31 diciembre 2018

Avances

Compramos en casa el pasado enero un televisor para sustituir al que teníamos desde 2003. Han sido 15 años de vida útil del sustituido, bastante más de lo que suelen durar los aparatos de estas avanzadas épocas. El nuevo es 4K, y aún no he conseguido ver ningún programa con esta definición cuando ya anuncian los 8K, una innovación tecnológica precisa, según parece, aunque calculo que al paso que vamos las emisiones normales en esa definición no llegarán hasta 2025, si es que llegan.

Veo en la prensa el anuncio de una nueva tecnología de redes móviles, la 5G, que llega cuando en la población en la que paso mis vacaciones de verano apenas hay cobertura en 3G y mi móvil (y el de la mayoría), comprado este mismo año, no está preparado para el 5G. Se trata de forzarnos al cambio de dispositivo porque eso llena los bolsillos de los fabricantes al tiempo que vacía los de los adictos a la modernidad.

De todas maneras, es cierto que me encuentro perdido entre tanto avance que percibo escasamente interesante y que requiere grandes inversiones por parte de todos, mientras permanecen sin cura enfermedades infelizmente comunes como el cáncer o la leucemia. Está claro que no debe ser tan rentables investigar medicamentos como el negocio de los smartphones.

No es en lo único que me siento extraviado, cada día leo por Internet la prensa y diría que gran parte de las figuras que se citan en portada son absolutamente desconocidas para mí, especialmente los cantantes y los actores, a los que por mucho que procuro conocerlos, se renuevan a una velocidad superior a la que yo puedo alcanzar a la hora de actualizarme. Es verdad que tampoco me apasiono excesivamente por estar al día quizás porque percibo que la distancia entre −digamos− Miles Cyrus y Nicole Kidman como actrices o Nicki Minaj y Peggy Lee como cantantes, es tan tremenda que no es solamente cuestión de edades. 

Con razón o sin ella, mi desconcierto es enorme cuando descubro que una veinteañera con la que hablo desconoce cuándo perdimos Cuba y Puerto Rico −ni siquiera el siglo−, ni puede situarlos en el mapa, y que lo suyo no es ni de lejos un caso único. Ahora nada de lo pasado importa y bastante que se hace consiguiendo atender los numerosos requerimientos que se reciben por Whatsapp o Instagram.

En numerosas ocasiones leo o escucho en los medios que la mayoría mira su móvil nada más despertarse, que hay una adicción diagnosticada a este aparatito llamada nomofobia, que personas bien entradas en años me confiesan que no podrían vivir sin el móvil, que no tengo muy claro si no es peor que aquello de hacer los primeros viernes, que al fin y al cabo, eran solo los primeros viernes (seguro que alguien no sabe ni de lo que hablo).

Y creíamos que la televisión iba a comerse el cerebro de la gente... ¿qué cerebro?

19 noviembre 2018

El turismo marabunta

No hace mucho pasé una semana en Edimburgo y la experiencia no ha sido tan positiva como esperaba. Como me decía un empleado del hotel en que me hospedé, la ciudad se ha transformado en un cascarón vacío, como según él ya lo es Londres, ciudad a la que acusaba de no existir, porque no quedan habitantes en el centro, sólo personas de paso.

Es una ciudad que sin duda tiene zonas muy bonitas y atracciones turísticas como el yate Britannia, no muy visitadas, pero en general se percibe una presencia excesiva de turistas y finalmente uno se marcha con la sensación de que no ha visto muchos escoceses y sí demasiados foráneos. Bueno, espero que lo fuera al menos el portero del hotel con su espléndido Highland dress.

Este viene siendo el final real de todas las visitas turísticas: la decepción por la saturación y pérdida de identidad de lo que hemos ido a visitar. Ya me niego a ir a Venecia o a otras ciudades muy atractivas que conozco, porque sé que están demasiado concurridas de turistas, lo que uno ve es apenas un decorado como el de las películas y las personas que están deambulando por allí son lo mismo que nosotros, elementos extraños que distorsionan la realidad local.

Poco a poco se va produciendo una reacción de rechazo en esos lugares tan frecuentados −legítima defensa− y por eso Venecia ha prohibido tumbarse o sentarse en las aceras y comer en áreas públicas. Todos los turistas son un azote, pero los mochileros son la sublimación de esa condición. En la isla de Scíatos, playa de Lalaria, donde se rodó la película Mamma mia, han tenido que poner avisos de que serán encarcelados los que se apoderen de una piedra de esa playa, pues parece que el souvenir pétreo del lugar de rodaje estaba provocando el cambio de configuración y desaparición de la playa.

Además están las huellas visibles que dejamos. Ya conté que en un viaje a Budapest me tocó avergonzarme porque el único pintarrajeo en el famoso puente de las cadenas, hecho con un rotulador muy grueso, estaba en español. Pero tampoco hay que asombrarse, uno de los problemas de conservación de La Alhambra son las firmas que los visitantes se empeñan en dejar como testimonio de que ellos estuvieron allí. Y que no se crean que es una ocurrencia solo de gamberros, Washington Irving también dejó su firma en una pared del monumento, bien es cierto que lo hizo cuando el acto no era frecuente ni vulgar.

Según parece somos ya más de 8.000 millones los habitantes de este contaminado planeta y no cabemos, pero será mucho peor si no paramos de ir de un sitio a otro. Otros lugares víctimas de la sobrevisita son las playas, todos hemos podido ver personalmente o en televisión cómo se ponen las playas, que hasta el mar queda contaminado, por no recordar esas luchas por colocar la sombrilla en primera línea. ¿Se acuerdan de cuando las playas solo se llenaban −casi− los fines de semana? Yo sí. 

Y hay que agradecer hasta cierto punto la aparición de los estúpidos selfies, porque muchos en vez de dejar constancia de su presencia in situ, se conforman con llevarse el testimonio fotográfico, aunque eso significa que poca huella deja en el visitante lo visitado, porque lo más importante era la foto. Una vez conseguido el testimonio, ¡a olvidar!

El turismo ha ido desvirtuando lo que los lugares son y suscribo con sinceridad esa pintada que vi no sé dónde que afirmaba All the tourists are bastards. Claro que eso supone que no quiero ni debo ejercer de tal y por lo tanto mis viajes han de ser restringidos y del tipo que permita calificarme más bien de viajero que de turista.

Quizás lo que me ha hecho tomar conciencia del desastre ha sido ver que la ciudad donde nací, que cuando yo era niño era una delicia recorrer con libertad, en la actualidad es un zoco con colas por todas partes e infinidad de tiendas de recuerdos que han supuesto la desaparición de los comercios de toda la vida.

28 octubre 2018

O blanco, o negro

No es ningún secreto que los españoles somos gente muy amiga de la rotundidad, enemigos de las medias tintas, y por lo tanto adversarios declarados del consenso o la negociación. Para la mayoría, la vida es algo muy parecido al comportamiento de los fanáticos partidarios de los equipos punteros de fútbol: este es mi equipo y a todo lo demás, ni aire.

El otro día me decía una amiga originaria de Irlanda del Norte que ella había observado que aquí Woody Allen no dejaba a casi nadie indiferente, unos lo aman y otros lo odian. Poco futuro tenemos los que como yo vemos como de gran calidad una parte de su producción −especialmente la realizada hasta hace años− y excesivamente alimenticia la mayoría de esas películas producidas desde el engendro dedicado a Barcelona, como también esa serie para la televisión de la que he sido incapaz de ver más de dos capítulos.

Me temo que es de alcance mundial el fanatismo con que se ha abordado el asunto refugiado bajo el #MeToo −¿de verdad que todos los españoles saben lo que significa esa expresión en inglés?− con el que de repente se pretende que nadie mire con ojos golosos a ninguna fémina, pese a que muchas siguen mostrando con generosidad amplias parcelas de su piel −con cierta turgencia debajo−. Seguramente, ese exhibicionismo está dirigido a un público escogido (por ellas), y siempre queda la posibilidad de, al cabo de 30 años, denunciar a alguien que les tocó el culo, olvidando que en general fueron ellas las que lo pusieron en bandeja para conseguir un trabajo o lo que fuera que desearan.

Ha habido durante varios días un debate −estéril por supuesto− en la prensa acerca de una canción de Mecano que iba a versionarse en no sé qué concurso de TV. El grandísimo problema es que la letra contenía la palabra «mariconez» y la concursante, muy atenta a los aspavientos que puedan favorecerla, se ha negado a incluir ese vocablo tan homófobo (así lo dice) al cantar. No importa que en su día el grupo Mecano mostraran repetidamente en sus canciones su apoyo a la causa homosexual, que incluso fueran criticados por ello. Ahora no se permite ni un desliz y si una letra de alguna de sus canciones incluye algo tan terrible, tiene que ser porque son terriblemente homófobos.

No soy militante de ningún partido ni he entregado mi corazón −político− a ninguno de ellos, aunque por supuesto los hay que cuentan con mis simpatías y otros que reciben mi más sincero rechazo. Me ha ocurrido varias veces que cuando en una reunión de amigos declaro que tal acción o tal idea de un partido opuesto a mis ideales me parece acertada, inmediatamente he sido calificado por los presentes como desorientado o fingidamente cercano al partido con el que digo simpatizar. No hay salvación: uno tiene que declarar que acepta todo lo que los dirigentes de un partido declaren −si es que se quiere que los amigos admitan que uno no es un traidor−, al tiempo que se pronuncia radicalmente en contra de todo lo que se dice en partidos opuestos, porque ya se sabe: el que se equivoca, estará siempre errado; por el contrario, si de verdad somos cercanos a un partido, hay que estar siempre apoyando lo que hace y dice, sea lo que sea.  

