«Siempre que se encuentre usted en el lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar»
(Whenever you find yourself on the side of the majority, it is time to pause and reflect)
Mark Twain
29 agosto 2018
Profesiones con futuro
Peluquero de señoras en el País Vasco y Navarra – Sabido es que actualmente allí se lo cortan con un cuchillo de cocina y, aunque no son conscientes del aspecto deplorable que les otorga, con el tiempo adorarán cortarse el pelo como en el resto de Europa. A esta actitud de descuido de la peluquería se han incorporado hace tiempo las componentes femeninas de la CUP, que parece que se cortan el pelo con un recortasetos.
Borrador de tuits de políticos – Cada vez que se inventa una nueva ocurrencia de eso que llaman redes sociales, los más tontos del planeta se apresuran a verter en ella sus ocurrencias y, como es natural los políticos y "activistas" en cabeza, olvidando que lo que se escribe ahí queda. Estamos viviendo cada día casos de tuits que acaban con la carrera política o profesional de algún descerebrado y por eso será muy demandada la profesión de borrador de tonterías.
Implantador de expresiones o palabras estúpidas – Son por lo general personas que se consideran periodistas, pero de momento cualquiera puede hacer su aportación sin ser acusado de intrusismo. Tenemos como ejemplo de gran éxito lo de seres queridos, una repugnante traducción del original inglés loved ones, que ha sido adoptada de inmediato por todos los medios y, lo que es más curioso, por el ciudadano común. Atrás queda lo de allegados porque resulta demasiado clásico, sencillo y supongo que viejuno. Tampoco hay que olvidar lo de tener sexo –¿es que “tener”, no lo tenemos todos?– para referirse al mantenimiento de relaciones sexuales, traducción brutal y literal de have sex. Ignoro la procedencia de esa otra expresión de moda: choque de trenes para hacer referencia a un conflicto entre dos partes seriamente discrepantes.
Fundador de ONG – En un principio, gente con buenas intenciones practicaban tareas sociales sin recibir nada por ello y tan solo guiados por su generosidad o sentimiento religioso. Con el tiempo, la existencia de subvenciones, la notoriedad social, la posibilidad de crear su propia república, hizo que esa creación de organizaciones presuntamente de beneficencia dio lugar al exceso de ONG y al hartazgo progresivo de parte de la población. No es mal negocio si uno es algo aventurero y sabe gestionarse las subvenciones.
De momento, le niego el saludo a cualquier persona que forme parte o ayude económicamente a las ONG relacionadas con la inmigración ilegal o empeñadas en legalizarla.
Realizador de gráficos falsos para el PP – Existe una cierta afición entre ciertos políticos a realizar gráficos en base a datos falsos, sabedores quienes los exhiben de que al estar hechos en colorines y con sus barras de distintas alturas, la gente lo va a dar por bueno sin más análisis. Cuidado, el que más gusta de estos gráficos es, según afirma y muestra la prensa, el moderno e impaciente Pablo Casado, el de la verborrea convincente y los gráficos divinos de la muerte (recordatorio). Asombrosamente, aunque la cifra disminuya, la barra siguiente del gráfico es más alta que la anterior. Pura magia.
07 mayo 2018
Pensiones y pensionistas
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| Jubilados tal cual gusta presentarlos a la prensa |
Andan los pensionistas manifestándose casi día sí y día no −en Bilbao esta semana dos días− por las pensiones que perciben y aunque parezca que todos quieren lo mismo no es cierto ni de lejos. Comenzó con lo que era un común denominador: eso de subir el 0,25% dispuesto por M.Rajoy durante tantos años no sólo era una estafa, sino que era un insulto directo a los que viven de una pensión. Curiosamente, hay quienes argumentan que los pensionistas incluso han ganado poder adquisitivo durante los años de la crisis −esa que dicen que ya acabó− lo que es una mentira fastuosa.
Esta misma noche he tenido que oír en televisión cómo afirmaba tal cosa una periodista más facha que Francisco Marhuenda, que además presumía de ser experta en economía y aseguraba que los años de deflación han servido incluso para que los pensionistas ganen poder adquisitivo; nada menos.
Se manejan cifran y como siempre que ocurre tal cosa se manejan para machacar al oponente con números que respaldan falacias. Las pensiones son por definición poco generosas y por lo tanto aparte de que en muchas ocasiones tienen que servir para mantener a los hijos o nietos en el paro, porque sigue siendo muy elevado y los famosos empleos creados por el régimen son precarios y escasos, han tenido que cargar con algo que hasta ahora no he oído citar. Hablo del copago farmacéutico impuesto a los jubilados y sobre todo, de las numerosas medicinas que han dejado de ser suministradas por la seguridad social y que, por tanto, son costeadas en un cien por cien por el pensionista. Muchas, buena parte de ellas, las que son consumidas regularmente por las personas mayores o enfermos crónicos. También han soportado, y esto como todos, las abusivas subidas de gas y electricidad que aparentemente no se reflejan en el IPC.
Yo, que soy pensionista, me he abstenido de ir a las manifestaciones por dos motivos fundamentales: se ha desvirtuado la reivindicación original y además he sabido que no soy persona grata para el grueso de los pensionistas por ser uno de los muchos que disfrutan de la llamada pensión máxima, que es tanto como decir eso de que en el país de los ciegos... También he podido observar que se aprovechan las movilizaciones para que el que tiene una pensión baja, pretenda que se la incrementen en un 50% o más para tener una pensión digna. Me pregunto si pensaban en esa dignidad cuando cotizaban lo mínimo.
Sostiene el gobierno que no hay dinero para subir más del 0,25%, pero ha bastado que un partido le diga que no apoya los presupuestos del año que viene para que de repente hayan encontrado dinero para subir no está muy claro cuánto ni a qué pensiones, pero más de ese infame 0,25% para todos. Eso, si es que hay presupuestos...
No hay que ser economista para darse cuenta de que con los salarios de miseria actuales no hay cotizaciones suficientes como para mantener el sistema de pensiones y hay quienes quieren provocar una guerra generacional entre trabajadores con bajos salarios y pensionistas. Pero es verdad que resulta chocante que la pensiones sean más elevadas que los salarios, aunque la responsabilidad no sea de los pensionistas, sino de los puestos de trabajo con bajísimas retribuciones agenciados por este gobierno, de los que tanto se ufana.
Por otro lado, el otro día leí algo que me dejó perplejo. Resulta que la SS ha sido durante décadas un buen negocio para el estado, que se ha embolsado hasta 1997 todos los superávits que se producían cada año. Después, se ha destinado sólo parte del superávit y de los beneficios al Fondo de Reserva −incluso durante los gobiernos de Zapatero− y de remate el gobierno del PP ha regalado cotizaciones a los empresarios a cambio de producir empleo (?), lo que significaba y significa financiar sus políticas regalando como suyo dinero que debería recibir la SS. Al tiempo, se ha merendado los casi 70.000 millones del Fondo de Reserva de las pensiones −la famosa hucha− e incluso ha tenido que pedir un crédito de unos 16.000 millones para poder pagar las pensiones de 2018, porque la hucha ya se acabó. Se repite una y otra vez que es preciso cambiar el sistema, pero hasta ahora nadie ha intentado nada. No quiero ser pesimista, pero...
03 mayo 2018
Manadas
Con una opinión pública habitualmente desinformada y extremadamente aficionada a tomar partido apasionadamente, nos toca aguantar con resignación –a mí al menos– una permanente aparición en la pantalla de la televisión de pancartas luciendo el lema "Yo sí te creo", que me deja casi perplejo por la unanimidad y por la vehemencia de sus portadoras. Por cierto que muchas veces añaden a ese lema la palabra "hermana", porque en España surge la hermandad cuando es contra alguien. ¡Hasta las monjas Clarisas de Villaviciosa (Asturias) se han manifestado a favor de la víctima!
Siempre pensé que eso de creer era algo que se practicaba con la Santísima Trinidad –que ya es duro de creer– o con las cuentas del PP de Madrid, pero resulta que yo estaba equivocado y ahora se trata simplemente de creer lo que alguien dice, sin apoyatura de ninguna clase.
Me estoy refiriendo, está claro, al asunto de esa panda de imbéciles conocidos como La Manada, de profesión sus aspavientos machotes y sus giras en pos de gorditas, como puede leerse en sus propias comunicaciones a través de las redes sociales, quizás porque piensan que las que padecen sobrepeso serán más asequibles a la hora de dejarse abordar para cometer alguna barbaridad con ellas.
Dice el diccionario de la RAE acerca del verbo creer en su primera acepción "Tener algo por cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado." y verdaderamente se cumplen estas condiciones para quienes afirman creer en la pobre víctima y piden para los culpables cadena perpetua o cosa semejante. Se cumple porque, según tengo entendido, nadie salvo los jueces y abogados han podido ver los vídeos que los imbéciles hicieron y por lo tanto esa fe es auténtica y basada en imaginaciones y habladurías, que no en las únicas pruebas existentes.
Según se contó en la prensa, a poco del suceso los abogados defensores pusieron un detective a seguirle la pista a la víctima, con el propósito de demostrar que su vida habitual no era excesivamente ejemplar, pero las acusaciones particulares y públicas exigieron de inmediato la retirada del informe de ese seguimiento, anulando así la posibilidad de saber algo más sobre la víctima, que sobre los agresores ya se sabe todo lo que se quiera.
