25 marzo 2026

Descanse en paz

Este título tan fúnebre es un homenaje a un verbo que, gracias al contagio de los hablantes americanos, desapareció injustificadamente del vocabulario de los españoles más o menos en los últimos veinticinco años. Nosotros les regalamos a aquellos familiares un idioma culto: ellos nos obsequian con una manera zafia de utilizarlo.

Es inútil buscarlo en el habla de cualquiera en los tiempos actuales: se trata del verbo ‘oír’, sustituido enloquecidamente por el verbo ‘escuchar’, que ni de lejos significa lo mismo, pero la ignorancia no precisa justificarse. En Hispanoamérica decidieron hace tiempo eliminarlo de su repertorio y a finales del siglo XX o principio del XXI esa mamarrachada saltó el Atlántico y se implantó por sorpresa en España.

Ahora, usted puede sorprenderse al oír en televisión o leer en la prensa que alguien escuchó un disparo, o escuchó un trueno: sorprende, pero eso es lo que hay. No puedo evitar mi susto al contemplar cómo una persona a la que consideraba aceptablemente culta se ha pasado a ese uso erróneo sin pestañear. Yo sigo utilizando los dos verbos y haciendo campaña por ello, aunque tengo que admitir que si mi alcance es bastante limitado, el éxito de mi esfuerzo es todavía menor. 

Curiosamente, esos dos verbos continúan existiendo felizmente en los idiomas más conocidos: inglés, portugués, francés, alemán, italiano… pero aquí decidieron que era un esfuerzo titánico distinguir entre oír y escuchar y se adoptó el último de los dos para todo uso, aunque resultara un absurdo. Si usted se molesta en consultar el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, podrá comprobar que ‘oír’ significa Percibir con el oído los sonidos (es decir, usar uno de los cinco sentidos), mientras que ‘escuchar’ es Prestar atención a lo que se oye (cuestión de voluntad), casi nada que ver uno con otro, pero como muy bien ha concluido un estudio de la Unión Europea, la inteligencia en general está disminuyendo, posiblemente debido al uso de los smartphones, y aunque me resultaría extraño puede que esto mismo le termine ocurriendo a lenguas que hasta ahora eran cultas.

La primera acepción de cada definición muestra claramente la diferencia entre ellos; mientras que oír se define con el verbo percibir, escuchar lo hace con la perífrasis prestar atención. Esa es, precisamente, la diferencia entre ambos: escuchar implica voluntad por parte del sujeto, mientras que con oír no sucede lo mismo. Cuando estoy hablando con alguien por teléfono y hay dificultades técnicas en la comunicación me resulta increíble que me digan eso de ‘no te escucho bien’, cuando evidentemente debería usarse el otro verbo.

Es cierto que, de siempre, ha habido cierto uso que mezcla ambas formas, no era difícil oír que alguien había oído un recital de tal o cual cantante, pero eso eran ya costumbres consagradas por el uso y no producían la estupefacción de lo actual.

Aunque no he hecho un estudio a fondo, creo que de momento en América no han hecho lo mismo con otros dos verbos que guardan cierto paralelismo: ver y mirar. Simplemente espero que no cometan con ellos la misma tropelía, aunque si seguimos con el uso intensivo del móvil es algo que no se puede descartar. Me viene a la memoria el brutal método utilizado en La naranja mecánica para obligar a un individuo a mirar lo que no deseaba mirar ni ver. 

I have discovered that the translator insists on mistranslating what I want to say in the third paragraph: currently in Spain one says "he listened to a gunshot" and "he listened to a thunder".

17 marzo 2026

Sin comentarios

Hace algún tiempo ya me di cuenta de que habían desaparecido los comentarios que algunos, pocos, dejaban tras leer las entradas, pero lo cierto es que a nadie le merece la pena decir ni una palabra y actualmente ni uno solo se deja porque quienes leen las entradas están convencidos de que esto es gratis. Se equivocan. Hay un precio y es que alguna vez dejen una opinión, favorable o contraria, sobre lo que acaban de leer.

Sinceramente, estoy un poco harto de este blog tras una existencia de casi 17 años, así que si este silencio persiste, cierro el blog antes de fin de mes limitándolo solo a amigos, y a leer a otra parte. Me da igual el idioma y el contenido, pero hay que comentar como peaje a un blog que no me reporta satisfacción alguna.

Yo he sido lector de algunos blogs, ya desaparecidos, y encontraba satisfacción en dejar un comentario acerca de lo que acababa de leer, mantenía un cierto nexo con sus autores, ¿acaso soy un ejemplar único? Hay un traductor que traduce docenas de idiomas, así que pueden comentar en la lengua que les dé la gana si no es inventada por usted mismo.


Ruidos y ruidosos

Según las estadísticas que se publican en numerosas ocasiones, España es el segundo país más ruidoso del mundo, solo por detrás de Japón. Según un amigo mío que ha visitado el país oriental unas cuántas veces, es imposible que España esté por debajo de Japón, donde al menos en apariencia, todo el mundo respeta a todo el mundo y ese respeto incluye el no emitir más ruido del imprescindible, es decir, ninguno. Eso asegura y yo me lo creo, porque sé que aborrece el ruido y ama Japón.

Amo a España, pero eso no quita que denuncie sus grandes defectos (y de camino disuado a posibles turistas): este es el país del ruido. Recuerdo que hace ya casi cincuenta años estaba en París en la casa de un familiar y a eso de las diez de la noche aparece la policía en la puerta: resulta que alguien en casa había tirado de la cisterna y eso había molestado a un vecino. Sinceramente, eso me parece pasarse, porque no es aceptable que en esa ciudad los vecinos no puedan visitar el retrete porque acude la policía si se hace después de las nueve de la noche

Menciono esto porque se trata de un incidente imposible en España, donde la policía urbana está solo para desfiles y si usted les llama por un caso similar es posible que se burlen o incluso le detengan por gastar bromas. 

Lo curioso es que da la sensación de que a buena parte de la población estos ruidos no le molestan e incluso parecen gustarle, creo que la mayoría no entiende a los que, como yo, intentamos hacer el mínimo ruido posible y no sufrir más de lo aceptable.

Hace algún tiempo, leí en la prensa que en Granada unos vecinos llamaron a la policía porque en una vivienda tenían montado un escándalo insoportable. Los agentes actuaron en la terraza del inmueble y desalojaron a las 85 personas que participaban en una fiesta. En dicha terraza se había instalado un sistema de altavoces de gran potencia que generó las molestias por ruidos a los vecinos, que formalizaron sus denuncias. Hasta aquí el asunto puede parecer casi normal, si no fuera porque esa vivienda acumulaba quince denuncias por el mismo tipo de escándalo, ¿Hay quien dé más? 

Afortunadamente eso no ocurre donde vivo, tan solo mis vecinos de arriba, a los que pedí inútilmente que colocaran fieltros en las patas de las sillas en 2005, tiene por hábito pasar la aspiradora durante más de una hora en su casa los lunes a las 8 o 9 de la tarde. Eso por no mencionar que tienen broncas a diario en las que interviene un hijo de poco más de 20 años y que supera a sus familiares en el arte de gritar. Que ya es gritar.

Estamos en un país en el que cualquier festividad popular patrocinada debe producir necesariamente una cantidad enorme de ruido que dé la sensación de que la gente realmente se divierte. Muchos españoles rehuyen la cercanía de las mesas grandes en los restaurantes porque saben que eso significa que no podrán comer en paz. Aquí cualquier festividad popular debe emitir necesariamente una cantidad enorme de ruido para que se sepa que la gente verdaderamente se divierte. 

Me viene a la memoria el caso de un escritor universal llamado Javier Marías, fallecido ya por desgracia, que llegó a tener un conflicto con la municipalidad de Soria, donde tenía una vivienda para trabajo, reposo y recogimiento, porque para celebrar las fiestas locales le habían colocado un altavoz junto a su casa: ya se sabe, a mayor ruido mayor contento. 

06 marzo 2026

Lenguaje inclusivo

Usted está sentado en su butaca y se aburre; dedica entonces sus pensamientos a buscar algo que le produzca ameno placer. Hay seres que no tienen ese problema, porque cuando se aburren, inventan problemas y así son felices. Parece que hay personas cuyo cometido en la vida es encontrar un problema donde hasta la fecha no lo había, el más señalado de estos casos es el de los inventores de eso que se ha dado en llamar lenguaje inclusivo.

Para quienes no tienen el español u otro idioma latino como lengua materna, puede que resulte extraña esta preocupación y discusión por la inclusión del femenino en el lenguaje diario. Agarrándose a aquel falso aforismo que afirma que lo que no se nombra no existe, los defensores del feminismo radical vienen planteando a diario la necesidad de acabar con algo que viene del latín, que es el origen y base del idioma que llamamos español.

Antes de nada, debo recordar a quienes no son habituales de este blog (los habituales ya lo saben) que soy un habitual valorador del lenguaje, me parece un regalo en general inmerecido y procuro respetar las normas que se dictan. Incluida su ortografía, que la mayoría ignora porque la desprecian, ¿o es al revés?

Decía que la inclusión del femenino en el plural masculino es una norma que procede del hecho, que ahora se ignora, de que el español como el latín es en sí un lenguaje inclusivo. No es más que producto de la ignorancia y del desprecio al lenguaje esos que se vienen esforzando por duplicar sustantivos y adjetivos en el lenguaje común. Es incluso desesperante ver que hay quienes se empeñan en que el nombre que figura en el frontispicio de nuestro Congreso de Diputados sea sustituido por Congreso de Diputados y Diputadas lo que, mientras deja al país en ridículo, solo viene a demostrar su ignorancia extrema. 

A la Iglesia Católica se le puede acusar de muchas cosas, que si son negativas, seguramente serán ciertas, pero nadie puede decir que la Iglesia sea tonta. Entonces, ¿por qué escogió el latín como su lengua, en vez del arameo o el hebreo, y se resiste tanto a abandonarlo? Sencillo: el latín es el idioma más perfecto de los antiguos lenguajes occidentales. Pero ahora, resulta que aparece una pandilla de ignorantes decididos a cargárselo, o mejor, a cargarse al español y otros semejantes como si se tratara de lenguas no elaboradas, cuando lo que sucede es que esos fervientes partidarios del lenguaje inclusivo no saben hablar, porque desconocen la lengua de la que se valen.

Nunca he considerado el plural como masculino y por lo tanto una posesión de los hombres, lo que sucede es que cualquier lengua, para ser inteligente y útil, debe ser ahorrativa y duplicar el plural es un gasto estúpido. Por desgracia, vale tanto el voto de un ilustrado que el de un ignorante y los partidos necesitan votos. De ahí que aun siendo partidos inteligentes acepten la estupidez de la duplicación por géneros. 

Puede que los mismos que cometen el error de la duplicación sean los que han decidido no poner signos de interrogación o exclamación de comienzo, seguramente piensan que el español es igual que otras lenguas como el inglés que no lo precisan, no se dan cuenta de que la estructura del español lo necesita y así fue que desde 1870 la Real Academia lo exige, no ponerlo es falta de ortografía.

Y así estamos, sometidos a todas las salvajadas que cometen gente de todo pelaje, tanto amantes de la corrección política, como del inglés, como de la ignorancia, a ver si entre todos acaban con unos de los lenguajes más elaborados y sonoros que existen.