22 febrero 2021

Insisto (si me lo permiten)

Otra vez pasa el 22 de febrero sin que El País, donde trabajó durante 23 años, o cualquier otro medio ofrezcan un recuerdo del genio que supo poner humor de fondo a España durante casi 50 años, cambiando incluso nuestra forma de hablar, el hombre que mejor ha entendido España en décadas. Hablo de Antonio Fraguas de Pablo, más conocido como Forges, que se fue mucho antes de lo que debería, el 22 de febrero de 2018. Yo, y supongo que algunos más, lo seguimos recordando, lo echamos de menos.

17 febrero 2021

De la música a la nada

Desde un enlace en no-sé-qué artículo de un diario he ido a caer en un vídeo de YouTube que contenía diversos pasodobles interpretados por la Deutsche Radio Philharmonie. Tengo que advertir antes de nada que estoy −y estaba− muy lejos del típico maduro que de siempre ha ondeado una bandera al escuchar música española, pero lo cierto es que me he emocionado al contemplar la interpretación de esos pasodobles con un virtuosismo admirable; puede que se conmoviera hasta un gallego. La duración total era de tan solo algo más de doce minutos, pero dio tiempo a interpretar esas obras maestras que son El gato montés, España cañí y algunos más que no recuerdo, incluido uno poco conocido por mí que se llama Gerona, escrito tal cual (en castellano). Quizás deba advertir que la música que más me gusta y escucho desde que era casi un niño es el jazz y allegados.

No he podido evitar pensar que cuando desaparezca mi generación, casi se puede apostar que desaparecerá cualquier admirador de aquella música porque, sencillamente, no se conoce y su entorno natural, las corridas de toros, está próximo a la extinción. Tengo bastante certeza de que a la casi totalidad de los menores de cuarenta años ni les suenan semejantes reliquias.

Inevitablemente me ha venido a la memoria mi abuela materna, que era profesora titulada de piano −no ejerciente−, tocando y cantando en casa con una voz delicada obras de ese estilo y piezas de zarzuela. En fin, no se valora lo que se tiene, simplemente se añora cuando se pierde. ¡Lo que yo daría por escuchar ahora aquellas interpretaciones!

El caso es que después de escuchar esos pasodobles, Youtube me enganchó −como creo que suele hacer− a otro vídeo de fragmentos de zarzuelas tocadas también por una orquesta alemana o austriaca −da la impresión de que son las únicas que ahora interpretan esas piezas− cantados por Plácido Domingo y una soprano llamada Ana María Martínez −elegante, atractiva y muy buena intérprete− que según descubrí buscando en Internet, es puertorriqueña.

Cuando era joven consideraba la zarzuela cosa propia de gente rancia a la que gustaba la música rancia. Ya hace años que me di cuenta de que ese género incluía piezas verdaderamente geniales, así que disfruté enormemente escuchando aquello y viendo cómo era aplaudido por el público germano. Creo recordar que era bueno ser joven, pero ¡hay que ver la cantidad de cosas que se desprecian por pura ignorancia y soberbia!

En el repaso que hago diariamente a media docena de periódicos, vi a continuación un titular que me llamó la atención: "Las 20 canciones más escuchadas en España en 2020" y pinché el enlace por supuesto que convencido de que no conocería ninguna de ellas porque no escucho la radio y esquivo cuidadosamente los programas "musicales" de televisión. Cada canción tenía un texto de unas diez líneas que la comentaba y el correspondiente vídeo, así que me dispuse a darle una vistazo a todas ellas, para tener una idea de cómo anda el asunto musical entre los jóvenes.

Supongo que no hace falta decirlo: de las diez canciones, nueve eran eso que llaman reguetón, interpretados por lo que deben ser figuras del autotune españoles e hispanoamericanos y la décima obra maestra era interpretada por una australiana en la que deposité mi esperanza de escuchar algo que mereciera la pena, no en vano los hermanos Gibb −los Bee Gees−  eran de allí, pero no era el caso; la australiana tampoco valía nada. Como oí decir el otro día a alguien, ¿te acuerdas de cuando se cantaba música y era tocada con instrumentos?

Ese nombre de reguetón −reggaetón para los más iletrados− me parece perfectamente elegido, pues a lo que se refiere no es reggae ni es nada y de eso va lo que ahora gusta: nada.

Hasta ahora yo consideraba el reguetón como un producto efímero y destinado a los que no saben ni lo que es la música. Lamentablemente está durando más que una simple broma y se ha impuesto casi en exclusiva en el gusto de los jóvenes, avanzando el nivel de los que mañana dirigirán el país, el mismo país que produjo toda esa música de la que hablaba al principio.


01 febrero 2021

No, estimado Javier Marías

Cada domingo y tras la ducha y el desayuno, me siento en el ordenador con impaciencia por leer el artículo que ese festivo publica en El País este escritor, porque es persona que me agrada en lo que escribe y hasta como persona en lo que sé de él, que tampoco es mucho, pero observo que es tranquilo, poco dado al insulto o la descalificación y, aparentemente, hasta buen hijo, virtudes todas ellas que escasean en este país más dado a la bronca y el insulto que al diálogo. Hasta ahora.

Ya le dediqué una entrada en este blog y lo he mencionado algunas veces, siempre para bien porque me agrada lo que cuenta y cómo lo cuenta, aunque últimamente ya me ha fastidiado varias veces no por dar opiniones diferentes a las mías, que eso no importa, sino por fallar en todo eso que considero su mejor virtud: su continencia. Ha habido siempre unos agujeros en ese comportamiento y es cuando se manifiesta como fumador activista o el aficionado al fútbol que es, lamentablemente ese espectáculo no ayuda a sus espectadores a estimular el equilibrio y la moderación y está claro que cuanto más se frecuenta más disminuyen las virtudes por las que lo admiro.

Hay un personaje al que también admiro pese a que es denostado por buena parte de los españoles. Me refiero a Salvador Illa, que ha demostrado saberse comportar a lo largo de un año en un puesto de la Administración que prometía ser tranquilo y plácido como un lago suizo y que para él se transformó poco después de su advenimiento en un infierno.

He oído decir a ese dechado de equilibrio y templanza que dirige el PP que el tal Illa es "el peor ministro de Sanidad de todo el planeta". Yo quisiera saber cuándo ese pobre extraviado ha examinado la trayectoria de los ministros de sanidad de países como Azerbaiyán, Paraguay o Lituania −por poner unos ejemplos− para permitirse tal afirmación. Yo no poseo datos para decir que Salvador Illa ha sido el mejor ministro del mundo, pero sí le he visto afrontar una situación muy difícil con escasez de medios −los muy reducidos que dejó un tal Rajoy− y siempre sin atacar o devolver los dardos que recibía. No sé si es un ministro maravilloso, aunque con seguridad no tan infame como afirma el ilustre Pablo Casado, creo que en general la llegada de la pandemia ha sorprendido a todos sin la preparación ni los medios precisos y pienso que Illa se ha comportado decentemente y no ha abundado en aspavientos.

He visto afirmar maravillas sobre la marcha de la pandemia en Francia, Bélgica, Portugal, Alemania, etc. (no hablo de la catástrofe de los EE.UU. de Trump, del Brasil de Bolsonaro o el RU de Boris Johnson). Tarde o temprano todos aquellos países han ido sucumbiendo a la adversidad del virus y sufrido tanto o más que España. Hay una excepción: Nueva Zelanda ha sufrido una muy baja incidencia del covid-19 gracias a que está apartada del resto del mundo y apenas recibe turistas desde su vecina Australia, también con pocos casos de virus por la misma razón. Aquí a la derecha se le llenaba la boca de elogios a la primera ministra neozelandesa por lo bien que llevaba la pandemia, pero de repente cesaron esos elogios y el silencio cubrió su nombre y su país. La razón es bien sencilla, esa primera ministra Jacinda Ardern había cometido la osadía de declarar que el líder que más respetaba y admiraba en el mundo era Pedro Sánchez, seguido de la primera ministra de Dinamarca Mette Frederiksen. Se acabó Nueva Zelanda y la roja de su dirigente, ¡habrase visto!

