domingo, 15 de mayo de 2011

Esa memoria...

No voy a negar que me inquieto, y mucho, cada vez que no recuerdo dónde dejé las gafas, qué comí el día anterior o de qué iba la película que vi por la noche. Me inquieto porque no sé si es una manifestación más de la vejez rotunda que se me viene encima, con la inquietante amenaza de la demencia senil, o un despiste más de los que la mayoría de las personas tienen a diario y con los que se acostumbran a convivir. Ya se sabe: si uno tropieza cuando tiene 20 años, es un patoso momentáneo; si lo hace con 60 años, es que –necesariamente– está decrépito.

Pesa mucho en mi preocupación aquello que hace pocos años leí de que “no hay inteligencia sin memoria” y a mí, que sentía cierto desprecio por la memoria como atributo, me desconcertó, porque tengo que pensar que no soy el único que pretende dar cobijo a cierta inteligencia, cuanta más mejor.

El caso es que hoy, mientras atendía el telediario del mediodía, he visto al llamado líder de la oposición –aunque la mayoría de la oposición más que sentirse liderada, lo deteste– afirmar una vez más los maravillosos resultados que traerá a todos los ciudadanos su elevación a presidente del gobierno de la nación.

Para mi alivio de un lado y desazón por otro, he vuelto a ser consciente de que no existe la memoria como virtud generalizada –aunque algunos puedan aprenderse el código civil completo– y prueba de ello es que a pesar de todo lo vivido, seguimos acudiendo a votar en cada convocatoria de elecciones y hasta a ilusionarnos –cada vez menos, es verdad– por las promesas que los candidatos nos hacen de un mundo mejor si optamos por la papeleta donde figura su nombre o partido.

No dudo de que en la política haya personas cuya motivación sea aportar su esfuerzo para lograr el bienestar general, pero también tengo la certeza de que en esos partidos se refugian quienes tienen como única meta el enriquecimiento personal y el disfrute del poder. No hay más que recordar esa grabación tan conocida donde uno de ellos confesaba a un amigo que “…estoy en la política para forrarme”.   

Bueno, no hay que pasar por alto que Hitler –por ejemplo– tenía quizás como objetivo favorecer a sus compatriotas, aunque los medios no resultaron los más humanitarios ni eficaces. Pero no es de eso de lo que quiero ocuparme.

Volviendo al telediario de hoy, mi asombro es que este personaje de escaso carisma y menor intelecto, olvida que durante los anteriores gobiernos de su partido no fue el interés de todos los ciudadanos lo que guiaba los actos de gobierno del entonces presidente, sino el de «algunos» ciudadanos privilegiados y, por supuesto, procurando en todo momento para sí disfrutar de la sensación de poder y relacionarse con poderosos para asegurarse –él sí– un futuro aún mejor.

¿Desde cuándo y dónde ha sido la derecha la que ha mejorado el nivel de vida de todos? No son precisamente trigo limpio los partidos de izquierda, pero si efectuamos la comparación con sus contrincantes, no hay color. ¿Quiénes son los que instauraron el estado de bienestar en los países de la Europa democrática? Pues esa pregunta sólo tiene una respuesta: los partidos de izquierda o socialdemócratas. Incluso son ellos los inventores del concepto. La derecha sólo ha aportado algunas bajadas de impuestos y reducción de prestaciones sociales, que es lo único que aquellas rebajas aportan. No hay más que recordar cómo quedó el Reino Unido tras el paso de la dama de hierro. Arrasada en lo que se refería a los avances sociales y servicios públicos, pero eso sí, con la gloria de una minúscula guerra –la de las Malvinas– ganada gracias a la ayuda logística de su primo mayor, los EE.UU, todo hay que decirlo.

Uno puede optar por quedarse en casa el día de las elecciones –sin olvidar que la derecha siempre va a votar, ya sabemos que es inasequible al desaliento y no suele sentir escrúpulos si hay que votar a un inmoral– o votar a la izquierda más o menos auténtica, pero lo que nunca hay que olvidar es qué es y a qué intereses representa la opción contraria.  Olvidarlo es sólo una oportunidad cierta para aprender con la realidad diaria lo que se ha olvidado. Y eso sí, contar con cuatro largos años –por lo menos– para refrescar la memoria.

Votemos, aunque cada vez más, lo hagamos no a favor de algún partido, sino en contra de otro. Y durante todo el tiempo, en los periodos entre elecciones, seamos pesados e insistentes en reclamar lo que nos corresponde, eso que hasta esa izquierda tan tibia nos escamotea.

No hay comentarios: