miércoles, 16 de diciembre de 2015

Aborrezco la Navidad

No se trata de una cuestión religiosa, sino de que cada año al acercarse estas fechas el desagrado que siento es mayor, mayor la depresión que me invade y mayor el deseo de marcharme a algún país en el que esto de la Navidad no penetre inevitablemente (¿el Tibet, Mongolia, quizás?). El año que viene, más modestamente, quizás voy a buscar alguna casa rural en la que no se oigan las navidades.

Nunca me han entusiasmado estas celebraciones en las que necesariamente hay que seguir el dictado de lo que se considera normal, y por eso quizás detesto las fiestas locales, el día de-lo-que-sea, y por descontado esa ración enorme, ese empacho llamado navidades.

Tenía 14 años cuando al director de mi colegio le dio por convocar un ejercicio simultáneo de todo el colegio, que consistió en una redacción sobre el día de la madre, que entonces se celebraba el 8 de diciembre, día de la Inmaculada (?) y que con posterioridad fue trasladado a mayo porque así se evitaba la cercanía de navidades, y además a los comerciantes les convenía espaciar algo las compulsiones a comprar para que diera tiempo a reponerse el bolsillo y la avidez por el consumo. Ya se sabe, son los comerciantes los que deciden cuándo hay que emocionarse al pensar en la madre propia. Siento contrariarles, el próximo día 27 mi madre cumpliría años si viviese y es ahora cuando procuro dedicarle muchos de mis pensamientos y un agradecimiento que seguramente no supe mostrarle en vida, siendo como fue una persona y madre excepcional.

Hice mi redacción y el resultado fue que el director me convocó a su presencia y no precisamente para premiarme. En su despacho y de manera solemne me reprochó mi materialismo y mi descreimiento –ya se me veía venir– porque mi redacción había consistido en un ejercicio de protesta contra una celebración que yo consideraba sólo mercantil y patrocinada por Galerías Preciados, que era la empresa que entonces llevaba la batuta de todo este tinglado.

No fue un encuentro muy desagradable porque aquel hombre era buena persona –aunque con un carácter tremendo– y ya en una ocasión yo le había ganado al ajedrez un día en que faltó el profesor y él lo sustituyó con su persona y una improvisada competición de ese juego entre algún alumno voluntario –yo– y él mismo. Estoy seguro de que me tenía cariño y yo también le tenía aprecio.

El paso del tiempo no ha mejorado mis malísimos deseos hacia estas fiestas y desde luego que las circunstancias personales no han ayudado a hacerme cambiar. Cuando niño además la cosa era bastante diferente, pues primaba la parte familiar y religiosa sobre ese imperio del gasto y consumo que es ahora y eso hacía que la aceptación fuera más fácil.

Tengo la suerte de que ahora en mi casa coincidimos todos en esa falta de motivación hacia las fiestas que se nos vienen encima: no cantamos villancicos (aunque me gustan), no hacemos comidas especiales (no más de lo que las hacemos el resto del año) y no hay regalos, si acaso esperar que las elecciones nos quiten de encima el gobierno actual, aunque yo soy realista, es en España donde se inventó el grito de ¡vivan las cadenas!, es aquí donde el pueblo, a la vuelta del exilio del rufián Fernando VII, desenganchó los caballos para ponerse ellos mismos a tirar de la carroza.

No puedo evitar sentir envidia de esos años del siglo XVII en que la celebración de la Navidad fue prohibida en Inglaterra y los primitivos EE.UU. por considerarla frívola. Si aquella gente no se hubiera acobardado y aceptado su restauración, ahora la segunda quincena de diciembre sería una época de tranquilidad, reposo y contemplación, nada que ver con la desagradable realidad actual.


(Esta entrada ya fue publicada más o menos igual hace un par de años, pero he visto que recientemente ha tenido algunas lecturas y se me ha ocurrido volver a incluirla)

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