Hoy, Javier Marías ha caído en la misma estupidez que el ilustre guía del PP: ha mezclado para descalificarlos al presidente del gobierno, Ayuso, Almeida, Iglesias y alguno más. Al tiempo ha calificado a Illa de desastre, que no organiza ni gestiona. Ojalá pudiera preguntarle al ilustrísimo Marías qué es lo que sabe acerca de la gestión real de Illa aparte de lo que dicen los medios casi siempre formando coro con la derecha. Tengo que admitir que no tengo evidencias de la buena o mala gestión de Illa, en la duda debo confiar, ¿por qué lo voy a insultar como él hace? La prensa solo hablará bien de un presunto socialista: Felipe González Márquez, justamente porque no lo es. ¿Le gusta ese, señor Marías?

22 enero 2021

El civismo (y su carencia)

En una época de búsqueda de la eficiencia como la que vivimos es inevitable preguntarme ¿qué gano escribiendo sobre esto y lo otro? Seguramente a usted también le intriga y yo le voy a responder: no gano nada. Nada de nada. Quizás dejar un rastro recuperable para que yo mismo pueda, con el paso de los años, comprobar qué me preocupaba e inquietaba antaño.

Estoy leyendo estos días por segunda vez un libro escrito por el académico Fernando Lázaro Carreter −fallecido hace ya dieciséis años− en el que se recopilan artículos escritos por él en la prensa hace lustros. Fue un libro de mucho éxito en su momento −lo compré y leí en 1998− y los artículos dieron incluso para editar una segunda parte que también poseo y leí en su día. Libros muy leídos y poco seguidos.

Teóricamente tratan sobre errores habituales en el habla en el último cuarto del siglo pasado, pero en realidad es mucho más que eso, pues como sostiene el autor −y muchas más personas entre las que me encuentro− el habla de los habitantes de un país refleja el modo de vida, su nivel de formación y hasta su civismo. Lamentablemente queda muy claro que de esto último queda muy poco, pero es que si el autor levantara la cabeza moriría de nuevo horrorizado porque no es que se hayan cumplidos sus previsiones más pesimistas sobre el lenguaje, es que ha sido mucho peor que todo lo que él pudo prever.

Señalaba fundamentalmente los errores publicados en la prensa o los disparates proferidos por los presentadores de televisión. Ahora andaría desquiciado si pretendiera seguir con ese señalamiento, porque la cantidad ha aumentado de tal manera que es imposible el recuento. Se dicen disparates o se escriben faltas de ortografía que avergonzarían a un párvulo medianamente pudoroso. Sin ir más lejos, ayer oí decir a un tertuliano de Al Rojo Vivo en la Sexta eso de "preveyendo", algo que se creía ya desterrado. Poco antes, el simpático corresponsal en Washington afirmaba que "se escuchaban tres helicópteros"; un prodigio.

El problema de fondo es que si hablar bien iba perdiendo atractivo para la mayoría, hoy intentar expresarse y escribir correctamente despierta el desprecio y hasta la ira de los que están al margen de este interés.
 
Estoy convencido de que el incivismo acompaña al desinterés por la lengua de todos y de ahí que los niveles alcanzados sean deplorables en ambos casos. Vivo en una casa de tan solo diez vecinos distribuidos en cinco plantas. La basura tiene que dejarse en tres cubos de tapas de colores diferentes que se encuentran en un pequeño recinto de la planta baja: amarillo (envases plásticos), tapa marrón (orgánica) y tapa naranja (restos). Simultáneamente todos hemos recibido un extenso folleto con instrucciones dadas por el ayuntamiento y un aviso en la pared recuerda que los envases de cartón y el cartón mismo, así como las botellas tienen que llevarse a sus respectivos contenedores en la vía pública; disponemos de tres a menos de cien metros en las distintas direcciones posibles desde casa.

Es inútil: cuando usted va a dejar su bolsa en el cubo amarillo, encuentra que está lleno con envases de cartón porque algún vecino se ha comprado un televisor o ha recibido un encargo de Amazon en los que frecuentemente se conserva la etiqueta con el nombre del destinatario (a veces la arranca y la deja por allí). ¿Qué se hace con esta gente, teniendo en cuenta que la tortura o el fusilamiento no están permitidos?

¿Hablamos del respeto a los demás a la hora de estacionar? Es un problema universal que seguro que afecta −aunque mínimamente− hasta a los habitantes de Islandia. Si hay una ocasión en que se manifiesten con más violencia los instintos primarios es a la hora de aparcar el coche. Ahí no hay respeto que valga y no se deja paso para que pueda pasar alguien con un carrito de la compra, no digamos con un cochecito de niño o silla de ruedas, pese a las vistosas señales de "prohibido aparcar" que no interesan ni al ayuntamiento que las colocó ni a la propia policía municipal.

¿Hablamos del ruido que producen algunos vecinos? Yo disfruto de unos patanes en el piso de arriba −es ático− con los que ni siquiera mantengo relaciones desde que en 2005 le pedí amistosamente que pusieran fieltros en las patas de las sillas (dada la pasión familiar por el arrastre de ellas); se negó, creo que consideraba los fieltros "una mariconada". No se hablan entre sí; solo se gritan, y no sienten pudor porque nosotros sepamos obligadamente de todas sus ocurrencias; es como vivir bajo una corrala, si eso fuera posible. Son incluso ocasionalmente originales: el mes de abril pasado tuve que pedirles por favor que su hija −19 o 20 añitos− se abstuviera de hablar por Skype desde poco después de las 12 hasta las 5 de cada madrugada en el dormitorio encima del mío; con la misma naturalidad y frescura que si estuviera a mediodía hablando con una amiga en la playa. Era como tenerla gritándome al oído mientras yo intentaba conciliar el sueño.

12 enero 2021

Hablemos de Trump y "lo suyo"

Creo que en estos momentos ya está casi todo dicho sobre Trump y su esencia, aunque un tipo que ha sido −es todavía− presidente de un país de más de 325 millones de habitantes, que durante casi todo el siglo XX fue la potencia mundial a la que ni siquiera se aspiraba a alcanzar, tiene por descontado una repercusión en el resto del planeta de la que costará desprenderse.

Para mí la maldad es doblemente eficaz si la acompañamos de ignorancia suprema y esa es la razón por la que el peligro que representa ese personaje es tan terrible. Posiblemente muchos pensarán que la consecuencia del trumpismo no ha sido más que el retransmitido asalto al Capitolio de los EE.UU., sin caer en la cuenta de que el asunto va mucho más allá.

De momento ha animado a destaparse a los que son como él, gente que andaba más o menos sumergida, pero que ahora sienten que su causa es seguida por muchos, casualmente los más cazurros, gente que no está acostumbrada a pensar (o que tiene intereses económicos poco confesables) y a los que además solo interesa su propio e inmediato interés, sin importarle un bledo la contaminación, el cambio climático, el exceso de CO2, la deforestación, etc. etc. En EE.UU. reciben el apelativo de redneck, pero no pensemos que es un fenómeno exclusivo de aquel país.  