Esa actitud produce contradicciones llamativas, llamativas al menos para los que pretendemos no ser fanáticos en nada. A diario podemos leer el calificativo de okupa referido al actual presidente de gobierno, olvidando lo que esa palabra significa y olvidando −o probablemente desconociendo− el contenido de la actual Constitución española y, concretamente, su artículo 113. Curiosamente, de ese calificativo y de esos olvidos son autores y protagonistas los que se declaran a diario constitucionalistas. Los de siempre.

19 septiembre 2018

Más misterios dolorosos

Tranquilos, no voy a hablar de nada que se relacione con el asunto del rosario, salvo que resultan ser asuntos que me resultan misteriosos y más bien dolorosos. Vale, lo dejamos en molesto si prefieren.

Misterio nº 1 – ¿No les ha pasado nunca que cuando van conduciendo por una calle no muy ancha o en un estacionamiento subterráneo, de repente deben detenerse porque el tráfico está bloqueado?, ¿qué han pensado cuando descubrieron que el origen del atasco es que alguien –siento decir que más frecuentemente del sexo femenino– con escasa habilidad para aparcar, se empeña en colocarse hacia atrás en un aparcamiento en batería y como no es muy hábil precisa de numerosas maniobras? He visto varias veces cómo la conductora a la mitad de la operación se baja para efectuar un reconocimiento del espacio y quizás, sólo quizás, un mapa mental del terreno de operaciones.

Es un enigma para mí qué atracción ejerce esa manera de colocar el coche, salvo que se tenga la intención de atracar un banco cercano y quiera garantizarse una rápida huída. Me dice alguien que conozco y que es profesor de autoescuela que así debe hacerse por una serie de oscuras razones que no me convencieron. Para mí, cortar el tráfico para hacer esa maniobra, es de zopencos.

Misterio nº 2 – Usted coge sus gafas, las limpia cuidadosamente con agua y jabón, incluso con limpiavajillas de la cocina. Las seca cuidadosamente con un pañuelo de papel y comprueba que quedan tan transparente como si no tuvieran cristal. ¿Alguien sabría explicarme por qué diez minutos después sus cristales están tan sucios como si un niño pequeño hubiera estado jugando con ellas, tras  comer un trozo de tarta? Juro que mis manos no se han acercado en todo ese tiempo a los cristales, incluso en ocasiones ni siquiera me las he puesto, ¿será el muñeco diabólico?, ¿algún espíritu vengativo?

Misterio nº 3 – Hasta hace no tanto tiempo, cuando usted vendía un piso que poseía desde años atrás, el ayuntamiento le cobraba lo que se llama plusvalía y, aunque a regañadientes, usted lo abonaba porque lo cierto era que el piso había casi doblado su valor de mercado desde que lo compró. No le servía de nada, porque el piso nuevo también ha subido su precio una barbaridad, pero técnicamente lo cierto es que su antiguo piso tenía un valor más elevado. Ahora, tras la crisis y pérdida de valor de los pisos, que en bastantes ocasiones supera el 50% –lo he vivido en mis carnes– cabría esperar que el ayuntamiento le abonase una minusvalía, ¿no? Error, porque se atienen al llamado valor catastral, que ha sido aumentado a capricho tremendamente para que de esta manera, si vende un piso usted sigue teniendo que abonar una plusvalía, aunque en realidad haya recibido la mitad que cuando lo compró. En mi caso, que conservé el piso cinco años y cinco días, tuve que declarar y cotizar sobre una ganancia virtual de más del 22% –un 3,7% por cada año o fracción– del valor que tenía cuando llegó a mi poder.  Supongo que esto es lo que deben llamar ingeniería financiera para víctimas.

Misterio nº 4 – La política española ha descubierto un nuevo asunto donde hincar el diente: los títulos universitarios, tesis y másteres. Ya saben, todo viene de cuando a la presuntamente impecable presidenta de la Comunidad de Madrid se le descubrió un máster del que presumía, pero que no había hecho. Todo era producto de las fechorías de cierta universidad que tenía por norma regalar a políticos, del signo que fuera, un máster del que ufanarse e incluir en su currículum.  

Ya lo sabemos todos, esa impecable presidenta fue abochornada y se vio obligada a dimitir de su puesto e introducirse en esa neblina en que vivimos los ciudadanos normales. Por cierto que no era tan impecable; su nombre saltó a la fama antes de ser presidenta cuando conduciendo una motocicleta que no tenía pasada la ITV hizo una maniobra temeraria y quedó con buena parte de sus huesos para el arrastre; los daños en el rostro debieron ser terribles, de ahí su aspecto. A cualquiera esa hazaña le hubiera costado un buen paquete, pero en su caso ni siquiera volvió a hablar de ello.

Descubierto el truco, es fácil. Se repasan los currículos de todos los políticos y a la más mínima, garrotazo. El colmo, el caso del actual presidente del gobierno al que tantos quieren tirar por tierra. Primero se le dice que no tiene hecha la tesis; después que esa tesis no es accesible para fotocopiar o almacenar digitalmente. Cuando finalmente se cuelga en la red, se pregunta ¿la hizo verdaderamente él o le ayudaron? Tremenda duda, ¿no? Sugiero el viejo truco de colocar astillas entre la uña y la carne para que confiese, el muy rufián...

Esto me recuerda aquella costumbre de los curas de antaño de preguntar si se habían cometido actos impuros y si la respuesta era afirmativa, con qué mano. Y así sucesivamente.  

04 septiembre 2018

Especie en extinción

Debería tener mucho cuidado con lo que escribo, pues soy consciente de que al menor descuido este texto puede parecer que ha salido de la mente (?) de un militante de algún grupo de ultraderecha, pero puesto que este blog es prácticamente onanista, permanece más tiempo cerrado que abierto y no padece de aglomeraciones, no encuentro razón para no poner lo que me venga en gana, no tengo por qué fingir, como consciente o inconscientemente hace la mayoría.

Me ha dado por inquietarme por la invasión de Europa que desde todos los frentes va teniendo lugar, sea desde la cercana África a nuestro cercano y medio oriente (Siria, Pakistán, India, etc.) sin olvidar a casi todos los países hispanos de América. Hay un flujo permanente desde esos orígenes hacia Europa y mientras unos se indignan por pura xenofobia o racismo, otros lo apoyan pensando que con eso procuran una vida mejor a algunos parias de la tierra, en tanto que lo que sin duda se consigue es tirar abajo salarios y ayudar a muchos empresarios a conseguir mano de obra barata. Pura satisfacción y beneficio para los que gobiernan actualmente Europa, que son los únicos profundamente interesados y beneficiados por la inmigración.

Tampoco nos hagamos ilusiones, los que vienen no son siempre los desheredados de sus países, hay de todo pero con certeza quienes tienen dinero para pagar a las mafias, se incluyen los desechos de cada lugar, ¿no recuerdan el asunto de los marielitos de Cuba en 1980? En aquella ocasión, más de 125.000 cubanos abandonaron la isla hacia Florida con permiso de su gobierno y después EE.UU. montó en cólera porque eran de lo peorcito que había en Cuba, se les llenó el sur –en especial Florida– de delincuentes. Fidel Castro lo había agravado soltando delincuentes de las cárceles. Me encantó la jugada.

Aquí protestamos y nos estremecíamos por el llamado toro de la Vega. En esos países las víctimas torturadas no son toros, sino personas, y nosotros mismos y en toda Europa protagonizamos situaciones similares durante la guerra civil o la segunda guerra mundial, pero mejor o peor lo hemos superado, hemos evolucionado. Lo cierto es que los países de los que proceden esos inmigrantes –Mali, Sierra Leona, Camerún, El Salvador, los Balcanes, Siria, etc.– viven con frecuencia sumidos en una sociedad de violencia brutal y hayan participado o no de esa violencia, es innegable que quienes vienen han convivido con ella y forma parte de su entorno habitual hasta el punto de insensibilizarlos en todo o en parte respecto de esa barbarie.

No me resulta indiferente el esfuerzo de algunos por proteger la existencia de especies en extinción y por eso me alegran los progresos logrados con el lince ibérico, el bisonte europeo y otros, para evitar que ocurra con ellos lo mismo que con tantas especies que no conocemos sino disecadas en museos. Nadie sin embargo parece preocuparse por la supervivencia del europeo, no ya como raza –que no existe– sino como manera de entender el mundo, de relacionarse, después de tantos siglos de tiranías, guerras y enfrentamientos.

