miércoles, 30 de diciembre de 2009

Aparcar como meta

Hace no mucho tiempo leí, no sé dónde, el relato de alguien que visitaba Suecia y acompañaba a un amigo de esa nacionalidad al trabajo. Este amigo solía llegar con mucha antelación a su empresa y allí, en el aparcamiento para empleados, dejaba el coche en el lugar más alejado de la puerta de entrada al edificio. Cuando el amigo español le preguntó el porqué de esa extraña elección de lugar para dejar el coche, el nativo le contestó que así dejaba libres las plazas más próximas a los que llegaban con el tiempo más justo.

Yo, que soy habitualmente respetuoso en esto de aparcar, quedé alucinado con esa lectura y mi inmediata reflexión fue que en España no corríamos ningún riesgo de tropezar con alguien tan considerado. El español es por lo general incívico y ese incivismo se manifiesta con toda crudeza a la hora de dejar su coche estacionado. No hay lugar que merezca el mínimo respeto y solo los obstáculos físicos y el temor a la multa o a la grúa hace que no se aparque en el primer espacio que se ponga a tiro. Gracias a la eficiencia de nuestra policía municipal, no es raro que haya coches en los sitios más increíbles, porque todos tenemos interiorizado que una sanción nos es impuesta porque “ese día estábamos de mala suerte” y no porque “hemos infringido la ley”.

No es raro oír la declaración de algún conductor que lo dice claramente: si él tiene que aparcar y no encuentra lugar por las buenas, está legitimado para aparcar donde sea. Así de claro y rotundo. Yo tenía un amigo que se ufanaba con una sonrisa pícara de que él siempre encontraba hueco; tengo que aclarar que era así porque invariablemente estacionaba en los pasos de cebra.

Supongo que estos ciudadanos legitiman, por la misma regla de tres, que cuando alguien no tenga coche y lo necesite, robe el primero que le resulte atractivo. O que si le falta dinero para salir con los colegas, simplemente desplume a cualquiera que tenga la desgracia de cruzarse en su camino. Ni hablo del que no tenga qué comer.

Con eso, se realiza el alegre traspaso de un problema propio, a quien le toque en ese desafortunado sorteo. El sujeto descansa y es otro el que se encuentra que no puede mover su coche porque está bloqueado o no puede cruzar por el paso de cebra, o…

Puedo asegurarlo, en mi próxima reencarnación quiero ser sueco, o suizo, u holandés; de cualquier país civilizado de veras, donde se entienda y conjugue el verbo "convivir". No quiero ser tan “mediterráneo”, que es a lo que achacaba –disculpándola- esta indisciplina tan nuestra, una lectora de cierto periódico. Yo mejor diría: ese comportamiento tan de cafres, tan nuestro.

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