no mantengo relación voluntaria alguna y que tienen mucho más en común de lo que se piensa.

Me hizo sonreír el cálculo que en cierto periódico se hacía hace ya tiempo sobre el precio al que resultaba el kilo de biquini de marca. De manera similar, me gustaría que alguno de los entusiastas seguidores de estos ases deportivos dividiera el dinero que estos perciben cada temporada por el número de patadas que dan en el mismo periodo. Seguro que quedarían maravillados al conocer el precio de cada puntapié.

03 diciembre 2012

Deslocalización



Écheme una mano: haga memoria y trate de recordar (si es que tiene la edad precisa), si hace unos 15 años alguien le habla de deslocalización, ¿qué significado le habría dado a la palabreja?, ¿quizás pensaría que se refería a alguien que no sabía ni dónde se encontraba?, ¿alguien que estuviera en un exilio más o menos forzado? Casi seguro que ahora sí sabe a lo que se refiere, pues hasta la Real Academia le ha dado entrada oficial en nuestro vocabulario.

Buscando en el diccionario, encontrará que el significado real es “traslado de  una producción industrial de una región a otra o de un país a otro, normalmente buscando menores costes empresariales”, ¿lo ha entendido bien? Por si acaso se lo voy a aclarar: deslocalización es el eufemismo utilizado para definir lo que los sinvergüenzas propietarios de industrias han llevado a cabo para incrementar sus ganancias y deshacerse de sus trabajadores –esos golfos que están deseando quedar en el paro y cobrar el subsidio de desempleo– dejando que todo el trabajo de producción se lo den hecho a precio de saldo.

Entre en cualquier establecimiento, da igual cual sea, pero mejor en nuestros grandes almacenes por excelencia, por aquello de que allí hay de todo. Pruebe por ejemplo en electrodomésticos y pida un tostador. Yo lo he hecho y he visto no menos de una docena de marcas españolas, alemanas, francesas o del patito loco, da lo mismo. Pero todos esos aparatos están fabricados en China, porque los propietarios de esas marcas han deslocalizado la producción para ahorrar costes. ¿Y cuánto bajaron los precios desde esa deslocalización? No sea tonto, hombre, la deslocalización es para que los empresarios ganen más, no para que usted pague menos.

Mire en esos grandes almacenes y trate de comprar una camisa, unos calcetines, unos pantalones. Antes de que se lo envuelvan mire las etiquetas para saber dónde están fabricadas estas prendas: Marruecos, Madagascar, Pakistán, India, Bangladesh, etc. Nada está hecho aquí, pero ¿notó usted cuando todo esto comenzó, una bajada brutal en el precio de las camisas, los calcetines, los pantalones? Me temo que no y más bien lo contrario, porque como ya dije, la deslocalización es para que las empresas obtengan mayores beneficios, no para que usted ahorre dinero.

Y observe, ¿es la calidad igual que antes? Pues siento comunicarle que no, que en la mayoría de los casos los tejidos son malos y la confección infame, como corresponde a países en donde la mano de obra trabaja en condiciones de semiesclavitud y quienes los explotan directamente en aquellos países les pagan sueldos de miseria en jornadas extenuantes, empleando además materias primas de escasa calidad, algo necesario para mantener los precios tirados.

Hoy salí con el firme propósito de comprarme un pantalón fabricado en España –incluidas regiones díscolas– y finalmente lo he conseguido tras mucho trabajo: mis pantalones están fabricados en Quintanar de la Orden, provincia de Toledo. Una auténtica proeza que ni Indiana Jones llevaría a cabo sin esfuerzo.

No es todo esto el único mal, sino que según he podido oír en el telediario hay empresas que en su día se deslocalizaron y que ahora están volviendo a España su producción. ¿Acaso los propietarios han tenido remordimientos de conciencia? Ni lo sueñe, lo que sucede es que con motivo de la crisis los salarios están bajando y no me extrañaría que dentro de no mucho tiempo a los españoles se nos ponga cara de chinos, pues salarios y jornadas serán similares a los de aquel gran país donde los derechos laborales casi no existen y donde sobrevivir con un salario es un milagro. El milagro chino.

