jueves, 3 de noviembre de 2016

Ayuntamiento de Madrid: eficiente y progresista

O al menos, eso debería ser. En 2007 fue elegido para alcalde de Madrid el muy modosito y atildado Alberto Ruiz-Gallardón Jiménez, hijo de José María Ruiz Gallardón (sin guión; ¿lo pillan?). Pues sí, lo primero que hizo en su vida fue montarse un apellido compuesto con su guioncito y todo, para dar cierta sensación de hidalguía que de origen no poseía. Su padre fue también político durante el franquismo, en un entorno en el que pasaba por progresista. Ya se sabe, en el país de los ciegos... 

El caso es que el nuevo alcalde, al que le gustaba ser recordado, llevó a cabo las obras de soterramiento de la M-30 con un presupuesto inicial cercano a los 1.700 millones, que luego se disparó casi 12.000 millones con interesesy así dejó a Madrid con una deuda de cerca de 8.000 millones, por lo cual es efectivamente recordado aunque no precisamente con cariño. La deuda del ayuntamiento de Madrid era casi la cuarta parte de la deuda de todos los ayuntamientos de España, diez veces la del ayuntamiento de Barcelona y más del doble que la de la Comunidad de Andalucía, pese a lo cual fue reelegido alcalde en las elecciones de mayo de 2011. Ya se sabe que los votantes del PP no son muy exigentes.

Tras ser nombrado por Rajoy ministro de Justicia en diciembre de ese mismo año, deja su cargo como alcalde y pasa a ocuparlo esa joya llamada Ana Botella gracias a que por carambola y por ser la esposa del ínclito Aznar, ella era la siguiente en la lista. Muy parecida a Gallardón en cuanto a actitud y procedencia nacionalcatólica, pero infinitamente más tonta e ignorante.

Aparte de esas ocasiones conocidas de todos en que hizo que quienes vivimos en Madrid nos sonrojáramos por vergüenza ajena, la primera mitad de su mandato no tuvo grandes diferencias con la época de Gallardón. Fue más tarde, cuando comenzó a tener ideas propias y ahí fue la hecatombe: por ejemplo, rebajó el precio de la subasta de limpiezas de Madrid, y la cosa fue definitivamente mal, pues a cambio de resultar menos costoso, dejamos de disfrutar de la limpieza viaria que mantuviera una ciudad con demasiados puercos medianamente adecentada.

Llegaron las elecciones municipales de 2015 y en ellas se produjo el primer resultado desconcertante en cuanto a reparto de los votos de los muchos que vendrían después, gracias a la aparición de nuevos partidos. El PP, impasible el ademán, fue el más votado, pero el segundo fue el PSOE que por evitar que el PP continuase en el ayuntamiento se lo regaló a los chicos de Podemos o como quiera que se llamen. No hay que olvidar que desde entonces la nueva alcaldesa ha proclamado mil veces que ella no milita en Podemos.

No me importó mucho que resultara alcaldesa la ex-juez Manuela Carmena. De una parte, yo era partidario de la unión de las izquierdas y por eso en aquel entonces consideraba que al fin y al cabo el ayuntamiento iba a ser «de los míos». De otro lado, Carmena era de sobras conocida por sus acertadas sentencias y su posicionamiento progresista.

Craso error. Poco a poco he ido descubriendo que los militantes y votantes de Podemos son en general gente poco equilibrada, convencidos de su superioridad a la vez que manifiestan unas carencias culturales penosas. Echo de menos en ellos cierta experiencia vital que no se compensa ni de lejos con personajes como la nueva alcaldesa que, por cierto, no mucho tiempo después de tomar posesión afirmaba estar arrepentida de haberse presentado como candidata.

Desde que Carmena desempeña el cargo, las tonterías y disparates de Ana Botella han quedado en ocasiones eclipsadas por las de la nueva alcaldesa, seguramente engullida por el pelotón de incompetentes que ha tomado las riendas, mientras la ciudad está cada día más sucia, los servicios desatendidos y la eficiencia de los funcionarios municipales, que nunca fue ejemplar, alcanza niveles que se desconocían. Eso sí, el mismo día han aparecido en la prensa dos noticias: de un lado, Carmena trae a Madrid a 21 refugiados sirios enfermos y sus familiares, lo que conociendo el agrupamiento casi tribal de esta gente puede suponer un número ingente; de otro, en Madrid se ha superado el récord histórico en las listas de espera de la seguridad social. Saquen sus conclusiones.

Lógicamente, me desagradan los comentarios que acusan a la alcaldesa de desvaríos a causa de la edad, pero no acabo de encontrar otra explicación a eso de afirmar que admira a quienes saltan la valla de Melilla y que ellos son los mejores, ¡una juez emérita, alcaldesa de la capital de la nación, animando a quienes incumplen las leyes y toman al asalto el país! Claro que recientemente ha descubierto la pólvora afirmando públicamente que el mundo de la democracia representativa se está acabando, ¿se refiere a esa que la ha aupado al puesto que ocupa?

Mientras, el edificio de la junta municipal del distrito en que vivo, tiene a apenas 10 metros una iglesia con una lápida recién restaurada en su fachada y unos nombres de «muertos nacionales» con el consabido ¡Presentes! al final, que los jóvenes leones de Podemos no han sido capaces de eliminar. Según parece pueden conquistar los cielos pero no la acera de enfrente de la sede desde la que gobiernan.

El experimento municipal de Podemos y sus extrañas alianzas es a mi parecer un sonado fracaso y no hay más que mirar a sus principales conquistas: Madrid, Barcelona y Cádiz. Creo que lo percibirán en las próximas elecciones municipales, aunque todavía queda mucho y los electores tienen mala memoria.

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