Puesto que es inevitable que, dado el bombardeo constante, cada uno tenga su propia opinión, opinión basada en pálpitos, que no en pruebas, la mía es que no me inclino por ninguna de las partes y sobre todo lo que está ocurriendo y considerando los tiempos que no están tocando vivir, estimo que lo lógico es que los jueces, como conocedores hasta lo posible de los hechos, son los que deben sentenciar y así lo han hecho, aunque la casi totalidad de los españoles ya haya tomado partido en base a nada. También me parece una oportunidad muy bien aprovechada de las mujeres que dirigen el movimiento feminista para mostrar su poderío, y de verdad que parece casi ilimitado. Muy bien gestionado y manejado, pobre del juez que se atrevió a dar un voto particular y pobre su carrera judicial.
Como dijo uno de los abogados defensores: "Si lo que se estuviera juzgando fuera la estupidez, mis defendidos merecerían cadena perpetua; pero no es eso lo que está valorándose".
Mientras, las protestas han llegado al Parlamento Europeo, a la ONU y no me extrañaría que hasta a Kim Jong-un y ya se sabe lo equilibrados y justos que suelen ser los juicios de estos entes. Si Puigdemont está recibiendo numerosos apoyos para defenderle del sistema no democrático español, y el atroz atropello del que está haciéndole víctima el Estado, no quiero ni pensar el que recibirán unas pobres mujeres indefensas, como las que en la foto se enfrentan a la policía foral de Navarra.
31 octubre 2017
Consultas médicas
Detesto
ir al médico. Puede que a otros muchos le suceda algo parecido, pero
normalmente será tan solo parecido, puesto que yo debería decir que más
que detestar lo odio, y sólo esa tradición no siempre efectiva de acudir
al médico y mi edad, lamentablemente provecta, me empuja a cumplir con
esa tradición.
Ayer,
sin ir más lejos, acudía a la consulta de un doctor sencillamente
porque él me había señalado que debería volver por estas fechas para
revisión y yo, disciplinado por encima de todo, allí estaba a la hora
prevista. Prevista por mí que no por él, puesto que me recibió casi
puntualmente una hora más tarde de la asignada en la cita, que esa es
otra cuestión que parece que los médicos no alcanzan a entender: cuando
ellos se retrasan una hora, hacen perder a otros tantas horas como
pacientes están esperando.
Hay
muchas razones para no gustarme mucho eso de acudir a consulta: la
principal quizás sea que no me entusiasma en exceso la ingesta de
medicamentos y la tentación de no hacer caso a lo prescrito y seguir
como si nada es muy grande. También me molesta ese compadreo,
normalmente iniciado por el doctor de turno, tuteando a sus pacientes,
como si todos fuéramos gente menor en importancia y rango o, quizás,
amigos de la infancia. Trato de compensarlo por mi parte pasando también
al tuteo aunque eso no me consuele del abuso de confianza por su parte,
puesto que el tuteo no ha sido consensuado.
Pero lo más gordo, lo que hace a una sala de espera realmente odiosa, son los demás
−ya saben, el infierno del amigo Sartre−. La consulta de ayer estaba
situada en una clínica del barrio de Salamanca en Madrid y, aunque no
fuera más que por dar ambiente, se supone que la gente guardaría cierta
compostura. Ni hablar.
La
pérdida de calidad en la atención prestada en la Seguridad Social
acarrea de inmediato el mismo efecto en la sanidad privada, puesto que
son muchos los que huyen de aquella por ese absurdo capricho de que una
resonancia, por ejemplo, no tarde tres meses en ser hecha.
El
mostrador en el que se recogen nuestros datos al llegar a la consulta
estaba atendido por una sola señorita. Como la afluencia era numerosa,
pueden imaginar que la cola de unas ocho personas y más de veinte
minutos de espera, era inevitable. Hay que ahorrar personal.
Entre
mis compañeros de espera había de todo, tirando a malo. Mi vecina de
asiento estuvo hablando por el móvil, jacarandosa ella, unos cincuenta
minutos hasta que tuvo la fortuna de ser llamada por su médico. A
continuación de ella estaban sentadas dos féminas que como ya se tenían
la una a la otra para hablar, lo complementaban poniendo en el móvil a
todo volumen vídeos de unos niños graciosísimos y gritones, cuyos gritos
competían en volumen con los de un infante cercano de carne y hueso.
Pasaron varias auxiliares de enfermería sin dirigirles ni una palabra de
reproche. Total, era sólo ruido, y eso a un español de pura cepa no le
molesta.
Enfrente
de mí, una abuela más bien joven trataba de entretener a su simpático
nieto de unos 3-4 años, provocando en el angelito esos gritos
penetrantes que a la gente parece no molestar −incluso a veces muestran
una sonrisa de complicidad−, pero que a mí me producen palpitaciones.
Por supuesto, tanto escándalo me impedía la lectura del libro que me
había llevado para aliviar la espera, pero ya se sabe, eso de leer es
costumbre de gente inadaptada y amargada.
¿Dónde
quedó aquello de SILENCIO que se pedía desde las paredes en todas las
consultas médicas? Cada día me fastidia más estar entre mis semejantes.
01 octubre 2017
Dunkerke y el burro flautista
No
le den vueltas, los anglosajones son infinitamente más listos que
nosotros, al menos a la hora de valorarse ellos mismos o ser valorados
por algunos otros, cómplices habituales. Ya escribí una entrada no hace demasiado tratando de
la leyenda negra y cómo hacemos frente ellos y nosotros al hecho
incontrovertible de que en Iberoamérica una mayoría de la población,
entre el 70 y el 80%, es nativa o mestiza frente a EE.UU. y Canadá, donde
los nativos o mestizos no llegan al 2,5%.
Aquí
hablamos todavía −poco− del «desastre de Annual» y casi menos del
«desembarco de Alhucemas» donde supuestamente nos quitamos la espina de
lo primero. Todavía hablamos de la Armada Invencible, empeñados en
cachondearnos de nosotros mismos llamando invencible a lo que fue una
derrota en toda regla, bien que los ingleses fueran asistidos por dios y
la naturaleza, ¡ellos, que eran herejes y nosotros un modelo cristiano
que debería dejar a dios entusiasmado!
Viene
todo esto a cuento de que hace un par de días he visto la película
«Dunkerke», que como pueden imaginar narra el desastre de la retirada de
franceses e ingleses en 1940, durante la 2ª G.M. Aparte de la calidad
de la película, me produce una envidia rabiosa ver cómo un episodio que
siempre se ha contado como una vergüenza de mala organización que costó
la vida a decenas de miles entre soldados y civiles, (no he podido
conseguir una cifra aproximada, supongo que ni ellos lo saben), en los
relatos se habla mucho de los soldados que consiguieron evacuar a Gran Bretaña, pero no parece haber mucha preocupación por las bajas. El triunfo aparente de la retirada a Inglaterra fue en buena parte debido a la indecisión de Hitler y sus generales que no supieron aprovechar aquella oportunidad servida en bandeja.
Como
servido en bandeja fue el material que quedó abandonado por los
aliados; una cantidad de cañones, tanques, vehículos de transporte,
armas ligeras, etc. como para abastecer a varias divisiones, mucho más
de lo que tenía Inglaterra en su propio territorio en aquel momento, según he podido leer.
El
asunto es que la conclusión que se saca de la película, narrada desde
tres escenarios, es que los ingleses son una maravilla (los franceses
no, ya se sabe), los patriotas que condujeron sus pequeños barcos, yates
o pesqueros, un ejemplo para todo el planeta y la operación en su
conjunto una gran victoria para los aliados. Y lo fue, mirando el lado
bueno, si tenemos en cuenta el desastre absoluto que podría haber sido.
Según la película, un episodio que merecería ser llamado épico y que
ningún otro pueblo, además del inglés, podría llevar a cabo. En realidad
un milagro o, mejor, otro golpe inigualable de pura suerte como el de
la Gran Armada.
Parece
que los ingleses, exceptuando las batallas de Cartagena de Indias −ya
saben, lo de Blas de Lezo− y Galípoli (Dardanelos) han tenido siempre
una suerte que solamente el verdadero dios ha podido proporcionarles,
algo que cuando menos resulta desconcertante considerando lo malvado que
fue Enrique VIII. Incluso en la 2ª Guerra Mundial consiguieron que los
rusos les sacaran las castañas del fuego y así presumir codo con codo
con los norteamericanos de que eran ellos los que habían ganado la
guerra. Mientras ellos presumen, Churchill ebrio −dicen− durante toda la 2ª G.M.
Dios salve a la reina (pero no demasiado tiempo, que ya está bien...).
16 septiembre 2017
Andaluces
Es
habitual y estamos acostumbrados a que cualquier español muestre
desprecio por los andaluces y su supuesta categoría intelectual. Ya se
sabe, son gente muy divertida para tomarse unos vinos, pero es inútil
plantearse una conversación algo profunda con ellos porque sería perder
el tiempo.