Los partidarios de Trump son en su país una minoría muy numerosa y de ahí que hace cuatro años consiguiera ganar las elecciones. Son en general gente de determinadas áreas del país que no se caracterizan por su inteligencia o su preparación y que se han visto satisfechos cuando ese presidente que eligieron se dedicó a halagar sus más bajas pasiones, ¡su ídolo era el que tenía a su disposición el botón rojo que disparaba los misiles!

En España hay partidarios y defensores de Trump y,  más que eso, abundan los que siguen la misma línea ideológica o de conducta. Se ha podido leer en la prensa, sobre todo en «cierta prensa», a quienes salen en defensa del que todavía es presidente de aquel país a propósito de ese hecho desgraciado y vergonzoso de la toma del Capitolio, y es fácil distinguirlos porque son los que hasta hace solo dos o tres meses repetían una y otra vez que el gobierno actual de España era ilegítimo y su presidente un okupa. Inútil argumentarles que se ha seguido lo dispuesto en la Constitución, que no había nada fuera de la ley, era eso lo que le repetían sus líderes políticos y por lo tanto lo que debían repetir cada vez que fuera posible. Tenemos nuestros propios rednecks y en número excesivo imposibles de asimilar.

Son seres que confunden lo que no les gusta con lo que es ilegal sin más detenerse a pensar, y de ahí que sean capaces de mantenerse en sus posiciones aunque se les argumente con las leyes en la mano. Son esos a quienes entusiasman escenas bufonescas como la ilustración de más arriba o aquello de ¡se sienten, coño! Creen que eso sí que es tenerlos bien puestos.

Lo he escrito aquí varias veces y por si acaso no son lectores habituales de este blog lo voy a repetir una vez más: no me agrada el partido en el que se ha apoyado el PSOE para poder formar gobierno tras obtener más votos que ningún otro.  No coincido con sus objetivos, no me gustan sus postulados y no me gustan sus personajes; lamento que estén ahí y no me parecen fiables, pero lo cierto es que para gobernar no había otra opción y todos los partidos de cierto éxito electoral estaban dispuestos a impedir como fuera que el PSOE formara gobierno. Preferían que fuera algo así como la victoria de Ciudadanos en las elecciones catalanas: obtuvo más votos que cualquier otro, pero no podía y no pudo formar gobierno.

Por cierto: estoy encantado de no haber mencionado a ese partido de nombre latino ni al otro cuyo nombre hace referencia a estar juntos. Ni a sus líderes.

29 diciembre 2020

Cómo dejar de votar socialista

Voy a escribir algo que quizás me dejará enfrentado a todo el que me lea, porque resulta que fastidio a unos y otros y lo peor es que también quedo bastante irritado conmigo mismo. Mejor será empezar por el principio. Lo que sí quiero dejar claro es que no se trata de un manual para hacerse de derechas, ni mucho menos. La derecha puede ser cerril o quizás no, pero siempre puede contar con mi rechazo.

Cuando murió el dictador −en la cama como todos saben− yo todavía no peinaba canas e incluso me faltaba bastante tiempo para ello, pero ya había estado siguiendo las aventuras de un tal Felipe González que aparecía en revistas políticas de entonces como Tiempo, Cambio16 o Cuadernos para el Diálogo. Siempre con su chaqueta de pana o con una cazadora, aparecía sin ser mencionado como secretario general del Psoe (r), sino como integrante de lo que por lo bajini se denominaba oposición al régimen. Incluso era llamado a veces Isidoro, que era su nombre de guerra en la clandestinidad. De clandestinidad poca, ya que para entonces el régimen había aflojado las riendas y permitía cierta relajación y porque quienes movían los hilos miraban a un lado y veían al dictador en estado premoribundo y al otro lado presentían que estaban los que iban a mandar en un futuro cercano y con quienes no convenía indisponerse por aquello del vaya usted a saber.

Le solían acompañar −solo en las fotos− los que se vislumbraban personajes del futuro político como José María Gil Robles y Joaquín Ruiz Giménez, Ramón Tamames, Enrique Tierno Galván y otros de cuyos nombres no consigo acordarme porque políticamente fueron flor de un día (o dos). Santiago Carrillo, el más importante de todos, no se mencionaba mucho porque era nada menos que comunista y esa palabra producía todavía en los españoles olor a azufre.  

Para que no faltara de nada teníamos hasta dos psoes diferentes: el Psoe-h (histórico) dirigido por Rodolfo Llopis y el Psoe-r (renovado) que tenía como líder al tal Felipe, sospecho que ninguno de los dos con una presencia real en el escenario político ni con una militancia que fuera más allá del grupo de amiguetes, porque el único partido con existencia real era el PCE. Afortunadamente y tras duras negociaciones aquellas dos versiones se unieron en una y ahí quedó de jefe Felipe. El PSP de Tierno Galván tuvo una vida efímera y pereció ahogado por las deudas.

En las primeras elecciones de 1977 me tocó formar parte de una mesa y asistí por lo tanto a una experiencia que hasta entonces nos parecía propia de la pura fantasía. Incluso me leí lo dispuesto por la ley electoral y expulsé a dos policías −que alucinaban− de la sala de votación porque portaban armas, impedí que un marido impertinente entrara en la cabina de voto junto con su esposa y al terminar todo quemamos los votos en el patio del colegio como entonces disponía le ley electoral. En elecciones posteriores actué dos veces como apoderado por el PSOE.

Lo cierto es que elección tras elección he ido votando al PSOE salvo en dos o tres ocasiones en que cabreado con el partido por lo que yo consideraba comportamiento político  inadecuado, di mi voto a Izquierda Unida o algún otro partido de izquierdas de esos que ya desaparecieron. Me di cuenta ya entonces de que Felipe González no era y nunca había sido socialista, tan solo antifranquista y sobre todo felipista. Muchos achacan la falta de seriedad de Felipe González a su origen andaluz. No tanto, ¿es que no saben que su padre, de quien heredó maneras, era santanderino?

He mantenido una relación difícil con el socialismo, aunque −quede claro− si no me abstengo, algo que de momento rechazo, mi voto irá para la izquierda. Y es precisamente esa izquierda la que me produce acidez estomacal día tras día, esa otra "izquierda" que ahora recibe el nombre de Podemos. Son los sans culottes actuales, y más falsos, desideologizados y vulgares que ellos. Son quienes se propusieron tocar poder rápidamente y lo consiguieron mediante artimañas.

Me costó entender la coalición con los de Pablo Iglesias, aunque yo mismo me repetí una y otra vez que tras resultar el PSOE el partido más votado en las elecciones aunque sin mayoría, Pedro Sánchez, visto el bloqueo a que era sometido por todos, sin olvidar la "espantá" de Rivera, solo tenía dos opciones: la coalición con Pablo Iglesias (y esposa) o llamar a Pablo Casado y cederle los trastos de mandar. Y se acabaría el PSOE para siempre. Entiendo el agobio de Pedro Sánchez, aunque me agradaría verle con ojeras por no poder dormir.

Si me preguntaran qué partido y comportamiento detesto más, me costaría decidir si es el PP, Vox o Podemos. Los de este último simbolizan lo que más aborrezco: arribismo, oportunismo, deslealtad hacia su país, feminismo radical, nepotismo y aspecto personal poco presentable o higiénico. Estoy en contra de la práctica totalidad de las leyes que proponen y hacen que se tambalee mi lealtad al socialismo. No sé en qué quedará este aborrecimiento, porque desde luego no caminaré de la mano de Podemos.