Todo el mundo pediría que se cerraran las fronteras si un virus de otras latitudes como el Ébola pudiera introducirse y causar una grave mortandad, sin embargo nadie parece darse cuenta de que la inmigración masiva, sin tiempo para ser asimilada e integrada, no supone sólo la aparición de esos guetos que tantos problemas causan ya en Francia y Reino Unido, sino la desaparición de la convivencia tal y como la conocemos, ya se ha dicho entre otras cosas que este continente tendrá una población mayoritariamente musulmana a lo largo del siglo actual, cuando apenas ahora comenzamos a controlar al cristianismo y sus brutalidades, sería por tanto penoso que dentro de 50 años en Europa se permitiera la lapidación, por poner un ejemplo, como ya se ha colado esa barbaridad de la ablación del clítoris o las vestimentas femeninas de los musulmanes que tapan en parte o todo el rostro y cuerpo de las mujeres. La casi totalidad de los países musulmanes viven todavía con mentalidad de hace varios siglos. Toda esa gente viene de países muchas veces ricos en materias primas, pero no son capaces de organizar la convivencia y el reparto de la riqueza, la violencia brutal forma parte de su vida y todo eso viaja con ellos y se implanta aquí. Es conocido el episodio de una patera en que tras unas peleas entre ellos, la mitad de los pasajeros arrojó al agua a la otra mitad. Como si no tuviéramos ya bastante violencia e injusticia propia. Ahí tienen a las bandas latinas (lean la prensa de ayer), un perfecto ejemplo de violencia de importación, tan extraña a nosotros como pueda ser el ornitorrinco; por no hablar de las explosiones de violencia de los manteros, que hacen huir a la policía. Preocúpense por saber de entre las muertas por violencia machista, cuántas pertenecían a parejas extranjeras o mixtas.

No es racismo, pero me gustaría que Europa siguiera siendo lo que ha llegado a ser y no que se iniciara una vuelta atrás provocada por quienes no han intentado o conseguido que sus países alcancen un nivel de equilibrio y buen gobierno aceptable y eso lo digo siendo consciente de que la situación de nuestro entorno no es precisamente para estar tranquilos, pero estamos a enorme distancia de –por ejemplo– Guinea Ecuatorial, un país que desde hace bastantes años ha multiplicado su riqueza gracias al petróleo, pero vive sumido en la pobreza (el 65% en la pobreza extrema) mientras su dictador Teodoro Nguema vive en la opulencia y su hijo «Teodorín» derrocha por el mundo los millones, posee yates y colección de coches de lujo. Travesuras de la estadística, Guinea Ecuatorial posee actualmente la renta per cápita más alta de África, pero su reparto es peor que cuando era colonia española. Por supuesto, muchos dirán que la culpa de toda esa injusticia la tienen los países occidentales, pero ¿cómo es que los nativos lo consienten?, ¿cuántas revoluciones como la francesa, la americana o la rusa han tenido lugar en África?

Creo que ningún medio de comunicación conocido permitiría la publicación de este texto y lo apartarían de su vista horrorizados mientras me tachaban de nazi, como poco; bueno, quizás lo publicara La Razón, lo que no ayudaría a que me sintiera respaldado. Ese rechazo es normal y previsible, porque vivimos en una época en la que el buenismo ha surgido con una fuerza tremenda, quizás como reacción a los atropellos de los que somos objeto cada día, pero yo pediría que antes de echarse las manos a la cabeza se dedicase siquiera un par de minutos a reflexionar si lo que digo es realmente un disparate o son escenas que podemos ver en la prensa cada día. Y conste que no me interesa la complicidad de los racistas o xenófobos, ni me quita el sueño la desaprobación de nadie.

29 agosto 2018

Profesiones con futuro


Peluquero de señoras en el País Vasco y Navarra – Sabido es que actualmente allí se lo cortan con un cuchillo de cocina y, aunque no son conscientes del aspecto deplorable que les otorga, con el tiempo adorarán cortarse el pelo como en el resto de Europa. A esta actitud de descuido de la peluquería se han incorporado  hace tiempo las componentes femeninas de la CUP, que parece que se cortan el pelo con un recortasetos.

Borrador de tuits de políticos – Cada vez que se inventa una nueva ocurrencia de eso que llaman redes sociales, los más tontos del planeta se apresuran a verter en ella sus ocurrencias y, como es natural los políticos y "activistas" en cabeza, olvidando que lo que se escribe ahí queda. Estamos viviendo cada día casos de tuits que acaban con la carrera política o profesional de algún descerebrado y por eso será muy demandada la profesión de borrador de tonterías.

Implantador de expresiones o palabras estúpidas – Son por lo general personas que se consideran periodistas, pero de momento cualquiera puede hacer su aportación sin ser acusado de intrusismo. Tenemos como ejemplo de gran éxito lo de seres queridos, una repugnante traducción del original inglés loved ones, que ha sido adoptada de inmediato por todos los medios y, lo que es más curioso, por el ciudadano común. Atrás queda lo de allegados porque resulta demasiado clásico, sencillo y supongo que viejuno. Tampoco hay que olvidar lo de tener sexo –¿es que “tener”, no lo tenemos todos?– para referirse al mantenimiento de relaciones sexuales, traducción brutal y literal de have sex. Ignoro la procedencia de esa otra expresión de moda: choque de trenes para hacer referencia a un conflicto entre dos partes seriamente discrepantes.

Fundador de ONG – En un principio, gente con buenas intenciones practicaban tareas sociales sin recibir nada por ello y tan solo guiados por su generosidad o sentimiento religioso. Con el tiempo, la existencia de subvenciones, la notoriedad social, la posibilidad de crear su propia república, hizo que esa creación de organizaciones presuntamente de beneficencia dio lugar al exceso de ONG y al hartazgo progresivo de parte de la población. No es mal negocio si uno es algo aventurero y sabe gestionarse las subvenciones.

De momento, le niego el saludo a cualquier persona que forme parte o ayude económicamente a las ONG relacionadas con la inmigración ilegal o empeñadas en legalizarla.

Realizador de gráficos falsos para el PP – Existe una cierta afición entre ciertos políticos a realizar gráficos en base a datos falsos, sabedores quienes los exhiben de que al estar hechos en colorines y con sus barras de distintas alturas, la gente lo va a dar por bueno sin más análisis. Cuidado, el que más gusta de estos gráficos es, según afirma y muestra la prensa, el moderno e impaciente Pablo Casado, el de la verborrea convincente y los gráficos divinos de la muerte (recordatorio). Asombrosamente, aunque la cifra disminuya, la barra siguiente del gráfico es más alta que la anterior. Pura magia.

07 mayo 2018

Pensiones y pensionistas

Jubilados tal cual gusta presentarlos a la prensa
Andan los pensionistas manifestándose casi día sí y día no −en Bilbao esta semana dos días− por las pensiones que perciben y aunque parezca que todos quieren lo mismo no es cierto ni de lejos. Comenzó con lo que era un común denominador: eso de subir el 0,25% dispuesto por M.Rajoy durante tantos años no sólo era una estafa, sino que era un insulto directo a los que viven de una pensión. Curiosamente, hay quienes argumentan que los pensionistas incluso han ganado poder adquisitivo durante los años de la crisis −esa que dicen que ya acabó− lo que es una mentira fastuosa.

Esta misma noche he tenido que oír en televisión cómo afirmaba tal cosa una periodista más facha que Francisco Marhuenda, que además presumía de ser experta en economía y aseguraba que los años de deflación han servido incluso para que los pensionistas ganen poder adquisitivo; nada menos.

Se manejan cifran y como siempre que ocurre tal cosa se manejan para machacar al oponente con números que respaldan falacias. Las pensiones son por definición poco generosas y por lo tanto aparte de que en muchas ocasiones tienen que servir para mantener a los hijos o nietos en el paro, porque sigue siendo muy elevado y los famosos empleos creados por el régimen son precarios y escasos, han tenido que cargar con algo que hasta ahora no he oído citar. Hablo del copago farmacéutico impuesto a los jubilados y sobre todo, de las numerosas medicinas que han dejado de ser suministradas por la seguridad social y que, por tanto, son costeadas en un cien por cien por el pensionista. Muchas, buena parte de ellas, las que son consumidas regularmente por las personas mayores o enfermos crónicos. También han soportado, y esto como todos, las abusivas subidas de gas y electricidad que aparentemente no se reflejan en el IPC.

Yo, que soy pensionista, me he abstenido de ir a las manifestaciones por dos motivos fundamentales: se ha desvirtuado la reivindicación original y además he sabido que no soy persona grata para el grueso de los pensionistas por ser uno de los muchos que disfrutan de la llamada pensión máxima, que es tanto como decir eso de que en el país de los ciegos... También he podido observar que se aprovechan las movilizaciones para que el que tiene una pensión baja, pretenda que se la incrementen en un 50% o más para tener una pensión digna. Me pregunto si pensaban en esa dignidad cuando cotizaban lo mínimo.

Sostiene el gobierno que no hay dinero para subir más del 0,25%, pero ha bastado que un partido le diga que no apoya los presupuestos del año que viene para que de repente hayan encontrado dinero para subir no está muy claro cuánto ni a qué pensiones, pero más de ese infame 0,25% para todos. Eso, si es que hay presupuestos...

No hay que ser economista para darse cuenta de que con los salarios de miseria actuales no hay cotizaciones suficientes como para mantener el sistema de pensiones y hay quienes quieren provocar una guerra generacional entre trabajadores con bajos salarios y pensionistas. Pero es verdad que resulta chocante que la pensiones sean más elevadas que los salarios, aunque la responsabilidad no sea de los pensionistas, sino de los puestos de trabajo con bajísimas retribuciones agenciados por este gobierno, de los que tanto se ufana.