Esas muestras de desprecio suelen darse en conversaciones privadas, porque para el hipócrita buenismo
actual todo el mundo es magnífico, pero no se crean, hay personajes muy
populares como Jordi Pujol −sólo dejó de ser popular cuando se
descubrió que él y su familia eran peores que la Cosa Nostra− que se
despachó a gusto en un libro de su autoría donde se refería a los
andaluces como seres infrahumanos o incluso el más templado Gonzalo
Torrente Ballester que hace ya años, en una entrevista en El País
Semanal, afirmaba sin ruborizarse que Felipe González no podía ser
inteligente porque era andaluz. Eso lo decía un gallego de pura cepa.
No
hubo muchas protestas en ninguno de los dos casos ni en otros muchos
que se produjeron y producen ante la indiferencia de toda la nación, la
realidad es que los andaluces son valorados casi a la par de los
murcianos, estos últimos un poco por debajo porque no son precisamente
conocidos por su gracia. Claro que los eternos dolidos ya se sabe que
son los catalanes.
Leí
hace 35 años «Memorias de Adriano», de Marguerite Yourcenar, un libro
que en aquellas fechas estaba en pleno éxito −entre los lectores, claro−
y como tengo mala memoria, de esa lectura sólo me quedó el buen sabor
de un lenguaje delicioso gracias a la autora y por supuesto al
traductor, nada menos que Julio Cortázar. Se me ocurrió hacer
recientemente una relectura de la obra y me alegro, porque gracias a mi
mala memoria lo he disfrutado como la primera vez. Incluso me ha llamado
la atención la extensa bibliografía que la autora incluye al final de
la obra; más que extensa, abrumadora.
Como
casi todo el mundo sabe, Adriano nació en Itálica, casi un barrio
de lo que hoy es Sevilla, al igual que el anterior emperador Trajano, y
ambos disfrutan de calles a sus nombres en el centro de esa ciudad. Los
sevillanos que saben de este origen se enorgullecen de ello y hacen
bien, no quiero ni pensar lo que tendríamos que soportar si hubieran
nacido en Tarraco u otra ciudad de aquel imperio del noreste de la península con civilización más
que milenaria.
Claro
que si usted pregunta a un sevillano por el arquitecto autor de la famosa plaza de
España, o la plaza de América, o tantos y tantos edificios −buena parte
ya derribados− una mayoría de los sevillanos no sabrá decirle ni su
nombre, pese a tratarse del más famoso arquitecto regionalista andaluz.
Ahora
bien, aquel enorgullecimiento es de corto recorrido y parece que no hay
ningún andaluz −ni ningún español, dicho sea de paso− que con la
erudición suficiente, se haya ocupado de hacer estudios sobre esos
emperadores o escribir libros sobre ellos, porque de los cientos de
obras que Marguerite Yourcenar cita en su bibliografía ni una sola está en español,
todas han sido escritas en alemán, francés, inglés, italiano o lenguas
clásicas, ¿cómo es posible? Me parece muy expresivo este detalle y hace
pensar que quizás esa superficialidad que se les atribuye a los
andaluces sea en buena parte bastante merecida, porque ya es chocante
que la autora no haya encontrado un solo texto en español que le
aportara algo sobre el personaje. Poner un nombre a una calle lo hace
hasta Ana Botella, escribir con conocimiento sobre una materia es otra
cosa.
03 septiembre 2017
Mamoncetes
Atravesamos
una época en que cualquier resquicio es aprovechado por el feminismo
reivindicativo para organizar una campaña de protesta y reclamación de
pretendidos derechos. Me refiero a ese asunto de si se puede dar de
mamar en público sea cual sea el lugar.
Cuando
yo era niño, vivía en una ciudad de provincias y era normal para mí ver
a una mujer en el tranvía dando el pecho a su hijo. Debo advertir que
casi siempre eran mujeres con cierto aspecto pueblerino a las que no
cortaba lo más mínimo la exhibición. No descarto que alguna vez en el
colegio hiciéramos bromas picantes sobre el tema, pero lo cierto es que
no recuerdo que a nadie le resultara verdaderamente escandaloso o
inoportuno.
Se
perdió esa costumbre y llegan nuevos tiempos, los actuales, en que lo
de ser hombre viene siendo perseguido con saña y ser mujer un
salvoconducto que permite de todo, desde escribir contra el sexo
masculino lo que se desee (ni soñar lo contrario) a desafiar al poder
judicial no acatando una orden del juez y consiguiendo el apoyo
incondicional de todos esos que consideran que la verdad suprema se
encuentra en Facebook y alrededores.
Aparecía
estos días en la prensa la queja de una mujer que lamentaba que le
habían pedido que se saliera de la piscina donde le daba el pecho a su
hijo. Ella argumentaba que peor era algún tipo que estaba en el agua
completamente borracho. Cabría preguntarle si no había en la piscina un
lugar mejor donde situarse que no fuera junto a un beodo y si eso
justificaba en algún caso el amamantamiento dentro del agua, cuando
estaba prohibido comer o beber en el recinto de la piscina. Me pregunto
hasta qué punto sería agradable que, como suele suceder a los bebés
cuando se alimentan, se pusiera de repente a vomitar en el agua.
Hoy
viene en la prensa el caso de una mujer a la que prohíben dar el pecho a
su niño −por cierto que un niño ya crecidito que debería estar jugando
al fútbol como todos− nada menos que en el museo Victoria and Albert
de Londres. Como es natural, se ha producido un revuelo enorme y, como
es habitual, con miles de retuits y comentarios sobre el despotismo
machista a que están sometidas las pobres mujeres. A ver, ya se sabe que
a los niños lo que de verdad les priva es que los lleven a los museos a
mamar. Por cierto, quiero llamar la atención sobre el hecho de que la
protagonista se haya hecho la foto −lo que suena a cosa preparada,
observen además la sonrisa de triunfo− delante de una escultura que
representa precisamente a una mujer amamantando, pero, ha pasado por
alto la diferencia de tamaño y edad de los niños. Si el niño fuera gamba...
Estamos
perdidos y en vez de reivindicar el derecho a dar de mamar en el parque
o en el banco de una plaza, se trata de agitar a todas las féminas por
el supuesto derecho a amamantar en el momento y lugar en que a la mamá
se le ocurra. Supongo que eso incluye hacerlo en medio de una ópera en
el Teatro Real, en una conferencia o durante la Santa Misa.
09 agosto 2017
Atención al cliente
Los
españoles tenemos un largo historial de engaños, desde que venimos al
mundo nos toman el pelo una y otra vez, pero una y otra vez guardamos
silencio y dejamos pasar la injuria sin más protestar −si acaso con los
amigos, delante de una caña−, sobre todo cuando el agravio es de tipo
comercial. La aparición no hace muchos años de los servicios de atención
al cliente pareció que iba a paliar esos pequeños o grandes engaños
proporcionándonos un arma con la que defendernos. Pero... si alguien es
de los que presenta denuncia cuando los atropellos son excesivos, es
mirado por sus conciudadanos como un ser asocial, incómodo e inadaptado.
Error,
lo de suponer que los servicios de atención iban a servir para algo. La
mayoría de esos servicios se limitan a largarnos un discurso acerca de
la grabación de la conversación que mantengamos −suena a aviso
amenazante− y algún parloteo sobre lo que harán o no con nuestros datos,
siempre por supuesto acorde con lo dispuesto por la LOPD (Ley Orgánica
de Protección de Datos), que es esa ley que no sirve para nada excepto
para fastidiar al interesado. Como curiosidad, tras ser advertido en una
llamada a Unión Fenosa de que la conversación iba a ser grabada por
ellos, tuve la cortesía (puesto que en mi caso no era obligado) de
avisar de que yo también estaba grabando; me cortaron la comunicación de
inmediato.
Normalmente,
usted deberá enfrentarse a unas locuciones grabadas que frecuentemente
no ofrecen la opción por la que estamos interesados; es normal también
que nos obsequien con un fragmento musical que se repite cada pocos
segundos y que, con un poco de suerte, le harán abandonar el intento de
comunicar para evitar un ataque de ira que no le servirá de nada. Cuando
al fin llega la hora de la verdad todo son problemas, casi en el mejor
de los casos conseguiremos contactar con un operador hispanoamericano
que no se desenvuelve demasiado bien con el idioma español. Una pena que
no hablemos guaraní o quechua o vaya usted a saber qué, para que
nuestras reclamaciones puedan ser entendidas y atendidas adecuadamente.
He leído que alguna operadora telefónica cobra un plus en el recibo
mensual si usted manifiesta su deseo de ser atendido habitualmente por
un español de origen.
Hay
sin embargo algo que frena de manera contundente nuestro afán
reivindicativo: los teléfonos de atención son casi invariablemente del
tipo 902, lo que supone que usted va a pagar caro su −inútil− intento de
ser atendido, porque a final de mes habrá un capítulo elevado en su
recibo telefónico que enfriará su ansia reclamante. Caramba, estamos en
un país en el que llamar a la policía municipal cuesta dinero (al menos
en Madrid) y esas llamadas son de facturación aparte, aquí utilizan esos
teléfonos de pago hasta la Administración del estado, los hospitales,
clínicas e incluso las marcas comerciales le animan en su publicidad a
interesarse telefónicamente por sus productos ¡llamando a un 902 que le
costará dinero! Y bien pensado, ¿por qué van a renunciar a ingresos
adicionales si nadie se lo prohíbe y lo aceptamos con mansedumbre?
