miércoles, 9 de marzo de 2016

Si hay que morirse...

Dice Paul Auster al inicio de uno de sus ensayos: Y entonces, de repente, aparece la muerte. El hombre deja escapar un pequeño suspiro, se desploma en un sillón y muere.

Parece ser que así van las cosas, excepto cuando van mucho peor. Si hay que morirse, se muere uno, ése es el enunciado completo que no he puesto en el título para no alargarlo en demasía. Dicho en su totalidad, aclaro que quiero protestar desde aquí por toda la incertidumbre que rodea la muerte; no tenemos ni idea del dónde, del cómo, ni del cuándo. Un auténtico absurdo que sólo el caos en que vivimos cada día hace explicable y aceptable.

Respecto al dónde parece fácil, todos contamos con morir en nuestra casa y algunos se ven en su imaginación incluso rodeado de allegados (seres queridos que diría un imbécil) en ese final. Yo prescindo de los allegados porque prácticamente no tengo y tan solo me fastidiaría morir durante el veraneo o en alguno de esos cortos viajes que hago de vez en cuando; sería un inconveniente y seguro que provocaría molestias y gastos, pero salvo que uno se apalanque y se niegue a moverse de casa, todo puede ocurrir. Quizás esté influenciado por el hecho de que mi padre falleció precisamente durante el veraneo y casi en la otra punta de la península, en una época en que los viajes eran mucho más complicados e inciertos que ahora y lo único seguro respecto de Renfe era que los lavabos estarían sucios.

En cuanto al cómo, no hay duda de que si todos los humanos tuviéramos como telón de fondo nuestra fragilidad, es asunto muy claro que si para colmo estamos sobrados de años las posibles sorpresas se multiplican y a la amplia probabilidad que todos disfrutamos de un mutis provocado por accidente cuando viajamos se le suman todas esas dolencias que nos acechan y que lógicamente encuentran más facilidad para hacerse con nosotros aprovechando nuestra vulnerabilidad. No quiero ni hablar sobre esas noticias que leemos en la prensa acerca de la muerte de un famoso, que en muchas ocasiones comienza con el escalofriante "Tras larga enfermedad...", referido a quien ni siquiera sabíamos que tuviera un resfriado. Lo normal es no pensar en todo eso y comportarnos como si fuéramos de titanio.

Aparentemente sólo queda nombrar el cuándo que es lo que más parece preocupar a la mayoría, y sabemos que cada día que pasa tenemos más papeletas. No sé si a todo el mundo le pasa lo mismo, pero cuando cada día leo la prensa y las noticias sobre la muerte de tal actor o escritor o simplemente un personaje famoso, que muchas veces tiene algunos años menos que yo mismo, siento igual sensación que la que debían sentir los soldados en las trincheras cuando a mitad de una charla una bala perdida se llevaba por delante a su interlocutor. No es angustia, sino sorpresa y desconcierto.

No hay que olvidar que, sin embargo, está hasta cierto punto en nuestras manos fijar el dónde, cómo y cuándo aunque tomar esa iniciativa indigne a las autoridades civiles y eclesiásticas, porque es algo que ellos no pueden controlar.

Escribe Rosa Montero: Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera. Soy de distinto parecer, estoy convencido que con la misma esencia (¿alma?) repetiríamos los errores punto por punto. Eso incluye que, efectivamente, cuando somos jóvenes vivimos convencidos de que los que se mueren son los demás, los torpes.

Leí en el blog de un amigo una frase vista por él en uno de sus viajes, no recuerdo dónde, supongo que en alguna tumba o monumento, y aunque no sé situarla en su contexto me gusta por su manera de referirse al fin: me poso en la llanura de la nada. Suena bien, aunque en la nada uno ya no es y por lo tanto no se posa.

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