25 octubre 2013

Español para españoles (25)

El otro día, mientras atendía al telediario de TVE pude oír cómo su corresponsal en Washington, Lorenzo Milá, calificaba a no recuerdo cuál político de abrupto, lo que me extrañó porque no es adjetivo muy utilizado en España, aunque efectivamente la Real Academia admita esa palabra en segunda acepción como referida a personas de carácter áspero, pero en la práctica se reserva para calificar accidentes geográficos. Como a este personaje ya le he visto y oído perpetrar todo tipo de fechorías gramaticales contra el español, lo consulté con un angloparlante que me confirmó que en inglés la palabra abrupt referida a personas es equivalente al español brusco, y así pude refrendarlo en un diccionario. Era evidente que este corresponsal hablaba en modo creativo –lo hace siempre– y estaba y está dispuesto a innovar el idioma que los demás hablamos, sin reparar en gastos.

No poseo ni mucho menos el dominio del inglés, pero sí sé lo suficiente como para detectar las barbaridades que algunos cometen en su afán de ser más modernos que nadie y aplicar ese afán a la traducción disparatada de ese idioma al castellano. Así, no hace mucho leí en la sección de motor de uno de los principales diarios españoles calificar de dramática la línea del capó de un nuevo modelo de automóvil. No hay que aclarar que en español ninguna parte de un automóvil puede adjetivarse así, simplemente el muy cretino había traducido dramatic por esa palabra, en vez de lo correcto que sería espectacular, con lo que de camino evidenciaba que no era autor del artículo –pese a que figuraba como tal– sino el pésimo traductor. 

Parece que muchos periodistas no han oído hablar de los falsos amigos a la hora de traducir vocablos, por eso es normal que cuando se trata de noticias de agencias traducidas apresuradamente por el periodista aficionado de turno, pueda encontrarse a quien entiende que actually significa “actualmente” (en vez de “realmente”), bizarre “bizarro” (en vez de raro), eventually “eventualmente” (en vez de “finalmente”), sensible “sensible” (en vez de “sensato), sympathy “simpatía” (en vez de compasión), y así una lista interminable de la que se nutren buena parte de nuestros ciudadanos cuando se expresan en nuestra lengua, creyendo de buena fe que eso es lo correcto.

El resultado final es que el idioma español está siendo gusaneado por todos estos cretinos y dañándose en su uso diario sin remedio, pues trate usted de convencer a cualquiera de que en español bizarro quiere decir valiente, esforzado y no otra cosa, o que casual en inglés equivale al español informal.

Lo más grave es que mientras muchos se indignan –por ejemplo– por las supuestas dificultades de ser homosexual en Italia –visto en el periódico hace unos días– o la supervivencia del ornitorrinco en Australia, es inútil tratar de despertar el interés por la lengua española (preocupación que no es incompatible con las anteriores), puesto que mantienen muy presente ese principio de tantos que declaran “mientras los demás me entiendan…”, obviando que les entienden porque sus ideas no van muy allá, pero que si tuvieran que transmitir alguna ocurrencia medianamente compleja les resultaría imposible, nadie sabría lo que intentaban expresar empleando su rudimentaria capacidad de comunicación.

Hasta donde yo sé, jamás el conocimiento ha sido tan despreciado como lo es en la actualidad en España y la mayoría de los titulados universitarios serían incapaces de escribir una página sobre un tema cualquiera sin cometer varios errores gramaticales. No hay que extrañarse del lamentable puesto que ocupamos entre los países desarrollados según el informe PISA y otros.

16 octubre 2013

Conocimiento y fe

Hace un par de semanas vino en la prensa un artículo que contaba que una universidad británica había analizado 63 estudios científicos realizados a lo largo de muchos años sobre inteligencia y religiosidad y que habían llegado a la conclusión de que las personas religiosas eran menos inteligentes que los no creyentes. Cierto, es una noticia que me encanta y me produce una sonrisa de satisfacción –tanto como a muchos puede indignarles– pero es que para mí no es una novedad y no porque yo me encuentre en el lado favorecido, sino porque me parece evidente e indiscutible.

Ya lo sé, hay personas muy inteligentes que son religiosas, pero esa inteligencia la poseen a pesar de su faceta religiosa –su lado oscuro–, no gracias a ella y creo que precisamente esa fe puede que les impida o haya impedido llegar a más. Si alguien cree que estoy equivocado puede dejar su comentario, estaré encantado de leer sus argumentos o pruebas de que lo que digo está errado. No se aceptan fanatismos, que conste.

Mi principal testimonio para apoyar lo que digo –y lo que dice esa universidad británica– es precisamente la propia iglesia, que define más o menos la fe como la aceptación de algo que no puede ser demostrado, es decir, se basa en la credulidad y no en el conocimiento o la razón, ¿hace falta más? Fíjense bien, se llaman creyentes y no razonantes. No tengo más remedio que recordar que los creyentes que conozco, alguno bastante inteligente, naufragan penosamente al argumentar o cuando les hablo de los textos sagrados, que en general conozco mejor que ellos (y no pretendo ser ni medio experto, quede claro). Su actitud cuando se les cita algún texto disparatado es siempre argumentar que se trata de una alegoría que no hay que tomar al pie de la letra y más frecuentemente se niegan a escuchar, porque eso haría tambalear su mal cimentada fe.

Aproximadamente en la misma fecha de publicación de aquel artículo oí algo en televisión que me hizo recordar algunas de las primeras entradas de este blog, las dedicadas a creencias, en las que ya trataba burlonamente sobre las barbaridades e incongruencias que contienen el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Citaban en televisión que a todos nos contaron en el colegio cuando éramos niños aquello de la creación del hombre –Adán– y más tarde de la mujer –Eva– a partir de una costilla del primero. Eso de la costilla es difícil de digerir, pero ya que estamos con fantasías vamos a darlo por bueno. Se dice que después tuvieron cuatro hijos: Caín, Abel, Henoc y Set y resulta que el primero mató al segundo. Perfecto. ¿Alguien conoce algún fragmento del Génesis donde explique cómo se las apañaron los supervivientes para generar descendencia, el origen de la actual humanidad? Como en el Génesis suelta finalmente una frasecita asegurando que Adán tuvo más tarde otros hijos e hijas,  hay que asumir que los varones se lo montaron con las hembras –¿y con su madre también?–, así que por un despiste de quien fraguó esta historia, resulta que también se inventó el incesto, aunque no consigo imaginar cómo sortearon los problemas genéticos de la reproducción entre hermanos. No puedo negarlo, todo muy interesante y educativo.

Más todavía. Todos conocemos aquello de Noé y su arca, que si mal no recuerdo junto con su mujer, sus tres hijos y sus esposas e hijos de estos fueron todo lo que quedó sobre la faz de la tierra para de nuevo generar lo que hoy conocemos como especie humana, ¡qué digo!, los humanos y además todos los seres vivos que la pueblan hoy en día, descendientes de aquellos del arca. Eso supone que los nietos de Noé, primos o hermanos entre sí, tuvieron que fornicar entre ellos para tener descendencia, claro que después de lo de los hijos de Adán y Eva nada sorprende. Un detalle, ¿se imaginan a Noé atrapando moscas para meter una pareja en el arca? Pues ni les cuento para todo lo demás.

11 octubre 2013

La inmigración africana

¿Es la solución para África que todos los africanos se vengan a vivir a Europa? Yo diría que no. Sin embargo, no parece ser ésa la opinión de muchos atacados por una epidemia de buenismo que arrasa España y, según parece, también Italia.

Asombro me produce leer en la prensa que muchos españoles se consideran corresponsables de la explotación y los abusos que durante siglos Europa ha practicado y practica en el continente negro, pero me pregunto qué sentimiento de paternalista superioridad les hace pensar que tienen parte en ese negocio.

Hasta donde yo sé, los territorios que España poseyó en África fueron: parte del actual Marruecos (el llamado protectorado español), lo que hoy se llama Guinea Ecuatorial, Sahara Occidental e Ifni. España como potencia colonial ha sido siempre poco afortunada, pese a comportarse bastante mejor de lo que lo han hecho las otras –Gran Bretaña, Francia, Holanda, Bélgica, Portugal, Italia y Alemania–, obteniendo menos beneficios en los tiempos coloniales y no dejando una red económica tras las descolonizaciones que asegurara la continuación del dominio y la explotación.

Fuimos tan malvados con Guinea que durante la colonia les comprábamos el cacao a precio superior al del mercado internacional, tenían la renta per cápita más alta del continente y finalmente se les concedió una constitución antes de que España la tuviera, todavía recuerdo la envidia que pasamos quienes vivíamos bajo el franquismo. Cuando accedieron a la independencia –se cumplen ahora 45 años (12 de octubre de 1968)– se instauró una dictadura, se arrojaron de inmediato en brazos de Francia y más tarde en los de EE.UU., que es quien ahora se beneficia de su riqueza petrolífera sin que le importe mucho la falta de derechos humanos y las atrocidades del régimen. Es un país que ya no tiene nada que ver con nosotros.

