jueves, 10 de diciembre de 2015

Modales

Hace pocos meses publiqué una entrada titulada “El respeto que fue” que en su mayor parte consistía en la reproducción de un artículo publicado en no recuerdo cuál diario y que, desgraciadamente, se refería casi en exclusiva a faltas relacionadas con el móvil o cometidas en el cine. No hace falta que diga que el repertorio es mucho más extenso y que lleva camino de volverse casi infinito. Han cambiado los hábitos hasta del modo de bostezar; antes, cualquiera ponía su mano delante de la boca al hacerlo en presencia de extraños y ahora, en el transporte público o en cualquier lugar, la gente bosteza con total abandono permitiendo que si usted lo desea pueda examinar el estado de sus amígdalas. Precioso.

Estuve ayer en la consulta de un especialista y la paciente que se encontraba a mi lado, de unos cuarenta y tantos años, en un momento dado se sacó del bolso lo que resultó ser un caramelo de generoso tamaño, se lo metió en la boca y de inmediato empezó a masticarlo. Hacía tal ruido que pasado un par de minutos, como seguía royendo, me levanté para sentarme a unos tres o cuatro metros de distancia, donde no tenía que oír tan intensamente algo tan desagradable; se dio cuenta y me lanzó miradas envenenadas. Quizás para dejar claro que ella hacía lo que le daba la gana, pasado un rato –¡qué largas son las esperas en las consultas de los médicos!– fue un chicle el que de inmediato se puso a mascar y a hacer globitos que estallaban.

No es un caso excepcional, en nuestro país la ignorancia ha hecho que se identifiquen las libertades que llegaron tras la muerte del dictador con la posibilidad de hacer lo que a uno le venga en gana, sin más consideración hacia el vecino ni manifestando ningún fastidioso vestigio de educación. De ahí viene también el tuteo universalizado. Confieso que me sorprendió ver a Almudena Grandes y Wyoming tratándose de usted en el programa de este último hace unos días, lo moderno es tutear al mismísimo papa.

Para mí lo del chicle es un problema que ni siquiera se intenta abordar. Es normal que en zonas de gran afluencia peatonal podamos contemplar las huellas de miles de chicles arrojados al suelo y pisoteados hasta hacerles formar parte del pavimento. No hace muy bonito y deja en evidencia cómo somos; bueno, no todos, sólo buena parte de la población. Qué asco, me encantaría que aquí se actuase como en Singapur, donde masticar chicle le lleva a uno a la cárcel, y a cambio todo está más limpio y nadie tiene que soportar a los masticadores. Me parece una medida básica de higiene social, no entiendo por qué se puede masticar chicle si está mal visto soltar eructos o cuescos y no creo que haya mucha diferencia. Todavía recuerdo el asco que sentí cuando en otra sala de espera, al sentarme, pasé mi mano bajo el lateral del asiento y la planté sin querer en lo que sin duda era un chicle pegado allí por un masticador.

El otro día, en un gran supermercado de una cadena alemana, pregunté a un empleado de poco más de veinte años por la ubicación de determinado producto. Por descontado, se lo pregunté tras dar los buenos días y tratándole de usted, como debe hacerse con un desconocido. Su respuesta fue interrumpir lo que hacía, volverse hacia mí y responder dime, no te he escuchado, ¿qué querías? Tardé unos segundos en reaccionar a ese tuteo inmerecido y a ese reemplazo de oír por escuchar, que tomado en su literalidad parecía indicar que no le había dado la gana de prestarme atención cuando hablé antes. En realidad no debería sorprenderme, es el lenguaje con el que a diario convivimos todos en la calle, en la prensa, en la televisión, incluso en los telediarios de TVE, ¿por qué un joven moderno con aspecto de no haberse preocupado por aprender nada en su vida iba a comportarse de otra manera? Bastante tenía con saber mantener aquella bonita cresta de su cabello.

Hace pocos años durante un viaje turístico con amigos, uno de ellos me recriminó seriamente por mantener mi sombrero puesto –lo uso desde hace tiempo– cuando deambulábamos por una cafetería en busca de una mesa libre. No pude evitar en el momento la imagen de esos mejicanitos con el sombrero de paja agarrado con ambas manos ante su patrón, según vemos en tantas películas americanas, ¿era eso lo que le servía de guía para exigirme que llevara el sombrero en la mano? Curiosamente, unas horas antes, estuvimos visitando una iglesia –yo descubierto, pese a que no soy creyente– mientras su esposa estuvo masticando chicle ostensiblemente todo el tiempo, algo quizás poco compatible con encontrarse en la casa de su dios. Parece que al experto en protocolo eso sí le parecía correcto; o quizás a ella no se atrevía a llamarle la atención como hizo conmigo.

No hay manera, a la mayoría de los españoles eso de los modales nos suena a chino y por lo tanto la mayoría actúa con total desconocimiento mientras unos pocos, sin sentido del ridículo ni de la prudencia, pretenden imponer normas plusversallescas que ellos mismos no practican.

En un viaje de turismo que realicé hace un par de años a Austria, el guía me dijo que era una suerte que los españoles que formábamos parte del grupo no habláramos alemán, porque allí el tuteo se considera casi una agresión. No sé si es cosa mía, pero me pareció adivinar algo de desprecio en el comentario.

Así son las cosas: yo soy español, estaba en un grupo de españoles y el guía asumía consecuentemente que yo formaba parte del contingente de tuteadores habituales. De ese contingente sin modales que mora al sur de los Pirineos.

No sabía él que soy un inadaptado y que no me he incorporado a la modernidad de mi entorno.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Queridos Javier y Luis:
No es una confusión es que voy a escribir el mismo comentario en ambos posts.
Es curioso que los dos hayáis escrito una crónica con el mismo tema casi al mismo tiempo, el cambio de la costumbres, aunque una sea “teórica” y la otra “práctica”. ¿Os habéis puesto de acuerdo? Imagino que no, pero estáis preocupados por problemas semejantes.
Como no sé si hay otros lectores como yo que sean asiduos de ambos blogs dejo en cada uno el enlace del otro. Y enhorabuena por los artículos y por la foto elegida que curiosamente en el post más positivo es negativa y en el más crítico positiva.
Un abrazo
Angel
http://elhuertoabandonado.blogspot.com.es/2015/12/costubres-usos-habitos-modas-y-modales.html

Mulliner dijo...

Lamentablemente, el amigo que me reprochó que permaneciera con el sombrero ha debido leer esta entrada se ha mosqueado y se ha alejado de mí, tanto que no podría verle ni con un telescopio. Me pregunto qué es exactamente lo que le ha molestado, ¿qué relate el episodio sin nombrarle?, ¿qué haya incluido alguna mentira?, ¿qué haya omitido aquella parte que lo hizo aún más chocante cuando tuvo lugar?

En fin, cosas que pasan y que lamento como es natural, pero si uno mete la pata y no se disculpa, lo menos que puede ocurrir es que el otro lo cuente al menos como yo lo hago, sin identificar al protagonista causante. De nada.