Hace
unos 10 años pasé una experiencia que me dejó muy mal sabor de boca.
Tuve la ocurrencia de comprar por correo un reproductor mp3 en China. El
aparato me llegó, pero no funcionaba correctamente y ahí aprecié mi
error. Contacté con ellos y quien me atendía me ofreció cambiarme el
aparato, pero yo ya había comprobado la escasa calidad del chisme y pedí
el reembolso. La respuesta fue que si insistía en la devolución la
empresa le despediría de manera fulminante. Pensé que el tipo exageraba,
que los chinos no podían ser tan esclavistas y exigí el reembolso.
Resulta que ahora el sistema ha sido copiado por las empresas españolas y
es frecuente que tras ser atendido aquí reciba una llamada para que
califique de 1 a 10 su satisfacción con la atención recibida y si
recomendaría la empresa a un amigo. He sabido que si la calificación es
inferior a 9 el empleado es probable que sea despedido; puro chantaje al
cliente.
Hay
no obstante un reducido grupo de ciudadanos que ha tomado la iniciativa
de recoger firmas exigiendo la desaparición de esos teléfonos 902,
apoyándose en algo tan pintoresco como que la ley obliga a que los
canales de comunicación con los servicios de atención al cliente han de
ser gratuitos. ¡Gente insaciable e inadaptada!
28 julio 2017
Periféricos díscolos
Es
difícil que exista un pueblo con más desapego por su propio país que el
nuestro e igual de difícil encontrar uno que esté más apegado a su
patria cercana o, si lo prefieren, a su patria chica. Son mayoría los
que miran casi con desprecio a la bandera nacional, pero se le saltan
las lágrimas si escuchan una melodía típica y propia de su terruño. Si a
usted se le ocurre poner una bandera española en cualquier lugar, será
tildado de inmediato de casposo, viejuno y, con suerte, hasta de
fascista. Sin embargo, si usted lleva una bandera de esas que tienen
nombre en el idioma local, será un patriota, un progresista, una persona
de bien a respetar por sus paisanos y por todos los tontos de otras
latitudes.
Nada
que oponer, pero no está mal recordar que ese sentimiento llevado a su
extremo puede causar y ha causado mucho daño a la totalidad de los
ciudadanos. Ha sido y es especialmente dañino el proceder de ciertos
periféricos ‒con perdón, que yo mismo soy periférico‒ que nos han tenido
casi 50 años con el corazón en un puño, porque ciertos chicos traviesos
de ese territorio que antes llamábamos Vascongadas y ahora País Vasco
decidieron producir sangre y terror, porque amaban tanto sus raíces que
no se podían contener.
Hemos
vivido con el miedo a perder la vida y viendo como cerca de nosotros la
perdían otros con peor suerte, por no hablar de los trastornos que nos
producían los controles policiales y hasta el riesgo de muerte como el
que yo mismo padecí con mi familia, en una ocasión en que viajando de
noche al norte de La Rioja no vi la linterna con que me daban el alto en
un control de la guardia civil y no me detuve hasta más adelante en que
casi me saltan encima del vehículo unos agentes. La crispación era
evidente y nuestro susto descomunal.
Acabamos
de quedar casi tranquilos porque la banda ETA ha desaparecido
prácticamente, pero ahí estaban en la lista de espera otros patriotas
regionales esperando turno para amargarnos la vida. Hablo, naturalmente,
de los abertzales catalanes que el PP ha procurado incrementar
en número mediante una política hacia Cataluña que a los más templados
ha cabreado y a los que han sido educados en la normalización lingüística
y la sintonización de la TV3 ha transformado en radicales, que en buen
número odian a todo lo que suene a España o, como gustan decir, el
estado español. Ahí están los revolucionarios de la CUP y ERC para que
no decaiga.
Estamos
en el mes de julio de 2017 y cuelga sobre nuestras cabezas la fecha que
unos desnortados han fijado para hacer un referéndum con tantas trampas
que causaría la envidia de Franco, si siguiera con nosotros. Se dicen demócratas
y cumplidores de la ley, pero están dispuestos a aceptar y poner en
práctica su independencia aunque la participación sea escasa y con tal
de que los síes sean la mitad más uno de los votos... contados por
ellos. Y mientras, ese líder del mundo mundial llamado Rajoy continua
comportándose como si frente a este problema bastara con actuar como su
paisano de los 40 años, esperando que los asuntos se soluciones solos.
No
hay que preocuparse. Yoko Ono ‒que ya tiene práctica en disgregar desde
que deshizo The Beatles‒ apoya el referéndum y la secesión y también
esa dama ilustre llamada Rigoberta Menchú, a la que le tocó un Nobel en
la tómbola, como a la tal Malala.
En fin, no es ninguna novedad que el nacionalismo es el refugio de los incapaces, seamos pacientes con esta pobre gente. Por cierto, yo soy periférico.
16 julio 2017
Las mujeres lideran
Acabo
de ver y escuchar el video blog de Iñaki Gabilondo en El País, que
procuro no perderme nunca y que ¡cómo no! trataba sobre esos esforzados
LGTBIQMD que estos días invaden Madrid en número cercano a los tres millones,
según la prensa. Como cabía esperar, Iñaki −hombre ponderado donde los
haya− está encantado por esa invasión y llega a afirmar que no sólo no
cabe esperar que se disculpen por las numerosas molestias que nos
producen a los que vivimos en Madrid, sino que debemos ser nosotros los
que nos disculpemos por tanto sufrimiento y tanto dolor como les hemos
producido.
¿Sufrimiento, dolor? En primer lugar, decir que acepto que algunos de los «incluibles» en esas siglas haya padecido por «lo suyo», pero tengo que aclarar que los que yo he conocido no han sufrido de manera especial. No más desde luego que los bajitos, los viejos, los calvos, los diabéticos, los feos y tantos otros que no se organizan para que el ayuntamiento les subvencione su Orgullo (un millón presupuestado por el ayuntamiento sólo para limpieza) y les permita tomar la ciudad y producir tantas incomodidades al resto de los ciudadanos como los LGT... van a producirnos con certeza a los demás. Pero ya se sabe, ellos tienen derecho a la revancha por lo que no se sabe quiénes les han hecho sufrir (¿Pol Pot, quizás?). Desde aquí puedo asegurar que ni yo, ni mis padres ni mis abuelos hasta donde yo puedo saber, les han infligido daño o humillación alguna, aunque está claro que mejor quejarse, por aquello de que el que no llora no mama. Y va sin segundas.
Como
ya he dicho, yo nunca me he burlado de un marica ni le he pegado −digo
maricas solo porque antes no teníamos esa variedad de siglas− y no tengo
que pedir disculpas de ningún tipo ni las voy a pedir a los mismos que
organizan un desfile en donde el mal gusto y la procacidad son las
estrellas y si alguien lo duda puede buscar las numerosas fotos colgadas
en Internet en las que hasta puede verse a uno de esos pobres
humillados, completamente desnudo, fingiendo que sodomiza al pobre oso
de bronce que junto con el madroño es o era el símbolo de Madrid.
De
ahí he pasado a leer el ataque dirigido contra Javier Marías, que ha
osado decir en su artículo semanal en El País que «no suscribe el
mandato de afirmar que Gloria Fuertes era una grandísima poetisa». No sé
si tiene razón o no (no hay que olvidar que lo escribe como un artículo
de opinión) pero todo el ejército de pirañas-feministas se le ha echado
encima con mucha más inquina que si hubiera dicho lo mismo de Miguel
Hernández. Pueden imaginar por qué.
Por último, me he recreado tan solo en las primeras líneas de un artículo titulado Las mujeres lideran la revolución tecnológica en España.
No he continuado porque es lo de siempre, pero me resulta cansino ese
empeño en sacar timbales y trompetas cada vez que hay que cantar las
glorias de las mujeres. ¿Alguien ha visto alguna vez un artículo que se
titulara Los hombres lideran durante siglos la revolución tecnológica en todo el planeta?
Seguro que no y además sería estúpido que alguien se vanagloriara de lo
que han hecho simplemente unos seres humanos, una especie a la que
según parece no pertenecen las mujeres.
Vienen también en portada del diario un artículo con el título Frases que nunca le dirías a un hetero, otro La invasión de Rusia con los besos gais que viene adornado con una foto de dos "hombres" besándose, otros 35 lemas más inspiradores para el desfile del Orgullo, y por si le ha sabido a poco, puede rematarlo con Por qué 'Wonder Woman' es la primera superheroína que busca la igualdad entre hombres y mujeres. Sin desperdicio, oiga.
Menos
mal que me voy de Madrid mañana temprano de vacaciones y ahí dejo a todos
los que se regocijan con el espectáculo. Que sean felices en el desfile.
18 mayo 2017
Perseverancia
Creo que han sido dos las veces que he cerrado este blog y otras tantas las que he vuelto a abrirlo, no tanto por las peticiones de lectores horrorizados por tener que prescindir de esta enriquecedora lectura, como porque le he cogido cariño y tras 301 entradas publicadas y cercano a los 8 años de vida siento cierta resistencia a desentenderme de él.
