martes, 16 de abril de 2013

Gracias a Dios

La frase con la que titulo esta entrada es quizás de las más repetidas en nuestro idioma, pero los sentidos y las intenciones son muy diferentes. Hay quien suelta las tres palabras como un alivio tras una cierta tensión y quien de verdad pretende agradecer al ser supremo algún don o concesión. Es algo tan común y extendido que hasta se le puso Gracias a Dios a un departamento de Honduras, en  honor a la frase que supuestamente pronunció Colón al superar una terrible tormenta en la zona.

Se puede afirmar que todos, casi sin excepción, decimos alguna vez al día eso de gracias a dios y en su día fue muy comentada la afición de Santiago Carrillo a utilizar esa expresión, sin que ello significase ni de lejos que este hombre creía en la existencia de un sumo hacedor ni que por lo tanto estuviera interesado en agradecerle nada. Cualquiera puede entender que se trata de una manera abreviada de decir algo así como me alegro de que haya sido de esta manera y no de otra. No es por tanto una incongruencia de comportamiento y a nadie se le ha ocurrido criticar o acusar de incoherencia a quienes al despedirse sueltan un adiós que, sin mucho rebuscar, es fácil adivinar de dónde procede.

El verdadero disparate viene del uso pretencioso de quien de verdad pretende agradecer a su creador la concesión de un bien. Desde siempre y en cualquier religión, los contendientes de una batalla pedían la protección al dios de cada uno, que en muchas ocasiones era el mismo; si ganaban, se hacían grandes ceremonias y fastos para agradecer al señor haber triunfado en la lucha –ahí está el monasterio de El Escorial construido en agradecimiento por la victoria en San Quintín–; los portugueses habían hecho algo similar tras la batalla de Aljubarrota en la que derrotaron al malvado castellano y levantaron el monasterio de Santa María de la Victoria (Batalha). Si se perdía, a otra cosa, y no había ceremonias de escarnio contra el mismo dios al que se habían encomendado sin éxito, ni se derribaba en venganza ningún monasterio.

No había recurso al que se le hiciera ascos: los españoles llegamos a pretender que nada menos que un apostol militaba en el lado de los cristianos en su lucha contra los moros. Sin embargo, creo que la mayoría conoce esta coplilla castellana:

Llegaron los sarracenos
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos

lo que da a entender que de antiguo ya existía en algunos cierto escepticismo ante la supuesta ayuda divina.

He visto días pasados en televisión la desesperación y los llantos de los cofrades que, un año más, se ven imposibilitados de procesionar por culpa de la lluvia. He podido ver también cómo si salía el sol y la procesión podía salir del templo, eran numerosos los gritos de gracias a dios e incluso la atribución a un milagro de la mejora de la meteorología. Nunca he oído maldiciones si arrecia la lluvia y de manera definitiva hay que renunciar a salir, a nadie se le ocurre decir en estos casos: dios no quiere que la procesión tenga lugar. Ahora, he oído a entrevistados en televisión decir que gracias a dios en la Feria de abril no habrá lluvias, de donde la única deducción posible es que a dios le gusta más esta Feria que la semana santa, ¿no?

Y hablando de milagros, no se me olvida que tras el terremoto de Lorca había quienes atribuían a esa divina intervención su salvación tras el derrumbe de su casa, pero esto se decía olvidando que su vecino de planta había muerto aplastado por los escombros, ¿quizás porque dios le tenía manía?

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