14 diciembre 2020

Templanza, concordia y opiniones políticas

Antes de que falleciera el dictador, acompañé a unos familiares a visitar a unos amigos de ellos que residían en una ciudad cercana. Yo era entonces un jovencito con algunas ideas políticas, algunos sentimientos políticos y escasa prudencia en lo referente a ese asunto.

En casa de estos señores merendamos un café con pastas y no sé cómo llegamos a un punto que me hizo exclamar −inocente de mí− ¡pero es que en España no tenemos democracia! Nunca hubiera dicho tal cosa, porque el dueño de la casa −para mí un anciano y ahora que lo pienso debería tener poco más de 60 años− se levantó muy agitado al tiempo que sufría un temblor enorme en todo su cuerpo, desde su escasa cabellera hasta sus piernas y me gritó: ¡Ni falta que nos hace!, ¡si Franco me pide que me baje los pantalones lo hago donde él me diga! Pura elegancia.

Me quedé aterrorizado y temblón del susto, porque aquel hombre parecía que iba a ser víctima de un ataque epiléptico, un infarto o cualquier otra lindeza; también porque ya preveía la que me iba a caer encima más tarde de parte de mis familiares −fachas sin remedio− al salir de allí o llegar a casa. Lo intentaron, pero cometieron el error de contarme que el de la bajada de pantalones era el que tenía la contrata de la confección de los uniformes de la Guardia Civil en la zona. Entonces lo entendí mucho mejor.

Nacemos casi-casi condicionados para ser una u otra cosa, quizás por conveniencia económica, puede que por influencia de nuestro entorno (familia, educación, amigos), bien como reacción de signo contrario a todos esos factores. Sea como sea, lo que nos debería preocupar es usar la razón y no hacer nunca de nuestra postura política un motivo de enfrentamiento serio o de forofismo como lo somos con el fútbol.

En general los españoles somos escasamente proclives a admitir los errores de los de nuestro bando y disfrutamos de una visión que envidiaría Superman para detectar los errores de los contrarios. Acabo de leer en el periódico a unos que piden que el Tribunal Supremo juzgue al gobierno actual por los errores cometidos durante la pandemia. Ya lo sé, tiene que haber de todo... Por supuesto, no son más que sueños húmedos de algunos que desearían quitarse a este gobierno de encima y subir a los altares a Casado o Abascal... para que lo hicieran probablemente peor y, dada la experiencia que tenemos, además sisaran. 

Olvidamos que nadie va a gobernar exactamente como nos gustaría, entre otras cosas porque un gobierno es la suma de voluntades dispares y la realidad circundante es la suma de millones de voluntades dispares y muchas veces también disparatadas. Esa es la causa de que, por ejemplo, no paremos de oír a pertenecientes a un gremio (actores, hosteleros, toreros, peluqueros, etc.) afirmar que han sido olvidados y frecuentemente son los mismos que reclaman una bajada de impuestos. ¿Han oído hablar del milagro de la multiplicación de los panes y peces?: pues bien, en el mejor de los casos fue un milagro que nadie puede repetir −en el peor un cuento− y lo más parecido es ese Fondo de Recuperación prometido por la UE que ahora amenaza con no llegar o tardar muchos meses o años, ¿esos que reclaman subvenciones están dispuestos a esperar tanto?  

Generalmente se habla con reverencia de lo bien que ha llevado el gobierno de Nueva Zelanda lo del covid-19, con apenas contagiados entre ellos. Supongo que el hecho de que según la OMT ese país haya recibido casi dos millones de turistas en 2019 (la mayoría australianos) y España más de 81 millones (la mayoría europeos), no tiene ninguna importancia ni varía la apreciación. Lo más desquiciante es que la presidenta de Nueva Zelanda ha declarado que considera a Pedro Sánchez y a la primera ministra de Dinamarca −por este orden− los mejores líderes mundiales, con lo que ha cortado en seco las alabanzas hacia ella desde la derecha. Lo que importa a algunos es sobrevalorar lo ajeno y menospreciar lo propio, sobre todo porque este gobierno es social-comunista-bildu-etarra-bolivariano-masónico, afirman.

El gobierno trata de paliar tantas dificultades y en el camino quedan errores lamentables, a veces inevitables, a veces imputables al hecho singular −en España− de que se trata de un gobierno de coalición en el que los "coaligados" son unos tuercebotas. Creo que yo sufro con esos −a mi juicio− errores más que quien desde el primer minuto se puso en contra y decidió que Pedro Sánchez era su enemigo personal, alguien pagado por la masonería internacional.

¿Alguien cree que me deja indiferente el que la esposa o compañera del vicepresidente segundo sea ministra porque sí?, ¿que incluso algún alto funcionario fuera a dar la bienvenida al barco Aquarius y ahora no sepan qué hacer con la invasión de pateras?, ¿alguien imagina que me parece normal que quien acompañe al rey en su viaje a Bolivia parezca un vagabundo con moño?, ¿que la portavoz del gobierno tenga un habla que Marujita Díaz consideraría vulgar?, ¿que Pablo Iglesias haga constantemente propuestas que van en contra del sentir de la mayoría?, ¿que se haga una nueva ley de Educación, probablemente correcta, pero muerta desde su inicio porque no ha sido consensuada con nadie?, ¿que la ministra de Transición Ecológica afirme irreflexivamente que los vehículos diésel tienen los días contados, tirando abajo el mercado de ese tipo de vehículo?, etc. etc.

Más templanza y un poco de seriedad. Del gobierno y de todos.

30 noviembre 2020

Veraneo con descubrimiento

Reconozco que no soy muy original: desde hace muchos años cuando llega el verano alquilo un apartamento en una población playera, en el que paso un mes entero de veraneo con tan solo la nota negativa del ruido −con frecuencia insoportable− de los vecinos de arriba, pero es que ya saben que una característica fundamental de buena parte de los españoles es comportarse como patanes sin la menor consideración hacia quienes les rodean.

Este apartamento es un lugar agradable hasta cierto punto, teniendo en cuenta que esos ochenta y tantos millones de visitantes que nos llegan (llegaban), más los viajeros nacionales, ponen perdidas las costas y poblaciones que hasta hace 50 años eran bonitas y tranquilas. Dicen las malas lenguas que somos un país de camareros, pero eso no sería posible si en España cada vez que surge eso que llaman emprendedor no se aplicara de inmediato a instalar un chiringuito, un bar, un restaurante... en definitiva esos establecimientos que precisan de camareros, lo que propicia que tantos nacionales se dediquen a ello. Requiere esfuerzo, pero no hay que estudiar ni pensar mucho para ejercer esa profesión. Por eso y pese a que no le deseo mal a casi nadie, me alegro infinito de la catástrofe de este año por causa del covid-19, a ver si tanta gente que se ha quedado sin trabajo agudiza su ingenio y se busca la vida de una manera menos acomodaticia y más creativa.

No sé si se han fijado que en las películas americanas cada vez que alguien se queda sin trabajo termina trabajando como camarera si es mujer y como taxista si es hombre. En España lo de taxista no vale porque ya se preocupan los profesionales de que no sea fácil dedicarse a eso, así que aquí ambos sexos van de cabeza a la hostelería. Ya saben ese chiste en que están juntos un ingeniero inglés, un ingeniero francés, un ingeniero alemán y otro ingeniero español, y va el español y les dice: ¿qué desean los señores? (admito que es un chiste totalmente retro, ahora todo el mundo tutea).