Todo lo que hacemos en la vida lo hacemos esperando una recompensa o gratificación por ello; reconocimiento, agradecimiento, retribución económica, etc. Nada me recompensa por el cuidado de este blog, no hay casi comentarios de lectores −la remuneración del autor de un blog− y los que llegan suelen ser de amigos que se esconden tras el anonimato o pseudónimos vergonzantes e incluso uno, convencido de que no lo identificaré, me ataca más de una vez abroncándome porque he osado retocar alguna frase de alguna entrada después de publicada y su RSS le avisa como si fuera una entrada nueva, obligándole a perder su sagrado tiempo entrando a ver qué hay; vaya por dios. Por cierto, que los comentarios de este desquiciado lector me obligaron a establecer la moderación previa, en vez de publicarlos directamente.
Algunos de los que me leían por costumbre −y así les gustaba indicármelo en cada encuentro personal sin que yo se lo pidiera− me han castigado con su desaparición, posiblemente como expresión de desacuerdo con el contenido de mi blog, o porque ya no les gusta cómo digo lo que digo. Puede que yo sea muy susceptible, pero me he dado cuenta de que los más cercanos de quienes me leen casi me exigen una actitud de agradecimiento por tal esfuerzo.
Algunos de los que me leían por costumbre −y así les gustaba indicármelo en cada encuentro personal sin que yo se lo pidiera− me han castigado con su desaparición, posiblemente como expresión de desacuerdo con el contenido de mi blog, o porque ya no les gusta cómo digo lo que digo. Puede que yo sea muy susceptible, pero me he dado cuenta de que los más cercanos de quienes me leen casi me exigen una actitud de agradecimiento por tal esfuerzo.
Ningún problema. La lectura del blog es tan libre y voluntaria para los potenciales lectores como su escritura lo es para mí, así que aunque no prometo no volver a activarlo dentro de un tiempo −y desearía no hacerlo− lo cierro hasta nuevo aviso.
Mi agradecimiento a los pocos lectores habituales y mis disculpas por premiar así de mal su perseverancia y paciencia, las que yo no tengo.
No hace falta decir que volví a caer en la tentación de escribir en el blog, la diferencia es que esta vez no me preocupa la regularidad o la frecuencia. Incluso tengo entradas escritas que por pereza no me he molestado en publicar. Este blog es ahora una distracción ocasional y no una obligación.
No hace falta decir que volví a caer en la tentación de escribir en el blog, la diferencia es que esta vez no me preocupa la regularidad o la frecuencia. Incluso tengo entradas escritas que por pereza no me he molestado en publicar. Este blog es ahora una distracción ocasional y no una obligación.
09 mayo 2017
Algo más de ¡que inventen ellos!
Ya he dicho en una entrada casi reciente lo decepcionante que resulta ver que mientras en Europa la ciencia investigaba, se componía música, se evolucionaba en todos los sentidos, en este país nuestro, de uno a otro extremo, nos dedicábamos a rezar y a gastarnos el dinero en guerras para obligar a los holandeses a ir a misa. Todos conocemos la airada frase de Unamuno ¡que inventen ellos! a la que se le ha dado todo tipo de interpretaciones, en un sentido y en el contrario, pero que en todo caso es un recordatorio de la pobreza investigadora en que hemos vivido y seguimos viviendo. Si cualquier actividad intelectual significa pasarlo mal, la investigación en España es sufrir desprecio y minusvaloración, porque un investigador no es por lo general un triunfador en lo económico. Y no es este gobierno el que trabaja para que deje de ser así.
Para mí que sin duda esa falta de interés oficial por la investigación es un reflejo de la falta de interés de la población por esa actividad y, salvo raras excepciones, vemos con naturalidad que España sea uno de los mayores productores mundiales de coches... fabricados con patentes extranjeras, porque no existe ninguna marca genuinamente española. Apenas si hay aparatos electrónicos diseñados aquí y hasta los televisores son importados o fabricados con licencia, cuando en los años 60 y 70 había marcas totalmente españolas, ahora recuerdo al menos dos ya desaparecidas: Iberia y Werner.
De todo lo relacionado con la industria de vanguardia, química o farmacéutica más o menos lo mismo, y si alguna había o hay que funcionara con patentes españolas, empresas extranjeras se apresuran a comprarlas o simplemente echarlas del mercado.
Apenas si destacamos en algo y si lo hacemos viene de inmediato el martillo que golpea al que sobresale, últimamente lo relativo a las energías renovables, en lo que avanzábamos de manera señalada hasta el punto de despertar la atención de otros países europeos y de EE.UU., pero no sé si el lobby de las eléctricas o simplemente la ineptitud del gobierno les ha dado un palo del que difícilmente se levantará, porque otros países ya están tomando la delantera.
Aquí se alienta de boquilla a los emprendedores, pero he podido leer que la grandísima mayoría de ellos piden financiación para... poner un bar en alguna de sus variantes y lo gracioso es que pese a todo y a la abundancia de esos establecimientos, tienen más posibilidades de conseguir ayudas que quienes lo solicitan para un proyecto de investigación o fabricación de un nuevo producto. Hasta ahí llegamos.
¿Me estoy refiriendo tan solo a los llamados bienes de consumo? Ni mucho menos; no pasarán muchos años para que hasta el idioma que hablamos tenga que pagar patentes a ese idioma inglés que ojalá conociéramos todos, pero que deberíamos también mantener lo más apartado posible del nuestro, pues el descuido habitual y la estupidez de muchos nos hará terminar como algunos países hispanoamericanos que hablan actualmente una lengua excesivamente mestiza o Brasil que cuidadosamente ha ido cargándose el bello idioma portugués con infiltraciones del inglés que ya han gusaneado totalmente la lengua y poco pueden hacer los portugueses para evitarlo, algo más de 10 millones frente al gigante brasileño con más de 205 millones.
Leo con frecuencia la expresión «entrar en pánico» en la prensa y, peor todavía, el autor de un comentario en una noticia escribía que se sintió «empanicado», para intentar expresar que algo le había producido pánico en algún momento. ¿Pero qué es esto, cualquier memo se inventa el verbo que le viene en gana? Pues sí, coincide el advenimiento de un analfabetismo generalizado −un universitario no es normalmente capaz de escribir dos líneas sin incluir alguna falta de ortografía−, con la creencia de que apoyándose en aquello de que el lenguaje es algo vivo, cualquiera puede intentar matarlo, inventar lo que le parezca. Es más, existe una web −onoma.es− que le anima a inventarse un verbo y le facilita la supuesta conjugación en todos sus tiempos.
El inglés es un idioma en el que casi cualquier sustantivo puede volverse verbo, pero el español no es el inglés. Ellos tienen el verbo panic que podría traducirse por «dejarse llevar por el pánico» o «ser presa del pánico» y, claro, esto es demasiado largo para los impacientes hablantes, así que sin más conocimiento de gramática y quizás suponiéndose tan capacitado como un antiguo monje del monasterio de Yuso suelta lo que se le viene a la cabeza, no en una conversación informal, sino en un comentario en uno de los principales diarios del país o en cualquier medio de comunicación. He podido ver una consulta en Fundeu donde una señorita preguntaba si se debía decir «empanicada» o «apanicada». Una erudita escrupulosa.
Como suelen decir estos ilustres creativos: «lo importante es que se me entienda, ¿no?». Pues no.
27 abril 2017
Muros y vallas
Con el advenimiento del nuevo presidente de EE.UU., se han puesto más de moda si cabe los artículos en los medios y las conversaciones sobre el asunto de los muros y las vallas, lo que nos proporciona más argumentos para posicionarnos en contra o a favor y así alimentar esa pasión tan hispana de enfrentarnos unos a otros por lo que sea.
Todo el mundo lo sabe, pero puede que no se hayan detenido a reflexionar sobre ello. Siempre ha habido murallas, vallas y muros y el propósito ha sido siempre el mismo: que no entren los que desde fuera quieren introducirse para apoderarse de nuestros bienes e incluso para acabar físicamente con los del interior.
Eran los de fuera los que intentaban destruir, eliminar el obstáculo que se interponía en sus propósitos y los de dentro formaban una piña a la hora de defenderse y defender lo que les protegía de los invasores. Hay muros bien recientes como el que los israelíes han construido en Cisjordania y en el que si usted asoma la cabeza por encima de él se la vuelan de un tiro sin más aviso, pero ya se sabe que los israelíes pueden hacer lo que les dé la gana sin más repercusión en los medios ni reprimenda internacional, ellos tienen licencia para matar; publiqué hace algún tiempo una entrada sobre el asunto. Muy de actualidad tenemos el muro, ya construido en parte, para separar EE.UU. de Méjico y que ahora Trump quiere terminar para evitar la entrada masiva de inmigrantes procedentes del sur. Como este personaje es pintoresco, pretende que además lo pague Méjico, aunque si usted ha visitado Los Ángeles u otras ciudades del sur de California podrá ver muchos inmigrantes del sur trabajadores y honrados, pero también una delincuencia sangrienta que ha cambiado el paisaje de esa parte de EE.UU. De otro lado, pocos saben que Méjico deporta hacia Guatemala más personas (147.000 en 2016) de las que EE.UU. deporta hacia Méjico (96.000).
