martes, 20 de agosto de 2013

El ruido como adicción

Días pasados ha aparecido en la prensa la noticia de que en Madrid, un sujeto al que le molestaba el ruido que hacía un niño jugando al balón a las 8 de la tarde le ha disparado con una carabina, produciéndole una herida que casi le alcanza la aorta y por lo tanto poniendo en serio peligro su vida.

Hasta aquí los hechos, y antes de continuar y para que no se me malinterprete, aclaro que me parece un acto propio de un desequilibrado y que nunca estaría justificado ese proceder. Si nos ponemos a disparar cada vez que algo nos parece injusto o nos desagrada no se podría andar por la calle, pues todos andaríamos disparándonos unos a otros (y yo me gastaría una fortuna en munición).

En los comentarios que siguen a la noticia en los medios digitales el debate ha sido intenso, aunque casi todos se extrañaban de que alguien protestara por el ruido a las 8 de la tarde, pues existe la creencia generalizada de que hasta la medianoche se puede hacer tanto ruido como apetezca. Curiosamente la gran mayoría eludía el fondo de la noticia: el ruido que en este desgraciado país nos rodea permanentemente, sin que ninguno de los organismos que podrían atenuar esa agresión intervenga para hacer algo de manera efectiva, ni el ciudadano tome conciencia de que así no se puede vivir. Parece que nuestras autoridades están orgullosas de que junto con Japón estemos a la cabeza del planeta en cuanto a ruido ambiental, no es casualidad que en España haya más monumentos al tambor que dedicados a ningún científico o inventor. Por si fuera poco, desde hace unos años contamos con más de un millón de primos hispanoamericanos habitando entre nosotros, buena parte de los cuales considera que la vida sin reguetón a todo volumen no merece la pena ser vivida.

Aquí todo el mundo se cree con derecho a producir ruido cada vez que le venga bien y a gritar se encuentre donde se encuentre, porque en cada conversación lo importante no es hablar y escuchar, sino imponer nuestra voz por encima de todos los que nos rodean.

Se me ocurren mil ejemplos de la falta de respeto hispánica hacia los demás: ¿nunca le han despertado cuando dormía en un hotel –en España, claro– las voces de otros huéspedes que volvían a su habitación a las 2 ó 3 de la mañana comportándose como si fuera mediodía? Si duerme en casa con la ventana abierta, ¿no le ha sucedido que había quienes pasaban por la calle a altas horas hablando a gritos? Esto es sólo un par de los muchísimos casos que se dan a diario; pues para qué hablar de las terrazas de los bares, los vecinos “de arriba”, vendedores en furgonetas con megafonía, las motos sin silenciador, equipos de música de los coches, fiestas populares... Si usted se atreve a pedir a alguno de estos ruidosos que reduzca el volumen puede esperar una reacción violenta o cuando menos la recomendación de que si no le gusta el ruido se vaya a vivir al campo. Eso es lo que hay.

Viví hace pocos años un episodio que considero ilustrativo de esa insensibilidad de los españoles hacia el ruido. Unos vecinos se habían marchado de puente y dejado a su perro solo en el piso, colocándole un cuenco con agua, un saco de comida (esto lo supe después) y la terraza abierta para que el chucho pudiera salir a tomar el aire. El animalito no agradeció estos lujosos detalles y se pasó el puente ladrando y aullando por la casa y la terraza. Harto ya, llamé a la policía municipal a la una y media de la mañana y acudió una pareja de agentes (uno era mujer con signos evidentes de intoxicación etílica) a los que conté el problema y  pudieron escuchar en directo el recital del perro. Llamaron repetidamente a la puerta del piso sin éxito –les quedó claro que el perro no sabía abrir– y finalmente volvieron a mí para recomendarme que llamara yo a la Sociedad Protectora de Animales. Quedé perplejo y les dije que al avisarlos a ellos yo creía haber llamado a la sociedad protectora de personas. Por supuesto que no captaron mi ironía, así que me miraron con cara de sospecha y se fueron sin hacer nada (ella dando tumbos), supongo que para que yo –que no el vecino– escarmentara y no volviera a molestarles. Vaya desde aquí mi homenaje a la policía municipal de Madrid por su sorprendente capacidad de trabajo, su altruismo, su educados modales y su esfuerzo: menos, imposible; lo de To Serve and Protect no va con ellos.



"La cantidad de ruido que puede soportarse sin que moleste es inversamente proporcional a la capacidad mental".  Schopenhauer
 

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