Decía que cada verano alquilaba un apartamento en el que pasar los calores durante un mes, pero este año ha sido diferente. No me apetecía el apartamento y la convivencia obligada en las zonas comunes con tantos, ahora que la situación es al menos amenazante −más de lo que muchos se imaginan−, de manera que me busqué unos de esos hoteles casi todo incluido con piscina y playa «a pie» de habitación, que dirían los eruditos.

Desayunar y cenar en el comedor del hotel me hizo descubrir cómo los "papis y mamis" actuales están preparando a los imbéciles de mañana. Por lo pronto dejando que los llamen "papis y mamis" (¿dónde quedó lo de papá y mamá?) y después a cada niño pequeño le ponían delante de su plato de comida un móvil −a veces una tableta− en posición tal que permitiese ver la pantalla horizontal en la que normalmente se reproducían dibujos animados (ganaba por goleada Bob Esponja): todo es poco para satisfacer al rey de la casa.

Me llenó de estupor la irresponsabilidad de esos papis y mamis que no se daban cuenta de que estaban iniciando la preparación de su hijito como un futuro zoquete de esos que padecen adicción grave al móvil y que pueden sufrir severas alteraciones de comportamiento si les separan de sus smartphones.

Realmente hablar por hablar, ¿quién tiene hoy en día interés en que su hijo no sea un cretino? Lo que todo el mundo busca para su descendencia es que no sean eso que modernamente se llaman losers (perdedores, en cristiano); quieren triunfadores, no importa cuántos cuellos haya que pisar ni la carencias de educación en modales y cultura de ese hijo. Así entre todos lograremos una humanidad aún más despreciable y sin fisuras. Como debe ser.

P.S.: en 2022 cambié de hotel a otro contiguo, en el que no se permiten niños. ¡Qué tranquilidad!

17 noviembre 2020

¿Inmigrantes o invasores?

En cuanto a la inmigración masiva descontrolada se puede decir que la población está dividida en tres grupos: los que están a favor, los que están en contra y los que son indiferentes y pasan del asunto; son quienes en las playas canarias se apresuran a darle comida y ayuda a los inmigrantes que desembarcan mientras otras se están bañando en bikini.

Ha habido varias encuestas y el resultado, aunque cambiando las cifras, es siempre el mismo. Los menos numerosos son los que están a favor, los más numerosos los pasotas y los medio abundantes  −y más cabreados− los que están en contra. No voy a disimular, yo estoy entre estos últimos.

Evidentemente los pasotas no tienen razones para justificar su postura. Los que están a favor creen tener argumentos, pero no son capaces de afrontar una discusión razonada. Los que están en contra son los que tienen que discutir lo que parece básico: no se puede consentir la llegada masiva y descontrolada de inmigrantes que se comportan como si fueran turistas de vacaciones con visado de entrada al país. La foto de más arriba se corresponde a la llegada de una patera con argelinos que al llegar a la playa de Ibiza le preguntan con todo desparpajo a la Guardia Civil que acude a la patera por dónde se va al Hotel La Noria y se ponen a hacerse selfies. Observen que no son desheredados, llevan pulseras y anillos de oro. Según la prensa, ha habido alguno que ha llegado a pedir que le sirvan un whisky en ese momento. Ni siquiera nos respetan, está claro.

Hoy mismo, las noticias informan de que en lo que va de mes han llegado a Canarias 8.000 inmigrantes, espero que nadie se atreva a llamarlos "refugiados" porque no lo son. Proceden mayoritariamente del Magreb y también de Mauritania y países del África negra más al sur. Nadie parece darse cuenta del desastre que supone esa invasión: los que llegan traen enfermedades, habrá terroristas entre ellos −son casi todos musulmanes− y huyen de problemas y violencias que frecuentemente arrastran consigo, ¿es eso lo que queremos?

Se argumenta en ocasiones que según la propia Unión Europea, España va a necesitar anualmente del orden de 270.000 inmigrantes para suplir la escasa natalidad propia. Pero ¿queremos rellenar el país con personas de otra raza, de otra religión, de cultura tan diferente?, ¿les gustaría ir a Palencia y que sus habitantes fueran africanos? Y sobre todo, es cierto que Alemania deja entrar numerosos inmigrantes en su país, pero normalmente hay una selección previa −allí el paro es muy inferior−, hasta el punto de que si necesitan fresadores y torneros son esas profesiones las que tendrán preferencia y, en cualquier caso, no aceptarán personas que no sirvan para nada.

España no hace selección, se limita a aceptar lo que llega y en un mes como este con 8.000 llegadas solo a Canarias, ha devuelto a su origen un avión con nada menos que 22. Diga lo que diga Manuela Carmena, acogemos a lo peorcito y solo podrán valer para manteros, albañiles −quitando el puesto a españoles y tirando salarios− y pedigüeños en la puerta de los supermercados. También pueden dedicarse a asaltar ciudadanos o establecimientos, ¿o creemos que se van a resignar a pasar hambre? Antes teníamos el consuelo de que al no encontrar salida se marchaban hacia Europa y allí se apañaban, pero ahora Francia nos devuelve puntualmente a todos los que encuentra que han entrado a través de España. Y nosotros tenemos que aceptarlos como si fueran naturales de Cuenca.

En Baleares y Canarias no tienen dónde colocar a tanto invasor y como solución provisional los alojan en hoteles en los que usted pagaría más de 1.200 euros por alojarse una semana y lo peor es que la prensa extranjera está publicando en portada esto, con la correspondiente pérdida de atractivo turístico y anulación de reservas de visitantes de los que pagan. ¿Estamos locos? No lo están los hoteleros locales que al ver la repercusión internacional están protestando.
 
¿Cómo no van a venir inmigrantes si nos desvivimos por complacerles y cubrir sus necesidades mientras tantos españoles pasan hambre? Hasta la prensa de sus países de origen se burla de nosotros. Todos los españoles saben de la invasión musulmana del año 711 e imaginan aquello más o menos como el desembarco de Normandía. Pues no, según los estudios debieron ser menos de 10.000. Estamos de acuerdo en que aquello fue una invasión, ¿cómo llamamos a esto de ahora? 
 
Y a aquellos tardamos casi 8 siglos en echarlos...

**Según la RAE,
invadir:
Del lat. invadĕre.
1. tr. Irrumpir, entrar por la fuerza

09 noviembre 2020

Tuteo por imposición: ¿otra pandemia?

Efectivamente, es una pandemia, aunque en esta ocasión no produzca muertes, ni conciencia propia de padecerla y no hay ni habrá vacuna que inmunice. Empezó como a veces empiezan los chaparrones: un goterón aquí, otro más allá... para encontrarnos finalmente con una inundación de la que no nos salva ni un milagro. Hablo del tuteo, una funesta costumbre que se ha impuesto gracias a la falta de autoestima de la mayoría de mis compatriotas, porque en contra de lo que argumentan los encargados de marketing, el tuteo no refleja un acercamiento al cliente, sino la eliminación del respeto debido al prójimo y la consideración de ese cliente como un grano de arena de ese inmenso arenal anónimo que en la actualidad somos los seres humanos. Somos simplemente una ocurrencia más de esa multitud llamada vagamente clientela.

Casi nadie se ha dado cuenta de que según se va implantando el tuteo generalizado se van cortando o enrareciendo las vías a través de las cuales un cliente puede entrar en contacto con ese monstruo al que le compramos un servicio o un producto. ¿Ejemplos? Pues ahí tiene Amazon, cualquier operadora telefónica, los bancos, etc. A veces existe un cauce residual por el que comunicarnos telefónicamente (por escrito les horroriza), pero las locuciones automáticas van tamizando llamantes hasta dejar finalmente solo unos pocos afortunados que podrán hablar con... un gestor sudamericano que generalmente no sabe de qué va el asunto −en muchas ocasiones ubicado en un lugar remoto de Bolivia− y se limita a torearnos, que para eso le pagan. Lo que la empresa busca es interponer peones que hagan de rompeolas donde se estrellan nuestras justas reclamaciones o nuestras consultas, para ella impertinentes e inoportunas. Si consigue superar tanto obstáculo, no se preocupe, ya le harán ver que ha perdido el tiempo inútilmente.