Ha tenido que llegar el siglo XXI y con él el desconcierto, ignorancia y desorientación de buena parte de la población para que en España una parte de los nacionales desee eliminar las vallas de Ceuta y Melilla y la que de manera natural supone el Mediterráneo, para dejar que fluya libremente la multitud de africanos que sin huir necesariamente de guerra alguna quieren venirse a Europa para disfrutar lindamente de los ya precarios bienes que disfrutamos gracias al esfuerzo propio y de nuestros antepasados. No olvidemos a los que desean la eliminación de los CIE porque sostienen que los encerrados en ellos no han cometido ningún delito, una absoluta falsedad porque normalmente allí van los que se distinguen por su violencia y afición a lo ajeno. No cabrían todos los que entran ilegalmente en España.
Si usted se manifiesta partidario de estas vallas y de su refuerzo mediante vigilancia efectiva, verá cómo hasta algunos de su entorno le tratan como nazi sin corazón sin pararse a reflexionar que la amenazante llegada de 20 millones que esperan a que se abran las puertas haría desaparecer nuestro país, mientras una cifra muy superior se tragaría Europa tal y como la conocemos. Ya escribí una entrada sobre esta invasión (enlace). Resulta desconcertante que los buques de guerra que patrullan el Mediterráneo no estén para evitar la venida, sino para depositar cuidadosamente a esos inmigrantes en suelo europeo. Nosotros mismos tenemos la entidad Salvamento Marítimo, teóricamente para el rescate de náufragos, accidentados y lucha contra la contaminación del mar; en la práctica lo que ocurre es que apenas una lancha con migrantes abandona la costa africana, ellos mismos o la ONG que les respalda avisa a este servicio para que los recoja y los deje a salvo en Europa (no en África). Han quedado casi como una agencia de transporte humano.
Esto de los refugiados e inmigrantes es asunto de gran importancia para unos y otros y por tanto, y contando con que los buenistas son también demócratas −que ya es mucho contar−, deberían promover la realización de un referéndum sobre la materia. Esta gente me recuerda a John Lennon cantando "Imagine no posessions..." mientras él poseía un apartamento de 4 millones en Manhattan. De momento, y según una encuesta realizada hace poco por un medio europeo, un 32% de los españoles está a favor de la acogida y un 51% en contra; en Francia, que ya saben bien lo que es convivir, estas cifras son del 16 y 61% respectivamente. Lo que desde luego no es aceptable es que un grupo muy activo, pero indiscutiblemente minoritario, disponga del país a su antojo, un país que pertenece a todos y que la irresponsabilidad de aquellos puede llevar a una situación sin vuelta atrás. Nos parece justo y natural que quienes viven en Cataluña no puedan disponer en exclusiva del territorio en el que se asientan porque nos pertenece a todos, pero contemplamos sin alterarnos que las ONG que viven de nuestros impuestos vaya llenando poco a poco todo el territorio nacional de quienes simplemente son muchas veces la materia prima con la que comercian.
Resulta sorprendente el escándalo que estas ONG montan por las deportaciones y la realidad de éstas. Por ejemplo, en el pliego oficial de condiciones para la contratación de vuelos donde van a ir los deportados, se exige que el sujeto disfrute de las mismas comodidades que un pasajero de clase turista y el régimen de comidas debe ser como mínimo idéntico con consideración a las limitaciones de la religión de cada uno, ¡viajan mejor que yo! Si a esto le sumamos lo que cuesta la escolta, porque aquí no se permite deportar a los inmigrantes encadenados como se hace en otros países, el resultado es que cada persona deportada nos cuesta una fortuna que pagamos detrayendo ese dinero de otras necesidades del país. Las ONG bien, gracias.
17 abril 2017
¡Qué fácil es hablar!
Esto ocurre porque en contra de lo que vaticinaban los escritores de ciencia-ficción, el avance brutal no ha ido en el sentido de los viajes espaciales, que seguimos igual que estábamos hace cincuenta años o más, sino en el de las comunicaciones y la información en general. No conozco ningún escritor que anticipara la enormidad de que disponemos ahora en cuanto a lo de hablar con otros situados en la casa de al lado, en un apartado barrio de nuestra ciudad o en Alaska. Incluso, para mi asombro, hay quienes prescinden del teléfono de toda la vida, el teléfono fijo, y hasta lo dan de baja porque prefieren usar para comunicarse esa especie de pesada chocolatina llamada smartphone, en la que usted habla o escucha por un pequeño orificio invisible tras aplastar el dispositivo contra la mejilla, los más rompedores empleando solamente el dedo índice para este menester.
No podíamos imaginar que esos aparatitos llamados móviles y que parecían reservados a ejecutivos o personal de emergencias iba a extenderse hasta el punto de que una discusión familiar muy común −me consta− es si al niño de 8 años se le compra o no un móvil (o se le da el viejo de papá o mamá), y que la tenencia de estos aparatos iba a suponer un conflicto para los indefensos profesores en los colegios, que no consiguen que el batallón de descerebrados a los que tienen que formar les presten más atención que a su móvil. No podíamos imaginar que el parloteo infame llegaría al extremo de obligar a establecer vagones silenciosos en trenes y hasta áreas silenciosas en aviones, que ya las hay en algunas líneas aéreas. Porque la cháchara incesante puede molestar más que el humo de los cigarrillos ajenos.
La verborrea no cesa y por la calle usted puede incluso oír lo que dice por el móvil alguien que se encuentra a más de 50 metros, porque con frecuencia elevan el tono de voz como si no estuvieran utilizando un medio electrónico de comunicación, eso sin contar los que pasan a nuestro lado como zombies aparentemente hablando solos y gesticulando y que en realidad mantienen una conversación con auricular.
La pasión por comunicar cualquier memez a todo el planeta se ha hecho casi general y si algo es laborioso es escoger el medio: llamada a secas, SMS (ahora poco), llamada o mensaje por Whatsapp, Facebook, Instagram, etc. Todo el mundo aparenta pensar que el resto de la población está pendiente de si le ha salido un grano en el trasero, si ha sufrido un percance con su pareja, o alguna de los millones de incidencias que son posibles en la vida del más sedentario de los humanos. Nadie parece disfrutar de lo que hace o vive, el verdadero placer está en difundirlo cuanto antes por las redes.
Puesto que los usuarios han descartado totalmente la privacidad, le sugiero una prueba: cuando alguien que se encuentre cercano esté hablando por el chisme, pegue la oreja, cotillee, le apuesto lo que quiera a que lo que oye es siempre una banalidad que no merecería una llamada. Si no le agrada cotillear, obsérvese a sí mismo cuando haga una llamada; casi seguro que acierto.
06 abril 2017
Delito de odio. ¿Seguro?
Andan aireándose con frecuencia los que han dado en denominar delitos de odio. Como me sorprende la alegría e ignorancia con que se califican las actitudes y obras de los demás, me he ido al diccionario para saber qué es exactamente el odio. Dice «1. m. Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea». La RAE persigue eso de que 'lo bueno si breve, dos veces bueno', pero creo que en este caso algo tan poco explícito no sirve de mucho ni es bueno.
Como no se han esmerado demasiado en dar una idea cumplida de la palabra, me voy a consultar el María Moliner; ese es más extenso y define «odio (del lat. «odíum»; «Despertar, Inspirar, Levantar odios, Cobrar, Coger, Tomar, Sentir, Tener; a, por») ¬m. Sentimiento violento de repulsión hacia alguien, acompañado de deseo de causarle o de que le ocurra algún daño. ¤ *Repugnancia violenta hacia una cosa, que hace que no se pueda soportar: ‘El odio a la mentira’. ¤ Se usa también hiperbólicamente: ‘No me explico su odio a este cuadro’» (en todos los casos el subrayado es mío).
Extrañado porque esas definiciones no coinciden con el uso que habitualmente se le da a la expresión, busco la página del Ministerio del Interior donde en un tríptico se afirma «Si una persona se ha mostrado hostil hacia ti por tu raza, orientación e identidad sexual, religión, creencias o discapacidad, ha cometido un delito de odio». Vamos, que la hostilidad pasiva no justificada es delito; para eso no necesitábamos tanto barullo. No parece ser delito que la Administración tutee al ciudadano en una clara manifestación de abuso de confianza con quien le financia.
Finalmente, encuentro en la Enciclopedia Jurídica Seix (Barcelona, 1920) un párrafo de C.Bernaldo de QUIRÓS, en el que se refiere al odio como «Sentimiento que forma con el amor la par de opuestos contrarios o antagónicos en que se manifiesta la vida emotiva y que se caracteriza principalmente por la tendencia, impulsiva u obsesiva, a destruir la persona o el ser vivo sobre que recae, pues el sentimiento en cuestión no se dirige nunca a las cosas. El odio se distingue en este carácter de la simple aversión, que se limita a evitar la proximidad o el contacto de lo que se aborrece; y aun siendo, como antes se ha dicho, antagónico del amor, puede suceder a éste, en una extraña transmutación de valores».
Si usted ha llegado hasta aquí en su lectura, permítame que le manifieste mi admiración por soportar semejante tabarra, puede ser que le preocupe como a mí la ligereza con que se califica de delito de odio lo que no supera el simple rechazo o aversión. Una calificación disparatada, igual a la del régimen de Franco, que acusaba de rebelión continuada al que no se sumó a su golpe de estado y se quedó en su casa o permaneció al lado del gobierno legal de la república.