Ifni nos costó una guerra con Marruecos, que se apropió definitivamente del territorio en 1969, pero previamente tuvimos la oportunidad de verificar la lealtad del aliado americano que no permitió que se emplearan allí las armas que España les había comprado con anterioridad, y eso costó vidas españolas. Era un aperitivo de lo que tiempo más tarde lograría, tras años de hostilidades contra las tropas españolas, al organizar la marcha verde y hacerse con el Sahara español. Todo con la complacencia de EE.UU., que anteponía su aliado marroquí a cualquier consideración hacia España. Me parece justo que apoyemos en la ONU el derecho de los saharauis al referendum prometido (y no realizado por no molestar a Marruecos), me parece humano acoger en verano a sus niños, que no conocen más que el polvo del desierto y la escasez, pero me pone los pelos de punta contemplar que hay quienes casi propugnan que España le declare la guerra a Marruecos en defensa de los saharauis, los mismos que mataron tantos soldados y pescadores de aquí. Una cosa es ser humanitarios y otra ser tontos.

¿Qué tiene que ver la historia de la presencia española en África con la explotación inhumana en el Congo Belga, las crueles guerras de Angola y Argelia, el apartheid en Sudáfrica, etc.? Absolutamente nada y es más, actualmente no hay una sola empresa española de cierta importancia que explote riquezas de aquellos territorios. Todo lo contrario de la infiltración económica que las otras antiguas metrópolis mantienen y que hace que, ellos sí, puedan sentir algún remordimiento por la situación actual de los pueblos de África. Que compartamos ese sentimiento de culpabilidad es simplemente ridículo.

Llevamos años soportando las oleadas de inmigrantes que en embarcaciones de todo tipo y por otros medios tratan de entrar en Europa, procedentes en su casi totalidad de ex-colonias británicas y francesas. Podía hacerse un poco la vista gorda cuando la euforia económica, pero actualmente no están las cosas para ligerezas. Europa, que utiliza a España, Italia y Grecia como guardianes de la frontera sur europea, debe buscar una solución al problema que de ninguna manera pasa porque sean los países sureños quienes carguen mínimamente con el esfuerzo y el coste de rechazar o admitir a quienes llegan, en la mayoría de las ocasiones con la intención de continuar hacia Alemania o Noruega y en algún caso, declaran con toda frescura –lo he visto en televisión– que están mejor aquí como manteros que en sus países de origen.

Ahora, lo ocurrido en las cercanías de Lampedusa ha puesto en primer plano la cuestión y son muchos los que claman para que asumamos parte del esfuerzo y de la culpa. Ni mucho menos debe ser así, no podemos acoger a un continente entero y lo adecuado es que se arreglen las cosas en sus países de origen en vez de trasladarse todos a Europa. No se trata de ser inhumanos ni carecer de solidaridad, pero lo cierto es que me siento mucho más solidario con quienes ya viven aquí pasando penurias –esos 3 millones de pobres– que con quienes, no se olvide, tratan de saltarse las leyes vigentes en materia de inmigración, con la intermediación de mafias.

Por encima de cualquier sentimiento debe imponerse la lógica: no podemos acogerlos a todos y por cada uno que logra quedarse, hay cincuenta que se animan a imitarles. Basta de importar pobres e iletrados, por más que a ciertos empresarios les interese.

04 octubre 2013

Dos categorías nucleares: listos y tontos

Deben ser millones los que hasta ahora se han hecho la misma pregunta que yo me hago con respecto a eso que me parece que se llama Tratado de No Proliferación Nuclear, y precisamente por eso no creo que deba reprimirme de poner unas palabras acerca del asunto.

Imaginen una pandilla de violadores que se asocian y deciden presionar al resto de la población para que haga voto perenne de castidad. Pues algo así es ese tratado y lo mire por donde lo mire no acabo de comprender cómo sus patrocinadores, encabezados por los EE.UU., tienen la desfachatez de seguir con esa farsa. Está muy claro que su pretensión es que haya dos tipos de países: los listos (ellos) y los tontos (todos los demás); los que tienen libertad para adoptar cualquier decisión y los de soberanía limitada. Porque no es otra cosa lo que busca ese tratado.

La verdad es que la idea ha tenido bastantes goteras desde el momento inicial en que EE.UU. y la U.R.S.S., con la incorporación posterior y subordinada de Gran Bretaña y Francia, se propusieron acabar con las armas atómicas… de los demás, y hasta donde puede saberse China hizo caso omiso, más tarde la India, Pakistán e Israel (es posible que Sudáfrica en colaboración con este último hiciera alguna prueba nuclear). Los tres primeros con gran disgusto del imperio y el último con su ayuda, satisfacción y alegría, la misma que un padre mafioso puede sentir al comprobar cómo su amado hijo chantajea a los compañeros de colegio en el patio del recreo. Presionaron y presionan para que todos los países del mundo firmen el mágico tratado, salvo Israel, que ya se sabe que dispone de barra libre.

Hoy he visto en el telediario al encantador Benjamín Netanyahu decir con todo aplomo en la Asamblea General de la ONU que la actitud conciliadora de Hasán Rouaní –presidente de Irán– no es más que un engaño, que es un lobo con piel de cordero, y que sólo quiere ganar tiempo para poner a punto sus misiles con cabezas atómicas. Ganas me dieron de tirar algo pesado a la pantalla, porque vamos a ver, ¿si Israel tiene la bomba atómica –es el único país que la tiene y no lo reconoce– con qué derecho se opone a que Irán la tenga? Todo eso suponiendo que efectivamente sea esa la intención de Irán y no simplemente la que declara su presidente: desarrollar el uso pacífico de la energía atómica.

Es más, ¿por qué todos se alían para impedir que la consiga Corea del Norte? Por supuesto, es un país tan peligroso e imprevisible como su ridículo presidente, pero ¿acaso no es peligroso EE.UU.? Parece que de vez en cuando hay que recordar a todo el mundo que el único país que la ha utilizado hasta ahora para eliminar seres humanos, especialmente población civil, ha sido precisamente EE.UU. El único que, según sus propias autoridades, nos ha puesto tres veces al borde de la guerra nuclear. Caramba, hay que ver qué memoria tan domesticada tenemos.

Pues nada, aquí tenemos a todos los países presenciando ese tremendo abuso de poder sin siquiera atreverse a darle un toque a Israel para que no sea tan desvergonzado. Y a los mismos aplaudiendo y jaleando para que se impongan sanciones –o se ataque militarmente– a Corea e Irán. España en primera línea de claque, claro.

Quizás convenga aclarar que no siento mayor simpatía por el régimen de Irán o por el de Corea del Norte, siento tanto asco por un integrista musulmán como por un miembro del Opus Dei, pero los hechos están a la vista. Y quede claro, no deseo la proliferación nuclear, ni siquiera su uso pacífico, y considero que la única solución posible para impedir que la posea hasta Andorra (y Al Qaeda) es la desaparición de todas las armas atómicas existentes. Una utopía, ya lo sé.

Si alguien ignora cómo se las gasta Israel en lo que se refiere a bromas sobre su fuerza nuclear, que busque en Internet la aventura del desdichado Mordechai Vanunu, que fue el primero que reveló detalles sobre el armamento atómico israelí.

01 octubre 2013

Canibalismo entre lenguas

Lo he dicho en otras ocasiones, casi siempre criticando la adopción de un barbarismo cuando no añade expresividad o claridad al castellano, pero el asunto se ha vuelto tan arrollador y generalizado que meditando hoy sobre la cuestión mientras atendía al telediario llegué a la conclusión de que se trata de algo que ya no tiene remedio, pues quienes gritamos por ello no tenemos auditorio y quienes disponen de él son casi siempre indiferentes al fenómeno.

En otros tiempos, podía ser el francés el idioma del que generalmente se tomaban palabras para insertarlas en nuestra propia lengua y se hacía cuando era necesario, pero eso ya pasó como pasó la fortaleza de la lengua francesa y hoy es el inglés el que nos amenaza, o aún peor, no es ese idioma el que nos invade, sino la ignorancia y el entreguismo de los propios hablantes la que está propiciando primero la pérdida de coherencia del español y supongo que en un futuro no tan lejano su conversión en un triste dialecto.

Buena parte de la culpa la tienen las modernas tecnologías de comunicación –junto con un sistema educativo lamentable–, que propician que las nuevas generaciones se comuniquen precipitada y frecuentemente por “escrito” sin preocuparse ni de lejos por cómo se escriben las cosas. Parece un tópico, pero no hay más que ver los SMS, Whatsapp, Facebook, Twitter y otros medios para que si uno es de los que cuida la ortografía sufra un síncope.

