martes, 16 de agosto de 2016

El trágala

De siempre he pensado que la derecha y en especial su manifestación más amada, el fascismo, era especialista en imponer sus preferencias sin contemplaciones a la totalidad de la población, pero últimamente vengo comprobando que es una inclinación de todos los humanos, pues como ya dije en otra entrada, actualmente la izquierda sorprende muchas veces a la hora de fijar objetivos y prioridades.

El otro día leí un artículo en el diario El Mundo, muy querido por la derecha, que precisamente por eso me causó doble sorpresa al tiempo que bastante desagrado. Trataba sobre la conveniencia y casi obligación moral de leer a nuestros hijos pequeños cuentos en los que los protagonistas sean LGTBI o se exalten esas "opciones sexuales", es decir, que los niños deben ser aleccionados desde el comienzo en que los homosexuales en todas sus variantes son recomendables y admirables, porque según se afirmaba "Frente a los argumentos que sostienen que lo natural es la heterosexualidad, los hechos muestran que lo natural es la diversidad sexual". Se refiere, claro está, a todo eso de LGTBI; ¿se preguntan qué significa la innovadora "I" final? Pues según he leído es "intersexual" que no sé lo que quiere decir, pero podría ser ‒imagino yo‒ algo así como ser de un sexo los lunes, miércoles y viernes, del otro los martes, jueves y sábados, y los domingos lo que pida el cuerpo. Espero con impaciencia la aparición de una nueva inicial que se incorpore a la denominación de esos colectivos.

Como ejemplo de ese revolucionario tipo de cuentos (por descontado que se despreciaba explícitamente Blancanieves o Cenicienta; pobres Perrault, Andersen o los hermanos Grimm) se citaba uno titulado Mi primer amor, que cuenta la historia de un niño de 6 años que se prenda (sic) de un compañero. Sumamente recomendable porque forma el carácter del niño y quizás le anime más adelante a adoptar una opción sexual que no tiene por qué ser la suya, pero que se le muestra llena de encanto, rebeldía y glamur.

Despistado de mí, yo he pensado siempre que lo suyo es educar a los hijos alentando su tolerancia hacia lo diferente, a esforzarse en entender lo ajeno y por encima de todo a detestar la violencia, pero está claro que me equivoco; a los hijos hay que aleccionarlos para que sean raritos de mayores y que acudan con entusiasmo al desfile del Día del Orgullo Gay.

Y hablando de ese desfile, hemos podido leer en la prensa que acudieron en Madrid más de millón y medio (trescientos mil según otros) y como se decía en otro medio, eso significa que de ser cierto, ese alarde de chabacanería y mal gusto que incluso muchos homosexuales repudian por tales motivos, atrajo a algo así como 5 o 6 veces las personas que se manifestaron cuando el gobierno puso en práctica esos recortes que estamos sufriendo. Las prioridades son las prioridades y, por ejemplo, poner en su sitio a la Iglesia católica sigue sin ser un propósito con fecha asignada.

Sin olvidar que ha sido la izquierda la que ha apoyado en todo momento el auge de la homosexualidad; fue el gobierno de Zapatero ‒el hombre que fue a la Casa Blanca con sus hijas disfrazadas de góticas‒ uno de los primeros en el mundo en legalizar el matrimonio homosexual con ese nombre, matrimonio. No olvidemos que la derecha muy a regañadientes se ha visto obligada a hacer la vista gorda y hasta el presidente Rajoy acudió a la boda de un lugarteniente suyo con otro hombre.

Da una idea del poderío del lobby LGTBI que hasta mayo de 1990 la OMS clasificara la homosexualidad como una enfermedad, basándose en estudios médicos más o menos acertados, pero en esa fecha, ante la presión del citado lobby y de la APA (American Psychological Association), convocó una asamblea general en la que, como estaba previsto, se acordó eliminarlo de la lista de enfermedades. Se revocó democráticamente algo establecido científicamente con anterioridad. Esto me parece bastante similar a aquello que sucedió en el Ateneo de Madrid en 1936, donde se votó democráticamente la existencia o no existencia de dios, (según dicen, ganó el "no" por un voto). Otro caso que es un buen ejemplo de la aplicación inadecuada del procedimiento democrático.

