miércoles, 16 de enero de 2013

Español para españoles (22)


Estoy seguro de que ya comencé alguna entrada anterior diciendo lo mismo, pero es que la situación no sólo no mejora sino que va de mal en peor. Si la lengua española está soportando sin destruirse los malos tratos de sus hablantes, cabe la esperanza de que pueda superar estos malos tiempos, tan duros por culpa de la globalización y las tecnologías de comunicaciones. Malo es el trato que los hispanoparlantes de América dan al idioma, pero aquí nos apresuramos por alcanzar esos niveles con auténtico espíritu competitivo.

Produce escalofríos leer algún foro hispanoamericano en Internet o los comentarios de cualquier noticia en los diarios de aquel continente. La mayoría de quienes escriben no tienen ni la mínima noción de gramática y escriben igual que hablan: separan y juntan las palabras a capricho, la hache no tiene la menor presencia y su cercanía geográfica y cultural a los EE.UU. hace que los injertos procedentes del inglés sean numerosos y chirriantes, y no me refiero sólo a los barbarismos disparatados como, por ejemplo, eso de guachimán para denominar a un vigilante –un watch man–, esto queda hasta gracioso. El otro día sostuve un rifirrafe con una operadora de atención al cliente de una compañía telefónica, porque como ya saben, las indecentes empresas españolas suelen ubicar estos centros en Sudamérica por aquello de ahorrar en salarios. El caso es que la buena mujer se empeñaba en hablarme del día-domingo, el día-viernes, etc., todo ello insistiendo en la pregunta de si la escuchaba bien, y mi respuesta de que yo “trataba de escucharla, pero que no la oía a veces” –la conversación tenía lugar por el móvil y la voz desaparecía de vez en cuando– la impulsaba a repetir su pregunta porque era incapaz de entender lo que mi contestación quería expresar. Intercalaba también cada tres palabras esos ¿sí? que hacen que uno pierda totalmente el hilo de lo que se está escuchando, una costumbre muy desagradable. Terminé pidiéndole que hiciera el favor de pasarme con alguna otra operadora que hablara un español comprensible. Me gustan la mayoría de los acentos hispanoamericanos, pero no soporto los vicios de lenguaje que se han ido apropiando de su habla.

Que no parezca que son los sudamericanos los únicos maltratadores del lenguaje, los españoles también nos damos buena maña para eso. Primeramente, el problema es que a nadie le importa un comino el idioma. Como es algo gratuito no se le da valor, y si alguien se atreve a llamar la atención a uno de estos malhechores gramaticales, recibirá una respuesta agresiva y una declaración muy explícita de lo que puede hacer con sus conocimientos lingüísticos. Si –¡milagro!– posee vestigios de educación, citará esa falacia de que el idioma lo hacen los hablantes; falacia porque ahora no es como hace 50 años o más, actualmente el lenguaje lo dictan la publicidad y la televisión, dos entornos donde florece lo más inculto e indocumentado del país, que ya es decir.

No son los únicos tampoco aquellos ignorantes que sin una formación básica se sienten envalentonados para no cuidar su lenguaje. Las propias administraciones del estado –local, autonómica y central– en sus publicaciones y campañas publicitarias cometen errores continuamente, no digamos la prensa en general o la televisión pública, que parece un vivero de analfabetos. De las otras televisiones, mejor ni hablar. Inevitablemente, todas ellas, al referirse a las multitudes que acudieron a presenciar las campanadas de fin de año al lugar que fuera, dicen “LAS miles de personas” aludiendo a los asistentes. Para el lector no avisado aclararé que “miles” es siempre masculino y por lo tanto siempre debe ser "LOS miles...". Para percibir el disparate pruebe a decir “LOS docenas de hombres”, que viene a ser un error similar, pero invirtiendo los géneros. Se nota, ¿no?

Hablaba hace solo unos días con una conocida cuyo trabajo consiste en dar unos cursillos a los titulados universitarios contratados por las empresas, enseñándoles a hablar y escribir. Me pedía riendo que cesara en mi manía de corregir a la gente, porque podía terminar con una buena fuente de ingresos para ella. Para mayor escarnio, "ella" es extranjera, pero habla mejor que esos nativos que salen de la universidad con dificultades de lenguaje que antes sólo padecían los adolescentes que eran torpes o aún no tenían el bachillerato elemental.

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