Si esto lo leyera algún joven −que ya me extrañaría− pensaría además que padezco delirios y que la actual forma de dirigirse a otro es la que ha existido desde siempre y que lo que cuento no es más que la expresión de una locura no tratada o la lectura excesiva de libros de caballería. Pues no. Y además tengo pruebas.

¿Han oído hablar de aquellos remotos −no tanto− payasos de la tele? Gabi, Fofó, Miliki y no sé cuál más. En sus programas aparecían ante un graderío lleno de niños y al empezar le preguntaban a todos eso de ¿Cómo están ustedes? a lo que los niños debían responder y respondían con un general ¡¡Bieeeen!!

¿No notan algo extraño en el diálogo? Pues efectivamente, los payasos trataban de usted a unos niños que pocas veces superaban los diez años, ¿no es asombroso? Pues ya si les cuento que con esa misma edad a mí los profesores del colegio me llamaban de usted, seguramente llegarán a la conclusión de que todos somos unos dinosaurios y que carecíamos y carecemos de la más mínima modernidad. Lo verdaderamente moderno es lo contrario, el tuteo a todo el que se ponga en nuestro camino, da igual que tenga 10 o 90 años, que sea el papa de Roma, el notario que nos hace la escritura del piso o el mismísimo ministro de Asuntos Exteriores. ¿Qué puede compararse a la satisfacción de tutear y despreciar al profesor en el colegio?

Dice el diccionario de la RAE para el verbo tutear: 1. tr. Dirigirse a alguien empleando el pronombre de segunda persona para el trato de confianza o familiaridad. (el subrayado es mío). ¿A que es sorprendente?, ¿tiene trato de confianza o familiaridad conmigo el operador de Vodafone, el empleado del híper, el del banco? Ni hablar; entonces, ¿por qué me tutean? Solo cabe una respuesta: porque carecen de educación y desconocen lo que deben ser los modales de relación. Además, es inútil tratar de usted al tuteador, porque él no se dará por aludido y continuará tuteándonos como si nada, su carencia de formación le impide percibir lo evidente. Como el caso de esa periodista de Tele5 que entrevistaba al rey Felipe VI y lo tuteó con todo desparpajo, confundiendo seguramente respeto con temor o democracia con desfachatez. Está bien que ella no temiera al rey o se considerara su igual, pero ¿tutearlo?
 
Estos mismo tuteadores si tienen que comparecer ante un tribunal de justicia tengo la seguridad de que tratarían al juez de señoría sin ningún problema, porque consideran a los procedimientos de la justicia algo arcaico y porque además saben que si se atreven a tutear al juez les cae encima un proceso por desacato del que no saldrían bien librados. Nada como el palo para que aprendan modales esos modernos. 

Hablar por hablar; sé que es batalla perdida y ya casi todas las empresas tutean a sus clientes y hay que enfrentarse para que no sea así; no sé si merece la pena.

12 octubre 2020

Actualízameeee

Trataba en una entrada reciente anterior sobre el timo de las baterías recargables −sobre todo de móviles y portátiles− y me parecería poco serio dejar de lado otro timo habitual a los poseedores y usuarios de móviles.

Raro es el día que cuando por la mañana va a echar un vistazo a su dispositivo favorito no se encuentra con la petición de actualización de alguna app, algunas veces apremiándole para que la lleve a cabo. Puede que lo encuentre natural y justificado, pero no hay nada de eso, es simplemente algo muy parecido a la extorsión o el abuso. ¿Es posible que no se den cuenta o no les importe?

Soy consciente de que estoy refiriéndome más a mi caso que al de la mayoría de los usuarios, estos suelen tener establecido en su móvil que las app se actualicen automáticamente cada vez que la empresa propietaria lo requiera y no controlan voluntariamente esos procesos. Simplemente se dejan hacer.

Supuestamente, las actualizaciones de aplicaciones pueden obedecer a dos diferentes razones: las mejoras o ampliación en sus prestaciones o la corrección de un error detectado. ¿Han notado en cada actualización −en muchos casos son semanales− alguna mejora? Yo no he notado nada nunca, si acaso un cambio en la interfaz para justificar alguna vez las molestias. ¿Funcionaban dando algún error esas app, error que se ha corregido? Ni hablar, es difícil que esas aplicaciones tan sencillas tengan errores y desde luego no se arreglan tras la actualización, porque no existe tal actualización. Entonces, ¿para qué tantas actualizaciones? Pues por supuesto no lo puedo afirmar con rotundidad y no poseo pruebas, pero tengo fundadas sospechas de que simplemente se trata de tenernos atentos a la aplicación y que no la dejemos ahí sin acordarnos de ellas una vez descargadas. También cumplen así con el compromiso adquirido con los fabricantes de contribuir a llenar el almacenamiento del móvil, obligando a su propietario a adquirir otro nuevo con más almacenamiento. Algo sé de lo que hablo.

En los inicios de todo esto de los smartphones y las tabletas, un amigo me comentó varias veces totalmente asombrado que le maravillaba que pusiesen a disposición de los usuarios tantas aplicaciones gratuitas. Pobre hombre, no existe tal gratuidad porque las empresas propietarias obtienen a cambio diferentes pagos. Siempre publicidad; en el caso de los bancos, consiguen descargar de trabajo otros medios de comunicación con el cliente y hacerle ofertas económicas apropiadas a sus medios o situación social, en otros se apoderan de nuestros datos personales nos guste o no, ante la indiferencia y pasividad de la mayoría de los usuarios que lo permiten.

Seamos sinceros: todo el mundo pone el grito en el cielo si considera que se ha violado su privacidad −una privacidad que es cualquier cosa menos virgen− si el Estado utiliza ciertos datos que no requieren identificar al usuario, para estadísticas fiscales o con propósitos sanitarios. Sin embargo, aceptan sin titubear cualquier petición de una app que acaban de instalar para acceder a los contactos, ubicación, las fotos o documentos inicialmente privados. ¿Privacidad?: no me hagan reír.

Mil veces que lo pienso, mil veces que no lo entiendo. ¿Cómo puede ser que los españoles, casi en su totalidad, hayan entregado sin recelo su intimidad a mil empresas a la que solo interesa elaborarles un perfil comercial para enviarles publicidad personalizada y usar sus datos personales para aquello mediante lo que puedan sacar algún beneficio. Para esas empresas no somos ciudadanos, solo especímenes a los que se les puede sacar provecho.

Hablando de provecho: hoy leo en portada del diario El País que «El 67% de las apps para niños de entre tres y cuatro años venden sus datos a terceros». A la vista de esta indecencia, producen risa los escrúpulos de quienes no quieren que el Estado use sus datos anónimamente para estudios estadísticos. Qué fineza. 

Sin duda existe una dejación en el Estado que tiene la obligación de protegernos de abusos de terceros ante los que nos encontramos indefensos −física o intelectualmente− y dejación también de los usuarios que aceptan mansamente, como simples ovejas, lo que quieran hacer con ellos. El otro día leía en la prensa a alguien que afirmaba que el smartphone es el mejor invento desde la rueda, ¿no es maravilloso? Sumisión asegurada.