Por otro lado, el otro día leí algo que me dejó perplejo. Resulta que la SS ha sido durante décadas un buen negocio para el estado, que se ha embolsado hasta 1997 todos los superávits que se producían cada año. Después, se ha destinado sólo parte del superávit y de los beneficios al Fondo de Reserva −incluso durante los gobiernos de Zapatero− y de remate el gobierno del PP ha regalado cotizaciones a los empresarios a cambio de producir empleo (?), lo que significaba y significa financiar sus políticas regalando como suyo dinero que debería recibir la SS. Al tiempo, se ha merendado los casi 70.000 millones del Fondo de Reserva de las pensiones −la famosa hucha− e incluso ha tenido que pedir un crédito de unos 16.000 millones para poder pagar las pensiones de 2018, porque la hucha ya se acabó. Se repite una y otra vez que es preciso cambiar el sistema, pero hasta ahora nadie ha intentado nada. No quiero ser pesimista, pero...

03 mayo 2018

Manadas

Con una opinión pública habitualmente desinformada y extremadamente aficionada a tomar partido apasionadamente, nos toca aguantar con resignación –a mí al menos– una permanente aparición en la pantalla de la televisión de pancartas luciendo el lema "Yo sí te creo", que me deja casi perplejo por la unanimidad y por la vehemencia de sus portadoras. Por cierto que muchas veces añaden a ese lema la palabra "hermana", porque en España surge la hermandad cuando es contra alguien. ¡Hasta las monjas Clarisas de Villaviciosa (Asturias) se han manifestado a favor de la víctima!

Siempre pensé que eso de creer era algo que se practicaba con la Santísima Trinidad –que ya es duro de creer– o con las cuentas del PP de Madrid, pero resulta que yo estaba equivocado y ahora se trata simplemente de creer lo que alguien dice, sin apoyatura de ninguna clase.

Me estoy refiriendo, está claro, al asunto de esa panda de imbéciles conocidos como La Manada, de profesión sus aspavientos machotes y sus giras en pos de gorditas, como puede leerse en sus propias comunicaciones a través de las redes sociales, quizás porque piensan que las que padecen  sobrepeso serán más asequibles a la hora de dejarse abordar para cometer alguna barbaridad con ellas.

Dice el diccionario de la RAE acerca del verbo creer en su primera acepción "Tener algo por cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado." y verdaderamente se cumplen estas condiciones para quienes afirman creer en la pobre víctima y piden para los culpables cadena perpetua o cosa semejante. Se cumple porque, según tengo entendido, nadie salvo los jueces y abogados han podido ver los vídeos que los imbéciles hicieron y por lo tanto esa fe es auténtica y basada en imaginaciones y habladurías, que no en las únicas pruebas existentes.

Según se contó en la prensa, a poco del suceso los abogados defensores pusieron un detective a seguirle la pista a la víctima, con el propósito de demostrar que su vida habitual no era excesivamente ejemplar, pero las acusaciones particulares y públicas exigieron de inmediato la retirada del informe de ese seguimiento, anulando así la posibilidad de saber algo más sobre la víctima, que sobre los agresores ya se sabe todo lo que se quiera.

Puesto que es inevitable que, dado el bombardeo constante, cada uno tenga su propia opinión, opinión basada en pálpitos, que no en pruebas, la mía es que no me inclino por ninguna de las partes y sobre todo lo que está ocurriendo y considerando los tiempos que no están tocando vivir, estimo que lo lógico es que los jueces, como conocedores hasta lo posible de los hechos, son los que deben sentenciar y así lo han hecho, aunque la casi totalidad de los españoles ya haya tomado partido en base a nada. También me parece una oportunidad muy bien aprovechada de las mujeres que dirigen el movimiento feminista para mostrar su poderío, y de verdad que parece casi ilimitado. Muy bien gestionado y manejado, pobre del juez que se atrevió a dar un voto particular y pobre su carrera judicial.

Como dijo uno de los abogados defensores: "Si lo que se estuviera juzgando fuera la estupidez, mis defendidos merecerían cadena perpetua; pero no es eso lo que está valorándose".

Mientras, las protestas han llegado al Parlamento Europeo, a la ONU y no me extrañaría que hasta a Kim Jong-un y ya se sabe lo equilibrados y justos que suelen ser los juicios de estos entes. Si Puigdemont está recibiendo numerosos apoyos para defenderle del sistema no democrático español, y el atroz atropello del que está haciéndole víctima el Estado, no quiero ni pensar el que recibirán unas pobres mujeres indefensas, como las que en la foto se enfrentan a la policía foral de Navarra.

31 octubre 2017

Consultas médicas

Detesto ir al médico. Puede que a otros muchos le suceda algo parecido, pero normalmente será tan solo parecido, puesto que yo debería decir que más que detestar lo odio, y sólo esa tradición no siempre efectiva de acudir al médico y mi edad, lamentablemente provecta, me empuja a cumplir con esa tradición.

Ayer, sin ir más lejos, acudía a la consulta de un doctor sencillamente porque él me había señalado que debería volver por estas fechas para revisión y yo, disciplinado por encima de todo, allí estaba a la hora prevista. Prevista por mí que no por él, puesto que me recibió casi puntualmente una hora más tarde de la asignada en la cita, que esa es otra cuestión que parece que los médicos no alcanzan a entender: cuando ellos se retrasan una hora, hacen perder a otros tantas horas como pacientes están esperando.

Hay muchas razones para no gustarme mucho eso de acudir a consulta: la principal quizás sea que no me entusiasma en exceso la ingesta de medicamentos y la tentación de no hacer caso a lo prescrito y seguir como si nada es muy grande. También me molesta ese compadreo, normalmente iniciado por el doctor de turno, tuteando a sus pacientes, como si todos fuéramos gente menor en importancia y rango o, quizás, amigos de la infancia. Trato de compensarlo por mi parte pasando también al tuteo aunque eso no me consuele del abuso de confianza por su parte, puesto que el tuteo no ha sido consensuado.

Pero lo más gordo, lo que hace a una sala de espera realmente odiosa, son los demás −ya saben, el infierno del amigo Sartre−. La consulta de ayer estaba situada en una clínica del barrio de Salamanca en Madrid y, aunque no fuera más que por dar ambiente, se supone que la gente guardaría cierta compostura. Ni hablar.

La pérdida de calidad en la atención prestada en la Seguridad Social acarrea de inmediato el mismo efecto en la sanidad privada, puesto que son muchos los que huyen de aquella por ese absurdo capricho de que una resonancia, por ejemplo, no tarde tres meses en ser hecha.

El mostrador en el que se recogen nuestros datos al llegar a la consulta estaba atendido por una sola señorita. Como la afluencia era numerosa, pueden imaginar que la cola de unas ocho personas y más de veinte minutos de espera, era inevitable. Hay que ahorrar personal.

Entre mis compañeros de espera había de todo, tirando a malo. Mi vecina de asiento estuvo hablando por el móvil, jacarandosa ella, unos cincuenta minutos hasta que tuvo la fortuna de ser llamada por su médico. A continuación de ella estaban sentadas dos féminas que como ya se tenían la una a la otra para hablar, lo complementaban poniendo en el móvil a todo volumen vídeos de unos niños graciosísimos y gritones, cuyos gritos competían en volumen con los de un infante cercano de carne y hueso. Pasaron varias auxiliares de enfermería sin dirigirles ni una palabra de reproche. Total, era sólo ruido, y eso a un español de pura cepa no le molesta.

Enfrente de mí, una abuela más bien joven trataba de entretener a su simpático nieto de unos 3-4 años, provocando en el angelito esos gritos penetrantes que a la gente parece no molestar −incluso a veces muestran una sonrisa de complicidad−, pero que a mí me producen palpitaciones. Por supuesto, tanto escándalo me impedía la lectura del libro que me había llevado para aliviar la espera, pero ya se sabe, eso de leer es costumbre de gente inadaptada y amargada. 

¿Dónde quedó aquello de SILENCIO que se pedía desde las paredes en todas las consultas médicas? Cada día me fastidia más estar entre mis semejantes.

01 octubre 2017

Dunkerke y el burro flautista

No le den vueltas, los anglosajones son infinitamente más listos que nosotros, al menos a la hora de valorarse ellos mismos o ser valorados por algunos otros, cómplices habituales. Ya escribí una entrada no hace demasiado tratando de la leyenda negra y cómo hacemos frente ellos y nosotros al hecho incontrovertible de que en Iberoamérica una mayoría de la población, entre el 70 y el 80%, es nativa o mestiza frente a EE.UU. y Canadá, donde los nativos o mestizos no llegan al 2,5%.

Aquí hablamos todavía −poco− del «desastre de Annual» y casi menos del «desembarco de Alhucemas» donde supuestamente nos quitamos la espina de lo primero. Todavía hablamos de la Armada Invencible, empeñados en cachondearnos de nosotros mismos llamando invencible a lo que fue una derrota en toda regla, bien que los ingleses fueran asistidos por dios y la naturaleza, ¡ellos, que eran herejes y nosotros un modelo cristiano que debería dejar a dios entusiasmado!