Y no es lo peor. Los periódicos que antiguamente servían para pulir la ortografía aprendida a lo largo del bachillerato –aquel que abarcaba desde los 11 a los 16 ó 17 años– son ahora precisamente lo contrario y hasta los de más prestigio llenan sus páginas con disparates que dan una pobre y ajustada idea de los periodistas actuales.

Cada lengua tiene su propia música, eso lo sabe todo el mundo, y se está adoptando la del inglés en el español hablado y escrito. En aquél, es facilísimo percibir cuándo algo es una pregunta o no lo es, casi cualquiera sabe que si escribo am I funny estoy preguntando y no hace falta siquiera poner el signo de interrogación; haga la prueba en cualquier traductor online escribiendo eso y verá cómo es el propio programa el que le coloca el signo de comienzo en su paso al español. Sin embargo, en nuestra lengua si usted escribe soy gracioso no hay manera de saber si está preguntando o afirmando. Pues igual ocurre con la entonación al hablar, en español se cambia la entonación desde el principio de la pregunta, por eso es rechazable que la práctica totalidad de los hablantes omita al escribir el signo de apertura en interrogaciones y exclamaciones, dejando al lector sin saber cómo entonar cuando la pregunta es larga. Parece que hacerlo bien poniendo el garabato al comienzo es un esfuerzo agotador. 

Si a eso le sumamos el uso inadecuado de palabras inglesas al verterlas al castellano, el desastre es seguro. De ahí que me produzcan escalofríos las traducciones apresuradas de colapse, bizarre, casual, dramatic, terrific, sympathy, etc. etc., por colapso, bizarro, casual, dramático, terrorífico, simpatía, en vez de derrumbe o desplome, extraño o raro, informal, espectacular, fenomenal o genial, compasión. Eso sin contar el uso del punto en vez de la coma decimal y la constante confusión entre el billón americano y el europeo, que hace que cada macrocifra que se lee en la prensa obligue a consultar en otra fuente fiable de qué va realmente, pues nuestros periodistas, en su ignorancia, se empeñan en llamar billón a los mil millones. Leí en una ocasión en El País el valor de la producción de la firma Tata de la India, y por aquello del mal uso de los billones, resultaba que ese valor era superior al PIB de los EE.UU., ¡pandilla de iletrados!

Pensándolo bien, he titulado erróneamente la entrada, pues no hay canibalismo entre el inglés y el español, sino que el pez pequeño –el español– se está precipitando a velocidad de vértigo entre las fauces del pez grande, que para más escarnio no tiene mayor interés en devorarlo.

23 septiembre 2013

Desmontando España

Un ingeniero español, otro francés y otro alemán están en un bar. Y va el español y dice: ¿qué desean los señores? Se trata de un chiste que circula hace algún tiempo por la red y que refleja perfectamente la postración a que nos ha conducido la crisis con este gobierno traído por los cándidos, que se creen cualquier promesa y, claro está,  por los de siempre, esos a los que horroriza cualquier progreso y se espantan porque pueda haber una ley que les impulse a abortar o temen que se les prohíba ir a misa, olvidando que lo normal en la historia de España es obligar a acudir a la iglesia, guste o no.

No hay día en que no vea en los periódicos en papel y digitales comentarios culpando al gobierno de Rodríguez Zapatero de todos los males que ahora y aquí se están sucediendo, como si eso no supusiera otorgarle un poder sobre el futuro que ya hubiera querido poseer.

Oigo a los miembros del gobierno acusar al anterior de haber congelado las pensiones en 2011, justificando con eso estar limitando para el futuro las subidas de las pensiones al 0,25%, con certeza será ese porcentaje de aquí a 2019 y después –con suerte, si siguen estos– puede que las suban un porcentaje generoso como el 0,75 o el 1,00%, porque las pensiones dejan de estar ligadas al IPC. Para quienes no sean duchos en aritmética les advertiré que el 0,25% de una pensión mensual de 1.000€ –¿cuántas llegan a eso?– significa una subida de 2,50€ al mes. ¿Para pagarse un crucero?: yo diría que ni un café. Eso sí que es congelación o, por su extensión sine die, sería mejor llamarlo glaciación. Se han propuesto hacer de España un país de pobres de solemnidad.

Compruebo alucinado que, según las encuestas, quienes están dispuestos a volver a votar a ese partido que está desmontando lo que España era, harían que de nuevo el PP fuera el partido más votado; ¿cómo puede haber tanto masoquista? Aunque sé que no debo asombrarme, éste es el pueblo que inventó el grito de ¡vivan las cadenas!

Qué pena no volver a nacer para hacerlo bien lejos de aquí (¡y que me dejen elegir!).

Reflexión: ¿qué le hubiera supuesto al gobierno de Zapatero subir las pensiones un 1% aquel año para quedar bien, en vez de congelarlas? Respuesta: unos 1.000 millones, que aun tomándolos del Fondo de Reserva de las pensiones, sería una mínima parte de lo que los machotes de este gobierno se han comido de ese fondo en menos de dos años, nada menos que 11.503 millones, es decir, aproximadamente mes y medio del gasto total anual en pensiones (y ya sólo quedan 59.307 millones). A esto hay que añadir que ese 1% que se subieron las pensiones en 2012 y el 1-2% en 2013 revierte a Hacienda por el aumento de las cotizaciones del IRPF, así que de generosidad, nada, todo comedia y mentiras (las cifras han sido obtenidas del I.N.E. y de la S.S.).Y se me olvidaba: lo que queda del Fondo de Reserva ha sido invertido en su mayor parte –97,46%– en Deuda Pública española, para mantener su cotización y sostener por tanto la política de este gobierno. Según los expertos, invertir todo en la propia deuda es un disparate; pero qué importa, es sólo "la hucha de las pensiones", cosa de ciudadanos de segunda a los que se puede despojar sin temor.

21 septiembre 2013

Derecho a decidir (II)

¿Cómo piensan liquidar los lazos económicos –en realidad una maraña– que unen todas las partes de lo que es ahora un país?, ¿nos van a compensar por haber sido ellos durante decenios receptores de ese dinero fugitivo de toda España que esperaba encontrar allí más posibilidades que en su origen?, ¿cómo nos van a indemnizar por propiciar su industrialización en el siglo XIX concediéndoles entre otros privilegios el monopolio del comercio textil con las entonces colonias, cuando con certeza ni se les pasaba por la cabeza eso de goodbye, Spain?, ¿no merecemos una satisfacción por aquel cardenal Gomá, puntal eclesiástico del franquismo?  Hasta el dictador les favoreció económicamente durante aquellos 40 años, ¿cómo se van a desprender de esos contaminados beneficios?
  
No tengo muy claro que a fecha de hoy sea una ventaja pertenecer a esa Unión Europea, pero se trate de lo que se trate, ¿de verdad esperan permanecer en la UE como país independiente?, ¿se imaginan que Escocia les sacará las castañas del fuego?, ¿de verdad se creen que ellos son o van a ser como los holandeses, pequeños y poderosos?, ¿se les ha pasado por la cabeza la cantidad de empresas que se trasladarán a España para no perder un mercado mucho más amplio?, ¿creen que les seguiremos comprando sus productos si son tan foráneos como los productos alemanes o italianos?, ¿piensan encarcelar a quienes allí se empeñen en sentirse españoles por encima de todo, que no son pocos?, ¿no les avergüenza a quienes dicen sentirse de izquierdas apoyar una actitud tan de derechas, tan burguesa en el caso de Cataluña?

Cuesta aceptar que tanto resentimiento por el tan aireado Decreto de Nueva Planta de 1716 sea por la pérdida de los privilegios de los que hasta entonces habían gozado, lo que significaba entre otras cosas que eran las dos Castillas las que soportaban la mayor parte de los gastos de la corona. Lo que ese decreto hacía era igualar los derechos y obligaciones de los catalanes a los de los castellanos, algo terrible por lo que se ve, y es que en nuestro país se soporta cualquier penuria con tal de que el vecino tenga algo menos. Sin embargo, fue una medida correcta en aquellos inicios del siglo XVIII, cuando otros países europeos también trataban de dar cohesión a sus reinos igualando derechos y deberes de todos los ciudadanos. 

Lo que más me duele no es que España se reduzca en potencialidad y espacio por la huída de una u otra comunidad, sino el rechazo y hasta odio que han conseguido establecer hacia lo español y que se corresponde con igual intensidad en sentido contrario. Lo que más me estremece es ver a todos esos pardillos jugando a la independencia con la estelada atada al cuello o pintada en la cara con la misma ligereza que si se tratara de la liga de fútbol. Trato de mantenerme al margen de toda esa manipulación, pero pueden creerme que cuando un día me senté en una terraza de Barcelona y el camarero se negó a decirme la carta en castellano, comprendí que aquello no tenía remedio o que en el mejor de los casos se tardaría decenios en repararlo. Y también dejé de intentar aprender frases y palabras en un idioma que –seamos claros– tiene la cuarta parte de hablantes que el swahili. Ya se sabe, no se ganan amigos abofeteando a quienes se nos acercan con buen gesto.