Este asunto es algo parecido a cuando usamos mata cucarachas para acabar con esos desagradables bichos. ¿Por qué no usamos insecticida normal, del de los mosquitos? Pues porque usamos insecticida personalizado. Esa es la personalización de la que hablan ahora las empresas.

25 septiembre 2020

Pereza mental y comicidad

Desde que puedo recordar me ha interesado el idioma y como es natural su gramática, pero fue en los años 90 cuando le presté más atención y cuando la curiosidad hizo que me fijara más en las reglas y en los errores. Absurdamente soy yo, un profano, quien se afana en defensa ocasional de la lengua española y el señalamiento del abandono general y progresivo del interés por hablar y escribir correctamente. Temo que hay ya quien me rehúye por pesado, pero esto es lo que hay, tengo que admitir que no me interesan Messi, ni Cristiano Ronaldo, ni La Casa de Papel y como lo del virus ya está muy visto, ¿de qué voy a hablar?

Creo que ya he tratado de este asunto en otra entrada, así que alguien podría tacharme de pesado. Nunca lo seré tanto como quienes se empeñan una y otra vez en el mismo error: parecen no conocer otros adjetivos que importante y complicado. Así califican lo mismo a una pandemia, que a un chaparrón, que a un conflicto político o una película... lo que sea. Desaparecieron por lo tanto grave, extenso, tremendo, intenso, apabullante, copiosa, conflictivo y tantos otros adjetivos que nuestro idioma tiene por cientos o, quizás, miles. La pobreza de léxico manifiesta la pobreza mental y el desapego respecto del propio idioma, el español, y despierta más interés la noticia de una trifulca entre Iker Casillas y Sara Carbonero que el abandonado uso del verbo "oír". Tantos siglos de construcción para llegar a esto: la gente quiere más a su smartphone que a la lengua en que se expresa.

También  puede que me haya quejado anteriormente de algo que ya doy por perdido, como perdidas están casi todas las batallas libradas en defensa de nuestra lengua. Lo más llamativo es que nadie parece recordar cómo hablábamos no hace tantos años, quizás veinte o treinta, y resulta que hoy día, cuando la comunicación es lo que más ha evolucionado, el idioma no evoluciona como algunos afirman, simplemente se deforma y empobrece. Me refiero ahora a la eliminación del artículo −a la manera del inglés, claro− en lo que los expertos llaman «expresiones partitivas» y para mayor claridad bastarán unos ejemplos: "el resto de (los) españoles", "la mayoría de (la) gente", "el 16% de (los) participantes", "la mitad de (los) clientes", esos artículos obligados desaparecen en la práctica diaria, orgullosamente encabezados en el error por los presentadores de televisión.

Existían desde siempre las expresiones "a pie de obra" y "al pie del cañón" que son parecidas aunque no tienen nada que ver una con otra. La escasez de vocabulario y las prisas en el habla de los mismos que pierden horas con el whatsapp o twitter hace que en la actualidad todo se encuentre "a pie" de algo. He oído decir en la televisión "a pie de arcén", "a pie de playa", "a pie de pozo", "a pie de estadio" o lo que se les venga a la cabeza, para ahorrar el esfuerzo de pensar en la preposición o locución adecuada. Por lo pronto, yo diría que para estar "a pie" de algo habría que estar a un nivel físico igual o inferior, ¿cómo vamos a estar "a pie de pozo? Por supuesto, son expresiones no admitidas por la RAE, pero eso, ¿a quién le importa?

La gente no tiene ganas de perder su valioso tiempo en decir cosas como "se ha extendido rápidamente", "todo el mundo habla de ello", "es un tema que está en la calle", etc., ahora se ahorra muchísimo tiempo diciendo que tal cosa arrasa, se ha viralizado o −lo más− que es trending topic. Una sección de El País llamada Huffington Post (últimamente HuffPost) ha sido un ejemplo en la difusión de estos términos. Precisamente esa chabacana sección calificada por muchos de click bait, que trata de conseguir que la leamos con falsos señuelos, porque en eso les va su existencia.

Estoy seguro de que son pocos los periodistas que han hecho y aprobado la ESO, pero son entusiastas en eso de inventar −o destrozar− el idioma. Hoy mismo he leído en El Mundo la palabra "reportajeado" y no hay manera de que los periodistas se enteren de que las hembras de los animales se quedan preñadas y paren, nada de quedarse encintas o embarazadas y dar a luz, algo reservado inicialmente a las mujeres. Los tertulianos son otra de las especies propensas al disparate; a una tertuliana de la Sexta llamada Grazziela Almendral, que parece haber aprendido el español por correspondencia,  le he oído decir "espionar" (por espiar), otra ha soltado "tracear" (de trace, rastro), pero los disparates de esos supuestos expertos son tantos que no dispongo de espacio. ¿Alguien se acuerda de aquel antiguo programa llamado "La Clave"? Nada que ver con los actuales; aquellos tertulianos eran expertos en las materias, estos "cuñaos".

Podría escribirse un libro a base de los disparates gramaticales que sueltan los políticos. He oído decir a Calviño con frecuencia "en el largo/medio/corto plazo", cuando en español ha sido siempre "a largo/medio/corto plazo", pero resulta que aquello es pura traducción del inglés (in the long/medium/short term) que ella debe conocer y considerarlo más molón. Díaz-Ayuso dice "campar por sus anchas" (por "campar a sus anchas"), Maroto "en ciencia cierta" (por "a ciencia cierta"), Pedro Sánchez "cuarentenar", Mª Jesús Montero −la bien hablá− "a todas las luces" (por "a todas luces"), etc. etc. Parece que se hubieran criado en Estonia sin contacto regular con el español.

Para terminar, ¿alguien ha echado de menos el adjetivo "honrado" en los últimos años? Yo puedo decir la razón: ha desaparecido engullido por el otro adjetivo, "honesto"; ¿la razón?, pues resulta que en español la palabra honesto se refería inicialmente a asuntos de la entrepierna, después quedó como sinónimo de honrado y como da la casualidad de que en inglés solo existe honest, honesto es la palabra que ha triunfado y que ha conseguido la exclusiva en el español actual. Ya nadie es honrado, si acaso honesto, antes existía la frase "soy pobre, pero honrado" y ahora habría que decir "soy pobre, pero honesto", ¡qué horror!

Decía Felipe VI en su proclamación que observaría una conducta "honesta"; no dijo "honrada". ¿Usaría esa palabra por seguir la moda o por excluir −pensando en su padre− esos devaneos tan típicos de los Borbón en general y de su padre en particular?

10 septiembre 2020

La pandemia de la pandemia

A finales de 2019 me dio por decir a todos los que me conocían que el mundo iba a una situación que provocaría que para 2050 la vida posible sería algo a lo que ahora no llamaríamos vida y que para 2100 la humanidad habría desaparecido. No era que el espíritu de Nostradamus se hubiera alojado en mí, sino que la lectura acerca del ritmo de crecimiento de la población mundial, la evolución sin salida de la estructura social que conocemos, lo leído sobre el consumo de los recursos materiales y alimentos, la descongelación del permafrost con la liberación de virus desconocidos, la admisión en España/Europa de los sobrantes demográficos de África, etc. me había hecho pensar que esto así no podía continuar y, conociendo la naturaleza humana y su incapacidad para reaccionar pese a los avisos, llegué a la conclusión que describo más arriba.