¿Sabían que España es el país del planeta donde existe mayor compresión y tolerancia hacia los LGTBI? Supongo que no hace falta que recuerde que si hay un pueblo escasamente tolerante ése es el pueblo español, pero parece que una campaña muy bien manejada por los medios de comunicación ha dado como resultado esa asombrosa actitud tan fuera de nuestra idiosincrasia. Ser una potencia mundial en la materia nos supone que en la actualidad los embajadores de EE.UU. e Italia estén felizmente casados con hombres porque sus gobiernos, a la hora de buscar destino a estos personajes, el primer lugar que se les ocurrió fue la moderna España.

Pueden oírse o leerse frecuentemente defensas acerca de la naturalidad y justicia de la aceptación de la homosexualidad, basándose en su natural existencia en la cultura griega clásica o en el comportamiento de ciertos animales como el ornitorrinco, la hiena o el chimpancé. Acerca de la cultura griega sería bueno empezar a estudiar la legalización de la esclavitud y la pedofilia, en aquel entonces normalizadas ‒ya llegarán junto con el animalismo, no se inquieten‒, y sobre las costumbres sexuales de los animales, prefiero callar.

Asombroso, porque todavía recuerdo mis peleas en el colegio cuando alguno se burlaba de los gaditanos ‒yo no lo soy, pero sí mi familia‒ por aquella injustificada fama de abundancia de homosexuales en aquella ciudad que antes era una creencia extendida, por motivos que conozco pero que no vienen al caso. Aquellos con los que me peleaba, ahora probablemente acuden al desfile del Orgullo. Cosas de la modernidad y de la falta de criterio. Los que antes tachaban de inmediato a un homosexual como maricón, ahora van al desfile a reírles las gracias. Seamos serios: ningún homosexual que se precie acude para participar en el desfile y quizás ni a verlo, porque seguro que se siente abochornado. No todos los heteros somos iguales y los homos, tampoco. Imaginen lo que nos tocaría presenciar en un hipotético Día del Orgullo Viril y las feroces críticas que recibiría, porque en este caso sí que habría libertad para hacerlo.

En fin, para que se entienda: no es que usted deba aceptar que otros sean homosexuales, algo que doy por natural desde siempre, es que tiene que gustarle el asunto o será calificado de homófobo, lo que significa que será marcado como apestado en la sociedad de nuestros días, por esa pintoresca acusación que aquí se ha inventado al calificarlo de delito de odio; me recuerda a aquello de la rebeldía continuada que Franco utilizaba para juzgar a los republicanos tras la guerra. Como decía el otro día Houellebecq en una entrevista, los españoles no se aprecian a sí mismos; creo yo que más bien se desprecian.

Las ciudades luchan entre sí por atraer todas las celebraciones homosexuales, no porque se desvivan para que esos se manifiesten en libertad, sino porque el colectivo parece que gasta más por individuo que una familia tradicional y por lo tanto hay que traerse sus juergas al precio que sea. Sevilla se enorgullecía recientemente de acoger uno de estos eventos y en Barcelona se celebra el Circuit, que consiste en la llegada de 70.000 homosexuales, en su mayor parte extranjeros, para que puedan pasar el día en bañador o exhibirse por las calles. Según la Universidad de California, Sevilla es la ciudad del mundo con mayor porcentaje de homos, un 17%. Antes, eso hubiera supuesto denunciar a esa universidad ante los tribunales por difamación, pero ahora la pasta es la pasta y quién sabe si esa afirmación resulta rentable. Lo cierto es que hasta mi esposa me ha manifestado su extrañeza de que la mayoría de los dependientes de los comercios de ropa de esa ciudad sean exageradamente afeminados, puede que sea un punto a la hora de ser contratados.

Resumiendo: en mi opinión, hasta hace no mucho, el objetivo del lobby era buscar la aceptación general y una vez alcanzado ese hito con pleno éxito, desde hace un tiempo la meta ya no es esa, sino presionar para recibir el aplauso, favoritismo y complicidad de la población. Conmigo que no cuenten, yo en esa materia sigo como en abril de 1990.

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