Viene todo esto a cuento de que hace un par de días he visto la película «Dunkerke», que como pueden imaginar narra el desastre de la retirada de franceses e ingleses en 1940, durante la 2ª G.M. Aparte de la calidad de la película, me produce una envidia rabiosa ver cómo un episodio que siempre se ha contado como una vergüenza de mala organización que costó la vida a decenas de miles entre soldados y civiles, (no he podido conseguir una cifra aproximada, supongo que ni ellos lo saben), en los relatos se habla mucho de los soldados que consiguieron evacuar a Gran Bretaña, pero no parece haber mucha preocupación por las bajas. El triunfo aparente de la retirada a Inglaterra fue en buena parte debido a la indecisión de Hitler y sus generales que no supieron aprovechar aquella oportunidad servida en bandeja.

Como servido en bandeja fue el material que quedó abandonado por los aliados; una cantidad de cañones, tanques, vehículos de transporte, armas ligeras, etc. como para abastecer a varias divisiones, mucho más de lo que tenía Inglaterra en su propio territorio en aquel momento, según he podido leer.

El asunto es que la conclusión que se saca de la película, narrada desde tres escenarios, es que los ingleses son una maravilla (los franceses no, ya se sabe), los patriotas que condujeron sus pequeños barcos, yates o pesqueros, un ejemplo para todo el planeta y la operación en su conjunto una gran victoria para los aliados. Y lo fue, mirando el lado bueno, si tenemos en cuenta el desastre absoluto que podría haber sido. Según la película, un episodio que merecería ser llamado épico y que ningún otro pueblo, además del inglés, podría llevar a cabo. En realidad un milagro o, mejor, otro golpe inigualable de pura suerte como el de la Gran Armada.

Parece que los ingleses, exceptuando las batallas de Cartagena de Indias −ya saben, lo de Blas de Lezo− y Galípoli (Dardanelos) han tenido siempre una suerte que solamente el verdadero dios ha podido proporcionarles, algo que cuando menos resulta desconcertante considerando lo malvado que fue Enrique VIII. Incluso en la 2ª Guerra Mundial consiguieron que los rusos les sacaran las castañas del fuego y así presumir codo con codo con los norteamericanos de que eran ellos los que habían ganado la guerra. Mientras ellos presumen, Churchill ebrio −dicen− durante toda la 2ª G.M.

Dios salve a la reina (pero no demasiado tiempo, que ya está bien...).  

16 septiembre 2017

Andaluces

Es habitual y estamos acostumbrados a que cualquier español muestre desprecio por los andaluces y su  supuesta categoría intelectual. Ya se sabe, son gente muy divertida para tomarse unos vinos, pero es inútil plantearse una conversación algo profunda con ellos porque sería perder el tiempo.

Esas muestras de desprecio suelen darse en conversaciones privadas, porque para el hipócrita buenismo actual todo el mundo es magnífico, pero no se crean, hay personajes muy populares como Jordi Pujol −sólo dejó de ser popular cuando se descubrió que él y su familia eran peores que la Cosa Nostra− que se despachó a gusto en un libro de su autoría donde se refería a los andaluces como seres infrahumanos o incluso el más templado Gonzalo Torrente Ballester que hace ya años, en una entrevista en El País Semanal, afirmaba sin ruborizarse que Felipe González no podía ser inteligente porque era andaluz. Eso lo decía un gallego de pura cepa. 

No hubo muchas protestas en ninguno de los dos casos ni en otros muchos que se produjeron y producen ante la indiferencia de toda la nación, la realidad es que los andaluces son valorados casi a la par de los murcianos, estos últimos un poco por debajo porque no son precisamente conocidos por su gracia. Claro que los eternos dolidos ya se sabe que son los catalanes.

Leí hace 35 años «Memorias de Adriano», de Marguerite Yourcenar, un libro que en aquellas fechas estaba en pleno éxito −entre los lectores, claro− y como tengo mala memoria, de esa lectura sólo me quedó el buen sabor de un lenguaje delicioso gracias a la autora y por supuesto al traductor, nada menos que Julio Cortázar. Se me ocurrió hacer recientemente una relectura de la obra y me alegro, porque gracias a mi mala memoria lo he disfrutado como la primera vez. Incluso me ha llamado la atención la extensa bibliografía que la autora incluye al final de la obra; más que extensa, abrumadora.

Como casi todo el mundo sabe, Adriano nació en Itálica, casi un barrio de lo que hoy es Sevilla, al igual que el anterior emperador Trajano, y ambos disfrutan de calles a sus nombres en el centro de esa ciudad. Los sevillanos que saben de este origen se enorgullecen de ello y hacen bien, no quiero ni pensar lo que tendríamos que soportar si hubieran nacido en Tarraco u otra ciudad de aquel imperio del noreste de la península con civilización más que milenaria.

Claro que si usted pregunta a un sevillano por el arquitecto autor de la famosa plaza de España, o la plaza de América, o tantos y tantos edificios −buena parte ya derribados− una mayoría de los sevillanos no sabrá decirle ni su nombre, pese a tratarse del más famoso arquitecto regionalista andaluz.

Ahora bien, aquel enorgullecimiento es de corto recorrido y parece que no hay ningún andaluz −ni ningún español, dicho sea de paso− que con la erudición suficiente, se haya ocupado de hacer estudios sobre esos emperadores o escribir libros sobre ellos, porque de los cientos de obras que Marguerite Yourcenar cita en su bibliografía ni una sola está en español, todas han sido escritas en alemán, francés, inglés, italiano o lenguas clásicas, ¿cómo es posible? Me parece muy expresivo este detalle y hace pensar que quizás esa superficialidad que se les atribuye a los andaluces sea en buena parte bastante merecida, porque ya es chocante que la autora no haya encontrado un solo texto en español que le aportara algo sobre el personaje. Poner un nombre a una calle lo hace hasta Ana Botella, escribir con conocimiento sobre una materia es otra cosa.

03 septiembre 2017

Mamoncetes

Atravesamos una época en que cualquier resquicio es aprovechado por el feminismo reivindicativo para organizar una campaña de protesta y reclamación de pretendidos derechos. Me refiero a ese asunto de si se puede dar de mamar en público sea cual sea el lugar.

Cuando yo era niño, vivía en una ciudad de provincias y era normal para mí ver a una mujer en el tranvía dando el pecho a su hijo. Debo advertir que casi siempre eran mujeres con cierto aspecto pueblerino a las que no cortaba lo más mínimo la exhibición. No descarto que alguna vez en el colegio hiciéramos bromas picantes sobre el tema, pero lo cierto es que no recuerdo que a nadie le resultara verdaderamente escandaloso o inoportuno.

Se perdió esa costumbre y llegan nuevos tiempos, los actuales, en que lo de ser hombre viene siendo perseguido con saña y ser mujer un salvoconducto que permite de todo, desde escribir contra el sexo masculino lo que se desee (ni soñar lo contrario) a desafiar al poder judicial no acatando una orden del juez y consiguiendo el apoyo incondicional de todos esos que consideran que la verdad suprema se encuentra en Facebook y alrededores.

Aparecía estos días en la prensa la queja de una mujer que lamentaba que le habían pedido que se saliera de la piscina donde le daba el pecho a su hijo. Ella argumentaba que peor era algún tipo que estaba en el agua completamente borracho. Cabría preguntarle si no había en la piscina un lugar mejor donde situarse que no fuera junto a un beodo y si eso justificaba en algún caso el amamantamiento dentro del agua, cuando estaba prohibido comer o beber en el recinto de la piscina. Me pregunto hasta qué punto sería agradable que, como suele suceder a los bebés cuando se alimentan, se pusiera de repente a vomitar en el agua.

Hoy viene en la prensa el caso de una mujer a la que prohíben dar el pecho a su niño −por cierto que un niño ya crecidito que debería estar jugando al fútbol como todos− nada menos que en el museo Victoria and Albert de Londres. Como es natural, se ha producido un revuelo enorme y, como es habitual, con miles de retuits y comentarios sobre el despotismo machista a que están sometidas las pobres mujeres. A ver, ya se sabe que a los niños lo que de verdad les priva es que los lleven a los museos a mamar. Por cierto, quiero llamar la atención sobre el hecho de que la protagonista se haya hecho la foto −lo que suena a cosa preparada, observen además la sonrisa de triunfo− delante de una escultura que representa precisamente a una mujer amamantando, pero, ha pasado por alto la diferencia de tamaño y edad de los niños. Si el niño fuera gamba...

Estamos perdidos y en vez de reivindicar el derecho a dar de mamar en el parque o en el banco de una plaza, se trata de agitar a todas las féminas por el supuesto derecho a amamantar en el momento y lugar en que a la mamá se le ocurra. Supongo que eso incluye hacerlo en medio de una ópera en el Teatro Real, en una conferencia o durante la Santa Misa.

09 agosto 2017

Atención al cliente

Los españoles tenemos un largo historial de engaños, desde que venimos al mundo nos toman el pelo una y otra vez, pero una y otra vez guardamos silencio y dejamos pasar la injuria sin más protestar −si acaso con los amigos, delante de una caña−, sobre todo cuando el agravio es de tipo comercial. La aparición no hace muchos años de los servicios de atención al cliente pareció que iba a paliar esos pequeños o grandes engaños proporcionándonos un arma con la que defendernos. Pero... si alguien es de los que presenta denuncia cuando los atropellos son excesivos, es mirado por sus conciudadanos como un ser asocial, incómodo e inadaptado.