Hace bastantes años, recuerdo que leí en un periódico una entrevista efectuada a un etarra tras un atentado sangriento de la banda y el periodista le preguntaba si no lamentaban el odio y rechazo que hacia todo lo vasco podía despertarse en el resto de España. La respuesta era clarificadora del propósito de tantos políticos periféricos, pues decía más o menos: “eso es precisamente lo que procuramos, lo que nos interesa. Una vez creado un sentimiento de odio hacia lo vasco, se producirá una reacción contraria de igual o mayor fuerza en Euzkadi y eso facilitará nuestros fines, puesto que les hará sentir que no son como los españoles”.

¿Derecho a decidir? Al menos llamen a las cosas por su nombre: alucinaciones, egoísmo, irresponsabilidad, corrupción.

20 septiembre 2013

Derecho a decidir (I)

Si algo me llena de ira es el uso de eufemismos cuando por cobardía o doblez no se quiere llamar a las cosas por su nombre. Los políticos son grandes aficionados a este recurso lingüístico y por eso se permiten llamar ajustes a lo que son recortes o ahorro a esa congelación ad eternum de las pensiones que acaban de sacarse de la manga. Cierto, con un criterio muy tolerante podría considerarse que un recorte es un tipo de ajuste, pero me pregunto cuántos políticos están dispuesto a llamar ajuste a una subida salarial. ¡Por supuesto que se les llenaría la boca con la palabra aumento, subida o lo que fuera y ni de lejos nombrarían la palabra ajuste que a todos nos trae la misma imagen!

Cuando empezó a oírse la expresión derecho a decidir ya se adivinaba que lo que se quería decir era algo bien diferente –¿dónde está el complemento directo?–, el supuesto derecho a la secesión, pero se trataba de no espantar a los propios y a los foráneos usando la palabra apropiada, primero se iba calentando el ambiente y llegado un momento todos sabrían lo que se quería expresar con esas tres palabrejas.

Derecho a decidir, ¿qué? Me pregunto ¿es que ahora no eligen a sus gobernantes exactamente igual que el resto de los españoles?, ¿podrán decidir que no les gobiernen políticos corruptos, como ocurre actualmente allí y en el resto?, ¿podrán participar en las grandes decisiones de gobierno sin que algún iluminado pretenda interpretar el sentir general como sucede ahora?, ¿podrán acceder a derechos que se nos prometieron en la Constitución y que hasta este momento ni siquiera hemos vislumbrado o nos están arrebatando? Ahora han puesto en marcha una iniciativa pública –no, no me lo invento– para que el presidente Obama se pronuncie a favor de la independencia catalana; pero vamos a ver, si desean la total autonomía, ¿cómo se les ocurre mendigar la opinión del presidente de los EE.UU.? Se me olvidaba, fue el ministro Josep Piqué (nacido en Villanueva y Geltrú) el que se deshizo en reverencias ante George W. Bush cuando tuvimos la fortuna de que nos visitara.

Todos los españoles fuimos engañados durante la transición, pero hay unos afortunados que van a ser engañados una segunda vez por el mismo precio. Eso sí, al coste de quedar debilitados –los catalanes– en su próxima flamante independencia y debilitar por descontado a lo que quede de España, que menguará bastante, pues de inmediato los vascos, ahora agazapados observando qué pasa, saltarán exigiendo lo mismo. En realidad y gracias a la crisis económica y moral, la mayoría de los españoles queremos también algún exorcismo que nos saque de este agujero, pero por fortuna son minoría los que recurren a una estratagema tan infantil como es la de pretender transformarse en una república báltica de la mano de quien es muy poco de fiar.

Y es lógico lo que está ocurriendo, ahora que han llegado a la madurez aquellos niños que fueron educados en la normalización lingüística –otro eufemismo–, la historia reinterpretada desde la aldea y el rechazo a España y los españoles, como si ellos no hubieran sido y siguen siendo tan responsables para bien o para mal de lo que ahora tenemos todos entre manos. Es imposible estudiar un periodo de la historia de España de los últimos siglos en el que esas dos comunidades, la catalana y la vasca, no hayan estado profundamente implicadas. Si esto que tenemos ahora es un desastre –y casi no hay dudas de ello–, ¿van a indemnizarnos por su colaboracionismo de siglos para que esto llegara a ser lo que es actualmente, o se van a ir como si no tuvieran nada que ver con el asunto?, ¿en cuánto fijamos la indemnización que deben dar al resto de España por haberles estado comprando durante decenios sus productos a precios superiores a los del mercado internacional, para favorecer su industrialización?

11 septiembre 2013

Esa historia del peñón


En una noticia sobre Gibraltar en la prensa digital he leído un comentario, enviado por un “llanito”, que decía algo que me fastidió porque resultaba ser dolorosamente cierto. A propósito de las tímidas medidas que España está aplicando a Gibraltar, este vecino del peñón decía que un país que ha soportado 40 años de dictadura sin hacer nada para sacudirse la opresión y que permite que el dictador muera de viejo en la cama, no puede asustar amenazando a nadie, diga lo que diga. Es cierto, llevamos siglos gritando y gesticulando a propósito de la reclamación sobre Gibraltar, pero siempre terminamos vacilando, o peor, siendo inconsecuentes.

Ya en otras entradas he dejado claro que no soy un patriota típico, pero es que este asunto parece, con los datos de que se dispone, un claro ejercicio de british-filibusterismo permanente mezclado con una tomadura de pelo y ya se sabe que los habitantes del peñón tampoco son demasiado amantes de las leyes. El truco es sencillo pero exitoso y ya lo aplicaron en otros lugares: se importa una población de aluvión de lugares lejanos y se les permite que, aprovechando la propia condición territorial, disfruten de un nivel de vida muy superior al que tenían en origen, sin hacer ascos a ninguna actividad que pueda reportar ingresos. Así se fabrica una población dispuesta a permanecer rabiosamente fiel a la metrópoli, algo que España –torpe gestora de sus colonias– nunca supo hacer.

Imagine que usted va con un amigo y en un momento dado va a pelear con otro tipo. Por ello le pide a su amigo que le sostenga la chaqueta mientras dura la bronca. Cuando la pelea finaliza, su amigo se ha escapado con la chaqueta. Esto más o menos es lo que ocurrió con el peñón tras la Guerra Española de Sucesión, en la que Inglaterra apoyó a una de las partes. Pero lo tristemente cierto es que todo eso ya fue y lo que persiste hasta nuestros días es el Tratado. Lo primero es dejar claro que no se puede pretender que el texto es anacrónico, pero sí basarse en él para mantener la soberanía. El Tratado es un todo y, o vale en su totalidad o no vale en absoluto.

He buscado ese texto prestando atención fundamentalmente al artículo X que es el que trata de la cesión de Gibraltar. Usted también puede encontrarlo en Internet de fuente fiable (texto en inglés o en español). En ese artículo, que es relativamente corto, se establecen las bases por las que debería regirse la existencia actual de la colonia.

Se dice al comienzo ”El Rey Católico, por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortaleza que le pertenecen”. La relación de espacios o propiedades cedidas es bastante detallada. Ni una palabra sobre cesión marítima, de manera que está claro a quién pertenecen las aguas que rodean la colonia, en contra de lo que sus habitantes y el Reino Unido pretenden. Para qué hablar de lo relativo al istmo en el que se encuentra el aeropuerto, del que se apropiaron aprovechando que los españoles andaban enloquecidos por el golpe de Franco y la guerra civil que le sucedió. Las pretensiones británicas son tan disparatadas que, según ellas, a la población fronteriza de La Línea prácticamente no le corresponden aguas territoriales propias (ver ilustración).

No vale tampoco el recurso a la Convención del Mar de 1982 ya que de una parte, España al firmar esa convención hizo una reserva explícita en lo referente a Gibraltar y de otra parte, la propia convención establece en su artículo 15 que lo acordado en cuanto a aguas territoriales no es de aplicación cuando se trate de territorios sobre los que estén planteadas reclamaciones históricas.

Volviendo al Tratado de Utrech, se dice “la dicha propiedad se cede a la Gran Bretaña sin jurisdicción alguna territorial y sin comunicación alguna abierta con el país circunvecino por parte de tierra.”. No hay que ser un experto en derecho internacional para entender claramente que basta la voluntad de una de las partes para que la frontera –la verja– sea cerrada nuevamente, dejando como cosa del pasado aquella estupidez de Felipe González de abrir la frontera a cambio de nada. Yo propugnaría que se cerrara de nuevo, para que –entre otras cosas– quienes se han enriquecido con las actividades ilegales de la colonia y viven en Sotogrande (Cádiz) y cercanías vean interrumpida su confortable vida de delincuentes impunes, pero en general para acabar con el contrabando y con la actitud inadmisible de quienes se aferran a la soberanía británica en el peñón porque les supone un magnífico negocio, pero prefieren vivir en zonas cercanas de España y traspasar cada día la frontera. Por supuesto que la Unión Europea se opondría al cierre, pero podemos respetar a la unión tanto como ella nos respeta a nosotros, ¿no?

