jueves, 17 de septiembre de 2015

Los pajaritos y la bandada

Está sentado en un banco de los jardines de delante de su casa. Unas migas de su bocadillo caen al suelo y de inmediato un pajarillo se arroja sobre ellas y las come con avidez. Usted se siente totalmente identificado con el pajarito y casi se le saltan las lágrimas al ver que sus ojillos parecen reflejar agradecimiento, igual que se siente conmovido al comprobar que no rehuye su compañía. Al día siguiente, ya baja pertrechado con pan de sobra y observa tiernamente cómo media docena o quizás diez pajaritos, repiten la experiencia del día anterior. Al otro día repite el juego y esta vez no son menos de treinta los pajarillos que vienen a ser alimentados, la mayoría gorriones y hasta alguna chulesca urraca que también quiere su parte del festín. Pasa un día más y cuando usted abre la puerta se queda horrorizado porque aquello parece una escena de la película Los pájaros de Hitchcock así que, asustado, vuelve a entrar en la casa y se encierra a cal y canto.

Esto es más o menos lo que yo siento acerca de todo el explotado tema de los refugiados, parece que el buenismo ha contagiado a buena parte de los europeos y como consecuencia están deseando compartir su comida, su espacio, su dinero, con los que llegan, apenas unos miles. Rectifico, ya son casi doscientos mil. Me equivoqué: oigo en la televisión que sólo este año –el que viene aumentará la cifra– serán más de un millón.

De momento, Alemania dice que le vienen bien los cualificados que proceden de Siria, ya veremos dónde colocan al resto que no sabe hacer la O con un canuto o a quiénes se los asignan. Es cierto que si los ingenieros de aquí tienen que irse al extranjero, ¿para qué vamos a querer ingenieros sirios?

Hay un pequeño problema que también he podido observar en la televisión: no son sólo sirios, entremezclados se ven multitud de negros que sin duda son emigrantes económicos procedentes de África y hasta aparece una pareja pakistaní que dice que se vienen porque sus padres no les dejan casarse. ¿Sin duda?, pues depende de cómo lo miremos, porque según dicen también en la televisión, no hay una buena razón para no considerar refugiados a quienes vienen huyendo de países como Sudán del Sur, Eritrea, Somalia, República Centroafricana, Libia, Mali, Nigeria, Senegal, Palestina, Afganistán, Irak, Pakistán, India (particularmente las castas inferiores), etc., porque es cierto que en sus países no hay mucho futuro, que hay una situación de guerra o conflicto e incluso persecuciones sociales o religiosas, muchos viven todavía inmersos en los conflictos tribales y la religión es una buena excusa para matarse a tiros o machetazos.

Por todas partes surgen personas y poblaciones que se ofrecen a acoger refugiados, parecen pensar que con albergarlos en un polideportivo y darles algo de ropa todo estará solucionado, pero por ejemplo, ¿de dónde sacamos puestos de trabajo para ellos?, ¿y la seguridad social?, ¿y la vivienda? Hoy dice la televisión que en Madrid hay decenas de miles de ciudadanos en las listas de espera quirúrgicas, pero el ayuntamiento de la capital no tiene empacho en presupuestar 10 millones para ayuda a los refugiados y promete aumentar esa cifra si fuera preciso. Parece que estamos deseando que en las ciudades españolas se formen guetos tan terribles como los que ya disfrutan otras ciudades europeas. Pero estamos salvados: Arabia Saudí se niega a acoger a sus hermanos de religión, pero se ofrece para financiar la construcción de 300 mezquitas en Europa, ¿por qué será que esto me huele mal?

Hay muchas personas en Europa que sienten reparos acerca de esta invasión, pero su opinión no es tenida en cuenta, sobre todo porque con el buenismo imperante es posible que esos mismos bondadosos seres los linchen, así que mejor callarse. De momento tenemos la coartada de la ultraderechista Hungría que, como dicen los medios, está sirviendo de tapón –y de coartada, digo yo– para evitar que ese país se transforme en un simple corredor de paso a países más al oeste y al norte. Es cierto que sólo la ultraderecha se atreve a expresar lo que tantos no-extremistas y no-derechistas pensamos: no podemos acoger a todos los que tengan una vida difícil en el mundo. Hablamos de decenas de millones, quizás cientos de millones.

Con el asunto de los refugiados sirios hasta la prensa evita publicar noticias que resulten adversas a esa oleada compasiva, pero buscando en diarios extranjeros usted puede encontrar que en Uruguay los sirios acogidos cuando el anterior presidente José Mujica, claman para ser devueltos al viejo continente porque “no han salido de una pobreza para caer en otra” (y conste, Uruguay es de lo mejorcito de Sudamérica); ¿no decían que huían de la guerra?. Tampoco se muestra el vídeo en el que puede verse a los refugiados en el interior de un tren en Hungría, no aceptando e incluso arrojando a la vía la comida y botellas de agua que les ofrece un contingente de mujeres-policías; a unas niñas pequeñas que aceptan estos alimentos sus propios compatriotas las obligan a soltarlos. También puede saberse de las protestas de los agricultores por donde pasan caminando los presuntos sirios, porque arrasan sus huertos robando la cosecha o pisoteándolo todo. Claro que habrá quien diga caritativamente que un hombre vale más que una lechuga, ¿no?, y en cualquier caso, se supone que el hortelano debe renunciar a su cosecha por solidaridad. La prensa española apenas se ha hecho eco de la noticia de que el padre del niño muerto en la playa, esa foto que todos hemos podido ver, es acusado por sus compañeros de viaje de ser precisamente el organizador y patrón del barco; silencio, no hay que estropear el efecto de una fotografía impactante.

Según la prensa extranjera, el famoso "zancadilleado" por la periodista húngara, Osama al Abd al Mohsen, al que se ha dado refugio, trabajo y vivienda en España de inmediato, hasta unos días antes del acogimiento, era activista anti Al Assad y confesaba en su página de Facebook su pertenencia a Al-Nusra, una filial de Al Qaeda. Pelillos a la mar, aquí no somos rencorosos.

Lo cierto es que todos vienen con la intención de quedarse en Alemania, Holanda y Suecia. Tenemos que prepararnos para las protestas o quejas de los que sean asignados a España. Sabemos que nuestros hijos o nietos van a vivir peor que nosotros, ¿qué bienestar podemos ofrecer a los que lleguen?

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