jueves, 15 de octubre de 2015

Mercenarios

Todos estamos de acuerdo en que comer es algo preciso y placentero, en especial cuando la alternativa es pasarse un tiempo prolongado sin tomar alimento de ninguna clase. Por eso se puede disculpar que alguien se someta a situaciones poco dignas si con ello consigue el sustento, la pregunta que surge de inmediato es ¿hasta dónde se puede llegar en esos sometimientos sin perder la dignidad? A diario tenemos noticia de situaciones, casi siempre colectivas, en las que al parecer de muchos se ha superado lo moralmente permitido. Menciono lo que a mi entender son algunos ejemplos.

―Raros son los días en que la prensa o la televisión no nos hablan del vandalismo y fechorías practicados por extranjeros en poblaciones de la costa mediterránea, peninsular e insular, fundamentalmente jóvenes británicos (ya saben, esos de modales exquisitos). Compran paquetes de viaje baratísimos en sus países de origen que suelen incluir alcohol y discotecas y el único beneficio económico para España es la calderilla que se dejan en bares, frecuentemente de barra libre, lo que induce a un consumo alcohólico desmedido. Menos mal que la selección natural funciona y muchos se estampan contra el pavimento al intentar pasar de una habitación a otra por los balcones o tirarse a la piscina desde un 5º piso. Posiblemente no compensen con ese escaso dinero que gastan en el comercio local los destrozos que causan y las alteraciones en la vida de la gente normal que por allí reside, pero ese miserable gremio de hostelería vende la tranquilidad de todos por una escasa ganancia. Nadie se rebela con suficiente contundencia contra ese atropello, el dinero tapa las bocas y los españoles somos ahora un pueblo manso.

―Con la permisividad hacia los homosexuales han venido esas celebraciones, como el Día del Orgullo que se organiza en ciudades grandes y pequeñas, frecuentemente con subvención municipal. Casi todo el mundo ignora que los organizadores son normalmente empresas privadas a las que no importan los espectáculos que pueden presenciarse, hasta el punto de que son muchos los homosexuales que manifiestan su desaprobación y apartamiento porque, como leí en las declaraciones de uno de ellos, ser homosexual no implica buscar el exhibicionismo, poco estético por lo demás. Lo cierto es que el motor de estos espectáculos no es la libertad o la aceptación de esas opciones sexuales; lo que ahí se ventila es la ganancia de las empresas organizadoras de los desfiles y el aumento de ingresos de bares y restaurantes en las zonas donde se concentran los festejos durante la semana que suelen durar. No hace mucho, la prensa informaba orgullosa de que España había desplazado a Francia como primer destino de turismo gay. Cuando hay dinero de por medio, todas las demás consideraciones se esfuman.

―Cuando en 1953 Franco firmó el tratado de amistad con los EE.UU. y con él la cesión de bases militares –nosotros poníamos la amistad y las bases, ellos nada–, se presentó el pacto a los españoles como un reconocimiento de la importancia táctica de España y de la amistad de los democráticos americanos con el régimen franquista. Realmente, lo que se hacía con eso era regalar trozos de España a los EE.UU. para que así ellos permitieran al dictador colocarse bajo su manto protector. Luego, en la guerra de Ifni, pudo verse lo profundo de esa amistad, cuando prohibieron a España el uso de cualquier armamento comprado a ellos –incluido aviones– porque por mucho que nos fastidie, Marruecos era y es más importante para EE.UU. que nuestro país y esa broma costó entonces la muerte de muchos españoles.

Tras varios años con manifestaciones cuyo lema era «OTAN no, bases fuera» vino aquella filigrana trilero-verbal de «OTAN de entrada, NO» que terminó con la rotunda entrada de España en la OTAN, aunque según el gobierno de Felipe González no se integraría en la estructura militar (???); no aclaró si ingresábamos tan solo en la estructura cultural o religiosa. A cambio, se eliminaban las bases americanas como tales, excepto la de Rota, en la que seguíamos y seguimos sin tener derecho a saber si se guardan armas nucleares. Un dato para quienes sientan curiosidad: la superficie de la base de Rota es de 27 Km2, la de Morón 12,5 Km2, Gibraltar 6,8 Km2.

No han pasado tantos años, pero de nuevo aparece la conveniencia –para algunos– de vender España y comprometer su seguridad en caso de conflicto o terrorismo. EE.UU. pide de nuevo la base de Morón, en Sevilla, (que nunca había abandonado del todo) y sin más debate ciudadano o político el gobierno le concede todo lo solicitado. Como antes Franco, ahora Rajoy quería ganarse el apoyo personal de Obama hacia su liderazgo y para más indignidad, se juega con la necesidad de los habitantes de Morón, dispuestos a vender a su madre por unos hipotéticos puestos de trabajo y algo de dinero para el pueblo. Calderilla, porque con los 3.000 marines que pasan a tener allí su base, viene hasta el personal civil que la base precisa para su funcionamiento, y respecto de las obras de infraestructura, solamente una pequeña parte es concedida a España. Puede que obtengan algún beneficio –calderilla– unos cuantos bares y algunos prostíbulos de la zona. Los moroneros han admitido sin rechistar ser utilizados como mercancía a cambio de nada. Apenas se ha debatido el asunto en la prensa y nadie se ha preocupado por la pérdida de soberanía española y el peligro que la acompaña, quizás superior a lo que pueda suponer Gibraltar, ¿hubiese el gobierno actuado igual si Morón estuviera en Gerona o Guipúzcoa? Todos sabemos la respuesta, allí no tienen la escasez que sufren en Morón ni la dignidad alcanzó una cotización tan baja. Y es que la dignidad se empareja mal con la escasez.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Querido Mulliner, sólo un par de puntualizaciones. Cuando en 1953 se firmó el famoso pacto, las bases no existían: fueron construidas totalmente por los americanos, naturalmente con cargo a su presupuesto. A partir de ese momento se convirtieron en bases de utilización conjunta. Para el Ejército del Aire español, las de Zaragoza, Torrejón y Morón pasaron a ser sus principales bases operativas y en la actualidad continúan siéndolo. La de Rota alberga la mayor parte de la Flota española, además de su Cuartel General. Si no existieran, hubiera habido que construirlas. Recientemente se ha firmado un nuevo tratado para acuartelar en Morón la llamada Fuerza de Intervención Rápida en el Norte de África, cuya misión es luchar contra los terroristas de Al Qaeda e ISIS, que representan una gran amenaza para nuestra seguridad. El contingente está formado por 750 marines (no por 3.000), además de una docena de aviones de transporte y dos de abastecimiento en vuelo. No olvidemos que actualmente España mantiene varios contingentes desplegados en la zona, que se verán reforzados por la presencia de esta fuerza.
Yo he visitado alguna de esas bases y sólo he tenido que pasar controles de seguridad españoles. La bandera que ondea en la entrada es la española y la vigilancia exterior e interior está a cargo exclusivamente de patrullas españolas. Los generales (almirante en el caso de Rota) que las mandan son españoles. La presencia americana nunca ha desaparecido del todo, es cierto, aunque ahora sea prácticamente testimonial.
Se puede estar o no de acuerdo con las alianzas militares que suscribe España -ese es un asunto sobre el que no voy a opinar aquí-, pero los datos son los datos.
Luis G.

Mulliner dijo...

Evidentemente, las bases no existieron hasta que se construyeron, en eso estamos de acauerdo. También estamos de acuerdo en que datos son datos, por eso te envío este enlace http://cort.as/OJaR que corresponde a un artículo de tu periódico El País, donde se dice que el número mínimo de marines será de 850 y el máximo 3.000, aunque se da por hecho que la base estará acondicionada para esta última cifra. Considero un peligro y una lamentable pérdida de soberanía esa presencia militar y me reitero en lo de Gerona y Guipúzcoa.

Anónimo dijo...

Qué más quisiera yo que El País fuera mío. Me divertiría mucho escribiendo en él, sobre todo contestando a las Cartas al Director.
Un abrazo,

Luis G.