Nadie está obligado a gustar de todo y por lo tanto podría afirmarse en ciertos casos que uno no siente especial cariño o predisposición por algo o por determinadas personas, pero es simplemente fruto de la época buenrollista que padecemos que alguien se atreva a calificar de odio lo que es simplemente distanciamiento o aversión. Por cierto, he descubierto que eso de «discurso o delito de odio» nos viene, cómo no, del inglés hate speech or hate crime. Como ya dije en otras entradas, a mí no me gustan las sardinas asadas, el fútbol o los gitanos, pero al no existir violencia, hostilidad manifiesta o actitud agresiva, el asunto queda simple y exactamente en lo dicho, y nadie tiene derecho a calificarlo de odio; el odio es un sentimiento eminentemente activo y no es ese mi caso ni el de muchos más como yo. Simplemente no me uno al buenismo dominante, a veces explico el porqué y ahí queda todo.
Lo curioso es que la mayoría de las personas siguen dócilmente lo que desde los medios se les va indicando y de ahí que pueda parecer que en esta sociedad el único problema es si niños y niñas vienen equipados con penes y vulvas o viceversa. A nadie le importa, por ejemplo, si una mayoría de la población manifiesta a los cuatro vientos su odio a los ciclistas (¿saben? hay más ciclistas que transexuales*) y su deseo de pasarles por encima con el coche propio. Lo sé porque lo han dicho en mi presencia y puedo leerlo en la prensa casi cada día, cualquiera diría que los ciclistas formamos un colectivo homogéneo de pensamiento único −¿son los automovilistas o los peatones homogéneos?−. Por eso y por temor a daños mayores estoy a punto de renunciar a pasear inocentemente en mi bicicleta por los carriles-bici construidos separadamente de las calzadas y aceras porque ellos, muchos peatones, se empeñan en invadirlos y ocuparlos, a veces con los carritos de sus bebés o sus perros, poniendo siempre en peligro a quienes hacemos uso de estas vías para el fin que fueron creadas.
Y tendré muchísimo cuidado en decir cosas como «odio el día de San Valentín», «odio a los desaprensivos» u «odio la papaya», no sea que el peso de la ley caiga sobre mí, sin conmiseración, porque no estoy casado con una infanta ni he presidido un banco.
*Son ciclistas en sus distintas variantes −transporte, ocio o deporte− un 58,2% de los españoles. La transexualidad afecta al 0,005% de la población, es decir, 50 por millón, y conviene recordar que hay más víctimas ciclistas que por violencia machista. A la hora de dar preferencias a problemas conviene saber que en cuanto a la dependencia de personas incapacitadas, de los 1,2 millones de personas que en España tienen un grado reconocido, el 29% no ha recibido ninguna ayuda (datos oficiales de diciembre pasado); esto no parece importar a nadie.
*Son ciclistas en sus distintas variantes −transporte, ocio o deporte− un 58,2% de los españoles. La transexualidad afecta al 0,005% de la población, es decir, 50 por millón, y conviene recordar que hay más víctimas ciclistas que por violencia machista. A la hora de dar preferencias a problemas conviene saber que en cuanto a la dependencia de personas incapacitadas, de los 1,2 millones de personas que en España tienen un grado reconocido, el 29% no ha recibido ninguna ayuda (datos oficiales de diciembre pasado); esto no parece importar a nadie.
27 marzo 2017
¿Quo vadis ad primarias?
Se acercan las primarias del PSOE en mayo próximo, de donde saldrá elegido el nuevo secretario general que sustituya a esa ilegal gestora que para mayor congoja está durando demasiado. Este es un acontecimiento que preocupa a unos, deja indiferentes a otros y afectará a todos, porque la importancia de ese partido en España sobrepasa la mayor o menor simpatía que pueda despertar en cada uno. Son tres los candidatos que van a optar, con desiguales apoyos y posibilidades.
En primer lugar tenemos a la esperanza blanca del llamado aparato del partido, Susana Díaz: una mujer de la que suelen decir que es una ganadora nata, pero que casualmente en las últimas elecciones andaluzas apenas si consiguió los votos precisos (del 39,5% de Griñán en 2012 al 35,4% de Díaz en 2015) y el puesto que ocupa lo consiguió más o menos como en su día llegó Ana Botella a la alcaldía de Madrid: de carambola.
Fue, si no la principal promotora del golpe que se dio en Ferraz el 1 de octubre de 2016, sí el estandarte de esa acción que recuerda inevitablemente a aquel coronel Casado de 1939. Y también la jefa de aquel esperpento llamado Verónica no-sé-qué que se desgañitaba gritando en Ferraz que era ella la que mandaba. Fue Susana Díaz la que soltó aquella perla de «No somos ni buenos ni malos, ni de izquierdas ni de derechas» y probablemente lo dijo convencida de lo admirable de su afirmación, porque esta señora representa lo peor de su tierra: la ignorancia más absoluta e irredenta, mezclada con una prepotencia, autosuficiencia y garrulería desagradable. Por suerte −para los otros−, cuenta con el apoyo de todos los que el partido debería arrojar a la cuneta.
En segundo lugar, tenemos a un candidato −Patxi López− al que me confieso absolutamente incapaz de valorar pues es persona de pocas palabras y escasos hechos. Sólo conozco de él su desempeño como lendakari y como presidente temporal del Congreso de Diputados. Ninguna de las dos cosas las hizo mal ni señaladamente bien, así que es una incógnita. Tengo que confesar que no me desagrada como candidato, aunque no es difícil verlo como perdedor en la elección a secretario general.
Tenemos por último a un candidato del que se ignora casi todo excepto sus palabras, que han variado en algunos asuntos pero manteniendo aquella postura sobre el no es no, que supo sostener contra viento y marea −era lo que le había encargado el comité federal− a pesar de que se veía venir el golpe con el que se le apeó de su puesto de secretario general, llevado a cabo por lo peorcito del PSOE, aquellos que lo han llevado al estado de postración en que se encuentra, sin cabeza visible y dirigido por el presidente de la gestora, un hombre mediocre de mediocres ideas y mediocre actitud, ese hombre que dice que el PSOE se ha podemizado por recurrir al voto de los militantes, algo que ya se hacía hasta el final de la Segunda República, aunque él parece ignorarlo o querer ignorarlo. Y conste que pienso que la militancia no debe decidirlo todo.
Hasta donde yo sé, Pedro Sánchez es el único candidato que ha editado un programa −«Somos socialistas», aunque inevitablemente muy de generalidades− que muchos suscribirían casi en el cien por cien. No me imagino a Susana Díaz haciendo algo parecido, ella es más de adhesiones incondicionales, cariño y charlatanería.
Pedro Sánchez destaca para mí porque parece hombre enérgico y valiente y después de lo que se ha ido viviendo en su partido tanto tiempo parece algo recomendable. Pero −siempre hay un pero− inquieta su giro en al menos parte de lo que eran sus posiciones: en sus declaraciones nos sale ahora con aquella falacia de que España es una nación de naciones, un absurdo en el siglo XXI y algo que podrían afirmar con igual o más motivos Italia, Francia, Alemania, Reino Unido y otros, incluida aquella Yugoslavia que ya puso en práctica esa idea y pagó esa práctica con el fin del progreso en que estaba empeñada, con buenos resultados hasta aquel momento. El patriotismo de aldea no es ninguna novedad en Europa.
La otra idea que me resulta inaceptable es la de la alianza con Podemos; es válida una alianza postelectoral, pero antes hay que mantenerse a distancia de ellos. Este partido que tanto ilusionó en sus comienzos ha resultado para mí frustrante y dogmático, tiene todos los vicios que poseen los partidos que llevan tiempo establecidos y carece de la práctica de gobierno y preparación que otros sí tienen. Abundan los coleguis, los bandarras y los nepotistas y son muy aficionados a los «lemas de temporada» como aquel de la casta. Sobra mucha morralla, entre otros ese líder tan creído de sí mismo y ese Rasputín bajito conocido como J.C. Monedero.
Lamentablemente no será candidato alguien que parecía lleno de la sensatez y el equilibrio que el PSOE precisa para su resurgir: hablo de José Antonio Pérez Tapias, que parece poco amigo de las componendas precisas para medrar en un partido y hombre de escasos apoyos dentro y fuera del aparato, quizás precisamente por esos motivos.
Falta hace alguien que finalmente levante el partido a tiempo para las elecciones que pueden echársenos encima apenas Rajoy vea que le conviene, aunque lamentablemente ya se ha perdido a los jóvenes, en parte porque el PSOE carece actualmente de la capacidad de inyectar ilusión y porque la juventud actual, dada a las modas, lo considera un partido de viejos que no le va nada a su moderno estilo de vida. Si su líder no usa pañuelo palestino es un reaccionario que no les parece interesante.
18 marzo 2017
Hágase influencer
Los de mi generación, cuando éramos niños, solíamos ambicionar ser de mayores policías, soldados del 7º de caballería, indio, bombero o cualquier otra actividad que supusiese heroicidad o al menos asombro y admiración de los demás. Me imagino que otros preferían ser ladrones y por eso de mayores se hicieron incondicionales de ese partido tan popular. Ya en la adolescencia, renunciábamos a esas profesiones para abrazar otras que equivocadamente suponíamos también heroicas, pero mejor remuneradas que la de indio o la de policía, por ejemplo.