Se dice “Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender o enajenar, de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla”. Se entiende por lo tanto que en el momento que el Reino Unido decida desprenderse de la colonia, traspasando su soberanía a quienquiera que sea –incluidos sus propios habitantes– España tiene la oportunidad legal e incuestionable de ejercer lo que ese punto establece, es decir, el puro derecho de tanteo. Me parece que lo de “cualquier modo” no deja lugar a la duda y no vale aquello del respeto a la voluntad de los actuales habitantes, como no valió cuando se trató de la devolución de Hong Kong o Macao a China.

Cierto es que España no es China y por lo tanto el respeto que el Reino Unido nos muestra está bastante lejos del que le tiene a aquel país –más que respeto, miedo–, pero quizás es aquí donde la Unión Europea debería actuar, aunque me temo que en esta funesta unión se apresurarán a dar la razón en el contencioso a quien forma parte del núcleo de los más influyentes, no nos hagamos ilusiones, olvidando que sigue en pie la clasificación que la ONU hizo de aquel territorio como “pendiente de descolonizar”.


*Inicialmente, el enlace que incluyo al texto en inglés y español del art. X del Tratado de Utrech dirigía a una página de un nacido y residente en el Peñón, que estaba aparentemente convencido de que esos textos respaldaban las pretensiones de gibraltareños y británicos. Se ve que alguien le ha avisado de que no era eso lo aconsejable, que estaba metiendo la pata, y ha retirado ese contenido, por eso he tenido que redirigir a otro sitio web.

01 septiembre 2013

A por los ateos

No revelo nada si recuerdo que durante siglos los herejes –y no digamos los ateos– fueron perseguidos por la iglesia y por el poder civil con el que esa iglesia siempre mantuvo estrechas complicidades. La heterodoxia nunca fue bien vista, y la perseguidora profesional de cualquier desvío de la ortodoxia, la iglesia, era diligente –con quien no fuese seguidor puntilloso de lo que a ella se le antojaba– para enviarlo a la hoguera, al hacha del verdugo o a la horca, por no citar siquiera ese simpático castigo que es la excomunión. Corrían tiempos que habrían entusiasmado a nuestro entrañable Rouco, que ahora tiene que conformarse con maldecir a los díscolos y sacarles el dinero mediante las pintorescas leyes fiscales españolas.

Todos hemos leído libros o visto películas en las que se perseguía y terminaba ejecutando a quienes osaban mantener posturas discordantes con lo que la iglesia ordenaba y tenemos desde Giordano Bruno a Miguel Servet como ejemplos bien conocidos, por no hablar de Galileo Galilei al que se limitaron a hacerle la vida imposible. Todos ellos simples discrepantes, porque a nadie se le pasaba por la cabeza declararse ateo, ya que la pena a aplicar sería algo difícil de imaginar. En España, podría pasársele por alto a Enrique VIII de Inglaterra su afición a casarse con una mujer tras otra y en ocasiones practicar con ellas lo que ahora mal-llamamos violencia de género, pero lo que de verdad no se le perdona es que se apartara de la iglesia de Roma.

No hay que remontarse a tiempos tan lejanos, pues en nuestro amado país se asociaba de siempre la disidencia religiosa a la política y por eso los librepensadores o herejes fueron perseguidos hasta hace bien poco y no fue hasta 1967, durante el franquismo y ante la presión internacional, que se promulgó una ley de libertad religiosa que permitía nada menos que... profesar una fe diferente de la católica, ¡menudo lujo!

No cabe culpar en exclusiva a la iglesia de su intransigencia ante el ateísmo, pues durante siglos la propia sociedad ha sido intolerante con quienes no profesaban la fe oficial de la "católica España", que así era y es conocido nuestro país. Eso significaba que usted debía bautizarse, aunque sus padres no fueran fervientes partidarios de la iglesia oficial, tenía que hacer la primera comunión, casarse por la iglesia católica le gustase o no, etc. Usted podía declararse practicante de magia negra o pegar a su mujer sin grandísimos peligros, pero eso del ateísmo era considerado al mismo nivel que el terrorismo, de ahí que muchos para disimular y que se les perdonase, se declaraban agnósticos aunque fuesen más ateos que el mismísimo Stalin.

Hace unos días estaba en una reunión de amigos donde surgió el tema, y una de las presentes salió con ese curioso argumento de que «alguien ha tenido que hacer todo lo que existe», cuestión que ya se sabe que es solventada por estos argumentadores mediante el ingenioso procedimiento de atribuir la autoría a dios, es decir, a alguien a quien no ha hecho nadie, lo que evidentemente contradice su primer postulado. Qué le vamos a hacer, es lo que les han enseñado.

Leí en el periódico que en cierta ciudad de Florida, en los EE.UU., se ha erigido un monumento al ateísmo que es el primero en aquel país y que curiosamente ha contado con la oposición de muchos de los ateos de aquellas tierras, pues por su propia esencia los ateos son poco dados a manifestaciones o alardes públicos, que no les son necesarios. En este caso ha sido sólo el hartazgo frente a los integristas religiosos locales lo que les ha empujado a levantar el monolito, para compensar irónicamente la abundancia de monumentos religiosos, el último de los cuales ha sido uno a los Diez Mandamientos (los de las tablas de la ley, no la película).

Esta misma actitud nos libra de que se celebre el Día del Orgullo Ateo, pues tanta o más persecución que los homosexuales han sufrido aquellos, aunque su diferente planteamiento y escaso exhibicionismo impide el éxito de manifestaciones públicas y hasta es nula la tendencia al asociacionismo.

Durante la II República Española, Azaña dijo con más optimismo que realismo «España ha dejado de ser católica». Esto hoy es en cierta forma una verdad irrefutable, pero no sirve de mucho, pues el catolicismo en España es más costumbrismo que fe, así que pase lo que pase, lo que aquí no pasará es que desaparezcan las procesiones, romerías o cualquier manifestación pretendidamente religiosa, y el que asiste a todo eso se considera a sí mismo creyente modélico. Eso sí, con las iglesias vacías, sin vocaciones religiosas y sin pararse a pensar ni un minuto sobre qué es eso que se dice profesar, de ahí que sólo un 9,7% se declare ateo.

Me encanta lo que declara aquella sociedad que ha levantado el monumento al ateísmo: «Un ateo cree que se debería construir un hospital en lugar de una iglesia». Y usted que lo vea y yo también, aunque yo lo modificaría ampliando “un hospital… o una biblioteca”, porque exactamente eso –pero al revés– sucedió hace pocos años junto a mi domicilio. Un solar en el que ya estaba aprobado construir un centro cultural y biblioteca fue repentina y sorpresivamente regalado por el alcalde a la iglesia católica, que levantó allí un nuevo templo. Adiós biblioteca, cambiamos conocimiento por superstición.

20 agosto 2013

El ruido como adicción

Días pasados ha aparecido en la prensa la noticia de que en Madrid, un sujeto al que le molestaba el ruido que hacía un niño jugando al balón a las 8 de la tarde le ha disparado con una carabina, produciéndole una herida que casi le alcanza la aorta y por lo tanto poniendo en serio peligro su vida.

Hasta aquí los hechos, y antes de continuar y para que no se me malinterprete, aclaro que me parece un acto propio de un desequilibrado y que nunca estaría justificado ese proceder. Si nos ponemos a disparar cada vez que algo nos parece injusto o nos desagrada no se podría andar por la calle, pues todos andaríamos disparándonos unos a otros (y yo me gastaría una fortuna en munición).

En los comentarios que siguen a la noticia en los medios digitales el debate ha sido intenso, aunque casi todos se extrañaban de que alguien protestara por el ruido a las 8 de la tarde, pues existe la creencia generalizada de que hasta la medianoche se puede hacer tanto ruido como apetezca. Curiosamente la gran mayoría eludía el fondo de la noticia: el ruido que en este desgraciado país nos rodea permanentemente, sin que ninguno de los organismos que podrían atenuar esa agresión intervenga para hacer algo de manera efectiva, ni el ciudadano tome conciencia de que así no se puede vivir. Parece que nuestras autoridades están orgullosas de que junto con Japón estemos a la cabeza del planeta en cuanto a ruido ambiental, no es casualidad que en España haya más monumentos al tambor que dedicados a ningún científico o inventor. Por si fuera poco, desde hace unos años contamos con más de un millón de primos hispanoamericanos habitando entre nosotros, buena parte de los cuales considera que la vida sin reguetón a todo volumen no merece la pena ser vivida.

