viernes, 24 de febrero de 2012

La violencia como espectáculo


He hablado con amigos sobre el mismo asunto que aquí voy a exponer y no siempre ha habido acuerdo, por lo que no está de más recordar que estas entradas sólo exponen mi propio punto de vista y que de ninguna manera pretendo pontificar sobre ningún tema, creo que es eso lo que expresa claramente el título del blog.

Cuando hace muchos años vi la película “La naranja mecánica”, me pareció excelente y muy apropiada en lo que yo consideré una crítica a la violencia gratuita a la que nuestra sociedad parecía encaminarse. A casi todos gustaba el filme y a casi todos desagradaba la violencia que criticaba. Por cierto que me parece recordar que la cinta tuvo problemas con la censura, aunque eso no diga mucho, pues en aquel entonces casi todo se encontraba con esas dificultades.

Algún tiempo después se hicieron populares directores como Sam Peckinpah y Tarantino, entre otros, que utilizaban la violencia como protagonista en sus películas, cambiando lo que hasta entonces había sido una cierta contención por un evidente alarde. Ya el que recibía un disparo no se limitaba a doblarse y caer, ahora ganábamos el vistoso detalle del chorro de sangre que saltaba desde la herida.

Hace unos días he visto la película Drive y sin querer entrar ni de lejos en la crítica cinematográfica, que tampoco es lo mío, diré que me pareció una cinta de calidad por encima de la media, pero sentí una fuerte repugnancia por las escenas de violencia que allí se contemplan, porque además se trata de una violencia aplicada en ocasiones por individuos que no son violentos habituales y que, a pesar de ello, actúan con la misma indiferencia y frialdad con que podrían beberse un vaso de agua.

Podemos contemplar en esa cinta cómo con toda naturalidad se pisotea el cráneo de una persona caída en el suelo de un ascensor hasta dejar sólo una masa de huesos sanguinolenta, cómo se clava un tenedor hasta el fondo en el ojo de otro sin más apuro o se abre en canal con una navaja de afeitar el brazo de alguien a quien se le está dando la mano –la otra, claro– en ese momento, causándole la muerte. Todo eso sin pestañear y, casi diría, sin ánimo de molestar.  

No sé si hay una causa y un efecto, más bien pienso que es un problema de realimentación mutua. Quienes ven esas películas terminan percibiendo como natural tanta violencia, dejando de resultarles estremecedora y al tiempo el cine pasa a reflejar, aumentándolo, lo que la sociedad ya consiente. No sé qué recomendaría, pero como soy enemigo de la censura, me parecería adecuado un cierto autocontrol o, de lo contrario, en ese afán del más bestial todavía podemos llegar a extremos que ahora no imaginamos, pero que ciertamente no ayudarán a la convivencia, porque la violencia presenciada siempre deja poso.

Lo cierto es que en apenas medio siglo hemos alcanzado un punto impensable en una sociedad que debería ser civilizada y haber desterrado la crueldad y violencia extrema como elemento con el que se convive y causa placer contemplar. Hemos pasado de Gary Cooper o Alan Ladd disparando contra los “malvados” que más que morir parecían dormirse, a un surtido de barbaridades con abundante sangre y vísceras que, para más señas, causa regocijo en los espectadores e incluso es un factor para atraer público. Mala cosa.

1 comentario:

Jaqueline dijo...

A mí no me gustan las películas violentas. La naranja mecánica no me gustó nada y Drive tampoco me agradó.
Estoy de acuerdo contigo cuando criticas la violencia gratuita y la frialdad con la que la practican. Pero también me pregunto si lo que ponen en las películas no es un reflejo de la violencia que hay por ahí, ésa que no la vemos, pero que sabemos que existe en el mundo del crimen...
Y sí que me da miedo de que de alguna forma lo que se ve en las pantallas fomente de alguna forma la violencia en los ciudadanos... como si fuera capaz de despertar al gigante que tenemos todos adormecidos.