lunes, 4 de mayo de 2015

Budapest, viaje con escala. Adenda

calle Ignacio Nagy
Hace pocos días publiqué una entrada dedicada a mi viaje a Budapest y hasta me asombró el halago de un amigo que se asombraba de que fuera capaz de encerrar una ciudad como esa en una página, pero la verdad es que cuando lo escribí me pasé de la raya y al ver que superaba el tamaño habitual de una entrada, que calculo que es más o menos lo que un lector normal puede soportar, procedí a una poda de lo escrito que lo dejó del tamaño deseado, pero hecho un bonsai. Posteriormente le añadí un pequeño párrafo, pero siguió siendo un tronco esquilmado, así que hoy realizo una ampliación de lo escrito añadiendo algo, no exactamente lo original eliminado, porque aquello lo borré por las buenas. Lamento esta incontinencia literaria, Angel.

Ni de lejos me voy a poner a describir el parlamento y sus 85 torres (eso aseguran) o la iglesia de Matías en Buda, porque eso ya viene en las guías. Voy a tratar de señalar lo que no viene en esas guías o no se le presta atención. Por ejemplo, lo de que los húngaros escriban primero su apellido y después el nombre. Eso implica que cuando decimos, por ejemplo, Imre Nagy, estamos invirtiendo su orden original Nagy Imre, –sospecho que allí Nagy es como aquí González– como si en vez de escribir Rodrigo Rato lo hiciéramos como Rato Rodrigo ("rato" en portugués y gallego significa "rata"). 

Diré que la ciudad dispone de una satisfactoria red de transporte público, al menos en la parte que el turista visita. El metro tiene sólo 4 líneas, pero está bien complementado por abundantes líneas de tranvías –tengo una debilidad infantil por ellos–, trolebuses y autobuses. El problema de estos complementos es que, como es natural, indican su recorrido en húngaro –no conseguimos un mapa en condiciones de la red– y eso dificulta un uso confortable del recurso que, al menos en nuestro caso, hizo que nos ciñéramos principalmente al metro.

Las estaciones de metro por las que pasamos, estaban a una profundidad que en las redes de metro que conozco no he encontrado nunca y consecuentemente sus escaleras automáticas eran de una longitud que a mí me producía vértigo. Para remate, el ángulo de estas escaleras es más empinado que el de aquí, produciendo un efecto óptico consistente en que al bajar por ellas, da la sensación de que el rellano que se alcanza al final está señaladamente inclinado hacia la escalera.

Me llamó la atención que el rotulado de sus calles fuera claro de leer y con información detallada, no tan escondido, difuso y descascarillado como suele ser en España. Como otras ciudades europeas, incluía el nombre del distrito y barrio, pero además los números de las casas que abarcaba la manzana. Muy práctico. 

En esa iglesia de Matías que he mencionado y que era una mezcla de varios estilos, aunque fundamentalmente gótico, me sorprendió que las grandes columnas estuvieran dibujadas y coloreadas al estilo de como nos cuentan que eran los templos egipcios. Además, ya saben que en España solemos alicatar hasta el techo nuestros baños y cocinas. En centroeuropa se mueren por alicatar el tejado de las iglesias y Budapest no es una excepción.

Se me ocurrió hacer un crucero de una hora por el Danubio tras la puesta de sol, porque me habían asegurado que el espectáculo de puentes, iglesias y palacios iluminados por la noche merecía la pena. Tenían razón, aunque el espectáculo desmereció bastante gracias a la presencia de unos cuarenta turistas adolescentes en plena posesión y uso de voces chirriantes, capaces de hacer temblar el barco con sus gritos. En resumidas cuentas, no recomiendo la excursión salvo que se garantice mediante contrato la ausencia de vociferadores. Los adolescentes siempre serán adolescentes, por eso es saludable no compartir espacio con ellos.

Supimos que Budapest es llamada “la ciudad de los baños” y no precisamente por los de las viviendas, sino por los baños públicos en los que usted puede disfrutar de todos tipo de prestaciones a cual más sibarita, desde baños en chocolate a baños en vino tinto, masajes de distintos tipos y de duración de hasta 60 minutos –no me imagino lo que puede ser un masaje de esa duración–, lamento no haber tenido tiempo de experimentarlo, pero había también baños al aire libre –algo así como nuestras piscinas– donde la gente se bañaba alegremente en aguas templadas, cierto, pero al salir del agua la temperatura exterior era –en los días de mi visita– de unos 7 u 8 grados y la verdad, que no cuenten conmigo para experiencias de ese tipo. Me pregunto si esa afición a los baños será algo remoto o es fruto de la dominación de los turcos durante 150 años.

20Resultaba curioso que la llamada corona de San Esteban incluida en el escudo de Hungría tuviese torcida la cruz que la remata en la parte superior. Pensaba al principio que era un descuido en la primera reproducción que vi, pero tras ver que esa cruz torcida estaba en todas las representaciones de la corona, fuera a la entrada de los puentes sobre el Danubio, los monumentos o en los grabados más rancios, decidí preguntar y como nadie lo sabía y no pude hacer una encuesta a escala nacional no llegué a averiguar la razón de esa cruz doblada a la que yo atribuía cierto simbolismo ligado al berrinche de algún rey, con una frase emparejada del tipo “…podrán doblar la cruz de mi corona, pero no la determinación de cumplir mi destino como cristiano”.

Pues no. A mi vuelta busqué incansablemente en Google y encontré la única explicación que ha llegado hasta mí: la corona está torcida porque en el siglo XVII alguien al guardarla no puso cuidado y machacó la cruz al cerrar el cofre. Caray, qué desidia, ¿no era mejor enderezarla y dejarse de pamplinas? 

Para final una alegría: sólo vi una pintada en todo el Puente de las Cadenas, hecha con rotulador negro grueso. Estaba en español.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Espero que una vez rota esa "continencia" te decidas a escribir más artículos sobre este viaje.
¡Lástima que no tengas una foto de la pintada que mencionas!
Angel

Mulliner dijo...

Me pasa como a muchos, que cuando me pongo a escribir me cuesta parar. Sin embargo, el asunto Budapest se acabó porque no es propio del blog tanta dedicación. Los viajes son cosa tuya y de alguno más.

Respecto a la pintada, me produjo tal enfado que me limité a enseñarlo a mi mujer y darme la vuelta para no verlo.

Gracias por tu comentario, da vidilla a esto y me anima a seguir.