No ya por patriotismo, sino por aportar su granito de arena en la lucha contra el paro, pida que lo que compre esté fabricado en España o, al menos, deje constancia de que le hubiera gustado que así fuera. Si este comportamiento se extendiera algo podría cambiarse esa tendencia actual, en la que los puestos de trabajo desaparecen de aquí para aflorar misteriosamente en países lejanos.

25 noviembre 2012

Catafornia

Encontré en el disco duro de mi PC este apunte, que escribí en 2007 y publiqué en otro blog allá por 2009. No es gran cosa, pero es curioso que podría escribirse hoy mismo por idénticos motivos.

Existe un bello territorio de unos 32.000 Km2 en el que habitan casi 8 millones de habitantes, llamado Catafornia. Sus habitantes hablan actualmente el idioma inglés, aunque hasta hace unos 160 años el idioma predominante era el cataforés y más remotamente, quizás alguna otra lengua indígena.

Buena parte de estos habitantes lo primero que hacen cada mañana al mirarse al espejo es agarrarse un berrinche porque recuerdan que hace casi tres siglos unos violentos enemigos les arrebataron ciertos derechos. El hecho de que actualmente no quede huella de aquel arrebato no importa. Como diría el bolero “parece que fue ayer…”.

En este lugar llamado Catafornia, parte de sus habitantes en vez de preocuparse por generar una riqueza que les colocaría como potencia económica mundial, puntera en cultura, ciencia y tecnología, lo que hacen es dar la vara todos los días porque quieren segregarse del país con el que se han hecho grandes: Estados Juntados de Occidente. Insisten en que quieren hablar en exclusiva esos idiomas indígenas o si acaso el español, pero sobre todo abandonar el inglés, que al fin, solo lo hablan cuatro gatos. De momento, su principal preocupación es que su selección nacional de balonvolea pueda jugar de igual a igual con otros países importantes como Filipinas o Jamaica. Hay habitantes que anuncian incluso que no cejarán en su lucha hasta conseguir esa reivindicación fundamental –insisten– para la vida de todos sus conciudadanos.

Muchos casi se desvanecen de placer al imaginar a sus jugadores vestidos con los colores de su bandera nacional. Sienten escalofríos de satisfacción al pensar en un glorioso partido entre su selección nacional y la de Surinam y el prestigio mundial que les proporcionaría un triunfo contra ellos. 

Cualquier acontecimiento, por nimio que sea, es buena excusa para que saquen a relucir su bandera, canten su himno y bailen su danza nacional, algo que a nadie molesta, pero curiosamente miran con desprecio y tachan de folclóricos y casposos al resto de sus compatriotas si osan hacer lo mismo con los símbolos equivalentes de todo el estado.   

El hecho de que la mayoría de los productos que produce Catafornia sean vendidos habitualmente al resto de los Estados Juntados –su cliente cautivo– no tiene importancia, como tampoco lo tiene que el inicio histórico de su industrialización tuviera como pilar básico las inversiones del resto de los Estados Juntados y la concesión del monopolio de ciertos comercios con las entonces colonias. Tampoco vamos a tener en cuenta –¡menuda tontería!– que los lazos de sangre, económicos, culturales, humanos, que les unen con el resto del país sean intensos.

Mirar su propio ombligo es un hábito muy extendido por el lugar y el victimismo una constante en su actitud, hasta el punto de que los habitantes del resto de los Estados Juntados están tan hartos de escuchar quejas que más de uno enciende velas para que consigan su propósito de apartarse del destino común y de esta manera facilitar que sus lamentos vayan a otra parte. 

Mientras, los servicios públicos están hechos una auténtica pena, la antes floreciente situación económica de los ciudadanos se ha venido abajo, están de corrupción hasta las cejas, pero los hábiles políticos catafornianos han encontrado la solución: echar la culpa a los demás. Y seguir a lo suyo, eso de la selección de balonvolea.