viernes, 1 de agosto de 2014

...son los otros

Casa en Rhode Island sin vecinos molestos
Hay una frase muy conocida y manejada con frecuencia que afirma que el infierno existe, son los otros. Pertenece si no recuerdo mal a una obra de Jean Paul Sartre titulada «A puerta cerrada». Estoy seguro de que la mayoría piensa que la frase es acertada, pero si alguien no está de acuerdo, eso puede significar una de estas dos cosas:

a) no vive en este planeta; una auténtica suerte, o
b) él mismo es peor que un infierno para los otros y –además– le da lo mismo.

Aunque no sea ésa la intención original de la frase, una confirmación de esa afirmación pueden obtenerla en la diaria convivencia con vecinos quienes habitan en un piso/apartamento o incluso en un chalet, adosado o no; quedan por lo tanto excluidos tan solo los trogloditas, los vigilantes de faros y los poseedores de grandes mansiones. En mi vivienda habitual «disfruto» de unos desaprensivos en el piso de arriba que no reprimen mínimamente la producción de ruido e incluso yo diría que gozan al producirlo, por eso mi tranquilidad sólo es posible cuando se encuentran fuera, pero el caso es que mi horario para acostarme y levantarme está fijado por ellos; cuando ellos se despiertan y levantan a eso de las 7 de la mañana yo debo despertarme (puedo seguir en la cama, claro, pero no apetece) porque el zafarrancho y frecuentes peleas que montan lo hace inevitable aun usando tapones para los oídos. Es más, si ellos salen de noche y vuelven a hora avanzada, no tienen empacho en hablar a gritos y taconear hasta que se acuestan, lo que supone que debo interrumpir mi sueño porque desgraciadamente las constructoras y arquitectos españoles no otorgan la mínima importancia al aislamiento acústico –ni al térmico, dicho sea de paso– y por lo tanto cualquier actividad que genere ruido es necesariamente compartida al menos por el vecino contiguo. Me pregunto si pegarles un tiro se consideraría defensa propia (es una pregunta retórica, porque no tengo pistola).

Por añadidura, la parte femenina de esta pareja es partidaria del uso casi continuo de tacones y gusta de hacérselo saber a los demás, aunque peor es el comportamiento que permiten a sus hijos, en especial un varoncito de unos diez o doce años al que entusiasma arrastrar sillas como entretenimiento habitual desde que era un bebé, sólo interrumpido por los saltos y la práctica de algún deporte in situ, desde el fútbol al hockey.

Hace nueve años me permití sugerir a este vecino, de la manera más encantadora de que fui capaz, que pusiera fieltros en las patas de las sillas y no se prodigaran con los tacones. Se ofendió. Al parecer aquello iba contra el liberalismo de sus principios.

La historia se repite en este momento, cuando paso mis vacaciones en un apartamento de una población de la costa y desgraciadamente tengo vecinos más arriba, una pareja con cuatro angelitos. También sus hijos son entusiastas del arrastre de sillas y no se privan de esta práctica durante horas, con especial empeño durante la siesta. Todavía recuerdo cuando yo era niño y mi madre me obligaba en verano a acostarme un rato tras el almuerzo, como hacían casi todas las madres con sus hijos. Qué tiempos...

En fin, no son las proezas sonoras de los vecinos lo más terrorífico de la convivencia, pero si usted tiene mala suerte –algo bastante probable dado el alto porcentaje de cafres– uno de estos vecinos puede amargarle la vida. Como a mí.

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