sábado, 6 de abril de 2013

Sillyphones



Estoy convencido de que la mayoría no trata de recordar y por lo tanto aceptan confortablemente que el teléfono móvil es algo que existe desde los romanos, pero estoy en condiciones de asegurar que no es así. Me parece que fue a finales de los 80 cuando empezamos a ver los primeros móviles en la vida real y cómo los considerábamos trastos ajenos a nuestra vida, más apropiados para lo que entonces llamábamos burlonamente ejecutivos agresivos.

Mi empresa me colocó uno de esos aparatos por aquello de tenerme siempre localizable, como si fuera un fontanero o un ginecólogo –antes llevaba un busca–, y hasta me alegré porque también permitía que mi familia pudiera dar conmigo y eso me parecía que compensaba la molestia de cargar con el aparato. Desde entonces siempre poseo un móvil, aunque procuro no utilizarlo más que en caso de verdadera necesidad y por eso evito dar su número salvo que sea realmente preciso.

De repente, aquellos dispositivos pasaron a estar al alcance de cualquiera y no sólo eso, sino que todos se apuntaron con rapidez al aparatito. Parece ser que la sed de comunicación no tenía límite. Con una limitada rebaja de las tarifas y la aparición de los llamados smartphones, el uso de móviles pasó a la categoría de epidemia que, como cabía esperar, arraigó con más fuerza cuanto menores eran las defensas intelectuales del usuario.

No hace mucho, cené en un restaurante de la cadena VIPS y en la mesa de al lado había un matrimonio con dos hijos adolescentes que también estaban cenando. Me produjo desagrado comprobar que buena parte del tiempo aquella familia estaba utilizando sus cuatro móviles de manera simultánea, ésa ha sido la mejora en la comunicación a la que nos ha llevado la proliferación de esos chismes. Por un momento estuve tentado de tomarles una foto simulando que a quien la hacía era a mi acompañante, pero la posibilidad de que se percataran me hizo desistir.

La desgraciada coincidencia en el tiempo de algunas dolencias me ha hecho visitar las consultas de varios médicos en un corto periodo. En ellas he podido observar que el daño es profundo e irremediable; la mayoría de los que esperaban en esas salas, fueran tiernos infantes o ancianos venerables, permanecían ensimismados en sus inteligentes chismes, cuando no jugaban a ruidosos videojuegos en ellos o pasaban a sus niños pequeños los aparatos para que hicieran lo propio, y por dos veces tuve que soportar que abueletes pusieran a todo volumen vídeos en los que aparecían los que con seguridad eran sus nietos, muy probablemente con la intención de que algún vecino de espera le comentara la extraordinaria gracia, belleza y encanto del nieto de turno. Otros, parece mentira, aprovechaban para hablar por el móvil y cuando finalizaban una conversación repasaban su guía de amigos y familiares, ansiosos de encontrar alguno al que llamar de inmediato y mantener conversaciones que, por lo general, suelen ser un modelo de estulticia y banalidad.  A todo esto, el ruido molesto de tanta conversación y tanto juego –en unos espacios donde abundan los letreros que exigen silencio– me impedía reflexionar o leer, que es a lo que me dedico en esas consultas cuando la espera se prolonga más de lo soportable.  

Considero una catástrofe la ampliación de cobertura al interior de la red de metro, un lugar en el que antes se estaba a salvo de esa molesta cháchara –bastante tenemos con los que irrumpen cantando La flor de la canela– y estoy aterrorizado porque he leído que pronto el uso de los móviles será posible en todas las líneas aéreas. Viajar en AVE ha perdido todo atractivo, desde que la cobertura a bordo permite que quienes nos rodean nos amarguen con su algarabía un viaje que al menos debería servir para relajarnos.

Cuando se inició la aparición de la última generación de terminales móviles me preguntaba qué significado podía tener el calificativo de móviles inteligentes aplicado a ellos, teniendo en cuenta que no es precisamente la inteligencia una característica de ningún aparato. Ahora lo entiendo: no hay duda de que entre el usuario del chisme y el propio chisme, es éste último –en la mayoría de los casos– el más inteligente de los dos.

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