sábado, 23 de mayo de 2015

Seres supremos

¿Cree alguien de verdad en Batman como ser supremo?, ¿y en el MEV (Monstruo del Espagueti Volador)?

Posiblemente habrá pocos que depositen su fe en el primero aunque hay gente para todo, pero el segundo tiene sus creyentes –pastafaris– en los EE.UU. que es donde se fundó esta religión y posee sus templos en aquel sorprendente país y también en Europa hay alguno en Dinamarca o Alemania, no recuerdo con certeza, pero seguro que es en esos países donde pensamos que puede darse cualquier cosa. La escasez de luz natural y una dieta a base de arenques no es bueno para la estabilidad mental.

Le veo pocas posibilidades al pobre Batman, esa es la verdad, aunque al igual que Superman, Spiderman y otros superhéroes se crearon como moderna y fantasiosa respuesta a la necesidad básica de depositar la propia confianza en un ser superior a nosotros mismos y fiando en que, con su capacidad y poderes, nos sacará de cualquier apuro en que nos podamos encontrar.

Lo del Espagueti Volador es otra cosa, pues tiene adultos seguidores que se toman medio en serio medio en broma lo de rendirle pleitesía. En todo caso da igual, y de manera semejante a los dioses de las grandes religiones es cuestión de cada uno creer en su existencia y adorarle; como Voltaire, soy un convencido de la conveniencia de que quienes no tienen buenos y sólidos principios crean en dios y por encima de todo me parece bien que cada uno se apañe como pueda. Ya saben aquello que afirmó Nieztche: El hombre, en su orgullo, creó a dios a su imagen y semejanza. Pues hágase.

Otra cosa es cuando alguno de estos adscritos muestra su asombro al encontrarse con un no-creyente y se admira de que nos mantengamos al margen de esa red de gente de fe que casi cubre el planeta. Es frecuente que, más o menos amistosamente, inquiera sobre ese descreimiento. Parece que no tienen presente eso que se ha dado en llamar la carga de la pruebaonus probandi– y que debe ser aportada por quien afirma la existencia de algo, sean los OVNIS, sea el yeti, sea la honradez de los franquistas que nos gobiernan.

No soy tan pretencioso y absurdo como para pretender probar la no existencia de uno u otro dios, simplemente me sitúo en el escepticismo dispuesto, por descontado, a apearme de mi descreimiento apenas algún creyente venga a mi lado y me convenza de mi error. Pero ojo, no me pidan fe, fe es creer en algo que no se sustenta en pruebas y no estoy en esas.

Lamentablemente, hasta el momento sólo he podido escuchar vaguedades, argumentos geográficos o frases rotundas basadas en la nada o, lo que viene a ser lo mismo, en las llamadas Sagradas Escrituras o el Corán, que poseen de por sí tanta fiabilidad como Blancanieves o el Poema del Mío Cid.

Vamos a vivir en paz, que cada uno haga y crea en lo que le apetezca, cuidando de que esos hechos o creencias no molesten a los demás, porque en ese caso lo que se está buscando es la confrontación.

Por poner un ejemplo práctico: en la acera de enfrente de mi casa había un solar de propiedad municipal comprometido por el ayuntamiento para construir centro de juventud, centro cultural y biblioteca pública, tengo copia del documento municipal sobre ese acuerdo (ver noticia de prensa). De repente y sin más aviso previo, el alcalde cede a la iglesia católica ese solar para la construcción de un templo y en ese templo –cuando se construye a toda prisa– se coloca una especie de torreta rematada por una campana en la que por medios eléctricos o electrónicos se hace que sea mecánicamente golpeada noventa veces cada vez que se desea anunciar oficios (quienes me conocen ya me han oído opinar ampliamente sobre el asunto) produciendo un ruido enloquecedor por su potencia, monotonía y persistencia. Cuando las ventanas propias se encuentran a cincuenta metros en línea recta –sin obstáculo intermedio– es difícil olvidar el asunto.

En su momento, asociaciones de vecinos ya intentaron negociar con el párroco reducirlo a diez o doce campanadas, pero el personaje no atiende a razones y cuando lo han interrogado en la televisión, hace años, sobre el cambio de uso del solar entre otros asuntos, ha respondido que una iglesia es el servicio social más importante (ver vídeo). Entonces, el concejal de distrito (del PP, claro) me prometió personal y públicamente que se efectuaría una medición de los decibelios producidos, actuando en consecuencia. Hasta ahora; cambió el concejal, pero no la actitud. Ya saben, perro no come perro.

Hace unos seis o siete años un anónimo héroe de la zona subió a la torreta y se cargó el mecanismo, pero por desgracia alguien lo vio y días después fue detenido y encarcelado; el instrumento de tortura reparado y se colocaron medidas de seguridad que hacen imposible repetir el intento. Una pena.

A eso se le llama actitud hostil y lamentablemente, es la postura habitual de la iglesia católica en España: prepotencia y desprecio a los otros, ahora que no pueden encarcelarlos o quemarlos como sería su deseo. Que nadie se extrañe de que esos comportamientos despierten una profunda y persistente animosidad y fuerte deseo de revancha.

2 comentarios:

Luis G dijo...

Conocía la historia del campanario tortura, porque me la habías contado en alguna ocasión. Acabo de volver de pasar unos días en "mi pueblo" y, sin saberlo, he coincidido con una romería de mujeres (existe una réplica para hombres). Cuando estaba tranquilamente leyendo en el jardín, intentando olvidarme del ajetreo de la ciudad, de repente empezaron a sonar "campanas de gloria", porque las romeras, unas cien, volvían de su excursión y entraban en la iglesia para devolver la imagen de la virgen local a su lugar permanente. Veinte minutos eternos de campanadas ininterrumpidas y estridentes, en un lugar en el que el eco redobla los sonidos hasta hacerlos insoportables. Y todo, desde mi punto de vista, para hacerse notar contra viento y marea. Una imposición de la fe por parte de la iglesia oficial a base de decibelios, una auténtica agresión a los sentidos. Pero, ojo, no protestes: te pueden descuartizar.

Mulliner dijo...

Pues más que descuartizarte (que no está descartado) no te hacen ni caso y tus propios vecinos serían los que te crucificaran.

La verdad es que unos cuantos campanazos en pueblos donde la iglesia sea lo más antiguo del lugar puede soportarse en aras de la tradición. Pero las construidas en este siglo deberían poner wifi y llamar a sus fieles por whatsapp.

De todas formas, he visto hoy en la televisión lo de Almonte y me he quedado pensando que siempre hay algo peor. Es un consuelo; tonto, pero consuelo.