Aquí todo el mundo se cree con derecho a producir ruido cada vez que le venga bien y a gritar se encuentre donde se encuentre, porque en cada conversación lo importante no es hablar y escuchar, sino imponer nuestra voz por encima de todos los que nos rodean.

Se me ocurren mil ejemplos de la falta de respeto hispánica hacia los demás: ¿nunca le han despertado cuando dormía en un hotel –en España, claro– las voces de otros huéspedes que volvían a su habitación a las 2 ó 3 de la mañana comportándose como si fuera mediodía? Si duerme en casa con la ventana abierta, ¿no le ha sucedido que había quienes pasaban por la calle a altas horas hablando a gritos? Esto es sólo un par de los muchísimos casos que se dan a diario; pues para qué hablar de las terrazas de los bares, los vecinos “de arriba”, vendedores en furgonetas con megafonía, las motos sin silenciador, equipos de música de los coches, fiestas populares... Si usted se atreve a pedir a alguno de estos ruidosos que reduzca el volumen puede esperar una reacción violenta o cuando menos la recomendación de que si no le gusta el ruido se vaya a vivir al campo. Eso es lo que hay.

Viví hace pocos años un episodio que considero ilustrativo de esa insensibilidad de los españoles hacia el ruido. Unos vecinos se habían marchado de puente y dejado a su perro solo en el piso, colocándole un cuenco con agua, un saco de comida (esto lo supe después) y la terraza abierta para que el chucho pudiera salir a tomar el aire. El animalito no agradeció estos lujosos detalles y se pasó el puente ladrando y aullando por la casa y la terraza. Harto ya, llamé a la policía municipal a la una y media de la mañana y acudió una pareja de agentes (uno era mujer con signos evidentes de intoxicación etílica) a los que conté el problema y  pudieron escuchar en directo el recital del perro. Llamaron repetidamente a la puerta del piso sin éxito –les quedó claro que el perro no sabía abrir– y finalmente volvieron a mí para recomendarme que llamara yo a la Sociedad Protectora de Animales. Quedé perplejo y les dije que al avisarlos a ellos yo creía haber llamado a la sociedad protectora de personas. Por supuesto que no captaron mi ironía, así que me miraron con cara de sospecha y se fueron sin hacer nada (ella dando tumbos), supongo que para que yo –que no el vecino– escarmentara y no volviera a molestarles. Vaya desde aquí mi homenaje a la policía municipal de Madrid por su sorprendente capacidad de trabajo, su altruismo, su educados modales y su esfuerzo: menos, imposible; lo de To Serve and Protect no va con ellos.



"La cantidad de ruido que puede soportarse sin que moleste es inversamente proporcional a la capacidad mental".  Schopenhauer
 

11 agosto 2013

Español para españoles (24)

Sigo insistiendo entrada tras entrada con éstas dedicadas a comentar los vicios de lenguaje de nuestros paisanos y naturalmente no sirve de nada, pues son pocos los que me leen y menos aún los que prestan atención a lo que digo en esta serie dedicada a la lengua española, algo que no me puede extrañar, pues como ya decía hace tiempo aquí mismo, lo que con muchísima mayor maestría escribía el académico Lázaro Carreter valió para vender millares y millares de libros, pero no mudó mínimamente el habla de la calle ni despertó el interés por aprender la lengua que se habla.

Me esfuerzo por explicar a amigos y familiares que no soy un talibán del idioma ni pretendo haber conseguido el conocimiento total o dominio de sus reglas, pero me parece que no supone un esfuerzo disparatado dedicar unos minutos de vez en cuando a aprender lo que todavía no sé y a tratar de animar a otros a hacer lo propio.

Hoy quiero referirme a la manera equivocada de decir algunas palabras de uso frecuente que por alguna razón muchos se empeñan en confundir. Por ejemplo, no consigo entender por qué una mayoría insiste en decir arramplar cuando quieren expresar arramblar, mucho más lógico además en la versión correcta, porque no hace falta pararse mucho tiempo a pensar para deducir que ese verbo deriva del sustantivo rambla. Como el error está muy extendido, no está de más recordar que el María Moliner da como segunda acepción –que es a la que todos pretenden referirse– «Llevarse de un sitio todo lo que hay de cierta cosa o llevarse algo con abuso o codicia: ‘Arrambló con todo el pan que teníamos. Arrambló con mis mejores libros’». Así que olvide eso de "arramplar" que, de verdad, no existe, aunque he leído que la Real Academia en uno más de sus pintorescos disparates de los últimos tiempos, planea incluirlo en la próxima edición del diccionario, permitiendo que nuestra lengua se construya a base de los errores de los más iletrados. Me temo que a este paso dentro de no mucho legitimarán escribir "haber" en vez de "a ver" como tan frecuentemente se puede ver escrito en la red.

Comprensible es que se diga con frecuencia destornillarse (de risa), porque muchos piensan que al reír se aflojan unos imaginarios tornillos, sin pensar que la palabra correcta –desternillarse– hace alusión a las ternillas o cartílagos que figuradamente se ven afectados cuando nos reímos con intensidad.

Hay palabras que por su ortografía parecida parecen predisponer a un uso erróneo, y así muchos dicen infectado cuando lo que corresponde es infestado, y sucede que en muchas ocasiones hasta en la prensa se dicen disparates del tipo "estamos infectados de corruptos", lo que en realidad parece afirmar que alguna bacteria tiene parte en todos esos chanchullos con los que muchos políticos tienen a bien obsequiarnos. No es complicado recordar cuándo decir uno u otro: con infectado los bichitos que nos invaden son pequeños, con infestado todo lo contrario (tamaño Bárcenas).

El otro día vi en un comentario de la prensa digital, repleto de faltas, que alguien sugería "enjuagar las pérdidas". Casi no me lo podía creer, pues ahí sí que creo que casi todo el mundo sabe que, en todo caso, las pérdidas se enjugan si se puede y pasarlas por agua no alivia el problema.

Por último, otras dos palabras a las que muchos gustan de confundir en el uso, por supuesto que también periodistas que no parecen haber pasado ni por el parvulario: infligir e infringir no tienen nada que ver aunque muchos se empeñen en darles un uso casi de sinónimos, cuando sus respectivos significados son fáciles de recordar: se inflige un castigo y se infringe una ley. Así de fácil.
   
Seguro que muchos de los que leen esto –puesto que leen– no cometen ninguno de los errores que he criticado, pero reconózcanlo, todos conocemos a muchos que sueltan eso de "arramplar".

01 agosto 2013

Un país en venta

Según parece, son nada menos que 58 millones la cifra de turistas extranjeros que nos visitarán este año. Aparentemente esa es una buena noticia para todos, pero si analizamos ligeramente lo que ese aluvión de visitantes trae consigo, veremos que no es ni mucho menos oro todo lo que reluce, aunque plantear siquiera esta cuestión despierte instintos asesinos en los hosteleros. Tristemente España ha desistido de estar entre los países punteros en investigación e industria y poco a poco vamos quedando reducidos a un lugar al que decenas de millones vienen a tomar el sol y a emborracharse; un país de camareros.

Damos por conveniente todo lo que suponga ingresos para el país, un bien deseable por su repercusión en cascada a distintos niveles, aportación al PIB, puestos de trabajo, consumo de productos nacionales, etc., pero ¿cuáles son los aspectos negativos de esta invasión? Casi todo el mundo lo sabe, aunque no suele detenerse a pensar en ello.

Lo que menos se contempla es la pérdida de soberanía y protección del patrimonio de todos, quienes residen en Mallorca o en Canarias ya saben que quienes mandan allí son sobre todo los alemanes y en más de una ocasión la prensa alemana ha alardeado de que Mallorca es territorio nacional alemán y eso es algo más que una exageración o una broma. Al fin nada que sorprenda, puesto que buena parte del litoral mediterráneo español es propiedad de extranjeros.

Sabemos que muchos promotores inmobiliarios no sienten escrúpulos en construir en la misma orilla del mar, pero los civilizados alemanes o ingleses no hacen ascos a esas prácticas, ¿imaginan que ellos se van a inquietar por el deterioro de nuestras costas o nuestras ciudades? En buena lógica ni se les pasa por la cabeza y en todo caso dirán que si nosotros no nos preocupamos, por qué van a hacerlo ellos. Y por si hay dudas, ahí está este gobierno dispuesto a permitir construir hasta la arena del mar con su nueva ley de costas.

¿No les espanta ese turismo masificado de jóvenes que vienen con el exclusivo propósito de permanecer borrachos todo el tiempo de su estancia?, ¿no han visto los reportajes ‒que abundan en televisión‒ sobre el comportamiento de esta gentuza en lugares como Lloret, Salou, Benidorm y otras muchas localidades? Vienen con todo pagado en sus países de origen, en líneas aéreas charter de sus países y por tanto no dejan beneficio alguno... salvo a los hoteleros que los alojan, hoteles que suelen ser de propiedad extranjera y sólo algunas migajas quedan en los bares de alrededor de los hoteles. No hay que ser muy estrictos para considerar todo eso pura rufianería, hacen aquí lo que no se les permitiría hacer en sus países de origen, ultraje y escarnio de nuestros lugares, turismo de borrachera y vómito, propiciado por unos cuantos elementos sin escrúpulos atendiendo a su exclusivo beneficio. 