Lo cierto es que cuando llegó la hora de la verdad, nos agarramos a lo que veíamos que podía proporcionarnos el sustento y algo más y así se daban incongruencias casi cómicas entre lo estudiado por muchos y el campo en que más tarde encontraban un puesto de trabajo con una remuneración aceptable. Por ejemplo, sé de un ingeniero aeronáutico que ocupa un puesto directivo en Mercadona y de un ingeniero agrónomo que vendía ordenadores.
Quizás sea porque soy cobarde o muy conservador, siempre me ha horrorizado la posibilidad de trabajar en algo que suponga no ya lo inevitable de levantarse temprano cada mañana y trabajar toda la semana, sino vivir casi cada día con la incertidumbre de si al día siguiente vamos a conseguir un trabajo remunerado. Hablo por ejemplo de los escritores o de todos esos que pertenecen al mundo de la farándula en sus modalidades más o menos nobles y por eso aunque admiré y admiro a personajes como Adolfo Marsillach, Fernando Fernán Gómez los hermanos Gutiérrez Caba o José Luis Gómez, ni prometiéndome el éxito que todos ellos consiguieron o consiguen, aceptaría haberme puesto en su pellejo. Decididamente, a efectos de contrato de trabajo −que no de vacaciones− pertenezco al modelo japonés, donde ya se sabe que al menos hasta hace poco, uno empezaba a trabajar en Toyota y se jubilaba en Toyota. Nada de aventuras ni veleidades.
Vi en los premios Goya quejarse a muchos de la escasez de trabajo −y por tanto de ingresos−, no presté mucha atención a las actrices que exigían más papeles femeninos, supongo que piden algo así como que se ruede de nuevo Los últimos de Filipinas pero solamente con mujeres, parece que tampoco se les ocurre la conveniencia de que haya más mujeres guionistas, directoras o productoras. El colmo de esto pude observarlo no hace mucho en una entrevista en la prensa a un actor de raza negra nacionalizado español, que protestaba enérgicamente de que sólo le dieran papeles de inmigrante o de nativo en películas ambientadas en países tropicales, ¿por qué será? Entiendo que resulta fastidioso, pero por más que hago memoria los únicos negros que recuerdo en el pasado de España son el rey Baltasar, Antonio Machín o aquellos que Lope de Aguirre y otros conquistadores colocaban −se asegura− en primera línea durante los combates para asustar a los pobres indios.
El caso es que no me gustan estos trabajos cuya principal característica es la temporalidad, quizás por eso acompaño de corazón en el sentimiento a tantos jóvenes y menos jóvenes que se ven obligados a aceptar trabajos de una temporalidad a veces extrema, cuando los encuentran, que a veces ni eso; recuerdo también que el otro día un ATS masculino se quejaba en la prensa de que había tenido 567 contratos en 17 años. Se suele decir que las leyes laborales son terminantes: con cierto tiempo trabajado el contrato debe volverse fijo. El problema es que los empresarios −con la Administración a la cabeza− también son terminantes: o aceptas esta porquería de contrato de horas o tomo a otro de la larga cola que está esperando lo-que-sea.
Sin embargo, ha habido jóvenes que han encontrado la manera de disfrutar de saneados ingresos casi sin dar un palo al agua: hablo de los llamados influencers, incluidos esos subproductos suyos llamados youtubers. Algunos se preguntarán, pero ¿qué es eso de un influencer? Bueno, de momento es un trabajo que se nombra en inglés, como lo de CEO, y eso significa pasta. Para no liarla y ahorrarle el trabajo, busco en Internet la definición de esta profesión y se dice «Un influencer es una persona con influencia y repercusión en las comunidades de los medios en los que se expresa, que moviliza a muchos seguidores en las redes sociales». Ahí es nada, las redes sociales, el rey Midas de la era de las comunicaciones en que nos ha tocado vivir. Es decir, un influencer es el que una forma u otra disfruta de cierta fama y le dice a los vicentes dónde va la gente; la que está on, claro.
Ya sabe, no es rico porque no quiere: hágase influencer.
09 marzo 2017
Lectores
Aprendí casi a leer antes de ir al colegio a los 5 años, pues sentía gran curiosidad por lo que veía escrito por la calle, incluido anuncios, y obligaba a la persona que me acompañaba a leerme eso que veía y a deletrearme las palabras que contenía. No tengo el mínimo recuerdo de cómo me fue en mis inicios escolares en la clase de párvulos −entonces no existía eso que ahora llamamos kindergarten o jardín de infancia− y no tengo ni idea de si fui un lector destacado ni nada de nada sobre mi conducta de aquella época.
Eran decididamente tiempos muy diferentes de los actuales y no recuerdo que ni de broma se nos sugiriese en el colegio la lectura de ninguna novela. Allí se nos enseñaba ortografía y gramática y se nos introducía como antes se hacían las cosas, de manera que ni transcurridos mil años se nos olvidara casi nada. Curiosamente, la primera portada que recuerdo es la del catecismo Ripalda, con tanta insistencia que ahora, transcurrido más de medio siglo de ateo militante −así me definía un amigo compañero de convicciones hace más de 30 años− soy capaz de recitar aquellas oraciones básicas. En formato preconciliar, por supuesto.
Quede claro que en aquellos tiempos faltos de la mínima libertad éramos libres de leer o no; el que quería leía, el que no quería permanecía virgen de esa práctica, como la gran mayoría de los que ahora terminan la enseñanza media que para evitar que las lecturas obligadas les dejen huella, procuran olvidarlo de inmediato como un mal sueño que la universidad no va a restaurar.
Recuerdo vagamente unos pequeñísimos libritos que se compraban en el kiosco, más bien cuadernitos, que costaban nada menos que 10 céntimos de peseta (por un euro nos darían 1.663 libritos) y que eran aquellos famosos cuentos de Calleja desconocidos actualmente salvo quizás por algunos que siguen diciendo lo de tienes más cuento que Calleja, cuando algún amigo/a le confiesa que está impaciente por acoger un refugiado en casa. Sin embargo, de los primeros libros que cayeron en mis manos y que, esos sí, me acuerdo que leí con avidez, fueron unos que me prestó un pretendiente de una prima mía, un chaval de unos 18 o 19 años, a quien nunca olvidaré porque fue el que me introdujo en los libros de Guillermo, de la escritora Richmal Crompton, un nombre que entonces imaginaba de hombre porque no se me pasaba por la cabeza que una mujer escribiera algo tan ingenioso. Me leí todos sus libros, me reí mil veces de lo que contaban y todavía hoy los leo muy de vez en cuando en su idioma original. Me imagino la sonrisa despectiva de cierto amigo que desprecia esta lectura porque supongo que él debió empezar leyendo la Crítica de la razón pura, aunque he descubierto que los libros de Guillermo también fueron el inicio de Javier Marías, Fernando Savater y otros mucho más sapientes que yo.
Otra persona mayor me sugirió que si me gustaba el humor me pasase al autor Pelham Grenville Wodehouse, P.G.Wodehouse para los amigos, en el que descubrí un filón abundante y que por sí sólo justifica la buena e inmerecida fama del humor inglés. Por supuesto que todo esto fue mezclado con lecturas de Julio Verne, Emilio Salgari, Zane Grey, José Mallorquí y otros muchos que me introdujeron el virus del amor a la lectura.
Viene todo este tostón a cuento de eso que llaman un barómetro (¿por qué no termómetro?) del CIS acerca de la afición de los españoles a la lectura, con cifras que no acabo de creerme. Me sorprende, por optimista, eso de que sólo un 39,4% no ha leído un solo libro en todo el año 2015, que quienes leen por lo menos una vez a la semana llegan al 47,2% y de ellos el 29,3% lee todos los días. Más creíble resulta que el 65% confiesa que lee al menos una vez al trimestre, no se dice qué clase de lectura, porque para mí no vale el Marca ni Facebook. Rajoy, por ejemplo, no puntúa.
Tampoco me resultan creíbles dos noticias aparecidas en El País en primera página: una referida a los finlandeses que dicen leer de promedio 49 libros al año. Comprendo que allí no hay mucho que hacer y que deben aburrirse más que los bosquimanos, pero no me creo ese promedio por mucho amor que le profesen a Mika Waltari. No me imagino a ese leñador volviendo a casa de su tarea diaria, atravesando aquellos grandiosos bosques, tras confraternizar como es natural con los renos con los que se cruce, y diciéndose angustiado ¡vamos deprisa que si me descuido no llego a los 49!
Como no me creo ni de lejos la otra noticia, que venía acompañada de una gran foto, y en la que podía verse a una señora de raza negra y su pequeña Daliyah de 4 años, residentes en Gainesville (Georgia, EE.UU.), afirmándose que la niña, que aprendió a leer con 2 años, se ha leído ya más de 1.000 libros. Si no me fallan los cálculos, eso supone 1,37 libros al día, incluidos domingos, festivos, cumpleaños y los días en que esté enfermita. ¡¡Eso sí que son faroles!!, ¡¡esa señora sí que debe darle la vara a sus compañeros de trabajo con lo de su niña!!
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