miércoles, 10 de junio de 2015

El Reino Unido y Europa

Veía el otro día en el telediario una escena en la que una anciana caminaba por una alargada alfombra de cortesía, arrastrando la larga y pesada cola de su propia vestimenta –toda ella terciopelo y armiño–, sostenida parcialmente por dos lacayos, y portando sobre su cabeza un enorme y pesada corona cuajada de piedras preciosas. Al final de la alfombra, había un trono espectacular y cuando la mujer se disponía a sentarse en él, los dos lacayos se apresuraron servilmente a colocar la cola de manera que no estorbara ni molestara a la anciana durante la lectura de su discurso, una de las pocas tareas a realizar a cambio de un salario evidentemente desproporcionado. Todo el largo recorrido de la alfombra estaba flanqueado por bancadas en las que se encontraban personas disfrazadas de manera extravagante y guardadas por otros individuos disfrazados tan ridículamente que necesariamente deben ser tachados de frikis. Todos entusiasmados de pertenecer y representar al único imperio mundial sin imperio.

Para cualquiera que ignorara lo relativo al país en que se desarrollaba el evento, se trataría de un juego de máscaras o una escena de una de esas películas o series de televisión en las que dan rienda suelta a la imaginación a la hora de presentar o vestir personajes. Los que vemos telediarios y estamos en la pomada, sabíamos que se trataba de la apertura de la legislatura en la cámara de los lores¡todavía existe eso!– del parlamento británico y la ridícula anciana era la reina de Inglaterra, la única reina occidental que se atreve a llevar corona, esa señora que se ha pegado con cola al trono y no deja que ningún descendiente la sustituya, pase lo que pase. Esa que ni siquiera se rompe una cadera, como sería su obligación considerando el puesto que ocupa.

Nos hemos acostumbrado con toda naturalidad a la ridiculez de todas las ceremonias británicas, desde la abundancia de pelucas en los tribunales de justicia a los disfraces chocantes y excesivos en aquellas en que interviene su majestad británica. Soy del parecer de que se esfuerzan por mantener ese atrezzo porque le obtienen una buena rentabilidad mediante el turismo, en especial el procedente de sus primos americanos, escasamente monárquicos, pero adoradores de ese tipo de frikismo.   

Se trata de ese país llamado Reino Unido, que muchos se han empeñado en considerar europeo, pese a que ni sus usos, ni sus costumbres, ni su forma de vida acaba de encajar en el entorno europeo y a los que les reímos la gracia de aquello tan conocido de el continente está aislado por la niebla o más altivamente por afirmar que se nota dónde uno se encuentra –al desembarcar en el continente– por el olor a ajo, llegando al extremo de que una popular súbdita suya, casada con un famoso y pintarrajeado futbolista afirmara que España olía a ajo. Que ya me gustaría, porque soy un adorador de esa planta y si además aleja a los británicos y a los vampiros, perfecto.

Eso sí, saben venderse bien y los españoles, que sin duda somos bastante idiotas la prueba es que somos quienes más nos creemos la leyenda negra sobre nuestra propia historia consideramos a los británicos modélicos en cuanto a puntualidad, humor, modales y otras virtudes de las que en realidad carecen. En cuanto a sus modales, sería bueno darse una vuelta por Magaluf, Lloret, Salou o Benidorm cuando más británicos las visitan; y sobre su humor, apenas un par de escritores avalan esa idea, el resto es tan deplorable como el humor grosero y cateto de sus famosos Benny Hill o Austin Powers, que no tienen nada que envidiar a Torrente, nuestra racial aportación al infracine. 

Mantiene ese extravagante país una moneda diferente a la que circula en todos los países desarrollados de la UE, conserva un sistema de medidas nostálgicamente llamado “imperial”, se niegan a integrarse en el área Schengen, conducen al contrario que en toda Europa y América –ya sé lo de Suecia...–, procura sistemáticamente oponerse a lo decidido en Bruselas y… en la época de Margaret Thatcher consiguieron el llamado cheque británico equivalente a cerca de cinco millardos de euros –5.000.000.000 de euros– anuales, que en si en algún momento tuvo una cierta justificación por la pobreza del país en aquel entonces, ahora es sólo un ejemplo más de insolidaridad dentro de la UE, porque pese al cambio de la situación, se niegan a su eliminación y por el contrario, está previsto su incremento. Todos en la UE intentan cobrar y no pagar, de manera perpetua, el problema es que el RU lleva buen camino para conseguirlo.