Yo mismo me sorprendí cuando llegó el coronavirus, una vez que nos dimos cuenta de que el asunto no iba a ser cuestión de uno o dos meses; no esperaba una confirmación tan inmediata de lo que yo venía afirmando. Ahora que estamos pasando lo que unos llaman segunda ola y otros rebrotes aislados, se va perfilando la idea de que esto no acaba a corto plazo y que va a durar no ya meses, sino años. Porque habría que ir explicando a la gente que la vacuna va para largo, que no se la van a poner para estas navidades y que su eficacia dejará mucho que desear. No por mucho correr se va a conseguir una vacuna que nos libere del virus −de sus consecuencias− y no la recibiremos hasta bien entrado el año 2021, como muy pronto. El virus probablemente conviva con nosotros sine die.

Soy de los que piensan que la llegada del virus desde Wuhan no ha sido inocente y que, aunque sus efectos se les hayan ido de las manos a los chinos, había la clara intención de producir unos daños terribles en las economías occidentales de los que difícilmente conseguiremos recuperarnos. Lograron lo que querían y nuestros daños sanitarios y económicos son mucho mayores y persistentes de lo que ellos mismos padecieron y esperaban causar, ¿no resulta extraño? Ahora los chinos andan poniéndose medallas unos a otros para celebrar lo bien que han llevado lo del coronavirus. De traca.

Vistos los efectos del covid-19, no resulta chocante que haya otros virus en espera para rematar la faena, ahora que ha quedado claro que somos extremadamente vulnerables. No necesariamente tendrán que proceder de un laboratorio chino: por ejemplo, dicen que se calcula que existen entre millón y medio y dos millones de diferentes virus y apenas conocemos unos cinco mil. Buena parte pueden llegarnos desde el permafrost, ya que al tratarse de algo que estaba congelado desde hace miles de años −con posibles virus en su interior−, no sabemos nada sobre ellos ni tenemos defensas naturales o sintetizadas.

Hay algo que en todo caso nos ha dañado incluso a los que hasta el momento hemos conseguido librarnos de contraer la enfermedad y que supone una auténtica pandemia dentro de la pandemia: hace meses que los telediarios y los programas de debate no hablan de otra cosa que del covid-19. Ahí están dándole vueltas a lo poco que sabemos, y hemos podido ver mil veces las escenas de extracción de sangre pinchando un dedo o la introducción del palito con el algodón en la punta hasta el mismo cerebro para la prueba PCR o la paquistaní actuando como cobaya humana a la que se inyecta una prueba de alguna vacuna. Tampoco hay manera de librarnos del relato del número de contagiados o fallecidos en tal o cual comunidad e, incluso, en Arenillas de San Pablo con una población de 282 habitantes. Resulta obsesivo.

Tenemos que escuchar la dolida sorpresa de los políticos o autoridades en la materia porque ahora descubren que no hay médicos ni personal sanitario suficientes −hemos dejado que se marchen por Europa miles de ellos hartos de pasar miserias− para atender las necesidades de nuestra población −ay, aquellos recortes− y ahora que comienza el curso de todas las enseñanzas nos lamentamos de que no haya suficientes profesores −ay, aquellos recortes−, porque eso de tener 50 y más alumnos por clase no es admisible, y hablan de contratar 39.000 nuevos enseñantes, como si eso pudiera improvisarse de un día para otro. ¿De verdad piensan que hay ese número de profesionales, sentados en casa haciendo solitarios, esperando ser llamados?

Aunque fastidie a algunos políticos, lo cierto es que esta pandemia nos cogió por sorpresa a todos, ciudadanos llanos y políticos de todos los niveles y que unos lo han sorteado mejor y otros peor y ninguno bien, porque eso supondría tener previamente un país en estado de revista y todos sabemos que esa no es nuestra situación (ni la de casi ninguno). Del caso de la Comunidad de Madrid ya hablaremos otro día.

21 agosto 2020

Jóvenes actores españoles

Suelo ver más bien pocas series de televisión y casi siempre cuando ya se han exhibido en su totalidad y tengo constancia de que son algo más que una idea estirada hasta el infinito, caso de La casa de papel. Acabo de ver las dos temporadas de una serie que recomiendo a quienes no sufran gerontofobia, llamada El método Kominsky.

En mi opinión, se trata de una historia encantadora que me ha hecho reír y sonreír bastantes veces, algo casi olvidado teniendo en cuenta el repertorio del que habitualmente se dispone. Lamentablemente, solo hay dos temporadas de 8 episodios cada una y cada episodio viene a durar unos veinticinco minutos, por lo tanto apenas 200 minutos en total, aproximadamente lo mismo que dos largometrajes. Lamentable digo, aunque en esa limitación autoimpuesta radica también parte de su delicadeza y encanto. Para evitar desengaños, ya aviso de que no salen dragones.

El protagonista principal es el popular Michael Douglas y el segundo es otro menos conocido pero ni mucho menos desconocido, Alan Arkin. No se me ocurre contar de qué va la serie, pero sí voy a mencionar que en la serie Douglas se gana la vida en una escuela de interpretación propia −en la que se practica el método Kominsky− donde él es el único trabajador y que tiene una hija de aspecto poco atractivo. Por increíble que le parezca a los jóvenes actores españoles, en la serie hay quienes van a esa escuela a tomar clases de interpretación ¡pagando por ello!

Ahí es donde viene la relación de lo que estoy contando con el título de la entrada: parece que muchos españoles están convencidos −no me incluyo− de que por una extraña y bendita característica genética, todos nacen con capacidades sobradas para ser actores. De ahí que cueste soportar una película española actual donde suele ser hasta difícil entender lo que hablan, como si se tratara de indígenas amazónicos o miembros de un call center de alguna empresa española, pero situado en un lugar exótico de Hispanoamérica. Seguramente consideran unos torpes a todos esos actores que en el extranjero, antes de iniciar sus carreras profesionales, han asistido a escuelas de interpretación, pobres incapaces. 

No sé si existe algún actor español de las actuales generaciones que haya tomado seriamente clases de ese tipo y en especial de dicción, algo que en su totalidad ignoran y de ahí esa dificultad para entenderlos cuando actúan y nos cuesta comprender de qué van, quizás con la excepción de otros jóvenes espectadores que hablen como ellos. Un ejemplo perfecto es la serie que ya mencioné La casa de papel en la que sobre todo los más noveles deberían ser subtitulados para que los demás pudiéramos comprender lo que están diciendo.

En España parece que para ser actor basta con ser joven y tener un aspecto atractivo o, al menos, ser hijo o nieto de algún famoso. En el caso de las féminas basta con un rostro fotogénico, porque ya saben lo fácil que es colocarse prótesis que aumenten sus encantos, sobre todo los mamarios. Puro feminismo, por cierto. No quiero ni pensar lo que sucedería si aquí se hiciera una investigación del tipo a que han sometido a Harvey Weinstein en los EE.UU.

Días pasados, TVE ha tenido la buena ocurrencia de reponer la obra «Doce hombres sin piedad», tanto en su versión cinematográfica como la teatral llevada a cabo por esa cadena en 1973 dentro del espacio Estudio 1, un espacio desgraciadamente desaparecido perteneciente a la época del monopolio y blanco y negro, con más de una sorpresa agradable. He leído algunas críticas sobre esa versión teatral y todas coinciden en llamar la atención sobre su calidad y la muy superior dicción de los actores de aquella época, nada que ver con el confuso farfulleo actual.

Soy de los que evitan asistir a una película o serie española, no por esnobismo, sino porque hemos pasado de aquellas voces a veces impostadas en exceso a las actuales que suelen ignorar la lengua castellana y su pronunciación. Normal, teniendo en cuenta que la mayoría de los españoles actualmente no saben hablar ni escribir español.