Por si había poco, ahora aparece toda esa terrible historia de Eurovegas, la promesa de un depravado delincuente americano hecha a un gobierno no menos depravado. Si llegara a tener éxito, malo, porque Madrid se habrá convertido en la capital europea del juego, con todo el mundo de delincuencia y crimen que arrastra detrás. Si falla, malo también, porque se habrá perdido el tiempo, el dinero y por descontado la dignidad. Ahí está el chulesco e iletrado presidente de la comunidad madrileña ofreciendo dejar fumar en esa pesadilla y lo que sea menester, cargándose las leyes que se precisen, ya se sabe que cuando los de ese partido ventean unos euros no hay quien los pare y ya hay amiguetes suyos enriqueciéndose con la compra-venta de los terrenos en los que supuestamente se va a levantar el complejo.

En fin, hemos vendido España de una manera que es impensable que los países europeos permitieran respecto de su propio territorio y, mientras, los pobres españoles asistimos encantados al aumento del número de turistas año tras año como si de verdad eso nos reportara algún beneficio. Somos cada día más la escoria de Europa, lo que con Batista fue Cuba para los EE.UU.

23 julio 2013

Bicicletas

Que nadie se alarme, no voy a ponerme a escribir sobre el origen histórico de la bicicleta o sobre las muy numerosas ediciones del tour de Francia a lo largo de los años, para eso está la Wikipedia. Sucede que tengo un amigo de la adolescencia, cada vez más cercano a la categoría de ex-amigo, con el que hace un par de días discutí acerca de este asunto de las bicicletas. Él a su vez había charlado recientemente sobre lo mismo con su hijo –un yuppie exitoso– y los dos habían llegado al acuerdo de que, más o menos, deberían prohibir las bicicletas siquiera en las grandes ciudades y concretamente en Madrid, donde ambos residen. Según parece, a su hijo le crispaba la presencia de las bicicletas en la calzada cuando iba al volante de su BMW X5, ¿se imaginan, no?

Pasaba por mi cabeza mientras hablaba con él la imagen de tanto automovilista arremetiendo con saña contra los que van sobre ese débil y limpio medio de transporte e imaginaba que si aquella actitud es la que adoptan quienes sin duda poseen una educación bastante completa y teóricamente controlan sus bajos instintos, qué cabe esperar del patán ensoberbecido a bordo de su cochecito, camión o cualquier chisme a motor. ¿Cuántos de los ciclistas atropellados por vehículos a motor lo han sido por descuido consciente, por un arrebato de ira del que iba al volante?

Los argumentos que esgrimía este amigo iban desde las fechorías que –para él, todos– los ciclistas cometen continuamente, al supuesto absurdo de un código de la circulación que permite que rueden en pie de igualdad con otros vehículos de mayor porte. No le importaba mucho que yo argumentara que permitir y fomentar el uso de la bicicleta descargaba el tráfico de vehículos a motor, un poco hoy, más el día de mañana (si es que a los ciclistas se les permite llegar con vida).

Lo cierto es que yo monto con frecuencia en bicicleta –sólo como ejercicio y casi en exclusiva por carriles bici– y me asombra la alegría de la mayoría de los ciclistas pasando con los semáforos en rojo para ellos, circulando por las aceras a velocidades que suponen un peligro para los peatones, etc., pero como le decía a mi futuro ex-amigo, el problema es de falta de educación y respeto hacia los demás en cualquiera que sea el rol que se desempeñe, y esto es válido lamentablemente para buena parte de los españoles en particular y humanos en general. Hay muchos, demasiados, que son unos animales cuando andan, cuando montan en bicicleta, cuando van en moto, en coche y hasta cuando se sientan en un banco público y el resultado es esa falta de seguridad que atenta contra los más débiles, pero que es un gran peligro para todos.

Hasta como peatón es abundante y evidente la falta de respeto a los demás. Cada día que monto en bicicleta me toca lidiar con los que utilizan el carril bici sin corresponderles y ponen en serio peligro a quienes inocentemente imaginamos que el carril bici es para quienes van montados en bicicleta. Tropiezo constantemente con padres que dejan a sus hijos pequeños corretear por el carril, o dueños de perros sueltos o con esa correa extensible que, no hace falta que lo diga, son trampas para el ciclista (el perro y la correa), jubilados paseando a su nieto en el cochecito, señoras mayores en grupo, y toda la fauna que puedan imaginar. Las justificaciones de todos ellos para usar el carril son a veces pintorescas: que caminando por él se ensucian menos los zapatos, que hay más sombra, que el firme es mejor, que no molestan a nadie, que también ellos pagan impuestos...

Otros ni se molestan en justificarse y entre los desagradables episodios que me ha tocado vivir, está el de un padre de un niño de unos tres años, un machote treinta años más joven que yo, que sin más me amenazó con partirme la cara porque según él "cuando yo vea un niño en el carril bici, debo bajarme del vehículo para llevarlo de la mano" hasta que no haya menores. ¡Qué difícil es convivir con tanto cafre que sólo reconoce un derecho: el suyo!

15 julio 2013

Cinismo y cobardía. Caso Snowden

Es duro aceptarlo para quienes desde siempre nos hemos empeñado en que hay malos y buenos ‒con matices, claro‒ y que por lo tanto no había que descartar la posibilidad de que puestos de alta responsabilidad fueran ocupados por personas "decentes"; debo ser el último que ha llegado a la conclusión que me resistía a aceptar de toda la vida, sencillamente porque la realidad suele ser desagradable y apetece mantener ciertas ensoñaciones.

Referente a los gobiernos de los EE.UU. y sus presidentes ‒de todos nosotros también‒ está claro que los hay de dos tipos: los malos y los mucho peores. Para no remontarnos en la historia, diría que el actual, Barack H. Obama, es de los malos y George W. Bush de los otros. Pero no nos hagamos ilusiones, todos son unos villanos porque si no, no habrían superado el filtro que impide llegar a presidente a alguien con mínimo sentido de la honradez, suponiendo que haya alguien honrado en este planeta, que ya es suponer.

Obama se encuentra casi al mismo nivel de incumplimiento de su programa electoral que nuestro propio y extraviado presidente. Sus grandes promesas, la extensión de la seguridad social y el cierre de la ilegítima prisión de Guantánamo ‒por ejemplo‒ están todavía esperando su hora. Claro que no es lo mismo prometer que el mundo real, pero que se hubiera informado antes, aunque seguro que ya sabía con lo que se iba a encontrar cuando inventó aquello de "yes, we can". No era un novato en política.

Me producía acidez de estómago conocer de su política en asuntos diarios, pero ha dado el do de pecho en el caso Snowden, repitiendo en peor el comportamiento observado acerca de WikiLeaks con la persecución implacable de Julian Assange mediante país interpuesto -Suecia- y el encarcelamiento me temo que por vida del pobre soldado Bradley Manning que suministró buena parte de la información que escandalizó a medio planeta. El procedimiento seguido para que el mundo olvide el tema ha sido silenciar los medios de comunicación que colaboraban con WikiLeaks, cerrar sus páginas en Internet, presionar y cegar los canales a través de los que recibían donaciones (PayPal, Visa, etc.) y procurar que toda visión se reduzca a Assange, acusándolo ‒seguramente en falso‒ de aquello que en EE.UU. recibe más repudio: las relaciones sexuales con menores. Pero no nos dejemos engañar, WikiLeaks es más que el prisionero Assange, los colaboradores se cuentan por miles y la información que difunden debería bastar para encarcelar a numerosos políticos de bastantes países.

Con Snowden han conseguido que todo parezca una comedia bufa y se han quitado la minúscula máscara tras la que EE.UU. se escondía. Lo más triste para mí es la sumisión y cobardía de los gobiernos europeos ‒¡pobre Europa!‒, a los que sólo ha faltado derribar en vuelo el avión en el que se desplazaba Evo Morales, para matar dos pájaros de un tiro: ese presidente y el presunto pasajero Snowden, todo ello para complacer al imperio, al que parece que desagrada la posibilidad de que este último cuente todo lo que sabe.

El actual gobierno español, apresurándose en ser el más cobarde y sumiso a Obama, ha llegado a dificultar el paso por nuestro espacio aéreo de ese avión, al coste del enfrentamiento con toda América del Sur y al precio que pagaremos por ello. El miserable e ignorante ministro García Margallo alega ‒como si eso fuera excusa‒ que tenía información de que Snowden ‒al que TVE califica de espía (?)‒ iba en el avión, como si eso justificara cualquier fechoría y lo que sólo pone al descubierto, en el mejor de los casos, es que sus informadores no estaban en el aeropuerto de Moscú, sino tumbados en una playa de Marbella. Vaya eficiencia...

