viernes, 2 de diciembre de 2011

El mal español

Según cuentan, allá por los siglos XVI y XVII, en algunos lugares de Europa se llamó mal español a esa enfermedad terrible de nombre real sífilis, que arrasó medio mundo y que en aquel entonces cada país procuraba asociar con su enemigo habitual, casi siempre aquel con el que se estaba en situación de guerra permanente o simplemente con el país vecino, porque sabido es que las relaciones vecinales no suelen desenvolverse en un ambiente de cariño y afabilidad.

Sin embargo, con el tiempo se demostró que esas identificaciones eran erróneas y que resultaba imposible asociar el origen de esa enfermedad a una nacionalidad concreta. Podrían haberse evitado la molestia de demostrar nada, porque es notorio que si hay algo que quepa identificar como mal español es el ruido, esa afición tan hispana, tan castiza, en la que es difícil que nos supere ningún pueblo medianamente civilizado.

El extranjero que visita España suele mostrar un temeroso asombro porque, para comenzar, el tono y nivel sonoro de la conversación entre españoles en locales públicos como son los bares les sugiere más el inicio de una bronca que una charla entre amigos que comentan asuntos no trascendentes. Aquí todo se trata entre gritos y si hay algo que resulte disuasorio cuando elegimos mesa en un restaurante, es percibir que alguna mesa está preparada para seis o más comensales, porque sabemos que en su cercanía no podremos oír ni nuestra propia voz. En los hoteles españoles es frecuente que a horas avanzadas quienes se retiran a sus habitaciones mantengan por los pasillos conversaciones en tono tan elevado que despiertan a los huéspedes cercanos, sin que los causantes del escándalo sientan la menor inquietud. Estos alborotadores son españoles en estado normal o extranjeros rebosantes de alcohol.

Es lógico que un pueblo que se relaciona constantemente a gritos abrace con entusiasmo el uso de todo artefacto generador de ruido, capaz de alterar el sistema nervioso de cualquier persona sensible. Me estoy refiriendo -por ejemplo- a las motocicletas a las que su propietario manipula el mal llamado silenciador ante la indiferencia de las autoridades; a ese permanente hacer y deshacer en las calzadas con la intervención de martillos neumáticos y otras maquinarias de percusión; al instrumento de tortura que es ese trasto soplador con el que quienes realizan tareas de limpieza en zonas públicas pasean de un lado a otro la suciedad y las hojas caídas de los árboles, sin importarles el sosiego ajeno ni la polvareda que los caminantes se ven obligados a respirar; a tantas formas y medios de conseguir que vivamos en medio del permanente caos sonoro. 

¿Cuántas veces han entrado en un bar en el que el televisor está puesto a un nivel atronador sin que ninguno de los presentes le dirija siquiera una mirada, porque ese ruido es sólo para dar ambiente?

Todos mis amigos me han oído protestar porque tras la edificación de un templo hace pocos años, a escasos metros de mi vivienda, se colocó una torreta-campanario en la que mediante un dispositivo eléctrico se aporrea una campana nada menos que noventa veces con ocasión de cualquier oficio o ceremonia que vaya a celebrarse en este templo. Curiosamente, a esa escandalosa llamada acuden menos fieles que campanadas se dan, lo que hace dudar algo de la eficacia del método y meditar mucho sobre la obsolescencia de la institución apostólico-romana.

Ha sido inútil que varios vecinos hayamos presentado denuncia por este innecesario tormento, que se le sugiera al piadoso párroco que al menos reduzca las campanadas a un número razonable… estamos en un país en el que se adora al ruido y cuando éste tiene un origen religioso pasa a ser doblemente sagrado.

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