Error, lo de suponer que los servicios de atención iban a servir para algo. La mayoría de esos servicios se limitan a largarnos un discurso acerca de la grabación de la conversación que mantengamos −suena a aviso amenazante− y algún parloteo sobre lo que harán o no con nuestros datos, siempre por supuesto acorde con lo dispuesto por la LOPD (Ley Orgánica de Protección de Datos), que es esa ley que no sirve para nada excepto para fastidiar al interesado. Como curiosidad, tras ser advertido en una llamada a Unión Fenosa de que la conversación iba a ser grabada por ellos, tuve la cortesía (puesto que en mi caso no era obligado) de avisar de que yo también estaba grabando; me cortaron la comunicación de inmediato.

Normalmente, usted deberá enfrentarse a unas locuciones grabadas que frecuentemente no ofrecen la opción por la que estamos interesados; es normal también que nos obsequien con un fragmento musical que se repite cada pocos segundos y que, con un poco de suerte, le harán abandonar el intento de comunicar para evitar un ataque de ira que no le servirá de nada. Cuando al fin llega la hora de la verdad todo son problemas, casi en el mejor de los casos conseguiremos contactar con un operador hispanoamericano que no se desenvuelve demasiado bien con el idioma español. Una pena que no hablemos guaraní o quechua o vaya usted a saber qué, para que nuestras reclamaciones puedan ser entendidas y atendidas adecuadamente. He leído que alguna operadora telefónica cobra un plus en el recibo mensual si usted manifiesta su deseo de ser atendido habitualmente por un español de origen.

Hay sin embargo algo que frena de manera contundente nuestro afán reivindicativo: los teléfonos de atención son casi invariablemente del tipo 902, lo que supone que usted va a pagar caro su −inútil− intento de ser atendido, porque a final de mes habrá un capítulo elevado en su recibo telefónico que enfriará su ansia reclamante. Caramba, estamos en un país en el que llamar a la policía municipal cuesta dinero (al menos en Madrid) y esas llamadas son de facturación aparte, aquí utilizan esos teléfonos de pago hasta la Administración del estado, los hospitales, clínicas e incluso las marcas comerciales le animan en su publicidad a interesarse telefónicamente por sus productos ¡llamando a un 902 que le costará dinero! Y bien pensado, ¿por qué van a renunciar a ingresos adicionales si nadie se lo prohíbe y lo aceptamos con mansedumbre?

Hace unos 10 años pasé una experiencia que me dejó muy mal sabor de boca. Tuve la ocurrencia de comprar por correo un reproductor mp3 en China. El aparato me llegó, pero no funcionaba correctamente y ahí aprecié mi error. Contacté con ellos y quien me atendía me ofreció cambiarme el aparato, pero yo ya había comprobado la escasa calidad del chisme y pedí el reembolso. La respuesta fue que si insistía en la devolución la empresa le despediría de manera fulminante. Pensé que el tipo exageraba, que los chinos no podían ser tan esclavistas y exigí el reembolso. Resulta que ahora el sistema ha sido copiado por las empresas españolas y es frecuente que tras ser atendido aquí reciba una llamada para que califique de 1 a 10 su satisfacción con la atención recibida y si recomendaría la empresa a un amigo. He sabido que si la calificación es inferior a 9 el empleado es probable que sea despedido; puro chantaje al cliente.

Hay no obstante un reducido grupo de ciudadanos que ha tomado la iniciativa de recoger firmas exigiendo la desaparición de esos teléfonos 902, apoyándose en algo tan pintoresco como que la ley obliga a que los canales de comunicación con los servicios de atención al cliente han de ser gratuitos. ¡Gente insaciable e inadaptada!

28 julio 2017

Periféricos díscolos

Es difícil que exista un pueblo con más desapego por su propio país que el nuestro e igual de difícil encontrar uno que esté más apegado a su patria cercana o, si lo prefieren, a su patria chica. Son mayoría los que miran casi con desprecio a la bandera nacional, pero se le saltan las lágrimas si escuchan una melodía típica y propia de su terruño. Si a usted se le ocurre poner una bandera española en cualquier lugar, será tildado de inmediato de casposo, viejuno y, con suerte, hasta de fascista. Sin embargo, si usted lleva una bandera de esas que tienen nombre en el idioma local, será un patriota, un progresista, una persona de bien a respetar por sus paisanos y por todos los tontos de otras latitudes.  

Nada que oponer, pero no está mal recordar que ese sentimiento llevado a su extremo puede causar y ha causado mucho daño a la totalidad de los ciudadanos. Ha sido y es especialmente dañino el proceder de ciertos periféricos ‒con perdón, que yo mismo soy periférico‒ que nos han tenido casi 50 años con el corazón en un puño, porque ciertos chicos traviesos de ese territorio que antes llamábamos Vascongadas y ahora País Vasco decidieron producir sangre y terror, porque amaban tanto sus raíces que no se podían contener.

Hemos vivido con el miedo a perder la vida y viendo como cerca de nosotros la perdían otros con peor suerte, por no hablar de los trastornos que nos producían los controles policiales y hasta el riesgo de muerte como el que yo mismo padecí con mi familia, en una ocasión en que viajando de noche al norte de La Rioja no vi la linterna con que me daban el alto en un control de la guardia civil y no me detuve hasta más adelante en que casi me saltan encima del vehículo unos agentes. La crispación era evidente y nuestro susto descomunal.

Acabamos de quedar casi tranquilos porque la banda ETA ha desaparecido prácticamente, pero ahí estaban en la lista de espera otros patriotas regionales esperando turno para amargarnos la vida. Hablo, naturalmente, de los abertzales catalanes que el PP ha procurado incrementar en número mediante una política hacia Cataluña que a los más templados ha cabreado y a los que han sido educados en la normalización lingüística y la sintonización de la TV3 ha transformado en radicales, que en buen número odian a todo lo que suene a España o, como gustan decir, el estado español. Ahí están los revolucionarios de la CUP y ERC para que no decaiga.

Estamos en el mes de julio de 2017 y cuelga sobre nuestras cabezas la fecha que unos desnortados han fijado para hacer un referéndum con tantas trampas que causaría la envidia de Franco, si siguiera con nosotros. Se dicen demócratas y cumplidores de la ley, pero están dispuestos a aceptar y poner en práctica su independencia aunque la participación sea escasa y con tal de que los síes sean la mitad más uno de los votos... contados por ellos. Y mientras, ese líder del mundo mundial llamado Rajoy continua comportándose como si frente a este problema bastara con actuar como su paisano de los 40 años, esperando que los asuntos se soluciones solos.

No hay que preocuparse. Yoko Ono ‒que ya tiene práctica en disgregar desde que deshizo The Beatles‒ apoya el referéndum y la secesión y también esa dama ilustre llamada Rigoberta Menchú, a la que le tocó un Nobel en la tómbola, como a la tal Malala.

En fin, no es ninguna novedad que el nacionalismo es el refugio de los incapaces, seamos pacientes con esta pobre gente. Por cierto, yo soy periférico.

16 julio 2017

Las mujeres lideran

Acabo de ver y escuchar el video blog de Iñaki Gabilondo en El País, que procuro no perderme nunca y que ¡cómo no! trataba sobre esos esforzados LGTBIQMD que estos días invaden Madrid en número cercano a los tres millones, según la prensa. Como cabía esperar, Iñaki −hombre ponderado donde los haya− está encantado por esa invasión y llega a afirmar que no sólo no cabe esperar que se disculpen por las numerosas molestias que nos producen a los que vivimos en Madrid, sino que debemos ser nosotros los que nos disculpemos por tanto sufrimiento y tanto dolor como les hemos producido.

¿Sufrimiento, dolor? En primer lugar, decir que acepto que algunos de los «incluibles» en esas siglas haya padecido por «lo suyo», pero tengo que aclarar que los que yo he conocido no han sufrido de manera especial. No más desde luego que los bajitos, los viejos, los calvos, los diabéticos, los feos y tantos otros que no se organizan para que el ayuntamiento les subvencione su Orgullo (un millón presupuestado por el ayuntamiento sólo para limpieza) y les permita tomar la ciudad y producir tantas incomodidades al resto de los ciudadanos como los LGT... van a producirnos con certeza a los demás. Pero ya se sabe, ellos tienen derecho a la revancha por lo que no se sabe quiénes les han hecho sufrir (¿Pol Pot, quizás?). Desde aquí puedo asegurar que ni yo, ni mis padres ni mis abuelos hasta donde yo puedo saber, les han infligido daño o humillación alguna, aunque está claro que mejor quejarse, por aquello de que el que no llora no mama. Y va sin segundas.

Como ya he dicho, yo nunca me he burlado de un marica ni le he pegado −digo maricas solo porque antes no teníamos esa variedad de siglas− y no tengo que pedir disculpas de ningún tipo ni las voy a pedir a los mismos que organizan un desfile en donde el mal gusto y la procacidad son las estrellas y si alguien lo duda puede buscar las numerosas fotos colgadas en Internet en las que hasta puede verse a uno de esos pobres humillados, completamente desnudo, fingiendo que sodomiza al pobre oso de bronce que junto con el madroño es o era el símbolo de Madrid. 

De ahí he pasado a leer el ataque dirigido contra Javier Marías, que ha osado decir en su artículo semanal en El País que «no suscribe el mandato de afirmar que Gloria Fuertes era una grandísima poetisa». No sé si tiene razón o no (no hay que olvidar que lo escribe como un artículo de opinión) pero todo el ejército de pirañas-feministas se le ha echado encima con mucha más inquina que si hubiera dicho lo mismo de Miguel Hernández. Pueden imaginar por qué.

Por último, me he recreado tan solo en las primeras líneas de un artículo titulado Las mujeres lideran la revolución tecnológica en España. No he continuado porque es lo de siempre, pero me resulta cansino ese empeño en sacar timbales y trompetas cada vez que hay que cantar las glorias de las mujeres. ¿Alguien ha visto alguna vez un artículo que se titulara Los hombres lideran durante siglos la revolución tecnológica en todo el planeta? Seguro que no y además sería estúpido que alguien se vanagloriara de lo que han hecho simplemente unos seres humanos, una especie a la que según parece no pertenecen las mujeres.

Vienen también en portada del diario un artículo con el título Frases que nunca le dirías a un hetero, otro La invasión de Rusia con los besos gais que viene adornado con una foto de dos "hombres" besándose, otros 35 lemas más inspiradores para el desfile del Orgullo, y por si le ha sabido a poco, puede rematarlo con Por qué 'Wonder Woman' es la primera superheroína que busca la igualdad entre hombres y mujeres. Sin desperdicio, oiga.

Menos mal que me voy de Madrid mañana temprano de vacaciones y ahí dejo a todos los que se regocijan con el espectáculo. Que sean felices en el desfile.

18 mayo 2017

Perseverancia

Creo que han sido dos las veces que he cerrado este blog y otras tantas las que he vuelto a abrirlo, no tanto por las peticiones de lectores horrorizados por tener que prescindir de esta enriquecedora lectura, como porque le he cogido cariño y tras 301 entradas publicadas y cercano a los 8 años de vida siento cierta resistencia a desentenderme de él.

Todo lo que hacemos en la vida lo hacemos esperando una recompensa o gratificación por ello; reconocimiento, agradecimiento, retribución económica, etc. Nada me recompensa por el cuidado de este blog, no hay casi comentarios de lectores −la remuneración del autor de un blog− y los que llegan suelen ser de amigos que se esconden tras el anonimato o pseudónimos vergonzantes e incluso uno, convencido de que no lo identificaré, me ataca más de una vez abroncándome porque he osado retocar alguna frase de alguna entrada después de publicada y su RSS le avisa como si fuera una entrada nueva, obligándole a perder su sagrado tiempo entrando a ver qué hay; vaya por dios. Por cierto, que los comentarios de este desquiciado lector me obligaron a establecer la moderación previa, en vez de publicarlos directamente.

Algunos de los que me leían por costumbre −y así les gustaba indicármelo en cada encuentro personal sin que yo se lo pidiera− me han castigado con su desaparición, posiblemente como expresión de desacuerdo con el contenido de mi blog, o porque ya no les gusta cómo digo lo que digo. Puede que yo sea muy susceptible, pero me he dado cuenta de que los más cercanos de quienes me leen casi me exigen una actitud de agradecimiento por tal esfuerzo.

Ningún problema. La lectura del blog es tan libre y voluntaria para los potenciales lectores como su escritura lo es para mí, así que aunque no prometo no volver a activarlo dentro de un tiempo −y desearía no hacerlo− lo cierro hasta nuevo aviso.

Mi agradecimiento a los pocos lectores habituales y mis disculpas por premiar así de mal su perseverancia y paciencia, las que yo no tengo.

No hace falta decir que volví a caer en la tentación de escribir en el blog, la diferencia es que esta vez no me preocupa la regularidad o la frecuencia. Incluso tengo entradas escritas que por pereza no me he molestado en publicar. Este blog es ahora una distracción ocasional y no una obligación.

09 mayo 2017

Algo más de ¡que inventen ellos!

Ya he dicho en una entrada casi reciente lo decepcionante que resulta ver que mientras en Europa la ciencia investigaba, se componía música, se evolucionaba en todos los sentidos, en este país nuestro, de uno a otro extremo, nos dedicábamos a rezar y a gastarnos el dinero en guerras para obligar a los holandeses a ir a misa. Todos conocemos la airada frase de Unamuno ¡que inventen ellos! a la que se le ha dado todo tipo de interpretaciones, en un sentido y en el contrario, pero que en todo caso es un recordatorio de la pobreza investigadora en que hemos vivido y seguimos viviendo. Si cualquier actividad intelectual significa pasarlo mal, la investigación en España es sufrir desprecio y minusvaloración, porque un investigador no es por lo general un triunfador en lo económico. Y no es este gobierno el que trabaja para que deje de ser así.

Para mí que sin duda esa falta de interés oficial por la investigación es un reflejo de la falta de interés de la población por esa actividad y, salvo raras excepciones, vemos con naturalidad que España sea uno de los mayores productores mundiales de coches... fabricados con patentes extranjeras, porque no existe ninguna marca genuinamente española. Apenas si hay aparatos electrónicos diseñados aquí y hasta los televisores son importados o fabricados con licencia, cuando en los años 60 y 70 había marcas totalmente españolas, ahora recuerdo al menos dos ya desaparecidas: Iberia y Werner.

De todo lo relacionado con la industria de vanguardia, química o farmacéutica más o menos lo mismo, y si alguna había o hay que funcionara con patentes españolas, empresas extranjeras se apresuran a comprarlas o simplemente echarlas del mercado.

Apenas si destacamos en algo y si lo hacemos viene de inmediato el martillo que golpea al que sobresale, últimamente lo relativo a las energías renovables, en lo que avanzábamos de manera señalada hasta el punto de despertar la atención de otros países europeos y de EE.UU., pero no sé si el lobby de las eléctricas o simplemente la ineptitud del gobierno les ha dado un palo del que difícilmente se levantará, porque otros países ya están tomando la delantera.

Aquí se alienta de boquilla a los emprendedores, pero he podido leer que la grandísima mayoría de ellos piden financiación para... poner un bar en alguna de sus variantes y lo gracioso es que pese a todo y a la abundancia de esos establecimientos, tienen más posibilidades de conseguir ayudas que quienes lo solicitan para un proyecto de investigación o fabricación de un nuevo producto. Hasta ahí llegamos.

¿Me estoy refiriendo tan solo a los llamados bienes de consumo? Ni mucho menos; no pasarán muchos años para que hasta el idioma que hablamos tenga que pagar patentes a ese idioma inglés que ojalá conociéramos todos, pero que deberíamos también mantener lo más apartado posible del nuestro, pues el descuido habitual y la estupidez de muchos nos hará terminar como algunos países hispanoamericanos que hablan actualmente una lengua excesivamente mestiza o Brasil que cuidadosamente ha ido cargándose el bello idioma portugués con infiltraciones del inglés que ya han gusaneado totalmente la lengua y poco pueden hacer los portugueses para evitarlo, algo más de 10 millones frente al gigante brasileño con más de 205 millones.

Leo con frecuencia la expresión «entrar en pánico» en la prensa y, peor todavía, el autor de un comentario en una noticia escribía que se sintió «empanicado», para intentar expresar que algo le había producido pánico en algún momento. ¿Pero qué es esto, cualquier memo se inventa el verbo que le viene en gana? Pues sí, coincide el advenimiento de un analfabetismo generalizado −un universitario no es normalmente capaz de escribir dos líneas sin incluir alguna falta de ortografía−, con la creencia de que apoyándose en aquello de que el lenguaje es algo vivo, cualquiera puede intentar matarlo, inventar lo que le parezca. Es más, existe una web −onoma.es− que le anima a inventarse un verbo y le facilita la supuesta conjugación en todos sus tiempos.

El inglés es un idioma en el que casi cualquier sustantivo puede volverse verbo, pero el español no es el inglés. Ellos tienen el verbo panic que podría traducirse por «dejarse llevar por el pánico» o «ser presa del pánico» y, claro, esto es demasiado largo para los impacientes hablantes, así que sin más conocimiento de gramática y quizás suponiéndose tan capacitado como un antiguo monje del monasterio de Yuso suelta lo que se le viene a la cabeza, no en una conversación informal, sino en un comentario en uno de los principales diarios del país o en cualquier medio de comunicación. He podido ver una consulta en Fundeu donde una señorita preguntaba si se debía decir «empanicada» o «apanicada». Una erudita escrupulosa.

Como suelen decir estos ilustres creativos: «lo importante es que se me entienda, ¿no?». Pues no.

27 abril 2017

Muros y vallas

Con el advenimiento del nuevo presidente de EE.UU., se han puesto más de moda si cabe  los artículos en los medios y las conversaciones sobre el asunto de los muros y las vallas, lo que nos proporciona más argumentos para posicionarnos en contra o a favor y así alimentar esa pasión tan hispana de enfrentarnos unos a otros por lo que sea.

Todo el mundo lo sabe, pero puede que no se hayan detenido a reflexionar sobre ello. Siempre ha habido murallas, vallas y muros y el propósito ha sido siempre el mismo: que no entren los que desde fuera quieren introducirse para apoderarse de nuestros bienes e incluso para acabar físicamente con los del interior.

Eran los de fuera los que intentaban destruir, eliminar el obstáculo que se interponía en sus propósitos y los de dentro formaban una piña a la hora de defenderse y defender lo que les protegía de los invasores. Hay muros bien recientes como el que los israelíes han construido en Cisjordania y en el que si usted asoma la cabeza por encima de él se la vuelan de un tiro sin más aviso, pero ya se sabe que los israelíes pueden hacer lo que les dé la gana sin más repercusión en los medios ni reprimenda internacional, ellos tienen licencia para matar; publiqué hace algún tiempo una entrada sobre el asunto. Muy de actualidad tenemos el muro, ya construido en parte, para separar EE.UU. de Méjico y que ahora Trump quiere terminar para evitar la entrada masiva de inmigrantes procedentes del sur. Como este personaje es pintoresco, pretende que además lo pague Méjico, aunque si usted ha visitado Los Ángeles u otras ciudades del sur de California podrá ver muchos inmigrantes del sur trabajadores y honrados, pero también una delincuencia sangrienta que ha cambiado el paisaje de esa parte de EE.UU. De otro lado, pocos saben que Méjico deporta hacia Guatemala más personas (147.000 en 2016) de las que EE.UU. deporta hacia Méjico (96.000).

Ha tenido que llegar el siglo XXI y con él el desconcierto, ignorancia y desorientación de buena parte de la población para que en España una parte de los nacionales desee eliminar las vallas de Ceuta y Melilla y la que de manera natural supone el Mediterráneo, para dejar que fluya libremente la multitud de africanos que sin huir necesariamente de guerra alguna quieren venirse a Europa para disfrutar lindamente de los ya precarios bienes que disfrutamos gracias al esfuerzo propio y de nuestros antepasados. No olvidemos a los que desean la eliminación de los CIE porque sostienen que los encerrados en ellos no han cometido ningún delito, una absoluta falsedad porque normalmente allí van los que se distinguen por su violencia y afición a lo ajeno. No cabrían todos los que entran ilegalmente en España.

Si usted se manifiesta partidario de estas vallas y de su refuerzo mediante vigilancia efectiva, verá cómo hasta algunos de su entorno le tratan como nazi sin corazón sin pararse a reflexionar que la amenazante llegada de 20 millones que esperan a que se abran las puertas haría desaparecer nuestro país, mientras una cifra muy superior se tragaría Europa tal y como la conocemos. Ya escribí una entrada sobre esta invasión (enlace). Resulta desconcertante que los buques de guerra que patrullan el Mediterráneo no estén para evitar la venida, sino para depositar cuidadosamente a esos inmigrantes en suelo europeo. Nosotros mismos tenemos la entidad Salvamento Marítimo, teóricamente para el rescate de náufragos, accidentados y lucha contra la contaminación del mar; en la práctica lo que ocurre es que apenas una lancha con migrantes abandona la costa africana, ellos mismos o la ONG que les respalda avisa a este servicio para que los recoja y los deje a salvo en Europa (no en África). Han quedado casi como una agencia de transporte humano.

Esto de los refugiados e inmigrantes es asunto de gran importancia para unos y otros y por tanto, y contando con que los buenistas son también demócratas −que ya es mucho contar−, deberían promover la realización de un referéndum sobre la materia. Esta gente me recuerda a John Lennon cantando "Imagine no posessions..." mientras él poseía un apartamento de 4 millones en Manhattan. De momento, y según una encuesta realizada hace poco por un medio europeo, un 32% de los españoles está a favor de la acogida y un 51% en contra; en Francia, que ya saben bien lo que es convivir, estas cifras son del 16 y 61% respectivamente. Lo que desde luego no es aceptable es que un grupo muy activo, pero indiscutiblemente minoritario, disponga del país a su antojo, un país que pertenece a todos y que la irresponsabilidad de aquellos puede llevar a una situación sin vuelta atrás. Nos parece justo y natural que quienes viven en Cataluña no puedan disponer en exclusiva del territorio en el que se asientan porque nos pertenece a todos, pero contemplamos sin alterarnos que las ONG que viven de nuestros impuestos vaya llenando poco a poco todo el territorio nacional de quienes simplemente son muchas veces la materia prima con la que comercian.

Resulta sorprendente el escándalo que estas ONG montan por las deportaciones y la realidad de éstas. Por ejemplo, en el pliego oficial de condiciones para la contratación de vuelos donde van a ir los deportados, se exige que el sujeto disfrute de las mismas comodidades que un pasajero de clase turista y el régimen de comidas debe ser como mínimo idéntico con consideración a las limitaciones de la religión de cada uno, ¡viajan mejor que yo! Si a esto le sumamos lo que cuesta la escolta, porque aquí no se permite deportar a los inmigrantes encadenados como se hace en otros países, el resultado es que cada persona deportada nos cuesta una fortuna que pagamos detrayendo ese dinero de otras necesidades del país. Las ONG bien, gracias.

17 abril 2017

¡Qué fácil es hablar!

Si a cualquier espécimen humano moderno se le contara que hasta no hace demasiados años si usted quería hablar con alguien de, pongamos, Zaragoza tenía que llamar a la central de Telefónica, expresar su ferviente deseo de comunicar y la telefonista le respondía con una frase que producía escalofríos: tiene una demora de 20 minutos, le parecería que estaba exagerando. Y eso es lo que había, tanto si usted tenía que comunicar un fallecimiento, un accidente o una buena nueva. Había incluso la posibilidad de que transcurrido esos minutos prometidos no sonara el teléfono y entonces usted podía llamar de nuevo a la operadora que le daba el diagnóstico fatal: hay congestión en la red, puede que tarde otra media hora. Cuando por fin conseguía la comunicación, siempre había algún familiar cercano que le recordaba «no te entretengas, que es conferencia», es decir, que era caro. No quiero ser mal pensado, pero adivino que la mayor parte de los que no conocieron estos avatares dicen para sí mismos o en voz alta, «pues no haber sido viejo» o alguna lindeza de este orden, como si no fueran Marconi, Antonio Meucci y Graham Bell −entre otros− los viejos que pusieron los cimientos de lo que ahora disfrutamos o padecemos, el verbo es subjetivo.

Esto ocurre porque en contra de lo que vaticinaban los escritores de ciencia-ficción, el avance brutal no ha ido en el sentido de los viajes espaciales, que seguimos igual que estábamos hace cincuenta años o más, sino en el de las comunicaciones y la información en general. No conozco ningún escritor que anticipara la enormidad de que disponemos ahora en cuanto a lo de hablar con otros situados en la casa de al lado, en un apartado barrio de nuestra ciudad o en Alaska. Incluso, para mi asombro, hay quienes prescinden del teléfono de toda la vida, el teléfono fijo, y hasta lo dan de baja porque prefieren usar para comunicarse esa especie de pesada chocolatina llamada smartphone, en la que usted habla o escucha por un pequeño orificio invisible tras aplastar el dispositivo contra la mejilla, los más rompedores empleando solamente el dedo índice para este menester.

No podíamos imaginar que esos aparatitos llamados móviles y que parecían reservados a ejecutivos o personal de emergencias iba a extenderse hasta el punto de que una discusión familiar muy común −me consta− es si al niño de 8 años se le compra o no un móvil (o se le da el viejo de papá o mamá), y que la tenencia de estos aparatos iba a suponer un conflicto para los indefensos profesores en los colegios, que no consiguen que el batallón de descerebrados a los que tienen que formar les presten más atención que a su móvil. No podíamos imaginar que el parloteo infame llegaría al extremo de obligar a establecer vagones silenciosos en trenes y hasta áreas silenciosas en aviones, que ya las hay en algunas líneas aéreas. Porque la cháchara incesante puede molestar más que el humo de los cigarrillos ajenos.

La verborrea no cesa y por la calle usted puede incluso oír lo que dice por el móvil alguien que se encuentra a más de 50 metros, porque con frecuencia elevan el tono de voz como si no estuvieran utilizando un medio electrónico de comunicación, eso sin contar los que pasan a nuestro lado como zombies aparentemente hablando solos y gesticulando y que en realidad mantienen una conversación con auricular.

La pasión por comunicar cualquier memez a todo el planeta se ha hecho casi general y si algo es laborioso es escoger el medio: llamada a secas, SMS (ahora poco), llamada o mensaje por Whatsapp, Facebook, Instagram, etc. Todo el mundo aparenta pensar que el resto de la población está pendiente de si le ha salido un grano en el trasero, si ha sufrido un percance con su pareja, o alguna de los millones de incidencias que son posibles en la vida del más sedentario de los humanos. Nadie parece disfrutar de lo que hace o vive, el verdadero placer está en difundirlo cuanto antes por las redes.  

Puesto que los usuarios han descartado totalmente la privacidad, le sugiero una prueba: cuando alguien que se encuentre cercano esté hablando por el chisme, pegue la oreja, cotillee, le apuesto lo que quiera a que lo que oye es siempre una banalidad que no merecería una llamada. Si no le agrada cotillear, obsérvese a sí mismo cuando haga una llamada; casi seguro que acierto.