domingo, 9 de febrero de 2014

Quiero ser sueco

En realidad esa declaración es falsa, no tengo el menor interés en ser sueco, como no lo tengo en ser español (me pensaría lo de ser francés), pero sí que me gustaría esa despreocupación que los suecos y vecinos que les rodean pueden permitirse al borrar de su mente que existe algo que podría llamarse frontera con los pobres del mundo y dan por sentado que del peligro que supone una invasión de africanos les libraremos los griegos, italianos y españoles, que para eso estamos, para cuidar de su trasero, mientras ellos nos califican de juerguistas y manirrotos.

Entre quienes por aquí nos preocupamos, para bien o para mal, de lo que a diario sucede –en las costas de Grecia, en las proximidades de Lampedusa o en las fronteras terrestres de Ceuta y Melilla y la costa sur de España– hay estos días una cierta agitación porque es imposible mantenerse indiferente a los acontecimientos recientes en las zonas que nos afectan más directamente. Esos asaltos multitudinarios a las verjas de Melilla o esos fallecidos al tratar de entrar en Ceuta por mar desde la orilla contigua de Marruecos.

Yo creía tener las cosas muy claras y mi postura era claramente la defensa por los medios precisos de esas fronteras, puesto que parto de dos premisas: acepto como bueno el dato que se maneja de que si Europa abriera sus fronteras y permitiera la entrada sin más requisitos, sólo la primera oleada de africanos alcanzaría los 80 millones de personas. Para qué molestarse en calcular la segunda oleada porque esa primera entrada acarrearía tales desequilibrios humanos y sociales en Europa que las convulsiones que se producirían son impredecibles y este continente dejaría de ser un lugar habitable.

La segunda premisa es que cada país tiene el derecho y el deber de proteger sus fronteras con los medios que sean necesarios para evitar que lleguen a producirse auténticas invasiones, porque nos guste o no nos guste, ese mundo ideal en el que la libre circulación a través de las fronteras sea libre y fluida no existe. Es más, trate de entrar –sin cumplir los requisitos que ellos exigen– en algún país de los que provienen esos africanos: Camerún, Senegal, Gambia, Mali, etc. y tendrá las más vívidas experiencias de cómo le ponen en su sitio sin tantas contemplaciones.

Todo esto estaba muy claro para mí, pero tenía que enfrentarme a los que yo calificaba de buenistas, esos que piensan que el mundo se arregla con caridad y compasión –de ahí tanta ONG– y estoy convencido de que no es ése el camino. El problema es que leo en la prensa artículos escritos por quienes no son únicamente buenas personas, sino que parece gente con suficiente cerebro como para ser conscientes de la que se desencadenaría si sus tesis fueran aceptadas y llevadas a la práctica. Algo se tambalean mis convicciones y no sé qué pensar cuando leo sus palabras que afirman incluso que «el uso de las palabras avalancha, invasión o asalto es un uso perverso del lenguaje» (Público, el 9 de febrero de 2014).

También es cierto que algo de valor pierde lo que esas personas dicen, porque a veces les pido una exposición de lo que harían si ellos fuesen presidente de gobierno o, más concretamente, ministro de Interior, y sus respuestas son inevitablemente patéticas; frases bienintencionadas y vaguedades del tipo «todos somos humanos», «ellos son mis hermanos», «el planeta es de todos», etc. que quedan muy bonitas a la hora de dibujar el mundo utópico que nos gustaría compartir, pero absolutamente alejadas de las disposiciones que habría que publicar en el BOE para ser adoptadas a partir de mañana. Nada que permita una puesta en práctica sin riesgos descomunales, por aquello de que los experimentos, ya se sabe, hay que hacerlos con gaseosa, pero si usted tiene una idea practicable no se prive y expóngala.

Lo que hace el actual ministro del Interior es reprobable por sus modos piadosos y marrulleros, pero al fin es lo mismo que haría cualquier ministro de cualquier partido, de cualquier país, por muy de izquierdas que fuera: no hay otra.

Mientras, los habitantes del centro y norte de Europa viven tan felices sabiendo que es aquí donde cuidamos de que nadie les invada, que ya nos las compondremos para que ellos no tengan que preocuparse y puedan ir concediendo con cuentagotas asilo político a perseguidos en Irán, Somalia, Perú o Mianmar, demostrando con ello una exquisita sensibilidad hacia los problemas de los demás; nada que se parezca a nuestra violencia y zafiedad. Y oiga, es que los problemas si son en fila india y sin empujar son menos problema.

Siento bochorno y trato de evitar –y no puedo– la paráfrasis de esa frase de la campaña de Clinton tan sobreexplotada: ¡es la realidad, estúpido!

1 comentario:

Paco dijo...

Pues que quieres que te diga, que estoy entre esas dos aguas. Por un lado, el amor a la gente, la pena de que unos vivan tan mal y otros tan bien y el verlos morir ahogados , con todo lo que han sufrido,cuando son personas como tu o como yo. Y estoy en la otra parte, totalmente de acuerdo contigo, en que si entraran todos, "el patio" se llenaría muy pronto y no habría para todos, que ya, en muchas casas, está faltando. Pues eso, como dice la canción "entre dos aguas".