Nadie sabe cómo conseguirá salir Snowden del aeropuerto, pues todos los países europeos están vigilantes para prohibir su paso por los cielos, así que mucho me temo que tendrá que quedarse allí de por vida, porque EE.UU. no perdona ni olvida, de ahí tanta identificación con quien representa la sublimación del rencor y la venganza, Israel. Al contrario que los ciudadanos, que pronto iremos retirando de nuestra mente el caso Snowden, traicionando a quien al menos durante un rato se creyó aquello de que "con la verdad por delante se llega a todas partes". Qué burla y qué indecencia...

10 julio 2013

Homocoloreados

Mi intención en esta entrada es referirme a una minoría que por su "ruido", importancia y extensión atrae la atención de toda la sociedad, pero pueden estar seguros de que lo hago con cierto temor, pues si uno no acepta sin rechistar lo que aparenta despertar adhesiones inquebrantables, es posible que se le echen encima todas las furias.

Para ser sincero, estoy harto de la omnipresencia de los homosexuales en los medios de comunicación y hasta en la vida de cualquiera, porque se han transformado, gracias a esa oleada de buenismo que inunda la sociedad española, en un asunto que casi no se descuelga de las portadas de la prensa de cada día. Sucede a veces ‒y en mi opinión ésta es una de ellas‒ que una minoría pierde todo sentido de la prudencia y con la excusa de reivindicar su derecho a existir y ser respetada, se despoja de todo respeto hacia los demás y casi se diría que pretende que los demás los contemplemos como modelo a seguir o nos integremos en el grupo.

Durante toda mi infancia, adolescencia y más allá, la homosexualidad era un tema casi tabú que entre las personas civilizadas era contemplado con cierta tolerancia y para otros sectores de la sociedad motivo de burlas, insultos y agresiones, pues durante muchísimo tiempo quienes no poseían una sexualidad ortodoxa eran perseguidos hasta por los regímenes políticos escasamente democráticos y ‒¡cómo no!‒ por la iglesia católica. La Organización Mundial de la Salud consideraba, basada en ciertas razones, que esas orientaciones sexuales eran la manifestación de una dolencia. En 1990 esa misma OMS, basada en otras oscuras razones decidió que la homosexualidad ya no era una enfermedad. Misterios de la ciencia. El caso es que para mí y para otros muchos ese cambio no significó gran cosa, pues nunca había pasado por nuestra mente lapidar o condenar a nadie.

Desde entonces, han conseguido derechos inimaginables hace tan solo diez o quince años, incluyendo el matrimonio -con ese incongruente nombre- y la adopción de niños, algo a lo que muchos de los países de origen de esos niños se niegan por razones que no hace falta explicar. Es más, han logrado lo que a los judíos ‒¡nada menos!‒ les costó décadas conseguir, pues ya se sabe que dudar de los términos y cifras oficiales del holocausto,  está hasta penado por las leyes de varios países. Actualmente, si usted se atreve a manifestar públicamente alguna crítica sobre los homosexuales, le arrojan inmediatamente a la cabeza el calificativo de homófobo, tan pretendidamente terrible y descalificador como podía ser el de bruja entre los pioneros colonizadores de América del Norte. Hay que preguntarse si la libertad de expresión es real o vale solamente en tanto no aluda a colectivos hipersensibles y con poder para limitarla.

Algo tan aceptado socialmente como el desfile del Día del Orgullo Gay, repudiado por bastantes homosexuales por su mal gusto y la imagen equívoca que transmite, consigue en las ciudades en que se celebra el apoyo de las autoridades y hasta, por citar el caso de Madrid, una subvención de 100.000 euros, una cifra muy superior a la que se dedica ‒por ejemplo‒ al préstamo de camas hospitalarias a enfermos crónicos o terminales que precisen de ellas.

Curiosamente, la palabra gay ha sido adoptada en España sólo por los de "origen" masculino, al contrario que en su país de origen EE.UU., donde es aplicable a ambas "procedencias", lo que aquí llamamos gays y lesbianas. En realidad la palabra ha sido arrebatada de su significado original ‒alegre‒ para su uso exclusivo actual. Por eso sería impensable filmar ahora una película de nombre "The Gay Divorcee" (La alegre divorciada) porque su título sería malinterpretado, al igual que se malinterpretaría lo que en West Side Story canta la protagonista: "I feel pretty and witty and gay..."  y para evitar eso se ha cambiado la letra y en vez de gay ahora se dice bright, aunque me temo que en la película no hay quien lo cambie. Qué más da, sigamos con el ruido...

30 junio 2013

Turismo de consumo

Mucho han cambiado las cosas. Cuando yo era pequeño apenas se utilizaba la palabra turismo, puesto que en el mejor de los casos se le llamaba veraneo y consistía –como su nombre indica– en el desplazamiento estival a uno de los dos destinos tradicionales: playa o montaña. Por descontado que dentro del territorio nacional, y afortunado aquel que podía permitírselo. Eso sí, estos afortunados que veraneaban solían extender las vacaciones a lo que durasen las escolares y el cabeza de familia acudía cuando le era posible –si el destino era cercano a su residencia– o seleccionaba un periodo para abandonar sus obligaciones y el resto del tiempo su esposa e hijos se las apañaban como podían. No eran muchas las personas que viajaban al extranjero y producían asombro los muy escasos arrojados que lo habían llevado a cabo, fundamentalmente porque la escasez económica era algo generalizado en el país y para ayudar, la dictadura no concedía con facilidad los permisos necesarios para salir al extranjero. Los mismos que ahora nos gobiernan y ponen el grito en el cielo si algún cubano no puede salir de su país, son los entusiastas herederos del dictador que no nos dejaba movernos.

No hace tantos años, los españoles se dividían entre los que habían ido a París y los que no. Algo más tarde, esa ciudad fue sustituida por otras más lejanas, pero el afán por viajar era ya tan fuerte que ese nuevo destino nunca produjo esa sensación de arrojo y valentía del viaje a París y ya comenzaban los más valientes y pudientes a desplazarse hasta Roma, Londres y algún otro punto situado en la Europa más cercana aunque desde luego no en lo que el pasaporte denominaba “Rusia y países satélites”, si bien en alguno de esos países se entraba sin dificultad a pesar de todo y concretamente en la RDA se abstenían de sellar el pasaporte para evitarnos problemas al volver a la -una, grande, libre- madre patria.

Como decía, mucho han cambiado las cosas y ahora son bastantes los que se avergüenzan si tienen que confesar que no han estado nunca en Cancún, Egipto o Tailandia. Conozco incluso quien se ufana de haber estado en uno de esos hoteles de hielo que existen por Laponia y que desde luego no se me ocurriría pisar, por aquello de que bastante frío pasamos en nuestros propios inviernos y no me imagino ninguno de esos hoteles con un mínimo de confortabilidad, tengo que admitir que nunca he tenido espíritu tan aventurero.

El caso es que el gusanillo viajero se apoderó de todo el mundo y no pocos llegaban a pedir un crédito bancario para pagarse esas vacaciones precisas y poder levantar la cabeza ante amigos y vecinos. Se trataba de viajar, aunque fuera a un lugar que se era incapaz de localizar en el mapa y del que la mayoría no se molestaba en documentarse lo mínimo previamente. Lo fundamental era enseñar fotos a la vuelta con las que se documentara que uno había estado en lugares exóticos.

No es el placer puro de conocer lo diferente, sino que se trata de coleccionar destinos como se coleccionan sellos o cromos, sin profundizar mínimamente en el conocimiento del destino elegido, y a la vuelta tachar en el mapamundi el lugar del que se acaba de regresar, comenzando de inmediato a buscar otro para fijarlo como próxima meta.

Los últimos años hice varios viajes con amigos, algo que en principio resulta más ameno y que permite aprovechar más oportunidades con menos gasto, como puede ser alquilar un coche. Recuerdo una película de hace bastantes años, que se llamaba algo así como “Si hoy es martes, esto es Bélgica”, en la que se hacía burla de esos viajes programados y apresurados en los que el turista apenas se entera de en qué país o ciudad se encuentra. Hace un par de años con unos amigos viví una experiencia parecida en un viaje a Irlanda en el que, contra mi voluntad, había que recorrer toda la isla en autobús y no perdernos ni una sola de las ciudades o sitios de importancia, a costa de grandes madrugones y carreras. El resultado es que en mi memoria soy incapaz de identificar una u otra y el sabor que me quedó del viaje es una confusión de lugares, amenizado por largos desplazamientos en autobús en compañía de quienes desconocían el significado de las palabras cortesía o educación, por decirlo delicadamente. Nunca mais.