martes, 5 de marzo de 2013

La difícil imparcialidad



A quienes con alguna frecuencia vayan leyendo lo que aquí escribo puede que les resulte sorprendente, pero les aseguro que pese a mis fobias y filias procuro ser ecuánime y no dejarme llevar por ideas previas. Sé que es imposible y que nadie consigue esa ideal imparcialidad, pero sería una de las virtudes que me gustaría poseer y en persecución de la cual realizo bastantes esfuerzos. Otra cosa es la imposibilidad de que quienes practican el forofismo en todos los aspectos de su existencia reconozcan esta voluntad mía, ellos, que simplemente atacan o disculpan en función de consignas autoimpuestas previas. De todas maneras no me atormento por el problema, sé que la objetividad absoluta es imposible e inevitablemente soy consecuente con mis ideas. Claro que para todo hay niveles; me decía un amigo –facha donde los haya– que ahora sí que TVE es imparcial y no antes, que era de izquierda radical. Dice mucho sobre mi tolerancia que yo siga siendo su amigo.

Viene todo esto a cuenta de asuntos sobre los que con frecuencia trato en estas entradas, muchas veces –más de las que me gustaría– referentes a cuestiones de política, pero soy consciente de que para alguien medianamente preocupado por el mundo que le rodea, es inevitable que todo termine fluyendo hacia ese tema porque, como le decía  el otro día a alguien con quien discutía, si empiezas a criticar la calidad del agua que sale del grifo, ya estás hablando de política y sólo un rematado lerdo puede decir eso de “no me gusta hablar de política”, porque en realidad casi todo es política.

Hablando de esas fobias o filias que tanto influyen en nuestra valoración de las cosas, no puedo dejar de recordar a quien me decía hace ya años que Ana Belén le producía náuseas, sin que aquella persona –de claras tendencias ultraderechistas– confesara que ese sentimiento era debido a que anteponía la adscripción política a la calidad de esta actriz y cantante, sea cual fuera.

Yo, por ejemplo, no puedo negar la antipatía que siento por la atleta Marta Domínguez, pero puedo explicar y razonar ese sentimiento. La primera vez que supe de su existencia fue al presenciar en televisión cómo en una carrera empujaba descaradamente a una competidora. Deplorable es que alguien intente eliminar a un competidor con malas artes, pero en deporte produce especial repugnancia. Más tarde, supe de su implicación en asuntos de drogas deportivas y que era cercana al partido que para mí simboliza lo peor –ahora no es cercana, sino senadora por ese partido– y para remate leí en la prensa que hace años, cuando un periodista le preguntaba la razón por la que apoyaba al PP contestó “porque el PSOE no le había ofrecido nada” (está documentado). Sobran las palabras.

Todos los partidos procuran captar a personajes populares para integrarlos en sus filas, pero es el PP el que en ese aspecto bate todos los récords: según leo, no hay deportista conocido que no haya fichado por ese partido, excepción hecha de Fermín Cacho. En el campo de los artistas e intelectuales la cosa presenta más dificultad para la derechona, porque esos suelen tener sus propios criterios y de ahí que los únicos fichajes señalados sean los de Norma Duval y Fernando Sánchez Dragó; una ex vedette de revista y un ex comunista, ¡casi ná!. Consigue el PP un éxito indudable en la captación de familiares de víctimas del terrorismo dispuestos a vivir del cuento y con progenitores de niños muertos en desagradables circunstancias, propicios a obtener beneficio de su desgracia.

Todo queda mucho más claro cuando se habla de políticos y sin mucho esfuerzo por mi parte, en tiempos no muy lejanos admitía la descalificación que amigos de derechas hacían de Bibiana Aído o Leire Pajín, porque no me costaba aceptar la escasa cualificación que aparentemente poseían ellas para los puestos que desempeñaban. El problema es que actualmente esos mismos amigos no reconocen, ni aunque se les amenace con la tortura, que Ana Botella, Fátima Báñez o Ana Mato –por citar solamente unas pocas joyas– han dejado en pañales aquella sonada incompetencia, incrementada además con una buena dosis de antipatía personal. Son gente que no lo reconocen  ni aun mostrándoles vídeos de sus intervenciones públicas, que deberían hacer sentir bochorno a cualquiera. Pensar que en Madrid hemos tenido de alcalde a un Tierno Galván, que hablaba desde alemán a latín, y ahora tenemos a esa arribista que no sabe ni hablar español…

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