domingo, 12 de junio de 2011

Sobre qué escribir

Una de las grandes ventajas que adicionalmente encontré al poner en segundo plano y congelar este blog al que iban a parar mis reflexiones -va ya para un año de eso-, es que me liberó de la presión que inevitablemente sentía y que me obligaba a escribir comentarios-artículos-entradas a cierto ritmo de producción como para alimentar a este lugar que, a fin de cuentas, no tenía ni tiene lo que podría calificarse de un público numeroso y entusiasta.

Ahora vuelvo a lo que era mi actividad anterior. Un día se me ocurre que quiero escribir sobre alguna materia y lo hago, de lo contrario, no escribo nada y me limito a leer libros, lo que evidentemente resulta muy provechoso. En el otro platillo de la balanza está que escribir a sabiendas de que nadie lo va a leer resta mucho interés a eso de dejar por escrito lo que va pasando por nuestra mente al presenciar o conocer lo que a diario va aconteciendo.

En el periodo en que el blog estuvo verdaderamente activo y me dedicaba a pedir inútilmente a mi hija, mi mujer y un par de amigos, que le echaran un vistazo, mi hija me dio una respuesta que es todo un monumento a la estulticia. Le parecía mal que mis comentarios fueran casi invariablemente una crítica a algo o alguien y decía que eso le desagradaba. Confirmé lo que ya me temía: mi hija pertenecía de pleno derecho a esa generación buenista, de escasa formación cultural y baja dotación neuronal, que sólo critican lo que les molesta en un momento muy concreto y tienen un cerebro atento a lo muy-muy inmediato; lo demás les es indiferente. Nada de poner a caer de un burro a Zapatero, a Rajoy o al FMI, salvo que al interesado le afecte en ese instante la subida de la gasolina, el aumento del IVA o de la cuota de la hipoteca. Se trata sólo de dar un manotazo si una mosca se nos posa en la nariz, el resto del tiempo dejemos que las moscas proliferen.

Yo, de otra generación y convencido además de que lo correcto es denunciar aquello que no funciona como debiera, me quedo asombrado ante tanta banalidad y, en definitiva, tanta actitud insolidaria. Esa falta de ilusión en un mundo mejorable, en definitiva.

Por supuesto, algo que sea bueno o funcione bien de manera permanente merece comentarios, más que nada por lo inédito de la ocurrencia, pero ¿de verdad puede encontrarse algo que sea posible enmarcar dentro de esa categoría de “estado satisfactorio de las cosas”? Por más que me rasco la cabeza, no encuentro ni un solo ejemplo de esos mirlos blancos sobre los que mi crítica descendiente quería que fijara mi atención, ni cuando se lo pedí supo ponerme un solo ejemplo. Sin ir más lejos, en el último mes no recuerdo ningún acontecimiento positivo mencionable, pero sin embargo percibo a diario la escasa calidad –y va a peor– de la prensa, el comportamiento casi delictivo de muchos con los que nos cruzamos a diario, la casi inexistente atención de las grandes compañías a las reclamaciones de sus usuarios, la escasa inteligencia de la mayoría de los políticos, la nula inteligencia de la mayoría de los ciudadanos, la opresiva omnipresencia de la jerarquía católica y sus palmeros, etc. etc. Todo ello bien merecedor de comentarios o mucho más que eso.

Entiendo que esos grandes columnistas, de colaboración regular con algún periódico, tengan días con artículos extraordinarios y otros en los que se percibe que, como decía Serrat, las musas han “pasao” de ellos, pero no sé por qué tengo la sensación de que va a ser inútil esperar el día en que pasen al bando de los buenistas y se dediquen a resaltar el bonito mundo de chupilandia en el que muchos piensan que vivimos. Ése en el que muchos residen.

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