Es más, practicando eso que tanto gusta a los naturales del país, la extorsión, amenazan con salirse de la UE tras un referéndum, salvo que se acceda a otra serie de nuevas condiciones, desconocidas para los ciudadanos europeos hasta ahora pero que podemos imaginar por dónde van, para lo cual su primer ministro está haciendo una ronda por algunos países de la UE para que entiendan lo razonable de su exigencia. Declara el tal Cameron que espera que adopten una actitud constructiva para evitar su salida, lo que en buen castellano quiere decir, que se dobleguen y acepten una desigualdad mayor en el seno de la UE, ¡ellos sí que son diferentes!

Yo fui uno de esos crédulos que se entusiasmaron por la existencia de la UE y nuestra incorporación a ella, pero como ya he dicho en alguna ocasión, no es esto lo que deseaba. Yo quería una Europa unida e igualitaria, no una donde mangoneara Alemania y su lacayo francés y en donde el Reino Unido permaneciera tan solo para poder vender con ventaja sus productos industriales –cerca del 50% de sus exportaciones van a la UE–, al tiempo que España tiene que soportar que algún país extraeuropeo como Marruecos, coloque sus productos agrícolas en la UE en igualdad de condiciones con los productos españoles.

Desde un foro con tan poca resonancia como éste, pese al fervor religioso de algunos por ese europeismo, y sin un resquicio de duda, yo me declaro partidario rotundo de la salida del RU de la UE y que de una vez nos veamos libres de su inevitable y permanente extorsión. Que se queden fuera y tan aislados como el continente cuando hay niebla en el Canal, que se apañen con su EFTA o se integren como un estado más en los EE.UU.

Al tiempo, consigamos que Bruselas deje de ser la capital mundial de la burocracia y un refugio para políticos en decadencia. De verdad que Europa tampoco debe ser eso. Hemos permitido la creación de un monstruo que consume el tiempo y el dinero que debería emplearse en mejorar la vida de los europeos.

Firmemos también todas las peticiones para rechazar el TTIP –apoyado hasta ahora por el Partido Popular Europeo y el Partido Socialista Europeo (¡qué vergüenza!, ¡y encima con esos!)–, con el que los países como unidades políticas, sobre todo si son débiles y periféricos como el nuestro, dejarán de tener capacidad de decisión y perderán casi del todo su soberanía, entregando más poder aún a los bancos y multinacionales.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

De acuerdo con casi todo pero quiero recordarte que hay otros "imperios" casi tan ridículos en su aspecto como el británico. Tenemos entre otros al japonés, al Vaticano y al budismo tibetano y su Dalai Lama que tanto entusiasma a muchos occidentales incluídos algunos de nuestros dirigentes autonómicos. El del Vaticano a casi todos, autonómicos o no.
Y no olvidando dentro del apartado "disfraz" a nuestras policías autonómicas y nuestra fiesta nacional.
¿Para cuando un artículo sobre las "conversaciones" de los partidos políticos de estos días?
Angel

Mulliner dijo...

Me cuesta creer que los japoneses se refieran a sí mismos como "imperio" y en cuanto a los otros dos son "espirituales" y por tanto no entra en el mismo grupo que los británicos. El Dalai Lama y sus fieles no me tocan ni de refilón y de todas formas, por pura lejanía, los respeto más que al Vaticano al que ya le dedico en otras entradas más de lo que merece, incluso refiriéndome a su ejército de opereta.

Estoy viviendo tan espantado -que no sorprendido- lo que está ocurriendo en tantas negociaciones como tienen lugar en estos días que, de verdad, ni me atrevo a meterme en esos asuntos. También sobre Podemos he hecho comentarios, incluso antes de adoptar ese nombre, y lamentablemente se están confirmando. La verdad, Angel, es que estoy harto de hacerme enemigos, así que salvo que un día de estos me dé un arrebato, no voy a escribir sobre ello.