miércoles, 22 de julio de 2015

iDependencia

el inadaptado
Cuando se encuentre en un lugar público mire a su alrededor, ¿qué es lo que está haciendo la mayoría de las personas que le rodean? Desde que aparecieron, sentí rechazo hacia los smartphones y las tabletas y no me arrepiento, porque a la vista está que estos aparatitos han transformado el cerebro –o lo que sea– de multitudes en algo más parecido a un trozo de hamburguesa. Viven por y para estos artilugios, caminan, comen, sueñan con estos chismes y parece que no dan para más, sienten que estos móviles han llenado el gran vacío de sus vidas. Nunca en la historia un accesorio ha llegado a esclavizar al ser humano como los móviles lo hacen ahora, conozco a varias personas que declaran alegremente que no podrían vivir sin el aparatito, nada menos. Será por eso que hace unos meses fui a cenar a un VIP (algo que no recomiendo a nadie) y en una mesa cercana a la mía había un matrimonio con un par de hijos adolescentes; los cuatro se dedicaban a sus smartphone y no cruzaban palabra entre ellos. Iba a hacerles una foto para ponerla aquí, pero el temor a un incidente hizo que me contuviera.

Este año pasado, sin embargo, me hice con una tableta y algo más tarde con un smartphone usado y desechado por mi mujer, durante el veraneo resultaba muy útil para utilizar como módem con un PC de verdad. Eso no implica que me haya entusiasmado con ellos y hay quienes me han manifestado su descontento porque no pertenezco a esa legión de usuarios colgados de los whatsapp.

El teléfono sólo lo enciendo en caso de necesidad –cuando salgo de casa– y la tableta apenas ocupa unos minutos de mi tiempo algunos días, pero declaro solemnemente que no entiendo la tremenda necesidad de que esas app que rellenan los aparatos tengan que ser actualizadas con una frecuencia verdadera llamativa. Me pregunto, ¿es que van a añadir nuevas prestaciones que les darán mucha más utilidad?, ¿es que han descubierto tremendos errores en su programación y tratan de enmendarlos?

Nada de eso parece ser cierto, porque las aplicaciones siguen sirviendo para lo mismo que ya servían y en cuanto a sus errores me parecen que al menos yo no detecto ninguno demasiado señalado, desde luego ninguno que sea reparado, ¿qué es lo que pasa entonces?

Admito que ando con la mosca en la oreja, porque los requerimientos de acceso que esas app plantean cuando usted va a instalarlas en su aparatito no casan con la tarea que teóricamente realizan. ¿Para qué necesita casi ninguna de ellas saber qué contactos tengo, dónde vivo, tener acceso a mis fotos, compras que realizo, música que escucho y a mis archivos en general? Hablo por ejemplo de apps que sirven para dar la previsión meteorológica o proporcionarnos críticas de películas. Adobe –que ya no actualizo– nos exige acceso a nuestras fotos y a las compras que podamos haber hecho a través de Internet. ¿Es que la gente ha renunciado definitivamente a cualquier tipo de privacidad? Yo, desde luego defiendo la mía hasta donde puedo –sin hacerme muchas ilusiones– y ya son varias las veces que cuando voy a instalar una app cancelo esa instalación porque no estoy dispuesto a contarle al autor hasta la talla de mis gayumbos. ¿Cuántas personas se fijan en los requerimientos y rechazan entregar casi su intimidad a empresas informáticas, encandilados por la aparente gratuidad de las app? Hasta el momento sólo conozco una: yo, aunque sé que no soy el único.

Aparecen con insistencia noticias relativas al robo de fotos de celebridades, por cierto que más famosas por sus cuerpos que por sus capacidades artísticas. Confieso que he visto esas fotos en una web que las ofrecía y mi asombro es ya absoluto: ¿cómo se le ocurre a nadie hacerse “esa” clase de fotos –aunque sea para el amante o su pareja– con un trasto que transmite todo y peor todavía, colgarlas en la red, aunque sea en un trocito de almacenamiento en la nube, que teóricamente es nuestro? Traten de usar el cerebro, queridas celebridades y usuarios en general, si hay hackers capaces de penetrar hasta en el sistema de Fort Knox o del Pentágono, ¿cómo no van a entrar en el área donde tienen sus fotos?

Son elucubraciones absurdas, porque para mí está más que claro que ese supuesto robo de privacies por supuesto que estaba buscado, con ello se consiguen portadas en los periódicos de todo el planeta, ¿hay publicidad más barata?

Venía en la prensa estos días el caso de un ex-novio que había colocado en el smartphone de la que fue su pareja una app que le permitía conocer las comunicaciones de la víctima y hasta activar la cámara pudiendo observar en directo lo que ella hacía. A eso hemos llegado, lo de 1984 era simplemente una previsión optimista de la realidad actual. Gran Hermano es ahora un programa televisivo hecho por amorales destinado a gente sin defensas intelectuales, y lo que aquella obra de Orwell anunciaba ha resultado ser la Gran Dependencia, algo aceptado con gran contento, satisfacción y un buen desembolso económico al comprar el móvil. ¡Pagamos por que nos controlen!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Pues yo uso bastante el móvil y no le veo nada malo a eso