domingo, 28 de junio de 2015

La necedad del pirómano

Es probable que quienes me conocen personalmente aprovechen esta ocasión para practicar la psiquiatría –a casi todo el mundo le gusta hacerlo– y aventurar que si trato sobre esto es porque me encuentro marcado por un episodio de mi propia vida. Una pena que sólo se acuerden del asunto para restar importancia a lo que digo.

Ese episodio no viene ahora al caso, la razón de ocuparme del tema es otra, simplemente aquello por lo que pasé me sirvió para tomar conciencia de un hecho que los demás parecen ignorar: el fuego es el gran enemigo de los seres vivos. Que hace siglos fuera normal convivir con ese peligro se debe a que era inevitable, puesto que era la única fuente conocida de luz y calor, pero hoy las cosas han cambiado en ese sentido. No en otros, y leí una vez que al hombre de otros tiempos le hubiese horrorizado convivir con la cantidad de peligros que ahora siempre tenemos cercanos, en nuestras viviendas: gas, electricidad, productos químicos, etc. Cada año son frecuentes las bajas humanas por estos motivos.

Pese a todo, el hombre actual se empeña en convivir o, a veces incluso jugar, con ése que es nuestro enemigo mortal. Hace unos días veía en televisión las fiestas celebradas alrededor del fuego en toda España –¡qué inconsciencia!–, en especial en esa zona donde lo adoran, el levante de la península. La gente reía, saltaba o caminaba sobre él , lo pasaba bien, sin caer en la cuenta de que lo que puede ocurrir –y ocurre– no es una broma sino un peligro cierto y que sus secuelas son de por vida cuando no traen la muerte. Hasta se pudo ver cómo un imbécil, al prender fuego a una hoguera en una playa del País Vasco, prendía fuego a un bidón que contenía gasolina, con las consecuencias lógicas. ¿Saben que en España hay bastantes hospitales que disponen de Centro de Quemados y que habitualmente están ocupados casi al completo?, ¿que el dolor en esos centros es casi infinito?

Hoy viene en la prensa un suceso dramático y paradójico: en Taiwan ha habido un incendio en un parque acuático en el que han resultado con quemaduras más de 500 personas, de ellas 194 graves. Me llama la atención de que los medios se empeñan hace ya tiempo en llamar heridas a las quemaduras y por lo tanto heridos y no quemados a los que sufren las consecuencias. Un error fruto de la ignorancia y el esfuerzo para no mencionar la palabra adecuada. 

Casi todo el mundo juega con ese horror, pese a que todos sabemos las víctimas que cada año producen los incendios y en especial los forestales, provocados por la barbacoa de algún cretino, una colilla, una quema de rastrojos o simplemente un asesino que seguramente ejecuta una venganza –o el encargo de algún interesado– prendiendo fuego intencionadamente al bosque, ¿no les horroriza el daño que causarán y que en el mejor de los casos tardará muchos años en recuperarse? Para estos sicarios del fuego y sus inductores yo implantaría unas penas que no pudieran olvidar.

Es inútil discursear –cuando hablo del tema alguno me mira burlón como si yo fuera uno de esos predicadores evangélicos–, incluso se sabe que el fuego atrae morbosamente al público que inevitablemente está convencido de que eso del fuego es algo que no puede ocurrirle a ÉL y no toman la mínima precaución para que eso sea ciertamente así. Son frecuentes las películas –incluso Bambi, ¿recuerdan?– donde se usa como elemento dramático de gran fuerza, banalizando su importancia real. Apenas si he tenido éxito al recomendar a amigos y familiares dos medidas elementales para alejar el peligro, que son la instalación de alarmas de humo en cada habitación de la casa y hacerse con un par de extintores para uso doméstico, porque la vida no es una película, el fuego de verdad no es bonito, y quema. El precio de las alarmas no suele alcanzar los diez euros por unidad y su instalación no ocupa ni cinco minutos a cualquiera que sea capaz de vestirse sin ayuda. En cuanto a los extintores que recomiendo apenas cuestan 30 euros cada uno. ¿Es dinero lo que nos falta o más bien –insisto– es absurda certidumbre de que a nosotros esas cosas no nos pasan, no nos pueden pasar

Muchos estados de EE.UU. (no sé si todos) obligan por ley a la instalación de esas alarmas, fíjense en las películas, pueden verlo hasta en Los Simpson. Hay países a los que miramos despreciativamente por subdesarrollados que se toman este asunto más en serio que nosotros. Como ejemplo, en Brasil es obligatorio llevan un extintor en el coche y como puede que haya que recargarlos alguna vez, las gasolineras disponen de un servicio que, para evitar esperas, simplemente cambia el nuestro por otro en condiciones. Un extintor tiene una vida útil de unos 20 años.

Ya lo sabe, por menos de 100 euros usted puede mejorar su tranquilidad y su seguridad frente a un peligro real. Que se considere inmune es problema suyo, mi querido supermán.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo.
P.Blasco