martes, 1 de octubre de 2013

Canibalismo entre lenguas

Lo he dicho en otras ocasiones, casi siempre criticando la adopción de un barbarismo cuando no añade expresividad o claridad al castellano, pero el asunto se ha vuelto tan arrollador y generalizado que meditando hoy sobre la cuestión mientras atendía al telediario llegué a la conclusión de que se trata de algo que ya no tiene remedio, pues quienes gritamos por ello no tenemos auditorio y quienes disponen de él son casi siempre indiferentes al fenómeno.

En otros tiempos, podía ser el francés el idioma del que generalmente se tomaban palabras para insertarlas en nuestra propia lengua y se hacía cuando era necesario, pero eso ya pasó como pasó la fortaleza de la lengua francesa y hoy es el inglés el que nos amenaza, o aún peor, no es ese idioma el que nos invade, sino la ignorancia y el entreguismo de los propios hablantes la que está propiciando primero la pérdida de coherencia del español y supongo que en un futuro no tan lejano su conversión en un triste dialecto.

Buena parte de la culpa la tienen las modernas tecnologías de comunicación –junto con un sistema educativo lamentable–, que propician que las nuevas generaciones se comuniquen precipitada y frecuentemente por “escrito” sin preocuparse ni de lejos por cómo se escriben las cosas. Parece un tópico, pero no hay más que ver los SMS, Whatsapp, Facebook, Twitter y otros medios para que si uno es de los que cuida la ortografía sufra un síncope.

Y no es lo peor. Los periódicos que antiguamente servían para pulir la ortografía aprendida a lo largo del bachillerato –aquel que abarcaba desde los 11 a los 16 ó 17 años– son ahora precisamente lo contrario y hasta los de más prestigio llenan sus páginas con disparates que dan una pobre y ajustada idea de los periodistas actuales.

Cada lengua tiene su propia música, eso lo sabe todo el mundo, y se está adoptando la del inglés en el español hablado y escrito. En aquél, es facilísimo percibir cuándo algo es una pregunta o no lo es, casi cualquiera sabe que si escribo am I funny estoy preguntando y no hace falta siquiera poner el signo de interrogación; haga la prueba en cualquier traductor online escribiendo eso y verá cómo es el propio programa el que le coloca el signo de comienzo en su paso al español. Sin embargo, en nuestra lengua si usted escribe soy gracioso no hay manera de saber si está preguntando o afirmando. Pues igual ocurre con la entonación al hablar, en español se cambia la entonación desde el principio de la pregunta, por eso es rechazable que la práctica totalidad de los hablantes omita al escribir el signo de apertura en interrogaciones y exclamaciones, dejando al lector sin saber cómo entonar cuando la pregunta es larga. Parece que hacerlo bien poniendo el garabato al comienzo es un esfuerzo agotador. 

Si a eso le sumamos el uso inadecuado de palabras inglesas al verterlas al castellano, el desastre es seguro. De ahí que me produzcan escalofríos las traducciones apresuradas de colapse, bizarre, casual, dramatic, terrific, sympathy, etc. etc., por colapso, bizarro, casual, dramático, terrorífico, simpatía, en vez de derrumbe o desplome, extraño o raro, informal, espectacular, fenomenal o genial, compasión. Eso sin contar el uso del punto en vez de la coma decimal y la constante confusión entre el billón americano y el europeo, que hace que cada macrocifra que se lee en la prensa obligue a consultar en otra fuente fiable de qué va realmente, pues nuestros periodistas, en su ignorancia, se empeñan en llamar billón a los mil millones. Leí en una ocasión en El País el valor de la producción de la firma Tata de la India, y por aquello del mal uso de los billones, resultaba que ese valor era superior al PIB de los EE.UU., ¡pandilla de iletrados!

Pensándolo bien, he titulado erróneamente la entrada, pues no hay canibalismo entre el inglés y el español, sino que el pez pequeño –el español– se está precipitando a velocidad de vértigo entre las fauces del pez grande, que para más escarnio no tiene mayor interés en devorarlo.

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