viernes, 20 de noviembre de 2015

La libertad en la izquierda

Dos fanatismos de actualidad
Acabo de leer el artículo dominical de Javier Marías, en la que se queja de la imagen que, forzosamente, todos esperamos ver cuando nos miramos en el espejo. Constituyen esa imagen una serie de tópicos que la sociedad exige a quienes desean llegar al estatus de ciudadanos ejemplares e incluso a los que no lo desean, porque si algo caracteriza a la sociedad actual es la imposición de unos patrones a quienes gusten de ello y a quienes no, también.

Como le ocurre siempre a este magnífico escritor, se desquicia cuando trata, aunque sea de refilón, el tema del tabaco. Ahí pierde toda su habitual lucidez y desbarra porque no es capaz de entender que el tabaco no es asunto que concierna en exclusiva al que fuma. Curiosamente, no se da cuenta de que al incluir la producción de humo en el derecho a decidir, crea un paralelo que dificulta rebatir ese otro derecho a decidir que cierta población fanatizada ha decidido ejercer. Pero esto sería asunto de otra entrada.

Relaciona una serie de requisitos que el que se mira al espejo desea ver insertado en su propia esencia. Tiene razón en casi todo, pero no voy a apostillar a un escritor que escribe como ya me gustaría hacerlo a mí, sino a tratar sobre una rama que deriva de su argumentación. Hablo de la libertad en quienes integran –les guste o no– una de esas dos actitudes que reinan en el planeta desde que el mundo es mundo: la derecha y la izquierda. Tiene su gracia que haya quienes manteniendo un conjunto de actitudes que les identifican claramente con el partido de la derecha y votándoles elección tras elección sin desfallecer, afirman que ellos no son de ningún partido; querrán decir que no pagan la cuota –para ahorrar o no comprometerse, está claro–, por lo demás…

Me fastidia decirlo, parece que es en la derecha donde más abunda la libertad de actitud, puesto que no hay unos patrones impuestos y a estas alturas hasta en el partido que es su pura esencia, el PP, se puede ser taurino o antitaurino, homosexual o heterosexual, bebedor o abstemio, honrado o ladrón (con hincapié en esto último). Salvo de izquierdas, usted puede ser lo que quiera en la derecha.

No es así en cierta izquierda y siento que predomina una especie de estalinismo que impone determinadas actitudes a quienes deseen enmarcarse en esa opción. Nada de medias tintas, hay que ser radicalmente lo que se exige, ¡maniqueísmo al poder! Ampliando un tanto lo dicho por Marías, creo que los principales requerimientos son:

―Hay que ser amante de los animales y eso incluye implícitamente ser partidarios de la presencia de animales en los transportes públicos y –supongo– permisivo con las cacas de los perros en las aceras y los ladridos del animalito propiedad del vecino. 

―Directa consecuencia de lo anterior, hay que ser antitaurino. No de una manera tibia y tolerante apoyando la eliminación de subvenciones o ayudas a ese arte y aceptando una desaparición progresiva, sino fumigando todo rastro taurino, agrediendo al que se le ocurra asistir a uno de estos espectáculos y prohibiéndolo en la ciudad o comunidad autónoma a las que pertenezcamos (lo de manifestantes desnudándose, dándose brochazos rojos y tirándose en el suelo se reserva a los frikis). No hay nada más gratificante que prohibir mientras otros nos aplauden por hacerlo.

―Hay que ser amante de la bicicleta –nada que objetar– y pedir la prohibición total de circulación de vehículos con motor de combustión interna por el centro de las ciudades, sin admitir un periodo de adaptación y el establecimiento simultáneo de opciones alternativas. Por descontado, hay que desentenderse de quienes tienen dificultades para desplazarse en un medio de transporte que no sea el vehículo privado. Todo el mundo es joven y sano.

―Hay que estar a favor de la venida de refugiados e inmigrantes en general, no importan las dificultades que eso pueda acarrear ni los problemas de convivencia que inevitablemente surjan. Por supuesto, hay que estar a favor del burka, hiyab, niqab y todas esas manifestaciones de sumisión que se le imponen a las mujeres musulmanas. Nos burlamos y atacamos el uso tradicional de la peineta y el velo en semana santa calificándolo de casposo, pero favorecemos o apoyamos el uso de esos símbolos ajenos los 365 días del año (366 en bisiestos), en cualquier entorno. Una tolerancia que olvida que los musulmanes son generalmente intolerantes y que muchos desean imponer esa intolerancia a los que no profesamos su religión. Leo en la prensa que en Arabia Saudí un británico lleva un año en prisión por llevar vino en su coche (a pesar de ser británico no iba bebiendo) y que ahora quieren darle 360 latigazos, supongo que para que no se aburra y pueda meditar sobre la bondad de Mahoma, el Islam y los musulmanes en general.  

―Hay que estar de manera clara a favor de los homosexuales. No basta una actitud de dejar vivir, hay que estar decidida y entusiásticamente a favor, porque todo lo que no sea entusiasmo es homofobia. Lamentablemente, el analfabetismo autocomplaciente que nos inunda hace que aparentemente nadie lea la definición de homofobia en el diccionario de la RAE: Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales. Yo diría que incluso habría que ser algo tolerante si esa aversión fuera ligeramente obsesiva, porque obsesiva es la presencia casi diaria de homosexuales en la primera página de los periódicos, precisamente por serlo, y siempre en tono laudatorio. Hay quienes a eso lo llamarían proselitismo o insistencia obsesiva.

―Hay que mirar condescendientemente a los nacionalismos periféricos, porque no son más que una manifestación de libertad. Se olvida que los nacionalismos fueron de siempre repudiados por la izquierda verdadera, porque representan unos sentimientos que no tienen nada que ver con los ideales que la izquierda defiende. Por decirlo brevemente: ser nacionalista –y no digamos independentista– es simplemente incompatible con ser de izquierdas o progresista. Y no soy yo el primero que lo dice.

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