viernes, 6 de febrero de 2015

El buenismo agresivo

Varias veces me he quejado en mi blog de la epidemia de buenismo que arrasa en el país. La cantidad de gente que –de boquilla– está dispuesta a marcharse a Sierra Leona a cuidar enfermos de ébola o que desea que en España entren por Melilla todos los africanos que lo deseen, es posible que alcance un porcentaje sorprendente. Nunca he entendido esta supuesta buena voluntad en una sociedad que se distingue por su falta de empatía.

Hoy sin embargo he comprendido que ese buenismo no es más que la cara aparentemente amable con la que se disimula generalmente un espíritu revanchista y partidaria del linchamiento del que se salga de la fila.

Ha sido al leer un artículo de un diario digital pretendidamente de izquierdas, en el que se daba la noticia del posible procesamiento de los directivos y responsables de un hotel que hace un año se negó a acoger un grupo de 55 afectados por el síndrome de Down.

De los 26 comentarios que el artículo ha recibido cuando escribo esto, 23 critican el rechazo, llegando al extremo de amenazar con “ya nos encargaremos algunos de que nadie lo pise de nuevo” (el hotel de marras), insultando a los empleados del hotel y expresando incluso el deseo de que esos empleados sufran daños físicos o queden en el paro para toda la vida.

Entendería una reacción visceral de algún comentarista que tuviera un familiar cercano con ese problema del síndrome de Down, pero no creo que sea el caso, se trata de lanzarse sobre los autores exigiendo su linchamiento, en una expresión paradójica de que quienes se enternecen por lo acaecido a unos africanos, no tienen escrúpulos en desear la muerte civil o física de otros más cercanos, sin más pararse a reflexionar. Los comentarios que más abundaban eran aquellos que pedían la identificación del hotel (señal inequívoca de que no leían el artículo completo ni otros comentarios, pues este nombre se daba al principio) para tomar represalias contra el establecimiento.

No estaría mal reflexionar sobre lo que en dos de los tres comentarios que entienden el proceder de los empleados del hotel se dice: “Si yo estoy en un hotel para descansar y aparecen por la puerta 55 discapacitados adultos que no niños, con síndrome de Down de los que arman bullas, chillan, tiran los platos al suelo, se pelean, etc... salgo de allí echando leches y pido la cuenta.” y otro: “Es ilegal que los perros lazarillos de los ciegos se les niegue la entrada a los restaurantes ¿verdad? Pues nada, juntamos 300 ciegos con 300 perros y nos metemos en una pizzería acogiendonos a la ley y convertimos la pizzería en un caos, y si nos echan de allí es que el pizzero es un nazi.”.

No sé si son los mejores ejemplos, pero sirven para ilustrar el escasísimo interés de unos por entender las razones de otros y los extendidos deseos mal contenidos de linchar a quienes se nos pongan por delante. No me creo que esa bondad y compasión de las que tantos alardean sean reales.  

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aunque no sea el motivo principal de esta reflexión de Mulliner, hay una referencia a la inmigración ilegal que me propongo comentar. No es lo mismo estar a favor de que cruce nuestras fronteras sin documentación quien quiera y cuando quiera, que condenar el uso desproporcionado de los medios de vigilancia y control. En mi opinión, no estar de acuerdo con la salvaje represión que tuvo lugar en la playa del Tarajal de Ceuta hace un año, no es "buenismo", es mostrar sensibilidad hacia un problema humano. Esas personas vivirían ahora si alguien no hubiera dado la orden de disparar las pelotas de goma. En un país civilizado, esa actitud tiene un nombre: homicidio por imprudencia.
Luis G.

Mulliner dijo...

Efectivamente, hablar del drama del Tarajal en este comentario me parece un tanto agarrado por los pelos y yo también estoy en contra de la muerte provocada de quien sea. Dicho esto, no comprendo que un año después se siga hablando del suceso y nadie se acuerde, por ejemplo, de las palizas que muchos españoles recibieron en Madrid el 22M ensañándose con ellos o de la mujer que perdió un ojo por una bola de goma o del hombre que perdió un testículo. De acuerdo que la muerte es mucho peor, pero como ya he dicho en otro lugar, no es lo mismo reprimir a quienes ejercen un derecho que a quienes se organizan para cometer un delito en grupo. Estoy seguro de que aquella mujer no ha podido aún aceptar su realidad.