viernes, 7 de marzo de 2014

Made in China

Me acuerdo de que cuando era un niño se pusieron de moda unos relojes de sobremesa muy peculiares y que nunca he vuelto a ver. Se compraban en Gibraltar o Canarias y eran de metal dorado, en vez de péndulo tenían cuatro bolas unidas en cruz que giraban horizontalmente suspendidas de lo que parecía una hebra metálica y todo el conjunto estaba encerrado en una urna de cristal que encajaba sobre la base metálica. Fue el primer artilugio procedente de Japón al que eché el ojo y entonces pensé que era curioso que unos seres tan primitivos pudieran fabricar un chisme tan sofisticado y delicado. No hace falta que diga quiénes y cómo resultaron ser los japoneses de los que tan poco sabíamos, salvo que atacaban tan ciegamente como los indios del lejano oeste en aquellas películas sobre la segunda guerra mundial. Fue toda una sorpresa descubrir lo tecnológicos que eran.

Supongo que algo parecido ha debido pasarme con los chinos, aunque en este caso no recuerdo ningún artefacto ingenioso y también mi conocimiento de esa gente iba poco más allá que lo visto en las películas aquellas de Fu-Manchú y compañía, con sus largas coletas, sus curiosos gorritos y sus pequeñas hachas escondidas en las anchas mangas, aquellas películas caracterizadas por su abundancia de trampas, según se decía.

En este caso ha sido una invasión sin estridencias, nada de pateras o dramáticas carreras en la frontera ni violencia de ninguna clase. De manera casi fantasmal y trayendo consigo todo tipo de quincallería la mayoría de las veces inútil o de duración efímera, estos inmigrantes han llegado poco a poco y sin que sepamos mucho sobre las facilidades que encuentran, aunque se dice que no piden créditos a los bancos porque se ayudan entre ellos, que –teóricamente– no mueren porque cuando uno se va de este mundo otro recoge su pasaporte y legaliza con ello su situación, que casi están exentos del pago de impuestos durante un largo periodo y que cuando ese plazo toca a su fin traspasan el negocio a otro chino en una práctica rotativa que les permite burlar las leyes fiscales. Total, para nosotros es casi tan difícil distinguir un chino de otro como distinguir una gallina de otra, no es fantasía sino una realidad biológica.

Han encontrado en nuestro país el entorno adecuado, pues –por ejemplo– sus tiendas de alimentación venden bebidas alcohólicas sin el imprescindible permiso, pero no importa porque las autoridades municipales no les molestan con esos requerimientos y hasta permiten el asentamiento de un camello a 10 metros de su tienda de alimentación, que surte de mercancía a los jóvenes que acuden a comprar allí sus bebidas para hacer botellón en otra parte o en su cercanía. Sin duda existe una admirable amistad entre municipales y chinos.

El caso es que –ya lo dije otra vez– en 200 metros a la redonda de mi casa hay tres bazares, dos tiendas de alimentación, un bar, una cafetería y un restaurante chino (como su mismo nombre indica). En el caso del bar y la cafetería se trata de negocios que eran españoles, pero que debieron recibir buenas ofertas como para traspasarlos a los orientales. Como es natural, se ven chinos constantemente por la calle, sus coches invaden los espacios para aparcar sin mucho miramiento y tienen alquilados varios garajes en donde almacenan sus existencias y no sus vehículos. Están programados para hacer caso omiso de nuestras leyes y normas y por eso es normal que se desmarquen de los pagos de las comunidades de vecinos y de los acuerdos locales.

Lo que nos viene de China ya sabemos qué es: artículos de baja calidad en general fabricados a precios de risa y vendidos aquí a precios de sonrisa. Pero no nos engañemos, esta gente va subiendo escalones en su industrialización y no se limitan a fabricar trastos, sino que también son quienes manufacturan buena parte de los coches que se venden por el mundo, los teléfonos inteligentes, las tabletas, los eReaders (mal llamados ebooks) y hasta poseen la exclusiva mundial de muchas de esas patentes, como son todas las pantallas de esos lectores de ebooks, porque es un invento de ellos. Fabrican sus aviones, satélites y poseen una industria pesada de alta tecnología y muy competitiva. Incluso he leído que se disponen a fabricar su propio avión tipo jumbo para competir con Boeing y Airbus.

Estamos en un mundo globalizado, eso no es ninguna novedad, pero lo que pocos perciben es que a los europeos nos quedan pocos años de vida como tales, pues seremos engullidos, fagocitados, por la invasión de estos orientales por un lado y por africanos casi incontenibles e incontenidos –gracias a los buenistas– de otro lado, así que es una auténtica suerte no vivir dentro de 50 años porque las cosas se van a poner realmente feas.

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